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Full text of "Historia política y diplomática(1776-1895)"

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HISTORIA política Y DIPLOM. 




HISTO ría 



poLiTiü \ mmmu ^^ 

DESDE LA INDEPENDENCIA DE LOS ESTADOS UNIDOS ^% I ^ 



HASTA NUESTROS DÍAS 



(ITTO-ISOS) 






JERÓNIMO BECKER. 



— í^^í^^- 



MADRID 

T^TBUBBÍA DE ANTOXINO ROMERO 
Calle de. Preciados^ núm, 11 

1897 
O 



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i 



Esta obra es propiedad del 
autor. 

Queda hecho el depósito 
que marca la ley. 



MA1>H11>: 189".— Imp. de Felipe Marqués, Jííyry7^>6' *#<• Lf!g<M/x. 1.2» 



5^>r«X •»">>? 



AL LECTOR. 



Habiéndose advertido con repetición, en los 
exámenes para el ingreso en las carreras diplomá- 
tica y consular, la falta de un texto ajustado á los 
respectivos programas, que facilitase á los aspi- 
rantes el estudio de la Historia política y délos prin- 
cipdles tratados^ estas páginas responden al deseo 
de satisfacer, en parte siquiera, esa necesidad. 

Entendiendo, sin embargo, que los aludidos 
programas pueden y deben sufrir algunas modifi- 
caciones, no ha vacilado el autor en dar á esta 
obra mayor amplitud de lo que aquellos exigen, 
especialmente en lo relativo á las relaciones inter- 
nacionales de España. 

Completado de tal suerte y dada la dificultad 
que ofrece el estudio de los tratados y demás pac- 
tos internacionales que se discuten á diario, en 
muchos casos con referencias incompletas óequi- 



vocadas, por no hallarse las colecciones diploma- 
ticas al alcance de todos, este libro puede ser de 
alguna utilidad á cuantos intervienen de un modo 
6 de otro, en los asuntos públicos. 

En haber conseguido realizar tales propósitos 
cifra el autor su útiica aspiración. * 



- ^* íT ^ •'^ ^ t- ' « *-* ^^ér\,-^f ^«^-s/ ' '-/ .•■'*•*'■■•'■ *-*'^»' ■•-»■* ^ >^ ^» ~ ^ 



HISTORIA POLlTlCA Y DIPLOMÁTICA. 



-*^l*Kc'<>~- 



OAPÍTÜLO 1. 



1 . lii«Ío|iotideu(:ia de los listados Unidos de América; sus causas: la guerra 
con \k Metrópoli.—^. Alianza de Francia con los Estados Unidos.— 3. 
Mediación de España.— 4. Guerra de Francia y España contra Inglate- 
rra — ¿. Tratólos de paz de ínjclaterra con los Estados Unidos, Francia 
y Kspaíia. 



1. El día 4 de Julio de 1776 los representantes en 
el Congreso general de las Colonias de New-Hampshii*e, 
Massachusetts-Bay, Rhode-Island, Connecticut, Dela- 
Mrare, New- York, Nueva- Jersey, Pennsylvania, Caro- 
lina del Norte y del Sur, Maryland, Virginia y Georgia, 
afirmaron solemnemente, «ante I)ios y ante los hom- 
bres,» la independencia de los Estados Unidos de la 
América Septentrional. 

El ni^o precoz de De Maistre, se hizo hombre; el 
inmenso imperio colonial de Inglaterra en América, im- 
perio qvie, por las cesiones de Francia y España en el 
tratado de París de 1763, se extendía desde la bahía de 
Hudson hasta el golfo de Méjico y desde el Atlántico 
hasta el Mississipí, se emancipó, y en la sociedad de las 
Nariones apareció un factor importantísimo, los í]sfa- 



HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 



flus t luidos, que desde el primer momeiifco obrando de 
mudo sensible sobre Francia, precipitan el movimiento 
revolucionario preparado por la reforma y por la enci- 
ílopedia; sobre Inglaterra, impulsándola á (íambiar la 
<Hrección de su política colonial, y sobre la* América 
latina, favoreciendo su emancipación; y que merced á 
este triple influjo, modific<) el sentido de la obra colo- 
nizadora y ensanchólos horizontes del Derecho ínter- 
nacional, rompiendo el carácter ec<mómico dominante 
en aquélla, y dando á pueblos no euro|)eos participa- 
ción en la obra legislativa del segundo. 

¿Que causas determinaron el rompimiento entre In- 
glaterra y sus Colonias? El profesor Sniyth, en sus Lec- 
turas sobre la historia moderna, las sintetiza en las si- 
guien tes conclusiones: 1.* Una deplorable ignorancia ó 
falta de aplicación de los grandes j)rincipi()s de la eco- 
nomía política; 2.* Una mal entendida mezquindad y 
egoísmo en las cuestiones de dinero y en la creación de 
impuestos: 3.* Un exceso de presunción y orgullo na- 
cional; 4.* Los exagerados principios de Gobierno, y 
•").* Cierta vulgaridad al tratar de asuntos políticos. 

En efecto, todas las Colonias, ya al establecerse, ó 
j)Oco tiempo después, recibieron Cartas, concediéndoles 
los privilegios de la madre patria, y estas Cartas, como 
ilice Mr. (ruizot, (1) no eran papeles inútiles, ni docu- 
mentos de valor dudoso, puesto que por ellos se esta- 
blecían y reconocían esas poderosas instituciones que in- 
ilujeron á los colonos á defender sus libertados y árepri- 
núr el poder dividiéndolo. Por eso se reservaron el de- 
recho de votarlos impuestos, el de crear, previa elección, 

( 1) Kosnijn sobre pJ carácter é infinemin de Wdshiiifftov . 



jt - ^íi^vM 'f • i '; -• ^ '-- *- ' »»"»^ *^"- 



HISTORIA HíLÍTK.A Y DH'LOMÁTU A {) 



los diversos cuerpo» administrativos, el de elegir un ju- 
rado para el crimen^ y el de reunirse, en fin, para de- 
liberar sobre los asuntos de interés general, y por eso 
la historia de las Colonias inglesas en América no es,co- 
íuo afirma el mismo Mr. Guizot, más que el práctico y 
activo desarrollo del espíritu de libertad, extendiendo- 
se bajo la protectora influencia do las leyes y tradicio- 
nes del país. 

Pudo temerse, al estallar en Inglaterra la revolución 
<iue llevó al patíbulo á Carlos I, que las Colonias apro- 
vecharan las circunstancias para declararse indepen- 
•lieutes; pero la oposición de ideas que entre ellas exis- 
tía, salvó por entonces á la Metrópoli de ese peligro; 
pues si algunas de aquellas, como Massachusetts, pro- 
tesaban principios republicanos, en otras, como Virgi- 
nia y Maryland, dominaban los elementos realistas, 
íiieu pronto, sin embargo, las unió el interés común, 
y cuando Carlos II aplicó las leyes de navegación y el 
>isfema mercantil votado por el Parlamento inglés en 
Hi.yK Massackusetts y la Virginia opusieron enérgica 
lesístencia, la cual estuvo á punto de trocarse en fran- 
ca rebelión al intentar Jacobo II someter por completo 
lis Colonias á la autoridad de sus representantes. 

El cambio de dinastía en Inglaterra varió poco la 
< 'nidición de las Colonias. Guillermo de Orange devolvió 
ii éstas las Cartas que Carlos II y Jacobo II les reco- 
iíieron, pero con importantes modificaciones, que man- 
tuvieron viva en aquéllas la agitación. 

Algunos años más tarde, la Metrópoli, agobiada 
|H)r los enormes gastos de las guerras, pensó en ensa- 
car un sistema de impuestos, que rechazó el astuto mi- 
niíítro Walpole, pero que lord Clreuville no vaciló en 






• 



10 Ilisr MUA l»aLÍTlCA Y DIPLOMÁTICA 

decretar, presentando al Parlamento una pro[K)sicióu 
que tenía por objeto obligar á los colonos á satisfacer 
un impuesto por medio de los sellos con <[ue deberían 
legalizarse los 6¿?Z/?, recibos, pagaras, pólizas de segu- 
ridad y documentos de otras clases. No prosperó enton- 
ces, pero al año siguiente la Cámara aprobó sin gran 
debate el proyecto, fijando derechos al azúcar, añil, café 
y otros artículos que se importaban en las Colonias, y 
declaró que el objeto principal era imponer una contri- 
bución para sufragar los gastos que ocasionaba la do- 
fensa y protección de los dominios de S. M. en América . 
Grande fué la agitación á que dieron lugar esta^ 
medidas. Todas las colonias protestaron: unas, cpnir^ 
Virginia, Massachusetts y Connecticut, en sentido mo- 
derado; y otras, como Nueva York y Rliode'Tsland, e:i 
forma enérgica. Las peticiones de los americanos fue- 
ron rechazadas, y al reunirse el Parlamento en 1755, 
se sometió á su aprobación el hül decretando el impues- 
to del sello, que, aunque vivamente impugnado, alcan- 
zó la aprobación, siendo sancionado por la Corona. Li 
resistencia comenzó entonces, produciéndose en Boston 
y otras ciudades, graves desórdenes. El 7 de Octubre di* 
1766 se reunieron en Nueva York los representantes do 
nueve Colonias, los cuales dieron un manifiesto afir- 
mando que no había derecho alguno para imj)onerleH 
contribuciones sin su consentimiento. La caída de loril 
(xrenville y su reemplazo por el Marqués de Rockin- 
gham, hizo que el Parlamento, tras importantes debates 
entre aquél y Mr. Pitt, desestimase el impuesto del sello, 
si bien afirmándose la autoridad de las Cámaras para 
gobernar las Colonias en todos los casos, sin excepción 
alguna. El conflicto parecía conjurado, pero la semilla 



H»ST >RU POt.ÍTI<"A Y DIPLOMÁTICA U 



arrojada al campo iba fructificando, y el sentimiento 
lie la independencia arraigando entre los americanos. 
Al fugaz Minísterio-Rockingham, sucedió otro muy 
heterogéneo, del cual formaba parte como canciller del 
Exchequer , Carlos Townshend. Excitado éste por Gren- 
ville, presentó al Parlamento un bilí, que fué aprobado 
sin gran oposición, fijando derechos sobre el té, las pin- 
turas, el papel, el cristal y el plomo. El impuesto no era 
en realidad pesado, y en otras circunstancias habría podi- 
do plantearse sin gran oposición; pero Washington sin- 
tetizaba perfectamente el alcance de aquella contienda, 
cuando decía: «Y después de todo, ¿por qué estamos 
<Iisputando? ¿es acaso por no pagar tres peniques sobre 
cada libra de té? No; nosotros disputamos solamente 
j>or nuestro derecho. t> Y por su derecho se opusieron 
las Colonias res'ueltamente al nuevo impuesto, de tal 
suerte, que aun habiendo conseguido lord North, nom- 
brado primer ministro, la derogación del proyecto de 
Townshend, excepto en lo referente al té, la protesta 
siguió en pié, y el 2 de Octubre de 1773 se acordó en 
Filadelfía «que todo aquel que ayudara á desembar- 
car té, ó lo recibiera ó lo pusiera á la venta, sería decla- 
rado enemigo de su país.» Inglaterra empeñóse en obli- 
gar á las Colonias á tomar cargamentos de dicho artícu- 
lo, del que tenía grandes cantidades almacenadas, y 
Boston fué testigo de graves escándalos, pues el pueblo 
arrojó al mar el té que conducían varios barcos. 

Iu9k noticia de lo ocurrido en Boston produjo gran in- 
dignación en la Metrópoli, y el Parlamento, á propuesta 
de lord North, y aunque con la oposición de lord Cha- 
tham, Burke, Fox y otros, aprobó en 1774 cuatro hüls: 
uno. cerrando el puerto de Boston; otro, reorganizando 



12 HISTORIA POLÍTICVY DIPLOMÁTICA 



i*\ ÍTobierno de Massachusetts-Bay, de suerte que equi- 
valida una completa derogación de la Carta; otro, auto- 
rizando el que las personas acusadas de cualquier cri- 
men, pudiesen ser enviadas por los gobernadores á otra 
( 'Olonia ó á la Gran Bretaña_, para que se los juzgase; 
y el último disponiendo el acuartelamiento de tropas 
en América. De la ejecución de estos decretos fué en- 
cargado el General Gage, el cual procuró infructuosa- 
mente suscitar rivalidades entre las Colonias, favo- 
reciendo los intereses de las que menos resistencia ofre- 
cían, á costa de los de aquellas que más se habían agita- 
do. Pero las Colonias dieron un gran ejemplo de unión, 
y por la iniciativa de Massachusetts, el 5 de Septiem- 
bre d^ 1774 se reunió el Congreso general de Filadel- 
fia, publicando éste la Declaración de loa derechos co- 
loniales y dirigiendo un manifiesto á Inglatera y otro 
á las Colonias. 

Tal vez hubiera sido aún tiempo de impedir la in- 
dependencia de América, porque la opinión no era 
unánime en ese sentido. Hombres muy influyentes 
<íonservaban aún gran respeto á la Metrópoli, y sólo 
querían obtener de ésta justicia. Lord Chatham, com- 
prendiéndolo así, quiso evitar la catástrofe; pero lejos 
de prevalecer sus ideas, logró el primer ministro, lord 
North, que el Parlamento aprobase un 6/7/ restringien- 
do el comercio de las Colonias, y aunque luego pre- 
sentó un plan de reconciliación que no difería mucho 
del de aquél, era ya tarde. El general Gage se había 
visto obligado á iniciar las operaciones; había corrido 
ya la sangre de ingleses y ameri(íanos, y la revolución 
era jin hecho. 

El 10 de Mayo de 1775 se reunió en Filadelfia el 



HlSrOIÍIA POLfrií A V DIPLOMÁTICA 13 



segando Congreso continental, eligiendo presidente á 
John Hancock, ordenando que se pusieran las Colo- 
nias en estado de defensa, y nombrando á Washington 
jefe del ejército; y el 4 de Julio de 1776 se publicó» 
romo queda dicho, la Declaración de independen- 
nVi (1), en cuvQ preámlmlo se hacían estas manifesta- 
ciones: 

«Para nosotros son verdades incontestables (|ue 
'todos los hombres nacen iguales; que á todos les lia 
•concedido el Criador ciertos derechos inherentes* de 
»que nadie les puede despojar; que para proteger éstos 
•se mstituyerou con el beneplácito y consentimientí^ 
íle los hombres, los Gobiernos que debían regirlos, y 
*<(ue cuando uno de aquéllos llega á ser perjudicial por 
*no defender como debe las libertades de un pueblo, 
cuidándose de su felicidad, éste tiene derecho para 
modificarlo ó abolirlo, formando otro, fundado en ta- 

'I) El "J de Junio tie n76, Mr, Kichard Henry Lee, delejj^jflo 
'le Virginia, sometió ^ la Cámara una proposición pidiendo se 
<íeclarase que las Colonias unidas eran y debían ser Estados iii- 
íiependientes, consi lerén«Í08e libres de toda alianza con la Gran 
Bn^taña, y debiendo suprimirse las relaciones políticas con la 
r'orona. Apoyada por su autor, y por Mr. Juan Adams, é im- 
pugnada por Mr. Dickin^on, fué aprobada la propos'ción, y se 
nombró un Comité, compuesto de Jefferson, Adams, Dr. Fran- 
klín, Sherman y R. R. Livingston, para que redactase la decla- 
ración de in<iependeneía. 

No todas lis Colonias p msaban de igual suerte sobre este 
particul r: a'gunas sei oponían, otras dudaban. Por esto se 
a})rovechó el tiempo que tardó dicho Comité en cumplir su en- 
«argo» para obtener el consentimiento de todas. Alcanzado al 
fin, Jefferson presentó el dictamen que había redactado, el 
'•uhI, con pequeñas modificaciones, se aprobó el 1.* de Jtilio,. 
publicándose ^1 4. 



14 HiST;>i:iA i»()LrncA v diplomática 

1 



»les principios, y organizado de tal manera, que pue- 
>da contribixir al piíblíc^o bienestar.» 

Y concluía diciendo: 

«En vista de lo manifestado, Nos, los Kepreseu^n- 
»tes de los Estados Unidos de América, reunidos en el 
» Congreso general, apelando al Supremo Juez -del 
«universo, que conoce la rectitud de nuestras intencio- 
>»nes, y en nombre y con la autorización del buen pue- 
»blo de estas Colonias, declaramos solemnemente q^e 
»las Colonias Unidas son y deben ser Estados libres é 
» independientes, y que por lo tanto, no están sujetas 
•»por compromiso alguno á la Corona británica, de- 
vbiendo en su consecuencia disolverse los lazos politi- 
zeos que con ella nos unían. Considerándonos, pues, 
» Estados libres é independientes, tenemos derecho para 
»hacer la guerra, firmar I9 paz, contraer alianzas, es- 
»tablecer el comercio y tomar parte en esos actos á que 
>nos da derecho nuestra condición de hombres libres. ^> 

Esta declaración fué recibida por el país con gran- 
des demostraciones de regocijo. 

No cabe dentro de las condiciones de esta obra la 
reseña detallada de la guerra de independencia que 
durante ocho años sostuvieron, con varia fortuna, las 
antiguas colonias inglesas, guerra que terminó por el 
tratado de paz de 5 de Septiembre de 1783, que más 
adelante examinaremos; pero sí importa añadir que, 
después de varias medidas encaminadas á robustecer 
la unión de las Colonias, el Congreso aprobó en No- 
viembre de 1777 un plan de Confederación, cuyos ar- 
tículos fueron sometidos á las diversas legislaturas. 
Los Estados más pequeños, como Rhode-Island, De- 
laware, Nueva-Jersey y Marylan, vacilaron algtiu 



HISTORIA P;)LÍTICA ^ UlPLOMATU A I-'» 



tiíinpo: pero al fin, dejáudoso llevar de un noble espí- 
ntu de patriotismo y confianza en la integridad de los 
¿grandes Estados, ratificaron los artículos de la Confe- 
titTación, qiie fueron jurados y publicados en í) de Ju- 
lio de 1778. quedando aquélla constituida* bajo el título 
i\^ Estados Unidos de Áméyicüy por las trece colonias 
ipie dos años antes habían proclamado la independencia . 
Comprendió el Congreso que era forzoso hacer un 
llaniamiento á las naciones de Europa para impetrar 
su auxilio, abrigando, sin duda, la esperanza de que 
Francia y España estarían al lado de América, siquie- 
ra par^ vengarse de la hximillación que entrañaba el 
tratado de París,. con el que se puso fin en 10 de Febre- 
ra» de 1763 á la lucha de aquéllas con Inglaterra. Para 
realizar ese pensamiento nombróse un Comité de Re- 
laciones Exteriores, compuesto del Dr. Franklin, Ha- 
rrison, Johnson, Jay y Hickinson; y en Mayo de 1776 
sr- envió á París á Mr. Silas Deane en clase de agente 
i*r>mercial y político, siendo perfectamente recibido por 
♦-1 ministro francés conde de Vergennes, pero no lo- 
íJTí^ando obtener sino el ofrecimiento de auxilios secre- 
tos. Persistiendo el Congreso en sus propósitos, nom- 
bró, en Julio de 1776, un Comité, formado por Dickin- 
son, Juan Adams, Harrison, Roberto Morris y el 
l>r. Franklin, para organizar un plan de tratados con 
Jas fK)tencias extranjeras, y aprobado el dictamen de 
ÓNte se comisionó á Franklin, Deane y Arturo Lee 
para que marchasen á Francia, llegando á París en 
^\ mes de Diciembre. Como la campaña de aquel año 
']77tí) fue desfavorable para las armas americanas, el 
í V>iigreso resolvió hacer nuevas y más insistentes ges^ 
i\*mf*s en ^1 extranjero, y al efecto, comisionó al doc- 



16 HISTORIA 1>()LÍT1CA V DlPLüMÁTICA 



tor Franklin, primero, y luego á Arturo Lee para que 
hicieran proposicioues a la corte de España; Guillermo 
Lee fué designado para ir á Vieua y Berlín; y Ralfo 
Izard para avistarse con el íluipie de Toscana. 

2. ¿Cuál era la actitud de csoí< pueblos ante el con- 
flicto anglo-americano? ¿Qué resultado alcanzaron los 
comisionados de los Estados Unidos? 

Lord Stormont, erabajarlor de Inglaterra en París, 
en despacho al Gabinete de Londres, decía en Abril 
de 1777: 

«Hase agitado entro Esj)ana y Francia la cuestión 
»de cuál de estos tres partidos debía adoptarse: acceder 
ȇ las demandas de la corte de Londres, observando 
>una completa neutralidad: lontinuar el plan trazado 
«durante el ministerio del Duque de Choiseul, tratan- 
»do de separar las Colonias de la madre patria, y opo- 
«nerla de este modo en la república, formada de las 
»trece Colonias unidas de la América, una rival temí- 
»ble, socorrerla de una manera eficaz, ó impedirla el 
'Volver á ser nunca la presa de un vencedor irritado. 
»E1 tercer partido se reducía i engañar igualmente á 
>»amba8 partes; prometer á S. M. Británica no dar asi- 
»lo á sus subditos rebeldes, y hacerlo sin embargo ba- 
»jo pretexto de humanidad. El ministro español maní- 
»festó al de Francia que esto era hacer demasiado y 
«demasiado poco; demasiado para no irritar á los que 
«conservarían un eterno recuerdo, y se vengaríaí> 
»cuando sus armas victoriosas lo permitieran; y dema- 
»siado poco para atraerse á los americanos, á quienes 
»no inspiraría mucha contianza semejante aliado. No 
» siendo del agrado do España esta determinación, hí- 
»zosela entender definitivamente, que si S. M. Católica 



■fmlt 



HISTOIUA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 1^ 



"persistía en querer atacar y humillar á los ingleses, 
^era preciso, para obligar á Francia á secundarla, qut> 
principiase por facilitarla cien millonies, que le eran 
indispensables para entrar en campaña.» 

Francia quería hacer todo el daño posible á Ingla- 
terra, pero no se decidía á adoptar una actitud resuel- 
ta por temor á la guerra, y España, ([ue tanibióíi alen- 
taba secretamente á los americanos, quería evitar asi- 
mismo una nueva lucha. El Conde de Aranda propuso 
que se abriesen negociaciones en Madrid pata tratar 
todas las cuestiones relativas á Inglaterra y sus Colo- 
nias; pero el Gobierno Británico, enorgullecido con las 
primeras victorias de Burgoyne y en la persuasión df^ 
obtener el triunfo, rehusó aceptar arreglo alguno, re- 
chazando con desdén cuantas proposiciones se le hi- 
<.ieron. La victoiia de »Saratoga, que obligó al ejército 
iugléS; mandarlo por Burgoyne, á capitular (17 Octu- 
V>re 1777), varió j)or completo la situación de las cosíts. 
Lord North, corapelido por las circunstancias y 
(¿iieriendo aprovechar las vacilaciones de Francia paia 
conseguir que Inglaterra y los Estados Unidos arre- 
glasen directamente sus diferencias, apresuróse á pre- 
sentar á la Cámara dos bilis: uno, declarando que el 
Parlamento no impondría en ninguna de las Colonias 
de América más contribuciones ó impuestos que los qu(^ 
se juzgara oportuno crear sobre el comercio, pero que 
í*l producto líquido se aplicaría para el lísó de las Co- 
lonias: y el otro, disponiendo se nombrasen por la Co- 
rona comisionados para tratar con las autoridades de 
América, pudiendo éstos ])roclamar la cesación de hos- 
tilidades, dejar en suspenso la ejecución de los decretos 
Tí^iatívos a las C\>lonias y conceder indnltos. Pero tau 

2 



18 HíSTORlA P.íT.ÍTiCA Y DlPLüMÁflCA 

pronto como Francia tuvo conocimiento de esta acti- 
tud, apresqróse ¿ concertar con los Estados Unidos un 
tratado de amistad y comercio, que se firmó el. 6 de 
Febrero de 1778, suscribiéndolo Fx'anklin, Deane y 
Lee por los Estados Unidos, y Mr. Gerard por Fran- 
cia, y en el cual se regulaban las relaciones entre am- 
bos pueblos, concediéndose mutuamente el trato de 
nación más favorecida: se establecía el principio de 
que la mercancía sigue al pabellón, es decir, que todo 
lo que los subditos respectivos hubiesen cargado en un 
barco enemigo, sería considerado como perteneciente 
á tal enemigo, fuesen ó no mercancías prohibidas; y se 
añadía que el pabellón de cualquiera de las dos poten- 
cias protegería las mercancías enemigas no prohibidas. 
Comprendiendo Francia que este tratado podría ser 
y sería considerado por Inglaterra como un castis beUL 
pactó al propio tiempo y suscribió en la misma fecha 
otra de alianza eventual y defensiva con los Estados 
Unidos, en el -cual se declaraba que el objeto de la 
alianza era «mantener la libertad, soberanía é inde- 
pendencia absoluta é ilimitada de los Estados Unidos, 
así en materias de gobierno jomo de comercio;» con- 
venían los contratantes en unir sus fuerzas contra el 
enemigo, si Inglaterra declaraba la guerra á Francia y 
hacer causa común mientras ésta durase; y se compro- 
metían á no firmar paz ni tregua sin previo acuerdo d^ 
ambas aliadas, y á no deponer las armas hasta que la 
independencia de la Confederación no fuese asegurada 
expresa ó tácitamente por los tratados que pusiesen fin 
á la guerra. Además, é independientemente de estas 
convenciones, Francia adelantó á los Estados Unidos 
18 millones en. dinoro. rof^mbolsables después de la paz 



Tioti&có ofí cía t mente al de Londres la noticia de esos 
tratadoB, en un documento qwe tevminítba de esU 
suerte: 

'Al comunicaí: esta noticia al Uabinete de Londres, 
*1 Rey está firmemente persuadido de (jiie ella será tina 
prueba de sus constantes y sinceros deseos de mantener 
la paz, y por lo minmo confía en que S. M. Británica, 
animado de los mismos sentimientci. liará lo posible 
para que no se internimpa la buena harmonía, tomando 
al efecto tas más eficaces medidas para que iio se en- 
torpezca el comercio entre los subditos de S. M. y los 
Estados Unidos de America, á fin de qne se obser- 
ven en este punto los usos establecidos en el comercio 
de las naciones, y las reglas que pueden <'onsiderarse 
i-omo subsistentes entre las Coronas de Francia y la 
(irán Bretaña. 

»En esta esperanza, el embajador qne suscribe cree 
Jíuperfloo notificar al ministerio británico, «lue habien- 
do resuelto el Rey su señor proteger la libertad legal 
del comercio de sus subditos, manteniendo el honor de 
MU bandera, ha tomado en consecuencia medidas provi- 
líionales de acuerdo con los Estados Unidos del Norte 
Af América.» 

Ante esta actitud de Francia, sintiéndowe herida 
Inglaterra, retiró su embajador en París, y aunque el 
Congreso americauo habia rechazado las proposiciones 
conciliatorias hechas por lord North, mandó éste á Fi- 
larlelñaal Conde de Carlisle, y á Mrs, Edén y Johnston 
rtiicargados de ofrecer la cesación iiiiiiPiliHta de hs hns- 



•^0 HISTORIA POLÍTICA V niPLÜMÁTlCA. 



tilidades, la no permanencia de fuerzas militares en las 
(.'Olonias sin el consentimiento del Congreso, la renun- 
cia al derecho de crear impuestos, y el buscar la forma 
de que América tuviese representación en el Parlamen- 
to, es decir, todo menos el reconocimiento de la inde- 
pendencia. Pero era ya tarde. Ese paso, antes de la 
alianza franco-americana, habría sido de feliz resultado, 
mas en las circunstancias en que se realizó, no obtuvo 
sino la respuesta del Congreso manifestando que sólo 
tomaría en consideración un tratado de alianza v de co- 
mercio, que se aviniera con los ya subsistentes, cuando 
el Rey de la Gran Bretaña diese pruebas de su sinceri- 
dad, siendo la primera de éstas el reconocimiento de los 
Estados Unidos ó la retirada de las flotas y ejércitos. 
La lucha cutre Francia é Inglaterra era inevitable. 

3. ¿Qué hacía en tanto España? Su interés de m*)- 
mentó y la más elemental previsión ordenábanla colo- 
carse resueltamente al lado de Inglaterra, porque no 
podía ni debía sancionar el funesto ejemplo para la do- 
minación española en América, del triunfo de la insu- 
rrección contra la Metrópoli; pero el secretario de f]s- 
tado. Marqués de ÍTrimaldi^ llevado de su antipatía i\ 
la (jran Bretaña y sometido á la influencia del Duque 
de <'hois.seul, comprometió desde luego á España *h; 
una causa contraria á sus intereses. Sin embargo, cuaii.- 
<lo en 1777 reemplazó el Conde de Floridablanca á Gri- 
maldi, procuró aquél enmendar el yerro padecido y trató 
de entenderse con Inglaterra, crej^endo que á camhi(> 
de la neutralidad, podría conseguir «recobrar las ven*- 
gonzosas usurpaciones de Gibraltar y Menorca y arr^D- 
jar <lel seno mejicano, bahía de Honduras y costa- ríe: 
-Campeche unos vecinos que la incomodan (á España.» 



HISTOHIA PÍ)I.ÍT1CA Y DIPLOMÁTICA 2l 

inti«itó,» según expresaba en despacho de IB de Enero 
<le 1778 al Conde de Aranda, nuestro embajaclor en 
I*arís. 

Declarada la guerra entre Inglaterra y Francia, 
reclamó ésta de España los auxilios estipulados en el 
pacto de famüia^ pero Carlos III sostuvo que no esta- 
ba obligado á tomar parte en una lucha provocada por 
tratados hechos sin su anuencia, y resolvió permane- 
cer neutral. 

Iniciada la lucha, España- envió á Londres al Mar- 
tines de Almodóvar coi\ instrucciones para conseguir 
<iue Inglaterra solicitase la mediación, que secreta- 
iiií^iite había sido aceptada por Fi-ancia, y á decir ver- 
«lad. procediese ó no de buena fe el gobierno inglés, 
tlejósí^ éste convencer, consistiendo la dificultad en que 
niíiguno quería iniciar las negociaciones. Ante esto 
obstáculo España invitó á ambas potencias á remitir á 
Madrid sus proposiciones, como lo hicieron, pidiendc» 
Inglaterra que Francia se abstuviese de dar auxilio \\ 
l»s rebeldes, y que se permitiese á la Metrópoli enten- 
dt^rse directamente con las Colonias, y Francia exigió 
<íiie Inglaterra reconociese la independencia de los Es- 
tados Unidos y retirase de éstos sus fuerzas. La dispa- 
ridad de las opiniones hacía difícil la mediación, y al 
fin, como ultimátum, envió España á Londres un pro- 
yecto de pacificación que contenía estas tres bases: 
I .' Una tregua de 25 años entre Inglaterra y sus Colo- 
nias, durante la cual se habían de arreglar las cuestio- 
nes pendientes; 2.* una tregua con Francia, compren- 
diendo en ella á las Colonias inglesas; y B." una tregua 
indefinida con las Colonias y Francia, á condición de 
reunir nn Congreso en Madri^l, compuesto de repre- 



*22 HISTORIA POLÍTICA Y DIPI.(J.M ÁTICA 



sentantes de las tres partes, y además uno de España. 
Inglaterra contestó que no podía entrar en tratos sin 
que previamente Francia retirase sü declaración de 13 
de Marzo (la nota en qué participó la firma del tratad» 
con los Estados Unidos); y á decir Verdad, motivos te- 
nía para formular tal exigencia y para no fiar mucho 
en la mediacióia de España, pues ésta, al propio tiempo 
que ofrecía sus buenos ofiícios, decretaba en 2 de Octu^ 
bre de 1778 que «los puertos de España debian sin ce- 
sar hallarse abiertos para las embarcaciones francesas 
de vuelta de las islas y de las Colonias, de la América 
Septentrional, servirles de asilo, recibir sus cargamen- 
tos; que los corsarios no sólo podían descargar, sino 
también vender sus presas, exceptuando los género» 
prohibidos, los cuales tendrían, sin embargo, la liber- 
tad de almacenar ó guardar en embarcaciones españo- 
las para sustraerlos del enemigo, y descargarlos donde 
gustasen fuera de los Estados ¿e S. M. Católica.» 

Es más: aun antes de que definitivamente pudiera 
darse por fracasada la mediación, España hizo gran- 
des aprestos militares, concluyendo por celebrar con 
Francia un tratado de alianza ofensiva y defensiva^ 
que se firmó en Aranjuez el 12 de Abril de 1779, por 
el conde de Floridablanca y el de Montmorin, embaja- 
dor de Francia en Madrid; tratado en el cual se obli- 
gaba España á declarar la guerra á Inglaterra de acuer-- 
do con Francia, si no contestaba de modo satisfactorio 
á las proposiciones de avenencia que se le habían he- 
cho (art. I.'*); se consignaba que del plan de operacio- 
nes sería parte necesaria una invasión de los dominiofi 
de Inglaterra en Europa (art. 2.°); se renovaba el ar- 
tículo 17 del pacto de familia (art. 3.**), y se decía que 



HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 23 

si bien Francia deseaba que España reconociera la in- 
dependencia de los Estados Unidos, S. M. católica, que 
no había celebrado tratado alguno con estos, se reser- 
vaba el reconocimiento para cuando arreglase con la 
naciente República sus intereses y relaciones, compro- 
metiéndose desde luego á no concertar tratado alguno 
referente á dichos Estados sin participárselo á Francia 
y sin hacer baso de él la declaración de independencia 
íart. 4.°). Fijábanse además los puntos que habían de 
servir para ajustar en su día la paz con Inglaterra, y 
entre ellos figuraba la restitución de Gibraltar. En vir- 
tud de este tratado, habiendo rechazado el Gabinete 
ingléjí la mediación, aunque en forma comedida, y te- 
niéndose noticia de que los ingleses preparaban una 
invasión en Filipinas y otra por río San Juan hasta el 
gran lago de Nicaragua, España anunció que renun- 
ciaba á ejercer sus buenos oficios, y ordenó al Marqués 
de Almodóvar (28 Mayo} pidiese sus pasaportes, entre- 
gando antes al ministro de Estado inglés, lord Wey- 
mouth^ una declaración en que se hacía relación, de los 
agravios de Inglaterra á España. Desde este momento 
comenzó la guerra entre las dos potencias el 16 de Ju- 
nio de 1779. ün cuerpo de ejército francés pasó los Pi- 
rineos á las órdenes del Duque de Crillón, para sitiar 
á Gibraltar en unión de las tropas españolas. 

Vio entonces la naciente confederación norte-ame- 
ricana realizadas sus aspiraciones de apoyo en el exte- 
rior, pero al propio tiempo se le suscitaron en el inte- 
rior no pequeñas dificultades, pues el embajador fraií- 
véBy en cambio del auxilio de su nación y del de Espa- 
ña, quería obtener para ésta última la concesión de las 
Floridas y el exclusivo derecho de navegación en el 



2i ' H'STORIA POLÍTICA Y IUPLOMÁTICA 



Missíssipí, y para Francia la cesión de las pesquerías 
rio Terranova. Estas proposiciones encontraron seria 
oposición en el'Congreso, y al fin se acordó entregar la 
Klorida á España, no tomándose acuerdo alguno res- 
j)ecto á los.demás extremos. 

4. Iniciada la lucha entre Esp«fia, Francia é Ingla- 
terra, desarrollóse aquella terrible guerra de que fue- 
ron teatro las costas de América, el Mediterráneo v 

« 

las Indias Orientales. Las escuadras francesa y españo- 
la penetraron en el Canal de la Mancha y se presenta- 
ron delante de Pl ymouth. si bien los temporales de un 
lado, y de otro la falta de acuerdo entre los jefes de las 
fuerzas navales aliadas, obligaron á éstas á retirarse 
á Brest. No fueron más afortunadas en Gibraltar, cuyo 
sitio quedó reducido á un mero bloqueo. Pero los ingle- 
ses se vieron castigados en América; Holanda declaró 
también la guerra á Inglaterra, y aunque ésta se apo- 
deró de varias islas pertenecientes á aquélla, sufrió 
¿grandes pérdidas en el combate que su- escuadra sos- 
tuvo con la holandesa en el Báltico (5 Agoato 1781), 
t uvo que capitular en Menorca, que pasó á poder de 
España, y en fin, experimentó una terrible derrota en 
York-Town (Octubre 1781), haciendo prisionero Wás- 
liingtonalgeneral inglés Cornwallis con 7.000 hombres. 
Unido todo esto á la toma de la Martinica y de las 
islas de San Cristóbal y de Monserrat por los franceses, 
])rodujo en el Parlamento británico tm cambio radical 
de ideas, que determinó la caída de lord North y su 
reemplazo por el Marqués de Eockimgham, que murió 
íl poco, siendo sustituido por lord Shelburne. Intentó 
/•ste negociar particularmente con cada una de las po- 
Toncias aliadas, acaso con el propósito de dejar aislada 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMAtiVA 25 



á Fi"ancia, pero como ni Holanda ni Espafia, ni los 
astados Unidos se prestaron á ello, vi ose precisado á 
rfconocer la independencia de las antiguas Colonias 
iimericanas en 24 de Septiembre de 1782, iniciándose 
tMi ronces sobre la base de esta declaración, las nego- 
«iaciones para la paz, que dos meses después tuvieron 
frliz resultado, pues el 30 de Noviembre de dicHo año 
s^ firmó en París el tratado provisional de paz entre 
Inglaterra y los Estados Unidos. 

Importa hacer constar que, aún no iniciadas las 
liostilidades entre Inglaterra y España, supo ésta por 
el comodoro Johnstone, que mandaba la estación naval 
l>ritánica de Lisboa^ que el gobierno inglés estaba disr 
])aesto á entrar en transacciones sobre la base de la de- 
volución de Gibraltar: v como Floridablanca estaba 
enamorado de esta idea, aceptó la propuesta, siguién- 
dose la negociación unas veces en Madrid, y otras en 
Londres, ya por mediación de Mr. Hussey, limosnero 
<le nuestra embajada en la ciudad del Támesis, ya por 
Mr. Cumberland, secretario particular del ministro de 
las Colonias y de la Guerra, lord Germaine; pero nada 
pudo ultimarse, pues Inglaterra varió sus proposioioT 
ii«*í<, exigiendo por la devolución de Gibraltar una in- 
^lemuización exagerada é inadmisible. 

Alemania y Rusia trataron también de intervenir 
entre los aliados ó Inglaterra, pero fracasaron sus ges- 
tiones, y el gobierno inglés entró directamente en tra- 
t<'S con Francia, lo cual, sabido por el conde de Aran- 
da y comprendiendo que se prescindía del interés es- 
pañol, hizo que aquél se apresurase á ultimar las nego- 
< iaciones, y el 20 de Enero de 1783 se firmaron en Ver- 
calles los tratados de paz de Inglaterra con España y 



\ 

i 



2») HISTOHI.V POLÍTU'A V DIPLOMÁTICA 



Francia, El acuerdo entre la Gran Bretaña y Holanda 
fué más difícil y laborioso, no firmándose los prelími- 
nares para el tratado de paz hasta el 2 de Septiembre 
del mismo año, esto es, la víspera de quedar ultimado 
el definitiva eon los Estados Unidos. 

5, Indispensable coniplemento de estas sumarias 
indicaciones, es el examen de esos tratados por los cua- 
les se puso fin á la guerra y quedó reconocida la inde- 
pendencia de los Estados Unidos. 

1.** Tratado de paz entre Inglaterra y los Estados 
VnidoH^ firmado en Paria en 3 de Septiembre de 1783^ 
por David Hartley, en nombre de la priméis, y Juan 
AdamSj Benjamín Franklin y Juan Jay en representa- 
cien de los segundos, — En este tratado, Inglaterra reco- 
nocía como libres, soberanos é independientes a los 
Estados Unidos, y renunciaba á toda reclamación con- 
tra los derechos de su gobierno y territorio (art. 1.^*.): 
se marcaban los límites entre los Estados Unidos v las 
posesiones que conservaba Inglaterra (art. 2.^); se re- 
gulaba el derecho de pesca que se reconocía a los ame- 
ricanos en el Golfo de San Lorenzo, bancos de Terra- 
nova y demás dominios ingleses en America (art. S.**): 
se convenía en que á los atu'eedores de una y otra par- 
te no se les opusiera impedimento alguno legal para la 
cobranza del valor total en libras esterlinas, de cuantas 
deudas se hubieran contraído bona fide (art. 4."); se 
consignaba que el Congreso recomendaría á las legis- 
laturas de los Estados la restitución de las propiedades, 
confiscadas á sxibditos británicos, que no hubiesen he- 
cho armas contra los Estados Unidos (art. 6.**); se esti- 
pulaba no se perseguiría ni molestaría á nadie, en 
forma alguna, por haber tomado parte en la guerra, y 



inSTOUIA POLÍTICA V PlPLOMÁTlCA 2"^ 



»jue se pondría en libectad á los presos poi; aquel mo- 
tivo, sobresej'endo las causas (art. 6.°); se decretaba la 
í'esación de las hostilidades, devolución de prisioneros, 
retirada del ejército inglés, evacuación de plazas y res- 
titución de archivos y papeles (art. 7.°); se declaraba 
franca y abierta para los subditos de ambas naciones, 
la navegación del iKíississipí (art. 8.®); y por último, 
después de ordenar la restitución de todas las plazas 
tomadas por una y otra parte antes de recibirse en 
América el tratado (art. 9.**), se fijaba un plazo de seis 
meses para el canje de las ratificaciones (art. 10). 

Tratado de paz entre Inglaterra y Frauda, firmado 
ni Versalles el 3 de Septiembre de 1783 por el duque 
de Manchester en nombre de la primera, y el conde de 
Vergennes por la segunda.— 'Rn este tratado, después 
'ie decretarse la cesación de las hostilidades v una ani- 
rustía general, y de renovarse la paz y todos los trata- 
dos celebrados desde el de Westfaliá hasta el de Pa- 
rís de 1763, se adjudicaban á Inglaterra las islas de 
Granada y las Granadinas, San Vicente, Santo Do- 
mingo, San Cristóbal, Nevis, Monserrat y Terranova, 
*^í5ta última con sus adyacentes, á excepción de las de 
San Pedro y Miquelón, que eran cedidas á Francia, 
Inglaterra quedó además en posesión del fuerte.de San- 
tiago y de la ribera de Gambia en África. Francia re- 
cuperó las islas de Santa Lucía, Tabago y Gorea, la 
ribera del Senegal con los fuertes de San Luis, Pudor. 
Galám, Arguin y Portendick, los establecimientos de 
la costa de Orixa y de Bengala, Mahé en la costa de 
Malabar, la factoría de Surate, Pondichery, Karikal y 
los dos distritos de Velantour y de Bahour. Renunció 
Francia el derecho de pesca en la costa oriental de Te- 



2S HlSTOklA POLÍTICA Y hllM.OMATUA 



rranova, desde el cabo Biienavi»sta hasta el de San 
Juan, adquiriendo en cambio el de peJícar desde este 
liltimo punto, dando la vuelta por el Norte y costeando 
la parte occidental de Terranova hasta Cabo Tlayé. La 
pesca en el cabo de San Lorenzo se ajustaría á lo esta- 
blecido en el tratado de París. Convinieron ademas Ihs 
<los partes contratantes en el nombramiento de comi- 
sarios para ajustar un arreglo comercial sobre la basr 
íle la reciprocidad, y se anularon las restricciones rela- 
tivas á las fortificaciones del puei'to de Dunkerke. El 
resto del tratado no ofrece otra novedad que la de esta- 
blecerse en el artículo 29 el princi})i() de que el pabe- 
llón no cubre la mercancía. 

Tratado definitivo de paz entre España é Inglaterra, 
firmado en Versalles el H de Septiembre de 1783^ por el 
Conde de Aranda, en nonibre de la primera, y Fitz-Her- 
bert, en el de la segunda. — En el tratado se convenía 
en la cesación de las hostilidades y el restableciniient<» 
de la paz (art. 1.^); se disponía que España conservara 
la isla de Menorca (art. 4.*^j, ó Inglaterra cedía á aqué- 
lla la Florida oriental y la occidental (art. 6.*^); Espa- 
ña restituía á Inglaterra las islas de Providencia y de 
Balíama (art. 7.^), y asimismo se habrían de restituir 
mutuamente los territorios de que durante la líltima 
guerra se hubiesen apoderado (art. 8.**); se renovaban 
los tratados anteriores al rompimiento en cuanto no 
quedasen derogados por el presente (art. 2.^); se pre- 
ceptuaba el nombramiento de comisarios para el arreglo 
de las relaciones comerciales y se consignaban otros 
preceptos puramente reglamentarios. 

('Omo por el art. 6." de dicho tratado se otorgó á los 
subditos ingleses el derecho de cortar y aprovechar el 



HISTORIA POhíriCA Y UlPhOMÁTICA 2Í) 



}>h1o de tiiit43 ó campeche, con algunas otras ventajas, 
t'Ti las posesiones espaiTolas de América, el 14 <le Julio 
<ie 178^ se firmó en Londres una convenciiin entre Es- 
))aña é Iii^latorra, en la cual se explicó, amplió y fija- 
ron preceptos para hacer efectivo el contenido de aqurd 
íirtículo. 

Dadas las circunstancias en que se ajustó, el error 
cometido al colocarse frente á Inglaterra y el abando- 
no en qué nos dejó Francia, el tratado de Versalles 
]>aede calificarse de beneficioso. Sin embargo, estos 
triunfos provo<*aron la ruina del imperio español en 
América. 



1 

i 



CAPITULO II. 



I. Noiilraridad arm da de 1780: Declaración de Catalina (i do Ihisia.— 
2. Hepartimienfos de Polonia verificados en t772, 1793 y 1794.— ;J. 
Definitiva constitución de los £stados rn¡dos.->4. Conflicto anglo es- 
pañol: convención de 1700.-5. Tratados dr España ron Marnirccisy 
TiirrpiKi. 



1. Cuando Inglaterra se vio frente á frente de po- 
tencias marítimas tan formidables como Francia, Es- 
paña y Holanda, teniendo además que sostener la gue- 
rra con los Estados Unidos, envió á San Petersbiirgo 
ú Sir James Harris, después lord Malmesburj'^, con el 
encargo de procurar que se rompiese la amistad íntima 
que existía entre Prusia y Kusia y de inclinar á ésta á 
líoncluir una alianza con la Gran Bretaña; j^ero sus 
gestiones hubieron de fracasar, pues no logrando po- 
ner de su parte al Conde Panine, ministro de Catalina, 
aunque intentó entenderse directamente con la Empe- 
ratriz por medio de su favorito el príncipe Potemkíne. 
llegando á ofrecer á éste que Inglaterra consentiría en 
incluir á Turquía en el número de las potencias contra 
las que se dirigía la alianza, hubo Panine de convertir 
hábilmente en daño de la Gran Bretaña lo mismo que 
<>n su favor había explotado Harris. 

La libertad de la navegación iba ganando terreno, 
y el principio de que «el pabellón cubre la mercancía,^ 



HISTORIA POLÍTICA Y lílPLOM ÁTICA 3Í 

esto e», que los bienes ó efectos del enemiga, embarca- 
dos on buques de potencias neutrales, están libres de 
toda confiscación, adquiría cada vez mayores proséli- 
tos, y aunque no sin contradictores en la misma esfera 
científica, se aceptaba y proclamaba por los Estados 
más poderosos. Inglaterra, sin embargo, no lo obser- 
vaba, lo cual constituía para aquélla una gran ventaja 
^n caso de guerra, y obligaba á otras naciones á seguir 
igual conducta aun estando convencidas de su injusti- 
t ia. Por esto, cuando Carlos III se decidió á secundar 
á Francia en su campaña contra los ingleses, comenzó 
por publicar en 1.** de Julio de 1779, una nueva orde- 
nanza de corso, en la que dispuso que las embarcacio- 
iu>s con bandera neutral ó amiga que condujesen efec- 
tos de enemigos serían detenidas y conducidas á nues- 
tros puertos para usar con ellas y sus cargas los mis- 
mos procedimientos que los ingleses empleasen con las 
que llevasen efectos pertenecientes á los españoles ó 
sus aliados. 

Las mismas naciones que toleraban á Inglaterra su 
sistema de confiscaciones formularon frecuentes quejas 
|)or la actitud que adoptaba España; pero el conde de 
Floridablanca hizo notar esta contradicción, que en- 
trañaba una verdadera injusticia, y prometió que si los 
ingleses respetaban el pabellón neutral, haría lo mis- 
ino el Gobierno español. 

Estas contestaciones dieron origen á una negocia- 
ción, durante la cual Rusia, llevando la voz de las na- 
< iones neutrales, propuso la formación de un Código 
marítimo que al fijar reglas para el ejercicio del co- 
mercio durante la guerra, hiciese respetar los princi- 
I»ios de neutralidad y diese garantíais á los neutrales. 



32 HISTOIIIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

La idea era excelente, y no la rechazó Floridablanca. 
pero hizo comprender á Rnsia que su ejecución no po- 
día ser inmediata, "y que en tanto era preciso que las 
potencias marítinxas neutrales impusiesen á Inglaterra 
el respeto de sus pabellones. Dudaba Rusia , no resol- 
viéndose á aceptar estas indicaciones, cuando vinieron 
á decidirla dos incidentes que afectaban á sus intere- 
ses: la detención por una encuadra inglesa de unos bu- 
ques holandeses que conrliunan mercancías rusas, y la 
oposición de la escuadra española al paso de embarca- 
ciones rusas por el Estrecho de Gibraltar. Sir Harris, 
aprovechando la irritación que estos hechos produjeron 
á la Emperatriz, consiguió que se preparase secreta- 
mente una escuadra en Cronstadt para exigir satisfac- 
ciones al gabinete ríe Madrid: pero el Conde de Panino, 
aparentando se^i'undar los deseos de Catalina y alen- 
tando sus ambiciosos anhelos de gloria, elevó la cue^- 
tión a la esfera de los principios y sedujo á aquella con 
la idea de convertirse en legisladora marítima de Eun»- 
pa. Este fué el origen de la famosa Declaración de neu- 
tralidad armada de ^2i} de Febrero de 1780 (1) fi¡andi> 
las siguientes reglas: 

1.* Que los navios (') Iniques neutrales puedan na- 
vegar libremente de pqerto en puerto, y por las costa>? 
de las naciones que estén en guerra. 

2.* Que los efectos i)ertenecientes á los siiliditos 
de las potencias en guerra conducidos en buques neu- 
trales sean libres, sin más excepción que el contraban- 
do de guerra. 

(1) Gardeii, en su Historia neneraL délos tratados dv. p<rz. 
tija como fecha de la l)eclrtrac¡ó:i el 2^ de Febrero de 177i>. 



HISTOHIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA *M 



3>*ir Que la Emperatriz se atiene, en cuanto ala. 
«let^rminacióu de lo que debe entenderse por contra- 
liandq deguerra, á lo dispuesto en los artículos 10 y 1 1 
(le sutratada de comercio con la Gran Bretaña, exten- 
<iiendo. estas obligaciones á todas l^s potencias en 
guerra. 

4v*. Qne se entendería bloqueado un puerto cuando 
por la situación y proximidad de los buques que lo ale- 
Kueiij ofreciese peligro evidente la entrada en él, y 

o.* . Que estos principios servirían de reglas para 
juzgar de la legalidad de las presas. 

La Declaración concluía manifestando que la Eiu- 
peratriz, para mantener esas reglas y á fin de proteger 
él honor de su pabellón, la seguridad del comercio y de 
la navegación de sus subditos, hacía preparar una par- 
te (X)n8Íderable de sus fuerzas marítimas; qne esto 
lio influiria en manera alguna en la estricta y rigurosa 
neutralidad que había observado, y que observaiía mien- 
tras üor se viese provocada y obligada á salir de los líiiii- 
tes de la moderación é imparcialidad más perfectas; y 
<|ne esperaba que las potencias beligerantes, penetradas 
'le los sentimientos de justiciay de equidad de que laEm- 
peratxiz estaba animada, contribuirían al cumplimien- 
10 densos preceptos, dando al efecto instrucciones a sus 
almirantes. : .' 

Espiona dio una buena prueba de sus excelentes dis- 
posiciones y de la lealtad de sus ofertas, siendo la 
[irimerar potencia que se SLdhirió á la, Declaración de 
^'ataUxka II. Al hacerlo, hubo de expresar que su con- 
'lucta había tenido forzosamente que ajustarse á la de 
fuglaterra, pues de otra suerte habría luchado con enor- 
»ie iíes»entaja, é insinuó que las naciones neutrales lia- 

3 



34 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



bían dado lugar á los inconveniente8 que deploraban, 
tolerando que- sus buques se sii:vieran de documen- 
tos dobles y de otros artificios. Francia. Austria, Pru- 
sia, Portugal, Dinamarca, Sueoia, Ñapóles, Las Dos Si- 
cilias, Holanda y más tarde los Estados Unidos, se ad- 
hirieron también, firmando además Rusia convenciones 
marítimas con Suecia y Dinamarca para el manteni- 
miento de los principios consignados en las respectivas 
declaraciones; y á este acuerdo de las potencias en obser- 
var una misma actitud en la guerra pendiente, se ha 
llaiAado pacto de neutralidad, drmada. 

No produjo éste todos los beneficiosos resultados 
que se podían esperar, y no los produjo por la actitud 
de Inglaterra, la cual, con mucha habilidad, sin negarse 
abiertamente á aceptar los principios contenidos en la 
Declamación^ pero sin comprometerse á respetarlos y 
cumplirlos, contestó á la notificación de Busia hacien- 
do protestas de amistad, consignando que él Rey ha- 
bÍH dado desde el comienzo de estas luchas, las órdenes 
más terminantes de respetar el pabellón imperial y el 
comercio de sus subditos, con arreglo al derecho de gen- 
tes y á las estipulaciones del tratado de comercio que unía 
á las dos naciones, y que las reproduciría exigiendo la 
más escrupulosa exactitud, y añadiendo que en casó de 
infracción, «los tribunales del almirantazgo que,. en este 
país como en todos los demás, están establecidos para 
conocer de semejantes materias, y que, en todos los 
casos, juzgan únicamente por el Derecho general de 
las naciones y por las estipulaciones particulares de los 
diferentes tratados, corregirían las injusticias, y agra- 
vios cometidos. »^ Sin embargo, Inglaterra, que se vio 
completamente. aislada, no se atrevió á proseguir en su 



HI.ST*RI\ P íLÍTICA V DlPLíMÁTICN 115 



anterior conducta, y mollificó sus procedimientos de 
violencia y* arbitrariedad, si bien más tarde, en cuanto 
laí< circan9fe0,ncias se lo permitieron, volvió á su anti- 
cuo sistemaj- - 

Basia prestó, sin duda alguna, un servicio al comer- 
cio pacífico^ y la Declavíwión de Catalina II, constituyó 
UM gran paso en el camino de la adopción y práctica 
<lel derecho de gentes. 

2. No merece igual aplauso, aunque tenga expli- 
'•arión. la actitud de Rusia en los asuntos de Polonia. 

Había ésta llegado á su más alto grado de esplen- 
'loi% siendo el Estado más poderoso del Norte de Europa, 
<iurante el reina'lo de los primeros reyes de la dinastía 
<íeAVasa; pero kN guerras contra Suecia', Rusia y Tur- 
t|nía. la intolerancia religiosa, la independencia de la 
nobleza y la anarquía consiguiente, prepararon su rui- 
na primei*oy la eiUreganm después á las ambiciones de 
sus poderosos*^ vecinos. Con Augusto II se inició la de- 
<*^deneia, pues Carlos XII de Suecia tomó pretexto de 
las intestinas luchas religiosas para invadir la Polonia, 
y habiendo vencido en PuUawa, colocó en el trono á 
Estanislao Lescrinslli, (][ue hubo de ceder más tarde la 
íorona á Augusto III, á quien apoyaba el Austria y 
roiiibatían* resueltamente la nobleza y Prusia. 

Dividida Polonia en dos bandos, el que pretendía 
limitar las atribuciones de la corona y el que anhelaba 
una monarquía. fuef te y poderosa, ó mejor dicho, el de 
los diftidentes y el de los católicos^ Augusto tuvo que 
abandonar el trono, refugiándose en Sajonia, y ciñó la 
ííoroua Estanislao PoniatoWskí, favorito de Catalina II 
«le R-usia, la cual aprbVe<?hó el primer pretexto que tu- 
v(» para intcrví^ASf" aún más directamente ^kh Josiis.un-: 



3t5 HISTORIA POLÍTICA Y DlPÍ.ÓRfÁTU'A 

' -|-rT-- ■ - --- — • ■ — • — j i-ii II r ■■■■Mw WT ■ I 

I 

tos de Polonia, haciendo que su embajador presentase 
á la Dieta polaca una nota (14 Septiembre 1764V pi- 
diendo se otorgase á los disidentes el libre ejercicio de 
su religión y la facultad de desempeñar cargos ofi<na- 
leí lo mismo que los católicos; pero la Dieta, lejos de 
acceder, confirmó todos sus decretos contra los rf/x/- 
dentes. 

Así las cosas, Federico II de Prusia, por odio al 
Austria, prestóse á secundar los deseos de Rusia, y 
entre las dos Cortes se pactó la convención secreta d¡ 2H 
de Abril de 1767 . La nobleza católica opuso á ésta la 
célebre confederación de Bar, con Turquía y Francia, 
y el rey de Polonia, de acuerdo con la Dieta, firmó el 
tratado de amistad de Varsovia con Rusia y las dos 
actas separadas de 24 le Febrero de 1768, por las cua- 
les se aseguraba la libertad de conciencia de los disi- 
deiites y se garantizaba la institución del libernm 
veto (1). Rebeláronse los católicos, apoyados por Fran- 
cia; fueron éstos vencidos por Rusia, pero el rey Es- 
tanislao y los disidentes cometieron la torpeza de ene- 
mistarse con Catalina II, con lo cual dieron la victoria 
á los católicos. El monarca fué depuesto y la anarquía 
más espantosa imperó en Polonia. 

Entonces, reunidos en San Petersburgo Catalina de 
Rusia, Enrique de Prusia y José II de Austria, y es- 
tando ya de acuerdo los flos primeros por la convención 
de San Petersburgo de 17 de Febrero de 1772, firma- 



(1) Consistia éste en la necesidad de reunir todoa los votos» 
(le la Dieta para la validez de los acuerdos; de suerte que uno 
solo de BUS individuos podía hacer estériles todas las discusio- 
4íe8 cott su oposición. 



HISrOlilA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 37 

ruQ en í^, misma ciudad una nueva C07ivenciÓ7i^ la de 

)^ití~í — ió ^^^ propio año, por la cual se llevó á efecto 
el |)rimer repiírto de Polonia en la siguiente forma: 
—Austria se apropió las trece ciudades del condado 
íie Zips y la antigua Busia Roja, formándose con 
aquéllos los reinos de Galitzia y Lodimiria. — Prusia se 
adjudicó la llamada Prusia polonesa, á excepción de 
hs ciudades <le Dantzing y de Thom, y ía gran Polo- 
nia hasta el río Netze, cuyos territorios la proporcio- 
naban una comunicación entre las provincias prusia- 
nas y el Brandeburgo. — Y Rusia se quedó con la Livo- 
nia polonesa y los palatinados de Polozk y de Witepsk 
eii la parte Este del Dwina. 

Vanamente intentó Polonia protestar contra tan 
inicuo 4©8P9J<^- Austria, Prusia y Rusia, exigieron al 
rey: 1>° Que fírmase un tratado de cesión de los terri- 
torios invadidos á favor de las tres potencias; 2.'' La 
])acificacióu de Polonia; 3.** Que se fijase una suma co- 
mo sTiel^o del rey; 4.** Que se estableciese un Consejo 
permanente; yo.** Que se asegurase una cantidad para 
que la república pudiese sostener constantemente un 
♦ejército de 30.000 hombres. La Dieta quiso oponerse, 
pero la presencia en Varsovia de las tropas de las tres 
.naciones, la obligó á firmar los tres tratados de Varso- 
ria de 18 de tSeptierubri de 1773, por los cuales quedó 
'<ancionadp et reparto, y las actas separadas de 15 de 
MarzQ de 1775, que aseguraron á los rusos su domina- 
< íón sobre la infeliz Polonia, que en tal ocasión no en- 
contró apoyo alguno en Europa, pues sólo la voz de 
r'arlos Jtl de Kspañase dejó escuchar en su favor. 

Desde entonces Rusia trató á Polonia como á pro- 
vincia de sn Imperio. La Dieta consagróse á la recons- 



ÍW .mSTOKlA POLÍTICA Y iJlPI.OMÁTiCA 



.2:1. 



iítucióii interior, tratando dé normalizar la hacienda y 
aumentar. y reorganizar el ejército; ¡ero Catalina I T 
consideró todo' esto como nna violación de los tratados. 
Habiendo cambiado la política de Pi-jisia, por el falle- 
cimiento de FedericO'II y la elevación de Federico Gui- 
llermo II, y. hallándose los rusos y turcos en guerra, la 
Dieta polaca firmó la alianza de Prtisia y Polonia cu 
29 de Marzo de 1790. y reformó la Constitución, ha- 
ciendo hereditaria la corona. Desgraciadamente los 
enemigos de la reforma acudieron á Catalina y fónna- 
ron la confederación de Targotcice (11 de Mayo df^ 
1792,'; Prnsia abandonó á Polonia, alegando que no ha- 
bía intervenido ni autorizado el cambio de régimen in- 
terior, y no sólo la abandonó, sino que, á pretexto <1«" 
que la jiif^ta alentaba el espíritu revolucionario, tomó 
las armas contra aquélla. La consecuencia fué el se- 
gundo vepaHo^ que la misma Dieta hubo de sancionar 
forzosamente, firmando los dos tratados de Grodno. uno 
cOn Rusia el 22 de Julio de 1793. v otro con Prusia el 
25 de Septiembre del mismo año. Kusia adquirió una 
parte del palatinado de "Wilna, la parte que le faltaba 
de los de Polotzk y Minsk, otra de los de Nowogrodek 
y Wolhynie, y toda la Podolía y la Ukrania. Prusia sf 
adjudicó las ciudades de Dantzig y de Thorn y casi 
toda la gran Polonia. Tanto una como otra potenciív 
se comprometieron á garantizar á Polonia el resto del 
teiTÍtorio, pero la Dieta hizo un tratado de alianza con 
Rusia (Ifi de Octubre de 1793), que equivalía a la re- 
nuncia total de su soberanía é independencia. 

Las exigencias de Rusia provocaron en Polonia ul 
año siguiente una insurrección, ácuyo ft-ente se pusie- 
ron los generales MadalinskiyKosciuszko.quelograroii 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA iH> 



algunas ventajas sobre los ilusos; pero puestas de acuer- 
do Prnsia, Austria y Rusia, vencieron á los polacos, 
haciendo prisionero á Kosciuszko, el cual pudo excla- 
mar con razón: Finiií Polonia. En efecto, el fin de Po- 
lonia como nación halna llegado, pues en virtud de las 
ronvenciones de San Petersburgo . de 3 de Enero y 24 
íle Octubre de 1795, aquellas tres potencias se repartie- 
ron lo» restos del que^había sido poderoso reino, y Es- 
tanislao se vio precisado á abdicar la corona el 25 de 
Noviembre. 

Quedaba cumplida la profecía <lel liltimo monarca 
<le la casa de Wasa, Juan (/asimiro, en 1661: 

«Polonia — había dicli > á la Dieta — á causa de suü 
•disensiones intestinas, debo temer la invasión v divi- 
^sión de la república. Los moscovitas subyugarán un 
* pueblo que habla su lengua: el gran ducado de Li- 
«thnania, la Gran Polonia y Prusia caerán en pianos 
^de la casa de Brandeburgo: y Austria se apoderará de 
«la Cracovia.» 

3. ¿Que había ocurrido en tanto en los Estados 
Unidos? ¿Qué uso hacían de su independencia? ¿Cómo 
habían llegado á constituirse? 

Al firmarse el tratado de paz, encontráronse los Es- 
tados Unidos en la más triste situación, agotados sus 
recursos, paralizado su comercio, armiñadas sus fábri- 
cas, abandonada la agricultura, con una deuda enorme, 
y lo (j^ie era aún peor, amenazados por la ai^arquía. Los 
artículos de la Confederación no eran suficientes, por- 
qué concediendo ciertas atribuciones al Congreso, no 
íijaba la manera de hacerlas efectivas. La rivalidad en- 
tre teto Estados era grande, y la nacionalidad débilmen- 
te bosquejada en la Unión, parecía próxima á desa])a- 



JÍH?I^*Í?^^' 



40 mSTORlA. POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



recer. Llegóse al «xfcremo de no tener recursos para* sa- 
tisfacer la deuda contraída con los veteranos de la 
guerra, y de no haber poder ni autoridad capass de ar- 
bitrarlos. El Congreso podía adoptar medidas para 
atajar estos niales, pero era preciso obteiier después la 
aprobación de las trece legislaturas, pues el disenti- 
miento de una de éstas bastaba para anular aquéllas. 

Del mismo exceso del mal surgió el principio del 
remedio. Reunidos en Annápolis, por iniciativa de la 
legislatura de Virginia, dos comisionados de Nueva- 
York, tres de Nueva-Jersey, uno de Pennsylvania, tres 
de Delaware; y tres de Virginia, con el objeto de con- 
ferenciar acerca de las cuestiones comerciales, acorda- 
ron celebrar en Filadelfia una nueva reunión, invitan- 
do á todos los Estados á hacerse representar, y lanzau- 
áo la idea de la conveniencia de revisar los artículos de 
la Cojí federación. Este proyecto se convirtió por el 
Congreso en precepto legal, y en su virtud todos los 
Estados, excepto Rhode-Island, nombraron sus dele- 
itados, y el lunes 14 de Mayo de 1787, reunióse la nue- 
va Asamblea ^ Convención federal, que nombró su pre- 
sidente á Washington, y se consagró desde luego a ela- 
borar una Constitución. 

Cuatro meses duraron los debates. Fueron éstos 
muy empeñados, tanto, que en algunos momentos pud<» 
temerse se diera el espectáculo del rompimiento de la 
Unión; pero al fin, cediendo unos y otros, se llegó á 
aprobar un proyecto de Constitución, el oual se pasó al 
Congreso el 17 de Septiembre, acordando éste circular- 
lo á las Legislaturas para obtener su sanción. Délaware, 
Nueva- Jersey y Georgia la aprobaron por unanimidad: 
Ponnsylvania, Connecticut, Maryland y la Carolina 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 41 



<M Sor, por gran mayoría. Khode-Island rehusó reunir 
la Legislatura; Massachussetts, New-Hamspire y Nue- 
va-York, la aceptaron con enmiendas; Virginia, tras 
acalorados y largos debates, la aceptó, recomendando 
su reforma; y la Carolina del Norte no la ratificó has- 
ta Noviembre de 1789. 

Una vez admitida por los nueve Estados que exigió 
la Convención federal de Filadelfia, el Congreso acor- 
dó que la Constitución comenzase á regir el primer 
miércoles de Marzo de 1789. Verificáronse las elec- 
ciones del primer Congreso federal y del primer Presi- 
dente, resultando elegido Washington para dicho alto 
<argo, y Juan Adams para la vice-presidencia;. 

Washington, después de un viaje triunfal desde^su 
retiro de Monte- Vernon á Nueva-York, prestó jura- 
mento ante el Congreso y el pueblo el 30 de Abril de 
1789, quedando así organizados definitivamente los Es- 
iodos Unidos de Améí'iea, 

Examinemos ahora rápidamente la Constitución, 
j)ara ver cómo habían de funcionar los distintos po- 
<lf>res. 

El poder legislativo resi<¡lé en el Congreso, que se 
<ompone del Senado y de la Camarade representantes. 

El Senado consta de dos Senadores por cada Esta- 
do, nombrados por las respectivas legislaturas por tér- 
mino de seis años, renovándose cada dos por terceras 
partes. Para ser. Senador es preciso tener treinta años, 
■ser desde nueve antes ciudadano de los Estados Unidos 
y residir en el momento de la elección en el Estado 
donde fuefé"elegido. El Vicepresidente de los Estados 
Unidos es el Presidente del Senado, pero sin voto, 
«omoiiosea en caso de' empate. 



42 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



La t 'amara de los representantes *se compone de' 
un diputado por cada 30.000 habitantes, debiendo ele- 
gir al menos uno cada Estado. Para ser elegido es ne- 
cesario tener veinticinco afios cumplidos, ser con siete 
de anterioridad ciudadano de los Estados Unidos, v re- 
sidir al tiempo de la elección en el Estado donde fuere 
elegido. Los electores han de tener las cualidades pres- 
critas para serlo en la Cámara más numerosa del cuer- 
po legislativo de su Estado. 

El Congreso debe reunirse á lo menos una vez al 
año^ el primer limes de Diciembre, y sus miembros re- 
ciben por sus servicios una indemnización pagada ]>or 
él Tesoro de los Estados Unidos, 

9 Las facultades del (-ongreso son: tijar y exigir las 
contribiu'iones, dereclios é impuestos; pagar las deu- 
das, proveer á la defensa comiín y prosperidad de los 
Estados. Unidos, contratar empréstitos, regularizar el 
comercio con las naciones extranjeras y el de los diver-. 
sos Estados entre sí, establecer reglas uniformes para 
la naturalización y para las quiebras, acordar todo lo 
relativo á la iiioneda, correos y progreso de las ciencias 
y artes; establecer los tribunales inferiores al Supremo, 
declarar la guerra, levantar ejentitos, organizar la arma- 
da y mantener aquéllos y ésta, formar los reglamentos 
militares, convocar la milicia y proveer á su organiza- 
ción, etc. 

Las leyes relativas á ingi*esos deben proponerse a 
'la Cámara de Representantes, pero el Senado puede 
•modificarlas. 

Votadas las leyes por el Congreso se remiten at 
Presidente, el cual las devuelve firmadas, ó deja pasar 
diez días ísin ccmtar los <lonnngos u en cuyo caso rigen 



HISI'CIKIA POLÍTICA V diw.hmítica -13 

como si las hiibíeiíe filmado. Si las devuelve sin íinnar, 
consignará las rasones que teuga para ello, y en estt>. 
vaso necesitará U ley, para adquirir fuerza legal, ae.r 
aprobada, por las doa terceras partes de los individuos 
«n cada una áp lan Cámaras. Después de esta segunda 
votación no necesita el concurso del Presidente para 
obligar. 

Prohibe la Constitución : suspender el privilegio del 
Habeos Corpus, á UQ ser qne lo exija la seguridatl del 
Estado en caso de rabeJión ó invasión; imi>oner pena 
infamante por delito d« alta traición ni jex post fado; 
imponer tributo alguno personal ni contribución algu- 
na directa, sino en proporción al censo ó catastro; con- 
wder título algniio de liobleza, etc. 

Asimismo declara ilícito á los Estados entrar en 
tratado alguno, nlian^ta ó confederación; conceder pa- 
tentes de corso ó represalia, acnilar moneda, emitir do- 
cumentos de crédito, sostener tropas ó naves de guerra, 
imponer derechos sobre las importaciones y exportacio- 
nes, «te. 

El poder ejecutivo corresponde al Presidente, que 
ejerce sn cargo por cuatro aflos y es designado por elec- 
tores (j^ue elige cada Estado en número igual al de sus 
leñadores y Representantes, remitiéndose los votos de 
(■ada Estado en jdiego certificado, para ser abiertos y 
recontados por el Presidente del Senado en presencia 
del Congreso. El Presidente de la República ha de te- 
ner treinta y cinco años, y catorce de residencia en los 
Estados Unidos. 

Corresponde al Presidente el mando supremo del 
ejército y armada, y de La milicia de los Estados cuan- 
do sea llamada al servicio activo: celebrar tratados con 



44 HISTORIA POLÍTICA Y DUM.OMÁTICX 



-el consentimiento de las dos terceras partes de los se- 
nadores, y en la misma forma, nombrar los embajado- 
resi,, cónsules y otros ministros púbKcos, los jueces del 
Ti'ibunal Supremo, etc.; suspenderla ejecución de las 
íienteucias y conceder perdón por ofensas á los Estados 
Unidos, excepto cuando se tratare de los delitos de Es- 
tado; pedir su parecer por escrito á los principales fun- 
inonarios de los departamentos ejecutivos ó informar 
al Congreso sobre el estado de la Unión y proponerle 
las medidas que estime necesarias. 

El poder legislativo reside en el Tribunal Su jH'emo, 
Y en los tribunales inferiores. 

Numerosas enmiendas, adoptadas con posterioridad, 
han ampliado, modificado ó aclarado los anteriores pre- 
ceptos. Entre las principales figuran las que garanti- 
zan la libertad religiosa, la de la prensa y la de reunión 
y petición, la que establece el jurado, etc. 

Hoy día la Constitución de los Estados Unidos es. 
íjegún el sistema inglés, más que un Código, un con- 
junto de preceptos consignados en diferentes leyes, 
.sentencias del Tribunal Supremo, costumbres, y opi- 
niones y juicios de los tratadistas. 

4. Dados los antecedentes de la conducta observada 

por España como consecuencia del funestísimo pacto de 

familia^ no es posible extrañar el conflicto anglo-espa- 

ñol que en 1790 estuvo á punto de provocar una nueva 

í^uerra en este accidentadísimo período. 

El 6 de Mayo de 1789, dos buques españoles que 
habían salido del puerto de San Blas (liíéjico) encon- 
traron en San Lorenzo de Nootka, en la costa Norte 
del continente, dos buques anglo-americanos, uno por- 
tugués y otro inglés, los apresó y mandó éste último, 



HISTORIA POLÍTUJA f DIPLOMÁTICA 45 

. 

en unión del Aygonauki] que llegó después, á San Blas, 
flonde el virrey esp^fíol, Conde de Revillagigedo, Iok 
liizo ponet-'en libeítad bajo fianza. 

La noticia prodnjo viva agitación tanto en Madrid 
t^omo en Liendres. Floridablanca ordenó en 20 de Enero 
de 1780 al ministro español cerca de S. M. Británica. 
Marqués de Campo, se quejase de la frecuencia con que 
los ingleses realizaban actos de usurpacfión en las po- 
sesiones hispano-americanas; mas el Gabinete de Lon- 
dres, reflentido con el español por las disputas que sos- 
tenían desde la paz de 1783 por los establecimientos 
•le Campeche y Mosquitos, se negó en absoluto á eu- 
trar en negociaciones sobre el dominio de Nootka hasta 
que diese España plena satisfacción por los insultos 
<|ue 8U[>onía inferidos al pabellón británico; y como 
Floridablanca entendiese que tales satisfacciones ha- 
brían de envolver, tácita ó expresamente, algo con- 
trario á nuestro derecho, no accedió á los deseos del 
rrabinete de Londres, el cual comenzó á hacer prepara- 
tivos que denunciaban propósitos belicosos, obligando 
:» España á seguir igual conducta. 

Floridablanca. comprendiendo lo difícil de la situa- 
ción, trató de interesar á las potencias de Europa en 
favor de España, circulando un manifiesto, en el cual 
hacía la defensa de nuestro derecho y ponía de relieve 
la mala fe de Inglaten*a. Portugal piestóse desde luego 
á mediar en este flesagradable incidente, y por sus bue- 
nos oficios vino á Madrid lord Alleyne Fitz-Herbet, y 
entabló con eí ministro español negociaciones que ofre- 
cieron mil dificultades, pero á las que se creyó poner 
fin medíante una déidñracíón de Floridablanca y una 
•vmtra-de^.laración del plenipotenciario inglés. En la 



4(5 IÍ'.ST'>in\ P >I,ÍTKA Y r»lPI.'>MÁTI«A 

primera se manifestaba que S. M. Católica estaba dis-^ 
puesta á dar satisfacción á 8. M. Británica por la in- 
juria de que se quejaba, y se obligaba á restituir los 
buques británicos qne aún no hubieran sido devueltos 
de los apresados en ííootka, y & indemnizar á los inte- 
resados; en la segunda aceptaba Fitz-Herbett la ante- 
rior declaración cómo plena y entera satisfaccióii de la 
injuria, y uno y otro hacían constar que est^s manifes- 
taciones no excluirían ni traerían perjuicio á la discu- 
sión ulterior délos derechos que alegasen 'stis respecti- 
vos soberanos respecto á los. establecimientos en eL ci- 
tado puerto de Nootka. 

^ Cuando podía creerse definitivamente ultimado este 
asunto, resultó que el Gobierno inglés no aceptaba el 
arreglo y que proseguía sus preparativos de guerra. 
España se vio obligada a preparar su ejército y á mo- 
vilizar su armada ante el temor de un rompimiento,. y' 
se dirigió á Luis XVI pidiéndole auxilio en virtud del 
jpacto de familia; pero como el monarca francés había ' 
abdicado ya su poder, sometió el asunto á la Asamblea, 
la cual, por negar validez á aquel tratado, hubiérase 
proniinciado en contra, si Mirabeau, por odio á Ingla- 
terra y por rivalidad personal con Pitt, no llega á to- 
mar la defensa de las pretensiones de Espafta, logrando 
arrastrar á sus colegas y arrancando á la hostil mayo- 
ría un decreto en virtud del cual la escuadra francesa 
debía aumentarse hasta completar el número de 45 na- 
vios de línea. 

En estas circunstancias volvió á mediar Portixgal. 
reanudáronse las negociaciones, y al fin se' firmó en San 
Lorenzo el Beál, el 28 dé Octubre de 1790, una conven- 
eión en la cual sé disponía la restitución á los subditos 



Iintánifos de loa ediñrios y terrenos situados t-n la co9- 
\d iioropste del continpnte de la América septentrional 
<■ islas adyacentes, de que habían ¡«ido despojados; Hb 
prometía hacer justa reparación de toda violencia ú 
hostilidad cometida por subditos de una parte contra los 
<!'' hi otra; se declaraba que en adelante lo» Niibditua 
respectivos no serían perturbados ni molestados, ya na- 
vegaran ó pescasen en el Océano Pacífico ó en loe ma- 
rfs del Sur, ya desembarcaran en las costas de estos 
mares, en parajes no ocupados aiin, á fiíi de comerciar 
<i>n los üatnrales ó de fundar establecimientos; y se dic- 
taban, p«- último, varias disposiciones para el cumpli- 
miento. de los anteriores artículos. 

Filé necesario, sin embargo, hacer dos nuevos con- 
viiioa, en 12 de Febrero de 1793 y 11 de Enero de 1794, 
í-eiialandü eii el primero la indemnización qué debía sa- 
tisfacer el Gobierno espaRol, y determinando en el 
otro el nombramiento de comisionados de ambas parte» 
para presenciar la demolición del fnerte español de San 
Lorenzo. Las declaraciones á que dio lugar este últi- 
mo convenio se canjearon el 23 de Marzo de 17'.)ñ en el 
fíolfo de Nootka. 

5.' ■ Réstanos decir dos palabras acerca¡]de los trata- 
<los qiie en este mismo período celebró España con 
Marruecos y con la Sublime Puerta. 

Al estallar la guerra entre España é Inglaterra, es- 
ta última se dir'gió a! Emperador de Marruecos mani- 
festándole que enviaría seis ú ocho navios para que 
navegando con la bandera marroquí, pudiesen llevar 
provisiones á Gibraltar. Negóse* á esta pretensión el 
(emperador, y no sólo se negó, sino que pidió, al rey de 
España el envío de tres ó cuatro buques, tripulados por 



48 ITLSTOKIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 

marroquíes y mandados por españoles, para que hicie- 
idaí el comercio entre los puertos del Imperio. Este fu/» 
él primer punto • resuelto en lasf negociaciones que si- 
guieron el Conde de Floridablanca y Mohamet Ben- 
Otoiüan, embajador de Marruecos, negociaciones que 
dieron por resultedo el tratado de. Aran juez de 30 di- 
Mayo de 1780. 

En éste, Espafia accedió al envío de los navios que 
jije fe pedían, con la condición de que las tripulaciones 
fuesen completamente españolas; seestipuló que los co- 
mediantes españoles pudiesen negociar en Marruecos 
y' los marroquíes en España, pagando derechos fijos y 
ciertos sin adición; que en caso de que Gibraltar perte- 
neciese en algiín tiempo a S. M. C, el rey de Marruecos 
consideraría esta plaxa romo á las demás de los domi- 
níosde España, llevándose á ella de los de S. M. ma- 
i^toqiií todo lo que necesitase, del mismo modo que el 
rey haría con Tánger y otros puertos del mismo sobera- 
no, protegiéntlola y ayudándola en sns urgencias en ca^ 
só de algún insulto ó guerra con los enemigos; que ni^ 
hfé pudiese obligar á los subditos de S. M. que residiesen 
en los dominios de Marruecos, á que hospedasen ni man- 
tuviesen á nadie en sus casas; que cuando los subditos 
de S. M. residentes en Marruecos alquilasen casas por 
precio \^ tiempo determinados, no se les pudiera aumen- 
tar el alquiler ni desalojarlos hasta cumplido el tiempo. 
(íOn tal que pagasen el alquiler convenido; y que si al- 
guno de los cónsules, vicecónsules ó comerciantes es- 
pañoles querían fabricar para sí alguna casa en los do- 
minios del rey de Marruecos, pudiesen hacerlo; y en 
caso de querer venderla ó alquilarla.no seles pusiesf»- 
enYbarazo alguno. 



CAPITULO ITT 



r. Hfvolución francesa do n8U: stis cuiisas— 2. Actitud do las niMÚUQí'S 
(Miropca».— 3. Alianza de España con Inglaterra y Portugal en 1793: 
;rnerra entre España y Francia —4. Tratado de i^az de Pasilea en 1795- 



1. Preocupados los hombre.s de gobierno con los 
acontecimientos reseñados en los capítulos anteriores, 
no advirtieron el profundo cambio que se operaba en 
Francia, ni comprendieron todo su alcance ni toda la in- 
fluencia que había de ejercer en los destinos de Europa. 
Acaso creyeron que se trataba de una discordia inte- 
rior, que al variar la organización existente había de 
debilitarla; y acaso en su error, vieron con regocijo en 
su comienzo un movimiento que, impidiendo á Francia 
mezclarse en los asuntos exteriores, libertaba á las de- 
más naciones de la preponderancia que aquélla ejercía. 
Y sin embargo, el movimiento, que obedecía á cau- 
.sas muy hondas y muy varias y complejas, adquiri(> 
desde sus primeros momentos una gravedad tanto ma- 
yor, cuanto más débil era la resistencia que encontraba 
y cuanto más se iban extendiendo por toda Europa las 
ideas que servían á aquél de fundamento. Porque hay 
que tener en cuenta que la revolución francesa respon- 
dió á dos distintos órdenes de causas: que unas eran de 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁT1(;a 51 



carácter interior y afectaban exclusivamente á Francia, 
y otras de índole general, como que se derivaban de la 
revolución religiosa del siglo XVI, habían sido alimen- 
radas por el movimiento filosófico del XVII, y comen- 
zaron á tomar carne y vida, ppr decirlo así, con la in- 
'lependencia de los Estados Unidos. 

La Reforma y la Enciclopedia habían minado com- 
pletamente el terreno á la monarquía: discutida lá au- 
toridad, extendidas por todas las clases sociales doctri- 
nas antirreligiosas y antisociales, exagerados los mismos 
tonceptos filosóficos hasta trocarlos en irrealizables 
aspiraciones y en quiméricas utopias, esto es, realiza- 
rla la revolución en la conciencia y en el pensamiento, 
las causas internas obraron con doble eficacia, v la exa- 
^íeración del principio monárquico por Luis XIV, los 
f*scándalos de la regencia y de Luis XV, el crecimiento 
'ie la deuda y el agotamiento del Tesoro por las ince* 
santes guerras, el malestar general y la impotencia de 
los gobernantes, condujeron rápidamente al Rey al pa- 
tíbulo y á Francia al terror. La parte activa que los 
franceses tomaron en la rebelión de las Colonias inglesas 
contribuyó poderosamente á debilitar el principio de 
autoridad, porque los jóvenes aristócratas que comba- 
tieron al lado de Washington llevaron á su patria las 
ideas de libertad y de república que aprendieron en 
América. 

Acaso un monarca de condiciones de carácter que 
uo poseía Luis XVI, hubiera podido encauzar la revo- 
lución; pero aquél, que en circunstancias normales ha- 
bría sido nn rey excelente, carecía de la entereza, de la 
nrilidad y de la energía necesarias, y así, de condescen- 
'^lencia en condescendencia y de abdicación en abdica- 



52 HISTORIA POLÍTICA Y nil'.OMÁTICA 



ción, perdió el trono y la cabeza, y entregó la Fraiiria 
,á loi? horrores del jacobinismo. Apenado por el esta«l<> 
del pueblo y por las angustias del Tesoro, y despuét? <1<^ 
haber confiado sucesivamente el ministerio á Manrapas. 
Turgot, Malesherbes y Necker, convocó dos Asainbli^i^ 
de notables (22 Febrero 1787 y G Noviembre 1788), las 
cuales nada resolvieron; y cediendo luego ante el Par- 
lamento, cada día más hostil, reunió los Estados geii*^- 
rajes, que á poco se convirtieron en Asamblea nacioníd 
y ésta más tarde, en constituyente. La revolución había 
triunfado. 

La Constituyente hizo una nueva Constitución, arre- 
batando al Rey todas sus prerrogativas, proclamando 
los derechos del hombre y organizando una represen- 
tación nacional perm,anente, compuesta de una snla 
Cámara investida del poder supremo; y el Rey aprobiu- 
do todas estas resoluciones, abdicó virtualmente su p»»- 
der, y desde entonces fué un prisionero de la revolu- 
ción. 

2, Como ésta, aparte de las causas puramente lora- 
Íes, respondía á corrientes generales del pensamiento 
y al estado de las conciencias, fácilmente la fué posible 
adquirir, desde el primer momento, un carácter de 
proselitismo que, obrando en el exterior, constituía una 
amenaza para todos los poderes de Europa. En tah»s 
circunstancias, una gran parte de la nobleza francesa, 
que había abandonado su patria para sustraerse al fu- 
ror revolucionario, se dirigió á todos los monarcas, átin 
de que salvaran á Luis XVI, encontrando á todos bien 
dispuestos, unos por añejos resentimientos con Francia, 
otros porque se sentían perjudicados por los acuer- 
dos de la ¡Constituyente, que infringían los trata<loí. 



HlSTOItlA PíJl.ÍTlCA Y DIPLOMÁTICA 53 

i_ ^^m ^ - I n - T ■ iM ■ ■■III 1 1 1 — — - - ■ " I 

y otros sencillamente por temor de que cundieran las 
ideas revolucionarias. De los más resueltos era Gusta- 
vvi de Suecia, que ansiaba ponerse al frente de una ex- 
{>edición militar contra Francia, y de los más agravia- 
dos el Emperador de Austria, pues muchos príncipes 
del Imperio se veían privados de los derechos que te- 
nían sobre sus dominios en Alsacia. Este último se di- 
rigió á Luis XVI y á la Asamblea, sin obtener resulta- 
do alguno. España también remitió una nota (10 Julio 
171U) á la citada Asamblea, poniendo de relieve su inte- 
rés por el desgi'aciado monarca y dejando entrever la 
amenaza: pero tanto España como Inglaterra perma- 
necieron neutrales, creyendo la primera que de esta 
suerte cumplía mejor las obligacioues contraídas por el 
pacto de familia. 

El emperador de Austria y el rey de Prusia fueron 
los que tomaron la iniciativa, ajustando en Viena un 
tratado preliminar de alianza í 25 Julio 1791). el cual hi- 
cieron en cierto modo público al reunirse en Pilnitz y 
declarar el 27 de Agosto del mismo año, que la suerte 
<le Francia importaba á todos los príncipes de Europa, 
y que por tanto, debían éstos ponerse de acuerdo para 
establecer en aquel país un gobierno conveniente á los 
intereses del trono y del j)ueblo. En virtud de esto co- 
uienzaron los preparativos de guerra, si bien el hecho 
ríe haber aceptado Luis XVI la nueva Constitución. 
hizo concebir la esperanza de que la revolución se con- 
tendría dentro de estos límites y el monarca recobraría 
HU libertad y su poder, esperanza que se desvaneció 
bien pronto, puesto que la Asamblea, dominada por el 
eleraento republicano, siguió su camino obligando al 
rey á invitará los príncipes de Alemania A que-disper- 






b4 HISTOKIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA. 

saseu la muchedumbre de ensigrados retmiáos en la 
frontera. Entonces Leopoldo II de Austria y Federiio 
Guillermo de Prusia firmaron en Berlín, el 7 de Febrero 
de 1792, un tratado definitivo de aZííiwzíi. comprometién- 
dose á concertar las medidas necesarias respecto á Fran- 
cia, y á prestarse mutuo auxilio para el caso de que s**- 
vieseamenazadala tranquilidad interior de sus Estados. 
Francia exigió explicaciones de estos acuerdos y 
de los preparativos que por todas partes observaba, y 
Francisco II, (jue había sucedido á su padre Leopol- 
do II (muerto el 1.° de Marzo de 1792», contestó en 
nota de 18 de Marzo que no renunciaba á sus alianzas 
con las demás jiutencias mientras no desapareciesen l<>s 
motivos (jue bis habían originado, y ratificando los 
tratados con Prusia, se preparó para la guerra. In- 
sistió Francia, i*eclama;ndo una respuesta categórica, y 
el Emperador replicó en 7 de Abril refiriéndose á sn 
nota anterior, y añadiendo que en caso de gueri'a con- 
taba con el apoyo y auxilio de Prusia. Esta respuesta 
hizo estallar la indignación pública en París; el minis- 
terio, formado por hombres pertenecientes á la frac- 
ción girondina, obligó al Rey A proponer la decla- 
ración de guerra, que aprob() la Asamblea el 20 dcj 
Abril de 1792. Los aliados, que confiaban sobrada- 
mente en sus fuerzas, perdieron el tiempo de un modo 
lastimoso, dando lugar á que Francia enviara sus tro- 
pas á la frontera, pues hasta el 26 de Julio no publii'<'> 
el Duque de Brunswick, como general de los ejércitos 
austro-prusianos, la declaración de que tomaban las 
armas para poner fin á la anarquía que reinaba en 
Francia y restablecer á Luis XVI en el uso de su so- 
beranía legítima. 



precipitó en París los afíontecímientos , y las turban, 
que ya habían acudido á la Aaarahlea pidiendo la cal- 
ila de la monarquía, se entregan á los más sangrientos 
desórdenes: el 10 de Agosto la mnchedumbre asaltó las 
TuUerías y asesinó á los suizos; el Rey se refugió en la. 
Asamblea, la cual, dfispués de decretar la suspensión 
de las funciones reales, encerró la fannlia real en el 
Temple. La monanjuia habts concluido, y sobre la 
í^ugre vertida á torrentes en las terribles jornadas 
del 2 y 6 de Septiembre, se levantó la Convetición na- 
cioRal, verdadera representación de ai^uella furiosa 
muchedumbre, que á los dos días' de existir proclamó 
la república (27 de Heptiembre) y anunció el comienzo 
de ttna nnevaEra. 

Entretanto, los ejércitos aliados sufrieron sei-ios 
rtíveses. Las fuerzas francesas, indisciplinadas y des- 
oFganÍEadas, pero llenas de entusiasmo, hicieron una 
resistencia que sorprendió y desconcertó á los presun- 
tuosos generales prusianos y austríacos, que habían so- 
llado con realizar un mero paseo militar hasta París. 
Dnmonriez, después de tener en jaque á ochenta mil 
prusianos que avanzaban entre Sedan y Metz sobre Cha- 
lons, se apoderó rápidamente del bosque de Argonne. 
las Termopilas de Francia, y aunque en Valmy (17 de 
Septiembre) la victoria no fué decisiva , los prusianos 
hubieron de retirarse; los austríacos quedaron com- 
pletamente derrotados en Jemmapes; se completó la 
«conquista de Bélgica, y los franceses tomaron los al- 



w^ 



56 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

macenes de los aliados en Spira y la fortaleza de Ma- 
guncia, marchando, por último, sobre Francfort. En- 
tonces la Convención expidió los decretos de 19 de No- 
viembre- y 15 de Diciembre de 1792, declarando la 
guerra á todos los gobiernos legítimos de Europa, pro- 
metiendo fraternidad y auxilios. á todos los pueblos que 
quisiesen recobrar su libertad y alentando á todos los 
rebeldes; y siguiendo el camino del terror, llevó al pa- 
^ tíbulo al desdichado Luis XVI (21 Enero 1793), cuj-a 
ejecución hizo estremecer de horror á toda Europa y 
decidió á los gobiernos que aún vacilaban á concertarse 
para poner fin á tantos crímenes. Surgió entonces la 
segunda coalición; pero antes de ocuparnos de Qsta y 
dar cuenta de los resultados que produjo, es necesario 
hacer notar cuál era la conducta de España. 

3. En 1790, cuando se segiiían las negociaciones 
que dieron por resultado la Convención de 28 de Pctu- 
bre relativa al incidente de San Lorenzo de Nootka, el 
ministro británico en Madrid presenta al G-obiemo es- 
pañol un proyecto de alianza. Pero Floridablanca, re- 
' celando que Inglaterra tratase de indisponemos con 

Francia, acogió con frialdad la propuesta, y ante los 
progresos de la revolución, trató de reemplazar el 
pa4:to de famüia, de hecho roto, por una inteligencia 
con las potencias monárquicas del continente. Mas ta- 
les fueron las dificultades que encontró en las Cortes de 
Viena, Berlín y San Petersburgo, y tal el temor que 
f:- abrigaba el Ministro español de que no nos fuera dado 

conservar nuestros dominios ultramarinos, que al cabo 
y al fin tuvo que escuchar las proposiciones de Fritz 
Herbert. 

Inglaterra pretendía hacer una alianza meramente 



i?: 









HISTORIA POLÍTICA Y mPLOMilTICA &7 

defensiva para el caso de agresión por parte de alguna ' 
potencia europea, pero Espafia, cuyos asuntos con loa 
Estados Unidos no eetabau arreglados, quería que el 
<-aiiU9 feederh comprendiese las agresiones de América. 
Kl Gabinete inglés no sólo resistió esto, aino que mos- 
tró empeño en concluir al propio tiempo un tratado de 
comercio; y como el Conde'de Aranda, que reemplazó 
en Mayo de 17y'¿ á Floridablanca, acentuó aún más que 
éste la benevolencia liacia Francia, aquellas negocla- 
4Ít>ne3 no dieron resultado, 

Aranda, pretextando ó creyendo realmente que do 
esta suerte favorecía á Luis XVI, en vez de romper 
fon Francia, ofreció á la Convención la neutralidad de 
España. Aún fué más lejos (.iodoy, elevado á la Secre- 
taría de Estado en Diciembre de dicho año, pues en 
nota de 17 del mismo mes confirmó la neutralidad, y 
además, para satisfacer á la Convención, mandó cesar 
los armamentos que se hacían y que se retirasen las 
t ropaa <jue acordonaban la frontera. No conseguimos la 
libertad de Luis XVI, como pretendía nuestro Gobier- 
no, pero dimos nna prueba más de torpeza. 

Tal era el estado de las cosas cuando la Kepública 
c-onsumó su obra llevando al cadalso al desgraciado mo- 
narca. Inglaterra entonces hizo que sus embajadores y 
ministros dieran la voz de alarma en todas las Cortes, 
insiatiendo en los trabajos (jne desde antes realizaban. 
Así, Mr. Jackson, que en 29 de Diciembre de 1792 ha- 
bía comunicado al Gobierno español la idea de una coa- 
lición general, insistió el 23 de Enero, aceptando Godoy 
el pensamiento al día siguiente, pero declarando que 
quería una alianza para todas las eventualidades y no 
üólo paJ-a hacer la guerra á Francia, como era el pro- 



--TíST.TPÍ." 



58 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

I 

pósito de la Gran Bretaña. La Convención , que tirvo 
noticia de estas negociaciones, se adelantó, decla- 
rando la guerra á Inglaterra y los Países Bajos el 1.^ 
de Febrero, y á España el 7 de Marzo, No obstan- 
te esto, el convenio provisional de alianza entre Es- 
paña é Inglaterra no pudo firmarse hasta el 25 de 
Mayo. 

En dicho convenio, después de declarar que los dos 
reyes emplearían su mayor atencitSn y todos los medios 
que estuviesen en su poder para restablecer la tran- 
quilidad pública y para sostener sus intereses comu- 
nes, y de prometer y obligarse á proceder perfecta- 
mente de acuerdo y con la más íntima confianza para 
la subsistencia de aquellos saludables fines (art. 1.**), 
se obligaban también á hacer causa común en la guerra 
que les había declarado Francia (art. 2.*^); convenían 
en que sus escuadras y buques de guerra diesen con- 
voyes indistintamente á las embarcaciones mercantes 
de sus naciones, y que, tanto unos como los otros bu- 
ques, fuesen admitidos y protegidos en los puertos res- 
pectivos (art. 3.^^; se cerraban los puertos á los navios 
franceses, prohibiendo la exportación de provisiones 
de boca para Francia, y anunciando se tomarían todas 
las medidas necesarias para dañar al comercio de 
¿sta (art: 4.**); se obligaban á impedir que los neutra- 
les diesen protección al comercio francés (art. 5.**); se 
prometían recíprocamente no dejar las armas, á menos 
que fuese de común acuerdo, sin haber obtenido la res- 
titución de todos los Estados, territorios, ciudades ó pla- 
zas que hubiesen pertenecido á la una ó á la otra ant^s 
del principio de la guerra (art. 6.^); y concluían afir- 
mando que en caso de agresión por consecuencia de es- 



HISTORIA POLÍTICA V IXPI.OMÁTICA otf 

tAS estipulaciones, ae Hocorrerisn mutuamente y harían 
caoaa comim. 

Portugal ftrmó con Eapafie, en 16 de Julio, un 
conveoio provisional de alianza idéntico eu el fondo al 
aat^ior. 

Ya antea de esto Inglaterra había pactado un tra- 
tado de subsidios con Hanover (4 Marzo 1793), y otrt» 
de alianza con Bnsía (26 Marzo); otro de subuidioH 
en Cassel con el Undgrave de Hesse (10 Abril), y otro 
con Cerdeña (25 Abril); y con posterioridad al de Kk- 
pafia celebró un tratado con las Dos Sicilias (12 Julio). 
otro con Prusia (14 Julio), otro con Austria ¡30 Agos- 
to;, otro con Badén i21 Septiembre), otro con Portu- 
gal (26 Septiembre), y otro con el landgrave de Hessp- 
Darmstadt (5 Octubre), basados todos en el mismo 
pensamiento de contrarrestar la acción de Francia; y 
como ésta hallábase en guerra desde principios de 17!M 
con Austria, Prusia y Cerdefla, resultó que, con la ex- 
cepeión de Suiza, Dinamarca, Suecia, Toscana y G-i^- 
tiova, toda Europa encontrábase aliada contra la Re- 
pública francesa. 

No ge intimidó Francia por esto: «El pueblo que no 
ijuiera lo que nosotros proponemos,» contestó por boca 
de Cambón, «que sea nuestro enemigo; paz y fraterni- 
dad á todos los amigos de la libertad; guerra á todo» 
los viles partidarios del despotismo; gueiira á los pala- 
zos, paz á las cabanas.* Cincuenta y seis mil prusia- 
nos, veinticuatro mO austríacos, veinticinco mil bessen- 
sea, saj<»nes y bávaros amenazaban el Rhin desde Ma- 
guncia á Coblenza; sesenta mil austríacos y diez mil 
prusianos atacaron los cuarteles franceses del Mosa, y 
cuarenta mil inglesps, hanno varíanos y holandeses ocu- 



'•/,' ■'!?'■«■*•'* -S 






60 



HISTORIA POLÍTICA Y 1)1PI.(»MA TICA 



paron la Holanda. El ejército francés, acocado por tan 
numerosos enemigos, tuvo que, retii'arse. La Conven- 
ción llamó al vencedor de Jemmapes, pero Dumouriez 
fué derrotado en Neerwinden: si los aliados hubieran 
tenido un plan y un jefe, en vez de que cada cuerpc» 
obrara por su cuenta y oada general atendiera á los 
particulares intereses de su patria, la revolución hu- 
biese sido vencida. Pero no fué así; dieron tiempo á 
Frantjia; ésta armó un millón y doscientos mil ciuda- 
danos, y Carnot, ministro de ía (íuerra, organizó la 
defensa. Los generales de los aliados, fieles á la táctica 
severa, metódica, ordenada, todo h'neas correctas y 
evoluciones lentas, se encontraron sorprendidos por 
nna táctica nueva, basada en el empleo (Je grandes ma- 
sas, en los ataques imprevistos, en las marchas rápidas 
y aventuradas, en los golpes de audacia. Esto pugnaba 
con la clásica ciencia militar; no era correcto, ninguno 
de aquellos sabios generales hubiera imitado tal con- 
ducta; pero esto diÓ la victoria á Francia. Caudillo:^ 
improvisados vencieron á generales victoriosos eh cien 
combates; soldadt>«-bispñ08, sin instrucción y casi sin 
disciplina, derrotanm á los veteranos cargados de lau- 
reles. 

« 

No hemos de reseñar, por ajeno al objeto de esta 
obra, las operaciones militares: sólo diremos que los 
franceses triunfaron de los ingleses en Hondtschoote, 
de los alemanes en Wattignies, de los austríacos en 
Fleurus, rechazaron á los piamonteses más allá de los 
Alpes, se apoderaron de Bélgica, combatieron heroica- 
mente contra los realistas de la Vendee, y aún tuvie- 
ron vigor para someter á Tolón, Marsella y Lyon, su- 
blevadas contra la Gonvención. Irónicamente loe ingle- 



IIISTdRlA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA (jl 



ses locaron algunas ventajas, apoderándose de las 
islas de Córcega, Martinica, Guadalupe y Santo Do- 
mingo, y derrotando a la escuadra francesa en Ouessant. 

¿Cuál había sido la suerte de España durante esta 
tremenda guerra? 

La campaña (íomeuzó bajo inmejorables auspicios 
para nosotros. Declarada la guerra, el ejército español, 
alas órdenes del general .Ricardos, invadió el Rose- 
llón, apoderándose de las plazas de Coliure, Bellegarde 
y Villafranca, y de otros muchos pueblos. Al año si- 
guiente (1794) el general Dugomonier fué derrotado 
dos veces; pero habiendo logrado ganar al Conde de la 
Unión, sucesor de Ricardos, la célebre batalla de Ce- 
ret (30 Abril), recobró todas las plazas de que se ha- 
bían apoderado los españoles. Dugomonier murió el 17 
de Noviembre en la acción de San Sebastián de la 
Xuga, y tres días después sucumbió el Conde de la 
í 'Uión en la batalla de Escola, siendo éste sustituido 
por D. José Urrutia, que tras sangrientas batallas, per- 
dió la plaza de Rosas. 

El Teniente General don Ventura Caro, el Conde do 
Coloma y el príncipe de Castelfranco, jefes sucesiva- 
mente del ejército español de Navarra y las Provincias 
Vascongadas, fueron arrojados por los franceses de la 
margen derecha del Bidasoa; vencidos en Irún, per- 
dieron las plazas de Puenterrabía, San Sebastián y 
Tolosa, y perseguidos hasta Burguete, sufrieron, en 
este punto, un nuevo descalabro. Los franceses, sin 
embargo, tuvieron que retirarse, faltos de víveres, 
y castigados por las enfermedades, á Tolosa y el Baz- 
tan; pero Moncey volvió á tomar la ofensiva, y en 1795, 
venció en las orillas del De va primero, en Trun más 







♦52 HISTORIA POLÍTICA Y DII»L(»MÁT1CA 

tarde, y luego cerca de Pamplona, obligando á los es- 
pañoles á retirarse predpitadamente á Vitoria^ donde 
H poco llegó la nueya de la paz de Basilea. 

No fué, sin embargo, España la primera de las na- 
viones aliadas que depuso las armas. 

4. La situación de Francia se había modificado. 
Decapitado Robespierre, terminó el terror: una embria- 
guez de júbilo difundióse por todas partes; se mataba 
aún, pero también se perdonaba. El triunfo de los ter- 
midorianos significó una esperanza, y la Convención, 
otorgando la libertad á la prensa, permitiendo á ésta 
volver á hablar de orden y de religión, devolviendo los 
bienes á las familias de las proscriptos, aboliendo 
el tribunal revolucionario, restituyendo los templos á 
los católicos y eligiendo la guardia nacional entre las 
clases acomodadas, significó el comienzo de una nue- 
va era. 

Así las^ cosas, la coalición, que no había logrado 
impedir el predominio del terror, no tenía razón de ser. 
Las potencias hallábanse profundamente divididas, y 
habiéndose concertado en secreto Austria y Rusia para 
consumar el último reparto de Polonia, Prusia se apre- 
suró á pactar con PraHcia la paz de Basilea (B Abril 
1795). En este tratado se convino que el rey de Prusia 
se separaría de la alianza con Austria, qu^ las poten- 
cias contratantes no permitirían pasar por su territorio 
á las tropas enemigas; que los ejércitos franceses con- 
tinuarían ocupando 1» parte de los Estados prusia- 
nos situados á la izquierda del Rhin, y que la Repú- 
blica aceptaría los buenos oficios del Rey á favor de los 
Príncipes y Estados del Imperio germánico que deaea- 
,sen entrar en negociaciones con ella. Por un nuevo-tra- 



entonces se concertó el tratado de paz y alianza dé El 
Saya, firmado el 19 de Mayo de 1795, y por el cual la 
Bepñblica frascesa reconoció á aquélla como nación li- 
bre é independiente; se abolió al Statuderato, y se con- ' 
vino en ana alianza ofensiva y defensiva contra los 
Príncipes enemigos basta el fin de la guerra, y perpetua 
contra Inglaterra. Holanda recobró su marina y sus 
arsenales, pero hubo de ceder á Francia la Flandes ho- 
landesa, Maéstricht y Yenloo y pagarla cien millones 
<le florines como indemnización. Todo esto constituyó 
un mdo golpe para Inglaterra, pues se la privó del 
ooncurso de la marina holandesa y de la facilidad de 
verificar desembarcos. 

El landgrave de HfisHe-Oassel negoció también la 
paz, firmando con Francia el tratado de Basilea de 2f( 
de Agosto de 1795, pero los demás príncipes del Impe; 
rio siguieron fieles al Emperí\dof, cuyas tropas ocupa- 
ban los Estados de aquéllos. 

Pocos días antes de firmarse entre Francia y Prusia 
la paz de Batilea, el ministro . prusiano en Madrid, 
Bír. Saudos BoUín, entregó á tíodoy un memorándum 
( 16 Marzo) en qne resumía los argumentos que verbal- 
mente le había expuesto para convencerle de la conve- 
niencia de restablecer su amistad con los franceses, lo 
cual facilitaría el estrechar las relaciones con Prusia. 
Dos días despué-s escribió Godoy á don Üomingo Iriar- 
te. ministro de Espafta en Varsovía. para que desde 






/f 



64 H1S|\>KIA K)LÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Venecia, donde estaba con licencia, se trasladase á Ba- 
silea y entablase negociación secreta con Mr. de Bar- 
thelemy, antiguo secretario de Mr. de Choiseul, y á la 
sazón plenipotenciario de Francia en Suiza y encarga- 
do de ajustar la paz con Prusia. En las instrucciones 
que recibió Iriarte se le autorizaba para ofrecer el re- 
conocimiento de la República francesa á cambio de 
una paz que dejase á salvo los derechos de la soberanía 
y los limites de España según se hallaban al declararse 
la guerra, y de que se permitiese venir á España á los 
dos hijofi de Luis XVI, señalándoles el Gobierno fran- 
cés una pensión adecuada á su alta clase. En aquella 
cláusula se ha querido ver una reserva de los derechos 
dinásticos de la rama española de Borbón, para el caso 
de que se restableciese la monarquía en Francia. Posi- 
ble es que acierten los que tal piensan, y posible es 
que esa idea liubiese sido sugerida en Madrid por los 
mismos franceses ó por los prusianos, como lo había si- 
do en Berlín por los primeros la de que un Brunswick 
coronase (ú edificio de aquel gobierno representativo 
sin cabeza, construido por la Constitución del año III. 
El hecho de haber sido declarados excluidos del trono 
los príncipes proscriptos por la Asamblea nacional, da- 
ba una especie de legitimidad á las pretensiones de los 
Borbones españoles. 

Dejando á un lado esto, que es para nosotros punto 
secundario, pero que en cierto modo justifica el dicho 
de un escritor de que la revolución fué más lo que en- 
gañó que lo qwe venció (1), reanudemos nuestro relato 



(J) Capel iyue. ICspaSa y Francia en sus relaciones diploma- 
tica». 



Ij8 .ILISTUHIA POLÍTICA Y llll>J,OMÁT>CA 

tija. '2." En considerftción al inteiés que el Bey de Es- 
piifia ha manifestado por la suerte de la hija de Luík 
XVI, consiente la República francesa en entregársela. 
ai accede á ello la corte de Viena, 3," Las palabras 
del art. 15 y demás £»tado» de Itídia, no podrán apli- 
carse más que á los Estados del Papa, 

La corte espaQola recibió con grandes demostracio* 
nes de regocijo el tratado, apresurándose á ratificarlo: 
y el Rey, como si hubíéranioa conseguido un gran 
triunfo, concedió á Godoy, que era ya duque de Alr<í- 
dia, e! titulo de Principe de la Paz. 

Este tratado no pudo cumplirse totalmente, piicu 
Francia no tomó por entonces posesión de Santo Do- 
mingo, toda vez que Inglateri'a declaró que considera.-: 
ría como infracción de la pas; de Utrech la menor de.s- 
membración de las colonias españolas. 

La paz de Basilea significa el retroceso al pacto ()<> 
familia. Verdad es que en .1795 el Directorio había sus- 
tituido á Luis XIV, y Carlos IV con el príncipe de I» 
Paz á Carlos III y Grimaldi; pero no ©s menos cierto, 
que ahora, como entonces, Espnña trocábase en auxiliar 
de Fran<'-ia, y (|«e el Gabinete francés era el inspirador 
de toda nuestra política exterior. Nuestro Embajador 
en París, el marqués del Camjio, al ser recibido por-fd 
Directorio en audiencia solemne, hacía los más fervien- 
tes votos por la conservación de la paz, y Mr. de P»*- 
rignon, representante de Francia en Madrid, aprove- 
chaba esas disposiciones de Godoy para celebrar el ti-a~ 
todo de San Ildefonso de 19 de Agosto de 1796, por el 
cual se pactó una alianza defensiva y ofensiva entrt^ 
las dos naciones, alianza que ninguna ventaja podía 
proporcionarnos, y que nos lanzaba á una guerra co^í 



francés á uno de los 'príncipes españoles. Lo cierto es, 
•\uf. además de la alianza páMica, .conviniéronse unos 
artículos secretos por los cuales se comprometió España 
á ayudar á Francia con quince navios de línea y veinti- 
cuatro mil hombres; y algo debió prometerse también 
respecto á una acción contra Portugal, porque el Di- 
rectorio ño sólo exigió que la escuadra de Cádiz mar- 
chase á Brest a unirse con la francesa, sino que instó 
vivamente á que se hiciese una demostración hostil en 
la frontera de los Algarbes; y como ni lo uno ni lo otro 
se llevó á cabo, porque ta política de Godoy había sus- 
< itado viva oposición en todo el país, el Embajador 
nionsieur de Perignon se retiró, y algún tiempo después 
vino Á ocupar su puesto el almirante Hagiiet, á cuyas 
í^eatíones parece ser que se debió el nombramiento 
para la secretaria de Estado del señor Saavedra, el cual 
prohibió la importación de mercancías inglesas y per- 
siguió á los emigrados franceses, convirtiéndose nsí en 
un hiitnilfle agente del gobierno de París. 



CAPITULO IV, 



1. liolficioucs exííirioros do los Kstados liiidos: tratado con Inglalerm. — 
íí. Dinrnltadcs con Francia.— 3. Ncgociacionescon España.— 1. Tralatla 
íU^ i", do Octubre do 1795: su oíameii. 



1. Una vez ratificada la paz con la antigua MetrtU 
poli, preocupóse principalmente el Congreso de lo re- 
lativo á la política comercial, que urgía regularizar 
para hacer posible el fomento y desarrollo de la indus- 
tria \' del comercio; y como sólo existía el tratado cou 
Francia, resolvió celebrar otros, considerando co>nt> 
los principales los de España, Rusia, Prusia, etc. I^a 
duración de los tratados debía limitarse á diez afios por 
regla general, y en ningún caso exceder de quince. 

Los agentes americanos recibieron instrucciones 
concretas en ese sentido, pero por entonces (1785^ sólo 
consiguieron celebrar, aparte de otros de escasa impor- 
tancia con pequeños Estados de Europa, un tratado cou 
Prusia, tratado del cual decía Washington: «Es muy 
original por muchos de sus artículos, y si se toma^seii 
en consideración sus principios para formar la base de 
las relaciones entre los diversos países, produciría se- 
guramente una paz general mejor que ninguna de las 
medidas adoptadas hasta aquí.» ("on el agente hrit^íni- 



,■ diw,iimath;a 



4.'o en París no pudieron llegar á, un acuerdo. Sin em- 
bargo, la actitud de Guillermo Pitt. canciller del Exi- 
íjuier, era muy favorablt^. pues presentó á la Cátuara 
de los Comunea un proyecto decretando: 1° Que lo» 
buques norte-amerícanOR líe admitiesen en los puertos 
<ie la Gran Bretaña del inÍ«mo modo que los de las de- 
más naciones: entendiéndose tpie los géneros y mercan- 
cías, producto y fabricación de los Estados Unidos, 
pagarían los mismos derechos qiie satisfacían los súb- 
«litos británicos, y lo» que se importaban en buques 
ingleses; 2° Que dichos buques norte-amerícanos se ad- 
znitirtan en los puertos ingleses en Améríca, con los 
géneros y mercancías producto y fabricación de los 
Estados Unidos, pudiendo también exportar libremente 
los productos de las posesiones británicas; y 3." Las ex- 
portaciones de Inglaterra á los Estados Unidos satisfa- 
rían los mismos derechos que pagaban los artículos 
exportados á los dominios ingleses en América. Si este 
proyecto hubiese prevalecido, las relaciones comercia- 
les entre la gran Bretaña y sus antiguas Colonias ha- 
bríanse cimentado sobre ñrmes bases, adquiriendo gran 
desarrollo: pero el Parlamento desechó el proyecto de 
Mr. Bitt, alegando que el regularizar el comercio de 
Inglaterra con los Estados Unidos correspondía sólo al 
Rey y á sa Consejo, y en virtud de esto, dicho Consejo, 
en Julio de 1783, prohibió la admisión de los buques 
americanoB en la India inglesa y la exportación desde 
¿sta á la República de ciertos artículos. 

La consecuencia de esta actitud de Inglaterra fué 
que los Estados de la Unión adoptaran medidas contra 
el comercio inglés, y como al propio tiempo ambas na- 
ciones se acusaban reoiproramente de haber infringido 



7¿ HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA. 

las estipulaciones del tratado de paz, y ambas\ tenían 
razón, se creó una situación difícil y expuesta. 

A principios de. 1786 resolvió el Congreso enviar a 
Londres como ministro plenipotenciario á Juan Adams, 
y nombró para el mismo puesto en Versalles á Mister 
Jefferson. Adams fué recibido cortés pero fríamente, y 
aunque gestionó durante dos años nada pudo conse- 
guir, pues ni siquiera accedió el Gabinete inglés á man- 
dar un embajador á los Estados Unidos, por lo cual 
en 1787 pidió licencia para regresar á su patria. El 
Presidente Washington creyó necesario pedir explica- 
ciones á Inglaterra, y al mismo tiempo averiguar cuá- 
les eran sus propósitos respecto á la controversia que 
existía entre las dos naciones, y al efecto confió tan 
delicada misión al gobernador Morris; pero este no tuvo 
mejor éxito quQ Adams, y Washington, juzgando des- 
honroso insistir, y habiéndose desvanecido el temor de 
una guerra entre Inglaterra y España, retiró sus pode- 
res á Morris. 

Con motivo de la guerra de Inglaterra y España 

* 

contra Francia, adoptó aquélla disposiciones que per- 
judicaban grandemente al comercio de los Estados 
Unidos, y á su vez, éstos tomaron represalias. La gue- 
rra parecía inevitable, y el Congreso nombró un Co- 
mité para que informase acerca de los gastos que de- 
berían hacerse á fin de poner en estado de defensa los 
principales puertos del país. Inglaterra, sin embargo, 
no quiso provocar un rompimiento y atenuó sus pri- 
meras medidas, y Washington, que deseaba á toda 
costa evitar el hacer causa común con Francia, re- 
solvió enviar á Mr. Jay á Londres á intentar, un lílti- 
mo esfuerzo en favor de un arreglo amistoso; propósito 



HISTORIA POLÍTIí A Y MPLOmAtICA TA 

que estuvo á punto de fracasar, porque los enemigos 
del Gobierno americano consiguieron que la Cámara 
aprobase un hiU suspendiendo las relaciones- comer- 
ciales con la Gran Bretaña, y en el Senado hubo em* 
pate, decidiendo la votación el Vicepresidente. Miater 
Adams, en contra de semejante proyecto. 

Habiendo llegado Mr. Jay á Londres en Junio de 
1794. se puso inmediatamente en relación con Lord 
Cirrenville , designado por el Rey para tratar con 
a^quél, y ambos comisionados, animados de sinceros 
deseos de celebrar un tratado, negociaron con gran 
rapidez y ultimaron al fin este enojoso asunto. 

El proyecto redactado por Jay y Grenville consta- 
ba de 28 artículos, en los cuales se consignaba que los 
puertos militares del territorio occidental debían en- 
tregarse á los Estados Unidos; que éstos debían indem- 
nizar á los acreedores británicos, perjudicados por el 
retraso en el cobro de sus deudas, ó Inglaterra á los 
comerciantes americanos por las presas ilegales que 
hubiera hecho en perjuicio de éstos; que ambas partes 
quedaban en libertad de traficar con los indios en sus 
respectivos territorios de América (excepto el país 
comprendido dentro de los límites de la bahía de Hud- 
son); que el Mississipí quedaba abierto parala navega- 
ción de ambas naciones; que la duración del tratado 
sería de 12 años; que se autorizaba, en ciertas condi- 
ciones, el comercio directo de los Estados Unidos con 
la India inglesa, y que habría recíproca y perfecta li- 
bertad de comercio y navegación entre aquéllos y los 
dominios británicos de Europa, sin fijarse derechos 
más elevados que los impuestos á las demás naciones. 
No se crea que con este acuerdo de los plenipoten- 



74 HISTORIA POLÍTíCA Y DIPLOMÁTICA 

ciarios terminaron las dificultades. La lucha que se- 
hacían los dos partidos americanos, el federalista y el 
demócrata, era muy violenta, y como el tratado era 
obra del primero, los demócratas lo combatieron ruda- 
mente, produciendo tal agitación en el país, que se. 
quemó públicaíaiente la efigie de Mr. Jay y se insultó 
al ministro británico. Sin embargo, el Presidente la 
ratificó, con consentimiento del Senado, el 11 de Agos- 
to de 179B. 

2. Las relaciones de los Estados Unidos con Fran^ 
cia no fueron menos accidentadas durante este perío- 
do, especialmente por las dificultades que provocó el mi- 
nistro plenipotenciario Mr. Grenet, nombrado por la 
República francesa para reemplazar á Mr. Temant. 

Las instrucciones públicas del nuevo ministro frau-^ 
cés eran muy lisonjeras para los americanos, y Mr. Ge- 
net comenzó declarando que su Gobierno no deseaba 
que los Estados Unidos tomasen parte con aquella po- 
tencia en la guerra con la Gran Bretaña; pero bien 
pronto pudo comprenderse que las gestiones del pleni- 
potenciario de la República francesa, se encaminabau 
á obligar á los americanos á hacer causa común con 
Francia contra Europa. Mr. Genet cometió desde el 
primer momento verdaderas incorrecciones; pues ha-r 
hiendo desembarcado en Charlestón, autorizó el arma-- 
mentó de buques y alistamiento de hombres para em- 
plearlos contra potencias que estaban en paz con los 
Estados Unidos; y llegado á Filadelfia, al tener cono- 
oimiento de (jue algunas de las quejas que el ministro 
británico había formulado por lo ocurrido en Charles- 
tón, estaban resueltas favorablemente, Mr. Genet no 
sólo hizo público su disgusto, sino que se expresó en 



HISTORIA Iftt.ITII.'* y IIIPt.OMATIC* •» 

términos altamente incou venientes, asistió ¿ rennioiies 
públicae, fomentó una gran agitación en el país, y 
hubo de necesitar Washington de toda su paciencia y 
lie toda su resignación para no provocar un rompi- 
miento con Francia. 

El gobernador Morris, que llevaba cuatro años en 
París como representante de su país, hubo de expresar 
de tal suerte su desagrado por los excesos del Gobierno 
francés, que éste solicitó su reemplazo y lo trató con 
'lescorteaía. Para sustituirle fué nombrado en Mayo de 
I7&4, Jaime Monroe; pero antes, en el mea de Febrero, 
cesó Oenet en su puesto, siendo reemplazado por Mr. 
Fauchet, el cuftl inició su misión declarando que Fran- 
cia desaprobaba la condui-ta de su antecesor, mas sólc» 
un aflo desempeñó su alto cargo, en el cual le sucedió 
en Junio de 17!)5 Mr. Adet, (jue tampoco mantuvo muy 
cordiales relaciones con el Presidente, Y para hacer 
más difíciles las relaciones de los Estados Unidos con 
Francia, se dio el espectáculo de que Monroe, en disi- 
dencia con Washington, contrariase la política de éste, 
por lo cual hubo de céderi*H puesto al General Pinckney ; 
pero éate se encontró en una situación embarazosa, 
porque el Directorio <leciaró que no lo reconocería has- 
ta que la Bepública americana desagraviase á Fran- 
cia, y al despedirse Monroe hubo de escuchar también 
frases tan altivas como desusadas. Como si osto no fue- 
ra bastante, Mr. Adet se mezcló directamente en la 
elección presidencial, si bien el éxito no coronó sus 
esfuerzos, pues Mr, Adams fué elegido segundo presi- 
dente de la Unión y..continuó la política de su antece- 
sor en este punto. Mandó dos nuevos enviados á Parín 
para que gestionasen en unión del general Pinckney. 



~ltí _ HISTfíBiA POLÍTICA V nil-LuMÁTl^A 

pero no sólo no consiguieron nada, sino que fueron de«- 
|}edidos, llegando á ser inminente un rompimiento. 

Ya veremos más adelante cómo se salvó esta difí- 
cil situación. 

3. El tratado de amistad y comercio con España 
ofreció, si cabe, mayores dificultades que el de Ingla- 
terra. 

En 1780, se presentaron en Madrid, como agentes 
de la nueva República, Mrs. Juan Jay y Guillermo Car- 
michael, con objeto de gestionar el reconocimiento de 
la independencia de aquélla y la concesión de nuevos 
recursos para el sostenimiento de la guerra. 

Floridablanca accedió fácilmente á lo segundo (1), 
pero encarifiado con la idea de concortar una inteligen- 
cia con Inglaterra que permitiese recobrar Menorca y 
Gibraltar, y receloso del^fecto que pudiera causaren 
las provincias ultramarinas de EspaQa el triunfo de la 
insurrección contr« la Metrópoli, se negó al reconoci- 
miento de la independencia. 

Grave pecado de imprevisión cometió el Gobierno 
cspafiol en aquellas circunstancias, no sólo porque ya 
por entonces cabía dar por fracasado el intento de in- 
teligencia con Inglaterra, sino porque, ligada Espafia 
á Francia por el pacto de familia y por el tratado de 
alianza de 1779, ni era posible ofrecer á la Gran Bre- 
taña base ñrme de acuerdo, ni podía ocultarse á nadie 
que la independencia de los Estados Unidos- había de 



(1) Oficialmente confesó el mismo FloridHblaiicA gue Iob 
subsidios dados por el Gobierno esptifiol á los colonoH en 1781 . 
HHcendieroa i tres millonea de reales y vestuario nuevo par» 
ocho ó diez re)^ mié a tos. 



*78 HISTORIA POLÍTICA Y DlPLmj ÁTICA 

luenzaban á rej^oneíse de los desastres de la lucha, y 
España, privada de la alianza francesa por el triunfo 
<Je la revolución y envuelta en una guerra con su anti- 
^^ua aliada, encontrábase en situación difícil; aquéllos 
proyectaban imponer grandes restricciones al comercio 
tle los pueblos que no habían celebrado tratados con 
■ellos, y la segunda veía amenazadas sus posesiones ul- 
tramarinas é iba perdiendo poco á poco su dominio so- 
bre elMississipí. Entonces el Ministro de Estado, don 
Manuel Godoy, encargó á los agentes del Gobierno es- 
pañol en Filadelfia que gestionaran un arreglo, cedien- 
do en cuanto fuese necesario con tal dé conseguir que 
los Estados Unidos se obligasen á garantimos la oon- 
^servación de nuestras posesiones ultramarinas. 

Aceptada la idea de un acuerdo por el Gabinete 
americano, vino á Madrid, como plenipotenciario, Mr. 
Pinckney, el cual formuló en Agosto de 179B, como 
bases del futuro tratado, los siguientes puntos: 1.^ Que 
oada uno de los contratantes otorgase á los subditos 
del otro todos los derechos civiles, no los políticos, que 
gozasen los naturales; 2.^ Que se abriesen los puertos 
t^oloniales españoles al comercio de los Estados Unidos, 
•con tal latitud, que los buques y productos de las Colo- 
nias y los buques y productos de aquel territorio, fue- 
ren considerados nacionales para el pago de derechos y 
libertad del tráfico; y en cuanto al que se hiciese entre 
dichos Estados y la península, tuviese todas las facili- 
dades y privilegios acordados al de la nación más fa- 
vorecida; 3.° Que al otorgar el Gobierno español elu^o 
y navegación del Mississipí á los Estados Unidos, señá- 
lase un territorio en la margen izquierda para que los 
naturales pudiesen construir almacenes y formar uu 



lofl 31" de latitud al Norte del Ecuador, y se declara- »iu<- 
la Davegacióii de dicho río, desde su origen hasta vi 
' Océano, será libre sólo á los subditos y ciudadanos de 
loR Estados Unidos, á menos de que España hiciese ex- 
tensiva esta libertad á los subditos de otras naciónos 
(art. 4."}. 

Se conciertan para reprimir cada una en su territo- 
rio las agresiones de los indios, y convienen en no ce- 
lebrar alianza alguna ó tratado (excepto los de pax • 
con las naciones de indios (¡ue habitasen dentro de los 
limites de la otra parte, aunque debían procurar hacei- 
común su coniprcio en beneficio délos subditos respec- 
tivos, guardando oii todo la reciprocidad uiás comple- 
ta (art. ñ.'"!. 

Convienen ca defender y proteger por todos ios 
medios posibles, los buques y efectos pertenecientes á 
la otra parte, que se hallasen en la extensión de su jn~ 
risdicción por mar ó por tierra. 

Se dice además que «los subditos y ciudadanías ilt* 
las partea contratantes, sus buques ó efectos, no podrán 
sujetarse á ningún embargo ó detención de parte ds 1a 
otra, á causa de alguna expedición militar, uso púbIiof> 
ó particular de cualquiera clase que sea. Y en ios casos 
de aprehensión, detención ó arresto, bien seapordeudiis 
contraídas, ú ofensas cometidas por algún ciudadano ü 
subdito de una de las partes contratantes en la juris- 
dicción de la otra, ae procederá únicamente por orden 
y autoridad de la justicia, y según los trámites ordina- 
rios seguidos en semejantes cosos. Se permitirá á los 
ciudadanos y siíbditos de ambas partes emplear Iok 
abogados, jirocuradores, notarios, agentes ó factores 
que juKgnen más é propósito ©n' todos sus asuntos, y 



fin todos los pleitos qae podrán tener en los tribunales 
de la otra parte, á los cuales se permitirá igualmente 
el tener libre acceso en las causas y estar presente á 
todo examen y testimonio (|ue podrán ocurrir en los 
pleitos- (art. 7.") (Ij. 

Cuando los buques de uua de las dos partes contra- 
tantes, sean públicos ó de jiuerra, particulares ó mer- 
cantiles, se vean precisados jwr tempestad, por escapar 
de piratas ó enemigos, ó por cualquiera otra necesidad 
urgente á buscar refugio ó abrigo en alguno de los ríos, 
baliías, radas ó puertos de la otra parte, serán recibi- 
dos y tratados con humanidad, gozarán de todo favor, 
protección y socorro, podrán ¡troveerse, por precio mó- 
dico, de cuanto necesiten, y no se les impedirá la sali- 
da i'art. 8."). 

Los buqnes y mercancías arrebatados á los pirata±i 
y llevados á algún puerto de una de las dos potencias, 
se entregarán á las autoridades de dicho puerto para 
que las restituyan á sus legítimos propietarios (artícu- 
lo 9.**). 

£n el caso de naufragio, varadura ú otra avería su- 
fridas por un buque de una de las dos naciones en lat 
costas ó dominios de la otra, será socorrido aquél. Lo- 
mo se haría con los uaturales (art. 10.) 

3j08 ciudadanos de cada una de ambas naciones 
podrárB, en los dominios de la otra, disponer de sus bie- 
nes por testamento, donación ó cualquier otro modo, y 
sus herederos suceder en los bienes y tomar posesión de 



ll) Insert*mus íntegro este articulo por su gran interés y 
por las diDcultadeN á que ha Oado origen, comú en au lu^r dL~ 
reinoB. 



'■•'»,..■ 



r^^' 



82 HISTORIA IKíLÍTIfA Y DIPLOMÁTICA 



ellos personalmente ó por apoderado, sin pagar más de- 
rechos que los que paguen los subditos del país en que 
ocurra la herencia; y si el heredero estuviere ausente, 
se cuidará de los bienes como se haría con los de los 
naturales. Los pleitos que se originen se sustanciarán 
ante los tribunales del país donde radique la herendH; 
y si ésta recae en persona inhábil para poseer, por ser 
extranjero, tendrá un plazo para enagenarla (art. 11.) 
A los buques mercantes de las dos partes, destinad- 
dos á puertos de potencia enemiga de una de ellas, cuyo 
viaje y naturaleza del cargamento diese justas sospe- 
chas, se les obligará á presentar, bien en alta maf ó'en 
los puertos y cabos, no sólo sus pasaportes, sino tam- 
bién los certificados, que probarán expresamente que su 
cargamento no es de la especie de los que están pro- 
hibidos como de contrabando (art. 12.) 

En caso de guerra entre ambos pueblos^ los comer- 
<jíantes de cada uno de ellos que residan en el otro ten- 
drán el plazo de un año para juntar y transportar sus 
mercancías, y si dentro de ese plazo se les causare da- 
ño, se les dará entera satisfacción por el Grobiemo (ar- 
tículo 13). 

Los subditos de las dos partes no podrán ejercer el 
corso contra una de ellas, y si lo ejercen serán castig»a- 
dos como piratas (art. 14 1. 

Los artículos 16 y 16 consagran la libertad de na- 
vegación y comercio entre ambos pueblos, y enumeran 
las mercancías lícitas y las de contrabando; y el 17 fi- 
ja, para el caso de hallarse en guerra una de las dos 
potencias, la forma y manera en que los buques de la 
otra han de acreditar su procedencia. 

ruando un buque pert-eneciente á una de las .dan 



li't. 



'Ik. 



UI8TOKIA POLÍTICA V UIPLOUÍTI(;A 83 

jiartcfí faese enuontiailo navegando á lo largo de la 
i^osta, ó en plena mar, por un buque de guerra de la 
<»t;ra. ó por un corsario, dicho buque de guerra ó cor- 
NKriot * fi^ ^^ evitar todo desorden ae mantendrá 
fuera del tiro de caüúii, y podrá enviar su chalupa á 
bordo del buque mercante, hacer entrai- en él dos i» 
tret> hom\)res, á Iok cuales enseñará el patrón ó comau- 
daitto del buque su ]>asaporte y demás documentos que 
deberán i^nstarseá lo prevenido en este tratado y pro- 
l»rá la propiedad del buqne; y una vez exhibidos se 
1<"S dejará seguir libremente (art. 18). 

Se establecerán (.iilnsules en loe puertos donde los 
tengan ó sea Ucito tenerlos á otras naciones, y gozarán 
rlf los privilegios que disfruten los de la nación más 
favorecida art. lili. 

Lo» subditos de cada una de las partea podrán acu- 
Hir Á los tribunaifs de la otra (art. 20). 

En el artículo '21 se preceptúa el nombramiento de 
tres (-omisarios para lecibir y fallar acerca de las re- 
clamaciones que foviiinlen los subditos norteamerica- 
nos ¡)or perjuicios sufridos en la guerra entre España 
y Francia, de siil^ilttos españoles; y ñnalmente, en el 
22 concede España por tres años á los ciudadanos de 
los Estados Unidos ijue depositen sus mercancias y 
efectos en el puerto de Nueva Orleans, y que las ex- 
traigan sin pagai' unís derechos que ún precio jasto 
por el alquiler de los almacenes, ofreciendo además el 
Bey católico prorrogar ese plazo si se experimentas! ' 
qoe no es p©rju<Ucial á los intereses de España, y en 
■taso contrario, proporcionar en otra parte de las orillas 
d«l río Mississipí uifif^ual establecimiento. 

Oespiiés d© lo dii-hu al reseñar las negociaciones 



■ Hl 'H1STU8IA rc-LÍmCA V DIPLOMÁTICA 

i|ue precedieron á la, firma de este tratado^ . poco es Ir> 
quehay que añadir. Se eqaivocó gravemente elConded*' 
Floridabtanca al no aprovechar en 1780 las circunstan- 
i-.ias, porque entonces pudo obtener de lo3 Estadoií TJni- 
ilos importantes concesiones; ae equivocó tamlñén el 
Gobierno español al no colocarse al lado de la nneva 
República cnando parecía inminente la guerra enti-e 
énta é Inglaterra; erró asimismo al no utilizar el esta- 
llo de relaciones entre la Unión y Francia durante . la 
plenipotencia de Mr. Genet, y el resultado de banta^i 
i'quivocacionea y de tamaños errores fué el aceptar 
^londicioiies indiferentes para nosotros, ya que no per- 
judiciales. Cedimos á cuanto de España se pretendió. 
y después de haber ido renunciando poco & poco á 
todos nuestros puntos de vista, nos encerramos en la 
exigencia de que los Estados Unidos se obligaran á 
i^arantir la conservación de las posesiones espaflolas- 
le Ultramar, y ni esto siquiera conseguimos: tal id*>a. 
ni directa ni indirectamente, aparece en el tratado. 



Iii.inbres y un artillería; que no tuvo resultado la snMe- 



IW^ 



86 HISTORIA POLÍTICA Y DUM^OMÍTICA 

vación de Caracas, dirigida por el General republitía- 
no Miranda; que fueron arrojados de. Guatemala, eii 
cuyas costas habían hecho un desembarco, y que Nel- 
son vio abatido su orgullo ante Santa Cruz de Teneri* 
fe, fracasando su intentona contra las Canarias; pero 
estas pérdidas y fracasos eran de escasa consideración 
para enemigo tan poderoso, y en cambio la encuadra 
española, mandada por los Generales Córdoba y Con- 
de de Morales de los Ríos, fué derrotada en el Cabo de 
San Vicente (14 Febrero 1797) por la torpeza de sus je- 
fes, los cuales hubieron de ser separados del mando por 
sentencia de un Consejo de guerra; Cádiz áe vio bom- 
bardeada (Julio 1797), no sufriendo gran da&o, porque 
los fuegos de la plaza y de nuestras cañoneras hicieron 
al enemigo desistir de la empresa; el comercio español 
con América quedó casi por completo interrumpido, y 
las islas de la Trinidad y de Menorca quedaron en po- 
der de los ingleses (16 Febrero 1797 y 10 Noviembi'e 
1798) (1). 

2. Al iniciarse esta guerra intentó la Gran Breta:- 
ña hacer la paz con Francia por medio del encargado 
de Negocios de Dinamarca, pero la República rechazó 
la mediación , declarando que si Inglaterra quería tra- 
tar con ella enviase su representación á París con po* 
deres bastantes. Así hubo de hacerlo el Gabinete de 
Londres, y lord Malmesbury, que fué el designado, 
presentó una Memoria vaga y confusa, con proposicio- 
nes que, á juicio del Ministro de Relaciones Exterio- 

(i) Detalles interesantíaimos y hasta ahora desconocidos 
de las vicisitudes porque ha pasado Mahón j en especial de su 
suerte en esta guerra, pueden verse en la obra va citada, drl 
general Gómez de Arteche. 



'■d^-: 



88 HISTORIA POLÍTICA Y 1»IPLOMÁTlCÁ ' 

quiso romper las negociaciones, y envió dosí íiuevos 
agentes, Mr. Marshall y Mr. Genry, para que, junta- 
mente con aquél, gestionaran un arreglo decoroso. Los 
enviados americanos no fueron recibidos por el Direc- 
torio, pero permanecieron en París siendo objeto de in- 
sultos, hasta que al fin se hizo salir de Francia á Pinok- 
ney y Marshall, y poco después tuvo que hacerlo Mis- 
ter Gerry. 

Como al propio tiempo los cruceros de Francia se 
pronunciaron en abierta guerra contra el comercio de 
la Unión, y la bandera de los Estados Unidos era sufi- 
ciente motivo para proceder á la captura del buque qué 
la ostentaba, el Congreso adoptó medidas para tomar 
satisfacción de los agravios. La guerra pudo creerse in- 
evitable. El 7 de Julio de 1798 se publicó un decreto 
declarando nulos los tratados con Francia, y en aque- 
lla misma legislatura se aprobaron cuatro actas: la de 
18 dé Junio, enmendando las leyes existentes sobre na- 
^ turalización, exigiendo una residencia de catorce años 
para adquirir derechos de ciudadano; la de 25 de Junio 
y la de 6 de Julio, referentes á los extranjeros, y la de 
14 de Julio, relativa al castigo de ciertos crímenes con- 
tra los Estados Unidos. Las dos últimas, llamadas ley- 
de extranjeros y ley de sediciones, merecen especiad 
atención. 

Por la primera, se abrió un registro de extranjeros 
residentes, y se obligaba á éstos, bajo ciertas penas, á 
presentarse á determinados oficiales en épocas fijas. Se 
autorizaba al Presidente para que mandara salir del te- 
rritorio de los Estados Unidos, por un tiempo dado, a 
los extranjeros que creyera peligrosos, y en el caso de 
<]ue alguno de estos últimos no cumpliera* la orden y se 



poLfriCA V Dii-i.ii 



l>- <!n(-oiitrara en el país al cabo de cierto tiempo, ^ le 
[H.ilri'a cncai'celar por tres afioa ó más, in}iabilitándoli< 
|ura ser ciudadano de los Estados Unidos. Se disponía 
sileniás que después de una declaración de guerra, ó en ■ 
el caso de una invasión, los ciudadanos de la nación ene- 
miga que se encontrasen en el país, serían reducidos ¡i 
lirisión cuando así lo ordenase el Presidente. 

La ley de sediciones disponía que toda combina- 
lúón íle^I contra las leyes ó medidas autorizadas del 
'tobierno, se castigara con una multa de 6.000 duros 
lomo máximo, y prisión de seis meses á cinco años, y 
<|ue la publicación de libelos contra el Clobiemo, el 
r'cmgreso ó el Presidente, se castigara con multa qne 
no excediera de 2.000 duros, y prisión por tiempo no 
mayor d© dos años. 

No se había declarado oficialmente la guerra; pero 
I limo se dio orden autorizando á los buques mercantes 
iwra que resistieran el ataque de loa franceses y se em- 
plearan represalias, y como se destacaron varios cruce- 
rris. ocurrieron algunos choques, en los cuales no líeva- 
r<m la peor parte los americanos. Francia, sin embar- 
íío. no parecía resuelta á empeñar formalmente una 
ííuerra. y como el Presidente Adams tampoco ladesea- 
l>a. propuso éste al Senado el nombramiento de tres 
üuevoa plenipotenciarios: Guillermo Vana Murray, Oli- 
verio ElUworth y el general Guillermo R. Davis, para 
alirir nuevas negociaciones con la República francesa; 
l'is cuales, obtenidas las necesarias seguridades de Ta- 
lleyrand sobre su recepción, marcharon á Francia, sor- 
|)reiidiéndoles en el camino ta noticia de que Napoleón 
liabía llevado á cabo la revolución del 18 Brumario, 
arrojando á bayonetazos á los representantes de la <IiÍ- 



W ülSTcyHtA IHJI.ÍTirA V UIPLOMÁTICA 

mará, disolviendo el Directorio y proclamándose pri- 
mer OónsGt; pero como al mismo tiempo reoibieron 
nuevas seguridades de Talleyrand, que seguía en 3\i 
puesto, llegaron á París, siendo recibidos por Napo- 
león, él cual designó á José Bonaparte, Fleurien y Ríe- 
rierer para que se entendiesen con ellos. 

Las negociaciones fueron difíciles; hubo que recu- 
rrir al nombramiento de una Convención, y ésta acor- 
dó el 3 de Septiembre de 1800, que se procediera á la- 
revisión de los primeros tratados, que se aplazara la 
caestión de las indemnizaciones pedidas por los anieri- 
oanos, que se entregaran los buques capturados por 
un» y otra parte, que se realizara el pago de las deu- 
das pendientes, y que se respetara el comercio de la 
Unión. Más ó menos ventajoso el ai-uerdo, que sobr^ 
esto se discutió mucho en loa Estados Unidos, puso tér- 
mino á aquel estado anómalo, peligroso y per juditiial . 
4, La situación de Francia había '..ambiado en tan- 
to raílicalmeute. 

Ya se ha dicho i'ómo, después de la muerte de Kf>- 
bespierre, habiéndose apoderado de la Convención »»| 
elemento moderado, inicióse un periodo de relativji 
calma. Pero unas veces los jacobinos, no resignado» 
con su derrota, y otras veces los realistas, aguijonea- 
dos por sus impaciencias, turbaron el orden en París, 
mss fueron veniñdos, y aceptada por el pueblo la n««- 
va Constitución, se confió el poder ejecutivo y admi- 
nistrativo a un Directorio, compuesto de cinco mient- 
bros, renovándose cada aí\o en su quinta parte; y el 
poder legislativo «e entregó á dos Consejos: el de los 
Quinientos y el <le los Ancianos, cuya renovación 
también anual, debía tener lugar por terceras partea. 



N4STÜRIA WII.ÍTICA Y DIPLOMÁTICA '■'! 

El Directorio lachó, como la Convención, con ja- 
i'obinos y realistas, siendo ya éstos, por la transforma- 
ción qse iban sufriendo las ideas, más temibles que 
Aquéllos para el nuevo poder. El mismo Directorio ba- 
ilábase dividido: trinnfaron los republicanos, y exa- 
sperando su teudencia, intentaron volver á laConstitii- 
I ion del 93, y decretaron la proscripción de los noble». 
N'o obstante esta agitación interior, que neutralizaba 
''h gran part« los esfuerzos de los que trabajaban por 
i»e»tar el Gobierno sobre bases sólidas que permitie- 
i-an la reorganización de los perturbados elementos so- 
dales y el desarrollo de los intereses det pais, elperio- 
lii del Directorio se distinguió por una serie de triun- 
fos militares de ¡ncnestionable importancia; pues apro- 
v^hando la paz con Prusia, la alianza con España y 
■-I reconocimiento de la República por Tostnna, ha- 
cendó terminado la guerra de la Vendée y paciücado 
la Bretaña, y no quedando frente á Francia más enemi- 
!íos serios que Inglaterra, Austria y el Piamonte, se 
"Dviaron dos ejércitos á Alemania, á las órdenes de 
lourdan y de Moreatt, y otro á Italia, al mando de 
napoleón Bonaparte, el cual había contribuido eficaz- 
mente á rendir á loa realistas en Tolón y había venci- 
'lo á los parisienses en la revolución del 1;í de Vendi- 
miario (6 Octubre 1795.) 

5. Los dos primeros fueron poco afortunados, pues 
lespnés de sufrir muchas derrotas se vieron obligados 
por el joven archiduque Carlos á replegarse sobre el 
Khin. Pero Napoleón, á la cabeza de un ejército que 
'-arecia de todo lo necesario, derrotó á los austríacos 
•^Q una serie de brillantes combates, conquistando en 
lireve plazo la mayor parte de Italia, y obligando á loa 



diversos Estados de ésta á comprar la paz á costal <ie 
L-í'siones territoriales é indeninizacioDes pecuniaTÍas. 
Cerdeña cedió la Saboya y los condados de Niza, Tendió 
y Benil (tratado de París, 16 Mayo 1796); Genova we 
obligó á cerrar sus puertos á los ingleses, autorizó á 
Francia para ocupar distintos puntos en sus costas, 
pagó dos millones de francos como indemnización ^ y 
entregó otros dos millones reembolsables sin interés 
itratado de París, 9 Octubre 1796); y Parma, Módena y 
las Dos Sicilias quedaron de hecho sometidas á un pro- 
tectorado francés, logrando conservar una sombra de 
soberanía en condiciones humillantes. Napoleón en- 
tonces atacó á Mantua, derrotó síicesivamente a cua- 
tro ejércitos austríacos, se apoderó de aquella placea y 
consiguió de esta suerte dominar en toda la Italia su- 
perior. El Papa tuvo que aceptar la paz, y por el tra- 
tado de Tolentiño {19 Febrero 1797) cédiór á Franoia 
el condado Venesino, Avignón y las legaciones de Bo- 
lonia, Ferrara y la Romanía, y se obligó & pagar brein- 
ta millones y á entregar diamantes y joyas. Con toda?; 
las cesiones obtenidas, se organizaron las repúblicaN 
Cispadana y Transpadana, reunidas luego con f\ -nom- 
bre de República Cisalpina. 

Conseguido esto, y demostrando urta audacia in- 
coucebible, Napoleón atravesó los Alpes, derrotó r| 
Archiduque Carlos, que había sido llamado por su her- 
mano el Emperador Francisco II, y amenazó á Vieii» ; 
pero temiendo un ataque de Venecia, que había con- 
servado su neutralidad, sabiendo que habían sido lla- 
mados & las armas los pueblos de Tirol, Bohemia ^- 
Hungría, y no pudiendo esjierar recursos del Directo- 
rio, escribió al Archiduque el 31 de Marzo de 1797 pr^ .- 



in«TOttlA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA ^{K\ 

j>onién<lule entablar negociaciones para la paz. El Ar- 
chiduque contestó el 2 de Abril que no teniendo pode- 
res, pedía órdenes á Viena, y como en ésta los progre- 
sos de las annas ñ*ancesas habían causado un terror 
páuico, se apresuró á aceptar, y el día 18 de dicho mes 
(le Abril se firmaron cerca de Léoben los preliminares 
(le la paz. En este tratado, que durante algunos años 
permaneció secreto, se convino en una cesación de 
hostilidades y en la reunión de un Congreso encargado 
(le hacer la paz definitiva, y se pactaron cambios ten'i- 
íorinles. que no se enumeran porque quedaron alterados 
«iospués por la paz de Oampo-Formio. 

No terminó por esto completamente la guerra en 
Italia. El rey de Cerdeña, Víctor Amadeo III, había 
muerto, y su hijo, Carlos Manuel IV, viendo la Lom- 
hardia en poder de los franceses, creyó que el único 
iikmIo de salvar su corona era unirse a Francia, por lo 
• nal cjítipuló con el Directorio un tratado de alianza 
ot'eusiva y defepsiva (Turín, 8 Abril 97). Al propio 
tiempo. Napoleón resolvió vengarse de Venecia, pues 
la actitud de ésta le había impedido- eaeif sobre- Vierta, 
y aunque el Senado se mostró muy humilde, dispuesto 
á darle satisfacciones, aquél la declaró la guerra y la 
impuso el tratado de Milán, de 16 de Mayo de 1797, 
por el cual el Oran Consejo renunció á sus derechos de 
soberanía, ordenando la abdicación de la aristocracia 
hereditaria, reconociendo la soberanía del pueblo, obli- 
gándose á pagar tres millones de libras tornesas, á en- 
tregar veinte cuadros, quinientos manuscritos, tres na- 
vios de línea y tres fragatas^ y aceptó guarnición fran- 
cesa hasta qtie se hiciese la paz continental. La Istría 
y la Dalmacia veneciana^ fnerón ocupadas por Austria 



lU HISTORIA Poi.ÍTirAv iupunrATiCA 

^011 arreglo á uno de los artículos secretos de la paz de 
, Léoben. 

En virtud de ésta, iniciáronse las negociaciones en- 
tre Austria y Francia el 19- de Mayo, entendiendo»*' 
con Bonaparte en nombre de aquélla el. Marqués de 
(rallo y el Conde de Meerveldt; pero como Bonapartf' 
y e! Directorio no caminaban mny de acuerdo, y el 
Emperador se mostraba más exigente que en Iiéobeti. 
se adelantó mny poco. El movimiento que estalló en 
París el 18 de Pructidor (4 Septiombre 1797), y que dio 
la victoria á loe amigos de Napoleón, alírmó á éste en 
sus propósitos, y rápidamente se llegó á un acuerdo, 
ñrmándose el 17 de Octubre de 1797 en Campo-Formio, 
el tratado de paz definitivo entre Francia y Austria, 
-cuyas principales disposiciones eran las siguientes: 

Se establecía la paz entre las dos partes contra- 
tantes, las cuales se obligaban á no prestar directa 
ni indirectamente, apoyo ni protección alguna á los 
que tratasen de perjudicarlas {art. 1.°); se levantaban 
los embargos de los bienes de tos particulares y esta- 
blecimientos públicos de los territorios respectivos (ar- 
tículo 2."); se consignaba la cesión á Francia de los 
Países Bajos austríacos (art. 3."), encargándose aquélln 
del pago de las deudas hipotecarias de éstos anteriores 
á la guerra (art. 4."); Austria consentía en que pasasen 
á poder de Francia todas las islas venecianas de Le- 
vante, y los establecimientos venecianos de Albania, 
situados por bajo del golfo de Lodrino (art, 6."*); e! 
Emperador recibía, en cambio, la Istría, la Dalmacix. 
las islas venecianas del Adriático, las Bocas del Catt«- 
ro, la ciudad de Venecia, etc. (art. 6."); Austria reniui- 
ciaba todos sus derechos sobre los territorios que for- 



Lombardia austríaca, el Bergainasco, el Bressan, e\ 
Cremasco, la ciudad y fortaleza de Mantua, el Mait- 
tiiano, Peschiera, el Modenés, el principado de Masíui 
y Carrara, las tres legaciones de Bolonia, Ferrara y 
Komagiia, y el territorio veneciano sittiado al Ueste y 
Sur de la linea que se ¿jaba como límite de Austria 
<art. 8.°), concediéndose un plazo de tres meses á los 
habitantes de los países cedidos que no quisieran con- 
tinuar en ellos para hacer esta manifestación, y otro 
plazo de tres años para disponer de sus bienes (art. 9."); 
sp comprometía el Emperador á no recibir en sus puer- 
tos, durante la gnerra, más de seis buques de guerra 
de laa potencias beligerantes: cedía el Brisgan al Du- 
que de Módena en compensación de sus antiguos Esta- 
dos (arts. 17 y 18), y prescribía que un mes después 
liabia de reunirse en Rastadt un Congreso compuesto 
únicamente de delegados del Imperio germánico y de 
la República francesa parn convenir pn la paz entre 
las dos potencias (art. 20). 

Pactáronse además uno» artículos secretos, en los 
i-uales Austria se comprometía á emplear sus buenos 
fficios para conseguir que et Imperio germánico ce- 
'liese á Francia una parte del territorio situado á la 
ii^qaierda del Khin, esto es, los países comprendidos 
Piltre dicho río y el Mosela. incluyendo Maguncia, 
y los que se encuentran entre el Mosela, el Nette, el 
lioir y el Meuse, comprendida Juliers; y asimismo se 
comprometía á gestionar se declarase libre ia nave- 
gación del Rhin, desde Huningue hasta su entrada en 
ia República batava, y la del Meuse para Francia. 



f 



t)ft • HISTORIA POLITICA Y DIPLOMÁTICA 



Austria cedía el condado de Falkenstein y el Friekthal. 
siendo éste liltimo incorporado á Suiza; y la Repúbli^-a 
francesa se comprometía, á emplear su influencia pa.va 
que el Emperador adquiriese el arzobispado de Sals^- 
bourgo y parte de la Baviera. Se concedía á Holarwlrt 
una indemnización territorial, que no podría tomarse 
ni de las posesiones austríacas, ni de las de la Repti- 
plica batava. Prusia debía recobrar sus ten'i torios *le 
la ribera izquierda del Rbin, sin que pudiese adqiiii-ir 
más como compensación del engrandecimiento de am- 
bos contratantes. 

Graves dificultades ofrecía la ejecución de este 
tratado, á menos de existir un íntimo concierto entre 
Austria y Francia. El desdén con que se trataba á !Prii- 
feia, y el hecho de que Austria no solamente obteiiia, por 
la cesión de Venecia, Istría y Dalmacia una compensa- 
oión de los Países Bajos y la Lombardía, sino que se 
preparaba para adquirir una gran parte de Baviera. 
debía producir entre las dos más poderosas naciones 
alemanas un rompimiento que aprovecharía segura- 
mente á la Kepiiblica francesa. Napoleón, al firmar la 
paz de Campo-Formio, sembró los gérmenes de una 
nueva guerra. í5us adversarios, con evidente torpesM^, 
los hicieron fructificar. 

El 26 de Octubre se ratificó el tratado, y Austria, 
pidió inmediatamente la entrega de Venecia, á lo cnaJ 
se negó Francia, en tanto no se la pusiese en posesión 
de Maguncia; pero como el Emperador, antes de cum- 
plir esta parte de los artículos secretos, quería obtener 
el consentimiento del Imperio para esa cesión. surgifV 
una grave dificultad, arreglada por la, convención mi- 
litar secreta firmada en- Rastadt el \,^ de Diciembre rl«» 



HISTORIA. POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 97 

II 

1797, en la cual se fijó plazo para la evacuación y en- 
trega de las plazas y territorios cedidos, autorizándose, 
á Francia para que, si el elector de Maguncia ó el Ln- 
perio se oponían, pudiera obligarles por la fuerza. In- 
mediatamente se canjearon las ratificaciones del trata- 
do de Campo-Formio. 

6. Importa hacer constar, antes de ocuparse del 
Congreso de Kastadt, que una vez firmada la paz pro- 
visional de Léoben, el Emperador dio cuenta de este 
hecho á la Dieta, manifestando que la integridad del 
territorio, recomendada en las conclusiones de este 
Cuerpo, había servido de base alas negociaciones; pero 
como en el tratado de Campo-Formio se alteró grave- 
mente el territorio, el Emperador guardó silencio y la 
Dieta tuvo noticia de lo convenido por los periódicos 
fi-anceses. El Emperador tenía un doble carácter: como 
Jefe del Imperio había de obrar de acuerdo con la Die- 
ta, y como Rey de Hungría y de Bohemia podía dispo- 
ner de su territorio;* involucrados los dos conceptos, se 
encontró en una situación difícil; pues como Empera- 
dor, estaba obligado á concurrir con su contingente á la 
defensa del territorio contra Francia; y como Rey de 
Hungría, debía permanecer neutral, según el tratado 
de Léoben. 

Así las cosas, inauguróse el Congreso de Rastailt 
el 9 de Diciembre de 1797, asistiendo los representan- 
tes de Francia, Bonnier d' Arco y Treilhard, antiguos 
convencionales; Mettemich y Cobenzl en nombre del 
Emperador, delegados de los diversos Estados del Im- 
perio, y los de los reyes de Suecia y Dinamarca por las 
posesiones de éstos en Alemania. La primera dificultad 
í^nrgió al examinar los poderes de los plenipotenciarios. 



os HISTOBIA I-OLITIC* Y IUPLOMATICa 

pues los franceses rechazaron los que presentaron los 
■fiel Imperio, por imponer á éstos el deber de salvar la 
integridad del territorio. Durante la disensión á que 
■esto dio lugar, los austríacos abandonaron á Magun- 
■cia, posesionándose de Venecia dieciocho días después. 
Esto hizo desaparecer una de las principales dificulta- 
des, y el Congreso se consagró á examinar lasproposi- 
«ionesde Francia, que consistían enpedirae fijase el cur- 
so del Ithin como límite entre la Hepública y ellmperio. 
Muy larga fué la deliberación, y al fin, después de cer- 
dea de año y medio de controversias, no se pudo llegar 
A un acuerdo definitivo. Los príncipes alemanes no po- 
dían entenderse entre sí, temiendo cada uno ser sacri- 
ficado por los demás, y Francia no tenia mucho empe- 
ño en que se entendieran, pues su política consistía in- 
dudablemente en, sembrar entre ellos el recelo y la des- 
•confiauza, introduciendo así el germen de la descom- 
posición en el Imperio germánico, 

7. La República, en tanto, no perdía el tiempo. 
José Bonaparte, hermano de Napoleón, fué enviado de 
embajador á Roma. Poco después de su llegada eatalló 
un motín; las tropas papales, persiguiendo á los insu- 
rrectos que se habían refugiado en la embajada fran- 
cesa, penetraron en ésta y en la lucha murió el General 
francés Duphot. En vano dio Pío VI todo género (le 
explicaciones: Bonaparte se retiró, y el Directorio, 
aprovechando la ocasión, dio orden al General Berthier 
de ocupará Roma. Por la mediación del embajador 
■español obtuvo el Papa una capitulación, mediante el 
pago de 31 millones, y el 10 de Febrero de 1798 pene- 
traron las tropas francesas en la ciudad eterna. Pío VI 
fué hecho prisionero y proclamada la República roma- 



HISTORIA POI,ÍTir;A Y DIPLOMÁTICA 99 



na. Al mismo tiempo la República cisalpina tuvo que 
suscribir un tratado que la colocaba completamente á 
merced de Francia. Suiza veía atacada su neutralidad 
por los franceses, y Napoleón partía de Tolón el 19 
de Mayo de 1798 al frente de 36.000 .hombres, con 
cuarenta buques de guerra y numerosos transportes, 
para realizar la conquista de Egipto. 

8. Después de haberse apoderado de la isla de Mal- 
ta, desembarcó en Egipto, tomó por asalto é Alejan- 
dría, derroto á los mamelucos en la famosa batalla de 
las Pirámides, entró vencedor en el Cairo, y mientras 
«US Generales avanzaban hacia'el Mediodía sometiendo 
todo elpaís, se consagró á reorganizar la administración. 
Entonces supo que su escuadra había sido destruida 
por Nelson en el combate de Abukir, y habiendo decla- 
rado Turquía la guerra á Francia, marchó á Siria, to- 
mó á Saza, Jaffa y otras ciudades, venció á los árabes 
en la batalla del monte Tabor, y cuando atacaba á San 
Juan de Acre, la peste que se declaró en ei ejército le 
obligó á regresar á Egipto, donde aún pudo aniquilar 
á los turcos cerca de la aldea de Abukir. Las nuevas 
que entonces recibió de Francia le obligaron á volver á 
su patria. 

La situación de la República francesa era, en efec- 
to, sumamente peligrosa. El Directorio, embriagado 
por los triunfos de sus ejércitos, adoptó una política tan 
violenta, trasformando Suiza en Repiiblica helvética, 
anexionándose Q-inebra, organizando en República el 
reino de Ñapóles, y obligando al Rey de Cerdeña á ce- 
der el Piamonte, que dio lugar á que se formara la se- 
gunda coalición contra Francia (1798) por Inglaterra, 
Austria, Rusia, Kápoles y Turquía. En vano los emba- 



doasvavo* 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 101 

• 

consejeros de Estado. La prensa y el teatro fueron so- 
metidos á censura. Se suprimieron las contribuciones 
arbitrarias, se regularizaron los pagos, se derogaron 
las leyes del terror, como la de rehenes y la dictada 
contra los eclesiásticos; se devolvieron á muchos emi- 
grados sus bienes, restableciéronse los domingos y de- 
más días de fiesta, se abrieron nuevamente las iglesias 
y se instituyó la orden de la Legión de Honor. Tan can- 
sado estaba el país de las convulsiones revolucionarias, 
que nadie se atrevió en un principio á protestar. Na- 
poleón asumió todo el poder, se hizo nombrar Cónsul, 
primero por diez años y después vitalicio; y cuando 
repuestos de su sorpresa, jacobinos y realistas comenza- 
ron á conspirar, los reprimió con mano enérgica. 

Seguro en el interior, Napoleón brindó con la paz 
á las naciones aliadas; pero ni Austria ni la Gran Bre- 
taña la aceptaron, no obstante que en ésta los obispos 
se mostraron favombles oponiéndose al criterio belico- 
so de Pitt, que al fin prevaleció. Francia, pues, se 
aprestó de nuevo á Ja guerra para hacer frente á la se- 
gunda coalición, que era bastante débil, por la diver- 
sidad de criterios que en ella existía y por los antago- 
nismos que surgieron inmediatamente entre las nacio- 
nes aliadas. 

Pero al propio tiempo que Napoleón, en la nueva 
campaña, renovaba sus laureles, procuraba con gran 
habilidad dividir á sus adversarios, decidir en su favor 



«legían á su vez otra décima parte para formar la lista depar- 
tamental, y los iucluídus 60 ésta designaban á su ve/, otra déci- 
juH parte para constituir la lista gencial. Dj ésta, elegía el pri- 
mer Cónsul ó gran eloctar, loS inlividuos del Cuerpj legisla- 
tivo, etc. 



■ *'■'■.■ 

■ • 



102 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



á los neutrales y ensanchar las relaciones con los ami- 
gos. Así eáque, aprovechándolas torpezas de la corte 
de Viena, y explotando el disgusto de la de San Peters- 
burgo por las disensiones habidas entre los Generales 
de una y otra, y por el hecho de que aquélla, después 
de haber inmolado el ejército ruso á su ambición, se 
había negado á canjear los soldados moscovitas pri- 
sioneros de los franceses, aprovechando esto, Napoleón 

consiguió separar de la liga á Pablo I, devolviéndole 

» 

sin condiciones más de seis mil prisioneros rusos, y ha- 
ciéndole cesión de Malta para que pudiese restablecer 
la orden de San Juan de Jenisalem. El Emperador de 
Rusia, agradecido, le envió un embajador. 

La exageración con que Inglaterra practicaba el 
derecho de visita y los perjuicios que esto causaba i 
los neutrales, convirtieron ¿ las potencias del Norteen 
enemigos de aquélla, ayudando así indirectamente á 
Napoleón. Las quejas de Dinamarca, Prusia y Suecia 
movieron á Pablo I á dirigirles la circular de 16/28 de 
Agosto de 1800 invitándoles á renovar la neutralidad 
armada de 1780, lo cual se llevó á efecto en Diciembre 
de dicho año, constituyéndose así una verdadera cuá- 
druple alianza contra Inglaterra. 

Al propio tiempo procuró Napoleón estrechar sus^ 
relaciones con España, enviando de embajador á Ma- 
drid á su hermano Luciano, que fué recibido con 
grandes demostraciones de afecto, tanto por el prínci- 
pe de la Paz como por Carlos IV y María Luisa. Lu- 
ciano manifestó desde luego que la volimtad de su her- 
mano era consolidar más fuertemente que nunca la ín- 
tima alianza de España y Francia, y ofreció crear el 
reino de Etruria para el infante D. Luis de Parraa^ 



rinriTirjrt'r^'i --.-..., i,. ..».. ■ . •; -i' i •!'}•; «T^iiiM-.m^ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA \Qíí 

hermano de la reina, y que eu memoria de Carlos V^ 
volviese á ondear sobre las playas de Toscana el pabe- 
llón español. En cambio solicitaba la retrocesión de la 
Luisiana á Francia, diez navios de guerra aparejados y 
artillados para ser tripulados por franceses, y que Es- 
paña obligara á Portugal, por las armas si era preciso, 
á hacer la paz con la Repiíblica, La corte española aco- 
gió sin escrúpulo estas proposiciones, no vacilando Car- 
los IV en sacrificar parte importante del territorio na- 
cional para conseguir ventajas en favor del infante don 
Luis; y cuando estaba a punto de firmarse el acuerdo, 
llegó á Madrid un agente de Talleyrand, el cual ofre- 
ció al Gobierno que mediante cierta cantidad, fijada 
luego en dos millones de pesos, se llenarían los deseos- 
del rey de España sin nuevo sacrificio pecuniario^ 
ni aun llevarse á cabo la entrega de la Luisiana, por 
más que para cubrir las apariencias se hiciese mención 
de ello en el tratado. Aceptada la proposición, se entre- 
gó desde luego la mitad del precio convenido, y el 1.^ 
de Octubre de 1800 se firmaron los artículos prelimi- 
nares en San Ildefonso entre España y Francia. 

La República francesa se obligó á procurar en Ita- 
lia al Infante Duque de Parma un engrandecimiento 
territorial con el título de Rey (art. 1.^), bien fuese en 
la Toscana, en las tres legaciones romanas ó en cual- 
quiera otra parte del continente italiano (art. 2.°); y 
España, en cambio, se comprometió á devolver á Fran- 
cia la Luisiana seis meses después de efectuado aque- 
llo, y á entregar á la República, al mes de cumplidos 
los artículos 1.*^ y 2.**, seis navios de guerra en buen 
estado, de porte de 74 cañones (arts. 3.°, 4.° y 5.°). 

Nada se consignó en ese tratado acerca de la pre- 



104 HlSxrjBlA POLÍTICA V 11IPLOUATICA 

tensión de que Espafia ínAnyera sobre Portugal para 
hacerle abandonar la alianza inglesa; pero do cierta- 
mente, porque la República hubiera renunciado á sua 
propósitos. Luego veremos cómo ésta, explotando hasta 
f 1 fin la debilidad de Carlos IV y la torpeza de sus mi- 
nistros, consiguió su objeto; pero antes necesitamos de- 
rir cuál había sido el rHsnltado de la segunda coalición. 
10. La campaña de 180O, fué una de las más glorio- 
sas que llevó á cabo Napoleón. Los ejércitos franceses, 
mandados por Moreau y por Bonaparte, realizaron 
respectivamente, emproKas tales como el paso del Bhin 
y el de los Alpes. El primero, venciendo en Eugen, 
MíBskirch, Biberach y Memmingen, se hizo dueño de la 
Baviera; el segundo, derrotando álos austríacos en Ma- 
rengo (14 Junio), les obligó á solicitar uu armisticio, 
'(ue firmaron el 16 los Generales Berthier y Melas. 

El Emperador envió á París al General Conde de 
San .Julián con la ratificación del armisticio y el encar- 
go de sondear el ánimo del primer Cónsul sobre la po- 
sibilidad de una paz que comprendiese á Inglaterra y á 
las Do8 Sicilias. El Gobierno francés no quería hablar 
entonces de una paz general; pero hizo al Austria pro- 
posiciones ventajosas si se prestaba á firmar una par- 
ticular, y el Conde de San Julián, creyéndose autori- 
zado para negociar, aceptó la indicación y suscribió el 
28 de Julio un tratado, que la corte de Viena no quiso 
aceptar. Varios príncipes alemanes, aprovechando la 
suspensión de las hostilidades, hicieron arreglos parcia- 
les con Francia; pero Austria se negó á negociar, cre- 
yendo que una paz, sin incluir á Inglaterra, no sería 
durable. 

Las hostilidades se reanudaron el 28 de Noviembre 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA lOo 

de 1800, y el 3 de Diciembre el General Moreau derro- 
t(') á los austríacos en Hohenlinden, apoderándose de 
cien cañones y cogiendo once mil prisioneros:. siete mil 
austriacos quedaron. además en el campo de batalla. 

Después de tan tremenda derrota, el Emperador se 
resolvió á hacer la paz, cualesquiera que fuesen las de- 
terminaciones de sus aliados, v habiéndose firmado un 
armisticio, se iniciaron las conferencias de Luneville, á 
las que sólo asistieron delegados de Austria y de Fran- 
cia por exigencia de ésta última. Tres dificultades sur- 
gieron durante los debates, entorpeciendo la conclusión 
de la paz. Era la primera que Francia exigía que el gran 
Buque de Toscana renunciase á sus Estados en Italia 
y aceptase una compensación en Alemania, lo cual en- 
tendía el Emperador que ofrecería obstáculos por parte 
de Prusia. Consistía la segunda en que ambas naciones 
pretendían poseer las <[os orillas del Adigio; y estribaba 
la tercera en que el primer Cónsul exigía imperiosa- 
mente, haciendo de ello condición sine qua non^ el que 
en la paz definitiva de Luneville tratase el Emperador, 
no sólo como Rey de Hungría y Bohemia, sino como 
Jefe del Imperio. Cedió al fin el Emperador, y el 9 de 
Febrero de 1801 se firmó el tratado de paz de Lune- 
ville entre Austria y Francia. 

Habrá paz, amistad y buena inteligencia, decía el 
artículo 1.^, entre el Emperador, estipulando tanto en 
su nombre como en el del Imperio germánico, y la Re- 
pública francesa, encargándose aquél de hacer que el 
Imperio ratifique este tratado en buena y debida forma. 

Se renovaban por el art. 2.** la cesión de las pro- 
vincias belgas hecha á favor de Francia, y por el 3.^ 
la de los Estados de la antigua república de Venecia al 



loó HISTOHlA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Austria, con la diferencia que se señalaba á ésta por 
frontera el curso del Adigio desde su nacimiento eii el 
Tyrol hasta su desembocadura en el mar, quedando así 
cumplidos los arts. 3.° y 6.** de la paz de Campo-For~ 
mió. 

. El Duque de Módena recibía, según el art. 4/\ eii 
cambio de su ducado, el Brisgau, que debía poseer eii 
las mismas condiciones que sus anteriores dominios, y 
el gran Duque de Toscana renunciaba, por el art. 6,**^ 
su ducado y la parte de la isla de Elba que de el depen- 
día, cuyos territorios habían de ser adjudicados al In~ 
fante Duque de Parma, y recibiría una completa com- 
pensación en Alemania. 

Con arreglo á lo convenido en Rasiadt, se disponía 
en el art. 6.® la cesión plena y entera á Francia de lo.s. 
países y dominios situados en la orilla izquierda del 
Rhin, que formaban parte del Imperio; y éste, por el 
art. 7.'*, quedaba obligado á indemnizar á los príncipes. 
íJesposeídos. 

Los arts. 8.^ y 9.^ se referían al pago de las deudas 
hipotecarias y al alzamiento de los embargos en Iom 
países cedidos; por el 10 reconoció el Emperador las. 
repúblicas bata va, helvética, cisalpina y liguriana^ 
siéndoles garantida su independencia y la facultad dt* 
adoptar la forma de gobierno que quisieren; por el 12, 
renunció el Emperador á favor de la República cisalpincL 
todos los derechos y títulos que tenía sobre los países 
que poseía en Italia antes de la guerra y que, con arre- 
glo al art. 8.*^ de la paz de Campo-Formio, habían pa- 
sado á formar parte de dicha república; por el 13 el 
Emperador, así en su nombre como en el del Imperio, 
<-onfirmó la adhesión dada por el tratado de Ca:npo- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 107 

Formio á la unión de los feudos imperiales á la repú* 
blica liguri^na, y renunció todos los títulos y derechos 
sobre diclios feudos; por el 14 se declaró libre la nave- 
gación del Adigio; y en fin, por el 16 se convino en que 
los bienes no alienados del Archiduque Carlos, de los 
herederos de la Archiduquesa Cristina, del Archiduque 
Femando y de su esposa, situados en los países cedi- 
dos á Francia ó en la República cisalpina, les serian 
devueltos con la condición de venderlos en el término 
de tres años. 

De esta suerte, recoiicilͣ),da Francia con el Empe- 
rador y con el Imperio, firmó el 28 de Marzo de 1801 
el tratado de paz de Florencia con las Dos Sicilias, el 8 
de Octubre la paz de París con Busia, y el 26 de Ene- 
ro de 1802 el tratado con Turquía. Seguía en guerra 
con 1» Gran Bretaña y con Portugal, y para llegar á 
un acuerdo con éste y reducir á aquélla, sirvióse Napo- 
león principalmente de España. 

11. No se había aún concluido la paz de Luneville 
cuando se firmó en Madrid el tratado de 29 de Enero 
de 1801 entre España y Francia acerca de la cuestión 
portuguesa. Luciano Bonaparte había deslizado hábil- 
mente la idea de la posibilidad de que Carlos IV reu- 
niese bajo su dominio, con el título de Emperador, los 
dos reinos de la Península, y aun halagó la vanidad 
del Príncipe de la Paz con la esperanza de poder crear- 
se una soberanía independiente en los Algarbes. No 
hacía falta tanto para que el Gobierno español cayese 
en las redes de Napoleón, y así es que con viva com- 
placencia suscribió dicho tratado de 29 de Enero. En 
virtud de éste, S. M. católica debía dirigir un ultimá- 
tum á Portugal invitándole á hacer la paz con Fran- 



taauamimmmamqmmmmmmmmmm 



108 HISTORIA POLÍTICA Y DlPUjMÁTlCA 



<?ia^ y de no acceder se tendría por declarada la g'uerra 
<art. 1.**); sí Portugal acced.ía, S. M. fidelísima queda- 
ría obligada á abandonar enteramente la alianza con 
Inglaterra, á abrir todos sus puertos á los buques de Es- 
paña y Francia y cerrarlos á los de Inglaterra, á entre- 
gar á S. M. católica una ó varias de sus provincias que 
formaran el cuarto de la población de sus Estados de 
Europa, para que sirvieran de garantía á la restitución de 
la Trinidad, Mahón y Malta; á indemnizará los stíbdi tos 
españoles de los daños sufridos y fijar definitivamente 
sus límites con España y, á indemnizar á Francia (ar- 
tículo 2.®). Si no se hacía la paz, Francia suministra- 
ría á España 16.000 hombres de infantería que serían 
mantenidos por aquélla (art. 3.'\), pudiendo aumentar- 
se ese número en caso de necesidad (art. 4.**). En el su- 
puesto de que se llevase á cabo la conquista de Portu- 
gal, sería de cuenta del Rey católico el cumplimiento 
de las peticiones que se dirigían á S. M. fidelísima (ar- 
tículo 6.°); pero si la conquista no se efectuaba en. to- 
talidad, España no tendría que pagar nada á la Repú- 
blica francesa (art. 6.**). 

Complemento de este tratado fué el convenio de 
Aranjuez de 13 de Febrero de 1801, i)or el cual acor- 
daron Francia y España que cinco de los navios^ espa- 
ñoles que estaban en Brest se reunirían á cinco france- 
ses y cinco bátavos, y partirían, á las órdenes de un 
general español, para el Brasil ó la India; que los otros 
diez navios españoles que estaban en Brest, con diez 
franceses y diez bátavos, á las órdenes de un Q-eneral 
francés, estarían prontos para amenazar á Irlanda, ó 
si llegaba el caso, para obrar según los planes hostiles 
de las potencias del Norte contra Inglaterra; que cinco 



IWJMWM— ■»!»— iWHM 



HISTORIA P'.ILÍTICA Y DIPLOMÁTICA lOO 

navios del Ferrol v dos mil hombres de desembarco, 
reunidos á dos escuadras dé igual fuerza, una francesa 
y otra bata va, estarían prontas para conquistar la Tri- 
nidad y Surinam; que el resto de la escuadra española 
se uniría á la francesa del Mediterráneo, y si era posi* 
ble á la rusa, para obligar á Ihglaterra á tener en di- 
cho mar el mayor número de fuerzas posible, y que 
Francia situaría cinco ejércitos en Brest, Batavia, 
Marsella, Córcega y los Pirineos. 

Firmada la paz de Luneville, España y Francia, en 
eumplimiento de los preliminares de San Ildefonso 
de 1800, hicieron el tratado de Aranjuez de 21 de Mar- 
zo de 1801 , por el cual el Duque de Parma renunciaba 
al ducado en favor de la República francesa, garanti- 
zando S. M. Católica la renuncia, y el gran ducado de 
Toscana, renunciado por el gran Duque, y garanti- 
zada la renuncia por el Emperador de Alemania, se 
'laba en compensación al hijo del Duque de Parma, el 
<ual sería reconocido en Florencia como Rey de Tos- 
cana. La parte de la isla de Elba perteneciente á Tos- 
vana, quedaría en poder de Francia, recibiendo aquél 
en cambio el país de Piombino. El nuevo reino sería, 
en todo tiempo propiedad de España, y en caso de 
faltar sucesión en el Rey que iba á ser ó en sus hijos, 
iría á reinar un Infante de la familia real española. 
También se convino en llevar á efecto la cesión de la. 
l^uisiana. 

Ultimadas estas negociaciones y no habiéndose con- 
>ieguido que Portugal accediera á separarse de Ingla- 
í^rra, Jos ejércitos español y francés, mandados por 
^Todoy, penetraron en aquél en el mes de Abril. La 
«anipaña fué breve. Abandonados los portugueses por 



la, Gran Bretaña, no pudieron resistir. El 20 de Uayo 
sbrieronaus puertas al enemigo, Olivenzay Jurumanha. 
Azumara, Alegretto y Portalegre, siguieron ese ejem- 
plo el 1." de Junio; el Gde este mes ae rindió Campo- 
mayor; una división pasó el Duero y se acercó á AI- 
meida y Opurto, en cuyas plazas tenían los ing^leses 
liepóaitos considerables de mercancías. Portugal mos- 
tró deseos de entrar en negociaciones, y Carlos IV se 
apresuró á aceptar, firmándose en Badajoz el 6 de 
Junio de 1801, por el Tríncipe de la Paz y D. Luis Pin- 
to de So usa-Cutí nho. un tratado por ©1 cual S. M. fide- 
lísima se obligaba á cerrar sus puertos á los buques 
y al comercio de Inglaterra; Espalta devolvía todas las 
<:iudade3 y fortalezas que había ocupado, exceptuando 
Olivenza con so territorio y los pueblos situados hasta 
el Guadiana, de modo que el curso de este río deter- 
minara la frontera entre los dos países; se renovaba 
entre ambas naciones la alianza que antes había exis- 
tido; Portugal se comprometía á pagar los gastos he- 
clios por sus tropas en territorio español dnrant© In 
guerra de los Pirineos, y 8. M. Católica se constituía 
en garante de la integridad de los Estados y dominios 
portugueses . 

Claro es, que este tratado no podía agradar á Na- 
poleón. Separábase completamente de las cláusulas 
■convenidas en el de Madrid de 29 de Enero; dejaba en 
pié la alianza anglo-portuguesa, y hacía estéril el pen- 
samiento de aquél contra Inglaterra, Hubo, á conse- 
cuencia de esto, varias dificultades entre EspaRa y 
Francia, faltando poco para que se rompieran las rela- 
ciones, y ¡cosa rara! el Gobierno español, ó mejor di- 
cho, su Embajador en París, don Nicolás de Azara, se 



:ir<-iTiri7TTfT"» 



MmaammtMMMiumá 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 111 



tlefendió con' gran energía, consiguiendo no sólo que 
f*l primer Cónsul se conformara con lo hecho, sino que 
se celebrara el tratado de 29 de Septiembre de 1801 , 
<{Tie firmaron en Madrid Luciano Bonaparte y Cipriano 
Riveiro Freiré, y por el cual se restablecía la paz entre 
Francia y Portugal, se cerraban los puertos portugue- 
ses, hasta la conclusión de la guerra, á los buques y al 
comercio ingleses, abriéndolos á los franceses; se esta- 
blecía la neutralidad de Portugal en la guerra existen- 
te: se fijaban las bases para un tratado de comercio, y se 
trazaban los límites de las dos Guyanas, francesa y por- 
tuguesa, cediendo Portugal una extensión de terreno 
deshabitado é inculto. Créese que además se pactó un 
artículo secreto por el que se comprometió S. M. fide- 
lísima á pagar á Francia una indemnización de 30 mi- 
llones de francos; y esto es, en verdad, muy verosímil, 
pues como dice un escritor francés (1), «desde tiempo 
(M Directorio habíase tratado así siempre á Portugal; 
í^e le consideraba como una especie de feudo dorado, 
el reino de Golconda para la diplomacia francesa, el 
país de los diamantes, de los rubíes, de las perlas y 
<le las esmeraldas, las Mil y una noches de los nego- 
í'iadores.» Lo mismo podría decirse respecto de Es- 
paña, á la cual costó grandes tesoros la amistad de 
Francia. 

En este mismo período celebró España dos tratados 
de paz y comercio con Marruecos, uno firmado en Ma- 
drid el 30 de Mayo de 1780, y otro en Mequinez el 1." 
de Marzo de 1799. También firmó en París el 4 de Oc- 
tubre de 1801, la paz con Rusia, pues si bien las hosti- 



(1) Capeñgue. Obra citada. 



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112 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



lidades no habían llegado á romperse, subsistía la de- 
claración de guerra. Este último tratado reducíase á 
consignar que habría paz entre ambas monarquías, que 
se restablecerían las relaciones diplomáticas y que lo;i 
respectivos subditos se tratarían como amigos. Además 
se pactaron el tratado de paz y amistad con la Regen- 
cia de Argel, de 14 de Junio de 1786, y la convención 
de 14 de Septiembre de 1791, cediendo á aquélla la pla- 
za de Oran y el puerto de Mazalquivir. 




CAPÍTULO VI. 



1. Tratado de paz deParis entre Francia y Rusia: convención secreta. — 
2. Tratado eatre Francia y Turquta.— 3. El Concordato.— 4. La paz de 
Vmiens.— 5. Napoleón Cónsul perpetuo.— 6. Disensiones entre España 
y Francia, y entre Francia é Inglaterra.— 7. Campaña anglo-francesa. 
S. Convenio de París de 19 de Octubre de 1803 entre Francia y Espa- 
ña.— 9. La jcuestíón de la Luisiana.— to. Conspiraciones realistas.— 
11. Napoleón Emperador. 



1. Muerto Pablo I de Rusia, su hijo Alejandro I 
inauguró una política de reorganización interior, pro- 
curando favorecer el desarrollo de los intereses mate^ 
ríales. Tuvo la suerte de encontrar disuelta por la paz 
de Luneville la coalición en que había tomado parte su 
padre, y esto le permitió firmar el tratado de paz con 
España, y cuatro días después, el 8 de Octubre de 1801, 
ajustar en París la paz con Francia, tratado semejan- 
te al celebrado con S. M, católica y que encontió seria 
oposicióu en el Cuerpo legislativo por el grave motivo 
íle llamarse en aquél subditos, sujets^ á los ciudadanos 
franceses. 

Por una convención secreta, concluida el 11 de Oc- 
tubre, se comprometían ambas potencias á ponerse de 
acuerdo para arreglar los asuntos de Alemania y de 
Italia, procurar indemnizaciones al Rey de Cerdeña y 
favorecer á Baviera y Würtemberg. Reconocían y ga- 
rantizaban la independencia de la República de las sie- 
te Islas Unidas (Venecia); Rusia debía preparar una in- 
teligencia entre la República francesa y la Puerta, y 

8 



: 



114 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

las dos partes contratantes prometían unir sus esfuer- 
zos para consolidar la paz general, establecer un justo 
equilibrio en las cuatro partes del mundo y asegurar la 
libertad de los mares. 

2 . Los artículos preliminares de la paz entre Francia 
y Turquía habían sido firmados en París el 9 de Octu- 
bre, pero la paz definitiva no se ultimó hasta el 25 de 
Junio de 1802, esto es, después del tratado de Amiens. 

3. Muerto, prisionero en Valenza, Pío VI (29 Agos- 
to 1799), elegido para sucederle el Cardenal Chiaxa- 
monte, que tomó el nombre de Pío VII, y fijada por 
éste su residencia en Soma, Napoleón entabló negocia- 
ciones para celebrar un Concordato, que ultimaron en 
París (Abril de 1802), el Cardenal Consalvi, secretario 
de Estado del Papa, y José Bonaparte. Por dicho pac- 
to, la religión católica sería profesada libremente en 
Francia, permitiéndose su culto público; la Santa Sede, 
de acuerdo con el Gobierno, haría una nueva circuns- 
cripción de las diócesis francesas; los arzobispos y obis- 
pos serían nombrados por el primer Cónsul^ dándoles 
Su Santidad la institución canónica, y debiendo pres- 
tar juramento de fidelidad á la Constitución; se haría 
un nuevo arreglo parroquial; los párrocos serían nom- 
brados por los obispos y habían de prestar también ju- 
ramento; el Gobierno se comprofiíetía á dotar á los 
obispados y curatos; las iglesias no vendidas y que 
fuesen necesarias para el culto, se pondrían á disposi- 
ción de los prelados; no se inquietaría en lo más mini- 
mo á los compradores de bienes nacionales, y en fin, 
Su Santidad reconocía en el primer Cónsul los mismos 
derechos y prerrogativas de que gozaba cerca de la 
Santa Sede el antiguo Gobierno. 



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HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 115 



4. Francia hallóse, por tanto, en paz con todas las 
naciones, excepto Inglaterra, la cual había logrado im- 
portantes triunfos, especialmente por mar. La expedi- 
ción inglesa á Egipto en ISOOobtuvo un éxito completo, 
hiendo arrojados los franceses de dicho país y devuelto 
éste á Turquía. Los ingleses se apoderaron además de 
Malta, y su escuadra derrotó á la francesa y á la espa- 
ñola, combinadas, en aguas de Algeciras. Sin embargo 
de esto, Inglaterra deseaba la paz, como la deseaban 
todas las naciones del continente, rendidas y extenua- 
das por tantos años de incesante batallar. En estas 
circnnstancias el primer Cónsul envió á Londres á 
M. Otto, encargado de explorar el terreno, al propio 
tiempo que él preparaba un desembarco en la Gran 
BretafLa. Pero la misión de M. Otto no habría produ- 
cido el resultado apetecido sin la caída del ministerio 
Pitt (8 Febrero 1801) y su remplazo por el de Mr. Ad- 
dington (IGMarzoj. 

El nuevo Gobierno era más favorable á la paz, tan- 
to qne pocos días después de su constitución (el 21 de 
Marzo), lord Hawkesbury, después lord Liverpool, que 
había sustituido á M. Grenville en el Ministerio de Ne- 
gocios Extranjeros, anunció á M. Otto que el Rey es- 
taba dispuesto á entablar negociaciones. El Gabinete 
francés propuso la conclusión de un armisticio y de 
unos artículos preliminares, pero Inglaterra se negó á 
lo primero, y las discusiones versaron sobre lo segun- 
do, firmándose al fin eñ Londres dichos artículos pre- 
liminares el I.** de Octubre de 1801. 

Las principales cláusulas del acuerdo eran: que se 
restablecía la paz entre la Gran Bretaña, la Eepública 
francesa y sus respectivos aliados; que Inglaterra res- 



tittiia á Francia, á España y á la República bátava to- 
das las conquistas que las había hecho, excepto la isia 
de la Trinidad y las posesiones holandesas de Ceylán: 
que el puerto del Cabo de Buena Esperanza quedaría 
abierto al comercio y á la navegación <le las dos parten 
contratantes; que la isla de Malta sería evacuada por 
las tropas inglesas y restituida á la Orden de San Juan 
de Jerusalera, bajo la garantía y la protección de una 
tercera potencia que se designaría en el tratado defini- 
tivo; que el Egipto sería devuelto á la Puerta Otoma- 
na; que los territorios y provincias de Portugal serían 
mantenidos en toda su integridad; que los franceses 
evacuarían á Ñapóles y él Estado Romano, y loa ingle- 
sea á Porto Ferrajo y todos los puertos é islas que ha- 
bían ocupado en el Mediterráneo y en el Adriático; que 
Francia reconocería la República de las Siete Talas; i\\ic 
se canjearían los prisioneros; que las jjesquerías de 
Terranova y el golfo de San Lorenzo continuarían en 
la situación anterior á la guerra, y que, canjeadas las 
ratificnciones en el término de quincedías, los plenipo- 
tenciarios de ambas naciones se reunirían en Amiens 
para redactar el tratado definitivo. 

La noticia de este acuenlo produjo viva s«tisfai- 
ción, asi cu París como en Londres. En éste hubo ilu- 
minaciones, y solamente los emigrados franceses la- 
mentaron el reconocimiento y consolidación del poder 
do Bonaparte. 

Designados inmediatamente los plenipotenciarios, 
que lo fueron: José Bonaparte por Francia, el Mar- 
qués de Comwallis por Inglaterra, don Nicolás Aza- 
ra por Espafia y Mr. Schimmelpenninck por Holanda, 
comenzaron las conferencias en Amiens, en las qae hÍE(v 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 117 

ana brillante campaña el representante espafiol, tanto- 
más brillante cuanto que anteriores torpezas de su Go- 
bierno hacían difícil la defensa de los intereses de nues- 
tra patria. Napoleón, disgustado con Carlos IV por ha- 
ber faltado éste, al ajustar la paz de Badajoz, á lo pac- 
tado entre Francia y Espafía en el tratado de 29 de Ene- 
ro de 1801, había consentido en que Inglaterra conser- 
vase la isla de la Trinidad, y Azara trató de conseguir, 
primero que esto no se consumara, y luego al tener que 
sacrificar en aras de la paz la isla en cuestión, que 
se nos otorgaran compensaciones. Su energía y su ha- 
bilidad lograron que, supliendo omisiones de los artí- 
culos preliminares, se sancionara la cesión á España del 
territorio portugués comprendido entre nuestra fronte- 
ra y el Guadiana, la devolución de Menorca y la pose- 
sión por el infante don Fernando, durante su vida, de 
los Estados de Parma, 

Orilla^das estas dificultades y las que surgieron Qon 
motivo de la isla de Malta y de la participación de Tur- 
quía en el Congreso, se firmó el tratado en Amiens el 
21 de Marzo de 1802. Disponíase en él: 

1." Habrá paz, amistad y buena inteligencia entre 
la Gran Bretaña, de una parte, y la República france- 
-sa, España y la República bátava, de la otra. 

2.** Los prisioneros serán restituidos por ambas par- 
ces sin rescate. 

Los artículos 3.**, 4.** y 6.*^ son la repetición y ex- 
plicación del artículo segundo de los preliminares, con 
la diferencia de que España y Holanda, que no habían 
intervenido en éstos, sancionaron en aquéllos la cesión 
*le la Trinidad y Ceylan. 

6." El cabo de buena Esperanza queda á la Repii- 



118 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



blica bátava en plena soberanía; pero los buques de las- 
partes contratantes podrán entrar en su puerto sin pa~ 
gar más derechos que los holandeses. 

7.^ Las posesiones y territorios de Portugal serán 
mantenidos en toda su integridad como antes de la gue- 
rra, pero se fijan los límites de las Guyanas francesa 
y portuguesa en la ribera del Araouari, declarándose- 
común la navegación de este río, y se reconoce la ce- 
sión á España de la plaza de Olivenza. 

8.** Los territorios, posesiones y derechos de la 
Puerta son mantenidos en toda su integridad, como es- 
taban antes. 

9.** Se reconoce la República de las Siete Islas. 

10. Se devuelven á la Orden de San Juan de Jeru- 
salen las Islas de Malta, Gozo y Comino, declarando 
la neutralidad permanente de la Orden, colocando la 
independencia de Malta bajo la garantía de Francia, 
Inglaterra, Austria, España, Rusia y Prusia; abriéndo- 
los puertos de dicha isla al comercio y navegación de 
todas las naciones, excepto las berbericas, y determi- 
nando que la guarnición de aquella ha de componerse 
de malteses nativos. 

El artículo 11 es una repetición del 7.'^ de los pre- 
liminares, y ordena la evacuación de Ñapóles y el Es- 
tado Romano por las tropas francesas, y la de Porto- 
Ferrajo y todos los puertos é islas del Mediterráneo y 
el Adriático por los ingleses; y en el 12 se fija, para efec- 
tuar las evacuaciones, cesiones y restituciones conveni- 
das, un plazo de un mes para Europa, tres para Amé- 
rica y África, y seis para Asia. 

Los artículos 13 y 14 establecen que las fortificacio- 
nes se entregarán en el estado en que se encuentren; 



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HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 119 

— I I II . II ' I ii_ 

ñja un plazo para que puedan vender sus bienes los ha- 
bitantes de los países cedidos ó restituidos que quieran 
salir de éstos, y dispone el alzamiento de los secuestros. 

Ordena el artículo 16 restablecer las pesquerías de 
Terranova é Islas adyacentes, y las del golfo de San 
Lorenzo, á la situación anterior á la guerra; preceptúa 
el 16 la restitución, en el término de un mes eif el Me- 
diterráneo y Océano hasta las Canarias y el Ecuador, 
y de cinco en las demás partes del mundo, de los bu- 
ques y efectos que se hubiesen tomado en el canal de la 
Mancha un mes después de la firma de los preliminares; 
lonsigna el 18 que se procurará alguna compensación 
íi la casa de Nassau, establecida en Holanda, y en fin, 
en el 18 se dice que el tratado comprende á la Sublime 
Puerta. 

Tal es, en síntesis, el tratado de Amiens, tratado 
que introduce importantes novedades en el derecho 
público, pues siendo práctica constante, al ajustarse la 
paz entre dos ó más naciones, declarar renovados los 
tratados anteriormente concluidos entre las partes con- 
tratantes, no se hizo así, y al no hacerlo, dióse lugar á 
<iue pudiera decirse que había motivo para entender re- 
vocadas todas las cesiones anteriores. Esto es, que ha- 
bían legalmente revivido las antigua;s pretensiones de 
Francia, España y Holanda; que quedaba anulada la 
«láusula de Utrecht, que impedía á España ceder en todo 
') en parte sus posesiones; que se reconocía la validez 
de la cesión de Santo Domingo, y se autorizaba la de la 
liuisiana; que se sancionaba la unión de Bélgica á la 
República francesa, y en cierto modo se legitimaban 
las pretensiones de Francia sobre el Canadá. Reprochó- 
se esto al Gobierno británico, y autique pudo alegar en 



120 HISTOBIA PlILÍTIL-A V DIPLOMÁTICA 

SU disculpa que de tal suerte evitó el tener que sancio- 
nar expresamente cesiones á que en tal ocasión no había 
()odido oponerse, y que hizo prevalecer su antiguo cri- 
terio sobre el derecho marítimo, lo cierto ©s que la opi- 
nión inglesa estimó que el resultado de la paz de Amiens 
no correspondía á los inmensos sacrificios que había 
hecho fngiaterra. En cambio. Francia recibió con aplau- 
so el nuevo tratado. 

5. Aprovechando el efecto producido en la ojiinión 
francesa por el tratado de Amiens, Napoleón se hizo de- 
clarar Cónsul perpetuo {'¿ de Agosto de 1802), y aunque 
igual dignidad obtuvieron los otros dos cónsules, Cam- 
baceres y Lebrún, como al modificar la Constitución se 
reservó aquél el derecho de declarar la guerra, ajustar 
la paz, nombrar los senadores y ejercer la prerrogativa 
de gracia, de hecho quedó convertido en un soberano. 
Y á decir verdad, la nueva forma de Gobierno fué per- 
fectamente recibida, tanto en ITrancia como fuera d^ 
ésta. Para Francia no era una novedad: afios hacía que 
Napoleón había asumido todo el poder y no existía or- 
ganismo alguno que no dependiera de su voluntad; y 
para Europa, constitm'a una nueva garantía de orden 
y de estabilidad. Así es que no tuvo que vencer gran- 
des resistencias: España, Prusia, la Santa Sede, Rusia, 
Austria, hasta su irreconciliable enemiga, Inglaterra, 
vieron con agrado el cambio. 

6. Sin embargo, las relaciones de Francia no eran 
completamente cordiales con todas las potencias. Su in- 
timidad con España había desaparecido, pues sobre las 
causas ya apuntadas, cual el incumplimiento por parte 
de Carlos IV del tratado de Madrid de 29 de Enero 
de 1801 para la invasión de Portugal, y el abandono 



HlSTOfílA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 121 

en que dejó Napoleón los intereses de España al pac- 
tar los artícTilos preliminares de la paz de Amiens, vi- 
aieron á acentuar la frialdad entre los dos Gobiernos 
la pretensión del primer Cónsul de casarse con una in- 
fanta española, deseo que hizo imposible la corte de 
Madrid enlazando aquélla con el príncipe de Ñapóles; 
y la negativa de Bonaparte á que el ducado de Parma, 
vacante por muerte del infante don Fernando, pasase, 
al rey de Etruria, hijo del difunto. Unióse á esto el que 
pmpeñados los franceses en obtener la libre introducción 
t-n £spaña de sus manufacturas y reclamando sin cesar 
para conseguirlo, lejos de acceder, Carlos IV dictó la 
RpaJ cédula de 6 de Noviembre de 1802 prohibiendo la 
importación de géneros de algodón de fábrica extran- 
jera. 

Las relaciones con Inglaterra eran aún menos cor- 
íliales. El disgusto que el tratado de Amiens produjo 
en la opinión inglesa, lejos de calmarse fué creciendo 
á medida que se vio á Napoleón intervenir con las 
armas para arreglar las diferencias que habían surgido 
í^ntre los cantones suizos y apoderarse del Vales, que 
le aseguraba, con el camino del Simplón, el paso á Italia; 
y que se observó su influencia creciente en Alemania, 
hasta el punto de realizarse la secularización de los es- 
tados eclesiásticos en la^orma que él quiso. Por esto la 
oi)08Íción al ministerio Addington aumentó de día en 
íJía. «Apenas se había enfriado el lacre sobre que im- 
primisteis el sello británico en Amiens — decía lord 
^^renville en la Cámara — fué invadido el Piamonte; 
Parma desapareció del catálogo de los Estados indepen- 
dientes, el príncipe de Orange no ha obtenido ninguna 
indemnización por la Holanda, que ha pasado de hecho 



122 HISTORIA POLÍTICA Y KIPLOMÁTICA 

bajo el dominio lie Bonaparte; la Suiza no tiene ya li- 
bertad, y el Austria se encuentra tan humillada, que no 
sé si podrá rehacerse»; y Sheridan, en apoyo de este dis- 
curso, afiadía: -No bace mucho se creía ver en el mapa 
de Europa un vacíd, allí donde estaba la Francia; aho- 
ra veo Francia y nada más que Francia en todas par- 
tes; veo á Italia -sometida á su vasallaje; veo á la PriT- 
aia obediente á la menor inclinación de sn cabeza; veo 
á la España obedecer el menor movimiento de su dedo; 
veo á Pbrtugal postrado á sus pies, á la Holanda baje 
su mano, á la Turquía en sus redes.» 

Así las cosas, Inglaterra se negaba á evacuar Malta, 
sin que previamente Austria, Prusia, Rusia y Espafia 
garantizasen la independencia de la isla. Agriáronse, | 
con tal motivo, las relaciones con Francia, y al ñn sur- 
gió el temido rompimiento y volvió á encenderse la 
guerra. I 

7. Las operaciones comenzaron por luar, é Ingiate- ' 
rra hizo en los primeros momentos importantes presas, 
á lo cual respondió Bonaparte mandando encarcelar á 
cuantos subditos británicos se hallasen eu la República 
ó en los países aliados, medida ilegal y verdadera vio- 
lación del derecho de gentes, que fué ejecutada uojí 
exagerado rigor. AI propio tiempo invadieron las tro- 
pas francesas el territorio de Hannover, ocuparon los 
puertos de Otranto, Tarento, Brindis, Ancona y Lior- 
na, tomaron posiciones en las gargantas del Vales, y 
en todas partes se prepararon á la campaña. Bonapar- 
te, convencido de que Inglaterra era invencible en el 
mar, quiso llevar la guerra á las islas británicas, con 
la esperanza de que un ejército de desembarco, pode- 
rosamente auxiliado por los descontentes y por los ir- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 123 

landeses, podría humillar sin dificultad el orgullo in- 
glés. Para realizar este pensamiento, creó el campa- 
mento de Boulogne y acumuló toda clase de recursos; 
])ero como carecía de una escuadra que protegiera la 
expedición, y como Nelson vigilaba incesantemente el 
canal de la Mancha, allí permanecieron las tropas fran- 
cesas esperando una espesa niebla ó un viento favora- 
ble. £1 desembarco no llegó i realizarse. 

8 Para atender á la tremenda lucha que comenza- 
ba á desarrollarse, necesitaba Napoleón inmensos re- 
( ursos y esperaba sacarlos de la venta de la Luisiana y 
de los auxilios que habían de proporcionarle España, 
Ñapóles, Hannover, Holanda, Parma, Liguria y la 
República italiana. Bien hubiera querido aquél arras- 
trar á la corte de Madrid á una nueva guerra con la 
Oran Bretaña, pero no pudiendo conseguirlo, porque 
Carlos IV se mostrase decididamente resuelto á perma- 
necer neutral, entabló con éste negociaciones que die- 
ron por resultado el convenio entre España y Francia, 
firmado en París el 19 de Octubre de 1803. 

Por virtud de éste, se reconoció la neutralidad de 
España, prometiendo Francia no oponerse á las medi- 
dlas que adoptara aquélla con respecto á las potencias 
beligerantes, en virtud de los principios generales del 
derecho de gentes ó de las leyes de neutralidad. Se con- 
vino en que en vez de cumplir España los compromisos 
que había contraído por los artículos secretos anejos al 
tratado de San Ildefonso de 1796, esto es, en vez de 
concurrir á la guerra con quince navios y 24.000 hom- 
bres, pagase á Francia un subsidio pecuniario de seis 
millones mensuales; y además concedió aquélla á ésta 
el tránsito libre de derechos y con la correspondiente 



12t HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



fianza, de los paños y otros productos de manufactura 
francesa que se llevasen á Portugal. Por último, como 
Francia había pedido que se otorgase entera libertad » 
su comercio y se pusiese toda clase de trabas al de In- 
glaterra, se acordó hacer un convenio especial para fa- 
cilitarse mutuamente . el desarrollo de las transaccio- 
nes mercantiles. De esta manera, y aunque á costa de 
grandes sacrificios, consecuencia de errores anterio- 
res, se libró por entonces España de tomar parte en la 
guerra. 

9. La noticia de la cesión de la Luisiana, hecha por 
España á Francia en el tratado de San Ildefonso de 1 .** 
de Octubre de 1800, no fué conocida en los Estados 
Unidos hasta la primavera de 1802, causando gran in- 
quietud y alarma por estimarse más peligrosa la vecin- 
dad de los franceses que la de los españoles. Pocos me- 
ses después, el 16 de Octubre, el intendente español en 
dicha provincia, don Juan Antonio Morales, publicó 
una proclama declarando expirado el derecho dé tener 
un depósito comercial en Nueva Orleans, derecho reco- 
nocido por tres años en el tratado hispano-americano 
de 1795 y que á la terminación de dicho plazo se había 
prorrogado tácitamente. Los cultivadores y comercian- 
tes dirigieron reclamaciones al Congreso de la Unión, 
y éste, en 7 de Febrero de 1803, adoptó un acuerdo en 
el cual «considerando que el hecho ocurrido debe atri- 
buirse á una arbitrariedad de ciertos funcionarios, más 
bien que á una falta de buena fe por parte de S. M. ca- 
tólica; y confiando en las acertadas medidas que habrá 
tomado el poder ejecutivo para defender los derechos 
de la Unión,» declaraba que defendería los que creía 
tener á la navegación del Mississipí, exigiendo el cum- 



HISTOHIA PÍJLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 125 

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plimiento de los demás artículos del tratado referentes 
á la cuestión de límites y al comercio. 

El Ministro español, Marqués de Casa-Irujo, de- 
claró en una nota oficial (10 Marzo 1803), que el In- 
tendente había procedido sin autorización, y que, en 
virtud de lo dispuesto en el tratado, se designaría, en 
lugar de Nueva-Orleans, otro punto en que pudiera es- 
tablecerse un depósito comercial. No consiguió esto 
calmar la agitación, y temiendo el Presidente Mr. Je- 
fferson, que sus adversarios los federalistas aprovecha- 
ran este asunto para provocar una guerra, nombró á 
Monroe ministro plenipotenciario en Francia, á fin de 
íjue, continuando las negociaciones que sin éxito había 
iniciado Mr. Livingston íl), procurase obtenerla venta 
de Nueva-Orleans y de las Floridas. «Del éxito de esta 
misión — escribía Jefferson á Monroe — dependen los 
futuros destinos de la República; si no conseguimos 
comprar ese territorio, para asegurar una paz perpetua 
t;on todas las naciones, como la guerra no puede estar 
lejos da ruptura de la paz de Amiens lo demostró asíj^ 
será necesario irnos preparando, aunque sin aprenurar- 
nos. Si llegamos á enredarnos en la política europea,, 
echaremos de menos luego nuestra prosperidad y bien- 
estar, y esto sólo puede evitarse alcanzando buen éxi- 
to nuestra misión (2).» 



(1) M. l.ivingpston, ministro de los Estados Unidos en París^ 
remitió al Ministro de Relaciones Exteriores una Memoria, pro 
poniendo, no sólo la cesión de Nueva Orlcans, sino la de los 
extensos territorios situados al Norte de Arkansa?, en la orilla, 
clerecba del Mississipí; pero semejante proposición quedó sin 
respuesta. 

(2) Conviene hacer constar (jue Juan Quincy Adams, en su 



126 HISTORIA POLÍTK 

Monroe, que era ventajosamente conocido en Fran- 
cia, por haber representado en ésta á su país en la épo- 
ca del Directorio, llevó á cabo la negociación con más 
facilidad de lo que había podido sospechar, Napoleón, 
que pensó primero establecer en la Luisiana «na colo- 
nia militar que le sirviera de centro para extenderse 
por América, cambió luego de plan. Ideó llevar la gue- 
rra á Ia3 mismas islas británicas, y temiendo que aquel 
territorio pudiese caer en manos de los ingleses, se de- 
cidió á venderlo y i obtener recursos para la nueva 
campaña. Por esto, cuando Monroe iba á proponer sen- 
cHIamente la compra de Nueva-Orleans, se encontró 
con que se le ofrecía la Luisiana por cincuenta millo- 
nes de francos. Las negociaciones ae llevaron con rapi- 
dez, pero uno de los plenipotenciarios franceses, Mr. 
de Marbaia, juzgando mezquina la cifra que Napoleón 
había indicado, ñjó la de ochenta millones como preci<> 
de la cesión, siendo al Un aceptada ésta con la condición 
de que veinte millones se aplicaran al pago de lo quf 
debía Francia á los ciudadanos de los Fstados Unidos. 
El día 30 de Abril de 1803 se firmó el tratado por 
■el cual Francia cedía á los Estados Unidos para siem- 
pre y en plena soberanía, la provincia de la Luisiana, 
■con todos sus derechos y pertenencias, comprendiéndo- 
se en la cesión las islas adyacentes dependientes de di- 
cha provincia. Consignábase además en el tratado que 
los habitantes de la Luisiana adquirían la facultad de 



Vida de Jaime Madison, aliriDa que Napoleón «liabía inducido 
ni imbécil monarca de España i cometer una perfidia, despo- 
jando al pueblo de los listados L'nidos del derecho de depósito 
antes de entregar la colonia á Francia.» 



HISTORIA POLÍTICA V mPI.OMATICA. 127 

ser admitidos á los derechos d« ciodadanoa d© la Unión 
lan pronto como fuese posible; reservábase á Francia y 
España, por término de doce años, el derecho de llevar 
suí mercanciaa desde ans puertos ó desde los de sus Co- 
lonias al territorio que se cedía, pagando únicamente 
lo mismo que los americanos (1), y se estipulaba que 
expirado ese plazo los productos franceses gozarían el 
írato de la nación más favorecida. 

Firmáronse además dos convenciones anejas; por 
una se disponía que los sesenta millones de francos se 
abonaran en títulos del 6 por 100 de los Fstados Unidos, 
amortizables, pasados quince afios, por la suma de tres 
millones anuales, y pagándose los intereses en París, 
Londres y Amsterdam; y por la otra, se regulaba la 
forma y manera de invertir los veinte millones res- 
lantesenextinguir las deudas de Francia á los ameri- 

Como por el tratado de 1," de Octubre de 1800 Es- 
paña se había reservado el derecho de preferencia, en 
'aso de la cesión de la Luisiana, tanto los negociadores 
franceses como los americanos querían que aquélla to- 
mase parte en las estipulaciones, pero desistieron de 
*tlo por temor al retraso que esto podía ocasionar. Así 
fs que el tratado de venta de la Luisiana no se comu- 
nicó al Gobierno de Madrid hasta después de concluido. 



H) No se crea que Napoleón hizo con esto ningún 
ú Eepafia. El comercio con esos territorios lo hacíaa casi exclu- 
i^ivamente los franceses bajo pabellón español, y como la guerra 
toa Inglaterra les impedU por entonces pensar en reali/.arlo de 
uü modo directo, al comprender á nuestra patria en los benefi- 
cios de esa cláusula, aseguraron sus propios interenea y obraron 
«o Ku exclusivo provecho. 



12'< 



Luego Teremos cómo y de qué nianpra iuÜuyó esto cu 
nuestras relaciones con los Estados Unidos. 

10. En tanto que se llevaban á cabo estas negoiña- 
ciones, preocupaban al primer Cónsul las conspiracio- 
nes que, auxiliados por Inglaterra, tramaban Cadoudal. 
el intrépido vendeano que había preferido el destierro 
al perdón de Bonaparte; Pichegní, el vencedor de Ho- 
landa, fugado de Cayena; Moreau, el incorruptible ge- 
neral republicano, y otros realistas y jacobinos, unidos 
por el odio común á Napoleón, Después de permanecer 
largo tiempo escondidos en París, fueron presos aqué- 
llos {Enero 1804), dándose él espectáculo de suprimir 
el Jurado para los delitos políticos, y cometiéndose la 
monstruosidad de variar así el procedimiento y agravar 
la suerte de los supuestos delincuentes después de co- 
metido el delito. 

Como durante la snstanciación del proceso se av>í- 
riguase que los conjurados esperaban el desembart-n 
de un Borbón eu Bretaña, Bonaparte tomó sus medida.-^ 
para sorprenderlo. Ninguno de los principes emigrados 
se presentó; pero el primer Cónsul necesitaba «na víc- 
tima de sangre real, y haciendo violar lii neutralida-l 
del ducado de Badén, se apoderó del Duijuede Enghien, 
nieto del gran Conde, que se hallaba entregado á la 
caza, le mandó trasladar á Vincennes, y en la misma. 
noche de su llegada lo hizo juzgar y pasar por las ar- 
mas (21 Marzo), coinetiendo de esta suerte uno de los 
crímenes más atroces que registra la historia de Na- 
poleón. 

El fusilamieutodel Duque de Enghien, unánimemen- 
te calificadode asesinato, provocó una general protesta, 
y en medio del sentimiento de horror que despertó, Ñapo- 






-■«* *"lk* 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



12(> 



If^ón exageró el peligro que había corrido el país, é hizo 
virque era necesario, para la salvación común, constituir 
nn poder hereditario, diciendo que no debía permitirse 
•le ninguna manera, que dependiese de la vida, á cada 
momento amenazada, de un solo hombre la suerte de 
Francia. De esto al establecimiento del Imperio no me- 
'liaba más que un paso: el Tribunado lo dio formulan- 
•1<> la propuesta; el Senado lo decretó; el país acogió 
«onjubijo el cambia del Gobierno, y Napoleón quedó 
investido con la dignidad imperial (18 de Mayo de 1804), 
haciendo que el mismo Pontífice, Pió VII, fuese á 
París para presidir y consagrar su coronación. 

Parecía natural que el nuevo Emperador inaugura- 
re sa reinado con un acto de clemencia; pero lejos de 
esto, fallado el proceso instruido contra Cadoudal, Pi- 
• Kegrú y otros, hizo ejecutar á doce de los principales 
-inspiradores, y Moreau fué condenado á dos años de 
j)risión. Desde la época del terror, dice un ilustre histo- 
riador (l),no se había vuelto á repetir el bárbaro espec- 
táculo de doce cabezas cortadas en diecisiete minutos. 

España, Prusia y Austria reconocieron sin dificul- 
tad las nuevas instituciones establecidas en Francia, 
>^i bien Francisco 11 se confirió antes á sí mismo el 
ntulo y dignidad de Emperador hereditario con rela- 
jón á sus Estados independientes. Inglaterra se bur- 
eaba de Napoleón, comparando la ceremonia de su co- 
ronación con la que acababa de celebrar en Haití 
^1 itógro Dessalines, y el ejemplo de la Bretaña hizo 
lue al fin se formase la tercera coalición contra la 
f'raucia. 



(I) Oeaar Cantú, Historúi de los ri 



ten anoH. 



9 



una rectilicaciún del de 1& revolución; fué el inism«.i 
l>uesto al servicio de otra idea muy distinta. La revo- 
lución, en medio de todos aus errores, ejerció el prose- 
litismo en nombre de los principios democráticos: n<i 
contenta con haber proclamado en el interior la ¡g;uai- 



HISTORIA. PííLÍTlCA Y UIPLOMÁTICA I3l 

dad y la fraternidad, aspiró á hacer sacudir el yuga 
del absolutismo á todos los pueblos, y á conseguir el 
imperio de los derechos del hombre en todas las ciuda- 
des. Napoleón concluyó con la libertad en Francia, y 
<iniso sujetar á su carro victorioso todas las naciones, 
concibiendo la idea de la monarquía universal, y lo- 
grando realizarla, siquiera por brevísimo espacio de 
tiempo; porque si bien sometió al Continente por me- 
dio de Francia, y á Inglaterra por medio del Conti- 
nente, hizo que el peligro común uniese á todos los 
pueblos, y que aquella dictadura desapareciese bajo el 
peso del odio universal. 

Pero Napoleón, como cuantos han tenido en la his- 
toria idénticos sueños, sirvió en definitiva la idea con- 
traria á la que pretendía representar. Antirevolucio- 
nario en Francia, fué esencialmente revolucionario en 
todos los demás pueblos de Europa; ftmdador de un 
Imperio, contribuyó á socavar los cimientos de muchos 
tronos; autoritario, despótico, dominador absoluto en 
su patria, hizo que los monarcas más absolutos bus- 
^aran el concurso de su pueblo; que las naciones más 
atrasadas penetraran resueltamente por caminos de 
progreso; que sociedades que permanecían como dor- 
midas despertaran enamoradas de nuevos ideales. Al 
trastornar los Estados, cambió el modo de ser de los 
[meblos. Buen ejemplo, España: lo que no pudieron 
liacer los enciclopedistas con su propaganda, lo logró 
Napoleón al poner en peligro nuestra independencia. 

Veamos cómo esto se verificó. 
2. El fusilamiento del Duque de Enghien, dijo 
Fouché con profunda inmoralidad, era más que un de- 
lito, era una falta, y esta falta, esta verdadera torpe- * 




za, agravada por la violación lie todas las leyes del de- 
recho público, cometida al no respetar á lo8 agentes 
diplomáticos de aiis enemigos, no sólo en el Imperio, 
sino ni aun en los países neutrales (1), provocó la ter- 
cera coalición. 

Rusia y Suecia protestaron enérgicamente de la 
violación cometida ¡Mtr Napoleón al invadir el territii- 
rio germánico, y concluyeron por romper con Francia. 
En Inglaterra había vuelto al poder Pitt, el hombría 
de la guerra, é inmediatamente se alió con Suecia por 
la convención de Htoi-kholmo (3 Diciembre 1804) y con 
Rusia por el tratado de 1 1 de Abril de 1805. Atistria 
mantenía inteligencias secretas con el Imperio ruso, y 
el 9 de Agosto se decidió á entrar de un modo público 
en la alianza. Portngal estaba al lado de Inglaterra, y 
Carolina de Ñapóles se coligó con ésta en secreto. Pru- 
sia permaneció por el pronto neutral. 

Inglaterra trabajaba desde hacía tiempo para obte- 
ner el concurso de España ó conseguir al menoa quf 
ésta permaneciese neutral; pero el Gobierno español 
no se atrevió á romper con Francia, prosiguió sus pre- 
parativos de guerra, y surgió forzosamente la lacha 
con la Gran Bretaíla. Nueva torpeza de nuestros gn~ 
bernante.-i, porque interesando grandemente á Ing;latí*- 
rra el separar de las francesas las fuerzas españolas, y 
no debiendo fiarnos de Napoleón, (jue más d© una vez 
había sacrificado nuestros intereses, ya haciendo caso 
omiso de sus compromisos, ya perjudicándonos franoa- 



(1) Hizo prender en Hiniiover it) reprei«iitaiite <le In^late- 
rro, y loa residente^ eu Maiiicli v .Sttiígard upeUroii á la Fug* 



eustoria política y diplomática 133 

mente, no gestionando que se nos devolviera la isla 
Trinidad y vendiendo á los Estados Unidos la Luisia- 
na, pudimos obtener ventajosas condiciones, y acaso 
habríamos cambiado el curso de la campaña. Sigui<) 
imperando la funesta política del pacto de familia^ que 
tantos desastres nos había producido y que debía cau- 
sárnoslos aún mayores. 

Habiéndose tenido noticia de que cuatro fragatas es- 
pañolas, que regresaban de América conduciendo cauda- 
les, habían sido apresadas por los ingleses, España de- 
daré la guerra á Inglaterra el 12 de Diciembre de 1804. 
3. Con esto cambió la situación respectiva de los 
< Gabinetes, de Madrid y de París, puesto que, rotas las 
hostilidades, cesaba la obligación de España de facilitar 
á Bonaparte los subsidios con que había comprado el 
respeto de su neutralidad. Hízose preciso, por tanto, 
«establecer sobre nuevas bases el acuerdo entre ambas 
naciones, y el 4 de Enero de 1805 firmaron en París el 
Embajador español don Federico Gravina y el Minis- 
tro de Marina francés Mr. Decrés, un convenio fijando 
las fuerzas con que cada una de las dos naciones había 
<ie concurrir á la guerra con Inglaterra. Francia se 
rumprometió á garantizar á España la integridad de 
í^a territorio y la restitución de las Colonias que pudie- 
>eQ serle tomadas en la guerra, y además consignó en 
<iicho tratado que si la suerte de las armas procuraba 
resultados de importancia á sus fuerzas de mar y tie- 
rra, el Emperador prometía emplear su influjo para que 
fuese restituida á S. M. católica la isla de la Trinidad, 
V también los caudales apresados por el enemigo con 
las fragatas españolas de que se apoderó antes de de- 
« larar la guerra. 



lOMi 



184 HISTORIA. PJLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

4. La lucha se inició por mar. Los primeros movi- 
mientos de las escuadras espaftola y fra'licesa no fueron 
completamente desfavorables para éstas, pero hicieron 
comprender á Napoleón que no bastaban para proteger 
un deísembarco en Inglaterra. El combate de Trafalgar, 
glorioso para los españoles, pero de funestos resultados^ 
para la escuadra combinada, por la impericia del Almi- 
rante francés Villeneuve, dio el golpe de gracia á nues- 
tro poder naval, que no volvió á recobrar su antigua 
importancia. 

En tanto Napoleón, á pesar de que sabia que vio- 
lando el territorio de Prusia se enajenaba la voluntad 
(le esta potencia, no vaciló en hacerlo, atraVesando la 
provincia de Auspachs, para colocarse á retaguardia 
del ejército de Mack é interceptar la comunicación de 
éste con los rusos. La operación tuvo un éxito feliz, 
pues encerrados en Ulma 33.000 austríacos, hubieron 
de rendirse sin disparar un tiro (Octubre 1806). Pmsia. 
entonces, aunque sin abandonar de hecho la neutrali- 
dad, firmó el 3 de Noviembre el tratado secreto de coa- 
lición de Potsdam con el Emperador de Rusia, y Napo- 
león, cuyos ejércitos en Italia habían logrado, á las ór- 
denes de Massena, importantes victorias, haciendo pri- 
sioneros á 44.000 austríacos, marchó rápidamente so- 
bre Viena, ocupándola, se apoderó por sorpresa del 
puente sobre el Danubio, entró en Moravia, y alcanzó 
tan completo éxito en Austerlitz (2 Diciembre 1805j , 
que 40.003 hombres, rusos y austriacos, quedaron 
muertos ó heridos en el campo de batalla, y entre los 
prisioneros se contaban 800 oficiales y nueve gene- 
rales. 

Austria se ateri'orizó ante tan repetidos fracasos, y 



HISTORIA lOLÍTlCA Y DIPLOMÁTICA 135 



aunque los rusos querían rehacerse, eii el ánimo del 
Emperador Francisco II triunfó el partido de la paz; 
por lo cual, después de celebrar una entrevista con Na- 
poleón, se firmó un armisticio (6 de Diciembre), al que 
siguió el convcnMó de Viena (\b de Diciembre) entre 
Prusia y Francia, por el cual aquélla cedió á Baviera 
el marquesado de Auspachs j á Francia el principado 
de Neufchatel y el ducado de Cléveris, y Francia cedió 
á. Pmsia el electorado de Hannover; con esto consiguió 
N'apoleón que Prusia infringiera los pactos que la unían 
<*.on Inglaterra (1). 

Rusia, enojada al ver que sus aliados renunciaban 
á proseguir la guerra, evacuó el territorio austriaco, 31 
entonces Napoleón, pudiendo tratar de superior á infe- 
rior con sus enemigos, impuso al Austria el tratado de 
p4AZ de Presburgo de 26 de Diciembre de 1805. 

5. Por este tratado se consagró la unión á Francia 
del Piamonte, de los ducados de Parma y Plasencia y 
del Estado de Genova, unión que Austria no había 
íjiierido sancionar nunca íart. á.**); se aprobaron los 
f-ambios que Napoleón había introducido en los prin- 
cipados de Luca y de Piorabino lart. B."); el Empera- 
dor de Alemania renunció á la parte de los Estados de 
Venecia que le había sido cedida por los tratados de 
Oampo-Formio y de Luneville, la cual debía ser unida 
al reino de Italia (art. 4.**); se reconoció á Napoleón 



(1) Esle convenio fué ñrmado por el Conde de Haugwitz, 
Ministro de Federico Guillermo, que había llegado á Viena en- 
cargado» en nombre de su soberano y del Emperador Alejandro, 
de hacer proposiciones que hubieran podido salvar al Austria. 
Retenido en dicha capital, el Conde de Uang?9vitz fírmó el con- 
venio contraviniendo las instrucciones que había recibido. 



156 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

como rey de Italia (1), pero declarando que las coronas 
Ae Francia y de Italia serían separadas tan pronto co- 
mo las potencias cumplieran las condiciones expresa- 
das en la declaración que publicó Bonaparte al hacer- 
xse coronar, y consignando que éste se reservaba el de- 
signar quién había de sucederle en dicho reino (artícu- 
lo S.'* i; se comprendió en la paz, como aliados de Fran- 
cia, á los electores de Ba viera, de Wurt€?mberg y dt^ 
Badén y á la República bátaya (art. 6.*^); y como Ion 
dos primeros habían tomado el titulo de Rey, y el elec-- 
tor de Badén el de Oran Duque, Austria les reconocía 
dichas dignidades (art. 7.*^), renunciaba á todos sus de- 
rechos sobre los territorios de aquéllos (art. 16), ce- 
diéndoles además los dominios que se expresan en el 
art. 8.°, y el Emperador de Alemania y Austria se com- 
prometía además á no ponerles obstáculo, ni como je- 
fe del Imperio ni como co-Estado, al pleno ejercicio de 
sut soberanía, la cual había de entenderse en la misma 
forma en que dicho Emperador y el Bey de Prusia la 
ejercían sobre sus dominios (art. 14). En cambio de esto 
se adjudicaban al Austria los principados de Salsbur- 
go y de Berchtolsgaden, que la diputación del Imperio 
había dado en 1803 al Q-ran Duque de Toscana; y para 
indemnizar á éste, se obligaba Napoleón á obtener del 
rey de Ba viera la cesión del principado de Wurzbourgo 
(art. 11). La dignidad de Gran Maestre de la Orden 
teutónica, con sus dominios, derechos y rentas, se hacia 
hereditaria en la persona y descendencia directa y mas- 



(1) Sabido es que poco después de proclamarse Emperador, 
convirtió en reino la República italiana, y se hizo coronar co- 
mo rey de Italia. 



BISTODIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 137 



<'ulina de iin príncipe de la casa de Aiistria, designado 
jH)r el Emperador (art. 12). Se garantizaba la integri- 
dad del Imperio de Austria en el astado en qne resul- 
taba por virtud de este tratado (art. 17); y en fin, se 
r^onocía la independencia de la República helvética 
'art. 18). 

Tal era el humillante tratado que Napoleón impuso 
al Austria. Con razón dice un escritor (1) que jamás 
hasta entonces vencedor alguno había abusado de los 
lances de la fortuna como Napoleón abusó de sus éxi- 
r'»s, dictando al Emperador de Austria una paz que le 
<>l)lígaba al sacrificio de las provincias más queridas, 
«ie las que constituían el corazón de la monarquía y 
habían formado siempre él patrimonio de su familia. 
Austria perdió 1.114 millas cuadradas, 2.785.000 habi- 
tantes y 13.600.000 ñorines de renta, y además quedó 
]>rivada de toda comunicación con Suiza y con Italia y 
»le toda influencia en Alemania. ¿Era posible que seme- 
jante paz durase? 

6. Asi como el tratado de Luneville sancionó la 
existencia del Consulado, el de Presburgo consagró la 
'iel Imperio. Napoleón entonces no reconoció límites á 
-íu ambición, y sin respetar convenio alguno ni creer 
<'msider ación de ninguna especie capaz de detenerlo, 
nombró á su hermano José Bonaparte rey de las Dos- 
•^icilias, transformó la Holanda en reino y colocó en su 
trono á Luis, otro de sus hermanos; dio el ducado de 
^lé veris Berg á su cufiado Joaquín Murat, y entregó 
^11 feudos á sus generales y á sus diplomáticos comar- 
< as de Italia y Alemania. Toda su política internacio- 



(1) Garden.-^HÍ«¿oire genérale des traites de paix. 



138 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



nal en este período parece inspirada en el recuerdo de 
aquellos sueños de monarquía universal que acaricia- 
ron Carlos I de España y Luis XIV de Francia; y no 
contento con haber repartido coronas y principados en- 
tre sus deudos y principales servidores, se declaró me- 
diador en Suiza, y formando la Confederación Hhenn- 
TUL en Alemania, se hizo reconocer como protector- Pa- 
recía imposible que aún pretendiera extender la esfera 
de su dominación, y sin embargo, la torpeza de sus ad- 
versarios le proporcionó pretexto adecuado para inten- 
tarlo. 

Muerto Pitt (28 Enero 180G), lleno de pesadumbres 
ante los repetidos triunfos de Francia, le sncediá un 
ministerio de coalición formado por Grenville, Erskin^ 
y Fox, y la influencia de éste, opuesto á la guerra, fa- 
cilitó inteligencias con Talleyrand, que hicieron creer 
posible un acuerdo entre Inglaterra y Francia; per» • 
Fox murió pocos meses después, y Grenville i-oinp¡< V 
toda negociación. Por entonces, Prusia, convencida 
tardíamente del ningún fruto que sacaba de su neutra- 
lidad, se decidió á hacer la guerra. La declaración de 
Federico Guillermo IIT, obra de las constantes excita- 
ciones de su esposa Luisa Augusta, mas que de su Xíro- 
pia iniciativa, no pecó de oportuna. Prusia había podi- 
do luchar antes aliada con Rusia y con Austria, y aca- 
so su concurso hubiera cambiado la suerte de la guerra . 
mientras que en esta ocasión sólo podía contar con el 
auxilio de los rusos y con la esperanza de que si la 
campaña marchaba bien se decidiera Austria á salir del 
estado de abyección en que se encontraba y á cooperar 
á la derrota del enemigo común. 

Las consecuencias de estos errores, agravados por 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA I3^ 

la torpeza de ponerle los prasianoa en campafia sin es- 
perar á los rusos, no pudieron ser más funestas para 
Prosia, porque después de varios combates parciales se 
dio en las llanuras de Jená (14 de Octubre de 1806) 
una memorable batalla en la cual 44.000 prusianos fue- 
ron completamente derrotados por 54.000 franceses. 
Ssta victoria causó en todas partes verdadero asombro, 
y la misma Inglaterra cayó en una especie de abati- 
miento, creyendo que Napoleón era invencible. Diex 
días después entraba en Berlín el Emperador dé lo* 
franceses, y mientras sus generales perseguían á los 
restos del ejército prusiano,, impuso aquél á la capital 
lina contribución de 159.(X)0.000 de francos, dividió la 
Pmsia en cuatro departamentos á la francesa, y tra- 
tando al país con la altivez de un conquistador, rechazó 
la paz, no obstante haber puesto en juego con Napo- 
león todos sus encantos y halagos la hermosísima reina 
I^nisa Augusta. 

Desde Berlín, y sofiando con vencer á Inglaterra. 
ya que no por las armas, arruinando su comercio, de- 
cretó el bloqueo continental (21 Noviembre 1806) y un 
nnevo reclutamiento de tropas en Francia, pues nece- 
sitaba reforzar considerablemente su ejército para lu- 
char con Prusia y Kusia, unidas por un nuevo conve- 
nio (22 Octubre 1806). Puesto otra vez en acción, pe- 
netró en Posen, y halagando á los polacos con la pro- 
mesa de reconstituir su nacionalidad, se procuró su 
concurso. Siguió avanzando luego á través de Rusia, 
donde sus tropas sufrieron muchísimo por el rigor del 
nlima,' pero logró derrotar á los rusos en Eylau (8 Fe- 
brero 1807), Heilsberg (10 Junio) y en Friedland (14 
Junio), no sin sufrir enormes pérdidas y sin adquirir 



M¿ltfa« Í . NaU Í lWr il W* I imiW WI M, MII l* W W l l U M M ■■ ■■ ■ — » ■■■■ ■■ l » » - «»«^r» - » .. - mm... 



140 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



el convencimiento de que los rusos no podían ser ven- 
cidos tan fácilmente como los austríacos y los prusia- 
nos. 

7» Srusia deseaba también la paz, así es que fue 
fácil convenir en una tregua (22 Junio 1807), á la que 
siguió la entrevista de los dos Emperadores en Tilsit 
(25 de Junio). Jóvenes, déspotas, llenos de gloria y eu 
la cúspide del poder, Napoleón y Alejandro se enten- 
dieron fácilmente y arreglaron á su capricho el mimdo, 
conviniendo en constituir un gran imperio deOcciden- 
to para el primero y otro gran imperio en Oriente para 
el segundo, dejando en medio á Alemania, deshecha y 
avasallada. Los Reyes de Prusia se humillaron ante 
Napoleón, y éste consintió en devolver á Federico Grui- 
llermo la mitad de sus Estados, pero declarando lo ha- 
cía sólo por complacer á Alejandro. 

Convenida la paz de TUsit, se estipularon, para rea- 
lizarla, los siguientes convenios: 

1.** Tratado de paz entre Francia y Rusia, firmado 
♦^1 7 de Julio de 1807 por los plenipotenciarios Príncipe 
de Talleyrand de la primera, y Príncipes Hourakin y 
Labanoff de Bostofski, de la segunda. 

2.° Tratado de paz entre Francia y Prusia, firmado 
et día 9 del mismo mes, por los plenipotenciarios Ta- 
lleyrand, feld-mariscal Kalkreuth y Conde de Goltz. 

3.*^ Artículos separados y secretos añadidos á los 
tratados anteriores; y 

4.^ Tratado secreto de alianza ofensiva y defensiva 
entre Francia y Rusia, firmado el mismo día que el de 
la paz. 

He aquí las principales estipulaciones de cada uno 
de esos tratados. 



K^ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 141 



Por el de paz entre Francia y Rusia, después de 
<oiisigiiar que habría paz y amistad perfectas entre 
ambas naciones (art. l."j, y que cesarían inmediata- 
mente las hostilidades (art. 2.°), el Emperador Napo- 
león, queriendo dar una prueba de la sinceridad de su» 
spQtimientos hacia Busia, consentía en restituir al 
Eey de Prusia la parte del ducado de Magdeburgo, si- 
tuado á la derecha del Elba, las marcas de Priegnitz y 
I ckermark, la media y nueva marca de Brandeburgo, 
á excepción del círculo de Cotbus, en la baja Lusace, 
que debería pertenecer al Rey de Sajonia; el ducado 
de Pomerania; la alta, baja y nueva Silesia, con el 
rondado de Glatz; parte del distrito de Netze, etc.; es 
tiecir, que Prusia había de quedar en la situación que 
tenía el 1." de Enero de 177'2, con algunas plazas más 
art. 4.'*). Las provincias que en la citada fecha for- 
maban parte del reino de Polonia, y que desptiés pa- 
saron en distintas épocas á poder de Prusia, a excep- 
<'ión de los territorios nombrados en el artículo anterior 
y del departamento de Bialy stock, debían pasar al Rey 
de Sajonia con el título de ducado de Varsovia (artícu- 
los 5.° y 9."). La ciudad de Dantzick con dos leguas de 
terreno á la redonda, fué declarada independiente bajo 
la protección de los Reyes de Prusia y Sajonia, debien- 
do gobernarse por las leyes que poseía al perder su in- 
dependencia (art. 6.°). Para facilitar las comunicacio- 
nes entre el reino de Sajonia y el ducado de Varsovia. 
se concedía al soberano de aquel el libre uso de una ruta 
militar á través de Prusia, debiendo regularee por una 
<on vención especial, hecha entre ambos soberanos por 
mediación de Francia, el número de tropas que podrán 
pasar á la vez por dicha ruta y los lugares de etapa 



I II itll|ÉWIIIIII»*lW 



142 HISTORIA POLÍTICA Y WPí.OMÁTlCX 

{art. 7.''). Ni los Reyes de Prusia y de Sajonia, ni la 
<}iudad de Dantzick podrían impedir por prohibición 
alguna, ni dificultar por el establecimiento de peage, 
derecho ó impuesto de cualquier especie que fuera, 
la navegación del Vístula (art. 8.^). Se reunía al Impe- 
rio de Rusia la parte de la nueva Prusia oriental, de- 
nominada Departamento de Bialystock (art. 9.^). Los 
Duques de Sajonia Coburgo, de Oldenburgo y de Meck- 
lenburgo-Schwérin eran confirmados en la posesión de 
sus, Estados; pero los puertos de los ducadoe de Olden- 
burgo y de Mecklenburgo debían continuar ocupados 
por tropas francesas hasta el canje de las ratificacio- 
nes del futuro tratado de paz definitivo entre Francia 
é Inglaterra (art. 12), para la conclusión de cuyo tra- 
tado aceptaba Napoleón la mediación del Emperador 
de Rusia (art. 13). El Emperador Alejandro reconocía 
como Reyes de Ñapóles y de Holanda á José y Luis 
Bonaparte , respectivamente ; y asimismo reconocía 
el monarca ruso la confederación Rhenana (artículos 
14 y 16), y el "nuevo reino de Westfalia, compuesto 
de las provincias cedidas por el Rey de Prusia á la 
izquierda del Elba y otros Estados poseídos por Na- 
poleón, y como Rey de aquél é Jerónimo Bonapar- 
te (arts. 18 y 19). Rusia cedía a Luis Bonaparte, Rey 
de Holanda, el señorío de Jever, pequeño territorio si- 
tuado en el mar del Norte, entre el principado de Ost- 
Frise y el ducado de Oldenburgo (art. 16). Se convenía 
en la cesación de hostilidades entre Rusia y Turquía, 
aceptando la primera la mediación francesa para ajus- 
tar un tratado de paz (arts. 21 al 24). Ambos Empera- 
dores se garantizaban la integridad de sus posesiones 
_y las de las potencias comprendidas en el tratado (ar- 



HISTUBIA. POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 143 



tícolo 25). Se prescribía la restitución en masa de los 
prisioneros de guerra (art. 26), y en fin, se establecía 
que las relaciones comerciales entre el Imperio francés, 
los reinos de Italia, Ñapóles y Holanda, y los Estados 
confederados, de una parte, y el Imperio ruso de la 
otra^ serían restablecidas como estaban antes de la 
guerra (art. 27). 

Por el tratado entre Francia y Prusia, Napoleón 
restituía á ésta las provincias designadas en el ar- 
tículo 4.* del tratado anterior (art. 2.**). El rey de Pru- 
sia reconocía la confederación Rhenana, y á José, Luis 
y Jerónimo Bonaparte como reyes de Ñapóles, Holanda 
y Westfalia respectivamente (art.. 3.** al 6.°), y cedía á 
los reyes, grandes-duques ó príncipes que designase Na- 
poleón, todo lo que poseía al comienzo de la guerra en- 
tre el Rhin y el Elba (art. 7.^). El reino de Westfalia se 
había de componer de las provincias cedidas por el Bey 
de Prusia y otras que poseía Napoleón (art. 8.**). Prusia 
renunciaba á sus posesiones entre los dos citados ríos, 
el Bhin y el Elba, á las que ya pertenecían al Rey de 
Sajonia y á la casa de Anhal, sitas á la derecha del 
Elba (art. 10); cedía al Rey de Sajonia el círculo de 
Cotbus (art. 12); renunciaba también á las provincias 
<iae habían pertenecido á Polonia hasta 1.^ de Enero 
de 1772, excepto el Ermeland y una parte de la Prusia 
í^ccidental (art* 13), y asimismo á la ciudad de Dant- 
zik (árt. 14), que volvía á ser independiente (art. 19), 
ton la obligación de quedar cerrada, durante'la presen- 
te guerra marítima, al comercio y á la navegación de 
los ingleses (art. 21). Las provincias polacas á que re- 
nunciaba Prusia por el art. 13, las poseería el Rey de 
Sajonia con el título de Ducado de Varsovia (art. 15), 



Husia (art. 18). Prnsia concedía á Sajonia el uso fl«> 
una ruta á través de au territorio para comunicars»* 
con Varaovia en la forma fijada on el art, 7." del ante- 
ñor tratado (art. 16). En fin, todos los puertos de !Pru- 
3Ía, sin excepción, quedaban cerrados al comercio y na- 
vegación de Io3 ingleses hasta la ratificación del futuro 
tratado de paz entre Francia é Inglaterra (art. 26>. 

Por los artictüos separados y secretos, anejos á los 
dos tratados anteriores, se estipulaba: la entrega á la.s 
tropas francesas del país conocido con el nombre de 
Cattaro (art. 1."); que las Siete-Islas serían poseíd&.*í 
en toda propiedad y soberanía por el emperador Na- 
poleón (art, 2."!; que éste no inquietaría á los subditos 
de la Sublime Puerta, acusados de haber tomado parre 
en las hostilidades contra él (art. S."':; que tan luego ct- 
mo los Borbolles de Ñapóles fuesen indemnizados con 
las Islas Baleares (1) ó con la de Candía, el emperadoi- 
Alejandro reconocei-fa á José Bonaparte como rey d** 
las Dos Sicilias, del mismo modo que en el tratado l«i 
había reconocido como rey de Ñapóles (art. 4."); se asi— 
guraban sus títulos vitalicios á muchos príncipes sobi^- 
ranos desposeídos de sus Estados, como los jefes de ]a>: 
casas de Hesse-Cassel , Brunswick y Nassau-Oraiign 
(art. 5."); que si el Hannover era reunido ai reino d« 
Westfalia, se restituiría á Prusia un temtorio sobre la 
izquierda del Elba, con una población de trescientas á 
cuatrocientas mil almas (art, 6,"), y que ai para 1." de 
Diciembre de 1807 Inglaterra no había consentido en 



(1) Otra prueba de la buena amistad francesa. NtipoleúiL 
disponía como de cjí>a ]iro;)i« de parte del territoria espaüol. 



\ HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 145 

\ 



firmar la paz en condiciones recíprocamente honrosas 
y conformes á los verdaderos principios del Derecho 
marítimo, Pruaia haría causa común con Francia (ar- 
tícnlo 7.**) 

Por el tratado de alianza entre Francia y Rusia se 
dispuso que la alianza sería ofensiva y defensiva; que 
las dos potencias harían causa común en todas circuns- 
t:a]icias, uniendo sus fuerzas de mar y tierra en toda 
gnerra que tuvieran que sostener; que la alianza ten- 
dría particularmente aplicación contra Inglaterra y 
Turquía, pero que antes se harían gestiones para obte- 
la paz, ofreciendo Kusia su mediación con Inglate- 
y Francia la suya con Turquía. Si Inglaterra no 
arCeptaba la mediación de Rusia, ó si aceptándola He* 
^aba el 1.*^ de Noviembre vsln que aquella hubiera con- 
sentido en hacer la paz reconociendo «que los pabello- 
nes de todas las potencias deben gozar de una igual y 
j>erfecta independencia sobre los mares y restituyendo 
l&s conquistas hechas á Francia y á sus aliados des- 
de 1806,» Rusia debía notificar al Gobierno inglés, en 
todo el mes de Noviembre, que el emperador Alejandro 
liacía causa común con Francia. Si el 1.** de Diciembre 
el Grabinete británico no había dado una respuesta sa- 
tisfactoria á la notificación rusa, Francia y Busia^ inti- 
marían á las Cortes de Copenhague, Stockolmo y Lis- 
boa á cerrar sus puertas á los ingleses y declarar la 
smerra, á Inglaterra. Las dos potencias insistirían cerca 
de la Corte de Viena para hacerla aceptar sus princi- 

'na V asociarse á sus medidas á fin de asegurar el 
píos, j 

. £^ En ®1 ^^^^ de que la Gran Bretaña aceptase 

nndícíones formuladas por los aliados, le sería de- 

- jj^iixiover en compensación de las Colonias fran- 



10 



141 



vesaa, holam 

comprometía á hacer causa común con Rusia si Tur- 
']tiía no aceptaba la mediación de aquélla, ó si acepta- 
da, no 36 llegaba á un acuerdo antes de tres meses des- 
pués de iniciadas las negociaciones. 

Además de estos tratados, parece ser que los Empe- 
dores Napoleón y Alejandro convinieron en diez artí- 
<;ulos secretos, segiín los cuales, Rusia se apoderaría 
de la Turquía europea y extendería sus conqnistas por 
el Asiaj la dinastía de los Borbones en España y la de 
Braganza en Portugal, dejarían de reinar, y un prín- 
cipe de la familia Bonaparte ocuparía el trono de am- 
bos reinos; cesaría la autoridad del Papa, y Roma y 
sus dependencias serían reunidos al reino de Italia; la 
marina rusa ayudaría á la francesa á conquistar ¿ Gi- 
braltar; las conquistas que Francia hiciese en África 
serían dadas á los reyes de Sicilia y Gerdefia; Francia 
ocuparía Malta y el £gipto; sólo podrían navegar en 
el Mediterráneo los buques franceses, rusos, espa&oles 
é italianos, etc. Estos acuerdos, aunque no publicado» 
oficialmente, son hoy verdades históricas. 

Tal fué la paz de Tilsit. Kusia, aunqtie vencida , 
conservó íntegro su territorio, si bien hubo de sacrifi- 
car á Suecia, que siempre le había sido fiel. Praaia, 
perdiendo el espacio comprendido entre el Rhin y el 
Elba y toda la Polonia, quedó reducida á la mitad. 
Alemania estaba deshecha y concluyó de avasallarla el 
crecimiento de la confederación Rhenana y la creación 
del reino de "Westfalia, que Napoleón dio á su herioano 
Jerónimo. Austria, si bien contenida por los reinos de 
Baviera y Wurtemberg, erigidos por Bonaparte, no 
podía resignarse con su derrota. El Emperador de los 



HISTORIA POI.fTE'A Y nÍPLI>UÍTICA 147 

franceses dominaba en todas partes, Pero como dice 
Tliiers, aquella campafia, admirable como obra militar, 
-r.i. romo obra política, imprudente, excesiva y qiiimé- 
riía, y aun luego hwbo de trocarla en perjudicial para 
~a ptieblo cuando en su odio á Inglaterra, sin cómpren- 
la las verdaderas causas del poderío de ésta, decretó 
•^I famoso y discutidísimo sist«ma del bloqueo conti- 
nental. 

8. Inglaterra seguía haciendo frente á Francia, y 
'■II el único campo de batalla posible en ambas naciones, 
f-l mar, la Boperioridad de la primera era indiscutible. 
Aunque Nelson Había muerto en el terrible combate de 
Trafalgar, en el que compró aquél la victoria y obtuvo 
\:i <lestrucción de las escuadras francesa y española, á 
esta de so vida, los marinos ingleses, aleccionados por 
•■I. signieron'su táctica, y en vez de formar grandes li- 
mas, esforzarse para llegar al abordaje y girar detrás 
'IpI enemigo para cogerlo entre dos fuegos, concentra- 
'■an sos esfuerzos en un solo punto, cortaban la línea 
"iipmiga y batían en detalle escuadras cuyos buques 
lili estaban adiestrados como los ingleses, para manio- 
''far por sí , y secundar con entera independencia el 
plan general del combate. De este modo, el almirante 
Irancés Linois, batido en el Océano índico por una flota 
iiii^rcante inglesa, fué cogido al regresar á Europa, por 
la "scuadr» del almirante Waren y tuvo que rendirse; 
"Ira escuadra que salió de Brest en dirección á Santo 
I'nmingo, fué vencida y capturada, y cuantas empresas 
li'ir mar intentó Napoleón fracasaron con enormes pér- 
'liílas. 

Fiada en su inmensa superioridad uiaritima. Ingla- 
''■rradeclftró en l<i de Mayo de l«í>fi Moqueado» todoslos 




148 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



puertos del Imperio francés, desde Brest hasta el SH^a^^ 
fuese ó no efectivo el bloqueo, lo cual era contrario á. 
los principios que casi todas las potencias habían acep- 
tado y que se hallaban consignados en el tratado do 3i> 
de Abril de 1725 entre España y Austria, en el de 1T9."> 
entre España y los Estados Unidos, y en la ConA'eíii- 
cipn marítima del Norte de 16 de Diciembre de 1800. 
en todos los que se había establecido, más ó menos ex- 
plícitamente, que «un puerto no podía considerars*^ 
bloqueado sino cuando la entrada en él fuese evidente- 
mente peligrosa á causa de las medidas tomadas por 
una de las potencias beligerantes colocando sus bart^os^ 
próximos á él.» Sin embargo, preciso es consignar im- 
parcialmente que en dicha orden de IB de Mayo sólo se 
designaba como rigorosamente bloqueada la parte eom- 
prendida entre Ostende y la desembocadura del Sena, 
es decir, aquellos puertos en los cuales se hicieron du- 
rante muchos años preparativos para un desembarco en 
la Gran Bretaña, y que, en cnanto á los puertos de la 
Alemania septentrional y de la Holanda, la declaración 
añadía que la entrada y salida de éstos no estarían im- 
pedidas á los navios neutrales, con tal que los que arri- 
basen no hubiesen sido fletados ni los que salieran fue- 
sen destinados á puertos enemigos, y que su cargamen- 
to no consistiese en propiedad del enemigo ni en con- 
trabando de guerra. 

Napoleón responcUó al bloqueo marítimo con el .*íi.«- 
tema continental. Por decreto expedido en Berlín el 21 
de Noviembre de 180f), dispuso: 

1.° Las islas británicas eran declaradas en estado 
de bloqueo. 

2.° Todo comercio y toda correspondencia con di- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 149 

-chas islas quedaba prohibido, y en su consecuencia las 
cartas y paquetes dirigidas á Inglaterra ó á un inglés, 
4j escritas en lengua inglesa, no podrían circular y se- 
rian secuestradas. 

3.** Todo individuo, subdito de Inglaterra, cuales- 
<|uiera que sean su estado y condición, que se encon- 
trare en países ocupados por las tropas francesas ó 
por las de los aliados de Francia, sería hecho prisione- 
ro de guerra. 

4-** Toda propiedad inglesa era declarada buena 
presa, y lo mismo los productos ó procedencias de las 
íabricas ó Colonias inglesas. 

5." Todo buque procedente directamente de Ingla- 
terra ó de sus Colonias, ó que hubiese tocado en aqué- 
lla ó éstas después de la publicación del presente de- 
creto, no sería recibido en puerto alguno. 

Por opuesta á los principios de derecho marítimo 
que se considere la declaración del Consejo británico 
de 16 de Mayo, hay que reconocer que no justificaba 
los términos exagerados del decreto de Berlín. Así es 
que no puede extrañar que Inglaterra contestase con 
la orden de 7 de Enero de 1807, prohibiendo todo co- 
.inercio entre los puertos franceses ó de sus aliados ú ocu- 
pados por Francia ó sometidos á su influencia, y decla- 
rando que todo buque que intentase eludir esta prohi- 
bición sería juzgado buena presa. 

Napoleón dictó entonces el decreto de Varsovia (26 
de Enero de 1807), ordenando la confiscación de todas 
las mercancías inglesas y géneros coloniales aprehen- 
didos en las ciudades anseáticas, y la Gran Bretaña pres- 
cribió de nuevo (11 de Marzo) el bloqueo rigoroso del 
ülba, del "Weser y del Ems. Publicáronse nuevas órde- 



•■tJ«.'->A »-tu.í 



150 HlbTORlA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

nes por una y otra parte, pero Inglaterra, con maravi- 
lloso buen sentido, procuró facilitar en su propio pro- 
vecho el comercio de los neutrales, permitiendo á éstos* 
(26 Noviembre) cargar en los puertos ingleses mercan- 
cías inglesas ó géneros de las Indias orientales ó iner- 
cancí as apresadas, y llevarlas i los puertos no bloquea- 
dos de las Colonias occidentales enemigas ó á la Am*^- 
rica; modificándose la orden de 11 de Noviembre en el 
sentido de permitir algunas otras exportaciones, pero 
condicionalmente y obteniendo una licencia ad /ío<t. 
Mucho más que las anteriores intransigencias per- 
judicaba á los planes del Emperador esta última medi- 
da, puesto que al parque daba facilidades alcomercio ele 
los neutrales, hacienio así que persistieran en su acti- 
tud, alimentábala producción inglesa y . conquistaba 
para ésta el monopolio de los mercados americano!?. 
Así es que Napoleón, que se encontraba en Milán, se 
apresuró ¿ quitar toda esperanza de comercio á los n én- 
trales, y para ello publicó el 17 de Diciembre de 1807 
una orden, conocida con el título de Decreto de Mildu, 
disponiendo todo lo contrario de lo mandado por In- 
glaterra, de suerte que todo comercio fué aniquilado 
de un golpe. En efecto: se ordenaba en ese decreto que. 
todo buque, cualquiera que fuese su nación, que se 
sometiese a lo dispuesto en 1 1 de Ncrviembre por el Con- 
sejo británico, se consideraría, por. este solo hecho, 
como desnacionalizado y propiedad de Inglaterra, y 
bien entrase en un puerto de Francia ó de sus aliados ^ 
bien fuese apresado por los buques de guerra ó los cor- 
sarios franceses, sería considerado buena presa; y se 
declaraba también bloqueadas las islas británicas, tan- 
to por mar como por tierra, de manera que todo bu- 



HISTORIA POLÍTICA Y DlPLOMÁTir A lol 

^^^^~^^—^ I I , ^.^.^^ lili I ■! I — I I II 

íjue, de cualquier nación y con cualquier cargamento, 
expedido de los puertos de Inglaterra ó de las Colonias 
inglesas ó de los países ocupados por tropas inglesas, 
ó dirigido á cualquiera de estos lugares, seria considtí- 
rado buena presa. Para asegurar la ejecución de este 
decreto se ordenó en 11 de Enero de 1808 que el denun- 
ciador tendría derecho á la tercera parte del producto 
en venta de todo buque apresado con arreglo al ante- 
rior. 

He ahí, frente ¿ frente, los dos sistemas, el continta- 
ial de Napoleón y el del bloqueo marítimo de la Gran 
Bretaña. 

El sistema continental apreciado por algunos tra- 
tadistas, Klüber y Heffter entre otros, como una con- 
lepción tan gigantesca como fecunda, digna del hom- 
bre de quien procedía, y considerado por otros, como 
Heeren y Martens, cual una extravagante medida de 
odioso despotismo, conjunto de disposiciones violentas, 
por las que se puso el Emperador francés en oposición 
con todos los principios de la civilización, no puede en 
realidad ser defendido ni disculpado siquiera. 

Comparando ambos sistemas, resulta más lógico, 
menos perjudicial y mucho más práctico el adoptado 
por Inglaterra. En ésta, como hace observar oportuna- 
mente Grardén, el patriotismo sostenía bien los pro- 
yectos del Gobierno, porque era dado casi siempre al 
interés individual unirse á los movimientos del amor 
patrio. Además, los ingleses podían con facilidad ha- 
cer acceder á su plan un gran número de pueblos eu- 
ropeos, los cuales encontraban ventaja positiva en co- 
merciar con la Gran Bretaña. Pero el sistema francés, 
imposible de ser efectivo, porque Francia carecía de 



152 HISTORIA POLÍIICA Y DIPLOMÁTICA 

las fuerzd'S navales necesarias para ello, obligaba á los 
neutrales á acatar operaciones militares imaginarias, 
y á considerar bloqueado lo que no lo estaba. Además, 
los resultados de ese sistema sólo beneficiaban á Fran- 
cia, y exigían á países que no poseían más que puertos y 
costas, como Suecia, que renunciasen al comercio, su 
linico elemento de vida. ¿Podía soñar Napoleón que to- 
dos los pueblos se impusieran los más grandes sacrificios 
sólo para beneficiar á algunos franceses? Lo softó, pero 
como no, era más que un sueño, no obtuvo otro resul- 
tado ^ue arruinar el continente mientras Inglaterra se 
enriquecía. 



CAPITULO VIII. 



1 Holaclones entre España y Francia —2. Tratado de Fontainebleau.— 
3. Propósitos deNapoleóo.— 4. Tratados de Bayona.— 5. Constitución de 
1808. — 6. Situación política de España al estallar la guerra de la Inde- 
peodeacia. — 7. Levantamiento de España contra los franceses.— 8. Tra- 
tado de alianza con Inglaterra —9.' Constitución de 1812. 



y * 1. Declarada por Carlos IV la guerra á Inglaterra 
H ^1 12 de Diciembre de 1804, y firmado el tratado de 
París de 4 de Enero de 1805, entre España y Fj'ancia, 
parecía natural que las relaciones de estas dos poten- 
cias hubiesen sido cada vez más íntimas; pero lejos de 
suceder así, poco faltó para que se llegara á un rompi- 
miento. El gabinete de Londres, al propio tiempo que 
hacía perseguir con toda energía al comercio español, 
no dejaba de repetir constantemente á la corte de Ma- 
drid, por medio de sus agentes secretos, que si no se 
separaba pronto de la alianza con Napoleón, y tomaba 
parte en la coalición contra éste, debía temblar por la 
suerte de la monarquía, y prepararse á recibir el mis- 
mo pago, que los Borbones de Ñapóles. 

Carlos IV, ó mejor dicho, su consejero y favorito el 
príncipe de la Paz, vacilaba sin atreverse á adoptar una 
actitud franca y resuelta. Por un lado, accediendo á la 
pretensión del Emperador, mandaba cinco mil hombres 



\ 



154 HISTORIA I>OLÍTiCA Y DIPLOMÁTICA 

á Florencia, á las órdenes del general Ofarril, para re- 
levar á la guarnición francesa; entregaba á Francia' 
veinticuatro millones de francos pertenecientes á la ca- 
ja de consolidación de Madrid, y comisionaba a Iz- 
quierdo para que á (*ambio de esta importante entrega 
negociase un nuevo tratado, que el Emperador fué di- 
latando con mil pretextos. Por otro lado, sospechando 
que Napoleón se burlaba de su credulidad, volvía los^ 
ojos á Inglaterra y enviaba á don Agustín Arguelles sL 

m 

Londres con el encargo de negociar una alianza: pre- 
paraba su ejército cediendo a las excitaciones de aque- 
lla potencia y á las de Rusia y Prusia, para invadir el 
Mediodía de Francia; y al conocer los artículos secre- 
tos pactados entre Rusia y Francia, por uno de los 
cuales Napoleón daba como indemnización las Islán 
Baleares al desposeído Fernando de Ná|)oles, publicaba 
una prgclama (6 de Octubre de 1806), proclama famo- 
sa por sus vaguedades, pues en ella se hablaba de giie- 
rra próxima sin decir quién era el enemigo, y se hacía 
un llamamiento al espíritu nacional, sin expresar qué 
causas lo motivaban. Ocho días después (14 Octubre) 
Napoleón triunfaba en Jena, y proseguía su marcha 
victoriosa á Berlín. La coalición había sido vencida una 
vez más, y España se encontraba colocada en un ver- 
dadero conflicto, por lo cual Grodoy se apresuró á des- 
agraviar al Emperador, haciéndole mil protestas de que 
aquella proclama iba dirigida contra Inglaterra. 

Seguro es que Napoleón conoció los verdaderos pro- ' 
pósitos del Príncipe de la Paz, pero no se dio por en- 
tendido y aceptó como buenas las explicaciones que se 
le dieron. Importaba á aquél en tales momentos no 
enemistarse con España, porque, para realizar su» 



HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 155 

ideales contra Inglaterra, necesitaba anular ó destruir 
el único aliado que restaba á aquélla, Portugal, verda- 
dera colonia inglesa que no se había adherido al Wo- 
queo continental; y no podía lograrlo fácilmente sin el 
concurso de las fuerzas españolas. De aquí que, hacien- 
do como que no había comprendido las intenciones de 
Godoy, y aparentando ignorancia de sus tratos con la 
(xran Bretaña, procuró sacar todo el partido posible de 
la situación, imponiendo á Izquierdo el tratado de Fon- 
fuinebleau de 27 de Octubre de 1807. 

2. Disponíase en dicho tratado: que la provincia de 
entre Miño y Duero con la ciudad de Oporto se daría 
en plena propiedad y soberanía á S. M. el Rey de Etru- 
ria con el título de Rey de la Lusitania septentrional; 
que la provincia de Alentejo y el reino de los Algarbes, 
se darían en toda propiedad y soberanía al príncipe de 
la Paz para que los disfrutase con el título áe principe 
de los Algarbe»; que las provincias de Beira, Tras-los- 
Montes y Extremadura portuguesa quedarían en depó- 
sito hasta la paz general, para disponer de ellas según 
las circunstancias y lo que se concertarse entre las dos 
altas partes contratantes; que el reino de la Lusitania 
septentrional sería poseído por los descendientes de 
S. M. el rey de Etruria por juro de heredad y siguien- 
do las leyes de sucesión vigentes en la familia reinante 
de S. M. el Rey de España; que los descendientes del 
Príncipe de la Paz poseerían el principado de los Algar- 
bes por juro de heredad y siguiendo las leyes de suce- 
siónque estaban en uso en la familia reinante de S. M. el 
Rey de España; que á falta de descendientes ó herede- 
ros legítimos del Rey de la Lusitania septentrional ó 
del Príncipe de los Algarbes, S. M. el Rey de España 



-■"•'' 



156 HISTORIA POLÍTICA \ DIPLOMÁTICA 

daría dicho país por investidura, sin que nunca pudie- 
ran reunirse en una misma persona ó á la corona de Es- 
paña; que el reino de la Lusitania septentrional y el 
principado de los Algarbes, reconocerían por protector 
á S. M. católica el Bey de España, y en ningún caso 
podrían los soberanos de estos países hacer la paz ni 
la guerra sin su intervención; que, en caso de que las 
provincias de Beira, Tras-los-Montes y Extremadura 
portuguesa que quedaban en secuestro, fuesen devuel- 
tas en la paz general á la casa de Braganza en cambio 
de Gibraltar, la Trinidad y otras Colonias conquista- 
das por los ingleses á España y sus aliados, el nuevo 
soberano de estas provincias tendría con respecto á su 
majestad católica el Rey de España los mismos lazos 
que el Rey de la Lusitania septentrional y que el Prín- 
cipe de los Algarbes, poseyéndolas con iguales condi- 
ciones; que S. M. el Rey de Etruria cedía en plena 
propiedad y soberanía el reino de Etruria á S. M. el 
Emperador de los franceses, Rey de Italia; que luego 
que se verificase la ocupación definitiva de las provin- 
cias de Portugal, los diferentes príncipes que las pose- 
yesen nombrarían de concierto comisarios que fijasen 
los límites naturales de ellas; que S. M. el Emperador 
garantizaba á S. M. católica el Rey de. España la po- 
¿sesión de sus Estados del continente de Europa, situa- 
dos al Mediodía de los Pirineos; que además el Empe- 
rador se obligaba á reconocer y á hacer que reconocie- 
sen á S. M. el Rey de España como Emperador de las 
dos Américas, luego que se hallase todo preparado para 
que S. M. tomase este título, lo que podría ser ó bien 
á la paz general, ó á más tardar en el término de tres 
años; que las dos altas partes contratantes se enteii- 






HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 157 

derían para hacer una división igual de l«as Islas, Colo- 
nias y otras propiedades de Portugal; y en fin, qu(^ 
este convenio había de permanecer secreto. 

3. ¡Torpeza grande la de Carlos IV y sus ministros 
al creer que Napoleón cumpliría este tratado! El Em- 
perador había vencido siempre más por la astucia que 
por la fuerza, y por la astucia y el engaño logró apo- 
derarse de Espafia, deslumhrando á la corte de Madrid 
<on la esperanza de engrandecimientos territoriales 
4ue cualquier político medianamente experto habría 
juzgado desde luego imposibles. Pero torpeza aún ma- 
yor la de Napoleón, el cual, equivocando pueblos y 
tiempos, como dice Garden, creyó posible llegar á Ma- 
drid como había llegado á Viena y Berlín. Acostum- 
brado á luchar exclusivamente con los Monarcas y los 
Gobiernos, no pudo creer que teniendo en su poder los 
re3'es de España le ofreciera ésta gran resistencia, 
toda vez que durante los años anteriores había procu- 
rado arruinarla con la exigencia de grandes subsidios 
y últimamente la había privado de sus tropas más es- 
cogidas, haciendo mandar á Toscana un cuerpo de 
ejército de quince mil hombres mandados por el Gene- 
ral Ofarril, y otro á Dinamarca de catorce mil solda- 
dos á las órdenes del Marqués de la Romana. 

La situación interior de la corte española favorecía 
sus designios. Hallábase ésta dividida en dos grandes 
partidos: uno el de Godoy, que contaba con el resuelto 
apoyo de los Reyes, y otro el de los enemigos de aquél, 
los cuales, dirigidos por el Duque del Infantado y el 
Canónigo Escoiquiz, fundaban todas sus esperanzas en 
el Príncipe de Asturias, D. Femando. Las luchas en- 
tre estos dos partidos originai'on el motín de Aranjuez 



158 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



(Marzo de 1808), la abdicación de Carlos IV, el viaje 
de la familia real á Bayona, la renuncia forzosa de 
Femando VII en su padre, y la de éste en Napo- 
león. 

4. Es sobrado conocida la historia de todo este pe- 
ríodo para que precise reseñarla. Únicamente interesa 
dar á conocer los tratador de Bayéna eútre Napoleón, 
Carlos IV y Fernando VII, concluidos el 5 y 10 de 
Mayo respectivamente. 

En el primero, firmado por el General Dtiroc y el 
Príncipe de la Paz, en nombre de sus respectivos sobe- 
ranos, Carlos IV cedía á Napoleón todos sus derechos 
al trono de España e Indias, bajo las siguientes condi- 
ciones: 1.* La integridad del reino sería mantenida. 
2.* El Príncipe que el Emperador colocase en el trono 
de España, sería independiente, y los límites de la na- 
ción no sufrirían alteración alguna; y 3.* La religión 
católica, apostólica y romana sería la única en España, 
no pudiendo tolerarse ninguna otra reformada y mucho 
menos infiel, siguiendo el uso establecido hasta enton- 
ces (arts. 1.** y 2.°). — Todos los actos realizados contra 
los fieles subditos del Rey de España, con posteriori- 
dad al motín de Aranjuez, serían nulos y de ningún 
valor, y las propiedades de aquéllos, les serían resti- 
tuidas (art. 3.^). — Napoleón se obligaba á dar asilo en 
sus Estados al Hey Carlos, á la Heina, á su familia, al 
Príncipe de la Paz y á aquellos de sus servidores que 
quisieran seguirles, los cuales gozarían en Francia de 
un rango equivalente al que poseían en España (artí- 
culo 4.**). — El palacio imperial de Compiégne, con los 
parques y jardines dependientes de él, estarían á la 
disposición del Rey Carlos durante su vida (art. 5.°).— 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 159 

El Emperador daba y garantizaba á Carlos lY una 
li<ta civil de treinta millones de reales, pagada directa- 
mente todos los meses por el tesoro de la corona. A la 
üuierte del Bey, gozaría la Reina de una viudedad de 
(loá millones (art. 6.°). — Los Infantes de España ten* 
•Irían una renta anual de cuatrocientos mil francos, 
^i^ndo ésta revertible de un^i á otra rama, según las 
leyes civiles, y pasando dichas rentas' á la corona de 
Francia en el caso de extinción de todas las ramas (ar- 
ticulo 7.*^). — Napoleón ofrecía hacer un convenio con el 
futuro Bey de España para el pago de la lista y de las 
rtut^s comprendidas en los artículos precedentes; pero 
í'arlos TV sólo tendría que entenderse con el tesoro de 
Francia (art. 8.**). — El Emperador hacia donación á 
(^'dúos IV del castiDo de Chambord con todas sus de- 
jiendencias, para poseerlo en pieria propiedad y dispo- 
ner de él como quisiera (art. 9.*^); y en cambio Carlos 
IV renunciaba en favor de aquél todos los bienes alo- 
íliales y particulares que poseía en España, no perte- 
necientes á la corona. Los Infantes continuarían go- 
zando de* las rentas de las encomiendas que poseían 
'art. 10). 

El segundo tratado suscrito por el citado General 
Dnroc y el consejero Escoiquiz, en nombre de Napo- 
león y del Príncipe de Asturias don Femando, conte- 
nía las siguientes cláusulas: El Príncipe de Asturias se 
adhería á la cesión hecha por su padre, y renunciaba á 
todos sus derechos á la corona (art. 1.**). — El Empera- 
dor concedía en Francia ¿ Fernando el título de Alteza 
real, y el de Alteza serenísima á sus descendientes (ar- 
tículo 2,^)s — Napoleón cedía al Príncipe y sus descen- 
dientes, los palacios, parques y bosques de Navarra en 






POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



una extensión de cincuenta mil arpents (1), libres iíp 
toda hipoteca y en toda propiedad (arts. 3." y 4.";.— 
Además le concedía nna renta de cnatrocientos mil 
francos, pagaderos por eí tesoro de Francia y transmi- 
sible á sus descendientes (art. B."); y otra vitalicia iJ>' 
seiscientos mil francos, la mitad de la cual costituin'a 
la viudedad de la Princesa (art. 6."}. — El Emperador 
concedía y garantizaba á los Infantes don Antonio. \ 
don Carlos y don Francisco el título de Alteza real y p1 
de Alteza serenísima á sus descendientes; ©1 disfrute <ií 
las rentas de sus encomiendas en España, y una renta 
de cuatrocientos mil francos (art- 7."). 

En virtud de estos tratados, impuestos por la vio- ¡ 
lencia y por el terror, Napoleón se consideró como R^'v 
y dueño de España, pero debiendo pasar la corona i \ 
uno de sus liermanos, consultó al Consejo de Castilla ¡I 
cuál de ^stos liebia dar la preferencia, consulta evacúa- ; 
d'a con cierta dignidad, pues el Consejo contestó que iii> ' 
estimaba válidas las renuncias, ni reconocía derecho eu : 
Napoleón para transferir á otro la corona, y que so)a 
mente bajo condición de que su respuesta \\6 había '!■■ 
perjudicar en lo más mínimo á los derechos de la fami- 
lia real española, declaraba que le parecía convenienii' ; 
recayese la designación eu José Bonaparte, Rey <\'- 
Ñapóles. Napoleón, prescindiendo de lo que no le con- 
venía y ateniéndose únicamente á la última parte (Jcl 
informe, designó como Rey á su hermano José, con pI | 
que celebró un tratado en Bayona el 5 de Julio 'I*" i 
1808, en el cual Napoleón cedía á José Bonaparte los 
derechos á la corona de España y de las Indias, regii- 

(1} Arpents, medida ipie variaba <le 30 á 51 arcas, s^friín c) 



HISTORIA IKJLÍl'lCA Y DIPLOMÁTICA IGI 



laba el orden de sucesión y declaraba que no podx'ía 
reunirse aquélla con otra corona en una misma cabe- 
za. José Bonapárte se obligaba á pagar al tesoro de 
Francia el importe de las pensiones de que habría de 
gozar la familia real destronada, y el valor de la.s pose- 
siones cedidas á Carlos IV y Fernando VII. Se con- 
certaba una alianza ofensiva y defensiva, y se dictaban 
algunas reglas comerciales. José Bonapárte renunciaba 

« 

en favor de Napoleón el trono de las Dos Sicilias, el 
cnal fué dado por el Estatuto Constitucional de Bayo^ 
na (15 Julio) al General Murat. 

5. Debió comprender el ílmperador que, no obs- 
tante el aspecto de legitimidad que daban á sus pre- 
tensiones los tratados que concertó con Carlos IV y 
Fernando VII, había de serle muy difícil imponerse á 
los españoles, y queriendo sin duda, decidir en su fa- 
vor á ciertos elementos y neutralizar así los esfuerzos 
del patriotismo que comenzaba á revelarse por todas 
{jartes, publicó un decreto (24 Mayo 1808^ mandando 
f)ue el 15 de Junio se reuniese en Bayona una Asam- 
blea de notables para que formase la Constitución po- 
lítica por que había de regirse España. 

La Junta, que con el nombre de Suprema guberna- 
tiva, había dejado formada Fernando Vil al salir de 
Madrid, Junta que tuvo la debilidad de aceptar la pre- 
?^dencia de Murat, cuando el presidente nombrado por 
ííl Eey, el Infante don Antonio, fué arrancado también 
al pueblo y conducido á Francia, designó 150 indivi- 
<Inos con el nombre de Diputados, para que concurrie- 
sen á la Asamblea de Bayona. Pero las debilidades y 
complacencias de la Junta con el invasor, la habían 
desautorizado de tal modo, como por el mismo concep- 

11 



ifií H;^ir"RlA POLÍTICA V Bll-LUMATICA 

to concluyó por desprestigiarse el Consejo de Castilla, 
que no obstante los esfuerzos de aquélla para que los 
Diputados aceptaran, no llogó á ciento el número d^ los 
que se prestaron á tomar parte en la comedía que ha- 
bía de representarse en Bayona. Los demás declinaron 
«1 cargo, siendo notable la renuncia del Obispo di" 
Orense, que se publicó en la Gaceta. 

Cinco días después de reunida la Asamblea, esto es, 
el 20 de Junio, se dio cuenta de un proyecto de Con,s- 
titución que el Emperador había hecho redactar. Pero 
como aquélla no era una verdadera Cámara, ni sus in- 
dividuos eran verdaderos diputados, la discusión fué 
sólo una especie de simulacro, lo indispensable para 
cubrir las apariencias y que no resultase ante la opi- 
nión la realidad de las cosas, es decir, que la tal Cons- 
titución no era más que un decreto imperial. Asi es 
que en diez sesiones quedó aprobado el proyecto, pu- 
blicándose el 6 de Julio y siendo jurado el 8 por todos 
los diputados y por el Rey José, al que recibió jura- 
mento el Arzobispo de Burgos. Napoleón hizo qup 
también prestasen juramento por escrito Fernando Vil 
y los Infantes don Carlos y don Francisco. Después 
de esta ceremonia se declararon terminadas tas tareas 
de la Asamblea, tareas bien inútiles, porque la Cous- 
titución de Bayona no llegó á regir, toda vez qne dis- 
poniéndose en ésta íart. 113) que se pondría en prác- 
tica sucesiva )■ gradualmente por decretos ó edictos 
del Rey, de manera que la totalidad de sus disposicio- 
nes se hallase en vigor antes del 1." de Enero de 1813, 
las atenciones de la guerra impidieron á los franceses 
realizar su plan. 

La Constitución de Bayona, verdadera Carta otor- 






HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 163 . 

. , • _^_^__ 

^ada, tenía por caracteres distintivos la vaguedad en 
linas cosas y la minuciosidad en otras. Así, por ejem- 
plo, descendía á detalles propios de un reglamento de 
<^árceles, ó de una ley procesal á lo sumo, al ocuparse 
de la libertad individual, y en cambio ni fijaba clara- 
mente las atribuciones del Rey ni concretaba las pre- 
rrogativas de las Cortes. Adviértese* el exquisito cui- 
dado con que se procuraba ocultar la tendencia abso- 
lutista que palpitaba en ese Código, tendencia revelada 
^íi el hecho de que el poder legislativo lo compartía el 
Rey con el Consejo de Estado, toda vez que este alto 
t-'Uerpo era, el encargado de preparar los proyectos que 
habían de someterse á las Cortes. Además, no estando 
<*stas reunidas, regirían como leyes los decretos del 
Key, siempre que hubiesen sido expedidos con audien- 
<ia del Consejo. 

Las Cortes se componían de 172 individuos, divi- 
didos en tres Estamentos: el del Clero, el de la Noble- 
za y el del Pueblo. Los dos primeros y parte del ter- 
lero eran designados por el Rey, el cual nombraba 
también los 24 individuos que, con los Infantes de Es- 
paña, debían componer vitaliciamente el Senado. De- 
<laraba el Código de Bayona que la religión católica 
sería la del Rey y la de la Nación; fijaba el orden de 
suceder en la corona dentro de la descendencia de Jo- 
í<é Bonaparte, y decía en fin que habría perpetuamente 
alianza ofensiva y defensiva entre España y Francia. 
Había en dicha Constitución preceptos que entra- 
ñaban verdaderos progresos y que seguramente, en 
otras circunstancias, habrían sido recibidos con aplau- 
so por la parte ilustrada del país. 
6, Existían en España elementos que, no liabiendo 



■r^ 



. 164 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

« , — : : 

herido lafibrade su patriotismo , habrían apoyado gus- 
tosos una evolución que pusiem fiü al desconcierto ini- 
l)erante, á la abyección en que sumía al pueblo el tor- 
pe ejemplo de sus gobernantes. La Enciclopedia había 
tenido entre los españoles discípulos y propagandistas 
más ó menos francos y resueltos, y respetando los dos 
principios capitales de la sociedad española, la legiti- 
midad de la familia real y el dogma católico, pudo fá- 
cilmente crearse un partido podei-oso que secundara en 
el exterior con tanta más decisión la política francesa . 
cuanto mayor era el odio que se profesaba á Inglaterra, 
que había destruido nuestro poder naval y nos impo- 
nía diarias humillaciones. Apoyando á Fernando VIT 
y sosteniéndole en el trono contra las intrigas de Iok 
cortesanos de Carlos IV y María Luisa, se habría hecho 
simpático el Emperador á los españoles; mas querien- 
do imponer á España un Monarca extranjero, sólo con- 
siguió provocar el gloriosísimo alzamiento que se ini- 
ció en Madrid con la sangrienta jornada del 2 de Mayo ^ 
Napoleón, por torpeza, por desconocimiento de la 
realidad, ó por soberbia, equivocó el camino. Como ya 
se ha dicho, acostumbrado á luchar sólo con los Reyes, 
creyó que teniendo en su poder á Carlos y á Fernando» 
y habiendo logrado, merced al tratado de Fontaine- 
bleau, que sus ejércitos penetrasen sin dificultad en la 
Península y se fuesen apoderando de las principales 
fortalezas, tenía dominado todo el país. Pero el pneblo 
español conservaba una gi'an vitalidad: positivamente 
su cultura, no obstante ser el pueblo de la tan decan- 
tada Inquisición, era mucho mayor de lo que se creía 
entonces y de lo que se ha supuesto después. No habfa 
el total divorcio que existía en otras naciones entre las 



HISTORIA POLÍTICA Y MPLOMAtIOA 165 

WistintAS clases; y nobleza, clero y pueblo unidos por 
un mismo y común sentimiento, el amor á la patria, 
^>rganizarou aquella maravillosa resistencia que dio lu- 
^ar á la más grande epopeya que registra la historia 
modeniar la guerra de la Independencia. Así es que 
viéndose huérfana de autoridad, creó una Junta Cen- 
tral: careciendo de ejército, lo improvisó; y no tenien- 
*\o caudillos cubiertos de laureles como los austríacos 
y los prusianos, logró lo que éstos no habían conse- 
^tiido aún, humillarla soberbia de los generales fran- 
4Pses. 

7. El grito lanzado en Madrid el día 2 de Mayo 
<le 1808 resonó en toda España. La nación en masa se 
l»'vantó indignada para defender su independencia, y 
el instinto popular, busc'ando remedio á la carencia de 
autoridades y á la falta de poderes que dirigieran sus 
esfuerzos y utilizaran sus recursos, organizó Juntan 
<}ue asumieran el gobierno y dirección de los asuntos 
públicos; y esas Juntas, no en todas partes elegidas con 
íi;ran formalidad ni constituidas por las personas más 
capaces y más respetables, fueron los primeros orga- 
nismos encargados de dirigir la lucha, prestando, no 
obstante todos sus defectos, inapreciables servicios á la 
<ausa de la independencia patria. 

íío cabe, dentro del plan de esta obra, ni es necesa- 
rio tampoco, por sobrado conocido, reseñar la admira- 
l>le campaña realizada por el pueblo español. ¿Quién 
na conoce al detalle la historia de aquella campaña que 
llíínó de admiración al mundo entero? ¿Quién no ha 
oído referir los mil incidentes de la guerra? ¿Quién no 
sabe lo que eran aquellas guerrillas, que inútilmente 
lian tratado después de imitar otros pueblos, y que tan- 



1 



16(5 HISTOHIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

to daño hicieron al ejército francés? Lo único que dire- 
mos es que los generales de Napoleón, no acostumbra- 
dos al gíínero de guerra que se veían obligados á sos- 
tener, sufriendo diariamente, sin gloria y sin ventaja 
alguna, sensibles pérdidas que merniaban sus fuerzas, 
se sentían desconcertados: la estrategia no les servía 
para nada contra aquellos guerrilleros audaces, que no 
les permitían un solo momento de reposo, y que, casi 
impunemente, les diezmaban las columnas. Los fran- 
ceses ganaban casi todas las batallas, y sin embargo^ 
perdieron la campaña, porque después de cada batalla 
el enemigo era el mismo, y se mostraba tan resuelto y 
tan decidido como antes. Por primera vez un ejército 
francés se vio obligado á capitular, y los campos de 
Bailen presenciaron el espectáculo del desfile de vein- 
tiún mil franceses por delante de nuestros bisónos sol- 
dados, después de haber rendido laá armas y entregado 
cuarenta cañones (19 y 22 de Julio de 1808), espec- 
táculo que llenó de alegría á todos los españoles y de 
asombro kl mundo entero. 

8, Inglaterra conocía á España mucho mejor que 
Napoleón, y comprendió, desde luego, que esta campa- 
ña podía ocasionar la caída y la ruina del Emperador, 
como vaticinó panning. Así es que desde el primer mo- 
mento se mostró dispuesta á ayudar al pueblo español 
con hombres y con recursos, publicando el día 4'de Ju- 
lio de 1808 un decreto disponiendo: 1.^ Que cesara in- 
mediatamente toda hostilidad contra España por parte 
de Inglaterra. 2.*^ Que se levantara el bloqueo de todos 
los puertos españoles, excepto de aquellos que pudie- 
ran estar bajo la influencia de Francia. 3.^ Que todos 
Jos buques pertenecientes á España serían admitidos 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMA TIC A 167 



libremente en los puertos ingleses, como antes de las 
presentes hostilidades. 4.'' Que todos los buques espa- 
ñoles que fuesen encontrados en el mar por .los buques 
V cruceros de S. M. B., serían tratados de la misma ma- 
ñera que los pertenecientes á Estados a«iigos de S. M., 
siéndoles lícito hacer el comercio como á los buques 
neutrales; y 6.** Que los buques y mercancías pertene- 
cientes á personas que residían en las Colonias españo- 
las, que fuesen apresados en adelante por cualquier 
crucero inglés, serían conducidos á un puerto y guar- 
dados hasta que S. M. B. resolviese, según que la Co- 
lonia hiciese ó no causa común con España contra el 
Imperio francés. 

Los ingleses quisieron además mandar desde luego 
un ejército á España; pero rechazado este auxilio por 
los españoles, desembarcaron una división en Portugal 
y cooperaron eficazmente á la derrota de los franceses. 
Sin embargo, seis meses después, el 14 de Enero de 
1809, Mr. Canning, en nombre de la Gran Bretaña, y 
donjuán Ruiz de Apodaca, en el de la Junt^. Suprema 
de España é Indias, firmaron en Londres un tratado 
que, estableciendo entre ambos una íntima alianza, 
concertaba los auxilios que Liglaterra debía prestar á 
España. 

Habrá entre el rey de la Gran Bretaña y Fernan- 
ílo Vn, asi como entre todos sus reinos y Estados — de- 
cía el art. I.*' una paz cristiana, durable é inaltera- 
ble, amistad eterna y sincera, alianza íntima durante 
la guerra, y olvido completo de las hostilidades reali- 
zadas en la última guerra. - S. M. B. - añadía el artí- 
culo 2.** — se encarga de ayudar con todas sus fuerzas á 
la nación española en su lucha con Francia, y promete 



4} ' 



168 HiSTOHiA i»olíti(;a y diplomática 

no reconocer ningún otro rey de Espalla ó Indias que 
á Fernando VII y sus herederos, ó á aquel otro que la 
nación española reconozca; y el Gobierno español se 
compromete á no ceder, en caso alguno, parte del te- 
rritorio ü de las posesiones de España. Las partes con- 
tratantes conve^nían, segiin el art. 3.°, en hacer causa 
común contra Francia y en no concertar con ésta la 
paz sino de común acuerdo. 

Contenía además el tratado dos artículos separados 
y uno adicional. En los primeros se obligaba el Gobier- 
no español á adoptar las medidas más eficaces para ini- 
])edir que las escuadras españolas, en los puertos de 
España, así como la escuadra francesa, apresada en el 
mes de Juiúo anterior en (vádiz, cayesen en poder dt* 
Francia; ¿ Inglaterra se coíiiprometía á cooperar á ese 
objeto. Se concertaba además que ambas partes nego- 
ciarían un iratado para fijar las fuerzas con que la 
(rran Bretaña había de auxiliar á España. En el ar- 
tículo adicional se refería á los intereses comerciales, 
conteniendo la promesa de negociar un tratado de co- 
mercio, y comprometiéndose á otorgarse mutuamente, 
entretanto, todas las facilidades posibles sobre la base 
(le la reciprocidad. 

En virtud de este tratado, fuerzas inglesas, á las 
órdenes del famoso General Wellington, tomaron par- 
te en las operaciones de la Península, y aunque la glo- 
ria de los más memorables hechos de armas, como los 
sitios de Zaragoza y de Gerona, corresponde por ente- 
ro á los españoles, no dejaron aquéllos de cooperar á 
la derrota de los ejércitos franceses. 

9. Ya se ha dicho que el pueblo, huérfano de todo 
gobierno al comienzo de la lucha, acudió con admira* 



^^ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 1(59 

ble iustinto al remedio de esa necesidad creando las 
.hintas provinciales. Mas no bastaban éstas: era in- 
'Itspensable un poder central que, al propio tiempo, 
pusiese fin á las rivalidades de aquéllas, vigorizase el 
f)r¡ncipio de autoridad y diese unidad al mando de los 
ejércitos que se habían creado; y después de algunas 
negociaciones, cuya enumeración no es de este lug^r, 
«|iiedó constituida en Aranjuez el 25 de Septiembre la 
Junta. Central, siendo su nombramiento recibido con 
entusiasmo por los esffañóles. 

Las vicisitudes de la guerra dieron lugar á que la 
í eiitral trasladase su residencia primero á Sevilla y 
luego á la Isla de León; y aunque no fueron pocos los 
errores que cometió, fueron más y de mayor iraportan- 
lia los servicios que prestó al país. A ella se debió la 
convocación de las Cortes, y éstas, reunidas el 24 de 
Septieipbre de 1810, elaboraron la famosa Constitución 
de 1812, que durante muchos años fué, para todos los 
Iliberales, una especie de Código sagrado, objeto de gran 
entusiasmo y de profunda veneración. 

Los primeros jnomentos de la vida de las Cortes 
fueron un tanto difíciles. No existía trabajo alguno 
|)repfiwado y nadie sabía qué asunto merecería llamar 
en primer término la atención de aquéllas. En medio de 
estas dudas y vacilaciones, se levantó un venerable sa- 
cerdote, catedrático de la Universidad de Salamanca, 
don Diego Muñoz Torrero, y en un notable discurso 
presentó una serie de proposiciones que fueron aproba- 
rlas en la m.Í8ma sesión y constituyeron el primer de- 
(leto de las Cortes. Se declaraba en éste: 

Que quedaban legítimamente constituidas las Cor- 
í^'s generales y extraordinarias. 



,L'il Vñ iV! IMfWn ÍifamnUiin< nlH t * MM W IU H^ I> *i i * Mli""""II M i ■ H i M iiiii II ■! ■! I I 1 "¿LfíU 



'1Í70 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Que residía en éstas la Soberanía nacionaL 

Que reconocían, proclamaban y juraban de nuevo 
por su único y legítimo Rey á don Fernando VII. de- 
clarando nula su cesión de la corona al Eemperador. 

Que se revservaban el poder legislativo en toda su. ex- 
tensión, y habilitaban á los individuos que componían 
el. Consejo de Regencia (creado con anterioridad por la 
Junta Central) para que, bajo esta misma denomina- 
ción, interinamente y hasta que se eligiera el Grobierno 
que se juzgara más conveniente, ejercieran el Poder 
ejecutivo. 

Que las personas en (quienes delegaren el Poder eje- 
cutivo, quedaban responsables á la Nación por el tiem- 
po de su administración, con arreglo á lats leyes. 

Que la Regencia, para usar de la habilitación dicha» 
había de reconocer la Soberanía nacional de las Cortes. 
y jurar obediencia á las leyes y decretos que de eUa^^ 
emanaren, con arreglo á la fórmula que se insertaba. 

Que confirmaban todos los tribunales, justicias y 
autoridades, civiles y militares, si bien con la cláusula 
de «por ahora.» 

Y por lUtimo, declaraban la inviolabilidad de los 
Diputados. 

Este importantísimo decreto puede considerarse 
como la base de toda la obra de las Cortes. Ya no ca- 
bían dudas, ni vacilaciones, ni temores: merced á la 
iniciativa de Muñoz Torrero, quedaba trazado el ca- 
mino que había de recorrerse, y dado el primer paso, 
paso verdaderamente gigantesco, para realizar una 
completa transformación en la sociedad española. 

No vamos á reseñar minuciosamente las tareas de 
las Cortes, ni á ocupamos de sus luchas con la Regen- 



mmmmmmmm i'i.' ..L'L.du . , , 






RISTOBIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA I7l 

ida, ni der-.otro8 mil incidentes que no conducen á nues- 
tro olgeto. Concretándonos á éste, diremos que, nom- 
\>rada la comisión encargada de redactar el proyecta 
de Constitución, compuesta de Muñoz Torrero, presi- 
dente, Arguelles, Fernández Leyva, Rodríguez de la 
Barcena, Morales Duárez, Mendiola, Espiga, Bic, Ca- 
ñedo, Gutiérrez de la Huerta, Oliveros, Pérez, Jáure- 
gui. Valiente y Pérez de Castro, secretario; concluyó 
ésta de presentar su dictamen el 26 de Diciembre 
de 1811, habiendo escrito el discurso preliminar don 
Agustín Arguelles, llamado después el divino por su 
peregrina oratoria, y el articulado el Sr. Muñoz To- 
rrero (1). Discutido ampliamente el proyecto, fué pro- 
mnlgada- y publicada la nueva Constitución el 18 de 
Marzo de 1812. 

Hállase ésta dividida en cuatro partes, de las cua- 
les la primera comprende todo lo relativo á la nación. 
Asi es que fija sus caracteres esenciales: libre, inde- 
pendiente y soberana; la atribuye el derecho exclusivo 



(1) De los catorce individuus de la Comisión, eran eclesiiis- 
tico< Muúoz Torrero, Rodrigue/, de la Barcena, Espiga, Cañedo^ 
Oliveros y Pérez (I). Antonio Joaquín). Estos seis estuvieron 
divididos por sus ideas, y segúu expuso Arguelles en las Cons- 
tituyentes de lís36, Muñoz Torrero, Espiga y Oliveros, conven- 
cidos de la oposiéión que haría el clero á la Constitución, y que- 
riendo evitarla, redactaron tal como se presentó el art. 12, rela- 
tivo á la cuf^stiÓH religiosa. Los otros tres eclesiásticos miraron 
con indiferencia esa tentativa, y los demás individuos de la 
Comisión, aunque no pensabau en ese punto como aquéllos ni 
acaso creyeron eficaz el remedio elegido para contener la pro- 
paganda del clero contra las nuevas ideas, transigieron y acep- 
taron el articulo como lo redactaron aquellos sabios presbí- 
teros. 



172 HISTORIA POLÍTICA. Y DIPLOMÁTICA 

de establecer sus leyes fundamentales; consigna su ex- 
tensión; define los derechos y deberes de los españoles, 
distinguiendo dentro de éstos los que son meramente 
españoles de los que son ciudadanos españoles, distin- 
ción impuesta por la existencia de la esclavitud, pero 
que no era obstáculo para que todos tu viesen abiertas la.s 
puertas de la ciudadanía; afirma que la religión de 1& 
nación «es y será perpetuamente la católica, apostóli- 
ca, romana, única verdadera, protegiéndola la Nación 
por leyes sabias y justas, prohibiendo el ejercicio de 
<iialquier otra,» y que el Gobierno es el monárquico 
moderado hereditario, y en fin, distingue y divide los 
poderes, diciendo que la potestad legislativa reside en 
las Cortes con el Rey, la ejecutiva en el Monarca, y la 
judicial en los Tribunales establecidos por la ley. 

Se ocupa después de las Cortes, y establece el pro- 
cedimiento electoral, que consta de tres grados: juntas 
parroquiales, juntas de partido y juntas de provincia; 
consigna quiénes pueden ser Diputados, las facultades 
de las Cortes y las de la Diputación permanente, pro- 
hibiendo que los Ministros sean Diputados y el que 
asistan á las sesiones, salvo contados casos. 

La segunda parte de las cuatro en que hemos dicho 
puede considerarse dividida la Constitución, compren- 
de todo lo que pertenece al Rey como participante de 
la autoridad legislativa y depositario de la potestad 
ejecutiva en toda su extensión. Así, después de decla- 
rar sagrada, inviolable é irresponsable la persona del 
Monarca, señala las prerrogativas de éste, enumerando 
dieciséis además de la sanción y promulgación de las 
leyes. El veto es meramente suspensivo. 

Se ocupa luego del orden de suceder en la Corona, 



-^^mmmmmammmmmKmmmmmmmmmmmmmimmaimmmmmmm^ikkmat 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA HS 

de los Ministerios, de la responsabilidad de los Minis- 
tros, acusados por el Congreso y juzgados por el Tribu- 
nal Supremo, y del Consejo de Estado, cuyos individuo» 
son nombrados por el Rey á propuesta de las Cortes. 

En la tercera parte fija la organización do los Tri- 
bunales, y aunque deja subsistentes el fuero eclesiásti- 
co y el militar, consigna que no habría en los negocios 
comunes^ civiles y criminales, más que un solo fuero, 
y que un mismo Código civil, criminal y de comer- 
cio, regiría en toda la monarquía; y sentaba los ci- 
mientos de lá inamovilidad judicial. 

La cuarta y última parte, se refería al gobierno de 
las provincias y de los pueblos, á las contribuciones, 
fuerza armada é instrucción pública, regulando la exis- 
tencia de los Ayuntamientos y Diputaciones, reservan- 
do á las Cortes el establecer ó confirmar anualmente 
las contribuciones, sean directas ó indirectas, genera- 
les, provinciales ó miuiicipales, y el aprobar el repar- 
timiento de las generales directas entre las provincias, 
así como también declaraba facultad exclusiva de las 
Cortes, el fijar las fuerzas de mar y tierra. Al tratar dé 
la instrucción pública, consignaba la libertad de im- 
prenta en materia política con toda amplitud. 

En resumen: la Constitución de 1812 pretendía 
amalgamarlo antiguo y lo moderno, esto es, fundir las 
ideas absolutistas con Tas tendencias progresivas; y por 
eso, como hace notar un escritor de nuestros días, se 
deja ver en ella el lema Dios, Patria y Rey, represen- 
tación de lo tradicional, al lado del lema libertad, igual- 
dad y fraternidad j con el que se quieren personificar 
ciertas ideas modernas. De aquí el encontrar en ella, 
al par que principios como el de la soberanía nacional, 



174 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

t 

declaraciones cual la que encabeza la Cous,trtución : 
«En el nombre de Dios Todopoderoso, Padre, Hijo, y 
Espíritu Santo, Autor y Supremo legislador de la so- 
ciedad, etc.» Pero ha,y que reconocerlo: ni en .la elec- 
ción de lo antiguo que importaba conservar, estuvieron 
muy felices los autores de ese Código, ni al importar 
ideas aprendidas en Francia é Inglaterra acertaron á 
acomodarlas á las necesidades nacionales. De aquí que 
aquél resultó obra de una minoría valiosa, ilustradísi- 
ma, pero al fin de una minoría. La opinión, ni pensaba 
como los autores de la Constitución, ni estaba prepara- 
da para recibir tan gran mudanza. Por esto,. en cuanto 
se deshizo el lazo de unión que sujetaba á todos los es- 
pañoles, esto es, en cuanto se puso fin á la guerra de 
la Independencia, al renacer las luchas políticas, ese 
Código fué un motivo de discordia, sirviendo de ban- 
dera en largas, porfiadas y sangrientas contiendas. 
Para los legisladores de Cádiz, la causa de la indepen- 
dencia y la causa de la libertad eran una misma, pero 
el pueblo no se había batido por defender unos dere- 
chos individuales que ni siquiera conocía, sino por ven- 
gar el agravio inferido á la patria y sacudir el yugo 
extranjero. 



**-^ 



CAPITULO IX. 



1. Convención de Erforlh.— 2. Guerra entre Franeia v Austria.— 3. Paz de 
Viena.— 4. Consecuencias que produjo en el continente.— 5. Alianzas y 
preparativos de guerra.—^. Expedición á Rusia: la retirada.— 7. Sexta 
coalictón contra Frnacia.-~8 Capmaña de 1813.— 9. Congreso de Pra- 
^M.— 10. Siie^nda campaña de 1813: derrota de Napoleón en Leipzig. 



1. Con razón ha dicho el ilustre historiador César 
Cantú que «el grito de patria que dio España, resonó 
por toda Europa,* porque el espectáculo que ofrecía la 
nación española luchando heroicamente contra el in- 
vasor, despertó las energías de todos los pueblos que, 
vencidos por Napoleón, pero no resignados con su de- 
rrota, acechaban ocasión propicia para vengar sus hu- 
millaciones y sus desmembramientos. 

Austria realizaba grandes armamentos; Alemania 
veíase agitada por las sociedades secretas, que traba- 
jaban para obtener una reconciliación de todos los pe- 
(jueños Estados á fin de aunar los esfuerzos y organi- 
zar en común la resistencia; el Padre Santo, cuyo 
territorio fué invadido por las tropas francesas que lle- 
garon hasta Boma (2 de Febrero de 1808), mostrábase 
firme contra el Emperador; Holanda sentíase herida 
por el bloqueo continental, ó Inglaterra, que auxilia- 
ba resueltamente á España y Portugal, atizaba también 
el espíritu de insurrección en el Norte de Europa. En 



■'^^i^Ti Miám^tmi^EWf» 



1*76 HI8TÍ)K1A POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



estas circunstancias no podía decidirse Napoleón á re- 
forzar el ejército francés que luchaba en la Penínsiila^ 
Ibérica. Sin embargo, como esto era de día en día más 
necesario y más urgente, porque de día en día también 
era más poderoso el levantamiento español, Napoleón 
se dirigió al Emperador de Rusia, linico soberano qno. 
permanecía fiel á la paz de Tilsít, y le propuso celebrar 
una conferencia, con el propósito de obtener segurida- 
des que le permitieran retirar una parte del gran ejér- 
cito de ocupación de Prusia y Alemania. 

Aceptada la idea por el Emperador Alejandro, re- 
uniéronse ambos soberanos en Erfurth, á cuyo punto 
concurrieron también los Reyes de Baviera, Sajonia, 
Wurtemberg y Westfalia, el gran Duque Constantino, 
hermano de Alejandro I, el Príncipe Guillermo ile 
Prusia, los grandes Duques de Badén, otros vario» 
Príncipes y no escaso número de diplomáticos y gene- 
rales. Tres semana? duraron las conferencias entre 
Napoleón y Alejandro, siendo éste obsequiado por 
aquél con verdadera esplendidez, y como resultado de 
aquéllas, los plenipotenciarios de Francia y Rusia, 
Conde de Roumantsof y M. de Champagny, firmaron 
el 12 de Octubre de 1808 la Contefición de Erfurth, 

Consígnase en ésta la necesidad de renovar la alian- 
za de Tilsit y el compromiso de ambos Emperadores , 
no sólo de no hacer paz alguna separada, sino también 
de no entrar en negociaciones y de no escuchar propo- 
sición alguna del enemigo á no ser de común acuerdo 
fart. 1.**). Ambas partes contratantes, unidas para la 
paz como para la guerra, convenían 6n nombrar pleni- 
potenciarios para tratar con Inglaterra (art. 2.**), con- 
certando la unión que entre éstos debía existir y la 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 117 

forma en que debían llevar las negociaciones (art. 3.**), 
y determinando que la base que se propondría á la 
Gran Bretaña seria la del uti possidetis (art. 4.®). Fi- 
jaban el alcance de esta base por lo que hacía referen- 
cia a Brusia y Francia especialmente, consignando co- 
nxo condición absoluta para hacer la paz que Inglate- 
rra reconociese la Finlandia, la Valaquia y la Moldavia 
como parte del Imperio ruso (art. 6.°), y el nuevo or- 
den de cosas establecido por Francia en España (artícu- 
lo 6.**). El Emperador Alejandro declaraba que no po- 
día reconocer la integridad del Imperio otomano, sino 
¿ condición de que éste accediera á la unión al territo- 
rio ruso de las provincias moldo-valacas, y Napoleón 
reconocía dicha unión, que llevaba los límites de Rusia 
liasta el Danubio (art. 8.°). Este artículo debía perma- 
necer secreto; Francia renunciaba á mediar entre Ru- 
sia y Turquía, y los plenipotenciarios de éstas debían 
entenderse directamente (art. 9.^). Si no se llegaba á 
un acuerdo y surgía la guerra entre los Imperios ruso 
y otomano, Francia no tomaría parte en la lucha, sal- 
vo el caso de que Austria ó cualquiera otra potencia hi- 
ciese causa común con la Puerta (art. 10). Convenían 
además ambas partes contratantes en volver á reunirse 
antes de un año, en previsión de un caaus helli (ar- 
tículo 12); en procurar una indemnización al Rey de 
Dinamarca (art. 13), y en mantener secreta esta Con- 
vención durante diez años (art. 14). 

2- En virtud de estos acuerdos iniciáronse negocia- 
ciones con Inglaterra, que se prolongaron durante dos 
meseS; quedando al fin rotas definitivamente el 16 de 
Diciembre. El Gobierno inglés abrigaba la esperanza 
de que Austria no tardaría mucho en empuñar de nue- 

12 



vo las armas contra Napoleón; y no carecía de funda- 
mento tal creencia, porque la corte de Vieiia, ponien- 
do á la cabeza del ejército al Archiduque Carlos, im- 
primió extraordinaria actividad á sn reorganización 
militar, y aprovechó la tan humillante paz de Pres- 
burgo, para hacer sus preparativos de campaña. El 
Emperador de Francia vacilaba: los armamentos de 
Austria le obligaban á temer la guerra, pero de uit 
lado las seguridades que le daba esta potencia, y de 
otro su interés en no suscitarse nuevas dificultades 
{que sobradas tenía con las que le proporcionaba Es- 
paña) le hicieron decidirse á proponer un arreglo que 
iiniría á Francia, Kusia y Austria, dando á ésta ga- 
rantías de que conservaría sus actuales Estados. Pero 
lio era esto lo que el Imperio austríaco pretendía: pen- 
saba recobrar lo que había perdido, y las proposiciones 
4e Napoleón no fueron aceptadas. Francia hubo al fin 
<ie prepararse para una lucha inevitable, y reforzó sns 
ejércitos. 

No cabe duda de que la corte de Viena contaba con 
«1 auxilio de Inglaterra. ¿Existía entre ambos países 
algún convenio secretoV El manifiesto que publicó el 
Emperador Francisco y, sobre todo, la proclama diri- 
gida al Ejército por el Archiduque Carlos, lo hacen 
creer. El Conde de Garden insinúa que la Gran Bre- 
taña se había comprometido á enviar un cuerpo de 
ejército que, bien por las costas de Francia ó bien por 
el Norte de Alemania, llamase la atención de los fran- 
ceses, y además habla concedido á los austriacos un 
subsidio de más de cien millones. 

Las hostilidades comenzaron el nueve de Abril de 
1809, invadiendo los austríacos el Tyrol y la Baviera. 



i 



HISTORIA POLÍTICA Y D1PL0MÍTICA 179 

Y en tanto Inglaterra que, obrase ó no de acuerdo con 
Austria, hallábase pronta á aprovechar las ocasiones 
para hacer todo el daño posible á Francia, se apodera- 
ba de la Martinica, destruía las escuadras francesas, 
enviaba nuevos refuerzos á Portugal y preparaba un 
desembarco en Sicilia. El Tyrol y Westfalia respondie- 
ron al llamamiento de Austria; pero los miembros de 
la Confederación rhenana se colocaron al lado del 
Emperador francés, el cual, atacando al archiduque 
Carlos, lo derrotó en cinco batallas, dadas en cinco 
días consecutivos; Viena hubo de rendirse (13 Mayo);- 
las fuerzas austríacas se retiraron á la izquierda del 
Danubio, y aunque Napoleón fué derrotado en la ba- 
taUa de Marchfeld (21 y 22 de Junio), una de las más 
terribles de todas estas guerras, y en la de Wagram (5 
de Julio), los austríacos quedaron al fin batidos, tenien- 
do que solicitar un armisticio, que se firmó en la noche 
del 11 al 12 de Julio. 

3. La suerte de las armas no había sido favorable' 
al Emperador de Austria, pero seguramente más que 
esto influyó en su ánimo para inclinarle á solicitar la 
paz, de un lado el que los ingleses que desembarcaron 
en la isla de Walcheren, no lograron realizar su expe- 
dición al Escalda, y de otro el que Rusia, en vez de 
acceder á los deseos de aquél y entrar en inteligencias, 
rompió con la corte de Viena, hizo causa común con 
Francia y envió un cuerpo de ejército de treinta á cua- 
renta mil hombres que invadió la Galitzia. Napoleón 
también deseaba la paz, porque no obstante esa actitud 
lie Rusia, la viva correspondencia (^ue mantenía con el 
Emperador Alejandro sobre los asuntos de Polonia le 
hacían temer un no lejano rompimiento; inquietábale 



180 HISTORIA, POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

además la amenaza de una nueva expedición inglesa^ 
y las noticias que recibía de la Península ibérica de- 
mostrábanle la necesidad de atender preferentemente 
a esva. 

Antes de iniciarse las conferencias entre los pleni- 
potenciarios, Francia formuló tres condiciones preli- 
minares para la paz: 1.* Supresión de la primera reser- 
va (landwehr); 2.*^ Reducción á la mitad del ejército re- 
gular; y 3.* Expulsión del servicio de x^LUstria de todos 
los franceses, así los de la antigua Francia como los de 
los países anexionados. Además Napoleón ofrecía qtie, 
respecto á los demás extremos que había de compren- 
der el tratado, bien se adoptase la base del uti posside- 
tis, bien se prefiriese un sistema de compensaciones, 
procedería con la misma moderación que había mostra- 
do en la paz de Presburgo. 

El 17 de Agosto se reunieron en Altenburgo, pe- 
queña población de Hungría, situada á doce leguas de 
Viena, los plenipotenciarios, que eran, por Austria, el 
Conde de Metternich, auxiliado por el Conde Nugent, 
y por Francia su ministro de Relaciones Exteriores, 
Mr. de Champagny. Comenzaron las negociaciones, 
quejándose el plenipotenciario austriaco de la enormi- 
dad de las contribuciones impuestas por Napoleón á las 
provincias austríacas, y declarando que desde luego su 
Soberano estaba dispuesto á reducir el efectivo del ejér- 
cito, pero que en lo relativo á la exclusión de los fran- 
ceses del servicio de Austria, precisaba distinguir entre 
los que siempre habían sido subditos de Francia y lo^* 
que habían dejado de serlo. 

Las dificultades surgieron al tratar de la ba^e del 
uti po88ÍdetÍ8^ pues Metternich deseaba conocer en todo 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 181 

SU desarrollo el pensamiento de Napoleón. ¿Cómo de- 
bía interpretarse esa frase y en qué había de consistir 
la posesión? Las opiniones del ministro francés dieron 
lagar á una divergencia total entre ambos, porque pre- 
tendiendo que la conquista era el resultado de la mera 
ocupación militar, y que no necesitaba ésta ser consa- 
grada por transacciones diplomáticas, exigió aquél la 
■cesión de la provincia de Salzburgo y de la alta Aus- 
tria basta el thaliceg (línea más baja del lecho de los 
ríos) del Enns, la de la Carinthi'a, 4a Carniola y los paí- 
ses situados al Mediodía de una linea que, desde la Car- 
niola, seguiría el curso del Save hasta la Bosnia, y en 
fin, la de algunos distritos de Bohemia, como los cír- 
<;ulos de Lentmeritz, Saatz y EUenboyen, á excepción 
de la fortaleza de Theresienstadt. Entendida así la con- 
quista, la mera ocupación militar confería todos los de- 
rechos de soberanía; pero de tal teoría, contraria á las 
nociones más elementales del derecho de gentes, pro- 
testo Mettemich, sosteniendo que las provincias ocu- 
padas no pueden considerarse como conquistadas sino 
cuando el primer poseedor realiza algún acto de re- 
nuncia. 

Continuaron las negociaciones, sin que fuera posible 
concertar un acuerdo, y á tal punto llegaron las cosas 
<^ue Napoleón, no contento con lanzar la amenaza de 
tomar posesión de las provincias ocupadas, poner en 
vigor en éstas su Código civil, abolir los <lerechos feu- 
dales y declarar sin curso el papel moneda, llegó á de- 
cir que si las conferencias de Altemburgo no tenían un 
resultado satisfactorio, estaba resuelto á adoptar enérgi- 
cas medidas contra la casa de Austria, y sobre todo á 
separar sus tres coronas. Sin embargo, Napoleón co- 



182 H'STORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



ñienzó á ceder; reduciendo sus pretensiones, y habien- 
do sido reemplazado el conde de Mettemich por el prín- 
cipe Juan de Liechtenstein, y trasladadas á Viena la* 
negociaciones, se llegó á un acuerdo, firmándose el tra- 
tado el día 14 de Octubre. 

Este tratado, conocido con el nombre de Paz de 
Viena, consta de dieciocho artículos publicables y cin- 
co secretos. He aquí sus principales disposiciones: 

Establecida la paz por el artículo 1.^, se declara en 
el 2.** extensiva aquélla á los hermanos y hermanos po- 
líticos de Napoleón colocados en los tronos de España, 
Holanda y Ñapóles, y á los rojees, grandes-duques y 
príncipes de la Confederación rhenana. 

Consignaba el art. 3.° los sacrificios que la paz im- 
ponía al Austria, y que consistían en cesiones á la Con- 
federación del Rhin, cesiones incondicionales á Napo- 
león, cesiones al rey de Sajonia como tal, y al mismo 
como duque de Varsovia, y cesiones á Busia. Las he- 
chas al Emperador francés, para que éste dispusiera de 
ellas en favor de los soberanos de la Confederación^ 
consistían en el país de Salzburgo y de Berchtolsgaden 
y una parte de la alta Austria. Las que se hacían, á 
Napoleón incondicionalmente, eran los condados de 
Gortz ó Gorice y de Montefalcone, la ciudad de Trieste, 
la Carniola, el círculo de Villach en Carinthia, una 
parte de la Croacia y de la Dalmacia, y el señorío de 
Razuns. Al rey de Sajonia, como tal, se le cedían algu- 
nas poblaciones de la Bohemia, y al mismo, como du- 
que de Varsovia, la Galitzia occidental ó Nueva-Galit- 
zia y el círculo de Zamose. Y en fin^ á Rusia, un terri- 
torio, con cuatrocientas mil almas de población, en Ifl' 
Oalitzia oriental. 



• ti 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 183 

Por el art. 4.** renunció el Emperador de Austria 
los dominios y rentas anejos al gran maestrazgo de la 
orden teutónica, y por los artículos o.**, 6.® y 8.^ al 13, 
se reguló todo lo relativo al pago de las deudas hipote- 
carias, contribuciones, amnistía, delimitación de fron- 
teras, libertad de prisioneros, pago de intereses por los 
capitales extranjeros empleados en Austria, evacuación 
de lis provincias ocupadas, etc. 

Como por virtud de las cesiones enumeradas el Im- 
perio austríaco quedaba sin puerto alguno en el Adriá- 
tico, se reservó á dicha potencia, en el art. 7.^, el co- 
mercio de exportación é importación por Fiume. 

Napoleón garantizaba al Emperador de Austria la 
integridad de las posesiones que le quedaban por efec 
to de este tratado (art. 14); Austria reconocía todos lo- 
cambios efectuados y que pudieran tener lugar en Ess 
paña, Italia y Portugal (art. 15), y se adhería al siste- 
ma prohibitivo adoptado por Francia y Rusia frente á 
Inglaterra (art. 16). 

Por los artículos secretos se declaraba el tratado 
común á Rusia (art. 1.°); Austria se comprometía ¿ 
reducir el total de sus fuerzas armadas, durante la gue- 
rra marítima, á ciento cincuenta mil hombres (art. 2."), 
y á despedir de su servicio á todos los oficiales y agen- 
tes políticos y civiles nacidos en Francia, Bélgica, el 
Piamonte ó los Estados venecianos (art. 3.°), y á rati- 
ficar todas las disposiciones adoptadas por los regentes 
austríacos (art. 4.**), y se reducían á 85 millones de 
irancos los 200 impuestos por las tropas francesas á las 
provincias austriacas ocupadas^ de los cuales 30 debían 
pagarse antes de la evacuación de Viena, y el resto en 
letras de cambio á varios plazos. 



184 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Grandes eran las pérdidas que anteriormente había 
sufrido Austria, pero las que experimentó por la paz 
de Viena hacían casi imposible su existencia. Privada 
de las ventajas que proporciona una frontera natural^ 
no sólo no podía pensar en una ofensiva bien combina- 
da, sino que carecía de medios de defensa. O Austria 
desaparecía como Estado del mapa político, ó forzosa- 
mente había de aprovechar la primera ocasión para 
rebelarse. De esta suerte, Napoleón al firmar un trata- 
do de paz, arrojaba los gérmenes de una nueva guerra. 
4. Con la paz de Viena llegó el Emperador al apo- 
geo de su poder y de su grandeza. Amiga Rusia, so- 
metida Alemania, roto en cien pedazos el Austria, sólo 
Espafía resistía valerosamente y sólo Inglaterra hacía 
frente á Napoleón. Pero la misma magnitud de su vic- 
toria inició su ruina, porque en su insensata ambición 
no encontró nada digno de respeto, y al no respetar na- 
da, concitó todas las voluntades en su daño. Habiendo 
sometido á los reyes, quiso someter también á los sacer- 
dotes; y contando con la fuerza material que sujetaba 
los cuerpos, pretendió disponer de las armas espiritua- 
les para regular á su capricho las creencias y los cultos. 
Así es, que por su convocatoria, se reunió en París 
el gran sanhedrin con objeto de poner de acuerdo las 
prácticas religiosas con las de Francia; y después de 
las violencias realizadas con Pío VI, no contento con 
haber alterado el concordato y haber hecho que el ro- 
mano pontífice fuese á coronarlo, trastornó el edificio 
católico en Alemania, destruyendo los principados ecle- 
siásticos, y distribuyendo los pueblos sin consideración 
á la religión que profesaban. Pío Vil no podía tolerar 
sin protesta tal conducta, pero Napoleón, que acaso as- 



te de loa cardenales fuesen franceses, y que pretendía 
hacer y deshacer los matrimonios á su antojo, á ñn de 
que los miembros de su familia elevados al trono, pu- 
diesen cambiar sus mujeres plebeyas por otras de regia 
estirpe, no vaciló en lanzar sus ejércitos contra los Es- 
tados del Papa, ni en apoderarse de Urbino, Ancona, 
Macerata y Camerino, ni en decretar la unión á su Im- 
perio del territorio pontificio (17 Mayo 1808 y 17 Fe- 
brero 1810), Pío VII no pudo resistir materialmente, 
[>ero tampoco sucumbió en silencio; no le fué dado im- 
pedir el atropello, pero no lo sufrió sin protesta; por 
W hala quum memoranda {ÍO de Junio) lanzó una ex- 
comunión sobre Napoleón y sobre sus auxiliares, y sólo 
á viva fuerza salió del Quirinal, siendo conducido pri- 
sionero á Savona (6 de Julio). Sin duda alguna no está 
mny lejos de la realidad el aserto de Cantú, de que el 
Emperador quería ser como los monarcas de Prusia, 
Rusia é Inglaterra, el jefe de la religión en cuanto pu- 
diese permitirlo el catolicismo, á fin de hacerla servir á 
sus miras políticas. 

Pensando acaso que, á pesar de todo, no podía 
considerar seguro au trono mientras no tuviese un su- 
cesor, ó aspirando tal vez á dar un tinte de antigüedad 
á sn dinastía, hizo que el clero de París declarase ¡le- 
gal su matrimonio con^Josefina, y decretado el repu- 
dio, se enlazó con María Luisa de Austria (1.° Abril 
de 1810). La corte de Viena tuvo la debilidad de entre- 
gar nna de sus princesas al enemigo de su patria; pero 
el pueblo vienes casi se sublevó ante lo que considera- 
ba una ofensa. 



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186 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Ni sus victorias ni sus violencias lograron impedir 
que cada día creciera el número de los descontentos, 
Massena, Brun, Bernadotte y otros no podían perdo- 
nar al Emperador que los reinos que ellos habían con- 
quistado los distribuyera entre sus hermanos, y éstos 
mismos, aun debiéndole la corona, no se doblegaban 
fácilmente á ser meros instrumentos de aquél. La cau- 
tividad de Pío VII trocó al clero francés en enemigo 
del Emperador, y éste, que vio á la Puerta separarse 
de él, y á Bernadotte elevado, contra su deseo, al tro- 
no de Suecia, y que percibía los movimientos hostiles 
de la opinión rusa, no dejó de comprender que se apro- 
ximaba el momento de una nueva campaña. 

5. En efecto, aunque el Emperador Alejandro no 
dejaba de mostrarse apasionado de Napoleón, el senti- 
miento unánime de su pueblo, excitado constantemente 
por el clero, le obligó á adoptar medidas contrarias á 
Francia, como la publicación de un nuevo arancel do 
Aduanas, que gravaba los géneros franceses y admitía 
los coloniales en bandera neutral. La paz de Viena, 
que engrandecía el ducado de Varsovia y acercaba á 
Rusia la frontera francesa, y la prolongación del blo- 
queo marítimo y del sistema continental, que la impo- 
nían sacrificios que en manera alguna veía compensa- 
dos, obligaron á Alejandro á prepararse para una gue- 
rra inevitable. 

Con este objeto, reanudó sus relaciones comerciales 
con Inglaterra, y pactó con ésta y con Suecia y Espa- 
ña tratados de amistad y alianza. 

El tratado de San Petersburgo entre Suecia y Ru- 
sia, firmado el ^ ^^^^^ de 1812, consignaba la garantía 
recíproca de los Estados de las dos altas partes contra- 



188 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

mados el 24 de Febrero de 1812, se pactó una alianza 
defensiva, garantizándose ambos estados su territorio: 
Prusia se comprometió á auxiliar á Francia contra Eu- 
sia con un ejército de 24.000 hombres; se adoptaron 
medidas para sostener la guerra con la Gran Bretaña, 
y se concertó el paso de tropas francesas por territorio 
de Prusia y el abastecimiento de aquéllas por esta na- 
ción. 

Con Austria se convino, en el tratado de 14 de Mar- 
zo del mismo año, en la garantía mutua de su territo- 
rio y el auxilio recíproco de 30.000 hombres en caso de 
ataque; se reconocieron y garantizaron los principios 
de la navegación de los neutrales, según se consigna- 
ban en el tratado de Utrecht; Austria renovó su com- 
promiso de adherirse al sistema continental contra In- 
glaterra, y por unos artículos secretos se declaró: que 
la guerra de Francia contra la Gran Bretaña y contra 
la 1 'enínsula ibérica estaban exceptuadas del casus fas- 
derís, pero que la que pudiese extallar entre Francia y 
Kusia se entendería comprendida en él. 

6. Rusia declaró la guerra á Francia el 22 de Junio 
de 1812, pero convencido Alejandro de que era preciso 
oponer á los ejércitos franceses, como había hecho Es- 
paña, la guerra nacional, excitó el sentimiento reli- 
gioso y el patriotismo de los rusos, haciendo que reso- 
nara en las ciudades santas el grito de la cruzada. Des- 
cribiendo el espectáculo que entonces ofreció Rusia, 
dice Cantú en su HistoHa de cien años, «Lleváronse 
reliquias en procesión; el archimandrita Platón, de 
ciento y un años de edad, maldijo al Goliat que invadía 
las tiendas de Israel, la nobleza cobró aliento en el des- 
orden, sus individuos se armaron á porfía, y en tomo 



■iTT^TTr^^^ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 189 



de la efigie de San Sergio y al son de las campanas de 
Moscou, se reunieron tártaros, baskirios, cosacos. En 
los estados del ejército, figuraban un millón ciento diez 
mil combatientes, en realidad eran menos, pero todos 
eran valientes y constantes en su propósito. La caba- 
llería era numerosa, la artillería formidable, y ade- 
más, se contaba con los cosacos ligeros, terror del ene- 
migo. Por otra parte, el teatro de la guerra no presen- 
taba más que raras ciudades, y entre ellas el desierto. 
Todos aconsejaban á Alejandro que no se aventurase 
á dar una batalla decisiva, sino que hiciese la guerra 
de montaña, procurando hostigar cada vez más á los 
franceses por medio de los cosacos, y asegurarse siem- 
pre la retirada, no llevando más objeto que el de una 
resistencia constante y pertinaz, pues debía esperarse 
que el fogoso Napoleón sucumbiría ante ella, como le 
había sucedido en Egipto y en España.» Este plan se 
realizó al pió de la letra y dio el resultado que de él 
esperaban sus autores. 

Napoleón, al frente de quinientos mil hombres, de 
los cuales sólo la mitad eran franceses, atravesó la Po- 
lonia, prometiendo á ésta el restablecimiento de su an- 
tiguo reino, — promesa que no cumplió, pues cuando la 
Dieta proclamó en Varsovia la restauración de un pue- 
blo independiente, contestó con evasivas á la Diputa- 
ción que le notificó tal acontecimiento — y penetró en 
Busia anhelando encontrar al enemigo para derrotarlo; 
pero el enemigo se retiraba siempre, sin sostener más 
que pequeños encuentros que causaban bajas en un 
ejército, castigado por las enfermedades, rendido por 
marchas interminables, hostilizado sin cesar por los 
cosacos y escaso de víveres. Los franceses entraron 



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190 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

en Witeposk, pero la encontraron desierta. En Snaolens- 
ko (17 Agosto) hallaron resistencia, más al conseguir 
penetrar en la ciudad, estaba ardiendo y sus habitantes 
la habían abandonado. Cien mil hombres llevaba per- 
didos Napoleón, sin haber conseguido nada. En su fie- 
bre creyó resolver la campaña apoderándose de Moscou, 
y siguió avanzando. Kutusof, el héroe popular por sus 
victorias sobre los turcos, le disputó el paso, y en la 
batalla de Borodino sobre el Moskovia (7 Septiembre), 
quedaron en el campo setenta mil hombres entre muer- 
tos y heridos, incluso veintisiete generales franceses y 
muchos rusos: la victoria de los franceses equivalió á 
una gran derrota. El 14 entró Napoleón en Moscou, 
pero en vez de encontrar allí la paz que anhelaba, ha- 
lló la población desierta y ardiendo. En vano hizo pro- 
posiciones de arreglo: los rusos, en lugar de sentirse 
vencidos al ver caer en manos de Napoleón la ciudad 
santa, exclamaban: ya lo tenemos preso; y el Ministro 
de Alejandro decía á éste: Señor, dad gracias á la Pro- 
videncia; la Rusia se ha salvado. Y asi era en verdad. 

Napoleón quiso atacar á San Petersburgo, pero has- 
ta sus mismos generales se le opusieron más ó menos 
resueltamente, y el 19 de Octubre inició la retirada, 
después de haber perdido tres cuartas partes de su ejér- 
cito, esto es, con poco más de 100.000 hombres. 

Castigado duramente el ejército francés por el cli- 
ma, y hostilizado incesantemente por los rusos, sólo 
unos sesenta mil hombres se salvaron de aquella tre- 
menda catástrofe, y esto gracias á los cuerpos de ejér- 
cito de los generales Oudinot, Víctor y Ney que acu- 
dieron á cubrir la retirada del Emperador. 

Cuando Napoleón entró de nuevo en París, encon- 



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HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÍTICA 1«1 

tró SU capital por completo cambiada, porque en vano 
había querido mentir en sus boletines de la guerra, en 
vano había pretendido hacer creer en victorias fantásti- 
cas. El país sabía sobradamente que tenía que pagar las 
consecuencias de los errores del Emperador, y el espec- 
táculo del ejército concluyó con las últimas ilusiones. 
En París, el clero, la nobleza, los mismos generales 
hastiados de combatir y deseosos de gozar con tranqui- 
lidad el fruto de sus victorias, todo el mundo, conspira- 
ba contra el Imperio. 

7. El encanto estaba roto: la campaña de Busia 
había confirmado la creencia que hizo surgir la guerra 
en la Península ibérica. Napoleón no era invencible, y 
no siéndolo, claro es que así sus forzosos aliados como 
los pueblos á quienes había hecho sufrir tantos que- 
brantos y tantas humillaciones, aprovecharían la pri- 
mera oportunidad para sacudir aquéllos su yugo y ven- 
gar los otros sus agravios. 

La corte de Berlín, halagada á la sazón con amplí- 
simas promesas por el Emperador Alejandro, dio oído 
á sus propios subditos, que la excitaban irresistible- 
mente contra Francia; Prusia, cuya humillante opre- 
sión no quiso disminuir en lo más mínimo el Monarca 
francés, fué la primera potencia que se separó de éste, 
concertando con Rusia el tratado firmado el 16/28 de 
Febrero en Kalisch y el 28 del mismo mes en Breslau, 
por el príncipe Koutousoff de Smolensk y el Barón de 
Hardenberg, en el cual se estipulaba habría perpetua- 
mente paz, amistad y alianza entre el Emperador de 
Rusia y el Bey de Prusia (art. 1.**), debiendo ser esta 
alianza ofensiva y defensiva, siendo su objeto inme- 
diato el reconstituir la Prusia en condiciones que ase- 



192 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



gurasen la tranquilidad de ambos Estados, debien- 
do encaminarse las operaciones militares á este fin 
esencial (art. 2.°). Busia se comprometía á poner en 
campaña ciento cincuenta mil hombres y Prusia lo 
menos ochenta mil, sin contar las guarniciones de las 
plazas fuertes (art. 3.°), conviniendo ambas partes 
contratantes en no tratar con el enemigo, ni ajustar 
paz, ni tregua, ni convención alguna sino de común 
acuerdo (art, 6.**). El Emperador de SrUsia prometía 
apoyar cerca de Inglaterra las demandas que hiciese 
Prusia de armas, municiones y subsidios (art. 8.**), y 
ambos soberanos convenían en regular por una con- 
vención separada sus relaciones comerciales (art. 9-,**), 
debiendo invitar á la corte de Viena á unirse á estos 
acuerdos (art. 7.^). 

A este tratado acompañaban dos artículos secretos, 
comprometiéndose por el primero B»usia á no deponer 
las armas ínterin Prusia no quedase reconstituida en 
las proporciones estadísticas, geográficas y financieras 
que tenía antes de la guerra de 1806, y por el segundo 
garantizaba aquél á ésta sus actuales posesiones, á las 
que habría de agregarse un territorio que, geográfica 
y militarmente, la uniese con la Silesia. 

Entre las múltiples convenciones suplementarias 
que siguieron á este tratado, merece especial mención 
la firmada en Breslau el 19 de Marzo de 1813 por el 
Conde de Nesselrode y el Barón de Stein, en nombre 
de Kusia, y el general Scharnhorst en nombre de Pru- 
sia, convención que tuvo por objeto determinar los 
principios políticos que habían de proclamarse al ocu- 
par los Estados de la Confederación del Rhin y las pro- 
vincias del Norte de Alemania agregadas al Imperio 



HISTORIA I'OLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 193 

francés, á fin de sustraer de la influencia francesa ¿ 
unos y otras. 

Antes de firmarse esta convención y casi á raíz de 
ajustarse el tratado de Kalisch^ concertó Suecia otra 
con Inglaterra, el de StocJcholmo de 3 de Marzo de 1813, 
por el cual el Rey de Suecia se comprometió á emplear 
un cuerpo de ejército de 30.000 hombres cuando menos 
en una operación directa sobre el Continente contra 
los enemigos comunes (art. 1.**). Inglaterra, además de 
prometer que cooperaría á la reunión de Noruega a 
Suecia (art. 2.**), ofrecía á ésta contribuir con un mi- 
llón de Ubras esterlinas (art. 3.**), y la hacía cesión de 
la isla de Guadalupe (art. 6.**). Suecia concedía á los 
subditos británicos, durante veinte años, el derecho de 
establecer depósitos comerciales para todas las produc- 
ciones de Inglaterra y sus Colonias, en los puertos de 
(jothemburgo, Karlshamn y Stralsund, debiendo pa- 
gar un uno por ciento ad valor em á la entrada y á la 
salida (art. 7.**). Por un artículo separado se obligó el 
Rey de Suecia á no consentir el tráfico de esclavos ni 
^n la isla de Guadalupe ni en sus demás posesiones. 

Suecia concluyó además otros dos tratados, firma- 
dos ambos en Stockholmo: uno el 19 de Marzo de 1813 
con España, en el cual reconocía las Cortes de Cádiz y 
la Constitución hecha por éstas; y otro el de 22 de 
Abril del mismo año con Prusia, estableciendo que ésta 
agregaría veintisiete mil hombres de sus tropas al 
cuerpo de ejército que el Príncipe real de Suecia man- 
daba en Alemania". 

8. Contra esta formidable coalición revolvióse el 
Emperador francés con su antigua energía, y en el 
mes de Abril se presentó en Alemania, en la cual se? 

13 



194 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



había declarado disuelta la Confederacíóu del Shin, 
constituyéndose cerca del Emperador de Rusia una re- 
presentación formada de las cuatro razas, sajona, bá- 
vara, wurtemberguesa y hannoveriana, con objeto de 
restaurar la nacionalidad germánica. 

Napoleón, tomando rápidamente la ofensiva, derro- 
tó á Blücher en Lützen (2 Mayo), y siguiendo á los 
aliados en su retirada, penetró en Dresde el día 8, batió 
á sus enemigos en Bautzen el 20, tomándolos posicio- 
nes que habían creído inexpugnables, y consiguió otras 
ventajas, si bien sufriendo grandes pérdidas. Dina- 
marca concluyó con Francia el tratado de Copenhague 
de 10 de Julio, por el cual se comprometía aquélla a 
declarar la guerra á Rusia, Suecia y Prusia, y Francia 
H romper hostilidades contra Suecia. Sajonia también 
*se sometió al Emperador francés, pero con todo esto, 
como las noticias que recibía Napoleón del curso de la 
campaña en la Península ibérica eran desastrosas, pue^s 
el ejército francés acosado por todas partes sufría con- 
tinuos fracasos, y como temía que más pronto ó más 
tarde Austria haría causa común con los aliados, de- 
seaba un armisticio que le facilitara la ocasión de en- 
sayar una vez más su sistema de destruir la coalicióu 
negociando con una potencia y poniendo los intereses 
de ésta en oposición á los de las demás aliadas. 

Por otra parte, Austria, aterrada ante el movimien- 
to nacional que había estallado en Alemania y que te- 
mía redundase en exclusivo provecho de Prusia, de- 
seaba se concertase cuanto antes la paz, y para lograr- 
lo ofreció su mediación á los aliados. Napoleón quería 
tratar exclusiva y directamente con el Emperador Ale- 
jandro, y al efecto hizo alguna tentativa por conducto 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÍTICA 195 



ílel Duque de Vicence: pero se convenció de que la me- 
diación austríaca era condición sine qua non de toda 
clase de arreglo, y al fin hubo de prestarse á firmar el 4 
de Junio el armisticio de Poischtüitz que debía durar 
hasta el 20 de Julio y seis días más después de su de- 
nuncia, y el 30 de Junio suscribió la convención de 
Dresde, aceptando la mediación de Austria parala paz, 
concertando la reunión de un Congreso en Praga antes 
del 6 de Julio, y prorrogando el armisticio hasta el 10 
de Agosto. 

9. Lejos de apresurar la reunión del Congreso y 
•de facilitar la inteligencia para convenir un tratado, 
Napoleón sólo procuró ganar tiempo, suscitando cien 
inil cuestiones incidentales, acaso con la esperanza* de 
poder reorganizar sus ejércitos y emprender de nuevo 
la guerra. Pero ante la terminante declaración de 
Mettemich, el Barón de Anstell y Guillermo de Hum- 
boldt, de que no se deferiría ni un día más la reunión 
del Congreso, envió á Praga, donde aquéllos se halla- 
ban, á Mr. Caulaincourt con el encargo de producir 
nnevas complicaciones; mas los aliados, firmes en el 
terreno que habían escogido y esperanzados por las 
noticias que recibían, especialmente de España, e?i la 
onal los ejércitos napoleónicos, después del gran de- 
sastre de Vitoria (21 de Junio), habían tenido que pa- 
sar los Pirineos, hicieron constar que si el día 10 de 
Agosto, á media noche, no se habían convenido las 
bases de la paz, se denunciaría el armisticio, y Metter- 
nich, además, declaró que en tal caso Austria, dando 
I)or terminada su misión de mediadora, se uniría á la 
<'oalición. 

Sin duda crevó aún Napoleón que los aliados no 



196 HISTORIA POLÍTíCA Y DIPLOMÁTICA 

cumplirían sus amenazas, y el mismo día 10 de Agesto 
envió al Congreso unas proposiciones pretendiendo que 
la paz se basase en el reconocimiento de la integridad 
del Imperio francés. Convencidos entonces los aliadoss 
de que toda tentativa de acomodo era inútil, declaró 
Metternich disuelto el Congreso, que en realidad iio 
había llegado á constituirse; y anunció que el Empe- 
rador de Austria se adhería á la coalición ( 12 de 
Agosto). 

Grave error cometió Napoleón al provocar una 
nueva lucha. Sin duda no conocía cómo Inglaterra, 
cada día más tenaz en su odio, había preparado la 
campaña contra Francia, prodigando el oro por todaf=; 
partes, y procurando aunar los esfuerzos de los aliados 
para hacer más fácil la consecución de la victoria. 

10. En efecto, mientras Bonapai-te procuraba ga- 
nar tiempo entreteniendo á los diplomáticos reunido?? 
en Praga, Inglaterra había pactado con Rusia, Pnisia 
y Austria, ofreciéndolas cuantiosos subsidios; Rusia 
había obtenido el concurso de Bernadotte y Moreau^ 
y todas las naciones, á los gritos de patria, libertad é 
independencia, se aprestaban á luchar contra el tirano^ 
Así es que, apenas iniciada la nueva campaña, se ro- 
busteció la coalición, firmándose el 9 de Septiembre el 
tratado de alianza de Toelitz entre Austria, Rusia y 
Prusia; el 3 de Octubre otro tratado de alianza, tam- 
bién de Toplitz, entre Inglaterra y Austria; el 8 del 
mismo mes el tratado de paz de liied entre Baviera y 
Austria; el 21 del propio Octubre lo. convención de: 
Leipzig entre Austria, Prusia, Rusia é Inglaterra. El 
curso de las operaciones militares decidió á los que aúii 
dudaban, y antes de concluir el año 1813, los Duques: 



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ilüA 



^\'. ir;^m*irri» ■-. 



CAPITULO X. 



1. Negociaciones entre Ferncndo Vil y Napoleón.— 2. Tratado de Valen- 
cey.— 3. Sitnación interior de Francia.— 4. Propósitos de los aliados — 
5. Congreso de Chatillón.—C. Tratados de cuádruple alianza ó de Chai> 
mont.— 7. Caída de Napoleón y advenimiento de Luis XVIII. —8. Pri- 
mera paz de París, de 1814, y tratados complementarios.— 9. El reina- 
do de los cien días.— 10. Segunda paz de París, de 1815. 



1 y 2. — La derrota sufrida en Leipzig y el estado- 
en que encontró la opinión al regresar á París, hicieron 
comprender á Napoleón que necesitaba desembarazarse 
de los asuntos de España. La tentativa de conquistar 
la Península había fracasado por completo. José Bona- 
parte, vencido en Vitoria (21 Junio 1813), fue perse- 
guido hasta territorio francés, y aunque el Mariscal 
Soult intentó socorrer á las guarniciones imperiales de 
Pamplona y San Sebastián, no sólo fracasó en su em- 
peño sino que, vencido en San Marcial (31 Agosto), las 
armas anglo-españolas llegaron á amenazar á Bayona 
(Octubre 1813). 

Valióse Napoleón del Conde de Laforest, al cual en- 
vió á Valencey con una carta para Fernando VII, en 
la que pintaba á la Península dominada por el ja- 
cobinismo y á los ingleses resueltos & favorecer la 
proclamación de la república. El objeto era que el rey 
de España se prestase á firmar un convenio, y aun- 



por el coal se establecía qne en adelante habría paz y 
amistad entre ambos pueblos lart 1."), cesando las 
Ito^itüidadea (art. 2."), Napolejii reconocía á Femando 
Vil y sns sucesores, según el orden de sucesión esta- 
blecido por las leyes fuadauientale.-j espatlolas, como 
Rey de España y de las Indias lart. 3."), y la integri- 
dad del territorio español tal cual existía antes de la 
guerra (art. 4.°). Fernando VII se comprometía á man- 
tener dicha integridad del territorio de EspaHa, is- 
las, plazas y presidios adyacentes, con especialidad 
Malión y Ceuta (art. 6.**). Ambos soberanos se obliga- 
ban recíprocamente á mantener la independencia ile 
sus derechos marítimos, tales como habían sido estipu- 
lados en el tratado de Utrecht y como las dos nacio- 
nes los habían mantenido hasta el año 1702 (art. B-"). 
Fernando VII debía pagar á sus padres treinta millo- 
nes de reales al año, y dos millones de francos á su 
madre María Luisa, en caso de (jue quedase viuda {ar- 
ií(.-iilo 13). Se consignaba la promesa de concluir un 
tratado de comercio entre ambas potencias, y se pres- 
■ ribía que hasta que esto tuviese lugar las relaciones 
comerciales quedarían bajo el mismo pié que antes de 
la guerra de 1792 (art, 14), Los demás artículos se re- 
ferían á la evacuación de las plazas ocupadas por los 
imperiales y por los ingleses; á la situación de los espa- 
ñoles que habían seguido al rey José; á la devolución 
'ie prisioneros, etc. 

Femado VII envió á Madrid, primero al Duque de 
San Carlos y después á don José de Palafox, para ob- 






200 HISTORIA. POLÍTICA Y DIPLOMÍTICA 

tener la ratificación de la Regencia y de las Goites^ 
negándose aquélla y decretando éstas que no se per- 
mitiese al Bey ejercer su autoridad hasta que hubiese 
jurado la Constitución en el seno del Congreso. Pero 
coino Femando VII, al recobrar la libertad anuló el 
sistema constitucional, el tratado quedó vigente. 

Sin que sea completamente justo tachar este pacto 
de vergonzoso, es lo cierto que revela tan escasa habi- 
lidad como sobra de egoismo por parte del Monarca es- 
pañol, el cual pudo sacar mucho más partido de la si- 
tuación del Emperador, ya que no dejara á la Regencia 
entenderse con éste, en cuyo caso, procediendo de acuer- 
do con las demás potencias, habríamos tal vez consegui- 
do mayores ventajas. Napoleón necesitaba á toda costa 
hacer la paz con España, no sólo para detener el avan- 
ce del ejército anglo-español en Francia, sino para re- 
tirar los restos de sus fuerzas y poder hacer frente' á los 
aliados del Norte: de modo que, no apresurándose á ne- 
gociar, se habrían logrado algunas concesiones. 

3. La situación de Napoleón era realmente crítica, 
porque desvanecido el encanto de la victoria y cansada 
el país de tanta guerra, anhelaba á toda costa la paz y 
resistía el entregar los trescientos mil hombres que pe- 
día el Emperador para nutrir su ejército. Así es que, 
cuando el Cuerpo legislativo y el Senado le rogaron 
que diese á los franceses algunas garantías de seguri- 
dad para sus personas y propiedades, comprendió que 
no tenía salvación más que en el despotismo, y disolvió 
el Cuerpo legislativo, proclamó la guerra nacional, 
aumentó los impuestos y se lanzó resueltamente por el 
camino de la dictadura. 

No pudo, sin embargo, ni apelando á las mayores 



propias fuerzas, con las fuerzas de Francia, pero éstas 
hallábanse agotadas y Napoleón tuvo que ordenar el le- 
vaotramiento general, haciendo que fuese declarado 
traidor todo el que hablara ú obrara contra esta medi- 
•ia; pero no pudo impedir que el Senado conspirara, 
lae Sieyes y Talleyrand, de acuerdo, le hicieran sorda 
gaerra, que la familia real destronada sumara cada día 
imevos prosélitos, y que la opinión, en ftn, se le mos- 
trase hostil. 

4. Loa aliados reunidos en Francfort, hicieron pro- 
posiciones al Emperador, prometiéndole todavía la do- 
minación sobre un vasto territorio, conservar la pre- 
ponderancia de Francia en el Rhin, los Alpes y los 
Pirineos, y establecer la independencia de las naciones 
continentales y marítimas. Pero como Napoleón sólo 
procurase ganar tiempo, retardando las negociaciones, 
Us potencias dirigieron al pueblo francés el manifiesto 
de 1.* de Diciembre de 1813, asegurándole que la con- 
tinuación de la guerra aólo tenía por objeto la destruc- 



202 HISTORIA. POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

ción del despotismo de Bonaparte, y de ninguna ma- 
nera la de la Francia. 

¡Extraño contraste! Napoleón, el hijo de la revolu- 
ción, apelaba á la dictadura para sostenerse, y los alia- 
dos, los representantes de los principios tradicionales, 
invocaban la libertad de los pueblos, declarando que sus 
intenciones eran «justas en cuanto al objeto, generosas 
y liberales en su aplicación, tranquilizadoras para to- 
dos, honrosas para cada uno». 

Con esta bandera iniciaron la campaña los aliados 
el 1.° de Enero de 1814. Blücher entró por Colonia, 
Bemadotte cayó sobre Bélgica, Schwartzenberg atra- 
vesó la Suiza, y el Rhin fué cruzado sin disparar un 
solo tiro. Sin embargo, Napoleón, que había salido de 
París para ponerse al frente del ejército, dejando el 
Gobierno confiado á la Emperatriz, como regente, y ¿ 
su hermano José, como lugar teniente, consiguió aún 
algunas victorias, que sin ser decisivas, movieron á unos 
y otros á entrar en nuevos tratos, para lo cual acorda- 
ron celebrar un congreso en Chátillón sobre el Sena. 
5. Reunidos el 6 de Febrero de 1814 los represen- 
tantes de Francia, Austria, Prusia, Inglaterra y Husia, 
mostróse al príncipe bastante conciliador el plenipoten- 
ciario de Napoleón, Mr. de Caulincourt, haciendo con- 
cebir la esperanza de que podría llegarse á un acuerdo. 
Pero en la segunda sesión, celebrada el día 7, las po- 
tencias pidieron la reducción de Francia a los límites 
que tenía antes de la revolución de 1789, y el Empera- 
dor sólo ofreció los límites del Rhin, y esto, de suerte 
que su Imperio se extendiera hasta los Alpes y que se 
otorgaran compensaciones á sus hermanos destronados. 

La diferencia de criterio era tan enorme que no ca- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 203 

bia pensar en un arreglo. Así y todo, las negociaciones 
se prolongaron hasta el 19 de Marzo, porque todos te- 
nían interés en ganar tiempo para ultimar los prepara- 
tivos de una campaña que había de ser decisiva. Y la 
prueba de que éste era el exclusivo objeto de las con- 
ferencias, es que ya el 1.** de dicho mes de Marzo ha- 
bían suscrito los aliados los tratados de Chaumont. 

6. En efecto, reunidos los representantes de Ingla- 
terra, Rusia, Austria y Prusia, que lo fueron respecti- 
vamente, lord Castlereagh, el conde de Nesselrode, el 
príncipe de Metternich y el barón de Hardenberg, con- 
<íertaron una serie de tratados, quedando unida cada 
ana de dichas potencias separadamente con cada una 
de las otras, y obligándose á continuar con todo vigor 
la guerra contra Bonaparbe, para lo cual prometía cada 
uno de los aliados poner en campaña ciento cincuenta 
mil hombres, ó Inglaterra ofrecía un subsidio de cinco 
millones de libras esterlinas. 

Estos tratados, que constituyeron la cuádimple alian- 
za^ la más formidable que hasta entonces se había or- 
ganizado contra Napoleón, contenían artículos separa- 
flos y secretos en los cuales, para el caso de que la cani- 
jíaña respondiera á los deseos de los aliados, se estipu- 
laba el arreglo de Europa, á fin de conseguir el apete- 
cido equilibrio, en la siguiente forma: 

Alemania se compondría en adelante de Estados so- 
beranos, unidos federalmente para garantizarse su mu- 
tua independencia. 

Italia volvería á su antigua situación, constituyén- 
dose entre las posesiones austríacas y Francia, Estados 
intermedios é independientes. 

Suiza recobraría sus anteriores límites, y las gran- 



204 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

des potencias de Europa garantizarían la independen- 
cia de la Confederación. 

España conservaría su territorio en el Estado en 
que lo tenía antes de la guerra con Portugal, y sería 
gobernada por Femando Vil; y eu fin, Holanda, regida 
por el príncipe de Orange y con aumento territorial y 
convenientes fronteras, quedaría como Estado libre é 
independiente. > 

Las potencias se comprometían á mantener el orden 
de cosas establecido por estos acuerdos. 

7. En el entretanto, la guerra continuaba con varia 
fortuna en los detalles, pero con suerte adversa para 
Napoleón en el conjunto. Aun logró vencer el Ennpera- 
dor en las batallas que dirigió personalmente, mas como 
el enemigo había penetrado en Francia por diferentes 
puntos pudo seguir avanzando hasta París, cuya capi- 
tal oyó por primera vez el estampido del cañón extran- 
jero y capituló casi sin defensa (31 de Marzo de 1814), 
pues temió que los aliados tomaran venganza de los 
desastres de Moscou. El Senado decretó la destitu- 
ción de Napoleón y de su familia, y los plenipotencia- 
rios del Emperador, en unión de los de Austria, Prusia 
y Kusia, firmaron un tratado (11 de Abril) fijando las 
condiciones de la renuncia de Napoleón, que suscribió 
éste el mismo día. En su virtud abdicó las coronas de 
Francia ó Italia, reservándose la soberanía de la isla 
de Elba, constituida en ducado independiente, y una 
renta de dos millones de francos. Además, se concedió 
á la Emperatriz María Luisa los ducados de Parma, 
Plasencia y Guastala y una renta de un millón de fran- 
cos, y se otorgaron pensiones á varios miembros de la 
familia imperial. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 205 



Ni una voz se elevó en Francia en favor del hombre 
que había paseado victoriosa por todo el mundo la ban- 
dera tricolor. La inmensa popularidad de Napoleón ha- 
bía desaparecido; los que más le debían fueron los pri- 
meros en volverle la espalda; y como él jamás había 
contado con los pueblos, no pudo ni intentó siquiera 
hallar apoyo en éstos. 

Francia se encontró sin gobierno y entregada á sí 
misma. El Senado constituyó entonces un nuevo poder 
é improvisó una Constitución bajo el influjo délas bayo- 
netas, pero tan sólo para asegurar las libertades hasta 
entonces negadas. El Gobierno provisional vaciló entre 
los diversos partidos que habían cobrado aliento al des- 
plomarse el Imperio, mas aunque los republicanos reno- 
varon sus pretensiones, Talleyrand, que había sidodelos 
primeros en abandonar á Napoleón, volvió la vista á 
los Borbones, y Luis XVIII fué proclamado rey. 

El Conde de Artois, hermano del nuevo monarca, 
firmó en nombre de éste la convención de París de 23 
de Abril de 1814, por la cual Francia quedó reducida 
á los límites que tenía en 1." de Enero de 1792. La res- 
tauración no comenzó portante, bajo buenos auspicios, 
pues aunque en realidad no era responsable de la re- 
ducción del territorio ni de la pérdida de la influencia 
francesa, es lo cierto que el irreflexivo patriotismo del 
pueblo, juzgando aisladamente los hechos, sin detener- 
se en el examen de las causas, hubo de culpar á aqué- 
lla de su tremenda caída. 

Hay que agregar á esto, que Luis XVIII, mal acon- 
sejado sin duda, pretendió borrar la existencia de la 
República y del Imperio y retrotraer las cosas casi al 
ser y estado que tenían antes del derrumbamiento del 



206 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



trono. Así es, que, si bien en la declaración de Saint- 
Ouen, dada la víspera de su entrada en París (3 Mayo ;, 
consignó promesas liberales, en la «Carta otorgada* 
de 24 de Junio, especie de Constitución que firmó po- 
niendo estas palabras; «Publicada en el XIX año de 
nuestro reinado», estableció una organización que le 
permitía gobernar como monarca absoluto, puesto que 
atribuía el poder legislativo al Rey, á la Cámara de los 
Pares y á la de los Diputados, reservaba la iniciativa 
de las leyes al Monarca, y confería á éste la facultad 
de rechazar ó aprobar los proyectos de ley hechos por 
el Parlamento. 

8. Resuelta de este modo la cuestión interior de 
Francia y organizado un nuevo poder, ajeno por com- 
pleto á los sucesos que se habían desarrollado durante 
los últimos veinte años y libre de las responsabilidades 
engendradas por aquéllos, urgía proceder al arreglo y 
solución del problema internacional sus<>it4MÍo por las 
conquistas napoleónicas, y para esto se remueron en 
París los plenipotenciarios de Inglaterra, vizconde de 
Casthereagh, conde Aberdeen, vizconde de Cathcart 
y lord Stewart; el de Francia, príncipe de TaUeyrand; 
los de Austria, príncipe de Metternich y conde de 
Warthausen; los de Rusia^ condes de Nesselrode y de 
Razoumofíski; y los de Prusia, barones de Hardenberg 
y de Humboldt. Las negociaciones se llevaron con ra- 
pidez y se ultimaron con facilidad, y el 30 de Maj'o 
de 1814 se firmó el tratado de paz de París, cuyo ob- 
jeto, según se expresaba en el preámbulo, era poner 
fin á las agitaciones de Europa y á los sufrimientos de 
los pueblos por medio de una paz sólida fundada en un 
justo y equitativo reparto de fuerza entre las potencias, 



y (jue en sus cláusulas contiiriese la garantía de su es- 
tabilidad. 

Por virtad de este tratado, Francia aseguró sus lí- 
mites tales como existían en 1.° de Enero de 1792, te- 
niendo, sin embargo, un aumento territorial consisten- 
te en los departamentos de Jemmapes, Ssmbre y Mosa, 
Mosela, Saar y Montbianc, el principado de Avifion, 
los condados Venesino y de Montbéliard, los países in- 
termedios que en otro tiempo habían permanecido á 
Alemaois, y algunos cantones del país de Vaud, pero 
perdiendo el valle de Dappes. El talweg del Bhin servi- 
ría de frontera á Francia; y por la parte de los Piri- 
neos quedarían los límites como existían en la citada 
fecha de 1792, nombrándose una comisión mixta, espa- 
ñola y francesa, para fijar la demarcación definitiva (ar- 
tículos 1," á 3.°) 

Conaiguibase,, además, la libre navegación del Rhin, 
<leja;ido parael próximo Congreso la discusión de los de- 
rechos que deberían pagarse á los Estados situados eu 
sna márgenes, loB mismo que los medios para facilitar 
laa comunicaciones entre los pueblos que tenían ríos 
navegables; se devolvía á la casa de Orange la sobera- 
nía de Holanda, con un aumento de territorio; recono- 
cíase la Confederación germánica; la independencia de 
ioniza, y la de los Estados soberanos de Italia, menos 
ladeaqnetlos que perteneciesen al Austria (arta. B." 

y 6.") 

Confirmábase la soberanía de Inglaterra sobre la 
isla de Malta (art. 7,°), devolviendo aquélla á Francia 
todas las Colonias, pesquerías y establecimientos que 
ésta poseía en 1," de Enero de 1792 en los mares y con- 
tinentes de América, África y Asia, á excepción de laa 



208 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

islas de Tobago y Santa Lucía, de la de Francia y svls- 
dependencias, que eran cedidas á Inglaterra. Franeiar 
devolvía también á España la parte de Santo Domingo 
que adquirió por la paz de BasUea (art. 8.®), Suecia 
restituía á Francia la isla de Guadalupe (art. 9.*^ y 
Portugal la Guyana francesa (art. 10.) 

Inglaterra concedía á Francia en el continente indio 
el trato de la nación más favorecida, y Francia se obli- 
gaba á no ejecutar obras de fortificación en los limites- 
de los países que la eran devueltos y de las posesiones^ 
británicas, y á no tener en aquéllos más que las tropas 
necesarias para el servicio de policía (art 12). 

Los artículos 13 á 31 inclusive, se referían al res- 
peto de los derechos y propiedades de los subditos res- 
pectivos en los países cedidos ó devueltos, al pag^o de^ 
deudas, á la renuncia por los aliados de las sumas en- 
tregadas á Francia durante las anteriores guerras, y á 
la distribución de los buques y efectos de guerra exis- 
tentes en los países restituidos, entre éstos y Francia, 

Finalmente, en el art. 32, se prescribía que en un 
plazo de dos meses, todas las potencias que habían to- 
mado parte en la última guerra, enviarían sus pleni- 
potenciarios á Viena, para acordar en un Congreso ge- 
neral, los arreglos que debían completar las disposicio- 
nes del presente tratado. 

Acompañaban á éste varios artículos adicionales^ 
especiales: uno con Austria, dejando sin efecto los de- 
cretos expedidos contra los subditos franceses ó repu- 
tados franceses que habían estado ó estaban al servicio 
de S. M. I. y R. Apostólica; otro con Rusia, confiando 
á una comisión el examen de las pretensiones de amba^ 
potencias sobre el ducado de Varsovia; otro con la Gran 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 209 



Bretafi^a, para el arreglo de los asuntos comerciales y 

de las reclamaciones de sus respectivos subditos; y otro 

con Prusia, análogo al pactado con Austria. Además, 

se concertaron artículos separados y secretos, que erau 

como las bases de lo que había de convenirse en el 

Congreso de Viena. 

Sspaña, que no estuvo representada en las confe- 
rencias de París, firmó este tratado el 20 de Julio de 
1814, no haciéndolo antes por haber pretendido las po- 
tencias que lo firmase como accedente, al igual que 
Portugal, Ñapóles y otras naciones, á lo cual se negó 
el Gobierno español, efectuándolo al fin como parte 
principal. 

La primera, paz de París ^ dio origen á multitud de 
tratados, cuyo objeto fué el de cumplir, ejecutar y des- 
arrollar lo acordado en aquélla. Entre esos pactos, cuya 
enumeración completa sería prolija, figuran los siguien- 
tes: arreglo provisional para restablecer las relaciones 
comerciales, firmado en París por Dinamarca y Prusia 
el 2 de Junio de 1814; convención de París de 3 de Ju- 
nio de 1814, sobre límites entre Austria y Ba viera; 
tratado de alianza y amistad entre España y la Grran 
Sretaña, firmado en Madrid el 5 de Julio del mismo 
año (1); tratado de La Haya, de 14 de Julio, entre los 
Países Bajos y el ducado de Nassau, para la revisión 
del Pacto de Unión; tratados de paz entre España y 
Francia y España y Dinamarca, firmado el primero en 
París el 20 de Julio, y el segundo en Londres el 14 de 



(1) A este tratado acompañaba un artículo separado, que no 
se publicó hasta el 21 de Abril de 1823, y en el cual España se 
obligaba á no contraer con Francia compromiso alguno de 
la naturaleza del conocido con el nombre de Pacto de familia. 

u 



Agosto; tratado de Londres, firmado el 13 de Agosto 
entre la Gran Bretaña y los Países Bajos, y relativo á 
las Colonias; tratado de alianza concluido el 16 de 
Agosto entre los diecinneve cantones soberanos de 
Hniza, etc. 

Merece especial mención el tratado secreto de alian- 
za defensiva, concluido en Yieua el 3 de Enero de 1816, 
entre Anstria, Francia y la Gran Bretaña, por el cual, 
en el caso de ser atacada una de las partes contratan- 
tes, se comprometían las otras dos á ejercer una inter- 
vención amistosa para evitar la agresión, y caso de no 
lograrlo, á ayudar á aquélla con un cnerpo de ejército 
compuesto, por cada una de ellas, de 120.000 infantes, 
ílO.OOO caballos y el correspondiente tren de artillería. 

En cumplimiento de lo acordado en el art. 32 del 
tratado de París, se reunió el Congreso de Viena el 1." 
de Noviembre de 1814; pero la importancia de las de- 
liberaciones de esta Asamblea, la trascendencia de sus 
acuerdos, el haberse prolongado durante siete meses 
las negociaciones, y sobre todo, los graves sucesos po- 
líticos ocurridos en Francia y el haber estallado una 
nueva guerra que conmovió á toda Europa, aconsejan 
no interrumpir el relato histórico y tratar por separado 
del Congreso de Viena. 

9. Ya se ha dicho que la restauración de los 
Borbones en Francia no comenzó bajo los mejores 
auspicios, y que, aun siendo injusto el juicio popular, 
se la hizo responsable de los sacríñcios impuestos al 
país por la paz de París. Agregúese á esto que Luis 
XVm, para favorecer á los emigrados, muchos de los 
cuales habían hecho armas contra su patria, restable- 
ció privilegios incompatibles con el estado del espíritu 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 211 

^ I ^^ ■■III II ^m ^m^\ I m~ 

público, restringió la libertad de imprenta y quiso, en 
fin, gobernar como un monarca absoluto, demostrando 
habían sido perdidas para ¿1 y los suyos las lecciones 
de la experiencia. 

Napoleón, que seguía atentamente el desarrollo de 
los sucesos y mantenía inteligencias dentro de Francia, 
<íreyó que el descontento popular favorecía la realiza- 
ción de sus planes y abandonando la isla de Elba, des- 
embarcó en territorio francés el 1.** de Marzo de 181B, 
escribiendo inmediatamente á los soberanos de Euro- 
pa, muchos de los cuales hallábanse reunidos en Yiena, 
haciéndoles proposiciones pacíficas. Aquéllos contesta- 
ron con la declaración de 13 de Marzo, en la que se 
consignaba que Napoleón había roto la convención de 
11 de Abril de 1814, colocándose así fuera de todas las 
relaciones civiles y sociales, y que los signatarios esta- 
ban resueltos á mftntener íntegro el tratado de París de 
30 de Mayo. 

Pocos días después, el 25 de Marzo, firmóse en Vie- 
na entre Austria, Inglaterra, Prusia y Busia, un tra- 
tado, renovación del de Chaumont, que tenía por objeto 
sostener al Bey de Francia contra Napoleón y compro- 
meterse á colocar á éste en situación de no poder repe- 
tir sus tentativas. A este tratado se adhirieron Portu- 
gal, los Países Bajos, Cerdeña, Baviera, Suiza, Sajo- 
rna, Hanover, Wutemberg y otros grandes ducados, y 
esta formidable coalición puso bien pronto sobre las 
armas nuevecientos mil combatientes. 

En el entretanto, los batallones enviados por Luis 
XVm contra Napoleón, se declararon á favor de éste, 
pronuncióse también en el mismo sentido el ejército 
reunido en el Delfinado^ los mariscales Ney y Soult se 



212 HISTORIA POLÍTICA T DIPLOMÁTICA 

le adhirieron, y sin disparar un tiro entró en París el 
Emperador el 20 de Marzo. Parecía natural que al re- 
cobrar el trono, buscase el apoyo de los liberales, pero- 
nada hizo por obtenerlo y se limitó á improvisar ocho- 
ejércitos para hacer frente a los tres de los aliados; el 
austríaco que mandaba Schwartzemberg, el inglés qu& 
dirigía Wellington, y el prusiano que obedecía a BIü- 
cher. Derrotó á estos dos últimos, obteniendo la impor- 
tante YÍctoria de Siguí, postrer reflejo de sus grande» 
glorias militares; pero vencido el 18 de Junio en Wa- 
terlóo, se vio precisado á abdicar de nuevo, y Luis- 
XVIII volvió á París el 8 de Julio, después de haberse 
firmado el día 3 en Saint Cloud una suspensión de hos- 
tilidades entre los comisarios de los aliados y los del 
ejército francés. Napoleón se refugió en un buque in- 
glés, pero por la convención de 2 de Agosto las poten- 
cías coligadas le consideraron como prisionero de gue- 
rra, y en su virtud fué conducido á la isla de Santa 
Elena, confiando su guarda á Inglaterra. 

10. Restablecido en el trono Luis XVIII, se vi¿ 
obligado á suscribir la segunda paz de París de 20 de 
Noviembre de 1815, la cual se consignó en cuatro ins- 
trumentos separados que concertó Francia, uno con 
cada una de las potencias aliadas, firmándolo por el 
Monarca francés, el Duque de Richelieu; por Austria^ 
el Príncipe de Metternich y el barón de Wessenberg; 
por Inglaterra, lord Castlereagh y el duque de We- 
llington; por Rusia, el Príncipe de Rasumowski y el 
Conde Capo d'Istria, y por Prusia, el Príncipe de Har- 
denberg y el barón de Humboldt. 

Como era lógico sucediese, esta segunda paz fué 
menos favorable á Francia que la primera, pues la 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 213 

impuso algunas cesiones territoriales á favor de Pru- 
^ia, Baviera, Holanda y Cerdeña; y si bien se la con- 
firmó la posesión de Aviñón y de Montbeliard, se la 
obligó á satisfacer una indemnización de guesra de se- 
tecientos millones de francos, y además las potencias 
se reservaron el derecho de ocupar con un ejército de 
ciento cincuenta mil hombres, y por un plazo máximo 
•de cinco añ.os, varías plazas de la frontera. 

£ste tratado cierra un período importantísimo de la 
historia: el de las guerras de conquista y la lucha de 
las naciones por su independencia, é inaugura otro no 
menos interesante: el del desenvolvimiento y predomi- 
nio de los principios proclamados en el Congreso de 
Viena. 



CAPITULO XI 



I.— Diferencias entre España y los EstaOos Unidos.— t!. La cuestión de la 
Florida: tratado de 1819.— 3. Antecedentes de ia guerra de 1812 entr^- 
los Estados Tnidos y la Gran Bretaña: la lucha: venciaiicnlo de laUnkm^ 
— 4. Tratado de paz de Gand. 



1. Ya se ha dicho (1) que no obstante haberse re- 
servado España, en el tratado de 1.° de Octubre de 
1800, el derecho de preferencia en el caso de cesión de 
la Luisiana, Francia vendió ésta á los Estados Unidos 
sin participárselo á aquélla, de modo que el G-obiemo- 
de Madrid no tuvo conocimiento del tratado de venta 
firmado en París el 30 de Abril de 1803, hasta después 
de concluido. 

La conducta de Francia debía molestar forzosa- 
mente á España. B.ecuérdese que la cesión de la Lui- 
siana se arrancó á la corte de Madrid por la astu- 
cia y el engaño, y que Napoleón no cumplió ninguna 
de sus promesas; y si se agrega á esto que Francia 
pretendió dar á dicha Colonia una extensión que no ha- 
bía tenido bajo el dominio español, se comprenderá 
<[ue era inevitable surgieran serios razonamientos en- 
tre los Gabinetes de Madrid y de Washington por la 



(1) Véase el capítulo VI. 



HISTORIA POLÍTICA \ DIPLOMÁTICA 215 



cuestión de límites, no ocurriendo choques entre las tro- 
pas de una y otra nación acumuladas en las orillas del 
Sabine, porque sus jefes pactaron una tregua. La cues- 
tión délas indemnizaciones complicó este asunto, y pa- 
ra arreglar uno y otro ordenó el presidente Jefferson 
á Mr. Monroe que desde Londres se trasladase á Madrid 
con objeto de gestionar en unión de Mr. Pinckney. 

Cinco meses duraron las negociaciones, y los mi- 
nistros americanos pusieron fin á aquellas sin obtener 
resultado alguno y sin poder obtenerlo, porque varias 
de sus indicaciones fueron rechazadas por el Comité 
parlamentario, el cual, bajo la presidencia de Mr. Ra- 
dolph y en disidencia con Jefferson, se inclinaba é que 
se declarase la guerra á España. La Cámara consignó 
la suma de dos millones de duros, que habían de que- 
ílar á disposición del Presidente «para atender á loa 
gastos extraordinarios que ocurriesen en las negocia- 
ciones con las potencias extranjeras;» pero al remitir 
este acuerdo al Senado, se dijo en la comunicación que 
aquella suma estaba destinada á comprar los territorios 
españoles situados al Oeste del Mississipí; y Jefferson, 
una vez aprobado este acuerdo, quiso hacer una nueva 
tentativa para llegar á una inteligencia con España, 
nombrando al efecto comisionados én París al General 
Armstrong y á Mr. Bowdoin, los cuales nada consiguie- 
ron. Sin embargo, la guerra no llegó á estallar, acaso 
porque lo impidió la destrucción de la escuadra españo- 
la en Trafalgar (21 Octubre 1805), y acaso porque es- 
tando unidas España y Francia, Jefferson, cuyas sim- 
patías por ésta última eran evidentes, no quiso romper 
con aquélla por temor de que la guerra envolviese á la 
segunda. 



216 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

• Por entonces quedaron así las cosas, en tan difícil 
y peligroso estado. 

Importa hacer constar que las proposiciones de los 
Estados Unidos fueron siempre totalmente inaceptables. 
Cuando Monroe estuvo en Madrid á principios de 1805, 
propuso al Gobierno español se fijase la frontera en el 
Río Colorado, y que á cambio de ello, la Unión renun- 
ciaría á las indemnizaciones que se la debían; pero es- 
to no se aceptó ni podía aceptarse, pues equivalía á 
ceder la mitad de la provincia de Tejas. De suerte que 
no hubo intransigencia por parto de España, sino im- 
posibilidad de conciliar sus intereses con las exigencias 
de los americanos. 

2. Así las cosas, un nuevo incidente qne puso de 
relieve los ambiciosos proyectos del Gobierno america- 
no, fue un germen más de discordia. El presidente Ma- 
dison ordenó (10 Octubre 1810) la toma de posesión de 
la parte de la Florida occidental situada entre el Mis- 
sisipí y el Perdido, alegando caprichosamente que 
aquella formaba parte de la Luisiana; y no satisfecho 
con esto, encargó al gobernador de la Georgia concer- 
tase con los habitantes de la Florida oriental su volun- 
taria sumisión y de no conseguirla, procediese á ocupar 
el país por la fuerza. El embajador de Inglaterra, M. 
Foster, pidió explicaciones, y el Secretario de Estado, 
Monroe, se negó á darlas en cuanto á la Florida occi- 
dental, alegando que ésta, como perteneciente á la 
Luisiana, formaba parte de los Estados Unidos, y de- 
claró que la Florida oriental se tomaba como garantía 
de las diferentes reclamaciones que tenía que dirigir á 
España, medida de precaución aconsejada por el esta- 
do de esta monarquía. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 217 

Eu efecto, el G-eneral Matthews penetró en la Flo- 
rida en 1811, apoderándose de la parte habitada del 
Este, excepto de la ciudad fortificada de San Agustín. 
Esta invasión y el conflicto que se siguió para sostener 
con las armas la posesión de los territorios ocupados, 
hizo que la Florida oriental quedase completamente 
devastada, habiendo sido destruido todo cuanto reves- 
tía una forma cualquiera de propiedad. Sin embargo, 
por entonces nada definitivo consiguieron los Estados 
Unidos por impedírselo el curso de la guerra tan desas- 
trosa que sostuvieron con Inglaterra. 

Algunos años más tarde, ocupando la presidencia 
M. Monroe, un aventurero, el titulado general Mac- 
Gregor, un pirata, Luis Aury, y un norte-americano, 
Hnbbad, al frente de unos cuantos contrabandistas, 
esclavos y bandidos, se propusieron conquistar la Flo- 
rida oriental para anexionarla á los Estados Unidos. 
Procedieran ó no de acuerdo con el Gobierno de la 
Unión, como se ha dicho, es lo cierto que aquéllos, con 
la gente que reclutaron en los puertos del Sur, obliga- 
ron á capitular al gobernador español; pero á pretexto 
de que no podían constituir un Gobierno serio y estable, 
el 1.** de Enero de 1818 se apoderaron del país, en 
nombre de los Estados Unidos, el mayor Bankhead y 
el comodoro Henly. 

Otro nuevo pretexto, acaso del mismo origen que el 
anterior, dio ocasión al Gobierno federal para realizar 
sos mal disimulados deseos. Los indios de Seminóla, 
<iue ocupaban parte de la frontera de la Florida y de 
los Estados Unidos, habían cometido algunos excesos 
contra subditos americanos, y en virtud de esto se en- 
vió contra ellos al general Jackson, el cual penetró en 



218 HISTORIA POLÍTICA DIPLOMATlACA 

la Florida oriental y castigó á aquéllos; pero no satis- 
fecho con tal proceder, violando todas las leyes inter- 
nacionales, y sin haber mediado declaración de guerra 
con España, atacó los fuertes españoles que, despreve- 
nidos, no pudieron resistir. La Cámara de Representan- 
tes se ocupó del asunto, y aunque Henry Clay y otros 
censuralron la conducta de Jackson, no sólo no fué ca^^- 
tigado éste, sino que, tácitamente, recibió la aprobación 
del Gobierno y del Presidente. 

Semejante conducta no fue obstáculo para que (1 
22 de Febrero de 1819 firmaran en Washington don 
Luis de Onís, ministro plenipotenciario español, y don 
Juan Quincy Adams, en nombre de la Unión, un trato- 
do de amistad, arreglo de diferencias y limites entre Es- 
paña y los Estados Unidos, por el cual España cedía á 
los Estados Unidos los territorios situados al E. del 
Mississipí (Florida oriental y occidental), comprendiendo 
las islas adyacentes (art. 2.°); se fijaban los límites en- 
tre ambas naciones (art. 3.**); se reconocía á los habi- 
tantes de los territorios cedidos el derecho de conservar 
el libre ejercicio de su religión sin restricción alguna, yá 
los que quisieran trasladarse á dominios españoles, el 
de la venta ó extracción de sus efectos en cualquier tiem- 
po, sin exigirles derecho de ninguna clase (art. 5.^): la^ 
dos altas partes contratantes renunciaban á todas las 
reclamaciones de daños y perjuicios hasta el día (artí- 
culo 9.°), y los Estados Unidos tomaban sobre sí el 
pago de todas las reclamaciones de sus conciudadanos 
contra España hasta la suma de cinco millones de \^ 
sos (art. 11). El principio consignado en el art. lo del 
tratado de 1796 de que la bandera cubre la propiedad.füí^ 
objeto de aclaraciones, conviniéndose en aplicar aquél 



TT- 



HISTORIA POLÍTICA Y D.PLOMÁTICA 219 

respecto á las potencias qne admitían dicho princi- 
pio, pero agregando que si una de las dos partes con> 
tratantes estuviese en guerra con una tercera y la otra 
I)ermaneciera neutral , la bandera de ésta cubriría 
la propiedad del enemigo cuyo gobierno aceptase tal 
doctrina y no de otros (art. 12). Además se estipuló que 
los buques españoles cargados sólo de productos ó ma- 
nufacturas nacionales y procedentes directamente de 
les puertos de España ó de sus Colonias, fueran ad- 
mitidos por espacio de doce años en los puertos de 
Panzacola y San Agustín de las Floridas, sin pagar 
más impuestos por sus cargamentos ni mayor derecho 
de tonelaje que los que pagasen los buques de los Esta- 
dos Unidos, y sin que durante dicho período pudie- 
se otorgarse igual privilegio, en los territorios cedidos, 
á ninguna otra nación (art. 15). 

La ratificación de este tratado dio lugar á inciden- 
tes que estuvieron á punto de anularlo, pues siendo ne- 
cesaria la autorizi^oión de las Cortes, éstas, al otorgar- 
la en sesión secreta de 5 de Octubre de 1820, tenien- 
do en. cuenta que Fernando VII había concedido en 
1817 al Duque de Alagón y al Conde de Puñonrostro 
considerables porciones de terrenos incultos en las Flo- 
ridas, y después de declarar nulas estas cesiones, acor- 
daron que dichos terrenos, en virtud de lo estipulado 
en el art. 8.** no estaban comprendidos en los cedidos á 
los Estados Unidos, y que, por lo tanto, procedía que 
el Gobierno español los beneficiase en favor del Tesoro 
público. Como la opinión norte-americana no había re- 
cibido bien este tratado que obligaba á la devolución 
de Tejas, el Gabinete de Washington se negó á aceptar 
dicha aclaración, y como España había dejado pasar el 



220 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

tiempo fijado para la ratificación, no podía quejarse si 
ésta no se llevaba á cabo, por lo cual cedió en todo, y 
el tratado se ratificó por España el 24 de Octubre de 
1820, y por la Unión el 20 de Febrero de 1821, 

3. Las relaciones entre los Estados Unidos y la an- 
tigua Metrópoli no revistieron en este período mayor 
cordialidad que entre aquéllos y España, y antes por 
el contrario, agriándose de día en día, concluyeron por 
determinar un rompimiento que ensangrentó los terri- 
torios y las costas de la Unión. 

No cabe extrañar que así sucediese. La" guerra que 
con gran tenacidad sostenían Francia y la Gran Breta- 
ña era esencialmente comercial, y un país comercial 
por excelencia, como los Estados Unidos, no podía me- 
nos de ser complicado en el' desarrollo de aquélla. La 
República norte-americana, utilizando las circunstan- 
cias, había dado un gran impulso á sus transacciones 
mercantiles, impulso que arrancaba de la decisión del 
attorney general, comunicada oficialmente (11 Abril 
1801) á M. Rufus King, ministro de aquélla en Lon- 
dres, por la cual las producciones de las Colonias 
del enemigo podían ser introducidas por un neutro 
en su propio país y reexportadas á la misma Metrópoli 
de las Colonias, «porque el desembarco de las mercan- 
cías y el pago de derechos en el país neutro, rompía la 
continuidad del viaje y constituía una introducción que 
legalizaba el comercio, mucho más si las mercancías 
eran reembarcadas en el mismo navio por cuenta del 
mismo propietario neutro y expedidas á la Metrópoli 
para ser allí vendidas.» Pero como quiera que la legis- 
lación aduanera de la Unión otorgaba el reembolso de 
los derechos, con pequeño quebranto, á las mercancías 



HISTOBIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 221 

reexportadas, Inglaterra cambió sus disposiciones, y 
los buques americanos se encontraron de pronto perse- 
guidos por un comercio que juzgaban legal. 

Por otra parte, los ingleses culpaban á los Estados 
Unidos de favorecer el comercio de los enemigos de la 
Oran Bretaña, cargando en los puertos de esta mercan- 
cías qne en alta mar trasbordaban á buques españoles, 
franceses ú holandeses. De aquí que, tanto Inglaterra 
como los Estados Unidos, adoptaran disposiciones en- 
camixiadas á reprimir el fraude las de aquélla y á to- 
mar represalias las de los últimos. La República ame- 
ricaina llegó á prohibir el comercio con el Reino Unido. 
Ensambláronse luego negociaciones, pero viéndose du- 
raxLtiO ellas á los norte-americanos supeditados á la in- 
riixexLcia francesa, no pudieron dar resultado alguno, y 
las relaciones entre los dos pueblos de raza sajona 
amexxazaron ocasionar un rompimiento. 

Sin entrar en el detalle de esta larga y enojosa se- 
rie <ie incidentes, diremos que los Estados Unidos pre- 
texidieron que Inglaterra modificase sus disposiciones 
sabré el comercio marítimo, sólo porque aquéllos ha- 
bia.n. obtenido de Napoleón la promesa vaga de derogar 
los £3amosos decretos de BerHn y de Milán; pero el Go- 
bierno inglés se negó á ello, exigiendo la previa dero- 
gación de éstos. No hubo pues, acuerdo, y el 19 de Ju- 
nio de 1812 el Presidente Madison, expidió, en virtud 
• 4e un decreto del Congreso, una proclama anunciando 
^ la declaración de guerra á Inglaterra. 
\ «Abandonamos á la posteridad — escribe Garden — 
U] decidir si las circunstancias obligaron á los repre- 
i untantes de la República á dar un paso que sólo la ne- 
f^^idad podio, justificar, ó si la pasión, el espíritu de 
/ 



222 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



partido y la quimera de realizar conquistas del lado 
del Canadá influyeron en la declaración de una gueiTít 
cuya inutilidad y mal resultado no han contribuido á 
aumentar la consideración política del Gobierno de la 
Unión.» En efecto, el 23 de Junio, esto es, cinco días 
después de decidir la guerra el Senado de Washington, 
el Consejo británico, en vista del decreto de Napoleón 
(28 Abril 1811 ó 1812) derogando los de Berlín y Milán, 
revocó sus disposiciones en la parte referente á los bu- 
ques americanos, á condición de que los Estados Unidos 
anularan sus acuerdos sobre los buques ingleses. Pero 
en cuanto se conoció en Londres la declaración de gue* 
rra, ordenó el Consejo el embargo de los na vioa y efec- 
tos americanos. 

De modo que, en realidad, la guerra no estaba jn>- 
tifícada. Pero además es evidente que Madison obró h 
impulso de los partidos, comprometiendo á su pais en 
aventura que no escaso número rechazaba, por temor de 
no ser reelegido para la presidencia. 

Las operaciones comenzaron en Julio de 1812 con 
varia fortuna por mar y con desastrosos resultados 
por tierra para los americanos, los cuales hicieron inú- 
tiles esfuerzos para apoderarse del Canadá. Así es, que 
Madison intentó llegar á un acuerdo con la Gran Bre- 
taña, pero sus proposiciones fueron rechazadas, porque 
aquélla no quiso renunciar á apoderarse de sus propios 
marinos que servían en los buques mercantes america- 
nos. La guerra continuó hasta fines de 1814, obtenien- 
do algunas ventajas por mar los americanos, pero como 
casi todos los combates que se libraban eran aislados, 
de buque contra buque, y no de escuadra contra escua- 
dra, hi relativB superioridad de los Estado» Unido? no 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 223 



podía decidir á su favor la campaña. Por tierra, eu 
cambio, los ingleses quedaron victoriosos á poca costa, 
llegando á penetrar en Washington, que los america- 
uos no acertaron á defender, y en la que las fuerzas 
británicas se entregaron al saqueo, poniendo fuego i 
ninchos edificios. 

La campaña, no obstante, se habría prolongado, 
pues aunque la situmción financiera de los Estados uni- 
dos era muy crítica y no todas las legislaturas eran 
partidaricis de la guerra por creer que se sostenía exclu- 
sívamente en beneficio de Francia, Inglaterra no podía 
enviar tm ejército de desembarco suficiente á vencer 
de un modo decisivo. 

4« Sin embargo, como quiera que Busia hubiese 
ofrecido su mediación para concertar la paz, el Presi* 
dente liCadison se apresuró á aceptar la oferta y nom- 
bró Á Juan Quincy Adams, ministro entonces en San 
Petersburgo, Alberto Gallatin y Jacobo A. Bayard, 
enviados extraordinarios y ministros plenipotenciarios 
para concluir un tratado de paz con Inglaterra bajo los 
auspicios de Busia y asustar con ésta un tratado de 
«'omorcio. 

£1 GK>biemo inglés declinó la mediación, pero de- 
rlar<>se dispuesto á tratar directamente con los comisa- 
rlos americanos, y aceptada por éstos la idea, nombró 
aquél para negociar al almirante lord Gambier, al sub- 
secretario de Estado, sir Henry Goulbum y á sir Wi- 
iliam Adams. Los delegados de una y otra potencia se 
reunieron en Gothemburgo, uniéndoseles después Hen- 
ry Ciar 9 designado también con el mismo objeto por el 
Presidente Madison, y trasladándose á Gand, donde al 
fm^eñrmáetírtiiododepaz el 24 de Diciembre de 1814. 



/ 



-▼:p"-t^ 



224 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Las negociaciones ofrecieron no pequeñas dificul- 
tades, y durante ellas se dio el espectáculo de que el 
Presidente Madison comunicara al Congreso los docu- 
mentos relativos á aquéllas, conducta que no tenía má^ 
precedente que otro hecho igual realizado por el Direc- 
torio francés. Pero aunque en algunos momentos cre- 
yóse que el Congreso de Gand se disolvería sin llegar á 
un acuerdo, ultimóse al fin el tratado, si bien dejando 
sin resolver cuestiones capitales. 

Consignóse en el tratado el restablecimiento de la 
paz, y la mutua devolución de los territorios conquis- 
tados, excepto las islas de la bahía de Passamaquoddy. 
en las cuales cada una de las dos partes conservaría su>* 
posesiones (art. 1.**), la devolución de las presas y la 
restitución de los prisioneros (artículos 2.° y 3.*^): el 
acuerdo de nombrar comisarios, unos encargados de re- 
solver acerca de la propiedad de las islas de Passama- 
quoddy y de la del Grand-Menan, situadas en la bahía 
de Fundy (art. 4.**), y otros, tres por cada parte, para 
decidir diversas cuestiones de límites (artículos 6.**, 6^' 
y 7.^); el compromiso de poner fin á las hostilidades con 
los indios (art. 9.**), y la promesa de encaminar sus es- 
fuerzos á la abolición del tráfico de negros (art. 10.) 

Quedaban por resolver las principales dificultades, 
no sólo aquéllas referentes al ejercicio del derecho que 
se atribuía Inglaterra de apoderarse de los marineros 
ingleses aun á bordo de buques americanos, y á la 
práctica del principio invocado por los Estados Unidos 
de que el pabellón cubre la mercancía, sino todas las 
relativas á límites entre ambas potencias. Unas y otra? 
dieron después lugar á interesantes negociaciones, cuya 
enumeración no corresponde á la índole de esta obra. 



'■ ■ 



CAPITULO XII. 



\. Congreso de \ieiia de 1815.— 2. Poiiticade la legitimidad. ^3. Dispo- 
ácioaes de dicho Congreso respecto á modificaciones territoriales do 
los Estados. — 4. Formación de las Confederaciones germánica y^ Suiza y 
del reino de los Países Bajos.— 5. Principios establecidos por el citado 
Congreso con relación á la libertad de naYegaclón de los rios, la trata 
de negros y las categorías diplomáticas.— 6. Juicio de la obra del 
Congreso: su significación é importancia en el derecbo internacional. 



1. El día primero de Noviembre de 1814 se abrió 
"Viena el Congreso, cuya celebración se había de- 
t^nnixiado en el art. 32 del tratado de París de 30 de 
'O- Aunque concurrieron personalmente varios Mo- 
;, la representación oficial de las potencias estuvo 
ooixfiacla: por Austria, al Príncipe de Metternich y al 
de Wessenberg; por España, á don Pedro Gó- 
Xiabrador; por Francia, al Príncipe de TaUeyrand, 
al IHiqne de Dalberg,* al Conde Gouvernet de Latour 
dxjL Fin y al Conde de Noailles; por Inglaterra, á Lord 
Oastlereagh, á los Condes de Wellington, de Clancarty 
V' d^ CatJicart y á Lord Stewart; por Portugal, al Con- 
cia de Pálmela, á don Antonio de Saldanha de Gama y 
Á don Joaquín Lobo de Silveira; por Prusia, al Príncipe 
Ae Kasoumoffsky y á los Condes de Stackelberg y de 
Nesselrode; y por Suecia, al Conde de Locwenhjelm. 
lias conferencias se prolongaron hasta el 9 de Junio 

15 



I 



. J 

ir 



226 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

de 1816, en que se firmó el acta final, y durante aqué- 
llas tuvo lugar, por tanto, el regreso de Napoleón, su 
reinado de los cien días y su definitivo confinamiento 
en Santa Elena. 

Grande era la misión del Congreso. Destruida la 
autoridad del tratado de Westfalia, habían desapare- 
cido algunos Estados y surgido otros nuevos; las vic- 
torias del Imperio lo trastornaron todo, no permitien- 
do á Europa sino cortos momentos de reposo, y los 
mismos Monarcas congregados en Viena contribuyeron 
á la total transformación de las viejas nacionalidades, 
llevando á cabo los tres repartos de Polonia. Era pre- 
ciso «encontrar el medio de que los Estados pudieran 
coexistir de tal modo que no corriese peligro su inde- 
pendencia particular», pero era preciso también no 
perder de vista que la revolución francesa, primero, y 
luego, de un modo más eficaz, las victorias napoleóni- 
cas, removiendo los pueblos y destruyendo el prestigio 
de los Reyes, habían provocado una acción popular, 
cuyas primeras manifestaciones fueron las guerras na- j 
clónales de España, Rusia y Alemania, y cuyo des- 
arrollo engendró los movimientos populares, ya ini- 
ciados por entonces y continuados durante los vein- 
ticinco años siguientes. No bastaba restaurar las mo j 
narquías, sino que era preciso consolidar el porvenir i 
sobre bases no arbitrarias. 

La ocasión era propicia y altamente favorable el 
momento. Los pueblos encontrábanse rendidos por tan 
prolongada lucha y ansiaban la paz, y los Monarcas 
que recobraban los tronos que habían perdido, podían ¡ 
darse por muy satisfechos, como escribe Cantii, reci- 
biendo un poder moderado. 




SH 



HISTOUiA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 227 



Cómo cumplió el Congreso de Viena su importantí- 
sima misión, cuáles fueron sus acuerdos, qué conse- 
cuencias produjeron éstos en la esfera de las relaciones 
internacionales y en el modo de ser los pueblos, y qué 
juicio, eíi fin, merece la obra de aquella aparatosa 
Asamblea que tantas esperanzas hizo concebir, he aquí 
lo que vamos á analizar, exponiendo sucintamente las 
tareas de los Beyes y grandes dignatarios reunidos en 
la capital austríaca. 

3. Talleyrand, el antiguo jacobino, el hombre que 
durante toda su vida anterior habíase mostrado ciego 
servidor del éxito, cooperando poderosamente á la obra 
de Napoleón triunfante, abandonando á éste así que 
vio CMclipsarse su estrella, precipitando su caída é ini- 
ciando la restauración borbónica, ftié el que pronunció 
por vez primera en el seno del Congreso la palabra Ze- 
güimidadj base y fundamento del edificio político eri- 
gido en Viena al firmarse el acta de dicha Asamblea, 
ó por mejor decir, máscara con que se procuró disimu- 
lar la verdadera tendencia de esa obra. 

En una nota de Talleyrand á Mettemitch sobre la 
cuestión de Sajonia, de la que luego hablaremos, nota 
fechada el 19 de Diciembre de 1814, exponía aquél 
ideas que, en cierto modo, explican su pensamiento. 
*En ninguna otra, escribía, se hallan comprometidos 
ȇ la vez y en tan alto grado, los dos principios de 
»la legitimidad y del equilibrio. Para que fuese justo 
•disponer de este reino, sería preciso admitir que los 
•Monarcas pueden ser juzgados; que pueden ser con- 
•denados sin defensa y sin ser oídos; que en su conde- 
•nación se puede envolver á sus familias y pueblos; 
•que la confiscación, abolida en el código de las nació* 



228 



HISTORIA" POLI I ICA Y DIPLOMÁTICA 



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i'- 



»nes civilizadas, debe .ser sancionada en el siglo XIX^ 
»por el derecho general de Europa, como si la confis- 
»cación de un reino fuera menos odiosa que la de una 
» choza; que los pueblos no tienen ningún derecho dis- 
»tinto de los de sus Reyes, y pueden asemejarse a los^ 
•rebaños de una granja; que se pierde y se adquiere la. 
«soberanía por el mero hecho de la conquista; en reso- 
»lución, que todo es legítimo para e\ más fuerte.» Y 
sin embargo de que aquí parece establecer clara distin- 
ción entre el Rey y el pueblo y se reconocen á éste de- 
rechos distintos de los de aquél, el principio de la le- 
gitimidad, desarrollado por el mismo Talleyrand y 
aplicado por el Congreso de Viena, sancionó el abso- 
luto predominio del Monarca y la completa anulación 
de la nación: el Rey lo fué todo y nada el pueblo; y 
atendiendo exclusivamente á los intereses de los Mo- 
narcas y con un espíritu intransigente y egoísta, lle- 
vóse á cabo, en nombre del llamado principio de equi- 
librio, el reparto de Europa. 

Desconocióse por completo el alto significado de la 
tremenda lucha que había concluido con el poder na- 
poleónico, y olvidóse que el Emperador, victoriosa 
siempre en tanto que sólo tuvo que luchar con los re- 
yes, fué vencido tan pronto como en la contienda to- 
maron parte los pueblos. ¿Era justo imponer al pueblo 
español, por ejemplo, un Monarca que no sólo no ha- 
bía sabido defender la independencia de su Estado ^ 
sino que ni siquiera había intervenido en la lucha? La 
abnegación del pueblo ruso, ¿era para olvidada? Pues, 
sin embargo, consagróse la supremacía absoluta de los 
monarcas, y dióse al principio de la legitimidad un al- 
t:ance que debía suscitar más pronto ó más tarde, como 



■ ■ I 



HISTORIA POLÍTICA Y niPf.OMÁTICA 229 

^ascitó al cabo, la protesta de las naciones. A la exa-. 
aeración revolucionaria sucedió la exageración autori- 
taria, y engendróse la lucha que ensangrentó durante 
toda la primera mitad del siglo XIX el suelo de Eu- 
ropa. 

3. Nada prueba mejor la exactitud de estos aser- 
tos, que el examen de las disposiciones del Congreso 
«de Viena, respecto á modificaciones territoriales de los 
£stados. 

El primer pensamiento de las cuatro grandes po- 
tencias aliadas, dice Calvo, fué disponer, sin consultar 
oon ninguno de los otros Estados representados en el 
Oongreso, de los territorios reconquistados á Francia, 
pero se apercibieron bien pronto de las dificultades in- 
superables con que tenían que luchar, si persistían en 
tal idea, no siendo la menor la oposición que entre 
aquéllas existía por la incompatibilidad de sus exage- 
radas pretensiones. Por todo esto sé decidieron á cons- 
tituir un comité de dirección compuesto de los repre- 
sentantes de Austria, España, Francia, Gran Breta- 
fia, Portugal, Prusia, Rusia y Suecia, el cual delegó 
-en tres subcomités la misión especial de arreglar los 
^.suntos de Italia y de Suiza, y de proceder á la orga- 
Tiización de la confederación germánica. 

Una de las primeras cuestiones de que se ocupó el 
Congreso, y una de las que suscitaron mayores dificul- 
tades, fué la de la incorporación de Sajonia á Prusia, 
exigida por ésta como condición indispensable para re- 
nunciar á sus posesiones en Polonia. 

El representante inglés declaró, con este motivo, 
<jue si esa incorporación era indispensable para la re- 
<!pnatrucc.ión de la monai^quia prusiana, su gobierna 



233 HISTv')lítA lK)LÍriCA Y DIPLOMÁTICA 

accedería, pero que él se opondría con todas sus fuer- 
zas sí aquélla tenía únicamente por objeto acordar una 
compensación á Prusia por el último reparto de Polo- 
nía. El representante de Prusia quiso demostrar la ne- 
cesidad y la utilidad de esa incorporación, invocando 
á la vez los principios generales del derecho de gente* 
y el interés político de Alemania, todo de conformidad 
con el de la misma Sajonia. El acuerdo acerca de este 
punto parecía imposible, y momentos hubo en que lle- 
gó á temerse un rompimiento. Tan inminente s^ con- 
sideró este desenlace, que Austria, Inglaterra y Fran- 
cia, firmaron una alianza secreta (3 Enero 1815) para 
combatir en caso de necesidad, por medio de las armas^ 
las excesivas pretensiones de Prusia y Rusia. Al fin se 
resolvió el conflicto distribuyendo los Estados sajones 
entre su antiguo soberano y el Rey de Prusia, en vir- 
tud de lo dispuesto en los artículos 15 á 22 inclusives- 
del acta de 9 de Junio, 

De esta suerte, Sajonia fué castigada por sus con- 
descendencias con Napoleón, y el reino de Prusia no 
sólo fué restablecido en la situación que ocupaba antes 
de la guerra de 1806, sino que se encontró con un te- 
rritorio doble mayor del que poseía en tiempo de Fede- 
rico II (arts. 23, 24 y 26). 

Alejandro de Rusia quería restablecer la Polonia ^ 
formando de ella un reino agregado á Rusia. Inglate- 
rra alentaba la resistencia á estos propósitos por temor 
<le que aquél consiguiera una gran preponderancia, 
pero al fin fué sacrificada Polonia que formó, como 
deseaba el Emperador Alejandro, un Estado unido al 
imperio ruso (arts. 1."' á 4.^ inclusives), si bien, al 
mismo tiempo, el Congreso declaró que la ciudad de 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 231 

Cracovia con su territorio, cuyos límites se fijaron, 
sería completamente libre, independiente y neutral, 
bajo la protección común de Rusia, Austria y Prusia, 
cuyas tres potencias se encargaban de respetar y hacer 
respetar dicha neutralidad, quedando prohibido al te- 
rritorio neutral el prestar asilo á ninguna especie de 
tránsfugas, desertores y demás perseguidos por la ley 
(arts. 6.** á 13 inclusives). Todas estas iisposiciones y 
todas estas garantías no impidieron que la indepen- 
dencia de Cracovia fuese muchas veces puesta en 
tela de juicio hasta que, no obstante las protestas 
de Inglaterra y Francia, concluyó Austria por incor- 
porarse el territorio, cuya libertad y neutralidad se ha- 
bía encargado de garantir en 1815. 

Austria logró aun desde luego mayores ventajas , 
pues alegando que se había mostrado más pertinaz que 
nadie en la lucha, que no había reparado en sacrificios 
de ninguna especie ni en gastos, y que había inmolado 
Au dignidad, sus pueblos y hasta su sangre, consiguió 
ver restablecido el imperio de los Hapsburgos como es- 
taba en 1805, obteniendo la restitución de todos los te- 
rritorios que Austria había cedido á Francia por los 
tratados de Campo-Formio, Luneville, Presburgo, Fon- 
tainebleau y Viena (1809), á excepción de Bélgica. Se 
la devolvieron además los Estados venecianos situados 
sobre la ribera izquieida del Adigio, los territorios si- 
tuados entre el Tesino, el Pó y el mar Adriático, los 
valles de la Yaltelina, Bormio y Chiavenna, y todo lo 
qtie había constituido la repúblicade Bagusa (arts. 93, 
04 y 95). 

Los ducados de Parma, Plasencia y Guastala, á ex- 
cepción de los territorios enclavados en los distritos 



23*¿ HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

adjudicados al Austria sobre la ribera izquierda del Pó, 
fueron dados á la Emperatriz María Luisa, con cláusula 
de reversión, cuya forma habían de acordar Austria, 
Francia, España, Rusia, Inglaterra y Prusia (art. 99). 
Los Ducados de Módena, Reggio y Mirándola se de- 
volvieron al Archiduque Francisco de Este, el Ducado 
de Massa y el Principado de Carrara, á la Archiduque- 
sa María Beatriz de Este (art. 98), el gran Ducado de 
Toscana, al Archiduque Femando de Austria (art. 100), 
el Principado de Luca, erigido en Ducado, á la Infanta 
María Luisa (art. 101), y el trono de Ñapóles, á Fer- 
nando IV, con el título de Rey de las Dos-Sicilias (art. 
104). Es de advertir que España trabajó porque el Du- 
cado de Toscana se otorgase al Infante Carlos Luis, 
hijo de Luis I, y al efecto, ya antes del Congreso, nues- 
tro plenipotenciario Labrador había formulado sus de- 
seos en una Memoria. Al reproducir los argumentos de 
«^sta ante la Asamblea, contestó Metternich que elasun- 
to de Toscana no podía ser objeto de acomodamiento 
alguno, sino de una guerra, por lo cual España hubo 
de contentarse conque á María Luisa se le otorgase el 
Ducado de Luca y una renta de quinientos mil 
francos (1). 

• 

(1) No obstante esto, por el tratado firmado en París el 10 de 
Junio de 1817, entre Auntria, España, Francia, Inglaterra, Pru- 
sia y Rusia, se dispuso que ios ducados de Parma, Plasencia v 
Guastala habrían de pasar en plena soberanía, después de la 
muerte de la archiduquesa María Luisa, á la infanta de Espa- 
ña María Luisa, al infante Carlos Luis, su hijo, y á sus descen- 
dientes en línea directa y masculina, con excepción de los dis- 
tritos enclavados en los Estados austríacos, sobre la orilla iz- 
quierda del Pó; y que en tal caso el principado de Luca pasaría 
al gran duque de Toscana. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 293 



El Rey de Cerdeña entró en posesión del Piamonte 
y de la Saboya, aumentándose sus Estados con los de^ 
la antigua Eropública de Genova y parte de los que for- 
máronla República de Liguria, debiendo agregar á sus 
título» el de Duque de Genova (arts. 85 á 92 inclusi- 
ves), y en fin, después de largas discusiones respecto á 
los Estados del Papa, y no queriendo Francia renun- 
ciar á la posesión de Avifión ni Austria desprenderse 
«leí derecho de guarnición sobre Ferrara y Commachio, 
se resolvió devolver á la Santa Sede las Marcas con 
í^amerino y sus dependencias, el Ducado de Benaven- 
te, el Principado de Ponte Corvo, y las legaciones de 
Rávena, Bolonia y Ferrara, excepto la parte de ésta 
última situada sobre la ribera izquierda del Pó, y re- 
í^ervándose á Austria aquel derecho de guarnición (art. 
103). 

Nada se trató directamente respecto de España por 
haber recobrado el trono su antiguo Monarca, pero las 
potencias se comprometieron á emplear sus buenos ofi- 
cios para hacer efectiva la devolución á Portugal de la 
'iudad de Oliyenza y demás territorios cedidos á aqué- 
lla por el tratado de Badajoz de 1801 (art. 105). Por- 
tugal devolvió á Francia la Guyana francesa con los 
límites fijados en el art. 8.** del tratado de Utrecht 
lart. 107). 

De este modo, sobrado caprichoso, intentó el Con- 
greso resolver el problema del equilibrio político de los 
Estados; pero aún llevó á cabo otras importantes mo- 
dificaciones territoriales, de las cuales es preciso dar 
«^^uenta antes de formar juicio definitivo: nos referimos 
á la formación de las confederaciones germánica y sui- 
55a y del reino de los Países Bajos. 



■."•■^^■w 



2:^1 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOUÁTICA 

4. No pocas dudas ni escasas dificultades ocasionó 
el organizar la Confederación germánica, no sólo por las 
que ofrecía la distribución de los territorios vticantejf 
(título conque se calificaba á los estados seculares y i 
los que no pertenecían á soberanos ni príncipes recono- 
cidos), sino por las que ocasionaba el organizar la ad- 
ministración interior, dadas las amplias promesas que 
se habían hecho y las ilimitadas esperanzas que se ha- 
bían infundido. Pero al fin, después de la tentativa na- 
poleónica de los cien días, cesaron todas las oposicio- 
nes y pudo llegarse á un acuerdo. 

Por el art. 53 del acta final del Congreso se declar«'> 
que los príncipes soberanos y las ciudades libras de 
Alemania establecían entre ellos una confederación 
perpetua, con el nombre de Confederación germánica, 
en la cual se comprendían además, el Emperador de 
Austria y el Rey de Prusia, por aquellas de sus pose- 
siones que antiguamente pertenecían al imperio germá- 
nico; el Rey de Dinamarca, por el Ducado de Holstein: 
y el Rey de los Países Bajos, por el gran Ducado de 
Luxemburgo. El objeto de la Confederación era el man- 
tenimiento de la seguridad exterior é interior de Ale- 
mania, y la independencia ó inviolabilidad de los Es- 
tados confederados (arfe. 54). Los asuntos de la Confe- 
deración debían ser resueltos por la Dieta federal, cu- 
ya presidencia correspondía al Austria (artículos o6 

y 67). 

La Dieta debía reunirse en Francfort-sur-le-Mein el 
1° de Septiembre de 1815 (art. 61), repartiéndose die- 
cisiete votos' entre los treinta y ocho miembros confe- 
derados (art. 56), si bien cuando se tratase de leyes 
fundamentales, votaría cada Estado en Asamblea pie- 



pr? 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 235 

na segán su extensión, formando sesenta y nueve votos 
art. 68), 

Comentando estos acuerdos escribe Cantú: «Había, 
>paes, cambiado sobremanera la antigua organización 
»de Alemania: el sacro romano imperio, el que lo repre- 
"sentaba con el titulo de Emperador, los electores, la 
•jerarquía entre los príncipes, el tribunal común habían 
«desaparecido del todo. La Dieta había cambiado tam- 
*bién de naturaleza, pues no tenían representación en 
•ella la Iglesia, ni los nobles, ni las ciudades; y final- 
»mente, no necesitaba el consentiu^iento déí Emperador. 
•Perdieron entonces la bula de oro y las capitulaciones 
«electorales, y se aceptaron los títulos y el poder abso- 
> luto, tales como los había dado un conquistador ex- 
•tranjero. En efecto, la supremacía de hecho en Ale- 
>mania quedó en manos de Prusia, mientras Austria di- 
rigía sus fervorosas miradas cada vez cotí más codicia 
»á Italia 3^^ á los eslavos. El catolicismo, en tanto, re- 
•dücido á los dos votos de Austria y Ba viera únicamen- 
»fce, descendió á un punto subalterno en aquel imperio, 
«que en la Edad Media se había hallado á la cabeza do 
>Ia cristiandad. Apesac de que se conservó la unidad 
•de raza, no se tuvo en cuenta la que dimana de leyes, 
»(le instituciones y garantías comunes; no se estableció 
«centralización de ninguna especie; dejáronse vigente» 
•todos los defectos de que el Imperio adolecía, pero sin 
»la veneración que le daba su antigüedad: y la Ale- 
«mania se halló con que le habían sido cercenadas la» 
•libertades nacidas en su seno, y en cuyo nombre ha- 
>bía empuftado las armas.» 

Menos dificultades ofreció el organizar la Confede- 
ración Suiza. 



. 1. livsvijppp 



23 J HISTORIA l»OLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

• Por el art.° 64 del acta final de 9 de Junio se deter 
minó que la integridad de los diecinueve cantones, ta- 
leéf como estos existían en cuerpo político por virtud de 
la convención del 29 de Diciembre de 1813, se recono- 
cía como base del sistema helvético. Además se reunió 
á Suiza el Valais, el territorio de Ginebra, el Prin- 
cipado de Neufchátel, y parte del obispado de Basilea 
y del territorio de Bienne, y se devolvió al cantón de 
V^ud el valle de Dappes. Los habitantes de la parte de 
Basilea y Bienne unida á Suiza, debían conservar sus 
privilegios municipales en todo lo que fuese compati- 
ble con la constitución del cantón de Berna y gozar de 
los derechos de los antiguos habitantes de éste, sin es- 
tablecer diferencia alguna por cuestión religiosa. Ade- 
más, se aseguraban las comunicaciones comerciales y 
militares de Ginebra con el cantón de Vaud y el rest«> 
de la Suiza (artículos 65 á 79 inclusives.) 

Finalmente, en la imposibilidad de enumerar todas 
las modificaciones territoriales realizadas por el Con- 
greso, lo cual es incompatible con la índole elemental 
de esta obra, nos limitaremos á citar la creación del 
reino de los Países Bajos. 

El art. 65 de la citada acta dispone que las anti- 
guas provincias unidas de los Países Bajos y las pre- 
cedentes provincias belgas, unas y otras en los límites 
que en el artículo siguiente se fijan y juntamente con 
los países y territorios que se citan (Huissen,Malburg, 
Lymers, la ciudad de Sevenaer y el señorío de WeeL 
cedidos por Prusia), formarían el reino de los Países 
Bajos, bajo la soberanía del Príncipe de Orange-Nassau. 
A este nuevo reino se unía una parte del Ducado de Lu- 
xemburgo, la cual, elevada á gran Ducado, cuyo título 



HISTORIA política Y DIPLOMÁTICA 2tJ7 



tomaría el Rey de los Países Bajos, formaría uno de los 
Estados de la Confederación germánica. Asimismo se 
iinía al citado reino la parte del Ducado de Bouillón no 
cedida á Francia por el tratado de París (artículos 67, 
t)8 y 69); pero el Príncipe de Orange renunciaba á favo 
(le Prusia las posesiones que la casa Nassau-Orange te- 
nía en Alemania, especialmente los Principados de Di- 
llenbourg, Dietz, Siegen y Hadamar y el señorío de 
Beilsten (art. 70). También cedió á Inglaterra los te- 
rritorios americanos de Esequibo, Demerary y Bérbi- 
ce, quedando al Rey de Holanda las Colonias que le 
habían sido devueltas, de Surinam, Curasao, San Eus- 
taquio, San Martín, Batavia Banca y las Molucas. 
Constituido de tal suerte el nuevo reino, formaba una 
fuerte barrera entre Francia y el Norte. 

5. Para completar el examen de la obra realiza^da 
por el Congreso de Viena tenemos que exponer sus 
acuerdos acerca de la libertad de navegación de los ríos, 
la trata de negros y las categorías diplomáticas. 

Al primer asunto se refieren los artículos 108 á 117 
del acta final, cuyas disposiciones desenvueltas en un 
Reglamento en el que, después de establecer principios 
generales, se trata especialmente de la navegación del 
Rhin, Neckar, Mein, Moselle, Meuse y Escalda, forman 
el anejo número 16 del protocolo del Congreso. 

Consígnase en dichos artículos que las potencias 
cuyos Estados se encontrasen separados ó atravesados 
por un río navegable, se encargarían de reglamentar de 
común acuerdo todo lo relativo á la navegación, á cuyo 
efecto nombrarían comisarios que habrían de reunirse, 
lo más tarde, seis meses después de la clausura del Con- 
greso, y que tomarían por base de sus trabajos los prin- 



238 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOÜIÁTICA 

cípios siguientes: 1.^ La navegación de los aludidos 
ríos, en todo el curso de éstos, desde el punto en que 
comiencen á ser navegables hasta su desembocadura, 
será enteramente libre, realizándose con arreglo á re- 
glamentos uniformes y tan favorables como sea posi- 
ble al comercio general; 2.° El sistema que se establez- 
ca, tanto para la percepción de derechos como para el 
sostenimiento del servicio de policía, será el mismo en 
todo el curso del río, y comprenderá también , 4 menos 
de impedirlo circunstancias particulares, todas las ra- 
mificaciones y confluentes del río; y 3.^ Los derechos 
de navegación se fijarán de un modo uniforme, inva- 
riable é independiente de la calidad de las mercancías, 
para no hacer necesario un examen detenidfb del carga- 
mento, y no dar lugar al fraude y contrabando; el 
importe de los derechos no podría exceder de los 
que ya existían, y una vez fijada la tarifa no sería 
aumentada sino por acuerdo de los Estados ribe- 
reños. 

Siguen á éstos varios detalles reglamentarios de 
escaso interés para nuestro objeto. 

En cuanto á la trata de negros, los plenipotencia- 
rios firmaron el 8 de Febrero de 1815 una declaración, 
en la cual, considerando que los hombres justos é ilus- 
trados de todos los tiempos han pensado que el comer- 
cio conocido con el nombre de tráfico de negros de 
África, es contrario á los principios de humanidad}' 
de moral universal; 

Que las circunstancias particulares -que le origina- 
ron, y la dificultad de interrumpir repentinamente su 
curso, han podido cohonestar hasta cierto punto 1a 
odiosidad de conservarle; pero que al fin la opinión pú' 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 239 



blica en todos los países cultos pide qué se suprima lo 
más pronto posible; 

Que, después que se ha conocido mejor la natura- 
leza y las particularidades de este comercio, y se han 
tiecho patentes todos los males de que es causa, varios 
G-obiemos de Europa han resuelto abandonarlo, y que 
Hucesivamente todas las potencias que tienen Colonias 
en las diferentes partes del mundo, han reconocido por 
leyes, por tratados ó por otros empefios formales, la 
obligación y la necesidad de extinguirlo; 

Que por un articulo separado del último tratado de 
París, han estipulado la Gran Bretafta y la Francia 
que unirían sus esfuerzos en el Congreso de Viena 
para decidir á todas las potencias de la cristiandad á 
decretar la prohibición universal y definitiva del co- 
mercio de negros; 

Declaraban á la faz de Europa, que siendo á sus 
ojos la extinción universal del comercio de negros una 
disposición digna de su particular atención, conforme al 
espíritu del siglo y á la magnanimidad de sus augustos 
soberanos, deseaban sinceramente concurrir á la pron- 
ta y eficaz ejecución de ella, con cuantos medios esta- 
ban á su alcance. Pero no pudiendo menos de preveer 
que aun siendo muy honroso el fin que se proponían^ 
sus soberanos no procederían sin los justos miramien- 
tos que requerían los intereses, las costumbres y aun 
las preocupaciones de sus subditos, los plenipotenoia- 
rios reconocían que esta declaración no debía influir 
en el término que cada potencia en particular juzgase 
conveniente fijar para la extinción definitiva del co- 
mercio de negros; y por consiguiente que el determi- 
uarla época en que este comercio debía quedar prohi- 



j ■fvn" Tf>*^. 



240 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁT.CA 



bido universalmente sería objeto de negociación entre 
las potencias. Así sucedió, concertándose varios conve- 
nios que, aunque no de un modo inmediato, contribn- 
yeron á la abolición de aquel tráfico. 

Héstanos hablar del reglamento de categorías, fir- 
mado el 19 de Marzo de 1815. Su objeto fué el de ob- 
viar las dificultades que frecuentemente ocurrían y 
podían ocurrir con respecto á las pretensiones de pre- 
cedencia entre los diferentes agentes diplomáticos, y 
para conseguirlo se dividió á éstos en tres clases: 1." 
Embajadores, nuncios ó legados; 2-* Enviados, minis- 
tros ú otros acreditados cerca de los soberanos; y 3.'* 
Encargados de negocios, acreditados cerca de los raí- 
nistros de Negocios Extranjeros. Se consignó que sóK» 
los embajadores, legados ó nuncios tenían carácter re- 
presentativo; que los empleados diplomáticos en misión 
extraordinaria no tenían, en tal concepto, ninguna su- 
perioridad de categoría, y que los lazos de parentesco, 
de alianza de familia ó de alianza política entre la*^ 
Cortes, no daban más categoría á los representantes 
de éstas. Se determinó que los empleados diplomático'^ 
se colocarían entre sí en cada clase según la fecha del 
aviso oficial de su llegada; que en cada Estado se adop- 
taría un sistema uniforme para la recepción de los em- 
pleados diplomáticos, según su diversa categoría; qu^ 

* 

en los instrumentos o tratados entre muchas potonciaí^ 
que admitiesen la alternativa, decidiría la auerte entre 
los ministros el orden que había de seguirse para l^^ 
firmas, y en fin, que este reglamento no produciría 
novedad alguna con respecto á los representantes del 
Papa. 

6. Tal fué la obra del Congreso de Viena, obra *l^^^ 



I ■' 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 241 

im criterio imparcial y desapasionado no permite aplau- 
dir ni censurar en absoluto. 

Claro es que las grandes potencias representadas 
en aquél no procedieron con la elevación de miras y 
y con el espíritu de justicia que era de desear; que in- 
vocando los principios del equilibrio y de la legitimi- 
dad, no hicieron otra cosa que atender y servir sus 
propios intereses, creando un orden de cosas tan ines- 
table, que únicamente pudo subsistir pocos años; que 
no lograron extirpar el germen de las rivalidades y de 
la discordia, y en fin, que exagerando la natural y ló- 
gica reacción contra los principios revolucionarios, 
dieron origen á una política que no sólo engendró pro- 
testas en toda Europa, sino que determinó en América 
actitudes que han influido de un modo poderoso y per- 
manente en las relaciones internacionales. Pero siendo 
todo esto cierto, no lo es menos que la ciencia del de- 
recho internacional es deudora al Congreso de Viena 
de indiscutibles servicios. 

Consagrado ya el principio de la nacionalidad, ha- 
bíase iniciado con la paz de Westfalia el empeño de 
constittdr la sociedad internacional, borrándose poco á 
poco las excepciones y los antagonismos que se oponían 
á la realización de aquél. En un principio fundóse esa 
Sociedad sobre la base de la idea católica, de suerte 
que casi puede decirse que los únicos pueblos que man- 
tenían trato y sostenían relaciones eran los que profe- 
saban el catolicismo. En el tratado de Westfalia, que 
puso fin á la guerra de les treinta años, rompióse ese 
exclusivismo, que no otra cosa significaban la emanci- 
pación de Holanda y la confederación suiza y la con- 
sagración en el Imperio germánico de la libertad reli- 

16 



242 HISTORU POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



giosa. Pero el Congreso de Viena dio un paso más, y á 
la idea católica sustituyó la idea meramente cristiana, 
con tan amplio espíritu, que si bien no puede decirse 
aún que se hubiera borrado entre las naciones toda di- 
ferencia fundada en las creencias religiosas, se echaron 
los cimientos del edificio lev^antado por el tratado de 
París de 1866. No figuró todavía el Imperio turco en 
el concierto de las naciones, pero pesó ya en los acuer- 
dos de éstas y no se perdió de vista su existencia. 

Al ensancharse de este modo la Sociedad de las na- 
ciones, se ensanchó también la esfera de la acción in- 
ternacional. Reducida ésta durante la Edad Medía, á 
España, Francia, Italia y Alemania, extendióse des- 
pués, sucesivamente, á Suecia, Inglaterra y Pmsia, 
y el Congreso de Viena reconoció y sancionó la in- 
tervención de Rusia, que desde luego figuró en el 
número de los pueblos directores. Esto en cuanto s*" 
refiere á Europa, pues á partir de la guerra de 181'i 
entre Inglaterra y los Estados Unidos, no cabe negar 
á éstos el derecho á figurar entre los legisladores del 
derecho internacional, por sus esfuerzos en pro de la 
afirmación absoluta de la libertad de los mares y su in- 
fluencia en la reforma del sistema colonial. 



CAPÍTULO XIII. 



I. La 8anta Alianza: tratado de Paris, de 26 de Septiembre de 1815 — 
2. (kingresa de Aix-Ui-Gliípelte y de Aquisgran, en 1818.-3 Confe- 
rencias de Carlslwd y de Yíena, en 1819: sus efectos en la Confedera' 
«i6n germánica. — 4. Congresos de Troppau y de Laybach, en 1820: 
política de í nterTención en Ñapóles y el Piamonte.— 5. Situación de 
España. — 6. Congreso de Verona, en 182?.— 7. Intervención en Espa- 
ña, en 1823.-8. Interrención en Portugal, en 1826. 



1. — Un examen superficial del estado de Europa al 
terminar sus tareas el Congreso de Viena, habría podi- 
do hacer concebir las más gratas esperanzas. Bien ó 
mal, el equilibrio político habíase restablecido; los pue- 
blos, rendidos, extenuados por las incesantes y san- 
grientas guerras de la Revolución y del primer Impe- 
rio, ansiaban gozar los beneficios de la paz; el tiempo 
de las conquistas había pasado, y no se vislumbraba 
motívo alguno capaz de lanzar de nuevo á las naciones 
¿ luchas internacionales. Y sin embargo, la realidad 
de las cosas no consentía abrigar tales ilusiones, por- 
<jue el espíritu de la discordia no había hecho más que 
cambiar de terreno, y porque los mismos monarcas, 
olvidando lo ocurrido en los últimos veinte años y des- 
conociendo el cambio radicalísimo operado en los pue- 
blos, se empeñaron en gobernar cómo sí la Revolución 



i 



1 



■ ■! *'i"r 



244 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

hubiera sido un sueño: habían anunciado, al solicitar 
el concurso de sus subditos y proclamar la guerra na- 
cional contra Napoleón, que iban á luchar por la 
libertad de las naciones, y luego que se vieron en los 
tronos negaron la libertad y prescindieron de las na- 
ciones. 

La primera manifestación de la nueva política ñi^ 
el acuerdo entre Austria, Rusia y Prusia, que dio ori- 
gen al célebre tratado dicho de Santa Alianza^ que fir- 
maron en París, el 26 de Septiembre de 1815, perso- 
nalmente y sin el concurso de plenipotenciarios, el 
Emperador de Austria, Francisco II, el Rey de Prusia. 
Federico Guillermo III, y el Emperador de Rusia, Ale- 
jandro I. Más que un verdadero tratado, es dicho docu- 
mento una especie de manifiesto, en el cual los tres so- 
beranos declaran «á la faz del universo su resolución 
inquebrantable de no tomar por regla de conducta, así 
en la administración de sus Estados respectivos como 
en sus relaciones políticas con todo otro Grobiemo, más 
que los preceptos de esta santa religión, preceptos d« 
justicia, de caridad y de paz, que, lejos de ser única- 
mente aplicables á la vida privada, deben, por el con- 
trario, influir directamente en las resoluciones de los 
príncipes, y guiar todos sus pasos, como que son el 
único medio de consolidar las instituciones humanas y 
de remediar sus imperfecciones.» 

En los tres artículos de que consta este tratado no 
se hace otra cosa que desenvolver esa misma idea; pero 
no obstante esto, por la importancia de semejante 
pacto y la influencia que ejerció, conviene reproducir- 
los. Dicen así: 

«Art. I. Pe conformidad con las palabras de las 



HISTORIA POLÍTICA Y D1PÍ/>MÁTICA 245 

1-^"^^^ — -r w- ^ — -— ^M III ■ ■■ I ■ 

«Santas Escrituras, que ordenan á todos los hombres 
'mirarse como hermanos, los tres monarcas contra tan- 
ates permanecerán unidos por los lazos de una frater- 
«nidad verdadera é indisoluble, y considerándose como 
«compatriotas, se prestarán en toda ocasión y en todo 
«lugar asistencia, ayuda y socorro; mirándose con res- 
>pecto á sus subditos y ejércitos, como padres de fami* 
*lia, y les dirigirán con el mismo espíritu de fratemi- 
»d'ad de que ellos están animados para proteger la reli- 
«gión, la paz y la justicia. 

«Art. II. En consecuencia, el solo principio en vi- 
»gor, sea entre dichos gobiernos, sea entre sus subditos, 
«será el de prestarse recíprocamente servicios, mani- 
*festarse por una benevolencia inalterable el mutuo 
•afecto de que deben estar animados, no considerarse 
»sino como miembros de una misma nación cristiana, 
•no mirándose las tres potencias aliadas sino como de- 
*legadas de la Providencia para gobernar tres ramas 
»de una misma familia, á saber: Austria, Busia y Pru- 
*sia, confesando así que la nación cristiana de que ellos 
*y sus pueblos forman parte no tienen realmente otro 
•soberano que aquél á quien exclusivamente pertenece 
•en propiedad el poder, pues que sólo en él se hallan 
•todos los tesoros del amor, de la ciencia y de la sabi- 
*duría infinitas, es decir, Dios, nuestro divino Salvador. 
•Jesucristo, el Verbo altísimo, palabra de vida. Sus 
•Majestades recomiendan por lo tanto, á sus pueblos, 
*con la más tierna solicitud, como único medio de go- 
•zar de esta paz que nace de una conciencia sana y que 
"^es la sola durable, que se fortalezcan cada día más en 
♦estos principios y en el ejercicio de los deberes que el 
•divino Salvador ha enseñado ai los hombres.» 



246 HISTORIA I»OLÍTlCA Y DIPLOMÁTICA 

«Art. III. Todas las potencias que quisieren solem- 
•nemente confesar los principios sagrados quehandic- 
»ta4o el presente acto... serán recibidas con tanto án- 
chelo como afecto en esta santa alianza.» 

Esta nueva alianza, que sus autores calificaron de 
perpetua, estaba destinada, como dice Calvo, á consa- 
grar de un modo irrevocable los repartos territoriales 
hechos en Viena, á estrechar los lazos entre los contra- 
tantes para oponerse en común á toda nueva tentativa* 
de cambios políticos en Europa, á garantir el manteni- 
miento del sistema monárquico; en fin, á prevenir y á 
reprimir en caso de necesidad, los trastornos interiores 
de los Estados y los movimientos populares contra loa 
gobiernos establecidos. Pero, como ya queda indicado, 
sus autores demostraron, al pactarla, que desconocían 
el esencialisimo cambio que se había operado en Euro- 
pa.Los pueblos que habían recobrado su independencia 
por su propio y exclusivo esfuerzo y que, durante años 
habían oído proclamar su absoluta soberanía, creyeron 
con natural exageración, que podían cambiar siempre 
y en todas ocasiones el Gobierno, no ya con arreglo & 
sus intereses, sino según los dictados de su capricho; y 
los reyes, á su vez, olvidando sus promesas, no sólo- 
desconocieron la libertad que habían proclamado en 
sus manifiestos, sino que extrañaron no encontrar 
aquellos subditos, obedientes á sus menores caprichos, 
que habían dejado al entregar sus pueblos sin resisten- 
cia á la ambición napoleónica. Gobernantes y gober- 
nados vivían en total divorcio: éstos suspiraban por la 
libertad que, al serles negada, exageraban hasta el de- 
lirio; aquéllos aspiraban á un absolutismo que la gue- 
rra había hecho imposible. 



Wt ^ n n m \mmmmmmmm^^mmmmmmm\ i ■ ,.■ ■ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 2il 



Asi las cosas, la santa alianza, fatalmente, contra 
la volontad de sus iniciadores, tenia que aparecer como 
un reto lanzado á la opinión liberal. A su sombra acu- 
dieron á cobijarse los monarcas que tremían ver estallar 
los entusiasmos populares, y frente a ella levantóse el 
irreflexivo sentimiento de minorías que suplían con la 
superioridad de su cultura la flaqueza de sus fuerzas. 

Casi todos los monarcas de Europa apresuráronse a 
prestar su conformidad con ese tratado: España no lo 
hizo sin embargo, hasta el 4 de Junio de 1817, é In- 
í^laterra negóse á ello, alegando el Príncipe regente, en 
rarta de 6 de Octubre de 1816, que la Constitución in- 
glesa exigía que los tratados fuesen firmados por un 
Ministro responsable, y que la índole de aquel docu- 
mento y no su contenido, impedía prestarle la confor- 
midad del Reino Unido. 

2. Francia no había recobrado por completo su in- 
<ldpendencia. En virtud del art. 5." del tratado de Pa- 
rís de 30 de Noviembre de 1815, un ejército de 160.000 
liombres de las potencias aliadas ocupaba posiciones 
militares á lo largo de la frontera francesa. El tiempo 
máximo que podía durar esta ocupación se fijó en cinco 
años, si bien á los tres cabía, de acuerdo con Francia, 
declarar que habían cesado los motivos que justificaban 
aquella medida. 

En virtud de esto, reunidos en Aix-la-Chapelle los 
Kmperadores de Austria y Rusia, el Rey de Prusia, y 
los plenipotenciarios de Inglaterra y Francia, los Mi- 
nistros de las cinco potencias, después de haber exami- 
nado la propuesta del francés, que lo era el Duque de 
Richelieu, de poner fin á la ocupación, convinieron en 
esto y acordaron consignar su formal resolución en 



218 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

una eon vención especial que firmó Francia con cada 
una de las Cortes aliadas, el 9 de Octubre de 1818. 

Consignóse en dicha convención que el ejército de 
ocupación abandonaría el territorio francés el 30 de 
Noviembre próximo, ó antes si era posible; que las 
plazas y fuertes ocupados se entregarían á los comisa- 
rios de S. M. Cristianísima, y que Francia abonaría á 
las potencias 266 millones de francos por los gastos 
que las había ocasionado el sostenimiento de dicho 
ejército, de ciiya suma, la de 100 millonea, los pagaría 
en inscripciones de la Deuda, y el resto mensualmente 
por novenas partes. 

Después de esto, por acta separada de 16 de No- 
viembre de 1818, accedió Francia al tratado de Santa 
Alianza. 

Tanto en las conferencias de Aix-la-Chapelle, como 
('U las celebradas en Aquisgram el mismo año, ocupá- 
ronse los Monarcas no sólo en robustecer y afirmar su 
alianza, sino en adoptar líneas de conducta para con- 
tener los progresos de las sociedades secretas que, do- 
minando en España é Italia, y siendo poderosas en 
Francia y Alemania, llevaban su influencia á la misma 
Biusia. En Aquisgram declararon los Monarcas su re- 
solución de no apartarse de las reglas más estrictas del 
derecho de gentes, y formalmente reconocieron «que 
sus deberes para con Dios y con sus pueblos les obligaban 
á presentarse ante el miindo en cuanto les sea posible, 
como modelos de justicia, de concordia y de modera- 
ción; reputándose, por lo demás, dichosos con dirigir 
todos sus esfuerzos á proteger las artes de la paz, á 
aumentar la prosperidad interior de sus paísea, y á 
restaurar en ellQ9 . los sentimientos de religión y de 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 949 

moral, demasiado debilitados por la miseria de los 
tiempos. » 

3. Claro es, que estas platónicas declaraciones ha- 
bían de hacer escaso efecto, tanto más escaso, cuanto 
qae la repetida proclamación de esos principios con- 
trastaba notablemente con la conducta de los Monar- 
cas, sobre todo con la de Fernando VII en España y 
Femando I en Ñapóles, y aun con la de Luis XVIII 
en Francia. ¿Quién puede extrañar, por tanto, el 
desarrollo que adquirieron las sociedades secretas, cuya 
influencia, á través de las fronteras, se hizo sentir sen- 
siblemente en Austria, Alemania y Rusia? 

Ya el ruso Stourdza denunció en el Congreso de 
Aquisgram los peligros del espíritu liberal que retoña- 
ba, y de las sociedades secretas, y un año después los 
soberanos de Austria y Prusia, asustados ante el progre- 
^0 del espíritu revolucionario que, cuanto más persegui- 
do se manifestaba más poderoso, conferenciaron prime- 
ro en Carlsbad, y después en Viena, para acordar las me- 
didas indispensables á fin de hacer frente á la invasión 
de las nuevas tendencias, que amenazaban trastornarlo 
todo, y consiguieron que los Príncipes alemanes decla- 
rasen ser la Dieta la única intérprete auténtica del ar- 
tículo en que se prometían asambleas á cada Estado; 
que aquélla podría reducir á la obediencia, por medio 
de la fuerza, al pueblo que se sublevase; que tendría 
facultades para desterrar á profesores y estudiantes; 
que cada Gobierno germánico debería someter á la cen- 
sura los libros que se publicasen en sus Estados, sien- 
do responsable de la ejecución de esta medida; y que 
una comisión extraordinaria, reunida en Maguncia, se 
fincargaría de reprimir los manejos revolucionarios, 



250 HISTOBIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

revestida de facultades para prender y emplazar á los 
culpados. (Recez general de la commiasion terrUoriale 
rassamblée á Francfort] signé le 20 JuiUet 1819.— 
Résolutions de Diéte de la ConfédércUion germanique, 
d'aprés les conférences ministérielles de Vienne^ etc.) 
4. Ya hemos dicho que Femando I de Ñápeles filé 
uno de los Monarcas cuya conducta contrastaba gran- 
demente con los principios de moderación y de justicia 
que tan á menudo proclamaba la Santa Alianza. Pre- 
tendiendo borrar hasta el recuerdo de la dominación 
francesa, no quiso respetar ni los derechos de propie- 
dad legalmente adquiridos, y contra la voluntad del 
Parlamento anuló ciertas ventas de bienes comuna- 
les, lanzando así a los desposeídos por el camino de la 
revolución. 

Obligado después, por la fuerza de las circunstan- 
cias, á aceptar la Constitución de 1812, no tardó en 
derogarla, y recobrando su poder absoluto, las cérceles 
y el destierro castigaron é los que no quisieron some- 
terse. Pero las sociedades secretas, sobre todo la de los 
carbonarios, conmovieron el país, minaron el ejército, 
y lograron el 2 de Julio de 1820 restablecer el Código 
fundamental, que fué de nuevo jurado por Fernan- 
do I, el cual, por medio de su Ministro de Negocios 
Extranjeros, envió una nota á las Cortes de Europa, 
diciendo: «Que el Rey, libre en su palacio, rodeado de 
»sn Consejo, compuesto de sus antiguos Ministros, ha- 
»bía determinado contentar el deseo general de sus 
•pueblos; que no convenía á los Gabinetes poner en 
«cuestión si la^ seguridad de los tronos estribaba más 
»en la arbitrariedad que en el sistema constitucional} 
>que él había cumplido hasta entonces el artículo se- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 251 



>creto del convenio celebrado con Austria en la época 
>deila restauración, y que estaba resuelto, lo mismo 
»que el país, á proteger hasta el fin la independencia 
»del reino y la Constitución.» 

Austria se negó á recibir al embajador constitucio- 
nal napolitano, y Metternich manifestó á éste que el 
único medio de salvación que tenía el reino era resta- 
blecer el antiguo orden de cosas. 

Metternich era por entonces el alma de la política 
internacional de Europa, y merced á su influencia, los 
soberanos de Pnisia, Austria y Rusia se reunieron pri^ 
mero en Troppau (13 Octubre 1820) y después en Lay- 
bach (8 Enero 1821), enviando también sus plenipoten-' 
ciarios Francia é Inglaterra. Fernando I concurrió, no 
obstante la oposición de sus subditos, á los cuales pro- 
metió defender su causa, hacer reconocer el nuevo pac- 
to fundamental y alejar la desgracia de una invasión 
extranjera: promesas que olvidó al perder de vista á 
Ñápeles. 

En las conferencias preliminares de Troppau no se 
tomó acuerdo alguno definitivo, pero en Laybach se 
abordó resueltamente el problema, decidiéndose desde 
luego Austria por una intervención armada en las Dos 
Sicilias, criterio que apoyaron Prusia y Eusia. Fran- 
cia, según palabras de su representante Mr. de La Fe- 
rronnays, ayudaba eventualmente á medidas que des- 
aprobaba con la esperanza de que su accesión alejaría. 
la necesidad de acudir á tales extremos. Inglaterra, en 
nota de 19 de Enero de 1821, firmada por lord Castle- 
reagh, manifestó que si las evoluciones políticas que 
tenían lugar en un país podían crear un derecho de in- 
tervención en favor de otros Estados, no era sino con 



•¿52 HISTOHIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

la doble condición de que la seguridad y los intereses 
esenciales de estos Estados estuviesen realmente ame- 
nazados de una manera seria y que existiese una nece- 
sidad imperiosa y urgente. Aftadia lord Castlereah que 
el derecho de intervención no podía definirse en térmi- 
nos generales ni aplicarse indistintamente á todos los 
movimientos populares; que se debía acomodar aquél á 
f stos movimientos y ser un medio particular, sui gene- 
riSj según las circunstancias, sin que fuese lícito eri- 
girlo en principio general y permanente para ser base 
de una alianza ó de un tratado. Completando e] pensa- 
miento del gabinete de Londres, decía que el ejercicio 
del derecho de intervención era una derogación del de- 
recho de gentes, derogación que sólo podían legitimar 
circunstancias excepcionales. 

No prevaleció el criterio de Inglaterra, acaso por- 
que ésta, como dice Mr. de La Ferronnays, aunque 
protestaba en alta voz, aprobaba en secreto, y el 2 de 
Febrero de 1821 se acordó poner á disposición de Fer- 
nando I un ejército destinado á restablecer el orden en 
.sus Estados. Tres días después, cincuenta y dos mil 
austríacos franquearon las fronteras é impusieron en 
Ñapóles el Gobierno absoluto. El Píamente, sublevado 
también, fué invadido, y se restableció el orden tal 
como lo entendía Metternich. 

El triunfo de Austria fué completo. Metternich lo- 
gró vencer la resistencia que en un principio oponía el 
Emperador Alejandro, y consiguió introducir en el Có- 
digo internacional europeo el derecho de intervención. 

Antes de cerrarse el Congreso de Laybach (12 
Mayo 1821), los soberanos directores de Europa dieron 
un manifiesto justificando su conducta, y repitiendo una. 



ttado de Santa 
.cia y que de tan 

y el Piamonte 
spafia en 1823. 
español era bien. 
e recobró el tro- 

^>-, — „„. .^g., .„ — -»„.v«^.«u «.. 1812 y aaomió 

fie nnevo el poder absoluto, sino que persiguió cruel- 
mente á los hombres más ilustres, hombres que, cnales- 
quiera qne fuesen sus errores, merecían el respeto de 
la nación y del Rey por sus esfuerzos en favor de la in- 
dependencia patria y por su adhesión inquebrantable 
á la persona del Monarca La conducta de éste no sólo 
constituyó un crimen de ingratitud sino una inmensa *^ 
irremediable torpeza. 

Fácilmente pudo hacer Fernando VII que se modi- 
ficase el Código doceañista, cuyos preceptos pugnaban 
con las ideas de una gran parte del país. Algo semejan- 
te á lo que después hizo Martínez de la líosa con el tí- 
tulo de Estatuto Real, habría podido ser entonces una 
solución aceptable; pero el Monarca prefirió echarse en 
brazos de los más intransigentes absolutistas, y di<V 
origen á las tremendas luchas, á las sangrientas repre- 
Balias, á las conspiraciones que tuvieron al país en per-, 
petua agitación; luchas, represalias y conspiracioneei 
qne, por conocidas, no es necesario relatar. 

Tan sólo hemos de decir, que el día 1." de Enero de 
1820, el cuerpo de ejército que debía embarcarse para 
combatir por.la integridad de le patria en las Colonias 
wpa&olas de.-Améríca, hacía tiempo sublevadas, se ¡n- 
mrreccionó en las Cabezas de San Juan á las órdenes 



mmmammmmammmmttfi 



254 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



del general Riego y proclamó la Constitución de 1812 
(1). Habiendo cundido la rebelión por todas partes y 
llegado hasta las puertas de Madrid, el Bey se yió pre- 
cisado á declarar (7 Marzo 1820) «que habiéndose ma- 
nifestado la voluntad del pueblo en favor de la liber- 
tad, se decidía á jurar la Constitución de 1812.» Los 
absolutistas no se resignaron á su derrota y se encen- 
dió la guerra civil, constituyéndose en la Seo de ürgel 
una regencia que pretendió ejercer el poder supremo 
en nombre del Monarca. La situación del país no podía 
ser más triste. 

6. — En vista de estos deplorables acontecimientos, 
los aliados resolvieron celebrar otro Congreso en Vero- 
na, y al efecto se reunieron casi todos los Monarcas de 
Europa y los más célebres diplomáticos en el mes de 
Octubre de 1822. 

Cinco fueron los principales asuntos que trataron : 
el tráfico de negros, la piratería en los mares de Amé- 



(1) La índole de esti obra no permite juzgar la conducta de 
Riego con la detención que aca«io merece; pero si hemos de 
indicar que la historia no puede menos de mostrarse muy se- 
vera con el caudillo que, sin títulos de ninguna especie, fué 
durante algunos años el ídolo de los liberales. 

La escuadra en que debió embarcarse el ejército expedicio- 
nario fué comprada á Rusia por virtud del tratado de Madrid 
de 11 de Agosto de 1817, y se componía de cinco navios 'de 
linea de 74 cañones y tres fragatas, pagándose por ellos 
13.600.000 rublos. En estos negocios, escribe Cantillo, no pa- 
rece que hubo la limpieza necesaria, por lo que no es extraño 
hayan desaparecido los comprobantes y con ellos los papeles 
de una y otra negociación. Eguía firmó dicho tratado y Ugarte 
el convenio complementario de 27 de Septiembre de 1819. Am- 
bos personajes eran favoritos del Monarca. 



wr* 



HISTORIA VOlsinCA Y DIPLOMÁTICA 205 

rica, la cuestión entre Rusia y Turquía, la organiza* 
ción de Italia, y la revolución española. Respecto á los 
dos primeros, nada realmente positivo llegó á resol- 
verse, porque las potencias creían que cuanto hicieran 
habría de resultar en provecho exclusivo de Inglaterra. 
Se procuró sostener á Turquía, como medio de evitar 
el excesivo engrandecimiento de Rusia, y se impuso al 
Austria la obligación de evacuar el Píamente y acortar 
el tiempo de ocupación del territorio napolitano. La 
cuestión batallona fué la de España. 

Ya antes de reunirse el Congreso de Verona ha- 
bíase hecho pública la opinión de algunas de las Cortes 
europeas acerca de este último punto. En Francia, no 
obstante la oposición de los liberafes, el ministerio Yi- 
llele, del que formó después parte como ministro de 
Negocios Extranjeros, por dimisión del vizconde de 
Montmorency, Mr. de Chateaubriand, había puesto en 
boca de Luis XVllI, en el acto de la apertura de las 
Cámaras, estas significativas palabras. «Cien mil fran- 
•ceses, bajo las órdenes de un príncipe á quien mi ce- 
rrazón se complace en llamar hijo, están dispuestos á 
> marchar invocando el Dios de San Luis para conser- 
*var la corona de España á un nieto de Enrique IV, 
«libertar á este hermoso reino de la ruina, reconciliarlo 
«con la Europa.... y dejar á Fernando libre para dar 
*i sus pueblos las instituciones que sólo de su mano 
•pueden tener.» Alejandro de Rusia, aunque había re- 
conocido las Cortes españolas en 1812, inclinóse al cri- 
terio francés, en su ardiente deseo de mantener los 
principios de la Santa Alianza; pero Inglaterra, per- 
sistiendo en su anterior conducta, no podía aceptar el 
principio de intervención. En nota del 6 de Septiem- 



^ 



256 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



bre, Mr. Canning, ampliando las instruceiones que 
debía llevar al Congreso el Duque de Wellington, !>e 
expresaba de esta suerte: «Si existe un proyecto deci- 
»dido de intervenir con la fuerza ó la amenaza eu la 
«lucha con España, los ministros de S. M. se haUac 
»tan convencidos de la inutilidad y del riesgo de se- 
»mejante intervención, parecen tan erróneos los prin- 
»cipios en que se funda, la ejecución es tan impracti- 
» cable, que cuando la necesidad lo exija, ó por mejor 
» decir, cuando se presente la ocasión, su señoría el 
» Duque de "Wellington debe declarar francamente que 
»S. M. se halla muy decidido, cualesquiera quesean las 
«circunstancias, á no tomar jamás parte en tal inter- 
«vención.» 

No obstante esta terminante oposición, Francia in- 
sistió, y el 12 de Octubre remitió Mr. de Montmoren- 
cy una nota ¿ los Gabinetes. «En caso de que h 
«Francia, decía, se hallase en la necesidad de retirar á 
«su Ministro de Madrid y de interrumpir sus relacio- 
«nes diplomáticas con España, ¿se hallan dispuestas las 
«altas potenciasá adoptar medidas semejantes y á reti- 
«rar á sus Embajadores? Si estallase la guerra entre 
«Francia y España, ¿bajo qué forma y de qué modo las 
«altas potencias ofrecerían á la Francia aquel apoyo 
«moral que prestase á sus disposiciones todo aquel peso 
«y aquella actividad de la alianza, y que inspirase un 
«saludable terror á los revolucionarios de todos los paí- 
«ses? ¿Cuál es, finalmente, la intención de las altas po- 
«tencias acerca de la extensión y la forma del apoyo 
«material que se hallarán dispuestas á dar á la Fran- 
«cia, si una activa intervención viniese á ser necesari* 
«á su demanda?» 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 257 



Largas y enojosas fueron las negociaciones. Pennó- 
s€ primeramente en que un ejército austro-ruso des- 
embarcase en la costa oriental, mientras que el ejérci- 
to francés, salvando los Pirineos, marchaba sobre Ma- 
drid. Abandonada esta idea, los Embajadores de las po- 
tencias, excepto el de Inglaterra, presentaron enérgi- 
cas notas al Gabinete español. El Duque de Wellíng- 
ton ofreció la mediación de su país entre Espafta y 
Frahcia, y aceptado el pensamiento por Luis XVIII, 
aunque con restricciones, propuso aquél las modiñca- 
ciones que podían hacerse en la Constitución de 1812; 
pero el Gobierno español (era Ministro D. Evaristo-San 
Miguel) se negó á todo acomodo, haciendo inevitable 
la intervención. Mr. Villele, dice Capefigue, deseaba 
evitar la guerra, y se hubiera apoderado del más pe- 
<|ueño pretexto. 

El Congreso de Verona terminó á mediados de Di- 
ciembre de 1822, habiendo triunfado por completo la 
tendencia francesa. Un mes antes (22 Noviembre) Met- 
temich, Chateaubriand, Bemstet y Nesselrode, en 
nombre de Austria, Francia, Prusiay Rusia, respecti- 
vamente, firmaron un tratado secreto, en el cual se com- 
prometían ¿ destruir el sistema representativo y la li- 
bertad de la prensa, á secundar las medidas que adop^ 
tase el clero para mejorar sus intereses, á facilitar á 
Francia un subsidio anual de veinte millones para sos- 
tener la guerra con objeto de poner fin a la situación 
en que se encontraban España y Portugal, y á adop- 
tar todas las disposiciones conducentes á la realización 
del objeto de este tratado. 

7 . El 23 de Abril de 1823 penetró en España el Du- 
que de Angulema al- frente de un ejército francés, y 

n 



2óS 

aunque Inglaterra había expuesto repetidamente su 
opinión en contra, volvió á hacerse oir, consignaudo en 
nota á los aliados (Mayo 1823) que un Sstado no tiene 
el derecho de exigir de otro que cambie su Constitu- 
ción, y menos el de amenazarle, si rehusa, con recurrir 
á la fuerza; y haciendo notar que la revolución espa- 
ñola no había influido fuera de Espaüa, que la agita- 
ción no pasaba de los Pirineos, que nada tenia que te- 
mer Francia, y que no veía motivo que pudiese justifi- 
car la intervención. 

Pero Francia no se detuvo por esto, y el Duque de 
Angulema siguió avanzando hasta Madrid, en donde 
entró ain encontrar resistencia. Las Cortes, ante la opo- 
aición de Femando Vil á trasladar el Gobierno á lu- 
gar más seguro, le habían declarado incapacitado y le 
obligaron á dirigirse á Andalucía. El clero y una par- 
te del pueblo se colocaron resueltamente al lado de! 
invasor. Los liberales se refugiaron en Cádiz, pero éste 
cayó en poder de los franceses y el Rey recobró su li- 
bertad, ycon ésta el poder absoluto, inaugurándose una 
era de violencias y crueldades, cuyo triste relato ocups- 
ría muchas páginas. 

8- Al verificarse la invasión de los franceses, la fa- 
milia real portuguesa se refugió en el Brasil. Destro- 
nado Napoleón, no quiso Juan VI regresar á la Metró- 
poli, y elevó la colonia brasileña á reino, proclamándo- 
se Rey del Reino Unido de Portugal, Brasil y el Al- 
garbe. Los portugueses, disgustados de verse en cierto 
modo dependientes de su antigua colonia, se subleva- 
ron, proclamando, aunque con ciertas modificaciones, 
la Constituoión española de 1812 (21 Agosto 1820). £1 
Brasil se conmovió también y entró por la senda del 



HISTORIA. POLÍTiCA Y DIPLOMÁTICA 259 

constitaeionalismo, y Joan VI, después de aceptar 
momentáneamente el cambio, nombró regente á sti hijo 
don Pedro y regresó á la Peiiínsnla, donde jnró la nue- 
va CoHstitneión. 

A la muerte de Juan VI, don Pedro, que había to- 
mado el título de Emperador del Brasil, hizo procla- 
mar Beina de Portugal á su hija doña María de la Glo- 

« 

ría, dando otra Constitución semejante también á la 
española de 1812; pero don Miguel, hijo del difunto 
monarca, de acuerdo con el partido absolutista, la dis- 
putó la corona, apoyado por los gobiernos español y 
francés, si bien el primero hubo de dar al fin segurida- 
des de que respetaría la independencia y la constitu- 
ción de Portugal. 

La regencia, invocando las estipulaciones de anti- 
guos tratados de amistad y de alianza, solicitó el con- 
curso de Inglaterra para oponerse á los absolutistas, y 
el Gobierno británico envió á Lisboa un cuerpo de ejér- 
cito, con cuya ayuda triunfaron los constitucionales, y 
don Miguel se vio obligado á huir al extranjero. 

¿Fué inconsecuente Inglaterra al intervenir en Ios- 
asuntos de Portugal? No, seguramente, porque ni el 
^jabinete británico habíase opuesto á las intervencio- 
nes de un modo absoluto, siempre y en todos los casos, 
ni aquella intervención podía compararse, ni por sus 
motivos ni por su objeto, á la austríaca en Ñapóles y 
¿ la francesa en España. El Gobierno inglés intervino 
en virtud de compromisos consignados en antiguos tra- 
tados, á instancias del mismo Gabinete de Lisboa y con 
el exclusivo objeto de asegurar la independencia del 
país y mantener su régimen político: conducta legítí- 
Jüa y perfectamente justificada, y conducta además que 



260 HISTORIA política Y DIPLOMÁTICA 

respondía por completo al interés de Inglaterra, pues- 
to que no convenia á ésta que, triunfante el absolutis- 
mo en Portugal, hubiese entre éste y España plena y 
entera conformidad para la marcba de los asuntos en la 
Península. 



'^m 



CAPITULO XIV. 



iDdepeadencla de las Colonias hispaoO'aaierícanas.-2. Actitud de las 
potencias europeas.— 3. Doctrinado Monroc.— 4. Reconocimiento de la 
independencia de las Colonias españolas por los Estados Unidos é In- 
glaterra.— y Congreso de Panamá.— O . Negociaciones sobre Cuba.— 
7. Independencia del Brasil. 



1. Al estallar en la Metrópoli la guerra de la inde- 
pendencia, las Colonias secundaron el moyimiento , 
^-onstitnyendo Juntas que, como las de la Península, or- 
ganizaron la defensa al grito de viva Femando VII, y 
mandaron después sus diputados á las Cortes reunidas 
^n Cádiz en 1810. 

Pero hacia ya tiempo que el germen del separatis- 
mo había prendido en las posesiones hispano-america- 
iias. Olvidos lamentables de nuestros gobiernos, erro- 
res y torpezas de autoridades elegidas con escaso acier- 
ro, excitaciones de los enemigos de España y el ejem- 
plo de la emancipación de los Estados Unidos, aflojan- 
<lo lazos que la distancia tendía á destruir, crearon un 
astado de ánimo que sólo había menester de ocasión 
propicia para revelarse en toda su intensidad; y la 
ocasión la dio la guerra napoleónica, porque quedando 
«I país huérfano de la autoridad real, el establecimien- 



262 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



to de las Juntas (Je defensa fué como el ensayo del Go- 
bierno de nuestras posesiones americanas por ellan 
mismas. 

El 19 de Abril de 1810 estalló la revolución en Ve- 
nezuela; tres meses después (20 de Julio) en Bogotá, y 
en 1811 en Quito. La regencia española procuró con- 
tener en unas partes el movimiento y reprimirlo en 
otras; pero aunque tuvo la suerte de someter á Vene- 
zuela, obligando á capitular al general Miranda, fué 
menos afortunado en sus campañas contra Simón Bo- 
lívar, quien logró dar gran impulso á la revolución. 
En las circunstancias por que atravesaba España, en- 
tregadas las autoridades en América á sus propios re- 
cursos, no cabe extrañar que el movimiento separatis* 
ta, iniciado y sostenido por las logias, tomase cada día 
mayor incremento. 

Verificada la restauración de Fernando VII, enviá- 
ronse diez mil hombres á las órdenes del general Mp- 
rillo, el cual alcanzó algunos triunfos, é imponiéndose 
por medio del terror, logró que varios de los jefes re- 
beldes abandonaran el país. Sin embargo, bien pronto 
los separatistas recobraron el terreno perdido, y ha- 
biendo recibido auxilios del exterior, propagóse la re- 
beldía de tal suerte, que después del triunfo del cons- 
titucionalismo en la Península, á consecuencia del pro- 
nunciamiento de Biego en las Cabezas de San Juan, 
Morillo regresó á la Metrópoli, sucediéndole en el man- 
do el general La Torre, el cual fué vencido en Tina- 
quillo (Junio de 1821). Continuó propagándose la re- 
beldía, que se extendió al Perú, priiüero, y luego ¿ 
Méjico, y con la batalla de Ayacucho (9 Dicienibre 
1824), puede decii*se que concluyóla dominación espa- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 2()3 

ñola en América, pues únicamente permanecieron fieles 
á la Madre Patria las islas de Cuba y Puerto Rico. 

La independencia de la América española era fatal- 
mente inevitable, pues como dice Cantú, «si la Ingla- 
terra con dieciséis millones de habitantes, con cuan- 
tiosos recursos marítimos, y teniendo alemanes á suel- 
do no había podido sujetar á dos millones y medio de 
norte-americanos, ¿cómo la exhausta España podía 
pretender reprimir la insurrección de todo un conti- 
nente?» 

2. ¿Cuál fué la actitud de Europa ante el hecho de 
la insurrección de los pueblos hispano-americanos? 

Dos criterios dtstintos, ó por mejor decir, dos sis- 
temas totalmente opuestos, aunque ambos inspirados 
en un mismo sentimiento de egoísmo, lucharon duran- 
te algún tiempo en esta cuestión: el criterio inglés, que 
respondía al sistema de buscar á toda costa el engran- 
decimiento de su comercio, y el criterio de la Santa 
Alianza, del cual fué intérprete y órgano Francia, que 
tendía al predominio del sistema absolutista. 

M. Canning expuso en una nota bien terminante el 
pensamiento del gobierno británico: «Cualquiera ten- 
ítativa,» dijo, «para volver la América española á su 
^ntiguo estado de sumisión á la Metrópoli, carece de 
pda probabilidad de éxito; toda negociación con aquel 
Vjeto se frustraría, y la renovación de una guerra 
01 igual fin sólo serviría para originar grandes cala- 
\dades á ambas partes sin resultado alguno. A pesar 
todo, el Gobierno inglés, lejos de oponerse á que 
\ ^aña intente una negociación, la sostendrá, por el 
\ Irario, siempre que se entable sobre bases practi- 
cables. En último caso, Inglaterra permanecerá rigo- 



2tfl HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

•rosamente neutral en la guerra entre España y las 
«Colonias; si desgraciadamente aquélla se prolongase, 
»la Metrópoli sufriría todas las consecuencias; pero la 
«intervención de cualquiera potencia extranjera seria 
«considerada por Inglaterra como una cuestión nuera, 
«cuestión sobre la cual el Gobierno inglés adoptaría 
^aquella resolución que más conviniese á los intereses 
«de la Gran Bretaña, apresurándose á desvanecer, no 
«sólo el deseo del Gobierno inglés de apropiarse parte 
«alguna de las Colonias españolas, sino también el de 
«entablar con ellas otras relaciones que las de amistad 
«y las comunicaciones comerciales. El Gobierno inglés^ 
«convencido completamente de qu^el antiguo sistema 
«de las Colonias no puede restablecerse, no podría en- 
«trar en estipulación alguna que le obligase á rehusar ó 
«á retardar el reconocimiento de su independencia; 
«mientras que haya probabilidad de un arreglo con la 
«Metrópoli, aquélla no podría tener efecto; mas la in- 
«tervención de una potencia extranjera, sea por la 
«fuerza ó por la amenaza, sería un motivo para que 
«Inglaterra reconociese la independencia de las Coló- 
«nias sin dilación alguna. El establecimiento de consu- 
» lados en las diversas provincias de la América espa- 
«ñola no era una medida nueva por parte de Inglate- 
«rra; sólo tendía á proteger su comercio con las Colo- 
«nias, comercio que estaba abierto para los subditos 
«británioos-á consecuencia de las convenciones de 1810. 
« Además , la fuerza de las circunstancias y el curso de 
«los sucesos habían decidido la existencia de aquella 
«libertad para todo el mundo; Inglaterra la reclamaba 
«para sí, y si se le quería disputar este derecho, consi- 
«deraba como el medio mejor de abreviar semejante 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 265 

intento, un pronto é ilimitado reconocimiento de la 
'independencia de la América española.» 

£1 Embajador francés en Londres, Príncipe de Po- 
lignac contestó manifestando qne «no veía esperanza al- 
>gnna de reducir á la América española á su antiguo es- 
•fcado de samisión respecto á Espafía. Francia rechazaba 
>por sn parte toda intención de prevalerse del actual 
«estado de las Colonias y de sa posición respecto a la 
^Península para apropiarse parte alguna de las pose- 
■^siones españolas, ni tampoco para obtener alguna 
* ventaja exclusiva. El Gabinete abjuraba completa- 
*mente todo proyecto de obrar contra las Colonias 
»por la fuerza de las armas; jamás había pensado en 
•ello, ni podía intentarlo.» Mr. de Polignac proponía 
después la celebración de una conferencia, sosteniendo 
((ue como en las Colonias españolas, desgarradas por 
la guerra civil, no existía un Gobierno que ofreciese 
( ondiciones de estabilidad, el reconocimiento de la in- 
dependencia equivalía á sancionar la anarquía. 

Francia representó, en estas negociaciones, el sen- 
tido y la tendencia de la Santa Alianza, el cual, de 
haber triunfado, acaso se habría manifestado por me- 
dio de una nueva intervención armada. Después de 
todo, hay que reconocer que si bien en la apariencia la 
idea fundamental de los Congresos de Aix-la-Chapelle, 
Laybach y Verona fué la de restablecer la paz, en la 
realidad y en el fondo no aspiraban más que á una in- 
teligencia común entre los soberanos absolutistas para 
combatir todo cambio, toda innovación política recla- 
mada por los pueblos. 

Ni Francia ni Inglaterra pronunciaron la última 
palabra en este asunto. Vino ésta del otro lado del 



Océano, de la misma Ainériu», y fueron los Estados 
Unidos los encargados de pronunciarla, y con ella de 
echar <)or tierra los propósitos de la Santa Alianza, si 
68 que realmente los abrigó, de ayndar á España á re- 
conquistar sas Colonias. 

3. El día 2 d» Diciembre de 1823, el Presidente 
de los Estados Unidos, Mr. Monroe, remitió al Con- 
greso BU séptimo mensaje anual, en cuyo documento 
se expresaba de este modo: 'Respecto á los aconteci- 
■mientos de aquella parte del globo, con la que estamos 
>en continuas relaciones, y de la que se deriva nuestro 
■origen, es notorio que siempre nos inspiraron el ma- 
•yor interés, por más que nn hayamos sido sino meros 
■espectadores. Loa ciudadanos de los Estados Uni- 
■dos desean sinceramente la dicha y liberta<^l de sus 
■compañeros del otro lado del Atlántico, y si en la< 
■guerras de las potencia» europeas no les han presta*}) 

■ auxilio, es porque nuestra política no nos permite ha- 
■cerlo; sólo cuando nuestmn dere^;hos están seriamenti< 
■amenazados, nos preparamos á la defensa. El sistemn 
■político de las potencias aliadas es esencialmente dis- 
■tÍQto en este punto al de Aménca, y la diferencia pro- 
■cede de la que existe en sus respectivos G-obiernos. A 

■ la defensa del nuestro, cuya organización ha costado 
■tanta sangre, tantos tesoros y los esfuerzos de núes- 

■ tros más ilustres ciudadanos, es á lo que se consagra 
■principalmente toda la nación, pues bajo el sistema 
•que nos rige, disfrutamos de un envidiable bienestar. 
*En consideración, pues, á las amistosas relaciones g*e 
'existen entre los Estados Unidos y esas potencias, ae- 
chemos declarar que consideraríamos toda íetitatita de 
'SU parte, que tuoiera por objeto extender su sistema á 



I'V. " 



HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 267 

*este hemisferio^ como un verdےdero peligro para nuea- 
»tra paz y tranquilidad. Con las Colonias existentes, ó 
aposesiones de cualquiera tuición europea, no hemos 
» intervenido fiunca, ni lo haremos tampoco; pero tra- 
atándose de los Gobiernos que han declarado y mante- 
*nido su independencia, la cual respetaremos siempre 
aporque está conforme con nuestros principios, no po- 
ndríamos menos de considerar como una tendencia hostil 
•hacia los Estados Unidos toda intervención extranjera 
*que tuviese por objeto la opresión de aquél. En la 
•guerra entre esos nuevos Gobiernos y España, decía- 
»rainos nuestra neutralidad cuando fueron reconoci- 
>dos, y no hemos faltado ni faltaremos á ella mientras 
»no ocurra ningún cambio que, á juicio de autorida- 
•des competentes, obligue á este Gobierno á variar su 
»linea de conducta. 

>Los últimos acontecimientos ocurridos en España 
»y Portugal, demuestran que no se ha restablecido 
•aún el orden en Europa, y la prueba más evidente de 
•esto es que las potencias aliadas han creído conve- 
•niente, con arreglo á sus principios, intervenir por la 
•fuerza en los asuntos de España. Hasta qué punto 
•podrá llegar esa intervención, es cosa que interesa 
•saber á todas las naciones independientes, hasta las 
•más remotas, y sobre todo á los Estados Unidos. La 
•política que con Europa nos pareció oportuno adop- 
•tar desde el principio de las guerras en aquella parte 
•del globo, sigue siendo la misma, y se reduce á no in- 
•tervenir en los intereses de ninguna nación, y á con- 
•siderar todo Gobierno de hecho como Gobierno legí- 
•timo, manteniendo las relaciones amistosas y obser- 
»vando una política digna y enérgica, sin dejar por 



268 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

»eso (le satisfacer justas reclamaciones, aunque sin to- 
»lerar ofensas de nadie. Pero tratándose de estos con- 
atinentes, las circunstancias son muy distintas; no es 
y> posible que las potencias aliadas extiendan su sistema 
^político á ninguno de aquéllos, sin poner en pdigro 
^nuestra paz y bienestar, ni es de creer tampoco que 

* nuestros hermanos del Sur quisieran adoptarlo por su 
^propio consentimiento, prescindiendo de que no vería- 
^mos con indiferencia semejante intervención. Compa- 
drando la fuerza y recursos de España con los de esos 
» nuevos Gobiernos, aparece obvio que dicha potencia 
»no podrá someterlos nunca; pero de todos modos, la 

* verdadera política de los Estados Unidos será respe- 
ctar á unos y á otros, esperando que otras potencias 
^imitarán nuestro ejemplo.» 

Tal es la que después se ha llamado doctrina de 
Monroey contenida especialmente en las líneas subra- 
yadas. El detenido examen á que se presta no cabe den- 
tro de los límites de esta obra, pero importa hacer cons- 
tar que en síntesis consagraba estas conclusiones: 1.* 
Respeto á la independencia de las Colonias emancipa- 
das; 2.* No intervención en las Colonias europeas sub- 
sistentes; 3.* Oposición resuelta á toda tentativa de in- 
tervención en aquéllas por parte de las naciones de Eu- 
ropa; y 4.* Negativa implícita del derecho de los pue- 
blos del viejo continente á fundar nuevas colonias en 
América. 

El mensaje presidencial causó gran efecto en Ingla- 
terra. Lord Brougham y sir James Mackintosh declara- 
ron en el Parlamento que á sus ojos, la cuestión de las 
Colonias españolas estaba resuelta y que todos los ami- 
gos de la libertad en Europa debían felicitarse. Al pro- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 2(il> 

pió tiempo, añadió el segundo, que su más vivo deseo 
era que Inglaterra y los Estados Unidos marchasen 
siempre de acuerdo y defendiesen juntos la causa de la 
libertad y de la justicia. 

4. Pronunciada en este sentido la opinión en In- 
glaterra, el Gobierno inglés, deseoso de abrir nuevos 
mercados á los productos de la Gran Bretaña, anunció 
al Gabinete de Madrid (Enero de 182B), el reconoci- 
miento de las Colonias españolas emancipadas, á cuyo 
anuncio contestó en términos enérgicos el Ministro de 
Estado, señor Zea Bermúdez. «El rey, dijo, no censen- 
>tirá jamás en reconocer los nuevos Estados de la Amé- 
»ríca española, y no dejará de emplear la fuerza de las 
»armas contra sus subditos rebeldes de aquella parte 
»del mundo. S. M. católica protesta del modo más so- 
»lemne contra las medidas anunciadas por el Gobierno 
•británico, como atentatorias á las convenciones exis- 
•tentes y á los imprescriptibles derechos del trono es- 
» pañol.» M. Canning^ al replicar, manifestó que Ingla- 
terra no había violado tratado alguno, y que el recono- 
cimiento que prestaba á los nuevos Estados no decidía 
cuestión alguna de derecho. 

Francia resistió las instancias de la Gran Bretaña 
y no imitó su conducta. Pero ni M. Villele ni Mr. Po- 
lignac, cuyos consejos eran desatendidos por Feman- 
do VII, lanzado por el camino de franca reacción, re- 
sistían abiertamente la corriente inglesa, abogando por 
una solución mixta. 

Los Estados Unidos habían reconocido previamente 
la beligerancia de los rebeldes, desenvolviendo el céle- 
bre jnez^ Story, con motivo de los casos de la Divina 
Pastera j Nuestra Señora de la Caridad y la Santísima 



MMÜÉÜÉlMHHIWWBByiBiiaBHHaBBWW 



yiO HISTORIA 1*')LÍIICA Y DIPLOMÁTICA 

TVinidad^ la teoría de la beligerancia como distinta de 
la independencia; y el 8 de Marzo de 1822, el Presi- 
dente Monroe decretó el reconocimiento de la indepen- 
dencia. Bueno es hacer constar, porque este hecho cons- 
tituye elocuentísimo comentario de la conducta dicro- 
mática de los Estados Unidos, que éstos, durante toda 
la guerra de independencia de América, no hicieron 
otra cosa que aprovecharse del estado de lucha para 
ensanchar su comercio; pues como los pueblos ameri- 
canos no tenían relaciones comerciales con Europa sino 
por mediación de España, al declarar su neutralidad 
la Bepública Norte-americana, quedó autorizada para 
recibir en sus puertos los buques hispano-americanos, 
los cuales, no pudiendo venir á la Metrópoli, forzosa- 
mente habían de acudir á los puertos de la Unión. 

5. Poco después de consumarse el hecho de la in- 
dependencia, Simón Bolívar, que se encontraba á la 
cabeza del gobierno del Perú, circuló á las otras repú- 
blicas una invitación para enviar representantes y ce- 
lebrar una conferencia con objeto de estrechar los la- 
zos que debían unirlas al efecto de sostener su inde- 
pendencia de la nación española y de toda otra domi- 
nación extranjera. La idea había sido iniciada por el 
Presidente de Colombia en 1822; pero así como en esta 
fecha, acaso por ser prematuro el propósito, no tuvo 
éxito, cuando lo reprodujo Bolívar, fué aceptado con 
entusiasmo. 

El 22 de Junio de 1826 se reunieron en Panamá los 
plenipotenciarios de Colombia, América-Central, Perú, 
y Méjico, dos por cada Estado. Asistieron además, 
por invitación expresa, un comisario de la Gran «Bre- 
taña y* un enviado del Rey de los Países Bajo^j pero 



271 



sin tomar parte alguna en las áeliberacíonee del Con- 
greso. £1 comisario británico se limitó ¿aconsejar álos 
plenipotenciarios diesen testimonio de respeto para las 
instituciones de los demás pueblos, disipasen la creen- 
cia, de que la América republicana pretendía establecer 
un sistema político opuesto a) de Europa, y consintie- 
sen en un sacrificio pecuniario en favor de Espafla. 
Ij» misión del enviado nerlandés tuvo un carácter pn- 
ramente privado y s© redujo á expresar los votos ar- 
dientes qne bu soberano hacía por la snerte de las re- 
públicas aliadas, cuya independencia no había podido 
reconocer todavía por los respetos debidos á las gran- 
des potencias. 

SI Congreso terminó sus sesiones el 16 de Julio sin 
llegar á resultado alguno práctico, pnes poco ó nada 
significaban los cuatro tratados que se firmaron: uno 
de unión, liga y confederación entre Colombia, Alhé- 
rica Central, Perú y Estados Unidos de Méjico; otro 
estipulando la traslación del Congreso á Tacnbaya (Mé- 
jico), y los otros dos fijando el contingente que debía 
ft portar á la liga cada República y regulando su envió. 
'EstoB tratados sólo obtuvieron la ratificación de Co- 
lombia, de modo que ni siquiera llegó á formarse la 
liga- 
Debe hacerse notar que los Estados Unidos que fun- 
daban, ó al menos su Gobierno, muchas esperanzas en 
el resultado del Congreso de Panamá, contribuyeron 
grandemente á su fracaso. 

Habíase preguntado al Presidente de la Eepública 
norte-emericana si quería enviar representantes á Pa- 
namá, y Juan Quincy Adams hubo de contestar que 
cLunque la nación no iba ñ tomar parte en la guerra 



con Espa&a ni necesitaba, por lo tanto, deliberar negr- 
ea del modo de hacerla, parecíale útil semejante cow 
greso para fijar ciertos principios d© ley, promover \m 
intereses del Nuevo Mundo y entablar relaciones amis- 
tosas entre los diversos Gobiernos republicanos esta- 
blecidos en América, Al hablar de este punto decía el 
Presidente en su mensaje al Congreso (6 Diciembre 
1825): 'Aceptada la invitación, se nombrarán enviados 
por parte de los Estados unidos para qae asistan á la-<< 
deliberaciones y tomen parte en ellas, en cnanto sen 
compatible con esa neutralidad de que no es nuestro 
deseo, asi como tampoco de los demás Estados ameri- 
canos, separarnos nunca.» £n virtud de esto, se nom- 
braron dos comisionados; pero la conducta de Adams 
encontró tan viva oposición en el Congreso, que aun 
cuando aquélla fué al fin aprobada, los Estados Unido'i 
no llegaron á estar representados en Panamá. Durante» 
la discusión habida en el Congreso de "Washington s<- 
declaro que el Gobierno federal no podía ni debía ha- 
cer causa común con los Estados del Sur en la cuestión 
de nnevas colonizaciones, y que permaneciendo inva- 
riablemente fiel á los sentimientos de amistad que !■' 
unían á los nuevos Estados, los principios de honor y 
de dignidad que eran regla de su conducta le obliga- 
ban á reservarse una entera libertad de acción para 
obrar según las circunstancias. Claro es que si había 
de ser asta la actitud de los Estados Unidos no tenia 
objeto alguno práctico su presencia en Panamá. Rfi 
todos modos los comisionados se dirigieron á Tacuba- 
ya, donde debía volver á reunirse el Congreso sud-ame- 
ricano en Febrero de 1827; pero la reunión no tuvo lu- 
gar por las disensiones que surgieron entre los Estado». 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 2TÍ3 

6. Ante el hecho del reconocimiento de la indepen- 
dencia de las Colonias españolas por los Estados Uni- 
dos, Femando YII intentó sin éxito, que se celebrase 
una conferencia en París para tratar de tan importante 
asunto; pero Inglaterra, elndiendo la invitación y des- 
pués de haber ofrecido á España mediar para poner fin 
á la gnerra, aconsejó al Rey reconociese inmediata- 
mente la independencia de sus antiguas posesiones. 

Reducido ya por entonces el dominio efectivo espa- 
ñol en América á las islas de Cuba y Puerto Rico, y 
conocidos los trabajos de una sociedad de francmasones 
de Filadelfia, que se entendía con otra de igual género 
de la Habana, surgió el temor de que Cuba siguiera el 
ejemplo de las demás Colonias, ó que éstas intentasen 
un golpe de mano sobre la Isla. La a^'titud del Go- 
bierno inglés en aquellos momentos despertó los rece- 
los de los Estados unidos, recelos que cambiaron des- 
pués de dirección, pues cuando Francia envió un ejér- 
cito ¿ la Península para restablecer el poder absoluto 
del Monarca español, sospechó pretendiese obtener en 
pago la cesión de Cuba. Entonces el Ministro america- 
no en Madrid comunicó al Gobierno de Fernando VII 
dos notas del Gabinete de Washington, que diferían 
grandemente por su sentido y su alcance. En la pri- 
mera (17 Diciembre 1822), consignaba sentimientos 
favorables á que Cuba continuase en su conexión con 
España, pero en la segunda (23 Abril 1823), decía 
que al mirar el probable curso de los sucesos por un 
corto período de medio siglo,* era difícil resistirse á la 
convicción de que la anexión de Cuba á la República 
norte-americana sería indispensable para la conti- 
nuidad é integridad de la unión misma. Sin embargo 

18 



de esto, que no dejaba lugar á dudas, en 22 de Junio 
de 1826, el mismo representante de la Unión expuso 
que los Estados Unidos preferían que continuase la 
unión entre España y las islas de Cuba 7 Puerto Rico, 
& su separación y agregación á cualquier potencia que 
ambicionase tan ricas posesiones, y que, aunque no 
hubiese recibido instrucciones, estaba autorizado se- 
guramente para desautorizar todos los proyectos di? 
engrandecimiento respecto á dicho asunto, y ¿ decla- 
rar la separación de su Gobierno de toda connivencia 
ó favor á la interna disensión ó á las expediciones ó 
armamentos que tuvieran por objeto al propio tiempo 
perturbar el reposo de Cuba ó procurar su desmembra- 
ción de Espafia. 

AI contestar á esta última nota el señor Zea Ber- 
múdez, después de hacer constar que España no había 
pensado jamás en ceder á ninguna potencia las islas 
de Cuba y Puerto Bico, añadió cuan grata había sido 
al Gobierno español la solemne declaración de que los 
Estados Unidos no daban protección ni ayuda á los 
preparativos y expediciones guerreras contra dichas 
islas, y recordó que habían ocurrido varios casos en 
los cuales, eludiendo las leyes del país, se habían cons- 
truido, armado y equipado barcos de guerra, privados 
ó de particulares, en loa puertos de la Unión, á cuenta 
ó por instigación y con las banderas de los titulados 
gobiernos de Méjico, Colombia ó Buenos Aires, que 
frecuentemente se convirtieron en piratas, insultando 
y devastando, no sólo dichas islas y su comercio, siuo 
también el comercio y navegación de otras naciones- 
Por desgracia, ni aquella declaración ni esta protesta 
impidieron que la Kepública del Norte continuase 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 2^5 

hiendo el foco de todas las conspiraciones contfa los 
dominios españoles. 

Inglaterra, procediendo lealmente y dando una 
prueba de sincera amistad, no sólo reiteró al Gobierno 
español la afirmación solemne de que no tenía la más 
remota intención ni deseo de ocupar á Cuba ni de apro- 
piarse ninguna otra de las posesiones de España, mos- 
trándose dispuesta á repetir esta declaración á la faz 
•del mundo, sino que inició la idea de concertar con 
Francia y los Estados unidos, la firma de una especie 
^e contrato ó empeño mutuo y recíproco que más efi- 
-cazmente pudiese evitar el peligro de que cualquiera 
de las tres potencias se aprovechase de las circunstan- 
•cias apuradas de España para ocupar á Cuba con nin- 
gún objeto ni bajo pretexto alguno. Al propio tiempo, 
recordando que en el año 1609 se suspendieron las 
hostilidades entre los Países Bajos y España, y el re- 
conocimiento final de independencia no tuvo lugar 
hasta el 1648, es decir, cuarenta años más tarde, y te- 
niendo en cuenta la determinación del Gabinete de 
Madrid, de no brindar con la paz á los nuevos Estados 
•de América, ofreció proponer á éstos una suspensión 
•de armas, bien indefinida, bien por un período limita- 
■do, pero renovable. 

Las negociaciones no dieron resultado alguno, pues 
los Estados Unidos declararon (13 Abril 1826) que la 
actitud de Inglaterra, Francia y la Repiiblica norte- 
americana equivalía á una garantía de la isla de Cuba 
para España, pero que no podían aquéllos entrar en 
estipulaciones para garantizarla por medio de un tra- 
tado. 

La idea volvió á surgir más adelante, sin alcanzar 



CAPITULO XV. 



(.—Situación de Grecia bajo la dominacit'n turca.— 2. Actitud de las Po- 
tencias aceroa de la cuestióa griega eii el Congreso de Yiena.— 3. In- 
surreccióp de Grecia contra Turquía en 182!.— 4. Convención de Lon- 
dres de 1827.— 5. Guerra turco-rusa en 1828.— 6. Paz de Andrinópo- 
Ii9.— 7. Constitución del reino de (recia.— 8. Independencia de Egipto 
bajo Ucliemet AU: convención de Kutayah de 1833. Tratado de Unkiar- 
Ulcelessi, y tratado de 15 de Julio de 1840 



1. Repetidas veces había intentado Grecia sustraer- 
le á la dominación de los turcos, levantándose en armas 
j luchando con verdadero heroísmo por su independen- 
cia. Desgraciadamente sus esfuerzos no habían produ- 
•cido otro resultado que el de dar pretexto á Turquía 
para cometer nuevas arbitrariedades, haciendo cada 
*dia más pesado el yugo que oprimía á los griegos, y 
•dando lugar á que arraigasen y creciesen en éstos las 
ideas de libertad é independencia. 

El relato de estas luchas, en las cuales los griegos, 
-cien veces vencidos, se levantaron otras cien contra el 
opresor, y la narración de los atropellos cometidos por 
los turcos, que como dice Cantú, gozaban la mezquina 
seguridad que tiene aquel que cuenta las insurrecciones 
tan solo por los estragos con que logró sofocarlas, ocu- 
parían muchas páginas. Por esto hay que limitarse á 



HISTORIA POLÍTICA V 



decir qiie durante las guerras de las poteucias contra- 
Francia, adquirieron ensanche las ideas de libertad, y 
las sociedades secretas reanimaron las esperanzas de^ 
los griegos. 

. Un poeta, Bígas, fundó la primera eteria: y si bien 
en ésta sólo se hablaba de emancipación, bien pronto se 
constituyeron otras cuyos esfuerzos se encaminaban á 
reconstituir el imperio griego, proyectando unirlo en 
alianza con el francés. Rígas pagó con la vida su amor. 
¿ la causa helénica, cuyos defensores tomaron otra di- 
reíMíión, buscando en Rusia el apoyo que pn vano ha- 
bían demandado á Napoleón. 

2. Asilas cosas, se reunió el Congreso de Viena- 
El Emperador Alejandro llamó la atención de los ple- 
nipotenciarios acerca déla cuestión griega, pues si las- 
potencias se concertaron un día para concluir con la 
trata de negros que había durante largo tiempo «deso- 
lado el África, degradado á Europa y afligido á la hu- 
manidad*, tenían no sólo el derecho, sino la obligación 
de proteger á los cristianos contra el fanatismo musul- 
mán y de colocar las poblaciones cristianas de Turquía 
bajo el amparo de la garantía colectiva de todas la» 
naciones europeas. Pero en el mismo Alejandro bata- 
llaban dos influencias contrarias: Capodistria le inci- 
taba contra los turcos, al paso que Nesselrode le conte- 
nia por amor á la paz; y aprovechándose de esto, Met- 
temich, que como se ha dicho, fué el alma de aque) 
Congreso, declaró que en la rebelión griega no veía si- 
no una de las muchas cabezas de la horrible hidra. Be- 
finida asi la actitud de los griegos, ¿cómo era posible 
que los monarcas, congregados con el objeto de domar 
las revoluciones, diesen oídos á las quejas del represen- 



tes. «Seiscieutos mil griegos, afiade el aludido historia- 
dor, sublevados contra tan vasto impTio (el turco), te- 
nían de una parte el aboiTecimiento y la desesperación 






HISTORIA POLÍTiCA Y DIPLOMÁTICA 281 

No obstante el concurso decisivo que las Potencias, 
especialmente Inglaterra y Austria, prestaron á Tur- 
quía, 7 no obstante también las disensiones que estalla- 
ron entre los griegos y que no tuvieron fin hasta que 
elevaron á Capodistria á la presidencia de la repúbli- 
ca, Grrecia obtuvo señaladas ventajas sobre los turcos. 
Ocurrió en esta guerra algo de lo que había pasado en 
la de España. Los ejércitos de Turquía desaparecían 
poco á poco, sin obtener nunca un triunfo decisivo, sin 
lograr someter realmente la menor parte del país. 

4. Cntre tanto la causa de Grrecia ganaba terreno 
en Europa. Sin embargo, los monarcas, alardeando 
de oponerse al triunfo de la revolución, procuraban 
ocultar sus ambiciosos proyectos, disimulando que sos- 
tenían i Turquía porque la debilidad de este Imperio 
mantenía en ellos la esperanza de poder apoderarse de 
sus restos. De esta situación trató de aprovecharse el 
Sultán, el cual, apoyado por Austria, cuando las cinco 
grandes potencias convinieron en reunirse para arre- 
glar sus diferencias relativas á Grecia, declaró que era 
contrario al derecho de gentes que un soberano entra- 
se en pactos con sus vasallos. 

Sin embargo, más que la presión de Turquía, aún 
reforzada por el apoyo de Austria, pesó en el ánimo de 
Inglaterra y Francia el temor de que Rusia se apro- 
vechase exclusivamente de las circunstancias. Esto 
obligó á los plenipotenciarios francés, inglés y ruso á 
firmar en Londres el 6 de Julio de 1827 un tratado por 
el cual las altas partes contratantes ofrecieron á la 
Puerta Otomana su mediación para poner fin á la lu- 
cha entre esta potencia y Grecia, cuya mediación sería 
ofrecida, tan pronto como se ratificase el tratado, por 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 283 

inteneíón tomar todas las medidas necesarias para ob* 
tener el efecto inmediato del armisticio, impidiendo 
en cnanto les fuese posible toda colisión entre los be- 
ligerantes^ á cuyo fin trasmitirían á los comandantes 
de sus escuadras las instrucciones oportunas; y 3.* Si 
¿OH esto no daba el resultado apetecido, las altas Par- 
tes autorizarían á sus representantes en Londres para 
acordar las medidas ulteriores que conviniera adoptar. 
Los temores de las Potencias no eran infundados, 
pues si bien Grecia aceptó de buen grado esa especie 
de reconocimiento de su independencia, Turquía se 
mostró muy irritada, especialmente con Austria, casi 
culpándola de haber faltado á sus promesas. No obs- 
tante esto, pactaron las potencias un armisticio con 
Ibrahim-bajá (25 Septiembre); mas éste, violando sus 
-compromisos, recorrió el país, asolándolo todo. Los al- 
mirantes francés, inglés y ruso exigieron el cumpli- 
miento de los convenios, y ante la actitud de Ibrahim, 
que les devolvió sus comunicaciones sin abrirlas, ata- 
caron y destruyeron en Navarino la escuadra otomana 
(28 Octubre), hecho que produjo gran impresión en 
toda Europa, pero que no logró intimidar á la Puerta, 
la cual exigió una indemnización por la escufiuira y que 
en sus negociaciones con las potencias se descartase la 
cuestión griega. Entonces los embajadores se retiraron 
de Constantinopla, y el Sultán proclamó la guerra 
santa. 

5 Nicolás I, que había sucedido á su padre Alejan- 
dro I, muerto en Diciembre de 1826, después de haber 
hecho proposiciones á Francia para obtener su neutra- 
lidad, y en vista de que Turquía no respetaba el pabe- 
llón ruso, le cerraba la entrada del Bosforo y dificulta- 




(*T~ í' 



HISTOBIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 285 

frontera el curso del último de dichos ríos hasta la em- 
bocadura de San Jorge, de suerte que las islas forma- 
das por los diferentes brazos del Danubio quedasen en 
posesión de Busía, y la orilla derecha perteneciese ¿ 
Turquía. La navegación por el Danubio seria libre para 
los buques de ambas potencias (art. 3.^). En cuanto 
á la frontera de los Estados rusos y turcos en Asia, se 
fijó una línea que siguiendo el límite del Gouriel desde 
el mar Negro, subía hasta el limite de Imericie, y en 
la dirección más recta posible continuaba hasta el pun- 
to de reunión de las fronteras de los pachaliks de Ak->' 
haltzik y de Kars con las de la Georgia, dejando de esta 
manera al Norte y en el interior de esta línea la ciudad 
de Akhaltzik y el fuerte de Akhalkalaki, á una distan- 
cia mínima de dos horas. Todos los países situados al 
Sor y Oeste de dicha línea hacia los pachaliks de Kars y 
de Trebisonda, con la mejor parte del pachaliks de Ak- 
haltzki, continuarían á perpetuidad bajo la dominación 
de la Sublime Puerta, en tanto que los que quedaban 
situados al Norte y Este de aquélla hacia la Georgia, el 
Imericie y el Gouriel, así como también todo el litoral 
del mar Negro, desde la embocadura del Kouban hasta 
el puerto de San Nicolás inclusive, quedarían para 
siempre bajo la dominación rusa (art. 4.°) 

Los Principados de Maldavia y de Valaquia, some- 
tidos á la suzeranía de Turquía, y que fueron objeto 
de un tratado separado entre Rusia y la Puerta, firma- 
do el mismo día, conservarían todos sus privilegios é 
inmunidades. En su consecuencia gozarían del libre 
ejercicio de su culto, de una seguridad perfecta, de una 
administración nacional independiente, de plena liber- 
tad de comercio, y de todas aquellas medidas que se 



.5 *, »ys ^ ^ 



'nm^^ 



286 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

juzgasen necesarias para asegurar á las dos provincias 
el goce de sus derechos (art. 6.®). 

Obligábase la Puerta á cumplir las disposiciones de 
la convención de Ackerman, referentes á Servia, y á 
devoWer á ésta los seis distritos que se la habían arre- 
batado (art. 6.°) 

Reconocíase á los subditos rusos plena libertad de 
comercio por mar y tierra. La Puerta se comprome- 
tía á velar porque el comercio y la navegación en el 
mar Negro no sufriese entorpecimientos de ninguna 
especie, y á este efecto reconocía y declaraba el trán- 
sito por el canal de Constantinopla y el estrecho de los 
Dardanelos, enteramente libre y abierto á los baques 
mercantes de Rusia y á los de igual clase de las Po- 
tencias que se encontrasen en paz con la Sublime Puer- 
ta (art. 7.^). 

Finalmente, Turquía se comprometió á pagar á Ru- 
sia una indemnización (art. 9.^) que se fijó después en 
ciento treinta y siete millones de francos, y prestó su 
entera adhesión á las estipulaciones del tratado de Lon- 
dres de 6 de Julio de 1827. 

Con razón ha escrito un historiador contemporáneo ^ 
que esta paz constituía el triunfo más brillante que Ru- 
sia podía obtener en Oriente. La política altanera y re- 
suelta de Nicolás I había dado sus frutos, pues á cam- 
bio de la pérdida de la Moldavia, de la Yalaquia, de la 
Servia y de la Grecia, en las cuales el nuevo régimen 
era, sin duda, un camino que conducía á la indepen- 
dencia absoluta, el imperio otomano, desmantelado, 
quedaba abierto por todas partes á la influencia ni- 
sa, y reducido, como poco tiempo después escribía 
Nesselrode, á no existir más que bajo la protección 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 287 

de Busia y no escuchar más que los deseos de ésta. 
7. Francia é Inglaterra, envidiando al Gabinete de 
San Fetersburgo la gloria de decidir de los destinos de 
(rrecia, y sobre todo, considerando opuesto á sus inte- 
reses el que continuando ésta sometida al mismo régi- 
men que los Principados, fuese dado á Busia agravar 
la condición de Turquía interviniendo sin cesar en la 
administración del nuevo Estado, trataron de contri- 
buir á la completa emancipación de los griegos, como 
éstos la pretendían, seguros del apoyo de aquellas dos 
potencias. 

Las rivalidades entre las naciones que] firmaron el 
tratado de 6 de Julio de 1827, sirvieron á maravilla á 
Grecia, pues en la conferencia celebrada en Londres 
en Octubre de 1829, E.usia no sólo no se opuso á la inde- 
pendencia de aquélla, sino que pretendió que el nuevo 
Estado se extendiese por el Este hasta el golfo de Arta; 
pero no aceptando esto Inglaterra, se convino en que 
comprendiese aquél únicamente la Morea, las islas Cy- 
clades y las provincias de Tierra firme desde la embo- 
cadura del Sperchius á la del Aspro-potamo. Acordóse 
también que la forma de Gobierno de Grecia fuese la 
monarquía, y se designó para ocupar el trono al prín- 
cipe Leopoldo de Sajonia-Co burgo, consignándose es- 
tos arreglos en los tres protocolos del 3 de Febrero 
de 1830. 

El príncipe Leopoldo, antes de aceptar, exigió á la 
Conferencia que la independencia de Grecia fuese ga- 
rantizada por las Potencias, que el nuevo Estado faese 
agrandado por la agregación de varias islas del Archi- 
piélago y por. la extensión de su frontera por el Norte, 
que se auxiliase pecuniariamente á Grecia, y que el 



HlárrORlA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 289 

garantía de las tres Cortes, formaría un Estado monár- 
quico independiente (art. 4.**), cuyos límites serían fija- 
dos con arreglo á los protocolos de 3 de Febrero de 
1830 y 26 de Septiembre de 1831 (arts. 5.** y e.""). Ru- 
sia se comprometía á garantir y Francia é Inglaterra á 
recomendar un empréstito de 60 millones de francos, 
que podría contratar el Rey Otbon por series de veinte 
millones (art. 7,**). El Rey de Baviera facilitaría & su 
hijo el organizar un cuerpo de ejército de tres mil qui- 
nientos Hombres, que relevaría a las tropas de los alia- 
dos (art, 14.*") 

Por un artículo explicativo y complementario de la 
anterior convención, firmado en Londres el 30 de Abril 
de 1830 por Francia, Inglaterra, Rusia y Baviera, se 
determinó el orden de sucesión en la corona de Grecia. 

De este modo se constituyó un nuevo Estado cris- 
tiano, que entró rápidamente en el camino de la pros- 
peridad. El predominio de los bá varos fué, sin embar- 
go, motivo de disgustos, porque los antiguos patriotas 
helénicos se vieron excluidos, no sólo del mando, sino de 
toda representación. Armansperg, tutor del Rey, apo- 
yado por las potencias, pretendió mantener el absolu- 
tismo, pero habiendo tomado las riendas del Gobierno el 
Monarca, firmó éste una nuevaConstitución,porla cual 
recobró Grecia todas sus libertades (Septiembre 1844). 

8. — Uno de los hombres que más habían ayudado 
a la Puerta en sus campañas contra los griegos, era 
Mehemet-Alí, natural de Tebelen en Albania, que co- 
menzando su carrera robando, llegó á ser Virrey de 
Egipto á fuerza de valor y de crueldad. 

Mehemet-Alí en Egipto, personificaba como el Sul- 
tán Mafamuden en Turquía, el empeño de introducir 

19 



"»»^"^"«iw^"flp 



290 HISTORIA POLÍtiCA Y DIPLOMÁTICA 

cierta . civilización que hubo de resultar totalmente 
opuesta, acaso por lo prematuro del propósito, á la 
índole de su pueblo. Difundió la instrucción, reformó 
y mejoró el ejército, creó arsenales, todo bajo la direc- 
ción de oficiales franceses, y procurando en primar 
término su engrandecimiento personal. No contento 
con las ventajas que había obtenido por los auxiUos que 
prestó á la Puerta en la guerra con Q-recia, y aspiran- 
do secretamente á declararse independiente de Tur- 
quía, intentó apoderarse de la Siria, para tener los 
puertos y bosques de que carecía Egipto, y que le sir- 
viese de escala entre éste y el Imperio otomano. Al 
efecto mandó un ejército á las órdenes de Ibrahim, el 
cual tomó por asalto á San Juan de Acre (27 Ma- 
yo 1832). 

El sultán Mahmud se armó inmediatamente para 
refrenar la ambición de su poderoso vasallo, y los dos 
ejércitos, disciplinados á la europea, Qe encontraron 
frente afrente. Pero la victoria se decidió por Ibrahim, 
y habiendo derrotado en varios encuentros á los tur- 
cos, la batalla de Konniah le abrió el camino de Cons- 
tantinopla. Entonces Mahmud se consideró perdido y 
acudió á las grandes potencias implorando humilde- 
mente su auxilio. Rusia puso á disposición de la Puer- 
ta un ejército y una flota. Prusia, voluntariamente 
apartada de los negocios de Oriente, no quería adqui- 
rir antes de tiempo compromisos de ninguna especie. 
Austria veía con recelo los progresos de Rusia hacia 
Constantinopla y el mar Negro, pero tenía sobrado 
miedo á la revolución para contrariar abiertamente al 
Zar, cuyo concurso para combatir á aquélla juzgaba 
indispensable. Inglaterra, aunque tenía puntos de vis- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 291 



ta por coiz4)leto opuestos á los rusos, como la contenía 
la situación de Irlanda, había recibido poco antes se- 
guridades de Nicolás I de que no quería alterar el equi- 
librio en Oriente, y no estimaba franca la política 
francesa, quería reservarse. Francia no podía enten- 
derse con Rusia sin romper con Inglaterra, ni decla- 
rarse por Mehemet sin correr el mismo peligro y tener 
•que sostener una guerra con los rusos: se inclinó por 
tanto á Turquía, pero cuidando de que Mehemet no 
perdiese todo el fruto de sus campañas, pues el Virrey 
•era una especie de cliente francés y la opinión pública 
no habría consentido su abandono. 

Tal era la situación de las potencias y la gravedad 
del conflicto. 

El representante francés en Constantinopla ofreció 
á la Puerta sus buenos oficios cerca de Mehemet y de 
Ibrahim, y aceptados aquéllos se hicieron proposiciones 
que fueron rechazadas por el Virrey. Los ejércitos de 
éste continuaron avanzando, y Mahmud, asustado, so- 
licitó el concurso de la escuadra rusa (Enero 1833), la 
"Cual apareció en aguas de Constantinopla. Pretendió 
su alejamiento el representante francés, pero como ha- 
bía fracasado la mediación de éste cerca de Mehemet, 
el Sultán no sólo pidió á E.usia reforzase su escuadra, 
í5Íno que enviase tropas de desembarco; y en efecto, 
quince días después, diez ó doce mil soldados rusos 
llegaron á Constantinopla, como simple vanguardia 
del ejército que se preparaba en los Principados danu- 
bianos. La inteligencia de Busia y Turquía asustó á 
Inglaterra y al Austria, cuyos gobiernos unieron sus 
esfuerzos al francés para decidir al Sultán á otorgar 
concesiones-. Cedió. Mahmud, de acuerdo con Nicolás 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 293 

logrando obtenerlas satisfactorias. Entonces aquello» 
•enviaron sus escuadras á cruzar por el Archipiélago, y 
•durante algunos meses la eventualidad de una ruptura 
violenta entre Francia, Inglaterra y Rusia no pareció 
-del todo inadmisible á la diplomacia. 

Al fin, después de numerosos pourparlers, Inglate- 
rra, Austria, Prusia y Busia, de una parte, y la Puer- 
ta otomana de la otra, llegaron á una inteligencia, 
concertando la convención de 16 de Julio de 1840. 

En el art. 1.^ se consignaba que estando de acuer- 
do el Sultán con dichas Potencias acerca de las condi- 
ciones del aiTeglo que aquél tenia intención de concer- 
tar con Mehemet Alí, condiciones que se expresaban 
en acta separada, se comprometían las indicadas na- 
ciones á unir sus esfuerzos para determinar al Virrey 
de Egipto á aceptar el aludido arreglo; añadiendo (ar- 
tículo 2.®) que si Mehemet Alí rehusaba, adoptarían, 
•a petición del Sultán, las medidas necesarias para obli- 
gar á aquél , y en el intervalo darían órdenes á sus es- 
cuadras para impedir la comunicación por mar entre 
Egipto y Siria. En el caso de que Mehemet dirigiese 
^us tropas contra Constantinopla, las potencias se com- 
prometían (art. 3.°) á poner al abrigo de toda agresión 
^sí los estrechos del Bosforo y de los Dardanelos como 
la capital del Imperio otomano, debiendo estimarse 
esto (art. 4.**) como una medida excepcional que no 
derogaría en modo alguno el principio en virtud del 
cual los citados estrechos estaban cerrados en todo 
tiempo á los buques de guerra, principio que el Sultán 
-declaraba estar resuelto á mantener invariablemente y 
«que las Potencip^s se obligaban á respetar. 

Las condiciones que en el acta separada, aneja á 1& 



muammmmmmmmmtk 



CAPITULO XVI. 



1 La llcTolución de 1830: la Res4aiiración francesa hasta la muerte de 
Luis XVlll: Carlos X: las ordenanzas de Julio: cambio de dinastía.— 2. 
1^ rcTolución en Bélgica: guerra con Holanda: conferencia de Lon- 
dres: los tratados ~3. La revolución en Polonia: la cuestión de Craco- 
via.— 4. El rooviDii.'ttto rcTohicionario en Italia.— 5. Movimientos y 
cambios en Alemania.— 6- Luchas tn Suiza —7. Inglaterra: agitacio- 
nes en Irlanda: emancipación de los católicos: reinado de Guiller- 
mo IV: reforma electoral de 1836: reinado de Victoria I; la libertad de 
comercio. 



1. La restauración francesa tuvo el mal acierto de 
no satisfacer á los liberales ni á los realistas. Los pri- 
meros, satélites doctrinarios de la Enciclopedia 6 jaco- 
binos y bonapartístas que habían fraternizado en los 
Cien días del Imperio, consideraban el Gobierno esta- 
blecido como una vuelta á los moldes propios de la 
Edad Media, y miraban con encono á un trono que era 
la negación de sus ideas y que no tenía, sin embargo, 
fuerza suficiente para destruirlas por completo. Así es 
que los liberales, ó soñaban con la república, bien fran- 
camente revolucionaria ó pacífica y ordenada, ó ponían 
sus esperanzas en el vastago napoleónico, ó querían 
imitar a Inglaterra, elevando al trono una dinastía que 
todo lo debiese i la revolución. 



HISTOBIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 297 

de francos, en renta al 3 por ciento, para indemnizar 
á los antiguos emigrados, se restableció el derecho de 
primogenitura en las herencias para halagar á las cla- 
ses aristocráticas, se autorizaron las comunidades re- 
ligiosas, y en fin, se acentuó de tal modo la política 
teocrática, que el odio popular estalló en mil demostra- 
ciones hostiles al G-obierno, en las cuales tomó parte la 
guardia nacional, por lo que fué suprimida. £1 ministe- 
rio Villele restringió la libertad de la prensa y disolvió 
la Cámara, pero la oposición liberal, constituyendo una 
asociación que escogió por lema esta frase: Ayúdate, 
y Dios te ayudará, ganó las elecciones. Yillele se reti- 
ró, sustituyéndole Martignac, el cual pudo ir sobrelle- 
vando la situación, hasta que el Bey retrocedió de nue- 
vo y confió el poder á Polignac. Derrotado éste en la 
Cámara, el Bey apeló á una nueva disolución, y el 25 
de Julio de 1830 sq publicaron las famosas ordenanzas 
que modificaban la Carta en sentido restrictivo en dos 
puntos capitales, alterando el sistema electoral en favor 
de los privilegiados y sometiendo la prensa á la previa 
censura. 

Dos días después se inició en París el movimiento 
revolucionario, de marcado carácter republicano. Pero 
los liberales lograron encauzarlo, y decidiendo á Luis 
Felipe de Orleans á montar á caballo, contuvieron la 
revolución en los límites de un mero cambio de dinas- 
tía. Carlos X abdicó la corona en su nieto Enrique Y; 
pero el duque de Orleans fué proclamado Bey y juró 
que «la Carta sería una verdad.» 

2. Sólo hacía falta en Bélgica una chispa que pren- 
diese fuego á los materiales acumulados durante quince 
aftos, cuando surgió el movimiento revolucionario de 



298 

París. El artículo 65 del acta final del Congreso de Vie- 
na (1815) había dispuesto la unión de las provincias 
belgas á las antiguas provincias de los Países Bajo» | 
para constituir el reino de este nombre, bajo la sobe- ; 
ranía del Príncipe de Orange-Nassau; pero lo que no : 
pudieron hacer entonces las grandes Potencias ni se , 
logró después por el trascurso del tiempo, fué fundir ' 
ambos pueblos, de suerte que constituyeran una verda- ' 
dera nacionalidad, á lo cual se oponía principabnente. : 
la diversidad de religión. 

Los belgas no podían ver con agrado que se les su- j 
jetase á la supremacía de dos millones de holandese^í, , 
siendo ellos más del doble; y aún podían sufrir mucho 
menos que la Constitución que les fué irapupsta coiifl- | 
ríese á nn Príncipe protestante el derecho de arreglar | 
los intereses religiosos de un pueblo católico. Ouiller- , 
mo I se condujo, además, con escasa habilidad, persi- | 
guiendo á los obispos que reclamaron <'ontra el c-spíritti I 
del estatuto fundamental, y asi se agrandaron las dis- i 
tancias entre ambos pueblos. No contento el Monarca 
con vejar á los católicos, quiso impedirles toilo medio 
de queja, dictando rigorosas pragmáticas contra la 
prensa. 

Asi las cosas, el espíritu de la revolución france- 
sa dio nuevo aliento á los belgas, y el 26 de Agosto ' 
de 1830, al terminar la representación de La Muta di , 
Portici, el pueblo de Bruselas se alborotó, y seguido su 
ejemplo por Lieja, el movimiento se extendió rápida- i 
mente. Después de largas negociaciones con la Corte 
del Haya, y en tanto que los representantes belgas dis- | 
cutían en los Estados generales, el rey Guillermo envió ^ 
con un ejército á su hijo el príncipe de Orange, y éste, 



HISTORIA POLÍTICA T DIPLOIíXTICA 290 

torpe, ó mal aconsejado, cuando los belgas lo aclama- 
ban como monarca, atacó á Bruselas (27 de Septiembre) 
trabándose terrible combate en las calles. Esta fué la 
señal de un levantamiento general en el país, y los ho- 
landeses fueron rechazados en todas partes. 

Guillermo I solicitó entonces de un modo oficial el 
auxilio de las cuatro grandes potencias que en 1815 le 
habían asegurado I^ posesión de Bélgica. Pero Busia 
estaba demasiado lejos, Austria hallábase preocupada 
por la situación de Italia, agitada por los revoluciona-^ 
rios, y sólo Prusia tenia disponible un ejército que se 
apresuró á ofrecer al Rey de los Países Bajos. El emba- 
jador prusiano en París, barón de Werther, hizo cono- 
cer al Gobierno francés las intenciones de su soberano^ 
y el Ministro de Negocios Extranjeros del Gabinete de 
las TuUerías, conde de Mole, declaró que si las tropas 
prusianas entraban en Bélgica, penetrarían inmediata- 
mente las francesas, é invocó, para justificar su conduc- 
ta, el principio de no intervención^ adoptado por los 
hombres de la revolución de Julio como síntesis de su 
política exterior. 

Respondía esa actitud del Gobierno de Luis Felipe 
á la seguridad que tenía de ser apoyado por Inglaterra, 
pues Wellington, aun sintiendo la desaparición del rei- 
no de los Países Bajos que había sido su obra predilec- 
ta, no dejaba de comprender que la unión de belgas y 
bata vos era casi imposible, y como tenía, por otra par- 
te, gran interés en alejar á Francia de la alianza rusa, 
se prestaba á sectmdar las miras de aquélla, con la ex- 
clusiva condición de que Bélgica no había de quedar 
ni directa ni indirectamente bajo la dominación fran- 
cesa. Las negociaciones entre ambas Cortes se consig- 



HISTORIA I>0L[t1CA T DIPLOMÁTICA 301 

ma de gobierno y la exclusión del trono de los Príncipes 
de la casa de Nassau, Francia aplaudió sin reserva es- 
tos acuerdos, Basia, Austria y Prusia tuvieron razón 6 
pretexto para sospechar que el Gabinete de las Tulle- 
rías apoyaba secretamente para el trono belga la can- 
didatura del Duque de Nemours, hijo segundo de Luia 
Felipe, y se creó tal tirantez de relaciones que se llegó 
á temer estallase una guerra. Acaso la evito la insurrec- 
ción de Polonia, que solicitó por entonces la atención 
de las Potencias. 

una diputación del Congreso nacional belga fué &. 
París á ofrecer la corona ai citado Cuque de Nemours, 
pero Luis Felipe, por declaración de 17 de Febrero do 
1^1, decIÍDÓ el ofrecimiento, y entonces los belgas eli- 
gieron Key al candidato inglés, Leopoldo deCoburgo, 
i^ue fué proclamado el 4 de Julio. 

No se llevó á cabo, sin embargo, la separación legal 
y definitiva de Bélgica y Holanda, sin que las Potencias 
tuvieran que convenir en numerosos protocolos y no 
pocos tratados, de los cuales merecen especial mención: 
el tratado entre Austria, Francia, Inglaterra, Prusia y 
Rusia, de una parte, y Bélgica de la otra, firmado en 
Londres el 16 de Noviembre de 1831; la convención, 
entre las mismas potencias, relativa á las fortaleza» 
belgas, firmada en Londres el 14 de Diciembre de 1831; 
la convención entre Francia y la Gran Bretaña, para 
la ejecución del tratado de 15 de Noviembre, concluida 
en Londres el 22 de Octubre de 1832; el tratado entre 
las cinco potencias y los Países Bajos, concluido en 
Londres el 19 de Abril de 1839; el tratado entre las cin- 
co Potencias y Bélgica, firmado el mismo día, y el tra- 
tado entre Bélgica y los Países Bajos, relativo á ta se- 



mmmmmmmmmmmmmmmm^^^mi I I I » I J ' M^. JUf I l y 



302 HlSTOftlA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

paración de sus territorios respectivos, firmado en Lon- 
dres con la última fecha citada. 

En virtud de estos tratados se reconoció la indepen- 
dencia de Bélgica, formando el nuevo reino las pro- 
vincias de Brabante, Lieja, Namur, Hainault, Flandes 
oriental y occidental, Amberes y parte de la de Lim- 
burgo. 

3. Polonia sintió también los efectos de la revolu- 
ción francesa de 1830. 

Alejandro I, llevado de aquel sentimiento de justi- 
cia y de aquella especie de respeto á los derechos 
de los pueblos de que hizo gala durante gran parte 
de su reinado, restableció (27 Septiembre 1815), el 
reino de Polonia, el cual, aunque unido á Bnsia, tuvo 
su Constitución especial y una Dieta compuesta de 
dos Cámaras, así como un ejército independiente del 
ruso. 

No obstante que la nueva Constitución otorgaba á 
los polacos garantías que éstos, en su condición de 
vencidos, no podían haber soñado, la Dieta pretendió 
ensancharlas hasta el punto de exigir que los decretos 
del emperador fuesen refrendados por un ministro 
responsable. Alejandro, que había modificado no poca 
sus ideas, sintióse alarmado ante las pretensiones de 
los polacos: la Dieta fué cerrada; comenzóse á conspi- 
rar y la represión, acentuada por Nicolás I, excitó los 
ánimos y la revolución estalló el 29 de Noviembre de 
1830. Un combate muy sangriento en Varsovia, venta- 
joso á los polacos, hizo á éstos considerarse como re- 
dimidos, y para organizar la resistencia invistieron de 
un poder dictatorial á Chlopicki, antiguo soldado de 
Napoleón, que más que alentar, circunscribió el movi- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 303 



lento á mezquinos límites, esterilizando el generoso 

patriótico sacrificio de Polonia. 
La cansa de ésta conmovió á todos los pueblos de 
Europa, despertando vivas y generales simpatías; pe- 
ro ningún Gobierno se decidió á acudir en su ayuda. 
Austria hubiera considerado como una barrera oportu- 
na y útil contra Busia la existencia independiente de 
la nación polaca, pero la contenían el temor de perder 
la Galitzia y el recelo de que los húngaros, tomando 
ejemplo de Polonia, intentasen reivindicar sus antiguos 
privilegios. Inglaterra no quería enemistarse con Ru- 
sia y hallábase ya distanciada de Francia; y ésta, para 
prestar auxilio á Polonia, necesitaba romper con todas 
las potencias. Los polacos se encontraron entregados 
a sus propias fuerzas, y lo que es peor, divididos en 
fracciones, castigados duramente por el cólera que 
azotaba á Europa y sumidos en la miseria. 

De acuerdo Prusia y Rusia, y convertido el terri- 
torio prusiano en base de las operaciones del ejército 
ruso, dirigido por Paskewic, vencedor de los persas, los 
polacos fueron derrotados, y el día 8 de Septiembre su- 
cumbió Varsovia. El antiguo reino de Polonia quedó 
agregado al Imperio de los Zares, sin que las protes- 
tas de los Gabinetes de Inglaterra y de Francia logra- 
sen impedir tamaña violación de los acuerdos del Con- 
grego de Viena; es más, ni siquiera fueron un obstácu- 
lo para que los rusos ocuparan á Cracovia, cuyo terri- 
torio había sido declarado libre por el acta de 1816. 
Verdad es que el Gabinete de San Petersburgo convo- 
có, para resolver la situación definitiva en que debía 
quedar Cracovia, una conferencia, que se reunió pri- 
mero en Berlín y luego en Viena, y á la que asistieron: 



Rusia pretendió quo Cracovia fuese anexionadas 
la Galitzia, obligándose el Austria á dar á sos dos 
aliados algunas compensaciones. Austria aceptó este 
arreglo, y únicamente Frusia opuso algunas dificulta- 
des. Pero Inglaterra y Francia se oponían á tan escan- 
dalosa violación de los tratados de 1815. Ouizot diri- 
gió una nota á Mettemich declarando que la ocnpación 
de Cracovia sólo había de ser temporal, y Palmeratoii 
afirmó en pleno Parlamento que si el tratado de Tiena 
no era bueno en el Vístula, debía ser igualmente malo 
en el Bhin y en el Pó. Sin embargo, los plenipotencia- 
rios de Rusia, Austria y Prusia, firmaron en Viena el 
6 de Noviembre de 1846 un acta en la qne consignaron 
el acuerdo de que Cracovia y su territorio volviesen á 
ser incorporados s la corona austríaca como estaban 
antes de la paz de 14 de Octubre de 1809. 

Francia protestó solemnemente, pero Cracovia no 
recobró su independencia. 

4. La reacción de 1821 no logró extinguir por com- 
pleto en Italia las sociedades secretas, y el partido 
unitario y democrático continuó agitando la opinión y 
y siendo una constante amenaza para Ion poderes cons- 
tituidos, sobre todo en los pequeños ducados del cenlri^ 
y en los Estados de la Iglesia, en los cuales los abusos 
de los gobernantes y la miseria que reinaba en el país 
facilitaron grandemente la obra de los liberales. 

A la muerte de Pío VIII, la agitación que reinaba 
entre las clases populares encontró ocasión propicia 
para exteriorizarse ruidosamente durante el interreg- 
no, que se prolongó cerca de dos meses por los mane- 



305 



1 inñair en el 
Lo XVI {2 Fe- 
brero de 1831), y casi simultáneamente se insurreccio- 
naron liódenft, Bolonia, Ancona, Farma, Plasencia, 
etcétera; el Duque Francisco de Este y la ex-Empera- 
triz María Luisa tuvieron que huir, y un gobierno pro- 
visional, instituido en Bolonia, extendió su poder hasta 
las puertas de Roma. Los Diputados de las diversas 
ciudades declararon abolido el poder temporal (26 Fe- 
brero 1^1). 

El Gabinete de Viena, ante la prüuera noticia de la 
revolnción italiana, anunció su propósito de intervenir 
por las armas en favor de los soberanos amenazados; 
pero el Ministerio francés protestó y LafBtte hubo de 
declarar que si bien Austria tenia derecho á sofocar 
loa movimientos insurreccionales en el Lombardo-Vé- 
neto , y aun de intervenir en los Ducados de Farma y 
Plasencia, porque eran revertibles á su corona, no ha- 
bía razón ni derecho para que interviniese eu los Es- 
tados pontificios, independientes según los tratados, y 
qae, si á pesar de todo intervenía, Francia se opondría 
por la fuerza á tamafia violencia. Fero Mettemich con- 
testó que las tropas austríacas irían á Roma, y que si 
Francia quería la guerra, habría guerra; mas Francia 
no se decidió á provocar una lucha que podía serle 
perjudicial, y en tanto el ejército de Austria avanzó 
por el territorio de Ferrara (Marzo de 1^1), restableció 
en sus dominios al Duque de Módena (9 Marzo) y á la 
Archiduquesa María Luisa (10 Marzo), se apoderó de 
Solonia y de Ancona, ocupó los Ducados del centro y 
las Legaciones, y aterró á Lombardía y al Piamonte 
«on crueles ejecuciones militares. 



HISTORIA POLÍTICA Y D.PLOMÁTICA 307 

1820 por su tutor Jorge IV de Inglaterra, no obstante 
los consejos de la Dieta y sus medidas coercitivas, fuó 
i^rrojado del país y sustituido con su hermano menor 
Guillermo (6 Septiembre 1830), el cual restableció el 
orden y dio un estatuto. El elector de Hesse, Guiller- 
mo II, que no sólo siguió la política de su padre dis- 
minuyendo las franquicias populares, sino que ofendió 
á todos con sus escandalosos amoríos, tuvo que entre- 
gar el Gobierno, ante la insurrecbión, á su hijo Fede- 
rico Guillermo (30 Septiembre 1830). El Hannover, re- 
belado en 1831, se tranquilizó con la promesa de un 
estatuto, que fué sancionado en virtud de la ley de 
Guillermo IV de Inglaterra de 26 de Noviembre de 
1833. Pero el sucesor de este monarca volvió ¿ gober- 
nar con arreglo á lo establecido en 1819, por lo cual 
renovóse la lucha entre el pueblo y el Rey, lucha á la 
que éste intentó poner fin dando la carta de 1840, que 
fué recibida con disgusto, prolongándose así las per- 
turbaciones. Sajonia se sublevó pidiendo el mejora- 
miento de sus antiguas instituciones y que se privara 
á los católicos de la preferencia que se les otorgaba, y 
liabiendo abandonado el poder el Rey Antonio á su 
sobrino Federico (13 Septiembre 1830), se dio una nue- 
va Constitución, se otorgaron concesiones á la prensa 
V se eximió de la censura civil á los libros eclesiásticos. 
Las asociaciones que en estos 3^^ otros Estados se 
liabían constituido para dar mayor libertad á la pren- 
da y más amplitud á las instituciones, celebraron una 
asamblea en Hambach, promoviendo mucha excitación 
en la parte de Baviera más próxima al Rhin. Los mo- 
narcas prescribieron que debían rechazar cualquiera 
|>etición no conforme con el espíritu del Congreso de 



308 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Viena, y habiendo fiacasado el movimiento revolacio- 
nario de Francfort, el absolutismo quedó triunfante 
(1833), sin que fueran escuchadas las reclamaciones de 
las potencias extranjeras en favor de las libertades^ 
germánicas. 

6. También en Suiza se sintieron las consecuencias 
de la revolución de 1830; también allí corrió la sangre 
y se introdujeron reformas políticas y sociales. 

Reconstituida la federación en 1816, cada cantón 
se dio una Constitución particular; restringiendo los 
derechos públicos y consolidando la aristocracia de los 
senados, los cuales prevalecían sobre los ciudadanos 
como éstos sobre los campesinos. Las sociedades masó- 
nicas, que tomaron gran incremento con el crecido nú- 
mero de carbonarios de Italia y Francia que fué á bus- 
car refugio en Suiza, conmovieron el país abogando 
por la introducción de reformas políticas y aun socia- 
les, y sobre todo, por la restauración del sistema uni- 
tario. 

Al estallar la revolución de 1830 proclamáronse los 
derechos del pueblo, cambióse la constitución de la ca- 
pital de cada cantón, aboliéronse los privilegios, reco- 
nocióse la igualdad de los ciudadanos, establecióse la 
distinción de los tres poderes y se decretó la libertad 
de la prensa. En algunos cantones la lucha fué san- 
grienta, y la contraposición de ideas y de intereses en- 
tre unos y otros mantuvo por largo tiempo una agita- 
ción perjudicial. 

7. Inglaterra, que tan larga y porfiada lucha sos- 
tuvo contra el imperio napoleónico, logró salir al fin 
triunfante, pero no sin recargar de un modo extraor- 
dinario su deuda. La paz concluyó de agravar su si- 




HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 31 1 

dorante cuyo reinado se llevaron á cabo dos importan- 
tísimas reformas: la electoral, que realizó lord Russell, 
y la de los derechos de los cereales, que consiguió sa- 
car adelante el ilustre Peel. 

La reforma electoral, iniciada por Pitt en 1790, 
convirtióse en 1830 en bandera de los whigs, que as- 
piraban á destruir un estado de cosas que había permi- 
tido á la aristocracia enfeudar la diputación en sus 
propias familias y convertirla en asignación de los se- 
gundones; y tan grande fué la excitación popular y tan 
inútiles las tentativas que se hicieron para reprimirla, 
que al abrirse el Parlamento (9 Noviembre 1830) esta- 
lló el descontento y Wellington cedió el puesto á los 
whigs, sucediéndole lord Grey. Entonces lord Kussell 
propuso á las Cámaras un hül planteando la reforma 
electoral, de suerte que cada arrabal que tenía menos 
de mil habitantes, perdía la representación, adquirién- 
dola en cambio veintisiete ciudades y algunos barrios 
nuevos de Londres; y el número de los Diputados debía 
ser proporcionado al importe del impuesto territorial, 
con especialidad el de las casas, aumentando en virtud 
de esta ley á medio millón más el número de los electo- 
res, al paso que se restringía el de los Diputados. 

Enérgica y tenaz fué la oposición que hicieron los 
torios, dando lugar á que la excitación pública estalla- 
se en abiertas sublevaciones, que ensangrentaron algu- 
nas ciudades, proporcionando esto ocasión á Irlanda 
para elevar de nuevo su voz en demanda de los que es- 
timaba sus derechos. Pero al ñn, en 7 de Junio de 1832, 
triunfó el híU^ siguiendo á éste una ampliación realiza- 
da tres alios después (1835) y otras dos reformas rela- 
tivas i las elecciones de Escocia é Irlanda. 



312 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Muerto Guillermo IV sin sucesión, subió al trono 
(20 Junio 1837) la Reina Victoria, sobrina de aquél é 
hija del Príncipe Eduardo, Duque de Kent, y durante 
el primer período del nuevo reinado la liga contra la 
ley de los granos logró llevar á la realidad sus ideales, 
mediante la ley de 28 de Enero de 1847 , que consagró 
la libertad decomercio, realizándose así, merced á la in- 
quebrantable constancia del Ministro Peel, que venció 
larga y tenaz oposición, una de las reformas que más 
han contribuido al engrandecimiento de Inglaterra du- 
rante el siglo actual. Por este mismo tiempo se aprob() 
el hiU para admitir á los judíos en la Cámara de los Co- 
munes sin someterlos al juramento cristiano (1847). 




Jl-'ffl-:^ 



CAPITULO XVII. 



1. Sucesos de España desde la Intervención de 1823 hasta la muerte de 
Femando Til.— 2. Reinado de doña Isabelll: la guerra civil.— 3. Su 
cesoe de Portugal: lucha entre carlistas y raigaelistas.— 4. Actitud de 
las Potencias: el tratado de la Gundruple alianxa.— 5 Negociaciones 
relatiTas á Portugal.— <>. Los matrimonios españoles.— 7. Negociacio- 
nes con Roma: proyecto de Concordato —8. Otros tratados.— 9. La 
cuestión cubana. 



1. Queda ya indicado en otro lugar de esta obra, 
que destruido el sistema constitucional por la interven- 
ción francesa de 1823, Femando VII, sin hacer caso de 
las observaciones y de los consejos del Gabinete de Pa- 
rís, ejerció el poder real en toda su amplitud, ahogan* 
do en sangre las intentonas de los liberales para resta- 
blecer el régimen decretado por las Cortes de Cádiz. 
Largo espacio sería necesario para trazar la historia 
de este accidentado período, y sólo para dar cuenta de 
los esfuerzos de los elementos avanzados, para reseñar 
sus incesantes trabajos, para bosquejar el cuadro de 
sus fracasos, de sus persecuciones y de su martirio ha- 
bríamos menester de algunas páginas. Únicamente pre- 
cisa decir, sintetizando en una frase el juicio de los 
sucesos de estos últimos años de imperio del absolutis- 
mo, que el Gobierno no era ya una monarquía absolu- 
ta, sino, como escribe Sico y Amat, una dictadura ci- 
vil que ahorcaba y otra militar que fusilaba. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 315 

lomarde y rompió con sus propias manos el decreto, no 
publicí^do, de 18 de Septiembre, dejando así subsisten- 
te la pragmática sanción y asegurado el derecho de la 
niña Isabel, que fué jurada como princesa de Asturias. 

2. Muerto el Rey (29 de Septiembre de 1833) y en- 
cargada de la gobernación del reino doña María Cris* 
tina, el primer ministro. Zea Bermúdez, al que Fer- 
nando Vil había encomendado velase por el trono de 
Isabel y por la conservación de su real autoridad, se 
creyó obligado «por deber, por honor y por reconoci- 
miento,» á cumplir la última voluntad del difunto» 
monarca. Fiel á su sistema de despotismo ilustrado,. 
Zea eseribió el manifiesto de 4 de Octubre, el cual, sin 
contentar á los carlistas, disgustó profundamente á los. 
liberales; y aunque el ilustre Javier de Burgos logró 
desde el ministerio de Fomento llevar á cabo multitud 
de reformas beneficiosas para el país, la oposición de 
Quesada, Líauder, el marqués de Miraflores y otros^ 
unida á la actitud de alguna potencia y los manejos de 
su representante en Madrid, obligaron á María Cristi- 
na Ár cambiar de Gobierno, encomendando la cartera de 
Estado á don Francisco Martínez de la Rosa. 

Lqb liberales acogieron al nuevo Gabinete sin gran 
entusiasmo, pero al menos con alguna esperanza. Zea,, 
sustituyendo á Calomarde, fué un compás de espera 
para el país liberal. Martínez de la Rosa, reemplazan- 
do á Zea, era una promesa. La guerra civil había esta- 
llado con todt> su furor, y María Cristina, para salvar el 
tirono de su hija, no tenía más camino que el de atraer 
se álos liberales y apoyarse en ellos. 

Para cumplir la misión que las circunstancias, de 
un kiáOf y de otro la voluntad de la Reina Goberna- 



316 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

dora le habían impuesto, Martínez de la Rosa publicó 
el 10 Abril de 1834 el Estatuto Real, peregrina inven- 
ción que, como dice un distinguido escritor, «hubiera 
»sido admirable de haber sido obra de don Fernán- 
»do Vil, cuando en 1814 echó á rodar la Constitución 
»de Cádiz. Y todavía los hombres templados y la Euro- 
»pa de la Santa Alianza, que patrocinó la invasión de 
»1823, habrían considerado semejante temperamento 
»como una solución razonable, si el difunto' Bey hu- 
»biese promulgado algo parecido al Estatuto, cuando 
»se vio restablecido en su ambicionado poder absoluto 
»en 1824; pero no tenia explicación sensata ofrecer 
» aquel informe código á un partido al que se había 
•oprimido, vejado, anatematizado y proscripto. Délos 
» liberales se exigía el olvido de todos sus agravios, pi- 
•diéndoles se sacrificasen en favor de la hija del que 
» había sido el verdugo y el implacable perseguidor de 
»los que habían salvado su corona en la guerra de la 
» independencia.» 

Entretanto la lucha entre liberales y carlistas ha- 
bía tomado proporciones extraordinarias: en las Pro- 
vincias Vascongadas, en Navarra, en Cataluña, en el 
Maestrazgo, en todas partes, se combatía con verdade- 
ro encarnizamiento y con no gran fortuna para el ejér- 
cito isabelino; la sangre corría en abundancia, y no 
obstante el peligro común, los liberales, divididos en 
fracciones irreconciliables entre sí, vivían en perpetua 
agitación, gastando sus fuerzas en conspiraciones, mo- 
tines y asonadas sin cuento, y manchándose con crí- 
menes tan repugnantes como el asesinato de los frailes 
(Julio 1834). 

Las Cortes, elegidas con arreglo á las prescripcio- 




HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 317 



nes del Estatuto, se manifestaron animadas de un fran- 
co espíritu reformista, alentando esto de tal suerte al 
elemento popular, que los éxitos conseguidos por el 
Conde de Toreno en el Mpiisterio de Hacienda, no 
bastaron á impedir que estallasen multitud de motines 
y asonadas y corriese la sangre hasta en la misma 
Corte. Toreno fué sustituido por Mendizábal^ al cual 
llevó á cabo importantes reformas administrativas. La 
exclaustración del clero regular, ya iniciada por su an- 
tecesor, la desamortización, las distinciones otorgadas 
á la milicia, las ventajas concedidas al ejército, la 
quinta de los cien mil hombres, etc., constituyeron la 
obra de Mendizábal hasta que se reunieron las Cortes, 
á las cuales presentó tres proyectos: el de elecciones, 
el de libertad de imprenta y el de responsabilidad mi- 
nisterial, siendo derrrolculo al votarse el primero por 
los mismos que poco antes le habían investido de una 
verdadera dictadura; y aunque los comicios dieron al 
Gobierno uno de esos triunfos peligrosos por su misma 
magnitud, tardó poco Mendizábal en ser sustituido por 
Istúriz. 

La disolución de las nuevas Cortes lanzó á los exal- 
tados por el camino de la violencia. Sucediéronse los 
motines; toda España se puso en conmoción, y la in- 
surrección de los sargentos en la Granja obligó á la 
Eeina Gobernadora á jurar el Código de 1812 y á con- 
fiar la jefatura del Gobierno á Calatrava. Este reunió 
Cortes Constituyentes, cuya labor dio por resultado la 
Constitución de 1837, que era un término medio entre 
la de 1812 y el Estatuto Keal; pues sin ser menos libe- 
ral que aquélla, huía de los extremos que hacían del 
código doceañista una obra impracticable, y sin olvi- 



318 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

darse de la tradición, no incurría en las ridiculas ve- 
tusteces del Estatuto. Con ella podían haber goberna- 
do progresistas y moderados. 

Ocho años rigió la Constitución de 1837, ocho años 
que fueron aún más agitados, más revueltos, más tur- 
bulentos y, por tanto, más funestos para el país que 
los anteriores; ocho años cuya historia ocuparía, en 
<5ompendioso extracto, largas páginas, necesarias sólo 
para dar cuenta de los cambios de Gobierno y de los mo- 
tines y asonadas que no permitieron á España gozar un 
momento de tranquilidad. Únicamente cabe decir, por 
tanto, que en dicho período se contaron dieciséis Mi- 
nisterios distintos y numerosísimas crisis parciales; que 
hasta la Regencia hubo de sufrir los efectos de las lu- 
chas de los partidos, sustituyendo el G-eneral Espartero 
¿ doña María Cristina y viéndose aquél mismo obligado 
á abandonar su alta posición; ;que fué necesario decla- 
rar la mayoría de edad de la Beina antes de lo que pres- 
cribía la Constitución, y que el Ministerio presidido por 
«1 General Narvaez reunió nuevas Cortes en 1844, las 
cuales redactaron otro Código fundamental, el de 1845. 
que disgustó á todos, á unos por mezquino, puesto 
que no realizaba el ideal de la monarquía pura, y á 
otros por exagerado, porque negaba los derechos de la 
nación, abriendo un abismo que separaba á los elemen- 
tos populares del trono. 

Bien puede decirse que en todo este período sólo 
un hecho fausto para el país cabe registrar, el fin de 
de la guerra civil, mediante el convenio de Vergara (31 
de Agosto de 1839). 

3. Antes de ocuparse de las relaciones internacio- 
nales de España durante esta época, importa, por las 



icItica 31» 

relacione» qne con aquéllas tuvieron, dar cuenta de lo 
ocnrrido en Portugal, cuya situación era muy seme- 
jaQt« á la del resto de la Península, puesto que, como 
ya se ha dicho, también allí luchaban liberales y abso- 
latistas, y también á una reina niña, doQa María de la 
Oloria, la diaputaba el trono un hermano de su padre. 
don Miguel. 

La intervención inglesa dio el triunfo á dona María, 
y don Miguel se rió obligado á huir al extranjero; pero 
don Pedro, queriendo terminar la cuestión dinástica, 
nombró á su hermano Begente del reino desposándolo 
con 80 hija. Don Miguel se trasladó de Viena á Portti- 
gftly jnró la Carta (Noviembre 1827), pero en cuanto 
por creer asegurada ta monarquía constitucional, se 
retiraron las fuerzas de la Oran Bretafia, aquél aboli(> 
el Estatuto y la ley electoral, convocó las antiguas 
Cortes en Lamego y se hizo proclamar Rey absoluto 
'Jnlio 1828). Una parte del ejército y loa constitucio- 
nales se sublevaron en defensa de doña María de la 
Gloría y confiaron la regencia Á Palmella. La guerra 
civil estalló en todo su furor. 

Don Pedro, qne había abdicado la corona del Bra- 
sil en su hijo, regresó á Europa y reuniendo á los emi- 
grados (1833), capitaneados por Saldanha, desembarcó 
en Oporto. Tras encarnizada lucha y con el auxilio de 
Inglaterra, logró ai fin triunfar la causa de doña Ma- 
ría de la Gloria (24 Septiembre 1834), perdiendo esta 
al poco tiempo á su padre, casándose con don Femando 
de Cobn^o, y confiando á Palmella la dirección de los 
negocios públicos. 

Dificnitades económicas, fomentando el descontento, 
dieron logar á la revolución democrática de 9 de Sep- 



dMaaHnBBHByBHflMHBB0nMaHB^^BMHaMaaaBBna»WHi 



320 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



tiembre de 1836, que redactó una nueva Carta, recibi- 
da con disgusto por los antiguos constitucionales, que 
hicieron violenta oposición al Ministerio del vizconde 
de Sa-da-Bandeira. Una nueva sublevación (1847), con- 
tra la reina y el Ministro Costa Cabral, hizo necesaria 
la intervención extranjera, de cuya misión se encargó 
España mandando un cuerpo de ejército. Se salvó el 
trono, formándose un Ministerio presidido por el Duque 
de Saldanha. 

4. Aun antes de morir Fernando VII, desde el mo- 
mento en que éste se decidió á publicar la pragmá- 
tica sanción derogando la ley sálica^ se planteó á Euro- 
pa el problema de la sucesión al trono español, acerca 
de cuyo asunto pusiéronse inmediatamente de acuerdo 
Inglaterra y Francia, conviniendo en reconocer como 
reina á doña Isabel II. Inglaterra respondía, al obrar 
de esta suerte, á sus antigaos principios de derecho pú- 
blico, y Francia á la necesidad de impedir el triunfo 
del absolutismo, para contrarrestar la actitud del parti- 
do legitimista francés. Así es, que, en cuanto murióFer- 
nando VII, dichas potencias se apresuraron á efectuar 
el reconocimiento de la Reina niña. Prusia, Rusia y 
Austria se abstuvieron: la abstención de las dos prime- 
ras no podía sorprender; era natural, porque el asimto 
no las afectaba directamente, pero la de Austria no re- 
sultó justificada. Sus compromisos históricos, su inter- 
vención en la guerra de sucesión, sus reiteradas protes- 
tas contra las actas que dieron la corona de España á 
los Borbones franceses, todo, en fin, parecía llamarla á 
secundar la obra del difunto Monarca; sin embargo, 
don Carlos representaba el absolutismo, y Mettemich 
no se decidió á declararse opuesto á éste. La Europa, 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 321 

dice Capefigue, se anuló obrando así en la cuestión es- 
pañola, la cual abandonó integra á la dirección de 
Francia é Inglaterra. 

£1 acuerdo de ambas potencias no llegaba á ciertos- 
])antos, relativamente secundarios, de política interior.. 
Las instrucciones que recibió el Embajador francés,. 
Mr. de Rayneval, encaminábanse á sostener á Zea Ber-^ 
mudez en el Ministerio, pero el Embajador inglés,. 
Mr. de Villiers (después lord Clarendon) abogaba por- 
que la Beina Gobernadora se apoyase francamente en 
el partido liberal. La caída de Zea y el nombramiento 
<ie Martínez de la Bosa constituyeron, en el fondo, un 
triunfo de la tendencia inglesa. 

La guerra civil ponía en grave peligro el trono de 
doña Isabel é hizo pensar en una nueva intervención» 
Francia se inclinó á este partido, alegando que no po- 
día tolerar la guerra civil en sus mismas fronteras, ni 
la posibilidad de que el legitimismo estableciese su 
cuartel general en los Pirineos, y añadiendo que la 
intervención debía ser sumamente pacífica, muy cauta, 
y dirigida á la vez contra los partidos carlista y repu- 
blicano. Pero las Cortes de Viena y de San Petersburga 
oponían á esto «que admitiendo el principio de inter- 
•vención como un derecho general (lo cual había com- 
•batido Francia en 1830), era difícil creer en el objeto 
■pacífico y moderado que aquélla se proponía; su ejér- 
*cito, sus generales, su enseña, eran revolucionarios 
•forzosamente: la presencia de sus tropas, cualquiera 
•que fuese su disciplina, debía sin disputa producir gran 
•satisfacción y confianza en los ánimos de los patriotas 
•españoles. De este modo, y á pesar suyo, el gobierno 
•francés se kacía cómplice de la anarquía.» El Gobier- 

21 



322 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

no inglés tampoco era partidario de la intervención 
francesa y el Gabinete de París hubo de limitarse á si- 
tuar en los Pirineos una división de quince mil hombres. 

Como quiera que Eusia, Ñápeles y Cerdeña facili- 
taban á don Carlos auxilios efectivos, Austria le ayuda- 
ba con sus consejos y Prusia lo toleraba, Francia é In- 
glaterra comprendieron que era necesario oponer á esta 
actitud algo más que la mera expresión de sus simpatías 
por la causa constitucional, y el resultado de su acuer- 
do fué el tratado de cuádruple alianza que firmaron en 
Londres el 22 de Abril de 1834, el marqués de Miraflo- 
res por España, Talleyrand por Francia, Palmerstou 
por Inglaterra y Moraes Sarmentó por Portugal. 

En dicho tratado el duque de Braganza, regente de 
Portugal, se comprometía á emplear todos los medica 
que estuviesen en su podet para obligar á don Carlos á 
retirarse de los dominios portugueses (art. 1.°). La 
Iteina Gobernad ora de España se obligaba á hacer en- 
trar en territorio portugués el número de tropas espa- 
üolas que se acordase, á fin de cooperar á la expulsión 
úe don Carlos y de don Miguel, debiendo mantener- 
las por su cuenta (art. 2.°). Inglaterra ofrecía cooperar, 
empleando una fuerza naval, á las operaciones que ha- 
bían de emprender las tropas españolas y portugue- 
sas (art. 3.°), y Francia, en el caso de que su coopera- 
ción se juzgase necesaria, se comprometía á hacer lo 
que las cuatro potencias determinasen (art. 4.°). Las 
Altas Cortes contratantes anunciarían al pueblo por. 
tugues, por medio de una declaración, el objeto de este 
tratado; el Regente de Portugal concedería una amnis- 
tía amplia y general, y tanto éste como la Beina Gober- 
nadora de España, asegurarían respectivamente, á don 



HISTORIA POLÍTirA Y DIPLOMÁTICA 323 

Miguel y á don Carlos, tan pronto como saliesen de los 
dominios españoles y portugueses, una renta corres- 
pondiente á su rango y nacimiento (arts. 5.° y 6.**) 

Cuatro meses después, el 18 de Agosto, firmaron en 
Londres los mismos plenipotenciarios unos artículos 
udicionales en los que se obligaron: Francia á adoptar 
en las fronteras las medidas más conducentes á impe- 
dir se enviase del territorio francés ninguna especie de 
socorros de gente, armas ni pertrechos militares á los 
rebeldes de España; Inglaterra á facilitar al Gobierno 
español los auxilios de armas y municiones de guerra 
que necesitase, y á ayudarle además, si fuese necesa- 
rio, con una fuerza naval; y Portugal á cooperar, en 
ayuda de España, con todos loB medios que estuvieren 
á su alcance. 

Elste tratado daba indudablemente fuerza moral á 
ia causa de la Beina, pero no aquellos medios indispen- 
sables para concluir con una guerra que de día en día 
tomaba mayor incremento, favorecida por las discor- 
dias de los mismos liberales. Entre éstos existían dos 
tendencias opuestas con relación al fin de la lucha; 
linos aspiraban á pactar una inteligencia sobre la base 
del matrimonio de la Reina Isabel con el hijo mayor 
de don Carlos; y otros, temiendo que si el carlismo lle- 
gaba á apoderarse de alguna capital importante^ como 
Burgos ó Bilbao, obtuviese sin dificultad su reconoci- 
miento por algunas potencias, trabajaban por la inme- 
diata intervención anglo-francesa. Esta última tenden- 
cia fué la que prevaleció, y el Duque de Frías, Emba- 
jador de España en París, hizo formal demanda para 
tjonseguirlo, al propio tiempo que se gestionaba en 
igual sentido cerca de la Corte de Londres, Esta con- 




324 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOUÁTICA 

testó que el tratado de la cuádruple alianza y los ar~ 
tículos adicionales no autorizaban una intervención di- 
recta, y el Gobierno francés nsula pudo resolver en de- 
finitiva, porque se hallaba dividido, siendo unos Minis- 
tros partidarios resueltos de la intervención, como 
Thiers, y otros totalmente opuestos á ella, como Ta- 
Ueyrand. 

Así las cosas, y como un término de avenencia, se 
acordó autorizar al Gobierno español para verificar 
alistamientos en Francia é Inglaterra, como antes los 
había hecho don Pedro para su expedición á Portugal^ 
y además Francia, por virtud del convenio que firma- 
ron en París el 28 de Junio de 1836 el Duque de Frías, 
Embajador de la Reina Isabel, y el Duque de Broglie^ 
Ministro de Negocios Extranjeros de Luis Felipe, con- 
cedió autorización á la Legión extranjera, que bajo sus 
banderas servía en Argelia, para pasar al servicio de 
España. De haber continuado en el Gobierno Mr. Thiers, 
probablemente se habría llevado á cabo la interven- 
ción, pero habiendo sido sustituido por el Conde Mole,. 
que profesaba de un modo resuelto la doctrina opues- 
ta, no se volvió á pensar en semejante idea. El Gabi- 
nete de Madrid tuvo que atenerse á sus propias fuer- 
zas para luchar con el carlismo, pero como éste dejó de 
recibir auxilios de Europa y no supo consolidar las ven- 
tajas militares que había obtenido, se impuso el convenio 
de Vergara que puso fin á la guerra (30 Agosto 1839), 
5. Además del tratado declarando libre la navega- 
ción del Duero, que firmaron en Lisboa el 31 de Agos- 
to de 1836, don Evaristo Pérez de Castro y el Duque 
de PalmeUa, y del reglamento de 23 de Mayo de .1840 
para la ejecución de aquél, mediaron entre España y 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



Portugal, durante este período, otras negociaciones 
<jue dieron lugar á pactos y compromisos cuyo conoci- 
miento reviste verdadero interés. 

La revolución provocada en 1846 por el Ministro 
Costa Cabral tomó desde luego gran incremento, cons- 
tituyéndose en Oporto una Junta, cuyo poder efectivo 
llegó a ser mayor que el del Gobierno de la Keina, y á 
la cual se vio obligado éste á proponer, por medio del 
Coronel Wylde y del Marqués de España, un proyecto 
de arreglo para poner fin á la guerra civil, proyecto 
^ue fué rechazado por aquélla. En vista de esto se reu- 
nieron en Londres, el 21 de Mayo de 1847, los pleni- 
potenciarios de España, Francia, Gran Bretaña y Por- 
tugal (señores General Istúriz, Conde de Jarnac, Pal- 
merston y Torre de Moncorvo), acordaron en una con- 
ferencia prestar auxilio sin dilación á S. M. Fidelísi- 
ma, á cuyo efecto las fuerzas navales de las otras tres 
potencias que se hallaban estacionadas en la costa por- 
tuguesa, cooperarían inmediatamente á cualesquiera 
operaciones que los Comandantes de dichas fuerzas 
juzgasen necesarias, y un cuerpo de tropa» españolas 
entraría en Portugal. 

Para llevar á la práctica este último acuerdo, cele- 
braron una conferencia en Madrid el 31 del mismo 
mes, el Ministro de Estado de España, don Joaquín 
Francisco Pacheco, y el representante portugués Con- 
de de Thomar, conviniendo, entre otros detalles, que 
el cuerpo auxiliar de tropas españolas se compondría 
de diez á catorce mil hombres. La expedición se llevó 
i cabo á las órdenes del General don Manuel de la 
Concha, y un mes después, el 29 de Junio, habiendo 
llegado nuestras tropas hasta Oporto, se firmó en Ghra- 



tróse éste frente á í'rente á Guizot eu cuestión tan gra- 
ve, y qne tanto interesaba á ambas potencias, como la 
del matrimonio de la Beina de España. 

Los tories, y con ellos Lord Aberdeen, habían pa- 
trocinado la idea del enlace del primogénito de don 
Carlos con doña Isabel U, y en este sentido habían 
mediado cartas entre dofia María Cristina y el preten- 
diente; pero éste, con su desconocimiento de la reali- 
dad, se. encargó de hacer imposible un enlace que ha- 
bría puesto fin á la cuestión dinástica. Entonces surgió 
por parte del Gabinete inglés la candidatura de Leo- 
poldo de Sajonia-Cobnrgo para marido de la Boina, y 
por parte de Francia la del Conde de Trapani, y la 
del Duque de Montpensier para el enlace de la Infanta 
Luisa Fernanda; mas en la conferencia que celebraron 
en Bu la Reina Victoria y Luis Felipe, sé comprometió 
aquélla á no sostener las pretensiones del Príncipe Leo- 
poldo, y el Rey de Francia á retrasar el matrimonio de 
sil hijo con la Infanta liasta que doña Isabel hubiese 
tenido sucesión; compromisos que, ó no fueron sinceros, 
ó no Be tuvieron para nada en cuenta por los respecti- 
vo» Oobiemos, pues el embajador de Inglaterra en 
Madrid, Sir Henri Bulwer, logró hacer fracasar la 
candidatura del Conde de Trapani, al propio tiempo 
que Qnizot, en memnrandum de 27 de Febrero, decla- 
ró á Lord Aberdeen que si llegaba á considerar proba- 
ble el matrimonio de la Reina con el Príncipe Leopol- 
do, estimaría roto el compromiso de Eu. 

La candidatura del Conde de Trapani y la del Prín- 
cipe Leopoldo eran imposibles, dada la actitud que 
frente á ellos habían adoptado respectivamente Ingla- 
terra y Francia. Entonces el Gobierno francés se deci- 



*» • "^ ■ ■*>•- 




328 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

dio por don Francisco de Asís, Duque de Cádiz, y el 
inglés por don Enrique, Duque de Sevilla. Francia 
ganó la partida, pues su Embajador en Madrid, Mon- 
sieur Bresson, obtuvo palabra de dofia María Cristina á 
favor de don Francisco, y el 27 de Agosto la Beina 
anunció á sus Ministros su deseo de casarse con su pri- 
mo el Duque de Cádiz, y de dar al propio tiempo la 
mano de su hermana al Duque de Montpensier, y en 
efecto, los dos matrimonios se celebraron el día 10 de 
Octubre de 1846. 

No puede negarse que el desenlace de esta enojosa 
cuestión constituía un triunfo para Francia. Asi lo 
consideró Lord Palmerston, y por esto hubo de alegar 
que se había violado el tratado de Utrecht; pero la 
eventualidad de que las coronas española y francesa 
se reunieran en una sola cabeza era tan remota, que el 
argumento hizo poco efecto en Europa, y Mr. G-uÍ20t 
se limitó á declarar que á sus ojos el tratado de 1713 
no tenía otro objeto que el de asegurar el trono de 
España á los descendientes de Felipe Y y prevenir la 
reunión de ambos cetros en una misma mano; que no 
contenía disposición alguna expresa que se opusiera al 
matrimonio de un Príncipe francés con la Infanta, á 
condición de que este Príncipe renunciase á sus dere- 
chos eventuales á la corona de Francia. Además, el 
Gobierno francés podía hacer un argumento del hecho 
de ser marido de la Beina Victoria el Príncipe Alber- 
to, un alemán, y de la consideración de que en* todo 
caso el Duque de Montpensier se encontraría oolocado 
en la misma situación que aquél; sería Bey consorte, 
pero no Bey de España. 

Sin embargo, entre Lord Palmerston é Istúrizi á la 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 329 



sazón presidente del Consejo, mediaron agrias comu- 
nicaciones. El primero dijo que España había renun- 
ciado á su independencia y se había hecho feudataria 
de Francia, y el segundo replicó con energía. 

7. La cuestión religiosa dio lugar, al fin de este 
período, á negociaciones con Boma en las que poco á 
poco y de concesión en concesión, fué el Gobierno so- 
metiendo á la voluntad de la Corte romana el régimen 
de España. Comenzó por declararse que el juramento 
que se prestaba á la Constitución sólo obligaba en 
cuanto no se opusiese á las leyes de Dios y de la Igle- 
sia, con lo cual quedaba el respeto debido á la ley fun- 
damental dependiente de la voluntad del Pontífice, 
único que podía decidir de la conformidad ú oposición 
de aquélla con las leyes divinas y eclesiásticas. El desa- 
fuero de eclesiásticos y militares consignado en la Cons- 
titución de 1837, desapareció en la de 1845, para dar 
gusto á Boma, consignándose que unos y otros segui- 
rían gozando de un fuero especial. Las concesiones he- 
chas al redactar el articulo constitucional relativo á la 
cuestión religiosa, con implicar un gran retroceso res- 
pecto al Código de 1837, no llenaron los deseos de la 
Santa Sede, que se negó á aprobarlo; de suerte que re- 
saltaron estériles /todos los sacrificios del Gobierno. 

AI propio tiempo, nuestro representante en Boma, 
señor Castillo y Ayensa, con verdadero exceso de ini- 
ciativa y con sobrada independencia de su jefe, el Mi- 
nistro de Estado, negoció un Concordato, cuyas bases 
fueron aceptadas por el Grobiemo; pero aunque aquél 
logró arrancar al Vaticano la promesa del saneamiento 
de los bienes del clero ya vendidos, la redacción del 
Concordato hizo que desde el primer momento la opi- 



Espafla y el Sultán de Joló, fírmadaB en JoIó á 23 de 
Septiembre de 1836. 

El acuerdo satisfaciendo varias reclamaciones entre 



HISTORU POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 331 

^ ' ■ ' ' ■ I - ■ !■ I , ... ■ . . ■ I I, II ^ ■ . I I I II .I».! I ■ ■ . 

el Gobierno español y el Sultán de Marruecos, firmado 
en Tánger á 25 de Agosto de 1844, y convenios para 
su ejecución en lo referente á los limites de Ceuta firma- 
dos en Tánger y Larache á 7 de Octubre de 1844 y & 
de Mayo de 1845. 

Capitulsiciones de 22 de Mayo de 1837 entre Espa- 
ña y el Sultán de Mindanao, y tratado adicional de paz 
y amistad de 15 de Mayo de 1845. 

Tratado de amistad y oomercio con Persia, firma- 
do en Constantinopla en 4 de Marao de 1840. 

Tratado reconociendo la soberanía de España y pro- 
metiendo ayuda para la extinción de la piratería, fir- 
mado el 21 de Octubre de 184B, entre el Príncipe de Si- 
bugay. Dato Daculá y el Capitán general de Filipinas. 

Tratado de Comerció y navegación con Turquía, 
firmado en Constantinopla el 3 de Marzo de 1840. 

Tratado para la abolición da la trata de negros, en- 
tre España y la Gran Bretaña, firmado el 28 de Junio 
de 1835, como ampliación y complemento del que, 
cou el mismo objeta, se celebró el 23 de Septiembre de 
1817. En aquel tratado consentían ambas partes en 
que los buques de su respectiva armada pudiesen regis- 
trar aquellos buques mercantes de ambas naciones que 
por motivos fundados fuesen sospechosos de emplear- 
se en el tráfico de esclavos, y consentían asimismo en 
que pudiesen detenerlos y enviarlos ó conducirlos pa- 
ra que fdesen juzgados en la forma que se establecía. 

9. La situación de España durante este período no 
permitió otorgar á los asuntos referentes á la isla de 
Cuba todo el solícito cuidado que el interés nacional 
reclamaba. Sin embargo, en 1843, temiendo el gabinete 
que presidia don Ramón Narvaez, que el General Espar- 



332 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

tero, emigrado en Inglaterra, intentase, con él auxilio 
del Gobierno inglés, realizar un golpe de mano sobre 
la gran Antilla, envió instrucciones á nuestro Ministro 
en Washington, don Pedro Alcántara Argaiz, y éste, 
excediéndose notablemente de las órdenes que tenia, 
por lo cual fué relevado, no sólo se apresuró á poner en 
conocimiento del Gobierno americano los temores que 
abrigaba el español, sino que le excitó á enviar una 
escuadra á la Habana, como asi se efectuó. 

Grave é irremediable torpeza cometió eñ esta oca- 
sión el Gabinete de Madrid; pues ni estaba suficiente- 
mente justificada la sospecha de que el General Espar- 
tero intentase semejante cosa, ni era hábil ni discreta 
acudir á los Estados Unidos. Pero se hizo, y el Se- 
cretario de Estado americano Mr. Upshur declaró que 
la República norte-americana no toleraría la interven- 
ción de Inglaterra en Cuba, y que la rechazaría por la 
fuerza, si era necesario, y aun llegó á proponer una in- 
teligencia entre los Estados Unidos, Francia y Espa- 
ña contra los supuestos proyectos ingleses. 

No obstante esto, poco tiempo después se acentuó en 
los Estados Unidos la agitación contraria á Espafia y 
favorable á un levantamiento en Cuba, agitación en 
que no sólo tomó parte la prensa, publicando artículos 
en los que se excitaba á los cubanos á la rebelión, sino 
que penetró en las Cámaras, dando lugar á que el se- 
nador Lewis presentase una proposición pidiendo la 
compra de Cuba. Los mismos elementos oficiales no 
vacilaron en secundar esos trabajos, y el vicepresiden- 
te de la República Mr. Dallas bríndó en un banquete 
público por la anexión de la Gran Antilla á los Esta- 
dos Unidos. 



e Madrid, el cual, 
lamo la atención de 
los G-obiemoa extranjeros acerca de ese incorrecto pro- 
ceder. Con este motivo, Lord Aberdeen declaró (Noviem- 
bre 1845) que la política de Inglaterra sería siempre 
que la posesión de Cuba y Puerto Eico perteneciese ¿ 
Espafia sin consentir de manera alguna que pasase al 
dominio de los Sitados Unidos; que se opondría abier- 
tamente á toda invasión de parte de los americanos, y 
iiun qne haría cuanto estuviese á su alcance para evitar 
todo proyecto de emancipación ó independencia. Re- 
cordó sus anteriores ofrecimientos para garantir á, Es- 
paña la posesión de Cnba por medio de un tratado, y 
Aló á entender que estaba en la misma disposición de 
ánimo, y que esperaba se prestase Francia á secundar 
esa idea. No podía haber deseado más el Gobierno es- 
pañol y parecía natural se apresurase á aceptar con re- 
conocimiento tal propuesta. Sin embargo, el Ministro 
de Estado, señor Martínez de la Bosa, alegando la gra- 
vedad del asunto, el no haber un motivo ostensible 
para hacer tal propuesta, el recelo de que se atribuye- 
ra á que España desconfiaba de sus propias fuerza» 
para defender en caso necesario las Colonias, y el te- 
mor de que, dándose á dicha garantía más valor del 
qne podía tener, ó se regatease su concesión ó se exi- 
giesen condiciones onerosas, por todo esto manifestó 
que no convenía entablar nn tratado formal con el ex- 
presado objeto. 

Cinco años más tarde, como en su lugar diremos^ 
intentó el Gobierno español realizar esa misma idea. 
Habia pasado la oportunidad y nada conseguimos. 



CAPITULO XVIII. 



1. IntorvoiK-ionos francesa y roglo-franccsa en Río de la Plata.— 2. Cod- 
^nrso de Lima: li^ laliB0-anierícana.~3. La cuestión de Tejas: guerra 
rntro U^EMados Vnidos y Méjico: tratado de Guadalupe- Hidalgo. — 4. 
Roi^tAMociinionto de relaciones entre España y sus antiguas colonias: 
tratado* en i^uo so efectuó. 



1, 1-a situación de Francia en 1838 y la necesidad 
qne sentía el Gobierno de Luis Felipe de desarmar la 
oposición parlamentaria de que era objeto y de distraer 
la atención pública de la política interior, fueron las 
principales causas de que un incidente pequeño y de 
fácil arreglo en su origen , adquiriese proporciones ta- 
les, que diese lugar á la intervención anglo-francésa en 
Río de la Plata. 

El hecho ftié que Mr. Roger, vicecónsul francés en 
Buenos Aires, excitado por los clamores de sus com- 
patriotas, que en gran número se hallaban establecidos 
en la provincia bonaarense, formuló una serie de recla- 
maciones sobre naturalización, servicio en la milicia, 
contribuciones extraordinarias y denegación de josti- 
cia, reclamaciones que el Gobierno de la Confederatrión 
Argentina se negó á satisfacer, alegando que el agente 



HISTORIA rOLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 335 

fr&neés no tenía carácter para hacerse, sin poder espe- 
<?ial y expreso para ello, órgano de representaciones 
diplomáticas. Mr. Boger insistió sin resultado, y en 
vist& ele esto rompió las relaciones, cerró la cancilleria 
y se trasladó á Montevideo. Seguro estaba del concurso 
<ie sn Gobierno, y en efecto, el almirante Leblanc, jefe 
<ie lets fuerzas navales francesas en el BrasU y la Plata, 
reoibió orden de apoyar la acción de aquél. 

£1 Grobiemo argentino hizo saber al Almirante que 
-estctl^A pronto á terminar las cuestiones pendientes por 
medio de un arreglo amistoso, entendiéndose bien con 
él ó 'bien con cualquier otro representante ó mandata- 
rio directo del Gabinete de París; Mr. Leblanc, no bien 
«enterado y dejándose guiar por el vicecónsul, rehusó 
•entablar negociaciones, y el 28 de Marzo de 1838 de- 
-claró el bloqueo de todos los puertos de la Argentina. 
Mr. Roger se puso en contacto en Montevideo con 
los emigrados de la Argentina y contribuyó á la caída 
del presidente de la República del Uruguay, general 
Oribe y á su reemplazo por su rival el General Rivera, 
pactándose en 1839 la coalición entre éste, las tropas 
francesas y los argentinos enemigos del dictador Rosas. 
Así las cosas, M. Nicholson, comodoro de los Es- 
tados Unidos, ofreció sus buenos oficios, que fueron 
aceptados por la República argentina; mas el nuevo 
eónsnl general francés, M. Buche t-Martigny, desen- 
tendiéndose del ofrecimiento, declaró que Francia no 
podía tratar con un Gobierno que despreciaba el dere- 
cho de gentes y las leyes de la humanidad. Al propio 
tiempo el Q-abinete de París reforzó su escuadra para 
hacer efectivo el bloqueo. La Argentina sufrió con esta 
oondncta, x)érdidas de consideración. Todo hacía pre- 



almirante de Mackati y trasladándose á Buenos Air^ 
propuso inopinadamente al dictador Rosas la celebra- 
ción de conferencias, proposición que aceptada, dio por 
resultado que el 29 de Octubre de 1840 se firmase, á 
bordo del brick francés la Boulonnaise, una convención 
por la cual el gobierno de Buenos Aires reconocía las 
indemnizaciones debidas á los franceses, indemnizacio- 
nes cuya cifra determinarían seis arbitros (art. 1.°); se 
levantaba el bloqueo; se consignaba que los franceses 
evacuarían la isla de Martín-García, y que los dos bo- 
ques argentinos apresados, ú otros del 'mismo tipo y 
valor, serían devueltos (art. 2."); que si Jos emigrados 
y proscriptos argentinos abandonaban en el término de 
un mes su actitud hostil, el Gobierno argentino admi- 
tiría, respecto de las personas de aquéllos, la amistosa 
mediación francesa (art. 3,"), y que se continuaría con- 
siderando en estado de perfecta y absoluta imlependen- 
cia á la república del Uruguay. 

Para la ejecución del art. 2." de dicha convención, 
se firmó otra en Buenos Aires el 26 de Abril de 1841 
fijando las indemnizaciones en 163.725 piastras iner- 
tes, pagaderas en plazos con interés anual de 12 por 
ciento. 

Con razón dice Calvo, qne Francia abandonó á sus 
aliados á la clemencia de un Gobierno tiránico, y reco- 
noció un poder del que sus mismos agentes habían ái- 
cho que violaba todas las leyes de la humanidad. 

Bosas, el dictador argentino, interpretando á «o 
manera el art. 4." de la convención de 1840, intervino 
por medio de las armas en los asuntos del Uruguay, 



537 

pretendiendo colocar eñ la presidencia á sn amigo el 
General Oribe. Para eato contó con el apoyo moral y 
material del Brasil, y llegó á pactarse entre ambos uQ 
Irstadó de alianza; pero el dictador rehusó ratificarlo, 
v está' conducta inexplicable dio lugar, á que el Empe- 
rador don Pedro II enviase nn memorándum á los do-- 
biemoa inglés y francés (9 Noviembre y 7 Diciem- 
bre 1844) exponiendo la necesidad de que interviniesen 
«n los negocios de Rio de la Plata. 

Aceptada la idea por ambas potencias, designaron 
representantes, los cuales comenzaron con tan escaso 
•^xtto sos gestiones, que en 18 de Septiembre de 1845 
se decretó el bloqueo de los puertos argentinos, la es- 
cuadra de Rosas fué capturada por las de loa aliados, 
•gne ocuparon el puerto de la Colonia, y el bómbate de 
Obligado abrió, aunque por poco tiempo, el Perana al 
tomercio europeo. Es indudable que Francia é Ingla- 
terra obraron con precipitación, y así tuvieron que 
'oufesarto al fin". Inglaterra firmó el 24 de Noviembre 
'te 1848 un tratado de paz y amistad, reconociendo to- 
llos los derechos de la Confederación argentina como 
nación libre é independiente, y Francia no tuvo más 
remedio que hacer lo mismo, firmando destratados: 
uno, el 31 de Agosto de 1850, de paz y amistad con la 
-Argentina, y otro, él 13 de Septiembre aiguieiite, con- 
sagrando la independencia absolnta del Uruguay. 

El desenlace de este enojoso asunto no piído ser 
más desagradable para la diplomacia francesa. 

2 "Desde qne tuvo lugar el Congreso de Panamá, 
habíase intentado varias veces, y especialmente en 1831 
y 1840 por iniciativa del Gólíiemo mejicanoj volver ¿ 
reunir á los representantes de América, sin que en nin- 



HISTORIA PDLÍTICA Y DIPLOmItICA 311 



adelante tendremos ocasión de ocupamos de ptrp inci- 
dente, bien desgraciado bajo múltiples concepto^, en el 
cual la conducta de la Bepública norte-americanc^ con 
Méjico confirmó de nuevo ese aserto y demostró ade- 
más qu^ tampoco constituía aquélla un escudo contra 
las pretensiones de los Estados Europeos. 

4. El restablecimiento de las relaciones entre. Es* 
paña y sus antiguas Colonias fué un fausto aconteci- 
miento para el país, aunque acaso los móviles á que 
obedeció aquél por parte del Gpbiemo de la Reina no 
sean acjeedores al menor aplauso. Importaba mucho á 
los intereses políticos y materiales de la nación espa- 
ñola que no se prolongase el paréntesis abierto por la 
insurrección, y en este concepto, era plausible el acuer- 
do de las Cortes que dio origen al real decreto de 1& 
de Diciembre de 1836 autorizando al Gobierno para 
«concluir tratados de paz y amistad con los nuevos Es- 
tados de la América Española sobre la base del re- 
conocimiento de la independencia, y renuncia de todo 
derecho territorial ó de soberanía por parte de la anti- 
gua Metrópoli» . 

Por virtud de este decreto se firmó en Madrid el 28 
de Diciembre del mismo año el tratado por el cual Es- 
paña reconocía como nación libre, soberana é indepen- 
diente á 1^ Bepública mejicana; se pactaba que habría 
olvido total de lo pasado y una amnistía general y com- 
pleta para todos los españoles y mejicanos expulsados, 
i^usentes^ desterrados, ocultos, presos ó confinados, 
cualquiera que hubiese sido el partido que siguieran 
durante las guerras y disensiones; reconocíase! mu- 
tuamente á los ciudadanos de ambas altas Partes el goce 
de todos los derechos civiles, y se otorgaban el. trato 



«SF^S^ 



-^B'WrM."*»- ^T"^-''^ ' * . T-'- "^ H -'V i-WTVT • 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 313 

acordó lo propio, respecto á los buques cliilenos, en 10 
de Enero de 1839. Por ley de las Cámaras chilenas, de 
9 de Septiembre de 1839, y real decreto de la Regencia 
española, de 4 de Diciembre de 1841, se mantuvo el 
acuerdo de admitir recíprocamente los buques mer* 
cantes como neutrales sin limitación de tiempo. 

El Ecuador, por ley de 27 de Marzo de 1839, 
concedió á los 'buques de España el trato de los nacio- 
nales, y en 16 de Febrero de 1840 se firmó en Madrid 
un tratado entre ambas potencias, por el cual España 
renunciaba la soberanía, derechos y acciones que le 
correspondían en el territorio de la República del 
Ecuador y reconocía á ésta como nación libre, sobera- 
na é independiente, pactándose total olvido de lo pa- 
sado, amnistía general y completa para los españoles 
y ecuatorianos de algún modo perseguidos á consecuen- 
cia de la guerra, y estipulando estrecha amistad, paz 
y unión. Además se fijaban reglas para poner fin á to- 
das las reclamaciones pendientes y para evitar todo 
motivo de disgusto en lo futuro. 

Por Real decreto de 17 de Febrero de 1840 se otor- 
gó á las procedencias del Ecuador el trato de las más 
favorecidas de América. 

Dicho tratado fué uno de los últimos en que consta 
haberse cumplido formalmente la solemnidad de su 
publicación, dándose lectura, desde el balcón principal 
de la Casa Panadería, por el secretario del Ayunta- 
miento, en presencia de éste y del Jefe político de la 
provincia. 

En 25 de Abril de 1844 se firmó en Madrid el tra- 
tado, reconociendo como nación libre, soberana é in- 
dependiente á la República de Chile, y en 30 de Marzo 



CAPITULO XIX. 



1. Reinado de inie Felipe eo Francia.— 2. Política exterior de la monar- 
quía de lalio: Guizot y Metternicb.—3. Situación de Europa en 1.848. 
—4. La revolución de Febrero en Francia.— 5. Presidencia de Luis 
Napoleón: el segundo Imperio.— €. Consecuencias de la ReTolución de 
Febrero en Europa: moTimientos en Austria: guerra de Hungría.— 7. 
Los dios de Marzo en Berlio.- 8. Movimiento unitario de Alemania: 
Asamblea 4e Francfort: constitución política del imperio: antagonismo 
entre Austria y Prusia: consecuencias. —9. Lá cuestión danesa. 



1. Si es cierto, como dice Cantú, que en la reyola- 
ción de 1830 no se dio preferencia al establecimiento 
de una reptíblica, porque se había, conocido que aca- 
rrearía consigo inevitablemente una guerra extranjer«t,. 
no lo es ^lenos que la monarquía á que se dio prefe^ 
rencia, no obstante su carácter popular, significó en el 
interior la anarquía en las ideas y la guerra civil, El 
justa medio, fórmula de aquella situación, quitabjEt al 
Oobierno fuerza, para encauzar las opuestas corrientes., 
y energía para reprimir QportuQamente el nu^vimiento 
desordepiida de las pasiones. 

. , En la efsfera de Jias ideas le^ anarquía era compleibaí*. 
Los repiiblica,no8 luchaban con ventaja, utiliz9^i;]bdo; 
todas las am\as, Jq mismo l$ks discusiones en el Parl^-^ 
siento que las arengas en las ireunione^ públicas, ilos^ 



opiísculos y 1& prensa que la caricatura. Se incoarou 
procesos escandalosos, en los que se hizo figurar, siu 
discreción alguna, el nombre del Monarca. Intentóse 
fundar lo que se llamó Iglesia catt^ica francesa, que tu- 
vo por órgano el Avenir y por apóstoles á los abates La 
Mennais, Gerber, Bohrbacher y Lacordaire, y á Mod- 
talembert, Daguerre y otros, radicales en política y 
papistas en religión. Surgieron varias sectas que, como 
la de los sansimonianos, aspiraban á plantear reforman 
sociales, predicando que á cada uno debía retribuírsele 
Fegún su capacidad y é cada capacidad según sus obras; 
y el país, agitado por tan contradictorias doctrinas y 
conmovido por tan opuestas propagandas, no podía 
permanecer tranquilo; y en efecto, estalló en Lyoii 
una asonada que tuvo más bien carácter social qui" 
político y que fué reprimida á rañouazos; una insu- 
rrección republicana ensangrentó las calles do Faríí^; 
tuvieron lugar algunas tentativas de regicidio, y en 
fin, la Vendóe acudió á las armas en favor del Diiq\ie 
de Burdeos y proclamó Rey a Enrique V, el cual tenía 
en su apoyo el consentimiento tácito de las potencias 
del Norte, que siempre adictas al principio de la Icgi' 
timidad, anhelaban volviese á ocupar el trono de Fran- 
cia la antigua dinastía. 

Entretanto los Ministerios cambiaban con extraor- 
dinaria rapidez. Al de Laffite sucedió el de Casimiro 
Perier, que logró, durante algún tiempo, imponerse á 
todos, sofocando con gran energía todos los disturbios 
interiores (1831). Perier fué reemplazado por el mariscal 
Soult (1832), y á éste sustituyeron Broglie, Thiers y 
Guizot (1836), que á su vez hubieron de entregar e' 
poder al Conde de Mole (1836). Thiers formó Gabinet* 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 347 

-en 1840, pero sn gestión en los asuntos de Oriente de- 
terminó su caida. Volvió al Gobierno el mariscal Soult 
1 1840), y durante algunos años imperó por completo 
Guizot. La política de éste, el aislamiento en que dejó 
á Franoia la cuestión de los matrimonios españoles, 
1^ malas cosechas, las inundaciones, la crisis econó- 
mica y financiera, los escándalos en la Administración 
y aun el triunfo del Gobierno en las elecciones, oca- 
sionaron. Tin gran descontento que dio lugar á serias 
perturbaciones en el invierno de 1847. Todo hacía 
presagiar una nueva revolución. 

Luis Felipe, comprendiendo que su dinastía estaba 
perdida, y no atreviéndose á contrariar el sentimiento 
nacional, no sólo desistió del abandono de Argel, el 
más bello legado de la restauración borbónica, sino 
^lue, aun á riesgo de ser desagradable á Inglaterra, 
aumentando la distancia quo ya separaba á ambos 
países, se vio precisado á proclamar que la Argelia era 
tierra francesa, y dando gran impulso á la guerra de 
conquista, logró la sumisión de todo el país y del fa- 
moso emir Abd-el-Kader (23 Diciembre 1847). 

2. Gaizot, del que con razón se ha dicho que sien- 
'lo incorruptible corrompió á su patria y siendo monár- 
qnico contribuyó á perder la monarquía, fué el alma 
rte la poUtica durante el reinado de Luis Felipe, y es- 
pecialniente la dirección impresa á las relaciones exte- 
riores, 4 ¿1 se debió, y de él, en primer término, és la 
responfliabilidad de los resultados, siquiera sea justo 
añadir que Monarca y Ministro estaban perfectamente 
de acuerdo en este punto. 

Luis Felipe tuvo siempre debilidad por la alianza 
austríaca, trabajando no poco por conseguirla desde 



348 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA- 

1830 á. 1840. Guizotriio sentía menos inclinaci<Sñ qa» 
«1 Rey hacia la corte da Viena. En cambio uno y otro 
contrariaron, indirectamente unas veces y de un modo 
franco y resuelto otras, la política de Inglaterra^ sien- 
do ixnQ. de los principales motivos de alejamiento y 
frialdad entre ambas potencias, la actitud de Francia 
en la cuestión de los matrimonios regios españoles. 
Cuando se celebraron las conferencias de Eu«ntre Vic- 
toria y Luis Felipe, éste adquirió el compromiso de 
diferir el matrimonio del Duque de Montpensier con la 
Infanta Luisa Fernanda, pero Lord Aberdeen no logró 

« 

arrancar á Guizot declaración alguna esplícita y termi- 
nante. La conducta de éste último no sólo excitó los 
sentimientos antifranceses del Ministro inglés, sino 
que la misma Beina mostróse ofendida. 

Asi las cosas, el Gabinete francés creyó necesario 
acercarse al Austria y buscar en ésta su apoyo. Sentía 
Guizot, agitarse en tomo suyo la revolución: advertís 
los efectos de la cruda guerra que los Qdilon Barrote 
los Thiers, los Duvergier de Hauranne le hacían dn la 
Cámara de los Diputados en nombre de la reforma par- 
lamentaria; los de la oposición de Ledru RolUn con la 
bandera del sufragio y de la Bepública; los délas cam* 
pañas de los grupos obreros, que anunciábanla revo- 
lución social, y los de los embates del ultramontai&is- 
mo, que quería dirigir la educación nacional. Por otra 
parte, en vano trabajaba por obtener concesipiies del 
Papa, pues su embajador Bossi sólo consegía- pir bue- 
nas palabras. Necesitaba, por tiento, )a alians^f, auj^tria- 
ca, porque Austria no sólo podría sositenerlp.aen su 
lucha con la democracia, sino que ejercienxiQ :aquella 
preponderante influencia en la corte ppntáfícia^L jCc^U le. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPÍ.OMÁTICA 351 

ima gran parte de la opinión demandaba una reforma 
federal en armonía con sus aspiraciones democráticas 

y unitarias; y habiendo pretendido los radicales, enva- 
lentonados por el triunfo que alcanzaron en Ginebra, 

que fuesen expulsados los jesuitas y sustituida la sobe- 
ranía cantonal por otra central, formaron los siete can- 
tones católicos el Sunderbund ó liga separatista, y tras 
sangrienta guerra civil que estalló en Marzo del 45, 
fueron vencidos los católicos por el general Dufour y 
quedó imperante el radicalismo. 

Por todas partes se advertían señales de inevitables 
trastornos y de tremendas convulsiones. La revolución, 
antes de estallar, estaba hecha en los espíritus, aunque 
con vario sentido y diversa finalidad, pues en tanto que 
en aquellos pueblos que habían alcanzado, en no escasa 
amplitud, instituciones liberales, la revolución tenía 
marcado carácter socialista, como protesta contra la 
exageración del individualismo liberal, en aquellos 
otros pueblos que aún no habían logrado sacudir por 
completo la tutela del absolutismo, la revolución, sin 
carecer por completo de dejos de reforma social, era 
ante todo una aspiración á la libertad. 

El primer carácter fué el que revistió en Fran- 
cia. 

4. La proposición que acerca de la reforma parla- 
mentaria y electoral habían presentado MM. Duver- 
§ier de Hauranne y Bemusat, y que no logró prevale- 
cer en la Cámara, sirvió de bandera á las oposiciones 
*Oütra la política de Mr. Guizot. Lleváronse á cabo 
nanifestaciones ^n los departamentos, y el 22 de Febre- 
ro de 1848, noventa y dos miembros de la oposición 
organizaron un banquete en los Campos Elíseos, al cual 



^52 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

árcudió una inmensa muchedumbre, qué se disolvió en 
presencia de la tropa al grito de «¡vivan las reformas! > 
Aquel fué el prólogo de la revolución que había de des- 
arrollarse con vertiginosa rapidez. 

Al día siguiente del banquete, se sublevó la guar- 
dia nacional en favor de las reformas, y el Rey se vi») 
obligado á aceptar la dimisión al Gabinete; pero Luis 
Felipe no se dio exacta cuenta de la situación de la^ 
cosas, y nombró un ministerio presidido por Mr. Mole. 
ministerio relámpago que sólo pudo sostenerse una*? 
horas, pues al día siguiente, 24, el Rey tuvo que lla- 
mar á Mr. Thiers, el cual se asoció á Mr. Odilon Ba- 
rrot. Era ya demasiado tarde: los sublevados no depn- 
ísieron las armas, arreció el peligro y el mismo día '¿4 
de Febrero de 1848 abdicó Luis Felipe y salió de Parií. 
embarcándose para Inglaterra. 

La familia real no comprendió el alcance del mon- 
miento, y la Duquesa de Orleans intentó hacer \'alei 
los derechos de su hijo, pero sólo consiguió excitar iná< 
los ánimos, y tras un nuevo motín, se nombró un g »- 
biérnó provisional compuesto de Dupont, Lamártíní\ 
(iTarnier-Pagés, Ledrú-Rollin , Arago, Mario, Cremiex. 
Luis Blahc y otros tres. Desde entonces hasta el me^ 
de Diciembre reinó el más completo desorden, derra- 
mándose mucha "Sangre para reprimir las tentativas de 
los republicanos socialistas. El 4 de Mayo se reunió la 
Asamblea constituyente, que proclamó de iñievo la Be- 
pública y nombró una comisión ejecutiva compuesta 
de Lamartine, Arago, Ledrú-Rollin, Glamier-Pagés y 
Arago, y el 4 dé Noviembre se promidgó solemnemen- 
té la Constitución, que declaraba como forma de g*> 
bierno la República, una é indivisible^ y confiaba el po- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA S53 

der ejecutivo á un Presidente elegido por sufragio uni- 
versal cada cuatro años. 

Al estallar la revolución en París pudo temerse que- 
los hombres del Gobierno provisional, fieles al espíritu 
(le propaganda que durante tantos años les había ani- 
mado, y creyendo fácil la victoria, porque todas las na- 
rionalidades oprimidas estaban prontas a sublevarse^ 
intentasen excitar á las naciones á romper los tratados: 
'Je 1815- Sin embargo, hubieron de reflexionar, sin du- 
da, que si prestaban su concurso personal á' los que 
trabajaban por realizar la unidad de su patria en Ita- 
lia y en Alemania, corrían el riesgo de que surgieran 
^n las distintas fronteras, naciones de primer orden, 
futuras rivales y, acaso, enemigas un día de Francia. 
El estado del ejército no consentía, por otra parte, lan- 
zarse á ciertas aventuras. Así es que, en el seno del 
Uobiemo, prevaleció al fin la tendencia pacífica, y La- 
martine, que había tomado la dirección de los asuntos 
^extranjeros, publicó el manifiesto de 6 de Marzo, en el 
cual condenaba los tratados de 1816, declaraba que la 
República francesa no ejercería otro proselitismo que 
(*1 del espectáculo de orden y de paz que esperaba dar 
al mundo, el proselitismo de la estimación y de la simpa- 
tía; anunciaba que la proclamación de la Sepública en 
Francia no era un acto de agresión contra las formas 
íle gobierno de los demás pueblos; afirmaba qué la gue- 
rra no era su principio, que la aceptaría, pero que no 
la intentaría; y en fin, después de anunciar que la Re- 
pública francesa era la aliada intelectual y cordial de 
todos los derechos, de todos los progresos, de todos los 
desenvolvimientos de las instituciones d6 loB pueblos 
que quisieran vivir la misma vida que ella, agregaba 

23 



de mostrar alguna desconfianza. Acaso habrían iil" 
más allá si la revolución, que se extendió por toda Eu- 
ropa, no les hubiese obligado á atender á la sitaación 
de sus pueblos; y como, por otra parte, la Repúblira 
íracasó rápidamente, dando origen al segundo imperio'. 
no tuvo tiempo para desarrollar sus principios ni ot-íi- 
sión de chocar de un modo abierto con sus adversarií-i 
de fuera. 

5. El día 10 de Diciembre de 1848 fué elegido jirp- 
sideute de la Hepública el Principe Luis Napoleón. [>••! 
cinco y medio millones de votos, encontrándose desH-' 
el primer momento eii lucha con la Asamblea constitu- 
yente; y aunque ésta fué disuelta, el antagonismo suli- 
sistió con la Asamblea legislativa, haciéndose cada v>'; 
más tirante y más difícil la situación. 

Los legitimistas y los orleanistas se unieron, y Le 
drú-Rollín, de acuerdo con Mazzini y otros r6volucÍi> 
narios, conspiraba desde Londres. Estallaron varin 
motines; pero Luis Napoleón, que era cada día más ]i<>- 
pular, logró imponerse á todos sus adversarioa, y'el i 



áe Dkrambre de 1852 disolvió la Asamblea é hizQ un 
llamamiento al pueblo sometiéndole las bases de una 
nueva Constitncióu. Era este el primer paso dado para 
el restablecimiento del Imperio, y los republicanos pro- 
testaron desde las barricadas; mas el orden fué resta- 
blecido, y el 20 y 21 de Diciembre 7.439.216 votos die- 
ron la presidencia decenal á Luis Napoleón, que tomó 
*1 título de Principe presidente y promulgó la Constitu- 
ción de 14 de Enero, cambiando por completo el siste- 
ma político y financiero del país. 

Toda Europa reconoció el poder nacido del golpe 
lie Estado de 2 de Diciembre, comprendiendo que sólo 
faltaba un paso para el restablecimiento de la dignidad 
imperial; y en efecto, el águila imperial se restableció 
«n las banderas, y el grito de ¡viva ei Emperador! se 
escachó por todas partes. Napoleón no vaciló. El 29 
He Marzo de 1853 se reunieron las nuevas Cámaras, y 
el 4 de Noviembre, el Senado, convocado por el Prín- 
cipe, recibió una comunicación invitándole & redactar 
un senado-consulto para el restablecimiento del Impe- 
rio, que fué votado el 7 de Noviembre y ratificado por 
el pueblo por medio de un plebiscito. 

La revolución había fracasado, y Francia entraba 
en una nueva fase de su existencia. 

6. A todas las naciones de Europa, á unas más y á 
otras menos, tocaron los efectos de la revolución de 
Febrero, pues conmovidas por una activa propaganda, 
sintieron repercutir, con mayor ó menor intensidad, el 
movimiento de París. 

Viena fué la primera que respondió al grito de li- 
bertad, sublevándose el 13 de Marzo, y bastando al 
pueblo algunas cuantas horas de lucha para obtener el 



Emperador cedió una vez máa destituyendo al miri'- 
lerio y coQvocando una asamblea constituyente; per' 
después huyó con sus ministros y buscó un refugio <:: 
InnsbrQck, allá en el fondo del Tyrol, desde donde or- 
ganizó la resistencia, logrando hacer frente á la insí" 
rrección. Dado su carácter no podía ser durable f 
triunfo; Hungría continuaba intentando nuevas reivii - 
dicaciones; era de temer estallasen otra vez movimiei.- 
tos insurreccionales, y en tal situación, escuchando 1'' 
-consejos' de varias Cortes, especialmente de Itv de Ri- 






HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 357 

•sía, y los de su ministro el Príncipe de Schwarzenberg,. 
abdicó en su sobrino Francisco José II. Entonces, 
Schwarzenberg y Jellachich vencieron á los húngaros, 
'entrando en Pesth el 5 de. Enero de 1849; pero los pa- 
triotas de Hungría recobraron bien pronto el terreno 
perdido. Pesth volvió á su poder; Presburgo se vio 
amenazada. Austria recurrió á Busia, que la auxilió 
<on 150.000 hombres. Los húngaros no pudieron resis- 
tir fuerzas tan superiores; la capitulación de Vilagos 
-dio un fuerte golpe á la guerra (12 de Agosto), y ésta 
t'erminó en Septiembre del mismo año. El famoso agi- 
tador Kossuth y sus colegas de gobierno huyeron; 
pero muchos de los jefes de la insurrección, no obs- 
tante la intercesión de Rusia, fueron ejecutados: entre 
•estos se contó el Conde Batthyani, nieto del célebre 
magnate del mismo apellido. 

La causa de Hungría pareció definitivamente per- 
<íida. 

7. Los efectos de la Revolución francesa se sintie- 
ron también en Prusia, como se sentían al propio tiem- 
po en Austria. Los dias de Marzo en Berlín, esto es, 
•del 16 al 19 del año 1848, los movimientos revolucio- 
narios ensangrentaron la corte prusiana. Federico Q-ui- 
llermo IV se vio precisado á transigir, y el día 20 se 
decidió á confiar el poder á un ministerio liberal; pres- 
cindió de su hermano el Príncipe Q-uillermo, el futuro 
fundador del imperio alemán, que pasaba por jefe del 
partido feudal y retrógrado; convocó para el 2 de Abril 
los Estados prusianos, á fin de que votasen una ley 
electoral con arreglo á la que había de elegirse en bre- 
ve plazo una asamblea constituyente, y dio una am* 
u istia. 



358 HISTUUIA 1H)LÍTÍCA Y DIPLOMÁTICA 

Penetrado de la verdadera situación de los pueblo* 
alemanes, y no ocultándosele que el mayor triunfo pa- 
ra Prusia, todo el porvenir de ésta, se cifraba en colo- 
carse á la cabeza de Alemania y encargarse de dirigir 
su política, Federico Guillermo empleó constantemente 
en tales circunstancias un lenguaje muy liberal, no 
desaprovechando momento alguno propicio para afir- 
mar su completa devoción á la gran patria germánica. 
y ofreciendo ser el constante defensor de ésta, y, en 
caso necesario, su vengador. 

Los sucesos posteriores de Prusia están íntimamen- 
te unidos al movimiento general de Alemania, y es pre- 
ciso, por tanto, ocuparse de este en primer término. 

8. Del lado allá del Bhin, como del lado allá de lo» 
Alpes, el fara da 86, dice con mucha razón Debidour, 
(1) era la palabra de orden de la Revolución. 

Había algunos patriotas alemanes que soñaban con 
la Bepública, pero constituían una ínfima minoría, y 
sólo pudieron provocar insignificantes movimientos in- 
surreccionales en los países rhenanos. La mayoría del 
país aspiraba á la restauración del imperio alemán, 
pensando acaso en reivindicaciones territoriales impo- 
sibles, mas constituyendo un gran partido nacional. 
Entonces, algunos Príncipes, los enemigos de las insti- 
tuciones liberales, uniéronse al Austria, en tanto que 
los Estados constitucionales se agruparon alrededor de^ 
Prusia, de la que esperaban los liberales la realización 
de sus esperanzas. 

Un comité constituido en Francfort convocó á los. 
miembros de las cámaras constitucionales de Alema- 



( 1 ) fíistoire d'*pl<yniaiiqae de I 'Europe, — París , 1891 . 



360 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

agruparon veintisiete Estados, que pactaron la unión 
(Mayo 1849), formando la pequeña Alemania, elabo- 
rando una nuevra constitución sobre la base de la de 
Francfort, y sometiendo ésta á un nuevo Parlamento, 
<jonvocado en Erfurt. 

Entre esta Asamblea y el Bey de Prusia, estallaron 
discordias, de las cuales quiso aprovecharse el Austria 
pretendiendo que el Gobierno prusiano reconociese la 
antigua Dieta. La corte de Viena mostróse dispuesta á 
llegar á la guerra para salvar su amenazada preponde- 
rancia, pero el convenio de Olmutz (1850), desvaneció 
ese peligro consagrando el triunfo de la política aus- 
triaca: no había bonado la hora del definitivo engran- 
decimiento de Prusia. 

La revolución fracasó en Alemania como había fra- 
casado en todas partes^ pero constituyó un gran paso 
hacia la completa anulación del sistema político pre- 
ponderante desde 1815. 

9. Sin embargo, aunque la tranquilidad material 
hallábase restablecida en Europa, quedaban pendien- 
tes algunas cuestiones que, suscitando recelos y anta- 
gonismos entre las potencias del Norte, constituían 
una amenaza. 

una de esas cuestiones fué la danesa, planteada con 
motivo de la especialísima situación en que se en- 
contraban el Holstein y el Schlesvig y de las rivalida- 
des á que dio origen la posesión de estos territorios. 
El Holstein y el Lauenburgo, que pertenecían á Pina- 
marca, formaban parte, al propio tiempo, de la Con- 
federación germánica, y el Schlesvig, fuera de la Con- 
federación, estaba, sin embargo, unido al Holstein por 
sus instituciones, el cual no era trasmisible más que de 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 361 

varón á varón. Como el Rey de Dinamarca, Federi- 
co VII, no tenía hijos varones, las potencias limítrofes 
de aqnéllos, disputaban su respectivo derecho á la ane- 
xión. Prusia quería apoderarse de la magnífica rada 
de Kiel, los alemanes ambicionaban los dos ducados, y 
los daneses estaban divididos en tres partidos. 

En esta situación, los ducados se sublevaron en 
Abril de 1848, con el auxilio de Prusia, y como la lu- 
cha continuase con éxito vario, se reunieron en Lon- 
dres (1860), los plenipotenciarios de Austria, Francia, 
Inglaterra, Prusia, Busia y Suecia, y con objeto de 
poner fin al conflicto, convinieron en un modus vivendi 
{>ara salvar las dificultades del momento. La sucesión 
al trono tendría lugar en línea masculina, y después de 
la muerte del Rey y de su tío Federico Femando, re- 
caería aquél en el Príncipe Cristian de Glucksburgo. 
Los Ducados de Holstein y de Laúenburgo continuarían 
perteneciendo á Dinamarca, pero sin dejar de formar 
parte déla Confederación. 

Como el arreglo dejaba en pié las principales difi- 
cultades, reaparecieron éstas á la muerte del rey. 



CAPITULO XX. 



1. la revolución cb Italia: consecuencias poliiidas de las reformas de 
Pto IX.—?. Movim1eiiti>'g[cncral en favor de la independencia: guarní 
con Austria: Carlos Alberto.— 3. Establecimiento de la República ea 
Roma.— &. Derrota del Piamonte: abdicación de Carlos Alberto: paz con 
el Austria.— 5. Intervención en Roma: restablecimientodel poder tem- 
poral.— 6. la revolución vn España —7 Relaciones de España con In* 
fclatcrra: incidente con \\r. Lyttou Rulver.— 8. Proposiciones de los 
Kstados (Jnidos para la compra de Cuba.— 9. Expediciones filibusteras: 
actitud del Gobierno de Washington.— 10. Proyecto del Gobierno espa- 
ñol.— 11. Diversos tratados. 



1. Ningún otro país de Europa hadábase mejor 
preparado que Italia para H obra revolucionaria, por- 
que confundidas la aspiración á la unidad de la patria 
italiana con la aspiración á las reformas, era unánime 
el sentimiento, y tan irresistible, que antes de que es- 
tallase en Francia el movimiento revolucionario, se vie- 
ron obligados algunos de los principes de la península 
itálica á transigir con el espíritu de sus pueblos. £1 
Duque de Luca, llamado á suceder en el Ducado de 
Parma, prometió dar una Constitución (B y 18 de Octu- 
bre de 1847); el Rey de las Dos Sicilias la otorgó, no 
obstante las protestas de las potencias del Norte (27 
Enero 1848); en el Piamonte, Carlos Alberto publicó 



3tíi HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

movimiento unitario recibió entonces vigoroso impulso^ 
y que la conducta del Papa contribuyó poderosamente 
á juntar las voluntades y á concertar los esfuerzos para 
ac^uella gran tentativa en favor de la unidad. 

2. Que el movimiento era general en Italia no cabe 
ponerlo en duda; así es que, no bien se tuvo noticia de 
la insurrección que había estallado en Viena y que obli- 
gaba al Emperador á separar de su lado á Mettemích 
y á entrar por el camino de las reformas, las provincia» 
del reino Lombardo- Véneto creyeron llegado el momen- 
to de sacudir el yugo austríaco y se sublevaron al gri- 
to de independencia (17 Marzo 1848). El Emperador 
Fernando I, preocupado por la situación interior de 
sus Estados, y harto débil para resistir, se apresuró ¿ 
hacer concesiones á los italianos, concesiones que enar- 
decieren más los ánimos, y al gi*ito de Viva Pío IX y 
muerte á los alemanes^ la rebelión se extendió por to- 
das partes, prendiendo hasta en los pueblos más redu- 
cidos del Mílanesado y del antiguo territorio de Ve- 
necia. 

Entonces Carlos Alberto, Bey del Piamonte, que 
había tenido el acierto de hacerse popular abrazando 
el partido de las reformas, se convirtió en campeón 
de la causa de la unidad italiana, y declaró que se pon- 
dría con sus propios hijos al frente del ejército. Todos 
los Gobiernos de Italia respondieron á ese generoso 
ofrecimiento, y Pío IX invocó para tan noble empresa 
las bendiciones del cielo. 

Austria, en tanto, se había preparado para comba- 
tir la rebelión, y mandó cien mil hombres á las órde- 
nes de Badetzky resuelta á anular cuantas concesiones 
había hecho y á recobrar su autoridad. El ejército aus- 




'-?Tr«i».v- ■í'TTT^' - ' « T 



HISTORIA P ILÍTICA Y DIPLOMÁTICA 305 

triaco avanzó hasta el Mincio sin encontrar resistencia^ 
pero Carlos Alberto pasó el Tesino, entró en Milán, 
venció en varios encuentros, y aunque Radetzky logró 
algunos éxitos, la campaña podía considerarse perdida 
para el Austria. Un nuevo ejército, á las órdenes de 
Walden y Nugent, descendió por los Alpes, ocupó de 
nuevo el Véneto é hizo capitular á un ejército pontifi- 
cio mandado por un General piamontés. Al propio 
tiempo Radetzky recobró la ofensiva y volvió á apode- 
rarse del territorio lombardo-véneto (Agosto 1848.) 

Las operaciones habían cambiado totalmente de as- 
pecto, y el fracaso de sus ejércitos irritó de tal modo 
á los italianos, que el 10 de Octubre se reunió en Turín 
nn Congreso, presidido por Gioberti, Mamiani y Bo- 
rneo, para arreglar los asuntos de la Península; pero 
se disolvió sin hacer nada de provecho, y el ministerio 
toscano Montanelli, que perseguía la idea de ponerse á 
la cabeza de una federación, invitó á las provincias á 
reunir una Asamblea constituyente. 

El fracaso militar produjo otras consecuencias aún 
más funestas, pues como no todos los Príncipes habían 
aceptado con entera buena fe las ideas reformistas, 
aprovecharon la primera ocasión para volver por sus 
intereses dinásticos. 

Además, excitadas las pasiones, los elementos radi- 
cales intentaron sobreponerse, logrando únicamente 
que algunos elementos que sólo obraban á impulsos de 
un sentimiento patriótico, se alarmasen y retrocedie- 
ran. 

3. Roma, especialmente, sufrió los efectos de las 
exageraciones de los avanzados. 

Pío IX había declarado, con una alteza de miraa 



366 HISTORIA. POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

que no fué comprendida, que no favorecería á un Prin- 
cipe italiano en perjuicio de los demás: de aquí su des- 
acuerdo con Carlos Alberto, y de aquí que se aminora- 
se su popularidad. Cediendo á la presión délas circuns- 
tancias, cambió tres veces de ministerio en el espacio 
de cinco meses. Primero confió la dirección de los ne- 
gocios al Conde Mamiani, cuya gestión fué poco favo- 
rable á la autoridad temporal del pontificado, por lo 
que éste se vio precisado á protestar; y luego, tras el 
desgraciado ensayo del Conde de Fabri, llamó á sus 
Consejos al Conde Pelegrín Rossi, antiguo Embajador 
francés. Y cuando, creyendo en peligro la silla de San 
Pedro (29 de Abril), renegó de toda participación en 
los movimientos sediciosos, afirmando que aborrecía la 
guerra y rechazando en absoluto la idea de hacer- de 
Italia una república presidida por el Papía, el pueblo 
romano se sublevó, revolviéndose contra el mismo Pon- 
tífice, su ídolo de la víspera, y anunciando su propósi- 
to de concluir con el clericalismo. 

Bossi era hombre de carácter, de valor y de inteli- 
gencia. Quería la alianza de todos los Estados de laPe- 
iiínsula «para la garantía mutua de los Principes ita- 
lianos,» y aceptando el concurso del Austria como po- 
tencia italiana, y pretendía también conseryar el poder 
temporal del Papa; pero su verdadero objeto era con- 
trarrestar la influencia de Carlos Alberto. Desplegó 
gran actividad, pero no acertó á conseguir el apoyo ni 
de los albertistas ni de los amigos del Papa, y el 16 de 
Noviembre, cuando se dirigía á la Asamblea para ce- 
lebrar su apertura, f\ié asesinado. Pío IX, en poder de 
los revolucionarios, tuvo que ceder á cuanto de él se 
pretendió: mas algunos días después logró h'üir á Gae- 



368 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

„^ _ » I I — ^ ' — 

poíeón, presidente de la República francesa, prestó al 
Piamonte, respondiendo á los deseos manifestados por 
la Cámara, la cnal, al conocer la derrota de Novara, 
votó una orden del día consignando «que si, para ga- 
•rantir mejor la integridad del territorio piamontésy 
•sacar á cabo los intereses y el honor de Francia, el 
» poder ejecutivo creía deber apoyar sus negociaciones 
»con la ocupación parcial y temporal de un punto cual- 
» quiera de Italia, encontraría en la Asamblea nacional 
»el más sincero y el más completo concurso.» Eobus- 
tecido este apoyo por el de Inglaterra, Víctor Manuel 
consiguió firmar con Austria el tratado de pass de Mi- 
lán de 6 de Agosto de 1849, por el cual el Piamonte 
conservaba la totalidad de su territorio con los límites 
fijados en el acta del Congreso de Viena, si bien había 
de pagar al Austria una indemnización de setenta y 
cinco millones de francos. 

La derrota de Novara fué la señal de la reacción en 
Italia. El Rey de Ñapóles disolvió su tercer Parlamen- 
to, suspendió de hecho la Constitución de 1848 y entró 
con sus tropas á sangre y fuego en Sicilia. Desapareció 
la República de Florencia, y penetraron los austríaca w 
en Toscana. Sólo Roma y Venecia resistieron aún, 
pero una vez firmada la paz austro-piamontesa, el dic- 
tador Manin resignó sus poderes y el enemigo entró 
en Venecia (22 de Agosto). Roma había sucumbido 
antes, pero no precisamente á manos de los austríacos. 

5. El secretario de Estado del Papa, cardenal An- 
tonelli, había pasado una nota circular á los G-abinetes 
europeos pidiendo la intervención armada de las po- 
tencias católicas, especialmente de Austria, Francia, 
España y las Dos Sicilias, para restablecerlo en el tro- 



,:-^^5 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMA TlCilf 369 

no; y en las conferencias diplomáticas de Gaeta pro- 
paso el Conde de Esterhazy, Ministro de Austria, que 
los españoles, auxiliados por el ejército napolitano, se 
encargasen de aquella misión, en tanto que los france- 
ses, prontos á desembarcar, y los austríacos, situados 
en las fronteras de las Legaciones y dispuestos á ocu- 
parlas, daban fuerza moral á la expedición. Martínez 
de la Bosa, embajador de España cerca del Papa, tra- 
bajó para que se realizase este plan; pero las vacila- 
ciones de Narvaez, que temía lanzarse á una aventura 
en la que podíamos sufrir un fracaso, y sobre todo la 
conducta que observó Luis Napoleón en la cuestión 
romana, hicieron representar á España un papel poco 
lucido. 

En efecto, cuando la Asamblea de París votó la 
orden del día invitando al poder ejecutivo á garantir 
la integridad del Piamonte, envió á Italia un cuerpo 
fie ejército, á las órdenes del general Oudinot, el cual 
desembarcó en Civita-Vecchia el 25 de Abril; pero 
Oudinot, según las instrucciones que tenía del Príncipe 
presidente, se dirigió contra Boma, produciendo tal 
irritación esta noticia en la Cámara francesa, que el 7 
de Mayo invitó al Gobierno á tomar sin pérdida de 
tiempo las medidas necesarias para que dicho cuerpo 
de ejército no se emplease en objeto alguno distinto 
del que había señalado el Parlamento. Próximas las 
elecciones para la nuQva Asamblea y no queriendo 
quedar sin medio de defensa, por si el resultado no le 
era todo lo favorable que preveía, Luis Napoleón envió 
á Boma como agente especial, y con el encargo de ne- 
"^ciar con el triunvirato romano, á Mr. Lesseps, el 
il se entendió con Mazzini v concertó con él un arre- 

S4 



t370 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



glo en virtud del que la República qiiedaba bajo la 
protección de las tropas francesas, pero sin que éstas 
pudiesen penetrar en Boma. 

Una vez conocido el resultado de las elecciones y 
contando con una mayoría que había de aprobar su 
conducta, creyó Luis Napoleón llegado el momento de 
poner fin á la comedia que estaba representando. La 
presencia de los austríacos en Ancona y el haber pene- 
trado por el Sur de los antiguos Estados de la Iglesia 
dos cuerpos de ejército, uno napolitano y otro esp^ol, 
mandado éste por el General don Fernando Fernández 
de Córdoba, contribuyó á hacerle seguir adelante en 
sn plan. 

El General Oudinot anunció que no reconocía la 
convención Lesseps, que tampoco fué aceptada por el 
Papa y que Napoleón desautorizó; y las tropas france- 
sas atacaron á Roma, sin aceptar la cooperación de los 
«españoles, que hubieron de resignarse al insignifican- 
te papel de ocupar á Terracina y otros pequeños 
pueblos de los Estados Pontificios. Habían llegado las 
fuerzas españolas tarde y mal, y así se volvieron sin 
disparar un tiro, satirizadas por los triunviros roma- 
nos, aunque bendecidas por el Papa y elogiadas por 
éste y por el Rey de Ñapóles, 

Oudinot se apoderó de Roma el 3 de Julio de 1849. 
El Gobierno pontifical fué restablecido, pero el Papa 
no quiso abandonar por entonces su retiro de Gaeta, 
desde el cual, siguiendo las inspiraciones de su Minis- 
tro el Cardenal Antonelli, que estaba á la devoción del 
Austria, inició una política enérgica, vqI viendo las 
cosas casi por completo al ser y estado que tenían en 
la época de Gregorio XVI. Sin embargo, cediendo á 



POLÍTICA V nipLouiTtCA ¡ni 



^&s indicaciones de Luis NapoJeóu, concedió una am- 
plia amnistía y dio las bases de una nueva Constitu- 
ción. Fío IX hizo su entrada en Roma el 12 de Abñl 
de 1850. 

La revolución italiana había terminado: el triunfo 
de los reaccionarios parecía completo, pero quedaba el 
germen de futuras reivindicaciones y un punto al cual 
convergían las miradas de todos los liberales. Víctor 
Manuel, al hacer la paz con Austria, pudo obtener 
mejores condiciones si se hubiese presl^ado á derogar 
eí Estatuto de Carlos Alberto, mas prefirió, con buen 
acuerdo, imponer á su pueblo un sacrificio momentá- 
neo, á cerrarle acaso para siempre el porvenir. El Pia- 
monte quedó en situación semejante á la de Prusia'. 
'esperando un hombre capaz de impulsarlo por el cami- 
QO de su regeneración; ese hombre se llamó Cavour. 

Q. No era posible que la Revolución de Febrero, 
dado sn carácter cosmopolita, dejase de hacer sentir su 
infinencia en Espafia, y en efecto, la noticia del triun- 
fo de la República en Francia, provocó grande agita- 
ción en toda la Península. 

£1 partido progresista se dividió: la mayoría, te- 
miendo á los republicanos, se propuso contrariar toda 
tentativa insurreccional, mientras que otro grupo aspi- 
raba á realizar la revolución sin cuidarse de las conse- 
cuencias que podía engendrar. Este último fué el que 
venció, y el 26 de Marzo y el 7 de Mayo estallaron en 
Madrid motines que el Gabinete Xarváez reprimió fá- 
cilmente, aunque no sin sensibles pérdidas de uno y 
otro lado. Parte de la guarnición de Sevilla, se suble- 
vó también el 13 de Mayo; pero tanto este movimiento 
como algunas otras tentativas fracasaron, siendo de no- 



372 HISTORIA POLÍTICA Y UIILOMÁTICA 

tar que en ninguna parte lograron los republicauos dar 
carácter á los motines, en los cuales al propio tiem- 
po que se vitoreaba á la libertad, se aclamaba a la 
reina. 

La victoria alcanzada por el Gobierno, se estimó 
mucho mayor de lo que en realidad era, pues dentro y 
fuera de España se dio exagerada importancia á lo que, 
después de todo, no había sido más que una serie de 
locas tentativas que ni siquiera respondían al pensa* 
miento de todo un partido como el progresista. Pero el 
hecho es que se consideró á Narváez como á un salva- 
dor; que en el extranjero, sobre todo en las potencias 
adversarías del liberalismo, creció la consideración en. 
que se tenía á España, y que los soberanos de Austria, 
Cerdeña, Ñapóles y Prusia, que aún no hablan recono- 
cido á doña Isabel II, se apresuraron á efectuarlo. En 
el interior, la fuerza del Gobierno era muy grande en 
aquellos momentos, pero dividido el partido moderado, 
ni supo emplearla en beneficio del país, ni logró soste- 
ner el prestigio que había adquirido. x4.busó de su vic- 
toria sin obtener ventaja alguna, pues sin necesidad 
mantuvo la suspensión de las garantías constituciona- 
les y persiguió á la prensa; y como los asuntos finan- 
cieros iban de mal en peor, como menudeaban los es- 
cándalos administrativos, y como no obstante los repe- 
tidos anuncios oficiales, la rebelión carlista del princi- 
pado catalán no terminaba, la autoridad y el prestigio 
de Narváez sufrieron grave quebranto. 

?• Un incidente que surgió poco después, dio mo- 
tivo á un gallardo arranque del Jefe del Gobierno. 

Inglaterra, desde la cuestión de las bodas regias, 
hallábase algún tanto distanciada de España, procu- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 373 

rando la caída del partido moderado y su sustitución 
por el progresista. Lord Palmerston, en despacho de 
16 de Marzo de 1848, decía al embajador inglés en Ma- 
drid, sir Henry Lytton Bulwer: «Tengo que mandar 
ȇ usted que recomiende muy particularmente al Go- 
»biemo espafiol y á la Beina madre, si se le presenta 
ȇ usted una oportunidad para hacerlo, adopten una 
» conducta de Gobierno legal y constitucional en Espa- 
»fia... Sería prudente que la Keina, en el actual críti- 
»co estado de los negocios, fortaleciese el Gobierno 
»ejecutivo, dando ensanche á las bases sobre que está 
•fundada la administración, y llamando á sus consejos 
» alguno de aquellos hombres que poseen la confianza 
»del partido liberal.» Aunque este despacho no estu- 
viera destinado á la publicidad, siendo meramente con^ 
ñdencial, no por esto es menos censurable el lenguaje 
de Lord Palmerston ni menos extraña sú conducta, 
constituyendo una verdadera violación del derecho de 
gentes, pues ordenaba al embajador se mezclase en 
nuestra política interior y se entendiese, contra lo que 
es lícito y usual, con personas distintas de los conse- 
jeros de la corona. 

Con tales instrucciones, y dado el carácter de mis- 
tar Bulwer, no es extraño que éste, en su nota de 7 
de Abril, pidiese al Gobierno de S. M. la reunión de 
las Cortes sin pérdida de tiempo y que diese «las ex- 
plicaciones necesarias para desvanecer la impresión 
que había producido la prisión de algunos de los miem- 
bros más distinguidos del Congreso.» El ministro de 
Estado, que lo era el Duque de Sotomayor, contestó 
en una comunicación enérgica y razonada^ devolviendo 
al embajador inglés su nota y el despacho de Lord 



374 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Palmerston (1), y pocos días después, éste, en vez de* 
acceder á la petición del Gobierno español de que reti- 
rase á su representante en Madrid, aprobó lo que su 
agente había dicho á la Iteina madre en su entrerista 
de 4 de Abril y la nota del 7. 



(1) Es digna de ser conocida la nota del Ministro de Estado k 
Mr. Bulwer, fecha 10 de Abril, y aunque por su extensión no- 
podamos reproducirla íntegra, daremos sus principales pá- 
rrafos: 

«En el día úe ayer, y con dos de atraso, he recibido una 
nota de V. S. de fecha 7 del corriente, en que me incluye copia 
de un despacho de Lord Palmerston de 16 del pasado, relativo á 
negocios interiores de este país, nota de que ya tenía noticia el 
Gobierno de S. M. por haberse publicado anticipadamente su 
contenido sustancial en un periódico de la oposicióu de esta 
Corte, titulado El Clamor Público, que á juzgar por este hecho- 
tiene la ventaja de conocer los despachos diplomáticos dirigi- 
dos por V. S. al Gobierno español antes de que se encaminen á 
su destino • 

»E1 actual Gabinete... no ha podido ver sin la mayor sorpre- 
sa la insólita pretensión de Lord Palmerston, de mezclarse de 
esta manera en los negocios interiores de España, fundándose 
en datos inexactos ó equivocados, y cuya califtcauióny apreci(v 
en ningún caso serían de su competencia 

»¿Qué diría Lord Palmerston y V. S. mismo, si el Gobiernoi 
español intentase calificar los actos administrativos del Gabi- 
nete británico, y le recomendase una modificación en el régi- 
men del Estado, ó que adoptase medidas m^s benéficas y libe- 
rales para aliviar la desgraciada suerte de la Irlanda? ¿Qué di- 
ría si el representante de S. M. católica en Londres se atrevie- 
se á calificar tan duramente como V. S. se permite hacerlo, las 
medidas de represión y excepcionales con que se prepara el 
Gobierno inglés á rechazar la agresión de que se ve amenazad •> 
dentro de sus propios dominios? ¿Qué diiía si el Gobierno es- 
pañol reclamase, en nondbre de la humanidad, más conmiser .- 
«ion y justicia á favor de los desgraciados asiáticos? ¿Qué dirix,. 



376 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Alicante, Valencia, el campo de San Boque, etc., se 
esperaba la llegada de emisarios ingleses para iniciar 
•el inovimiento, en vista de todo esto, y habiéndose ne- 
gado Mr. Bulwer á acceder á la intimación amistosa 
del Duque de Sotomayor para que se ausentase de Es- 
paña, el Ministro le envió su pasaporte el 17 de Mayo. 
rogándole que en el término de 48 horas saliese de Ma- 
drid y haciendo protestas de amistad hacia Ingla- 
terra (1). 

Es de advertir que antes de esto, en los días 5 y 8 
de Mayo, Lord Stanley y el Conde de Aberdeen, ha- 
bían censurado enérgicamente en la Cámara la conduc- 
ta de Palmerston y de Bulwer, y que un miembro tan 
importante del Gobierno inglés, como el Marqués de 
Lansdowne, no ocultó eb sentimiento que le había can- 
sado el mal uso hecho por Mr. Bulwer de las instruc- 
ciones que tenia del Grabinete. Sin embargo de esto^ 
Lord Palmerston adoptó represalias, entregando los 
pasaportes al representante español, general Istúriz. 
Las relaciones diplomáticas quedaron interrumpidas, y 
el Ministro inglés siguió protegiendo á los montemoli- 
nistasy republicanos españoles, y aun hubo de manifes- 



(1) El ministro de Estado, al remitir los pa^iaportes á mis- 
ter Bulwer, le decía: «El Gobierno de la Reina no cree herir 
en lo más mínimo con esta medida la dignidad del Gobierno ni 
del pueblo inglés. Al contrario, cree deber decir á V. S. en esta 
ocasión, que no le parece que su partida pueda ser razón para 
alterar las relaciones de buena amistad y de harmonía que exish 
ten entre España é Inglaterra, intimidad que nadie aprecia 
más que el Gobierno español.» 

£1 Conde de Mirasol, ajeno á la carrera diplomática, fué en- 
viado por el Gobierno español para explicar su conducta al in- 
glés, y darle garantías de su buena intención. 



378 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

reserva, entablase negociaciones verbales y ofreciese 
al Gobierno español hasta cien millones de pesos por la 
Isla. Así lo hizo Mr. Saunders; es decir, celebró do^ 
conferencias con el Presidente del Consejo, General 
Narváez, y con el Ministro de Estado, Marqués de Pi- 
dal (que habia sustituido al Duque de Sotomayor), ha- 
ciendo en ambas reiterados ofrecimientos para garan- 
tir á España la posesión de Cuba, y deslizando en la 
segunda que estaba autorizado para tratar de la cesión 
de la Isla; idea que rechazó desde luego el señor Pidal 
por lo que Mr. Saunders dio por concluidas sus gestio- 
nes sobre este proyecto. 

9. Entretanto se seguía conspirando descarada- 
mente en los Estados Unidos contra la soberanía de 
España en Cuba, y habiendo vendido el Gobierno ame- 
ricano gran parte de los fusiles que sirvieron para la 
guerra con Méjico, los adquirieron los filibusteros, or- 
ganizando en Round Island una expedición que fué di- 
suelta de orden del Presidente, Mr. Taylor, el cual dio 
además una proclama el 11 de Agosto de 1849, previ- 
niendo á todos los ciudadanos de la Unión que toma- 
sen parte en tamaña empresa, violando las leyes y tra- 
tados, que quedarían sujetos á las penas impuestas por 
los decretos del Congreso, y que no debían esperar apo- 
yo ni protección 'alguna de su Gobierno, cualquiera que 
fuese el extremo á que se viesen reducidos á consecuen- 
cia de su conducta, «pues una empresa que tiene por 
objeto invadir el territorio de una nación amiga, y qtie 
se organiza dentro de los mismos límites de la Unión, 
es criminal en el más alto grado y tiende á turbar la 
paz del país, comprometiendo el honor de la nación.* 
La expedición que se organizaba en Bound Island 



380 HISTORIA POLÍTICA Y DIPÍ.OM ÁTICA 



more una nueva proclama condenando toda tentativa 
contra Cuba. 

A pesar de esto, y después del fracaso de la insu- 
rrección en Puerto Príncipe, el cabecilla López, con 
cuatrocientos hombres logró hacerse á la vela desde 
Nueva Orleans á bordo del vapor Pampero^ desembar- 
cando en Cuba el 12 de Agosto de 1851. Poco después 
cayeron en poder de las tropas cincuenta expediciona- 
rios norteamericanos, los cuales, condenados á muerte 
en Consejo de guerra verbal, fueron fusilados en la 
Habana el .día 15. López se mantuvo algunos días en 
las montañas; pero cogido al fin y trasladado á la ca- 
pital, sufrió la pena de muerte en garrote el día 26 del 
mismo mes. 

La noticia de estas ejecuciones y la de haber sido 
detenido al pasar por delante de Bahía Honda el Fal- 
cón^ buque mercante que conducía correspondencia 
(detención que sólo duró veinte minutos), produjeron 
lina gran excitación en los Estados Unidos. Hubo nu- 
merosos meetings; en Nueva Orleans el populacho arran- 
có y quemó las insignias del consulado de España; en 
Cayo Hueso fueron atropelladas las casas y propieda- 
des de españoles, y en Mobila fué preciso embarcar in- 
mediatamente cincuenta y siete españoles, náufrago» 
del bergantín Femando VII j para evitar que cayesen 
en poder de las turbas. El mismo Gobierno, arrastra- 
do por esa corriente, envió á la Habana al comodoro 
Parker para investigar la legalidad de ios fusilamien- 
tos; pero el Gobernador general, D. José de la Concha, 
se negó á recibirlo oficialmente, y sólo en conversación 
particular le demostró que se había observado la ley. 

10. Cuando tuvo lugar la primera expedición de 



ircular á laR 
<io tiempo, el 
31inistro de Estado, Marqaés de Pidal, dirigió instruc- 
ciones á los representantes de España en Londres y 
París para qne solicitasen de los respectivos Gabinetes 
diesen órdenes á los jefes de sus faerzas navales en las 
Antillas ■conformes con los principios del derecho de 
gentes y encaminadas á sostener los intereses legiti- 
mos y bien entendidos de las dos naciones.* üeñrién- 
(lose á la conducta de los Estados Unidos, ofícialment«» 
amistosa y correcta, pero en el fondo evidentemente 
hostil, a&adía el Marqués de Pidal en su real orden d» 
15 de Junio de 1850 que «es preciso que todos los Go- 
> l>iemos protesten contra este modo de hostilizar í una 
^nación con quien se está en paz; pues aunque el Go- 
"bierno de los Estados Unidos haya tomado, según 
>dice, disposiciones contra la expedición, es evidente 
"t^ue debió tomarlas para evitarla, y que si hubiera te- 
3 nido voluntad decidida de impedirla, nunca hubiera 
'Salido de sus puertos.» Además, se encargaba á los 
plenipotenciarios explorasen el ánimo de los citados 
(irobiemos por si estaban en disposición de garantizar 
á España la posesión de Cuba. Es decir, que lo mismo 
(|ue había rechazado Martínez déla Eosaen 1845,1o so- 
licitaba el Marqués de Pídal en 1860. Bazón sobrada te- 
nía éste para proceder de esa suerte, y más razón aún 
{^tara dirigir á tos Estados Unidos tan enérgica recla- 
mación (2 Agosto 1860), que el Gabinete de "Wáshing-^ 
ton quiso devolver la nota que le entregó el señor Cal- 
tlerón de la Barca. 

Francia ó Inglaterra aceptaron en principio la idea 
del convenio de garantías, si bien cuando el represen- 



382 HISTORIA K)LÍriCA Y DIPLOMÁTICA 

taute de España en Londres, general Istiíriz, apremi'» 
para su ejecución, después de seis meses de espera. 
Lord Palmerston manifestó que se hallaba intimamente 
penetrado de lo importante que era para España el 
conservar la posesión de la Isla de Cuba, así como tam- 
poco desconocía que era de desear, por interés general 
de otras potencias, que Cuba permaneciese bajo la so- 
beranía de España; pero que, en el estado que tenían 
las cosas, no se hallaba dispuesto el Grobierno inglés á 
contraer compromisos tales cuales expresaba la nota 
del representante español, y alegaba como motivo sufi- 
ciente «la continuada impunidad con que se tolera el 
tráfico de esclavos en Cuba, infringiendo las obligacio- 
nes de los tratados que existen entre las Coronas bri- 
tánica y española, y en menosprecio de las leyes pro- 
mulgadas en España á consecuencia de aquellas obli- 
gaciones.» Mas en realidad había dos causas que deter- 
minaban esa actitud: la preferencia que Lord Palmers- 
ton daba al mantenimiento de las relaciones entre 
Inglaterra y los Estados Unidos y la creencia de qne 
Cuba concluiría por hacerse independiente. El hecho 
es que, por entonces, las negociaciones quedaron inte- 
rrumpidas. 

Cuando, después de la segunda expedición del cabe- 
cilla López, el Ministro de Estado, Marqués de Miraflo- 
res, comunicó á las potencias lo ocurrido (16 Septiem- 
bre 1851), acaso la actitud enérgica del Gobierno espa- 
ñol, que parecía dispuesto á declarar la guerra á los 
Estados Unidos, movió á Francia, no sólo á enviar ¿ 
^u escuadra, como lo había hecho el Gobierno inglés, 
instrucciones para que cooperase con las autoridades 
españolas á combatir á los piratas que invadían la Isla 



HISTORIA rOLÍTlCA Y DIPLOMÁTICA 383 



ie Cuba, sino á proyectar, después de la conferencia 
|ue celebró en Londres con Lord Pahnerston el Minis- 
tro francés de Negocios Extranjeros^ Mr. Baroche, una 
ieclaración común de las tres grandes potencias (Fran- 
cia, Inglaterra y Estados Unidos), dirigida, no preci- 
samente á garantizar á España la posesión de la Isla 
de Cuba, sino á protestar que ninguna de las poten- 
cias signatarias de la declaración abrigaba ni abrigaría 
en lo sucesivo miras de ninguna especie sobre la refe- 
rida Isla, y que todas jautas, y cada una de por sí, 
condenaban los intentos de los piratas expedicionarios. 
El gobierno español aceptó la idea; pero cambió luego 
el Ministro de Negocios Extranjeros de Francia, y el 
ííucesor de Mr. Baroche, que lo fué el Marqués de Tur- 
got, no se mostró tan propicio. Siguieron, sin embar- 
go, las negociaciones, y los representantes francés é 
inglés en Washington visitaron á Mr. Webster, secre- 
tario de Estado de la Unión, y le propusieron el pro- 
yectado acuerdo, contestando el Gabinete de Washing- 
ton tarde y mal; esto es: en 1.*^ de Diciembre de 1852 
expuso el sucesor de Mr. Webster, Mr. Everett, en lar- 
ga nota, las razones que tenía para no acceder á la pro- 
posición anglo-francesa. Replicaron los representantes 
francés ó inglés; suscitáronse en las Cámaras america- 
nas empeñados debates sobre este asunto; pero el he- 
cho es que el tratado ó declaración colectiva no llegó á 
realizarse. Era evidente que los Estados Unidos, aun 
creyendo que por entonces no podían adquirir la Isla 
de Cuba, deseaban quedar en libertad de acción para 
el porvenir. 

Poco después, en Octubre de 1864, el representan- 
te norteamericano en Madrid, Mr. Soulé, celebró con 



L V ^-LWKU^Ü 



S84 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

SUS colegas en París y Londres la famosa conferencia 
de Ostende, en la que trataron de obtener que España 
se decidiera á vender la Isla por 120 millones de du- 
ros; pero el Presidente, Mr. Pierce, no se resolvió á se- 
cundar francamente la política de Mr. Soulé, y habien- 
do dimitido éste, la tentativa no produjo otro resulta- 
do que las protestas formuladas en las Cámaras y en la 
prensa española. 

11. Además délos que quedan mencionados, celebró 
Edpaña en este periodo los tratados siguientes: 

. Tratado de amistad y de comercio, con Prusia, fir- 
mado en Constantinopla el 4 de Marzo de 1842. 

Tratados de reconocimiento, paz y amistad, con 
las Repúblicas de Costa Rica y de Nicaragua, firmado<< 
en Madrid, respectivamente, el 10 de Mayo y 25 de Ju- 
lio" de 1860. 

Convención con Francia para la extradición de mal- 
hechores, ñrmada en París el 26 de Agosto de 1850. 

Concordato con la Santa Sede, firmado en Madri«l 
el 16 de Marzo de 1851 . 

Convención con Cerdeña para la ejecución de la-^ 
sentencias en materia civil ordinaria ó comercial, fir- 
mada en Madrid el 30 de Junio de 1851 . 

Y en fin, convenciones postales con Francia (1. 
Abril 1849), Bélgica (17 Julio 1849 y 4 Octubre 1862), 
Portugal (22 Enero 1850), Suiza (2 Noviembre 1850. 
Cerdeña ^29 Septiembre 1861), y Austria (30 Abril 
1852). 



386 H STOllIA PÍ3LÍT1CA Y DIPLOMÁTICA 

tida en el acta federal; pero como tal promesa no >h 
había realizado, y como las peticiones dirigidas á la 
Dieta en tal sentido, no surtían efecto alguno, las co- 
rrientes de la opinión nacional se fijaron en Prusia. 
cuya perfecta regularidad administrativa y cuyo esta- 
do de prosperidad admiraban todos los alemanes. 

Prusia, en efecto, había ido modificando su legis- 
lación comercial y aduanera en un sentido liberal, su- 
primiendo en 16 de Julio de 1816 las aduanas interio- 
res; aboliendo las prohibiciones en 26 de Mayo de 1818: 
reduciendo los aranceles á una tarifa de consumo y de 
tránsito, con derechos de 40 á 60 por 100, que pesaban 
especialmente sobre los productos manufacturados ex- 
tranjeros; revisando y mejorando esta tarifa en 1821, 
y publicando en 20 de Junio de 1822 el Acta de Nave- 
gación. Todo esto, unido á otras reformas puramente 
administrativas, habían colocado á Prusia, bajo el rei- 
nado de Federico Guillermo, en un alto grado de pros- 
peridad. Además, el Gobierno prusiano había celebrado 
tratados de unión aduanera con el gran Ducado de Hes- 
se-Darmstadt (14 Febrero 1828) y con los Principado*; 
de Anhalt-H«oethen y de Anhalt-Dassau (17 Julio 1828 . 
Prusia, pues, era el Estado que se hallaba en mejores 
condiciones para realizar aquella aspiración nacional, 
la que comenzó á realizarse mediante la unión d^ 
Thuringe (1828) en la que entraron Breme, Francfort. 
Brunswick, Hanover, Hesse electoral, Hesse-Hoin- 
bo^rg, Nassau, Oldemburgo, los Principados de Beuss. 
elBreinode Sajonia, los Principados de Schwartzbourg. 
etcétera, los cuales firmaron en Cassel el tratado <!♦* 
unión el 24 de Septiembre del mismo año, adhiriéndo- 
se á éste aucesivamente otros varios Estados. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 387 

Se había dado un gran paso indudablemente, pero 
no logrado todo lo que se pretendía, puesto que subsis- 
tían, de un lado, la asociación bávaro-wurtemburguesá, 
y del otro la unión de Ihuringe; pero el tratado de 
Berlín dé 22 de Marzo de 1838, que suscribieron los Bue- 
yes de Prusia, Ba viera y Wurtemberg, el Príncipe 
electoral y co-Eegente de Hesse, y el gran Duque de 
Hesse, echó las bases de la Asociación general de Adua- 
nas y de Comercio de los Estados de Alemania, con- 
signando que en los países adheridos y en los que se 
adhiriesen luego, se establecerían derechos uniformes 
de importación, exportación y tránsito, sin perjuicio de 
las modificaciones particulares compatibles con el ob- 
jeto principal; que se entablarían negociaciones para 
establecer un sistema común de monedas, pesos y me- 
didas, y para reducir los derechos de navegación por 
los ríos; que los subditos de un Estado podrían ejercer 
el comercio ó la industria en cualquier otro sin pagar 
más impuestos que los regnícolas que ejercieran las mis- 
mas profesiones; y que la duración del tratado sería 
hasta 1.** de Enero de 1842, pudiendo prorrogarse de 
doce en doce años, como fué, en efecto, prorrogado 
hasta 31 de Diciembre de 1863 por virtud del tratado 
que firmaron en Berlín el 8 de Mayo de 1841, los Re- 
yes de Prusia, Baviera, Sajonia y Wurtemberg, el 
Príncipe co-Regente de Hesse, el gran Duque de He- 
sse y los soberanos que formaban la asociación de Thu- 
ringe. 

En 1852, Prusia invitó á todos los miembros de la 
I^nión aduanera á conferenciar en Berlín con objeto de 
renovar el pacto; pero al inaugurarse las conferencias 
el 20 de Abrü, algunos de los Estados pidieron que 



388 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



fuese invitada el Austria á formar parte del ZoUve- 
rdn, negándose entretanto á negociar. Esta pretcn- 
sión , á la que no podía acceder Prusia, hizo que se pei^ 
diesenvmuclios meses en estériles debates, hasta que al 
fin, en 27 de Septiembre, el Ministro prusiano Manten- 
ffel declaró rotas las conferencias y anunció su inten- 
ción de negociar separadamente con cada una de la^ 
cortes interesadas, á lo cual contestó el ministro sajona 
Beust, activando la conclusión de arreglos particula- 
res entre Sajonia y sus aliados y el Austria. El Zoll- 
verein podía creerse disuelto, siendo de temer un con- 
flicto entre las Cortes de Berlín y de Viena; pero ésta 
retrocedió, y el propio interés obligó á los demás £sta- 
dos á renovar con Prusia el ZoUverein por doce afios«^ 

2. No era realmente por ese lado por donde ame- 
nazaba alterarse la paz de Europa. Pero antes de ex- 
poner las causas de la guerra de Oriente, importa fijar 
la situación de dos factores que desempeñaron en ésta 
un papel importantísimo: Francia é Inglaterra. 

Consagrado por un plebiscito el golpe de Estado de^ 
2 de Diciembre de 1851, y otorgados a Luis Napoleón^ 
con la presidencia decenal, poderes completamente mo- 
nárquicos, un nuevo plebiscito y una mayoría más^ 
grande aún que la de aquel, le- invistieron de la digni- 
dad imperial (1.** Diciembre 1862). 

El imperio es la paz, dijo Napoleón III, y su Mi- 
nistro de Negocios Extranjeros, Drouyn de Lhuys,. 
desenvolvió esta misma idea en una circular á las po- 
tencias; pero las que pertenecían fieles á la política de 
la Santa Alianza, hallábanse mal dispuestas para re- 
conocer al nuevo Soberano. Nicolás I, que había aplau- 
dido el golpe de Estado de 2 de Diciembre, no creía. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 389 

sin embargo, que Luis Napoleón podia asegurar á la 
Europa monárquica un largo reposo, y en las conferen- 
cias que tuvo en Mayo de 1852, en Viena y en Berlín, 
con Francisco José y Federico Guillermo, intentó, sin 
éxito, por las profundas diferencias que existían entre 
las dos cortes alemanas, pactar una coalición contra el 
hombre que, despreciando los tratados de 1816, pre- 
tendía subir al trono francés. Resucitado el Imperio, 
quiso el Zar que las potencias monárquicas rehusasen 
reconocer á Napoleón y adoptasen amenazadoras pre- 
cauciones. 

También Prusia, crevendo ver á los franceses ca- 
mino de Colonia, había pretendido en el mes de No- 
viembre renovar la cuádruple alianza de 1814 y 1816, 
y pocos días después ensayó formar una coalición con 
Inglaterra, los Países Bajos y Bélgica, para la defensa 
de este último Estado, que juzgaba amenazado. Pero 
Inglaterra, que recibió seguridades de que no se aten- 
taría al territorio belga, y que, por otra parte, desea- 
ba contar contra Rusia con el concurso de Napoleón 
III, reconoció á éste el 6 de Diciembre. Tres días an- 
tes había cumplido igual formalidad el Gobierno de 
Ñápeles, y casi todos los Estados secundarios de Euro- 
pa siguieron esos ejemplos. Los de la Confederación 
germánica, intimidados por Napoleón y pensando aca- 
«0 asegurarse su apoyo eventual contra Prusia y Aus- 
tria, ee mostraron propicios al reconocimiento, por lo 
cual Federico Guillermo y Francisco José, hubieron de 
hacerlo, aunque limitándose á efectuar un reconoci- 
niiento personal. Rusia fué la única que se resistió. 

Aunque reconocido, tuvo que sufrir Napoleón que 
lo tratasen de intruso y de aventurero coronado, y que 



tkmmf'fa 




390 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



rechazasen su alianza matrimonial, por lo cual hubo 
de comprender que le era preciso intimidar á Europa 
con algún golpe de efecto. Uno de los representante» 
del nuevo Emperador decía poco después á Mr. de Bis- 
marck que aquél tenia necesidad de una guerra, y la 
guerra no tardó mucho en surgir, porque si bien al- 
gunos republicanos intentaron oponerse por la fuerza 
á la consolidación del nuevo régimen, el temor á lo;^ 
rojos dio á Napoleón III muchos partidarios entre io« 
mismos liberales, y el imperio, fuerte en el interior, 
comenzó desde luego a desarrollar una activa politica 
exterior, cuyas consecuencias se tocaron bien pronto. 
La Constitución de 14 de Enero de 1852 fué lige- 
ramente modificada; dictáronse medidas para impedir 
los abusos de la prensa, reorganizóse la policía, hicié- 
ronse concesiones al clero, y en fin, se estableció un 
régimen muy semejante al del primer imperio. Napo- 
león, que había intentado contraer matrimonio, prime- 
ro* con una nieta de la gran Duquesa Estefanía de Ba- 
den, y luego con una Princesa de Hohenzolleín, se 
enlazó, por último con la bella española Eugenia de 
Montijo, Condesa de Teba. 

3. Con razón ha dicho Macaulay que «la historia 
de Inglaterra es ante f todo la historia del progreso.» 
Las grandes reformas llevadas á cabo durante el rei- 
nado de Guillermo IV se continuaron en el de Victoria 
I, contribuyendo no poco al resultado obtenido la fide- 
lidad con que la Reina, aconsejada por su esposo el 
Príncipe Alberto, practicó los principios del self-go- 
vemment parlamentario* Unido el pueblo y el trono- 
con los lazos del cariño y de la mutua confianza, pu- 
dieron consagrarse los partidos al desarrollo de los iii~ 




sr -wr ¡^ • 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 331' 

tereses morales y materiales, celebrando la primera Ex- 
posición universal en 1861, y procurando fomentar él 
comercio; pero al mismo tiempo reforzaron la escuadra 
de guerra, pusieron los puertos y las costas en estado 
de defensa y aumentaron el efectivo del ejército. 

Por lo que toca á la política exterior, la caída de 
Luis Felipe hizo desaparecer el antagonismo que exis- 
tia entre Francia é Inglaterra, y aunque ésta no dejó 
de ver con algún récelo el restablecimiento de lá di- 
nastía de los Bonapartes, fué, como queda dicho, la 
primera gran potencia que reconoció á Napoleón III. 
La facilidad con que hallaban en aquélla seguro refu- 
gio los proscriptos de todos los países, causó no escasa 
irritación en Europa, y especialmente en Francia; pero 
el Gobierno inglés acertó á aplacar á los extranjeros 
sin restringir su derecho de asilo; y como los asuntos 
de Oriente preocupaban á todos, Francia é Inglaterra 
se ftieron acercando hasta llegar, como luego veremos, 
á concertar una alianza. 

4. La cuestión de Oriente había vuelto á ser colo- 
cada sobre el tapete por Nicolás I, y realmente la oca- 
sión escogida por éste no podía ser más favorable. La 
revolución del 48 no había tocado á Rusia. Austria 
había solicitado y obtenido su apoyo para sofocar la 
rebelión húngara. Prusia era su amiga y aliada, y con- 
taba con las simpatías de todos los soberanos de la 
Confederación germánica. Sólo Inglaterra y Francia 
podían oponerse á sus planes; pero el Zar, creyendo 
que la escasa simpatía personal que Napoleón inspira^ 
ba por entonces á la Beina Victoria y á su esposo, ha- 
cían imposible la alianza de las dos naciones, trató de 
atraerse á la Gran Bretaña, y para esto, en repetidas 



"í - ••«y 



^2 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



coa versaciones confidenciales con el embajador inglés 
en San Petersburgo, sir George Hamilton Seymour, 
dio á entender á éste el Zar que Inglaterra obtendría 
<^omo precio de su alianza el Egipto y la Isla de Can- 
día, debiendo consentir en que Susia colocase bajo su 
dependencia la Moldavia, la Valaquia, la Servia y la 
Bulgaria. «Tenemos entre los brazos, decía Nicolás I, 
»»un hombre enfermo, gravemente enfermo; sería una 
»gran desgracia que uno de estos días se nos muriese, 
». sobre todo antes de haber tomado las disposiciones 
«necesarias.» Mas primero Bussell y luego Clarendon, 
que sucedió á aquél en el Ministerio de Negocios Ex- 
tranjeros, en Febrero de 1853, contestaron que si el 
hombre estaba enfermo, se debía trabajar lealmente 
para salvarlo. 

Inglaterra no quería consentir en el plan de Busia, 
porque la extensión de ésta por los Principados danu- 
bianos rompería el equilibrio europeo, porque Turquía 
había sido siempre fiel amiga de aquélla, y porque sí 
Oonstantinopla caía en poder de los rusos, quedaba 
completamente en manos de éstos el comercio de Le- 
vante. 

Busia, al propio tiempo que realizaba estas gestio- 
lies, había colocado ciento cincuenta mil hombres en 
las orillas del Pruth, armado su flota del Mar Negro, 
y enviado á Oonstantinopla al almirante Menchikoff , 
con la misión aparente de arreglar las cuestiones del 
Montenegro y de los Santos Lugares, pero con el encar- 
go real de proponer al Sultán un ultimainm que, de ser 
aceptado, dejaba á Turquía bajo el protectorado roso. 
Menchiffko comenzó en Oonstantinopla por exigir con 
arrogancia que el Ministro de Negocios Extranjeros^ 



394 HISTORIA POLÍTICA t DIPLOMÁTICA 

religiosa en todo su imperio (6 Junio), y casi al mismo 
tiempo propuso el Gabinete de París que, con arreglo 
al espíritu del tratado de 1841, las cinco grandes po- 
tencias Europeas se reuniesen en conferencia para po- 
ner término al conflicto oriental. ¡Inútil tentativa! Ru- 
sia contestó dando orden al Principe Miguel Gortscha- 
kof de atravesar el Prnth con dos cuerpos de ejército 
de 40.000 hombres cada uno, y ocupar los Principados 
Danubianos á título de garantía material hasta que 
la Puerta hubiese satisfecho sus exigencias (7 Julio 
1863). 

Austria, que no quería romper con Francia é Ingla- 
terra, que deseaba mantener la integridad de Turquía, 
y que, al mismo tiempo aspiraba á conservar sus bue- 
nas relaciones con Busia, propuso á ésta su mediación, 
y habiendo sido aceptada, se reunieron en Yiena los 
plenipotenciarios de las grandes potencias, excepto 
el ruso (24 Julio), y tras largas negociaciones con- 
vinieron en el protocolo de 6 de Diciembre de 1853, 
en el cual reconocían como condiciones esenciales del 
equilibrio europeo: 1.* La integridad del Imperio oto- 
mano; y 2.*^ La independencia gubernamental del Sul- 
tán, al cual se invitaba á mejorar y garantir libremen- 
te la suerte de sus subditos cristianos. Ni este protoco- 
lo ni el de 9 de Abril de 1854 pudieron evitar la gue- 
rra. Francia ó Inglaterra, después de fracasar el pro- 
yecto de cuádruple alianza contra Rusia, y de obtener 
de los Estados Unidos una declaración de neutralidad^ 
se reunieron por el tratado de 10 de Abril de 1864, y 
Austria y Prusia concertaron el de 20 de Abril, tratado 
de mutua garantía y de alianza eventual, en el que, 
por un artículo adicional, se convenía en que Austria 



390 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

topol. El ejército ruso se vio obligado también á aban- 
donar el ceroc» de Silistria, defendida por Omer-Pachá, 
y á repasar el Pruth. 

Todo el interés de la guerra y todos los esfuerzos 
de los aliados, cuyo número había engrosado el Pia- 
monte, se concentraron en Sebastopol, ante cuyos muros 
se dio la terrible batalla de Inkerman, que concluyó, 
después de luchas y esfuerzos inauditos, con la victoria 
de los anglo*franceses. La campaña de invierno fné 
durísima y los aliados sufrieron enormes bajas, pero 
una más grande experimentaron por entonces los ra- 
sos, la muerte casi repentina del Emperador Nicolás^ 
al que sucedió su hijo Alejandro II. Sebastopol fué to- 
mada, tras sangrientísimo asalto, él 8 de Septiembre 
de 1855, pero los rusos se apoderaron por hambre de 
la fortaleza turca de Kars (27 Noviembre). 

Creyó entonces Austria que había llegado el mo- 
mento de intervenir, y tras un acuerdo previo entre el 
plenipotenciario austríaco, príncipe Esterhazy, y el 
ministro ruso. Conde de Nesselrode, sobre varios pun- 
tos que podían servir de bases para la paz, se decidió 
la celebración de un Congreso en París. 

6. El día 25 de Febrero de 1856 se inauguraron las 
conferencias en París, asistiendo los representantes de 
Francia, Inglaterra, Austria, Busia, Turquía y Cerde- 
ña, y luego el de Prusia, ejerciendo de plenipotencia- 
rios; por Francia, el Conde Walewski, ministro de 
Negocios Extranjeros de Napoleón IH, que presidió, y el 
Barón de Bourqueney; por Austria, el Conde de Buol j 
el Barón de Húbner; por Inglaterra, Lord Clarendon 
y Lord Cowley; jpor Busia el Príncipe Orfoff y el Ba- 
rón de'Brünnow; por Cerdeña, el Conde de Cavour y 



*"'^" ■.' ■■ 



398 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

III I I I I — .a.^— I I I ■ ■ ■ I». - I I I 

observancia de este compromiso y considerando en cott- 
secuencia, todo acto que por su naturaleza lo quebran- 
tase, como una cuestión de interés general (art. 7.**), y 
se preceptuaba que en el caso de surgir entre la Puerta 
y cualquiera de las potencias signatorias un disenti- 
miento que amenazase romper sus buenas relaciones, los 
contendientes colocarían á las demás partes contratan- 
tes en condiciones de evitar el empleo de la fuerza por 
virtud de su mediación (art. 8.°). 

Habiendo dado el Sultán un firman^ que mejorando 
la suerte de sus subditos, sin distinción de religión ni de 
raza, consagraba sus generosas intenciones hacia las 
poblaciones cristianas de su Imperio, y queriendo dar 
un nuevo testimonio de sus sentimientos respecto á ese 
punto, resolvió comunicar á las potencias contratantes 
el firman, espontáneamente emanado de su voluntad 
soberana. Las potencias apreciaron el alto valor de 
esta comunicación, bien entendido que no las daba eii 
caso alguno, el derecho de inmiscuirse, ni colectiva ni se- 
paradamente, en las relacionas del Sultán con sus sub- 
ditos ni en la administración de su Imperio (art. 9.**i. 

Se consideraba como parte integrante del tratado 
el acta de revisión de la Convención de 13 de Julio 
de 1841 relativa á la clausura de los estrechos del Bos- 
foro y de los Bardan elos (art. 10). Se declaraba la neu- 
tralidad del mar Negro, quedando éste abierto á los 
pabellones mercantes de todos los países, y cerrado á 
los pabellones de guerra (art. 11), fijándose condiciones 
para el cumplimiento de estos preceptos (artículos 14 
y 19) y para el ejercicio del comercio (art. 12), y expre- 
sándose la prohibición de tener en dicho mar ningún 
arsenal militar (art. 13). 



Las di aposiciones del Congreso de Viena relativas 
i la navegación de los ríos fronterizos ó que atraviesan 
varios Estados, se declararon aplicables á la navega- 
ción del Danubio (art. 15), agregándose algunos nue- 
vos preceptos (arts 16, 17 y 18). 

Rusia consintió en la rectifícación de la frontera de 
Beaarabia en la forma que se indicaba (art. 20), y el 
territorio que por virtud de esto cedía aqaéUa se agre- 
gaba á la Moldavia (art. 21). Tanto este Principado 
como el do Valaquia, habían de continuar disfrutando, 
bajo la snzeranía de la Puerta y la garantía de las po- 
tencias contratantes, los privilegios é inmunidades de 
qne estaban en posesión, sin que ninguna de las poten- 
cias pndiese ejercer protección a}gtina exclusiva ni de- 
recho particular de ingerencia (art. 22) y debiendo la 
Sublime Puerta conservar á aquéllos una administra- 
ción independiente y nacional, asi como plena libertad 
de cultos, de legislación, de comercio y de navegación 
I art. 23). Además, el Sultán prometió convocar inme- 
diatamente en cada una de las dos provincias, un Di- 
ván ad hoc, compnesto de manera que constituyera la 
representación más exacta de los intereses de todas las 
(lases sociales (art. 24). 

En cuanto al Principado de Servia se lijó su sítua- 
i-ión en términos muy semejantes á la de los. anteriores 
'arts. 28 y 29). 

Por último, se declaró que Rusia y Turquía conser- 
varían sus Estados y posesiones en Asía en los mismos 
términos en que se encontraban antes de la ruptura, y 
<\ne se llevaría á cabo la rectificación de la frontera 
sin perjuicio territorial para nbignna de ambas partes 
'art. 30). 



400 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

7. Además del tratado principal se conoertaron 
varios anejos desarrollando y reglamentando princi- 
pios indicados en aquél. 

En el primer anejo, el Sultán de una parte, decla- 
raba que tenía la firme resolución de mantener en el 
porvenir, el principio invariablemente establecido co- 
mo antigua regla de su Imperio, y en virtud del cual 
estuvo en todo tiempo cerrada á los navios de guerra 
de las potencias extranjeras la entrada en los estrechos 
de los Dardanelos y del Bosforo, y que, en tanto que 
la Puerta se encontrase en paz, S. M. no admitiría 
ningún buque de guerra extranjero en los citados es- 
trechos. Las demás partes contratantes se comprome- 
tieron á respetar esa determinación del Sultán y con- 
formarse con dicho principio (art. 1.**). 

Se reservó el Sultán el otorgar firman^ de pasaje h 
los buques ligeros de guerra empleados en el servicio 
de las legaciones de las potencias amigas (art. 2.^ : 
aplicándose la misma excepción á los dos buques liga- 
ros de guerra que cada potencia contratante estaba 
autorizada á estacionar en las embocaduras del Danu- 
bio para 'asegurar la ejecución de los reglamentos reía- 
ti vos á la libertad de navegación (árt. 3.**). 

En el segundo anejo, concertado entre Rusia y 
Turquía, partiendo del principio de neutralización del 
mar Negro, se fijó el número y clase de los buques de 
guerra que ambas naciones podrían tener en dicho 
mar; y en el tercero, queriendo extender al Báltico el 
acuerdo establecido en Oriente, y respondiendo á Iok 
deseos expresados por Francia é Inglaterra, declaró 
Busia que las islas de Aland no serían fortificadas ni 
se mantendría ni crearía en ellas establecimiento algu- 



no militar ó naval. Finalmente, los plenipotenciario» 
que firmaron el tratado de París de 30 de Marzo de 
1856, reunidos en conferen<;ia, y conEÍderando: que el 
derecho marítimo en tiempo de guerra había sido du- 
rante mucho tiempo objeto de discusiones desagT-ada- 
bles; que la incertidumbre del derecho y de los debe- 
res en semejante materia daba lugar, entre loa neutros 
y beligerantes, á divergencias de opinión que podían 
prodTicir difícultades serías y hasta conflictos; que sería 
ventajoso, por consecuencia, establecer una doctrina 
uniforme sobre un punto tan importante, y que no 
Iludían responder mejor á las intenciones de sus Go- 
biernos, convinieron en la siguiente Declaración, he- 
''ha en París el 16 de Abríl. 

1." El corso es y permanecerá abolido. 

2." El pabellón neutro cubre la mercancía ene mi - 
^, á excepción del contrabando de g;uerra. 

3." La mercancía neutra, con excepción del con- 
trabando de guerra, no es secnestrable bajo pabellón 
enemigo. 

4." El bloqueo, para ser obligatorio, debe ser efec- 
tivo; es decir, mantenido por una faerza suficiente 
'lue impida en realidad la entrada del enemigo en el 
litoral . 

Invitadas las naciones no representadas en el Con- 
greso áadherirse áesta declaración, España, los Estados 
Unidos y Méjico se adhirieron alas reglas 2.*, 3," y 4.', 
reservándose expresamente su libertad de acción res- 
pecto á la primera, que no aceptaron. 

8. Algunos otros asuntos además de los indicados, 
ocuparon la atención de los plenipotenciarios reunidos 
«n París. 



-^^r^r 



402 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Napoleón III) que cada día mostraba más inclina- 
ción á la política de las nacionalidades, en nombre de 
la cual hablaba ya de convocar un nuevo Congreso; 
que anhelaba cambiar profundamente las circanscnp- 
cienes territoriales creadas por los tratados de 1815: 
que había intentado, aunque sin éxito, hacer partícipt» 
de estas ideas á Lord Clarendon, y que en cierto modo 
alimentaba las esperanzas de los italianos, propuso al 
Congreso, por medio del Conde Walewski, y recogien- 
do indicaciones del Conde de Cavour, estas conclu- 
siones: 

1.* Que siendo patente lá conveniencia de preocu- 
parse seriamente de la cuestión de Grecia, las tres po- 
tencias protectoras habían reconocido la necesidad de 
entenderse sobre este asunto. 

2.* Que los plenipotenciarios de Austria se habían 
asociado á los deseos de los franceses de ver evacuados 
los Estados pontificios por las tropas francesas y aus- 
tríacas, tan pronto como esto pudiron hacerse sin in- 
conveniente para la tranquilidad del país y para la 
consolidación de la autoridad de la Santa Sede. 

3.* - Que la maj^-or parte de los plenipotenciarios e>- 
taban contestes en la eficacia que tendrían medidas de 
clemencia, adoptadas con oportunidad, en los Estados 
de la península ibérica y sobre todo en el de las Dos 
Sicilias. 

Finalmente, expuso las ideas que sirvieron para re- 
dactar la declaración de 16 de Abril relativa a derecha 
marítimo. 

El mismo día en que terminó el Congreso, élCond»» 
de Cavour dirigió una nota muy viva al írabinete do 
París, planteando con toda claridad la cuestión italia- 



cí»B después del Congreso de París. Pero éste tnvoj 
considerado desde el punto de vista del derecho inter- 
nacional, una importancia aún mayor. 

La admisión de Turquía en el concierto d© las na- 
ciones, completando y desenvolviendo la idea iniciada 
ya en el tratado de Viena de 1815, afirmó ante el mun- 
do, como principio fundamental del derecho púbUco 
moderno, el de que las diferencias religiosas no pue- 
den constituir base para la exclusión de un pueblo dt 
la vida activa internacional. Al catolicismo, base del 
concierto de las naciones, según el tratado de Westfa- 
lia, sustituyó el cristianismo que, por el tratado de Vie- 
na de 1815, consagró la representación de la luterana 
Pmeia, de la cismática Rusia y de la disidente Ingla- 
terra; y á éste reemplazó en el Congreso de París áe 
1856, la idea de que la religión no puede establecer 
distinciones en cuanto al trato internacional. 

Además, rectificado el absolutismo del principio d^ 
. uo intervención, se limitó el sentido de la política déla I 
•Santa Alianza, admitiendo la intervención dnicameiii>- 
como recurso para afirmar los principios fundamenta- 
les del derecho humano y para asegurar á los pueblí" | 
medios de expresar su voluntad. Por esto sereclamaror 
á Turquía ciertas reformas, y por esto se conanltó la vi'- , 
luntad de los Principados danubianos respecto de su' | 
futuros destinos. Pero al propio tiempo, en este misino' 
período, se impuso el trato internacional á los pueblos 
que lo resistían ó lo negaban como la China (1844) y pI I 
Japón (1854). 

En la esfera del derecho marítimo, la declaración d*- 
París, de 16 de Abril, representa un gran progresa; 
pero ea preciso advertir que no lograron todos sn* 



1. Turquía 7 tos Principadas danubianos: la inteligencia fruico-niu .-'.'- 
Formación de la Rumania y variacidn en 18G6 de la dinastía reinuiit' 
—3. SitDBcldn de Servia: agiluiones; dcslronamientos en 1813 ; lí^ 
—4. El lloolenegro —5. Grecia: aspíraciún n resucitar el imperio bí- 
lanlinOi destronamiento del Rey Olhón: reinado de Jori^ 1: aoeiiaa 
de las litas Jónicas; rebelión de Candía. -6. Siluaclén de Turquía--'- 
Profundos cambios operados en Hiiüla: política de Nicolás t: reforpii< 
introducidas por Alejandro 11.— 8. tln^ia y folonla. 



1. Los artículos 22 á 27, ambos inclusive del trata- 
do de París de 30 de Marzo de 1866,. regulaban la si- 
tuación' en que habían de quedar los Principados <le 
Yalaquia y Moldavia, disponiendo que continuasen 
disfrutando, bajo la suzerania de la Pneirta y. la ga- 
rantía de las Potencias contratantes, de los privilegii'S 
é inmunidades que basta entonces habían disfrutado, 
sin que ninguna de las Potencias garantes pudiese ejer- 
cer protección algtina exclusiva, como tampoco tendría 
derecho á ingerirse en sus asuntos interiores. La Puer- 
ta se comprometía á conservar en dichos Principados^ 
una administración independiente y nacional, así comn 
completa libertad de cultos, de legislación, de comer- 
cio y de navegación , debiendo ser revisadas las leyes y 
estatutos vigentes, para lo cual habría de reunirse á i» 
mayor brevedad en Bucharest una comisión especial. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 40" 

nombrada por las grandes Potencias contratantes, con 
un Comisario de la Sublime Puerta. El Sultán se obli- 
gó, además, á convocar inmediatamente, en cada una 
de las dos provincias, un Concejo (diván) ad hoe, com- 
puesto de tal modo, que representase fielmente los in- 
tereses de todas las clases de la sociedad. 

Estos preceptos fueron letra muerta, porque Tur- 
quía, temiendo que la unión de los dos Principados no 
fuese más que el preludio de su completa emancipa- 
ción, y viéndose apoyada por Austria é Inglaterra, se 
aprovechó de las dificultades que ofrecía la ejecución 
de algunos puntos de la convención de París. La ocu- 
pación de los Principados por las tropas austríacas, 
que databa de 1854, se prolongó un año más, y por las 
Cortes de Constantinopla. Viena y Londres el stafu 
quo se hubiese eternii^ado. 

Francia desbarató estos planes, porque como Ale- 
jandro II no tenía prevención alguna contra Napoleón, 
como Nesselrode, último superviviente de los autores 
de la Santa Alianza, acababa de dejar el ministerio, y 
como el nuevo Canciller, Gortchakoff, creía que la teo- 
ría de las nacionalidades no podía menos de ser íavo-> 
rabie á Busia, la inteligencia entre las Cortes de París 
y de San Petersburgo no fué difícil. Gortchakoff, como 
Napoleón, deseaba reunir la raza rumana en un cuerpo 
de nación; idea formalmente propuesta por Francia á 
la conferencia de Viena de 1855 y después al Congreso 
de París, é idea en la cual veía Busia un medio de de- 
bilitar á Turquía y de inquietar al Austria. Como 
Francia y Rusia, mostrábanse favorables al pensamien- 
to Pmsia y Cerdeña, que consideraban la constitu- 
ción del Estado rumano como un precioso precedente. 



406 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

De muy diversa manera opinaban. Austria é Ingla- 
terra: ésta, porque convenia á sus intereses contrarres- 
tar la preponderancia de Rusia y apoyar á Turquía; 
aquélla, porque la unión de la Moldavia y la Valaquín 
la hacían temer por la suerte de la Transilvania y la 
Bukowine, cuj^a población era en gran mayaría de ra- 
718, rumana. 

La energía de Francia « salvando todos loa obstácu- 
los, consiguió que la evacuación de los Principados $<" 
«efectuase el 30 de Marzo de 1857. Entonces pudo reu- 
nirse en Bucharest la comisión, y el Sultán publicó la 
orden para la elección de los dos divanes; mas aunque 
la mayoría de los rumanos deseaba la unión, los mane- 
jos de Turquía y de sus aliados falsearon de tal modo las 
«lecciones, que el diván de Moldavia resultó adversario 
de aquel pensamiento. Francia y Busia, secundadas 
por Prusia, pidieron la nulidad de la elección: Turquía, 
sostenida por Austria é Inglaterra, se negó; aquéllas, 
después de la entrevista de Napoleón y Alejandro eu 
Stuttgard (Julio 1857), retiraron sus embajadores de 
Constantinopla (6 Agosto), conducta que imitaron Pru- 
sia y Cerdeña, y llegó un momento en que se temió 
que fuese el Oriente teatro de una nueva guerra. 

Sin embargo, la situación no consentía á Inglate- 
rra prestar á Turquía un apoyo decisivo y meaos lan- 
zarse á nuevas aventuras. Francia había hecho causa 
común con aquélla contra la China y enviado una es- 
cuadra al extremo Oriente; Napoleón, ^i su conferen- 
cia de Osborne con la Reina Victoria y el Príncipe Al- 
berto (6 Agosto), casi había llegado á un acuerdo oon 
éstos; los cipayos se habían sublevado contra los ingl^ 
ses; Ru9ia, dueña de .Khiva desde 1864, había llevado 



burgo en el caso de alentar á los indios. 

Turquía se vio aislada y hubo de capitular. 
2. Annladaslas elecciones y realizadas otras nuevas, 
pndieron congregarse los divanes, y hacia fin de Di- 
ciembre pidieron expresamente que ambos Principados 
fuesen reunidos eu un solo Estado bajo la dirección de 
un Príncipe perteneciente & una de las dinastías reinan- 
tes en lEnropa. La comisión internacional emitió su 
dictamen, y en su virtud se reunió la Conferencia de 
París el 22 de Mayo de 1858, durando sus debatea unos 
tres meses, porque las Potencias no estaban de acuerdo. 

A pesar de todo y no obstante la protesta de Tur- 
quía, loa dos divanes eligieron hospodars á un mismo 
Príncipe, el noble moldavo Alejandro Couza, gran 
tunigo de Francia (17 Enero, Moldavia, y 5 de Febre- 
ro 1859, Valaqaia). La unión, virtnalmente, quedaba 
liecha; pero subsistían los dos Ministerios distintos, 
aunque bajo un mismo soberano; y dos años más tarde, 
en 1861, la Puerta, cediendo á instancias de las Poten- 
>:i&a, concedió por un firman que los dos Principados 
tuviesen una sola Asamblea j un solo Ministerio. Bu- 
mania era ya un Estado semi-independiente. 

El despotismo, la codicia y la inmoralidad, carac- 
teres distintivos del Oobiemo de Couza, determinaron 
un movimiento de protesta en Sumania; estalló la re- 
volución (Febrero de 1866), y aquél fué desposeído del 
trono. Un plebiscito (20 de Abril) dio la corona á Car- 
los de HohenzoUem Sigmaringen, y aunque esta elec- 



iiiiiiihiiiBTmn¥Wiwníwi»imiMwnnnnfwiwnniiirwwr-wr— ffr- 



410 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

ción daba á Priisia una gran influencia en los asuntos 
de Oriente, por el parentesco del nuevo Príncipe con 
la familia real prusiana, las potencias reconocierou el 
hecho consumado. La Constitución dada en 1866 fae 
modificada en 1884, y Carlos I continúa aún reinando. 
3. Servia había luchado constantemente por su in- 
dependencia, siendo desde 1804 uno de sus principales 
jefes Miloch Obrenowistch. Sublevados los servios 
contra los turcos en 1813 y 1816, al morir Kara-Geor- 
ges fué proclamado Príncipe Miloch, el cual pretendió 
que Turquía reconociese la autonomía administrativa 
de Servia en Noviembre de 1830; pero tras larga lucha 
y continuados trastornos se vio obligado á abdicar en 
su hijo Milán, al que sucedió su hermano Miguel^ que 
fué expulsado en 1843, siendo entonces elegido Alejan- 
dro Karageorgewitch, representante de la política aus- 
tro-turca. 

La política de complacencias con Austria seguida 
por el Príncipe Alejandro, le enagenaron por com- 
pleto las simpatías del país, el cual, medio emancipado 
por los tratados de Andrinópolis y de París, aspiraba 
á una independencia absoluta. Hacia unes de 1858 Ale- 
jandro, cada día más impopular, se vio obligado á con- 
vocar la Asamblea (Skouptchina) , en la que tenía ma- 
yoría el partido nacional, así es que en su primer men- 
saje, pidió la abdicación del Príncipe. Alejandro, des- 
pués de dos días de resistencia, tuvo que resignar sus 
poderes (24 Diciembre) y se refugió en la fortaleza de 
Belgrado, ocupada por fuerzas turcas. Desde su refu- 
gio solicitó el auxilio del Austria; ésta quiso interve- 
nir, pero ante la oposición de Francia y Jtusia, no se 
atrevió á violar el tratado de París. . 



HtSTOBU J^LÍTICA Y DIPLOMÁTICA 411 

Por eleoción de la. Asamblea ocupó el trono el anti- 
guo Príncipe desterrado Mílooh Obrenowitch; pero ha- 
biendo muerto al año aiguiente, recibió su hijo Mi- 
guel ITf por segunda vez el poder, que se declaró here- 
ditario en su familia (26 Septiembre 1860). 

Los servios no veían oon gusto la permanencia de 
fuerzas turcas en Belgrado, por lo cual ocurrían fre- 
cuentes querellas que solían degenerar en sangrientas 
luchas.: La intervejición de las potencias hizo que aban- 
donasen el país todos los habitantes turcos, á excep- 
ción de las tropas de la guarnición (6 Octubre 1862); 
pero los servios no quedaron satisfechos, y pidieron y 
obtuvieron la evacuación de las plazas fuertes, con lo 
cual la soberanía de la Puerta quedó reducida á un me- 
ro nombre (Marzo, 1867.) 

Asesinado al año siguiente el Rey Miguel III (20 
Junio 1868), subió al trono su hijo Milán Obrenowich^ 
modificándose entonces la Constitución en sentido li- 
beral, i . 

4. Aunque por la mediación de Austria las tropas 
turcas hubieron de retirarse del Montenegro en Febre- 
ro de 1853, el odio á Turquía de los belicosos habitan- 
tes slavos de la «Montaña negra» fué causa de que no 
cesaran por completo las hostilidades. Asesinado el 
Príncipe Danilo (12 Agosto 1860), fué llamado al trono 
su sobrino Nicolás I, actual soberano, que prestó de- 
cidido apoyo á los cristianos de la Herzegowina en su 
luch& con los turcos. Contra unos y otro envió la 
Puerta á su mejor general, Omer-Pach^; p^ro ni por 
la fuerza ni por negociaciones pudo aquélla recobrar 
su Autoridad. . 

5. . La «gran idea» que constantemente, desde su 



412 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

constitución como nacionalidad independiente, acari- 
ciaban los griegos, el establecimiento del Imperio he- 
lénico sobre las ruinas del Imperio otomano, tomó 
por entonces nuevo incremento ante la decadencia vi- 
sible del poder turco. 

El Rey Othon, que hacia próximamente treinta 
afios ocupaba el trono, y que lleno de los mejores de- 
seos se había mantenido en la vía constitucional, dan- 
do al país una administración tranquila, aunque mo- 
desta, no era hombre capaz de encarnar las esperanzas 
de su pueblo. Las conspiraciones contra la dinastía 
bávara hiciéronse poderosas, y desde Febrero de 1862 
estallaron sucesivamente insurrecciones militares en 
distintos puntos, concluyendo por constituirse en Ate- 
nas un gobierno provisional, que decretó la destitución 
de Othon, el cual hubo de renunciar á toda idea de re- 
sistencia por consejo de los embajadores. 

El Gobierno provisional, comprendiendo la necesi- 
dad de elegir un nuevo Monarca, se fijó en el Príncipe 
Alfredo de Inglaterra, pero como Rusia y Francia sos- 
tenían la candidatura del Duque de Leuchtemberg, se 
renunció á aquel proyecto. Los Gabinetes de Londres, 
París y San Petersburgo se comprometieron por es- 
crito á mantener, con arreglo á los tratados, la exclu- 
sión del trono griego de las familias reinantes de las 
grandes Potencias; pero al propio tiempo manifestó 
Inglaterra que estaba dispuesta á consentir en la unión 
á Grecia de las Islas Jónicas, si la elección de Monarca 
recaía en su candidato, y esto decidió la contienda a 
favor del hijo segundo de Cristian de Glucksburgo (30 
Mayo 1863), el cual, aceptado por la Asamblea y reco- 
nocido por las Potencias, tomó el nombre de Jorge I. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 413 

Cumpliendo su promesa, Inglaterra renunció á su 
protectorado sobre las Islas Jónicas y consintió en la 
anexión de éstas á Ghrecia; pero los griegos no renun- 
ciaron por esto á sus ideas de total independencia, y 
provocaron una insurrección en Candía, Hodas y otras, 
islas y poblaciones otomanas habitadas por ellos; maa 
como las Potencias no pudieron decidir á Turquía á 
que cediese la isla de Creta, y como Grecia siguió fo- 
mentando la rebelión, la Puerta envió un ultimátum i 
Atenas (Diciembre 1868), cerró sus puertos á los bu- 
ques griegos y expulsó á todos los subditos de Grecia. 
Ante el temor de un conflicto, y por iniciativa de Pru- 
sia, se reunieron los plenipotenciarios de las grandes. 
Potencias en París, consiguiendo que cediese Grecia y 
terminase la rebeldía. 

6. La situación del Imperio otomano no podía ser 
más crítica ni sv descomposición más evidente. El pro- 
blema planteado ante sus gobernantes reducíase á ele- 
gir en este dilema: ó vivir bajo la tutela de las grandes 
Potencias, dependiendo exclusivamente de su falta de 
armonía para resolver la cuestión de Oriente, ó aceptar 
las reformas de Occidente, y asimilarse la civilización 
europea. Claro es que la mayoría de los elementos di- 
rectores de Constantinopla eran partidarios del statu 
quo; pero no faltaban hombres que creían indispensa- 
ble, para salvar á Turquía de una completa decaden- 
cia, entrar por el camino de las reformas. A la cabeza 
de estos últimos figuraban Fuad-Pachá y Alí-Pachá; 
aquél especialmente, que se había asimilado la cultura 
europea, era el alma y el pensamiento de los elementos 
reformistas. 

Muerto el Sultán Abdul-Megid (26 Junio 1861), le 



—^*^'°°"'°*''^'^°°'~''''*''''™™™"»*™'*'*'*""™'''"™""" "■""""" """"""■■ -^^ TTJt 



4U HISTORIA POLÍIICA Y DIPLOMÁTICA 

sucedió su hermano Abdul-Azis, que comenzó mostran- 
do cierta tendencia hacia la civilización occidental. En 
el verano de 1867 recorrió la mayor parte de Europa, 
visitando París, Londres, Viena, etc.; y Fuad-Pachá, 
que le acompañó, aprovechando la profunda impresión 
que en el ánimo del soberano habían producido los 
grandes progresos de aquellas capitales, le inclinó á 
hacer importantes concesiones^ é inició su obra reor- 
ganizando las provincias, creando un nuevo Consejo 
de £stado, admitiendo á los cristianos á las funciones 
gubernamentales, etc. Pero Fuad-Páchá murió en Fe- 
brero de 1869, y Abdul-Azis cayó de huóTO en la tra- 
dicional apatía de los sultanes, dejándose dominar por 
torpes favoritos. 

Turquía siguió siendo «el hombre enfermó» y vol- 
vió á ser causa de graves perturbaciones en Europa. 

7. Si el Imperio otomano, apesar de todas las re- 
sistencias, no podía sustraerse por completo á la in- 
fluencia de la civilización, menos había de sustraerse 
Busia, la cual, al cabo y al fin, estaba en contacto más 
directo y más constante con las naciones que marcha- 
ban del modo más resuelto por el camino del progreso. 

Ta en el curso de estas páginas se ha reflejado el 
carácter y las tendencias del Emperador Alejandro I; 
pero importa añadir que en el primer período de su 
reinado, cediendo á sus sentimientos de benevolencia 
y de justicia, hizo mucho por el mejoramiento de su 
pueblo, aboliendo ciertos castigos, fomentando la cul- 
tura y estableciendo un Senado consultivo. Después, 
dominado por el miedo á la revolución, que Mótter- 
nich, el famoso Ministro austríaco, procuraba inspi- 
rarle á todas horas, retrocedió en él camino emprendí- 



:a V DiplouíTiCa 415 

do; pero así y todo alentó cou sn benevolencia á los que 
trabajaban por la independencia de Grecia, 

A su muerte fí." de Diciembre de 1825), habiendo 
renunciado al trono su hermano Constantino, le suce- 
dió su otro hermano Nicolás I, que comenzó aometien- 
do por la fuerza á los que conspiraban contra su poder 
y restaurando la disciplina militar por medio de la 
guerra, venciendo á loa persas é imponiendo á Turquía 
la paz de Andrinópolis. Rusia ensanchó considerable- 
mente sus fronteras. 

La reunión de tantos y tan diversos pueblos bajo 
el dominio de una sola ley y de una misma Constitu- 
ción engendraba cierta debilidad en el Imperio, que 
Nicolás I trató de remediar por medio de la unidad ad- 
ministrativa y de la unidad religiosa. Para conseguir 
la primera, anuló las franquicias nacionales y munici- 
pales, y para realizar la segunda, restauró la política 
de Catalina II, reduciendo á solas dos diócesis todos 
los obispados, suprimiendo más de doscientos conven- 
tos de rito latino, renovando en 1836 la ordenanza de 
1796 que mandaba «castigar como rebelde i todo cató- 
lico, clérigo ó lego de condición oscura ó elevada, que 
se oponga con palabras ó con hechos al progreso del 
culto dominante, ó impida de otro modo cualquiera la 
reunión á la iglesia rusa»; además limitó el número de 
iglesias y parroquias, dispuso de los bienes de los je- 
cuitas, impidió la comunicación entre el clero romano 
y el griego unido; hizo educar en la religión griega 
cismática á los nacidos de matrimonios mixtos; prodi- 
gó toda clase de favores á los cismáticos é impuso toda 
suerte de vejaciones á los católicos. ^ 

Con el mismo objeto, buscando una unión religiosa 



416 HISTOEIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

imposible, persiguió también á los judíos, obligándolos 
al servicio militar, del^caal habían sido exceptuado*; 
en tiempo de Alejandro, mediante el pago de una can- 
tidad; empleó en la marina á los hijos de aquéllos, df 
doce á catorce años, lo que ocasionó la muerte de an 
gran número de ellos; suprimió la escuela que tenían 
en Varsovia, y les hizo aceptar la ley religiosa del Im- 
perio (1844). 

Los lamentos de los católicos llegaron á oídos de] 
Pontífice, y Gregorio XVI, en su alocución memora- 
ble de 22 de Julio de 1842, al protestar de tales violen- 
cias, hizo una exposición «desconsoladora de los males 
gravísimos bajo cuyo peso gime la religión católica en 
la vasta extensión de los dominios rusos, y de las in- 
cesantes y cada vez más inútiles fatigas de la sill» 
apostólica para contrarrestar el curso de las persecu- 
ciones y remediarlas»; pero el único efecto inmediato 
de las quejas de la Santa Sede fué un aumento de ri- 
gores contra los católicos. Sin embargo, cuando pocxw 
años después (Diciembre de 1846) el Zar se trasladó á 
Roma, pudo esperarse que se atenuaran las persecu- 
ciones, porque Nicolás, en sus conversaciones con el 
Pontífice, se mostró inclinado á la moderación* 

Muerto Nicolás I (2 Marzo 1856), su hijo Alejandro 
II mostróse desde el primer momento animado de mny 
distinto espíritu, pues con motivo de su coronación en 
Moscou (7 Septiembre 1866) concedió numerosas gra- 
cias que devolvieron á muchos proscritos su patria, sn 
honor y su nombre. 

Alejandro II se propuso hacer de su Imperio iin 
foco de regeneración, y al efecto permitió á las iglesia* 
cristianas de otras confesiones vivir según sus doctri- 



lias y administrar sus propios intereses; dnlciñcó los 
leyes excepcionales dictadas contra los judíos; facilitú 
U importación de libros extranjeros; fomentó la ins- 
trucción púUica, mejorando las escuelas existentes, 
oreando otras nuevas y subvencionando profesores 
para que completasen sus estudios en el extranjero; 
concedió cierta libertad á la prensa; faciütó á los ru- 
sos el viajar por el exterior, y á los extranjeros la es- 
tancia en Rusia; hizo posible la construcción de gran* 
(les vías férreas; sustituyó el sistema prohibitivo por 
el de las tarifas aduaneras; concertó tratados de co- 
mercio; tomó bajo su protección personal las socieda- 
les de comercio y de navegación, y procuró, en fin, 
por todos los medios el desarrollo de los intereses ma- 
teriales del país. Instituyó el Jurado y los jueces de 
paz, dando garantías á la propiedad, y creó lae Asam- 
bleas regionales y provinciales, con lo cual las diversas 
clases sociales tuvieron una intervención mayor en la 
vida política. Pero la obra capital del Emperador Ale- 
jandro fué la emancipación de los siervos. 

Fuera de las provincias del Báltico, en Jas que la 
servidumbre hallábase ya abolida, y fuera de los terri- 
(oríoa de los cosacos, en los que jamás había existido, 
'ontaba Rusia con una población de 23 millones de 
siervos, á los cuales se propuso el Emperador Alejandro 
colocar en condiciones de que pudiesen desenvolverse 
libremente y aspirar á la propiedad. Para esto s© orga- 
nizó en 1858 un gran comité, presidido por el !2ar, del 
(;nal dependían en cada Gobierno otros comités espe- 
ciales que se ponían en relación con los propietarios 
nobles, para arreglar con ellos las condiciones de de- 
talle. Con arreglo al pensamiento del Emperador, qm-- 



418 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

daba asegurado al geñor el derecho de propiedad^ perf» 
el campesino recibía una babitación con su cercado, \ 
podía, en doce años, quedar libre respecto de su propie- 
tario, mediante el pago de cierta cantidad en dinero ó 
3U equivalente de trabajo ó servicios personales. Al 
quedar libre el siervo recibiría el derecho de propiedad 
sobre su casa, sus dependencias y campos; y las propie- 
desdes así liberadas habían de distribuirse en comuuesi 
ó aldeas, sobre las que tendría siempre el señor el pri- 
vilegio de la vigilancia; pero en donde velaban por el 
cumplimiento de las leyes y de los contratos jueces de 
paz instituidos por elección. El Q-obíemo deibía auxi- 
liar á los campesinos con préstamos que les facilitasen 
la liberación de las propiedades. 

Grande fué la oposición que encontró el pensamien- 
to de Alejandro II. Hubo éste de luchar con las Asam- 
bleas de nobles, con el Ministerio y con su propio Con- 
sejo imperial. Es más, los mismos campesinos pusien>u 
á prueba su decisión; pues porque creyeron, ó porque 
se les hizo creer con torcidos propósitos, que gozaban 
ya la completa propiedad de sus campos, se negaron ¿ 
pagar los impuestos y se insurreccionaron. Pero el Em- 
perador, una vez dominada la rebelión y castigados sus 
instigadores, dio el manifiesto de 17 de Marzo de 1861, 
explicando su pensamiento, que llevó á cabo dos añas 
más tarde. 

8. Alejandro II hizo participar á Polonia de todos 
los progresos realizados por el Imperio ruso, pero los 
polacos, creyendo á Busia debilitada por la guerra de 
Crimea, reanudaron con más entusiasmo que nunca sus 
trabajos de conspiración, que comenzaron á manifestar- 
se públicamente á fines de 1860. Casi todo el siguiente 



CAPITULO xxni. 



1. La cuestión italiana: Nú pules, nonia y Turiaen 1856 y 18.57: el incide u- 
tede Niuchatel.— 2. Kl atentado Orsini: Francia é Inglaterra: la entre- 
vista de Piombiercs: negociaciones: la ruptura.— 3. La guerra de It»- 
ita»— 4. Armisticio do Villafranca y paz de Znricli: sus cooseeDcn- 
cias.— 5. Movimiento unitario en Italia: el non possinnus. — 6. Convenio 
de Ginebra do t86i. 



1. Al examinar las consecuencias del Congreso de 
París de 1856 se ha dicho que, merced á la verdadera 
monomanía (que así la califica un competente escritor > 
de Napoleón III por la idea de las nacionalidades, y 
merced también á la habilidad de Cavour, el problema 
italiano quedó planteado ante Europa. 

Napoleón sentía por Italia una irresistible prediler- 
ción: en Italia había pasado su juventud y conspirado 
por la libertad, guardando aún en el fondo de su cora- 
zón los sentimientos de los antiguos carbonarios; ita- 
lianos eran casi todos sus parientes, y por Italia abo- 
gaba, ejerciendo gran influencia sobre el Emperador, 
su primo hermano el príncipe Napoleón, hijo del exrrey 
Jerónimo. Y aunque la Emperatriz creía un deber df^ 
conciencia contrarrestar los planes de los patriotas ita- 
lianos, viendo en la revolución una amenaza contra 1h 
Santa Sede, y aunque el Ministro de Negocios Ex- 
tranjeros, conde de AValewski, así como buena parte á*" 



i22 HlSTOttí A POLÍTICA Y niPlX)MÁTlCA 

ilía de \9f corriente doúiinante. én Italia, y como Tosca- 
ua^ Módena y P afana, apoyaban la política austríaca en 
la península italiana. 

Cárdena, que había emprendido el camino opuesto 
al estallar la revolución de 1848, perseveraba en él con 
^an constancia, y habiendo adoptado en 1850 las leyes 
Siccardi que abolían la jurisdicción eclesiástica, coloca- 
jjan á los subditos no católicos bajo la proteción de las 
leyes del Estado, y disminuían las rentas del clero; asi 
como también había reducido el número de los conven- 
tos, introducido reformas en el sistema délos impuestos, 
construido ferrocarriles, otorgado libertad ala prensa^ 
abolido los diezmos, concertada tratados de. comercio, 
y fomentado por todos medios los intereses morales y 
materiales del país, no sólo gozaba de una situación 
próspera, sino que era el asilo de los liberales y la es- 
peranza de los patriotas italianos. El Rey Víctor Ma- 
nuel tenía además la ventaja de que su casa, la de Sa- 
boya, era la única indígena en la Península, porque 
todos los demás soberanos de Italia descendían de los 
Borbones ó de los Hapsburgos. 

Italia esperaba de Turín la señal del levantamiento, 
así es que cuando Cavour, de regreso de París, dio á 
entender en pleno Parlamento < Mayo 1856) que el día 
de la guerra santa no tardaría en llegar, la Corte de 
Viena, alarmada, se apresuró á protestar. A fines del 
mismo año y con motivo de un viaje á Italia del Em- 
perador Francisco José, las discusiones mantenidas en- 
tre éste y Cavour dieron lugar á una ruptura diplomá- 
tica (Febrero-Marzo 1857). La guerra parecía inminen- 
te; pero el Píamente no podía decidirse «sin contar con 
el resuelto apoyo de Francia, y Napoleón, después de 



424 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



lín no se uniría á la de Víena. Como aquélla no se ae- 
paraba déla de San Petersburgo, la inteligencia firanco- 
rusa, de que ya se ha hablado en el capitulo anterior^ 
y que se estableció pocos meses después (Julio 1857)^ 
íiió á Francia las seguridades que necesitaba. 

2. No obstante esto, el Emperador no [.arecia deci- 
dido á emprender una nueva campaña, cuando el aten- 
tado cometido por Orsini contra la persona de aquél 
Cl4 Enero 1868) hubo de decidirle. Orsini declaró an- 
tes de ser ejecutado, que Napoleón, en vez de ser ins- 
trumento de la libertad de Italia, se iba convirtiendo 
en un obstáculo para el fin que perseguían los patrio- 
tas; y el Emperador, al propio tiempo que restringíala 
libertad en Francia, preparóse á cumplir el testamento 
de Orsini, consignado en dos cartas, verdaderas ó apó- 
crifas, pero que vieron la luz, y en la,s cuales se encar- 
gaba á Napoleón realizase las esperanzas de los italia- 
nos. Pero antes era preciso restablecer las buenas rela- 
cione» con la Gran Bretaña. 

Entre Francia é Inglaterra existían hondos resen- 
timientos. La segunda culpaba á Francia de haber con- 
tribuido á que Kusia pactase en ventajosas condiciones 
la paz que puso fin á la guerra de Crimea; y en Fran- 
cia existia gran irritación contra Inglaterra por ser és- 
ta el asilo de todos los emigrados enemigos del Empe- 
rador. Sin embargo, después de la entrevista de Napo- 
león y la Reina Victoria en Cherburgo (6 Agosto 1858), 
y gracias á los esfuerzos de Palmerston, que secunda- 
ba los de aquél, quedaron restablecidas las buenas re- 
laciones entre ambos países. 

Si Napoleón había adquirido la seguridad de que 
Inglaterra permanecería neutral y no se opondría á la 



UiSTOlMA Pt)LÍTlCA Y DIFI.OMaTICA 427 

Emperfbclor &e empeñó en combatir contra fuerzas ^em 
veces ma>yores, pudo ser funesta á los franceses, sin la 
oportuní^ llegada de Mac-Mahon, el cual decidió la vic- 
toria, siendo la consecuencia de ésta que los austriacoA 
evacuasen 4 Milán ^ en cuya capital entrai'on el dia-^* 
Napoleón y Víctor Manuel. Los austríacos se retiraron 
hasta el Mincio, en dónde' se hallaban protegidos por el 
cuadrilátero que formaban las fortalezas de Peschiara, 
Mantua, Varona y Legnago: entonces se puso al frente 
de su ejército el Emperador Francisco José, no 3ÓI0 
por hallarse convencido de la incapacidad militar del 
General Gyulay, sino por no haber obteni4o el resul- 
tado que deseaba en sus gestiones para que la Confe- 
deración alemana hiciese causa comiín con Austria; 
porque si bien la opinión pública alemana, sobre todo 
en Baviera y en la Alemania del Sur, se pronunciaba 
en favor de la Corte de Viena, y si bien Prusia hizo 
grandes preparativos, la actitud de Inglaterra y de Ru- 
sia contrariaron la política austríaca. El Gabinete de 
Londres, después de haber calificado de «acto criminal» 
la entrada 4e Austria en el territorio sardo, declar<) 
que, si la Confederación, antes de ser atacada por Fran- 
cia, suministrf^ba recursos á los austríacos, no protege- 
ría los buques mercantes de Alemania contra la mari- 
na francesa y los corsarios; y el Ministro ruso, Gorts- 
chakoff, defendió en la Dieta de Francfort que la Con- 
federación sólo tenía un carácter defensivo, y que, por 
consiguiente, no tenía ningún derecho á tomar la ofen- 
siva en una guerra extranjera. Además Prusia, aunque 
tuvo algún momento de vacilación, recordando con odio 
las jomadas de Olmütz y Broncell, se armó exclusiva- 
mente para defender su territorio y no pensó nunca en 



-r*w V 



42^ HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOkTÁTlCA 

prestarse á ayudar al Austria para sostener su prepon- 
derancia en Alemania. 

Así las cosas, el Emperador Francisco José juzgó 
necesario probar una vez más la suerte de las armas, y 
tomó de nuevo la ofensiva abandonando la fuerte posi- 
ción del cuadrilátero; pero la fortuna le fué adversa en 
las jornadas de Solferino y de Cabriano (14 y 24 de Ju- 
nio), sufriendo en ambas grandes pérdidas el ejército 
aüstriaco. 

4. La victoria de Solferino contribuyó grandemente 
á consolidar el imperio, aumentando la popularidad de 
Napoleón; pero éste, no dejándose deslumbrar por el 
esplendor del triunfo y demostrando mucha sangre fría 
y un gran golpe de vista, supo dominarse y reconoció 
las dificultades de su situación, y en vez de proseguir la 
campaña, temiendo que al fínPrusia, que comenzaba á 
considerar amenazado el equilibrio europeo, se decidie- 
ra á colocarse al lado de Austria, propuso al Empera- 
dor Francisco José un armisticio. El 11 de Julio cele- 
braron ambos soberanos una entrevista en Villafranca, 
y Napoleón, exponiendo el estado de Italia, en la cual 
las ideas revolucionarias ganaban cada día más terre- 
no, pues como consecuencia de la batalla de Magenta 
el gran Duque de Toscana, la Duquesa de Parma y el 
Duque de Módena habían tenido que abandonar sus 
Estados; haciendo notar que Prusia sólo atendía á ro- 
bustecer y agrandar su influencia en Alemania; de- 
mostrando. que Inglaterra y Busia eran favorables á 
la reunión de los Estados italianos, y en fin, alegando 
que en un Congreso de las grandes potencias la solu- 
ción sería más desfavorable para el Austria, Napoleón, 
repetimos, decidió al Emperador austríaco á ajustar la 



l^^^^'m'mf^mm^^^mmmmmmm^^mmmmKa^mmmmtmrmi^mmmHmKmBSSSSSiÉSiiiííi'^ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 420 

paz directamente. El 11 de Julio se ñrmó el trabado de 
Villafranca, por el cual se convino en que Austria ce- 
dería á Francia la Lombardía, á excepción de Pescliiar& 
y de Mantua; que los Estados italianos formarían una 
confederación bajo la presidencia honoraria del Papa, á 
quien se invitaría á introducir muchas reformas; que no 
se opondría obstáculo a la reinstalación de los príncipes 
de Toscana y de Módena, exigida por Austria, si su» 
subditos los llamaban y no se verificaba una inter- 
vención extranjera; y que para la detallada discusión 
y el definitivo arreglo de estos puntos, deberían reunir- 
se en Zurich los plenipotenciarios de ambos impe- 
rios. 

Para notificar á sus pueblos el resultado de estas 
negociaciones, publicó el Emperador Francisco José 
un manifiesto, en el cual declaraba que, salvado el ho- 
nor de Austria, gracias á los esfuerzos de su valiente 
ejército, se había decidido á hacer un sacrificio por 
el restablecimiento de la paz, convencido de que, por 
una inteligencia directa con el Emperador de los fran- 
ceses, y sin la intervención de un tercero, «podían ob- 
tenerse condiciones menos desfavorables que las que 
debían esperarse de la intervención de las tres grandes 
potencias, que no se habían mezclado en la guerra, y 
que habrían puesto las condiciones concertadas entre 
ellas y apoyadas con el peso moral de su acuerdo.» Si 
Europa recibió con admiración la noticia de la paz de 
Villafranca, el manifiesto del Emperador de Austria, 
no sólo sorprendió, sino que dio lugar á reclamapiones 
por parte de Prusia, que se consideró ofendida por las 
alusiones de que era objeto; pero el cambio de notas 
<j.ue tuvo efecto entre las Cortes de Berlín y de Viena, 



¡tíajaBmmmmBtMmmmammmtmmsfaKmmma^mK mnmnKmwnfíi t 



430 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

no produjo otro resultado que el de agriar más y más 
las relaciones entre ambas. 

' Reunidos en Zurich los plenipotenciario9i.de Aus- 
tria, Francia y el Piamonte, el 10 de Noviembl^ de 
1859 se ajustó definitivamente la paz sobre las mismas 
bases, acordándose que un Congreso internacional 
arreglase las cuestiones pendientes; pero ni este pro- 
yecto se llevó á cabo, ni tuvo resultado alguno lá idea 
de una confederación italiana. Napoleón se equivocó al 
creer posible encerrar dentro de esos límites el ilaovi- 
miento unitario de Italia, y lo único que consiguió fué 
aniquilar la influencia de Austna en la península. 

La Lombardía, que por los tratados de Yillafranca. 
y de Zurich, cedió Austria á Francia, fué á su véí ce- 
dida por ésta á Cerdefta, recibiendo en compensación 
poco después la Saboya y la ciudad y territorio de 
Niza. 

5. El triunfo obtenido por el Piamonte con el con- 
curso de Francia, excitó en los italianos el sentimiento 
de la unidad que, penetrando hasta en las altas clftses. 
se rebeló poderoso apenas concertada la paz. 

En una de las cláusulas de los tratados de Villa- 
franca y de Zurich, habíase establecido que no de pon- 
drían obstáculos á la reinstalación de los Príncl|>es de 
Toscana y de Módena si sus subditos los llamaban; 
pero de un lado los agentes de Cerdefta, qoa procura- 
ban agitar la opinión en sentido contrario, de otro lado 
Inglaterra, que alentaba á aquellos Estados á echarse 
en brazos de Víctor Manuel, y en fin, el mismo Napo- 
león que no parecía insistir en su primitiva idea y que 
tal vez no había olvidado que el Pontífice no qui^o 
<5onsagrar y ungir al nuevo Emperador, todo contribu- 



i3¡¿ HISTOBlA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 

El nuevo reino de Italia fué reconocido por Ingla- 
terra el 30 de Hayo de 1861, esto es, antes de que h 
verificasen las demás potencias. Francia lo efectuó el 
26 de Junio. 

Cavour no logró ver completamente realisada su 
obra, pues bajó al sepulcro repentinamente el día 6 de 
Junio de dicho afio, sustituyéndole el barón de Bica- 
soli, el cual sometió en el mes de Septiembre á la Cort*^ < 
de las TuUerías. con objeto de que ésta lo comunicase 
al Papa, un proyecto de garantías en favor de la Sau- 
ta Sede, por cuyo medio, y previa la renuncia del p<- 
der temporal, obtendría aquélla una dotación conside- 
rable y conservaría una libertad sin reservas para el 
gobierno de la Iglesia. Pero Napoleón nada hizo por 
entonces en este sentido, y cuando en Enero de IWi 
encargó á su Embajador en Boma, el Marqués de La 
Valette, explorase el ánimo del Papa para ver si consi- 
deraba posible, sin renunciar formalmente á sus dere- 
chos, «consentir en transacciones de hecho que devol- 
vieran la tranquilidad á la Iglesia católica y asociaran 
el Pontificado al triunfo del patriotismo italiano, 
todos los esfuerzos del Embajador francés se estrella- 
ron ante la negativa de Pío IX y de su Secretwio dt* 
Est^tdo, Antonelli; el cual declaró «que toda transac- 
ción era completamente imposible.» 

Este nonpossumus provocó, naturalm^ite, en Italia, 
una viva agitación; pero la sustitución de Sicasoli p i^ 
el Comendador Rattazzi, fué una pequefta garantía <i'' 
que el Gobierno sardo no provocaría una nueva crisi'^' 
revolucionaria. 

6. La guerra de Iti^lia .prpdujo consecuencias bec*^ 
ficiosas en la esfera del derecho internacional, porqu*" 



'." .»." :'v-^'v--.Tü»-í^^_»w«'>;»^»^r;_»- 



434 HISTORU. POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

los ferrocarriles permiten concentrar sobre cualquier 
punto del teatro de la guerra. 

»Se reconoció también que la extensión del mal era 
tan grande, que no bastaban paliativos para remediar- 
la, y que se hacia preciso buscar la resolución del pro- 
blema fuera del recinto administrativo y financiero; el 
entusiasmo público se había ya revelado en esa senda 
en todas las naciones; la caridad cristiana no conoce 
imposibles; á ésta, pues, apeló la Conferencia; pidiendo 
sólo que se le allanaran los caminos y que se le remo- 
vieran los obstáculos. Y así se dirigió por nna parte á 
los pueblos y por otra á los Gobiernos: a aquéllos dán- 
' deles las bases de una organización permanent-e, pero 
libre, de hospitalarios voluntarios, que en caso de gue- 
rra obrarían de acuerdo con el Ministerio de la Gue- 
rra; á éstos pidiéndoles que favorecieran la constitu- 
ción de esas sociedades, y que reconocieran ya que los 
hospitales, los heridos y los que socorren, son neutra- 
les, sagrados é inviolables.» 

Los Grobiernps secundaron resueltamente el pensa- 
miento, y el 12 de Agosto de 1864 los plenipotenciarios 
de España, Bélgica, Dinamarca, Prancia, Italia,^ Paí- 
ses Bajos, Portugal, Prusia, Suiza, Wurtemberg, Ba- 
dén y Hesse, firmaron en Ginebra un Convenio consig- 
nando: que las ambulancias y los hospitales militares, 
«erían reconocidos neutrales, y como tales, protegidos 
y respetados por los beligerantes, mientras hubiese en 
•ellos enfermos ó heridos y no estuviesen guardados por 
una fuerza militar (art. 1.**); que al personal de los 
hospitales y ambulancias, incluso la Intendencia, los 
servicios de Sanidad, de Administración, de transporte 
de herilps, así como los capellanes, . participarían de 



436 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPL0MÍT1CA 



acuerdos para ensanchar su esfera de acción y hacer 
más prácticos sus esfuerzos y sus trabajos, encamina- 
dos todos á humanizar la guerra, pudiendo decirse con 
Passy «que el tratado internacional de 1864 (origen 
de este gran movimiento) ocupará un lugar más sa- 
liente en la historia, que los de Utrecht, Wesphalia ó 
de Ryswich». 



438 HISTOIUA PÜLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

pedía al Gobierno que apartase de la Beina la especie 
de maldición que pesaba sobre su raza. Todo esto, 
contrariando vivamente á Narváez, por surgir la opo- 
sición de su propio partido, le decidió á dimitir, susti- 
tuyéndole Bravo Murillo, el cual presentó á las Cortes 
multitud de proyectos, entre otros el relativo al arre- 
glo de la Deuda, que dio lugar á que el Ministro de 
Fomento, Fernández Negrete, hombre probo y recto ^ 
asustado ante los escándalos denunciados durante la 
discusión, pronunciase su famoso no, es decir, votase 
en contra del proyecto, dimitiendo en el acto. 

El Ministerio, aunque permitió reuniones cual la ce- 
lebrada en el teatro de Variedades, en la que hizo su 
aparición como partido la democracia, siguió una poli- 
tica ultra-moderada, acentuándola más y más después 
del atentado del cura Merino contra la Reina; y ha- 
biendo sido derrotado al elegirse el Presidente del 
Congreso, disolvió las Cortes, publicando en la Gaceta 
los proyectos que se proponía presentar, y que eran: 
1.** De Constitución, reformándola en el sentido de 
<]isminuir las facultades de las Cortes; autorizando al 
Rey para legislar no estando éstas reunidas y para fi- 
jar el contingente del ejército; reduciendo el número 
de Diputados y dando carácter permanente al presu- 
puesto; 2.*^ De organización del Senado en sentido más 
aristocrático; 3.*^ De elecciones de Diputados; 4.^ De 
régimen de las Cámaras; 6.*^ De relaciones entre los 
Cuerpos Colegisladores; 6.® De seguridad de las per- 
sonas; 7.^ De seguridad de la propiedad; 8.® De orden 
público, y 9.® De grandezas y títulos del Reino, resta- 
bleciendo los mayorazgos. 

Por fortuna, estos proyectos que entrañaban un 



4V) HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

imión de España y Portugal, bien bajo el cetro de don 
Pedro V ó bien bajo la forma de República federativa, 
que se hiciera una campaña antidinástica, y sobretodo, 
í[ue se conspirara con gran actividad. 

Era entonces Director general de caballería don 
Domingo Dulce, el cual, de acuerdo con O'Donnell, 
Messina y Ros de Olano, secundados todos por el ele- 
mento civil, en el que figuraban Fernández de los Ríos 
y el Marqués de la Vega de Armijo, preparó el movi- 
miento que estalló al fin el 28 de Junio de 1864, en 
cuyo día la caballería y el regimiento del Príncipe sa- 
lieron de Madrid camino de Alcalá, haciendo alto en 
Canillejas, donde arengó á la tropa 0*Donnell, y conti- 
nuando después hasta Vicálvaro, esperaron los suble- 
vados la llegada de la columna que había salido en su 
persecución á las órdenes del mismo Ministro de la 
Cruerra. Dióse la batalla, siendo dudoso el éxito, toda 
vez que las fuerzas del Gobierno regresaron á Madrid 
precipitadamente y las de O^Donnell se dirigieron al si- 
guiente día á Aranjuez. 

A punto estuvo de fracasar el movimiento, pues 
aunque excitado, el pueblo de Madrid permaneció in- 
deciso hasta que, habiendo ido á Manzanares á confe- 
renciar con O^Donnell el señor Cánovas del Castillo, 
redactó éste una alocución, conocida después con el 
nombre de «programa de Manzanares». 

Levantáronse algunas partidas en Valencia y Ali- 
cante, apoderándose de Cuenca, Buceta y Abascal. 
Comprendió el Gobierno que en Barcelona y Valladolid 
estaba á punto de estallar el movimiento, y entonces, 
el 17 de Julio, resignó el poder, dando encargo la Rei- 
na al General Córdoba de formar un Ministerio de 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 44 1 

Conciliación; pero mostrando los progresistas cierta re- 
pugnancia, se encargó de la presidencia el Duque de 
Kivas, quedando Córdoba en Guerra. Este Gobierno 
recibió el nombre de «Ministerio-Metralla». 

Era lunes el día en que se constituyó el nuevo Ga- 
binete (17 de Julio), y al salir de los toros, el pueblo, 
excitado por las noticias exageradas que circulaban, 
se extendió por la capital dando gritos, apoderóse de 
cuantas armas encontró, y comenzó la lucha, que con- 
tinuó muy encarnizada en los dos siguientes días. For- 
máronse Juntas de salvación, y la Keina, cada vez más 
apurada, decidió llamar al General Espartero, cuya 
noticia hizo que cesara el fuego, continuando el pueblo 
armado en las barricadas. 

Constituyóse el nuevo Ministerio, presidido por el 
Oeneral Espartero, entrando en Guerra el General 
O'Donnell; y uno de sus primeros actos, después de 
conceder ascensos y recompensas al Ejército, fué con- 
vocar Cortes Constituyentes para el 8 de Noviembre y 
hacer salir de Madrid furtivamente á doña María Cris- 
tina, lo cual provocó un motín, en el que se gritó «aba- 
jo el Ministerio» por los que querían que se juzgase y 
condenase á la Reina madre. 

3. Las Cortes, aunque turbulentas á veces y no 
siempre muy disciplinadas, no dejaron de mostrarse 
laboriosas, votando multitud de leyes, entre otras, la 
q\ie resolvía la cuestión de los ferrocarriles y la de des- 
amortización. Esta última estuvo á punto de ocasio- 
nar la caída del Gobierno y acaso la del Trono, porque 
la Beina, instigada por Monseñor Franchi, encargado 
de Negocios de la Santa Sede, se negó á sancionarla. 
Conocido esto en Madrid (pues la Corte estaba en 



412 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



Aranjuez) se reunieron los Diputados de la izquierda 
y propusieron declarar vacante el Trono y las Cortes 
en Convención. Gracias á que la Reina cedió ante el 
peligro y sancionó la ley. Entonces el Gobierno hizo 
salir de Palacio á algunos de los servidores de la Eeal 
Casa y desterró á la famosa monja Sor Patrocinio, 

El Gabinete sufiió distintas modificaciones, pero 
no por esto consiguió vida más fácil y desahogada: 
pues bien puede decirse que desde el primer momento 
se inició dentro y fuera de las Cortes la división de 
los dos distintos elementos que habían concurrido á la 
revolución de Julio. Además los desórdenes eran casi 
diarios, siendo la mayor parte de las veces causa d*' 
los conflictos la milicia nacional, por lo que el Mi- 
nisterio pensó en reorganizarla, á fin de que, como 
Cuerpo armado, no ejerciera una presión constante so- 
bre todos los organismos del Estado; y en efecto, ob- 
tuvo de las Cortes una ley que era la anulación de 
aquélla; pero como ante la actitud en que se colocó 
dicha fuerza, vacilaran en su aplicación algunos Mi- 
nistros, surgió la crisis, modificóse el Gobierno, y el 
nuevo fué tan mal recibido por las Cortes, que en 
cuanto éstas votaron la última base de la Constitución^ 
se suspendieron las sesiones. 

El dictamen acerca de las bases constitucionales, 
constaba de 27 artículos, y su discusión duró desde el 
23 de Enero de 1856 hasta el 3 de Julio. El 9 presentó 
la Comisión el proyecto de Constitución, que no llegó i 
discutirse, y el cual, en medio de las desconfianzas, más 
ó menos justificadas, que revelaba hacia el poder real, 
era esencialmente monárquico, y no obstante ciertos 
radicalismos, el conjunto de sus disposiciones hacia 



posible gobernase con él cualquier partido que profe~ 
sase ideas liberales. 

4. Durante el interregno tuvo el Gobierno que re- 
primir no pocas algaradas, y cuando las Cortes reanu- 
daron sus sesiones intentóse ejecutar el plan que se 
había tramado para matar á los Ministros y proclamar 
la República; pero todo quedó reducido á un motín ini- 
ciado en el mismo Congreso (7 Enero 1866). Sin em- 
bargo, el Ministerio ae modiñcó en sentido progresista; 
pero no por esto cesaron los motines, y los tristes suce- 
sos de Valladolid, que habían revestido im carácter so- 
cialista, dieron lugar á que surgiese clara la disidencia. 
Espartero hizo causa común con los más avanzados, al 
ver que la Beina se inclinaba al criterio de O'Donnell, 
y quedó rota toda inteligencia, separándose los que 
durante dos aüos no habían podido lograr fundirse en 
una sola agrupación. 

Encargado O'Donnell de la presidencia del Consejo, 
las Cortes declararon que el nuevo Ministerio no me- 
recía su confianza; la milicia tomó posiciones, y du- 
rante los días 14 y 15 de Julio de 1866 riñóse san- 
grienta batalla en las calles dé Madrid, triunfando al 
fin el Gobierno y quedando así de hecho disueltas las 
Constituyentes, que lo fueron legalmente pocos días 
después, cuando reprimidos los motines y pronuncia- 
mientos que estallaron en Valencia, Málaga, Zaragoza 
y otras capitales, el Gobierno restableció la Constitu- 
ción de 1846, pero modificándola en sentido liberal por 
el Acta adicional de 15 de Septiembre de 1856. 

Por virtud de dicha Acta se entregaba al Jurado la 
calificación de los delitos de imprenta; se ordenaba que 
en caso de suspensión de las garantías constitucionales, 



444 HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 

regiría la ley de orden público promulgada de ante ma- 
no, pero sin que se pudiese autorizar al Q-obiernopara 
extrañar del Reino á los españoles, ni para deportarlos 
ni desterrarlos fuera de la Península; como el número 
de senadores era ilimitado y su nombramiento corres- 
pondía al Rey, restringía esta facultad, prescribiendo 
que la primera creación de Senadores no podía exceder 
de 140, y que hecha ésta, sólo podría el Rey nombrar 
8enadores, estando abiertas las Cortes; que la ley elec- 
toral de Diputados determinaría si éstos habían de acre- 
ditar ó no el pago de contribución ó la posesión de ren- 
ta; que durante cada año estarían reunidas las Cortes 
alo menos cuatro meses, contados desde la constitución 
definitiva del Congreso: que el Rey necesitaba estar au- 
torizado por una ley especial para contraer matrimoEio: 
que sólo se podrían nombrar gubernativamente alcaldes 
en los pueblos de más de 40.000 aJmas, etc. La modifi- 
cación era bastante profunda y de un sentido muy 
amplio. 

No se habían cumplido tres meses de las sangrien- 
tas jornadas de Julio, cuando divergencias sobre la 
práctica de la ley de desamortización eclesiástica, oca- 
sionaron la caída de O'Donnell, á los pocos días de ha- 
ber obtenido éste de la Reina protestas y juramento? 
de confianza. Narvaez formó ministerio el 12 de Octu- 
bre, iniciando una completa y violentísima reacción, 
que volvió las cosas al ser y estado que tenían antes 
del pronunciamiento de Vicálvaro. Claro es, por tanto, 
que se derogó el Acta adicio9ial^ se suspendió la eje- 
cución de las leyes desamortizadoras y se restableció, 
en cambio, toda la legislación de 1846. Pero hay que 
hacer á aquel Gabinete la justicia de reconocer que se 



-* ' ■ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 445 

consagró con gran celo á las tareas administrativas. 

Semejante reacción no debió parecer suficiente á los 
directores de la política, pues verificadas las elecciones, 
en las que logró el Gobierno tal victoria que la mino- 
ría progresista quedó reducida á seis diputados, se 
abrieron las Cortes el 1.*^ de Mayo de 1867 y tres días 
más tarde se presentó el proyecto de ley de reforma de 
la Constitución en lo referente al Senado, y algunos 
después el de ley de imprenta, proyecto del que dijo en 
el Congreso el señor Campoamor que si literariamente 
era una extravagancia, políticamente era una abomi- 
nación. 

En el preámbulo del proyecto de reforma de los ar- 
tículos constitucionales referentes al Senado, se decía 
<jue su objeto era realzar la autoridad moral de la Al- 
ta Cámara y poner ésta en consonancia más completa 
con las condiciones propias de la Monarquía heredita- 
ria. El proyecto se convirtió en la ley de 17 de Julio, 
por virtud de la cual se exigían más condiciones que 
hasta entonces á las personas que habían de desempe- 
ñar el cargo de Senador; se unía esta dignidad á los 
primeros y más elevados puestos de la Iglesia y del Es- 
tado, y se hacia entrar el elemento hereditario de un 
modo más directo y completo que hasta allí en la or- 
ganización del Senado. 

Fué esto una concesión más hecha al espíritu reac- 
cionario por el Gabinete Narvaez-Nocedal, y continuó 
la inmensa serie de desaciertos que había de llevar el 
Trono á la definitiva catástrofe de Alcolea. Pudo ser 
exagerado en su desarrollo el movimiento de Julio de 
1854, y de que lo fué es buena prueba la actitud cons- 
tante de uno de sus factores más esenciales, el ilustre 



440 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

general O'Donnell; pero al fin aquella exageración te- 
nía su disculpa. Lo que no pudo tenerla es la conducta 
del Gabinete que sin necesidad, sin razón, sin motivo 
alguno, puso de nuevo sobre el tapete la cuestión cons- 
titucional. 

5. No obstante haber reprimido con gran rigor el 
movimiento socialista que estalló en Andalucía, el Ga- 
binete Narváez cayó como había subido, por una intriga 
palaciega, y los que sucesivamente presidieron los Ge- 
nerales Armero ó Istúriz, vivieron pocos meses, siendo 
nuevamente encargado del Gobierno el General O'Don- 
nell (30 de Junio de 1868), cuyo Ministerio, con diver- 
sas modificaciones parciales, duró hasta el 2 de Marzo 
de 1863, esto es, cuatro años y ocho meses, durante cu- 
yo tiempo, y aparte del levantamiento carlista de San 
Carlos de la Rápita, realizado precisamente en los mo- 
mentos en que el ejército español peleaba en Marruecos 
(1), y de la sublevación democrático-socialista de Loja, 
ocurrieron sucesos tan importantes en la política exte- 
rior como la expedición á Cochinchina, la guerra con 
Marruecos, la expedición á Méjico, y la anexión y lue- 
^0 el abandono de Santo Domingo. 

Fuerte el Gobierno para no temer movimientos re- 
volucionarios, temerosos los progresistas de provocar 
la vuelta del partido moderado y herido éste por el fra- 
caso de los Gabinetes Armero-Mon ó Istúriz, pudo aquél 
obtener sin gran esfuerzo, en las elecciones de 1859, una 



(1) Este lamentable suceso costó la viila al Capitán Geneml 
-de Baleares, General Ortega, que fué fusilado; no corriendo h 
tnisma suerte el Pretendiente y su hermano que, como aquél. 
HiRveron prisioneros, por altaf* razone^; de Estado. 



HtSTURtA POLÍTICA Y tllPLOUÁTlCA 147 

mayoría qxie fué creciendo dentro y fuera del Parla- 
mento, merced al entusiasmo provocado por nuestras 
victorias en Marruecos, al éxito do la gestión finan- 
ciera de aquella situación y al desarrollo que alcanza- 
ron los intereses materiales del país. Sin embargo, fuc- 
^e porque, como han creído algunos, la Reina no per- 
Houaba á O'Donnell su intervención en los sucesos de 
1854, fuese por haberse dividido la Unión liberal y 
aprovecharse Isabel II de esto para satisfacer resenti- 
mientos de Napoleón por el asunto de Méjico, ello es 
<iue e! Gobierno fué reemplazado por otro que presidió 
fl General Narváez y que duró poco más de dos años, 
durante ios cuales las guerras con Santo Domingo, Pe- 
rú y Chile, crearon graves dificultades económicas, y 
la exagerada represión, produciendo sucesos tan lamen- 
tables como los de la noche de San Daniel (10 Abril 
1805), determinaron un estado de cosas insostenible. 

Vuelta al poder la unión liberal {Junio de 186fV, el 
Ministerio O'Donnell-Serrano procuró atraerse á loa 
jirogresistas, modificando en sentido liberal las leyes 
(le imprenta y electoral, reconociendo el reino de Ita- 
lia, alejando de la corte al Padre Claret y á la monja 
"or Patrocinio, alma de las camarillas palaciegas, y es- 
trechando las relaciones con Napoleón, al que visi- 
tó O'Donnell en el campamento de Chalons í.4.gosto 
<le 1865), así como un mes después se visitaron recípro- 
tament* las familias soberanas de España y de Frau- 
da en Biarritz y en San Sebastián. No obstante esto, 
jffogresistas y demócratas provocaron las sublevaciones 
í\g 3 de Enero y 22 de Junio de 1866, y aunque ambas 
fueron reprimidas inmediata y enérgicamente, el gene- 
ral O'Donnell se vio obligado á abandonar el poder, 



fMmt^mmmmm/Hmmm^^m^^^H^^ u' n ■ ■ •"•• ■> p«1'. 



448 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



siendo sustituido por Narváez, el cual encargó la car- 
tera de Gobernación al que había de ser su sucesor, el 
antiguo redactor del Garibay, Sr. González Bravo. 

6. Fecundo y accidentado todo este período por lo 
que se refiere á la política interior, no lo fué menos por 
lo que toca á las relaciones exteriores, especialmente 
durante el Gobierno de la Unión liberal, que supo ele- 
var de un modo considerable el nombre y prestigio de 
España en el extranjero. 

■ 

Los incidentes surgidos con la Santa Sede, la par- 
ticipación que quisimos tomar en la campaña de Cri- 
mea, la que tuvimos en la anglo-francesa en China, la 
guerra con el Imperio de Marruecos, -la expedición á 
Méjico, la anexión y pérdida de Santo Domingo y la 
guerra con el Perú y Chile, son los hechos capitales de 
este período por lo que á la política exterior se refiere: 
hechos gloriosos unos, hábiles en su desarrollo otros, 
desgraciado alguno, pero que en conjunto, denotan 
una acción enérgica, propia de nuestras tradiciones y 
no del todo reñida con nuestros intereses. 

Consignado ya en lugar oportuno el fracaso del 
proyecto de concordato pactado en 1845 por nuestra 
representante en Roma, señor Castillo y Ayensa, im- 
porta añadir que mientras vivió Gregorio XVI no se 
logró normalizar oficialmente las relaciones con la San- 
ta Sede. Pero muerto aquél y elevado al solio pontifi- 
cio Pío IX, envió éste á Madrid (1847) como delegado 
apostólico á monseñor Brurietti, volvió á funcionar el 
Tribunal de la Bota, otorgó el Gobierno español im- 
portantes concesiones al episcopado, y, tras la expedi- 
ción á Italia para cooperar á restablecer en su trono 
al Pontífice, se ultimó el concordato (17 de Octubre 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 449 

de 1851) en el cual, á cambio del reconocimiento im- 
plícito de la venta de los bienes del clero, se consigna- 
ron medidas quB los elementos liberales hubieron de 
tachar de contrarias á la libertad y á los derechos del 
hombre. 

Así y todo, como Pío IX, aconsejado por Antone- 
lli, emprendió bien pronto una política reaccionaria, no- 
tardaron en surgir nuevas dificultades, á las que dio ori- 
gen la ley de desamortización eclesiástica de 1865, que- 
alterando lo pactado con Roma, produjo protestas y re- 
clamacione^de la Santa Sede, la cual anunció al Go- 
bierno que ordenaría á los fieles se abstuviesen de com- 
prar los bienes de la Iglesia, y que no tendría lugar la 
indulgencia pactada en el concordato de 1851, á los que ^ 
antes de celebrarse éste, hubiesen adquirido bienes de 
dicha procedencia. Como no se atendieron esas quejas, 
y como á las exposiciones que en el mismo sentido di- 
rigieron los prelados se contestó desterrando á algunos 
de éstos, Su Santidad ordenó regresase á Boma sii en- 
cargado de Negocios y pronunció la alocución de 26 de 
Julio de 1855, reclamando contra lo que se había eje- 
cutado por la potestad seglar y se ejecutaba contra la 
Iglesia, contra su libertad y sus derechos y la autori- 
ridad de la Sede apostólica, lamentando se hubiese 
violado el concordato, embarazado la autoridad de los 
Obispos y ejercido violencia contra ellos, y anulando 
la.s leyes y decretos aludidos. 

A esta alocución contestó el Gobierne con el Real 
decreto de 18 de Agosto, mandando publicar en la Ga- 
ceta todos los documentos relativos á las negociaciones 
seguidas con la Santa Sede desde 1.** de Diciembre an- 
terior^ aun los de carácter reservado; y entre esos do- 

29 



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452 HISTORIA POLÍIICA. Y DIPLOMÁTICA. 

Marquéa de Molins, publicó un real decreto, en el cual^ 
haciendo constar que Francia é Inglaterra habían re- 
nunciado por entonces a dar patentes de corso y hecho 
de común acuerdo otras declaraciones sumamente fa- 
vorables á las potencias neutrales, se prohibía equipar,, 
abastecer y admitir corsario alguno con pabellón raso, 
y aceptar patentes de corso de potencia alguna; decla- 
ración esta de neutralidad, que señalaba marcada pre- 
disposición hacia las naciones aliadas contra Susia. 
Pero acaso el ejemplo de Cerdeña, ó tal vez el deseo de^ 
conquistarse la amistad de Francia ó Inglaterra, deci- 
dieron al Gobierno á tomar parte en la guerra de 
Oriente, enviando á Crimea un ejército de 20.000 hom- 
bres á las órdenes del General Zavala. 

Antes de poner por obra este acuerdo se encargó al 
Ministro de Estado, que lo era el General Zavala, 
conferenciase con Napoleón , que se encontraba en 
Biarritz; pero cuando llegó aquél, el Emperador había 
tenido que salir para Burdeos y París; y aunque invi- 
tó á Zavala á ir á verle y dispuso para otorgarle el 
gran cordón de la Legión de Honor que él usaba, nues- 
tro Ministro no estimó decoroso ir detrás de Napoleón 
y regresó á Madrid, haciendo después los triunfos de 
los aliados inútil la intervención española. 

8. Las persecuciones de que eran objeto los cristia- 
nos y especialmente el martirio de los Obispos Sampe- 
dro y Díaz, dieron origen á la expedición franco-espa- 
ñola á Cocliinchina, que España realizó con el exclu- 
sivo objeto de asegurar la libertad religiosa, pero que 
Francia llevó á cabo con ambiciosas miras. 

El Gobierno español tuvo la debilidad de abando- 
nar la dirección de las operaciones al General francésr 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 453 

y así, aunque los españoles llevaron la mejor parte en 
los combates , reconociéndolo sus propios aliados, 
Francia fué la que se apropió todas las ventajas de la 
victoria, declarando «que era necesario que España 
buscase en otro punto del imperio la compensación de 
los sacrificios que había hecho, pues Saigón y lo con- 
quistado pertenecía á Francia.» De aquí que, al ajus- 
tarse la paz, si bien España consiguió ver impuesto el 
principio de la libertad del culto cristiano, hubo de 
resignarse á que las ventajas materiales fuesen casi 
exclusivamente para su aliada. En efecto, en el tratado 
entre España y Francia, de una parte, y el reino de 
Annan, de la otra, firmado en Saigón el 5 de Junio 
<<ie 1862, se estipuló que habría perpetua paz y amistad 
^artículo 1.**); que los subditos de España y Francia 
podrían ejercer el culto cristiano en Annan, y que los 
-annamitas que quisieran abrazar la religión cristiana, 
podrían observarla sin ser molestados por nadie, pero 
que no podría obligarse á hacerse cristiano al que no 
manifestase su decidida voluntad para ello (art. 2*^); 
-que se cedían a Francia las tres provincias de Bien- 
Jíoa, Qiadinh y Dinh-Tuong (Met-hó) y la isla de Pulo- 
-Condor; que los buques franceses, tanto de guerra 
xjomo de comercio, podrían circular libremente y co- 
luerciar en el río grande de Camboja y en todos sus 
brazos (art. 3.°); que los españoles y franceses podrían 
-comerciar con toda libertad en los tres puertos de 7bt¿- 
j'ane^ Balak y Quang-An (art. 5.^); y que el reino anna- 
mita se obligaba á pagar una indemnización de cuatro 
millones de dollars, en diez años, á cuatrocientos mil 
-cada uno (art. 8.^). Como el Gobierno español había 
«cometido la torpeza de no pactar de antemano las con- 



454 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

<liciones de su alianza con Francia, se rió precisada, 
luego, para no dejar á ésta absolutamente todas las. 
ventajas de la campaña, á concertar el convenio de 4 
de Agosto de 1863, por el cual se acordó que la indem- 
nización que debía pagar Annam se repartiera por mi- 
tad entre España y Francia. 



! 



CAPITULO XXV. 



1. Antecedentes de la cuestiód africana: poUlica do España en A Trica 
hasta el adTenimiento de la Gasa de Borbón —2. Cambio d^ política 

■ 

realixado por ésta.— 3. Belaciones diplomáticas enire K^pafia y >la> 
miecos durante la primera mitad de este siglo.— 4. La guerra de 

) África en 1859.— 5. Pactos internacionales á qnc dio lugar.— 6. Inle> 

^. roses españoles en el vecino Continente. 

/ 



1. Las relaciones entre la Península y los pueblos 
africanos son tan antiguas, que ya las colonias fenicias 
y cartaginesas establecidas en España, mantenían fre- 
cuente comercio con aquéllos, especialmente por la 
costa occidental, con las poblaciones situadas al Sur 
del Atlas; pero cuando esas relaciones comenzaron á 
influir de un modo directo en la suerte de España, fué 
en la época de la dominación romana. Extendida ésta 
no sólo á la Península sino á la Mauritania Tingitana, 
ora dependía la primera de las autoridades de la se- 
gunda, ora era la última la que estaba sujeta al Pre- 
fecto de aquélla, comenzando asi, desde tan remota 
edad, á considerarse ambas como partes de un todo. 

En la primera mitad del siglo Y el Rey vándalo 
Genserico, aprovechando las discordias que existían 
-entre el Gobernador de África, Conde Bonifacio, y sus 
lugartenientes, se embarcó en Gibraltar con 80.000 de 
los suyos, incluyendo mujeres y niños, y atravesando 



456 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

el Estrecho arribó á las playas africanas (Mayo del 
año 429. Aquella emigración señalaba el rumbo que 
debían seguir las armas visigodas, y, sin embargo, el 
Imperio malgastó sus fuerzas luchando incesantemente 
en las Galias para conservar unas posesiones separadas 
de la Península por barrera tan natural como los Piri- 
neos, en vez de haberse dirigido al África y extendido 
por la Mauritania, haciendo imposible el retroceso de 
aquella ola de invasión. 

ün siglo después de la emigración de Genserioo^ en 
los días de Teudis, los vándalos solicitaron el auxilio 
del Rey visigodo para, hacer frente á los bizantinos. 
Entretenido en guerrear, como todos sus antecesores, 
con los francos, en defensa de la Galia visigótica, Teu- 
dis negó el auxilio que aquellos le pedían, y sólo cuan- 
do logró derrotar á los francos se decidió á dirigirse al 
otro lado del Estrecho. La ocasión había ya pasado.: el 
famoso General Belisario había destruido á los vánda- 
los, y. Teudis no podía contar allí con la cooperación 
de éstos. Sin embargo, parece indudable que el Mo- 
narca visigodo tuvo algo asi como una adivinación de 
lo que debía constituir el ideal de su Imperio, y que en- 
tró en sus propósitos el someter á su dominio los terri- 
torios de la Mauritania Tingitana, que en los tiempos 
de BrOma habían formado parte de la diócesis española. 
Teudis equipó una armada, y con numeroso ejército 
se trasladó al África el año 533: puso sitio á Ceuta y 1& 
tomó á viva fuerza, pero limitóse á esto: regresó á h 
Península, y aunque dejó allí parte de sus huestes, no 
pudieron éstas impedir qne los bizantinos recobrasen 
la plaza, ni lograron volver á hacerse con ella. 

Los sucesores de Teudis siguieron la política de los 



ducia en aquella época para armar y sostener flotas y 
ejércitos poderosos), y venciendo asi la resistencia del 
Monarca, logró que se mandase una expedición á laa 
órdenes del alcaide de los Donceles, D. Diego Fernán- 
dez de Córdoba, la cual tomó la plaza y fortaleza de Ha- 
zalquivir (13 de Septiembre de 1605). Tres años después, 
partió de Málaga una buena escuadra mandada por el 
Conde Pedro Navarro, que se apoderó del Peñón de 3a 
Oomera; y al siguiente (1509) salió de Cartagena otr& 
flota, bajo la dirección del mismo caudillo y llevando ¿ 
bordo al insigne Cardenal. La expedición conquistó i 
Oran y á Bugia; hizo se declarasen tributarios del Rey 
de Castilla Argel, Túnez y Tremecénj marchó laega 
sobre Trípoli, y habría continuado su victorioso paseo 
sin el imperdonable desastre de los Xervea. 

Los Beyes déla Casa de Austria prosiguieron la obra 
emprendida. Carlos I se apoderó de la Goleta, tomó y 
saqueó á Túnez, entró en Tremecén,é intentó apoderar- 
se de Argel; Felipe II reconquistó los Xerves y el Peñón 
de Vélez, pero perdió á Túnez; Felipe III hizo suyos 
Mahamora y Larache; Felipe IV hizo su tributario al 
rey de Tetuán y Carlos II conquistó á Alhucemas. 



-r-:rf-7 



460 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOItfÁTlCA 

de 30 de Mayo de 1780. De éste último se ha dado ya 
idea en otro lugar (1), y del primero sólo cabe decir 
que regulaba el comercio especialmente por mar, otor- 
gaba á España la facultad de nombrar un cónsul gene- 
ral en Marruecos y vicecónsules en los puertos que con- 
viniese, concedía á los cónsules el derecho de entender 
en los asuntos litigiosos, civiles y criminales, y en las 
sucesiones entre españoles, y declarando que el Empe- 
rador no podía otorgar los ensanches que S. M. C. pe- 
dia en los cuatro presidios, pero que designaba al gober- 
nador de Tánger para renovar los límites de dichos pre- 
sidios y marcarlos con pirámides de piedra, bien enten- 
dido que lo que la citada autoridad acordare y marcare 
por límite, de acuerdo con el comisario español, el Em- 
perador lo daría por acordado y marcado. 

Celebró además Carlos III un tratado de paz, amis- 
tad y comercio con la Regencia de Trípoli (10 de Sep- 
tiembre de 1784), en el cual se concertaba que se pro- 
fesaría y ejercería libremente el culto de la religión 
cristiana en la casa del Cónsul español, tanto por él. 
como por los demás cristianos; y otro tratado de paz J 
amistad con la Regencia de Argel (14 de Junio de 
1786), que contenía la cláusula de que á todos los es- 
pañoles sería libre en el reino argelino el ejercicio de 
la religión cristiana, tanto en el hospital real español 
de redentores trinitarios descalzos, como en las casas 
de los cónsules ó vicecónsules. Se concertaban además 
en ambos tratados ventajas comerciales. 

En los revueltos días de Carlos IV se ajustó un tra- 
tado de paz, amistad y comercio con Túnez (19 de Ju- 

(l) Véase el capítulo III. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 461 

lio de 1791), semejante á los dos anteriores; una con- 
vención con el bey de Argel (12 de Septiembre del 
mismo año), cediendo á éste la plaza de Oran y el 
puerto de Mazalquivir, y un nuevo tratado de paz, 
amistad, navegación, comercio y pesca con Marruecos 
íl.^ de Marzo de 1799). Este último, concertado por 
nuestro ministro plenipotenciario Sr. González Sal- 
món, tiene verdadera importancia, no sólo porque, en- 
tre otras concesiones, otorga á los españoles residentes 
en Marruecos y antiguos protegidos el derecho de prac- 
ticar libremente la religión católica celebrando los ofi- 
cios propios de ella en las casas y hospicios de los pa- 
dres misioneros, sino porque en el art. 16 se consignan 
antecedentes necesarios para juzgar la política seguida 
con posterioridad. 

«Los Hmites del campo de Ceuta y extensión de te- 
rreno para el pasto de ganado de aquella plaza — dice 
el referido artículo — quedarán en los mismos términos 
que se demarcaron y fijaron en 1782. 

«Al paso que ha habido la mejor armonía entre 
dicha plaza y los moros fronterizos, es bien notoria 
cuan inquietos y molestos son los de Melilla, Alhuce- 
mas y el Peñón, que á pesar de las reiteradas órdenes 
de S. M. marroquí para que conserven la misma buena 
correspondencia con las expresadas plazas, no han de- 
jado de incomodarlas continuamente; y aunque esto 
parece una contravención á la paz general contratada 
por mar y tierra, no deberá entenderse así, por cuanto 
es contrario á las buenas y amistosas intenciones de 
las dos altas partes contratantes, y sí efecto de la ma- 
la índoles de aquéllos naturales; por tanto, ofrece S. M. 
marroquí, valerse de cuantos medios le dicte su pru- 




462 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

dencia y autoridad para obligar á dichos fronterizos a 
que guarden la mejor correspondencia, y se eviten las 
desgracias que acaecen, tanto en las guarniciones de 
dichas plazas, como en los campos moros por los exce- 
sos de éstos. Pero si los continuasen, sin embargo, lo 
que no es de esperar, como además de ser injusto ofen- 
derían al decoro de la soberanía de S. M. C, que no 
debe disimular ni tolerar tales insultos, cuando sn> 
mismas plazas pueden por sí contenerlos, queda acor- 
dado por este nuevo tratado que las fortalezas españo- 
las usen del cañón y mortero en los casos en que se 
vean ofendidas; pues la experiencia ha demostrado qne 
no basta el fuego de fusil para escarmentar dicha clase 
de gentes.» 

3. Durante algunos años, desde los últioios del 
reinado de Carlos IV hasta la mayoría de edad de dofia 
Isabel II, nuestras relaciones con Marruecos no ofre- 
cieron incidente alguno digno de mención. 

En 1844, habiendo surgido varias dificultados entre 
ambas Cortes y ejerciendo de mediador el agente bri- 
tánico Drummond Hay, se concertó el acuerdo de 25 
de Agosto, por cuyo art. 1.° se restituyeron los límites 
de Ceuta al estado en que se hallaban siete años antes 
de que los moros se apoderasen de ellos y desposeyesen 
á los cristianos de dicha plaza, conforme al citado ar- 
tículo 16 del tratado de 1799, y por el 5.° se obligó al 
Sultán á hacer cesar las hostilidades de los riffeños 
contra nuestras plazas, declarando «que estos hombres 
sin ley deben mirarse muchas veces mucho menos que 
como subditos comunes, como bandidos salvajes, qne 
«stán fuera del dominio de la ley y no sujetos actaal- 
mente á su autoridad.» En virtud de este acuerdo se 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 463 

restablecieron los límites de Ceuta, levantándose el acta 
de 7 de Octubre de dicho año. El acuerdo y el acta re- 
■cibieron consagración oficial por el convenio de 8 de 
Mayo de 1845. 

4. Este convenio y el firmado en Tetuán el 24 de 
Agosto de 1859 ampliando los límites de Melilla dieron 
pretexto á la guerra de África que estalló poco después 
entre España y Marruecos; y se dice que dieron el pre- 
texto, porque, si bien la ampliación de los límites de 
ambas plazas provocando el descontento de las kabilas 
inmediatas las llevaron á repetir sus atentados, no po- 
dían ser éstos, como no lo habían sido en otras ocasio- 
nes, causas suficientes para una lucha internacional; 
porque el art-. 15 del tratado de 1.^ de Marzo de 1799, 
autorizaba á nuestras plazas á rechazar las agresiones 
á cañonazos; de suerte que pudimos vengar por noso- 
tros mismos el agravio, sin que éste, después de lo de- 
clarado en aquel artículo pudiese ser origen de dificul- 
tades entre ambas naciones. Otras fueron, en realidad, 
las causas de la guerra, y á pensamiento más grande 
que el de tomar satisfacción de pequeñas ofensas obe- 
deció el ilustre general O'Donnell. 

«Sometidos y encadenados á las vías legales, escri- 
be un distinguido escritor y hombre público, hasta los 
bandos díscolos, en vigoroso desenvolvimiento todas 
las fuerzas que constituyen la base firme y el nervio 
social de una nación, era posible al Gobierno que exis- 
tía en 1869, era lícito, conveniente y patriótico pensar 
en política exterior y tender la mirada más allá de nues- 
tras fronteras, inspirándose en las tradiciones más ca- 
ras del pueblo español.» Al volver la vista al África 
realizaba además el General O^Donnell un acto de 



46i HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

plausible previsión y demostraba ser un hombre de 
Estado, conocedor de los verdaderos intereses de la 
patria. 

A principios del siglo las cosas de Marruecos eran 
de la exclusiva incumbencia de España, y parecía como 
que todas las naciones, comprendiendo que allí estaba 
nuestra natural expansión, el porvenir de nuestro 
pueblo, y que allí nos llamaban altos empeños morales, 
inolvidables tradiciones, basta la necesidad de comple- 
tar geográficamente nuestras fronteras, nos dejaban el 
campo libre. Pero desaprovechamos el tiempo, consu- 
mimos estérilmente nuestras fuerzas en sangrientas 
contiendas civiles, y no cumplimos nuestra misión. En 
1847 lamentábase elocuentemente Donoso Cortes de 
que nuestros Gobiernos no se ocupasen del interés per- 
manente (jue tenia España en las regiones africanas, 
temiendo que llegase un día en que, asentando la Fran- 
cia en ellas su dominio de una manera definitiva, nos- 
otros quedáramos en un estado perpetuo de Moqueo al 
Norte y al Mediodía, y las patrióticas lamentaeione?? 
del Marqués de Valdegamas tenían en 1859 abrumado- 
ra realidad. Ya no estábamos solos en África: Francia 
é Inglaterra se hallaban interesadas en las cuestiones 
Marroquíes, amenguando nuestra influencia y amena- 
zando con dejar la primera encerradas nuestras plazas 
del Norte entre el mar y la frontera francesa, y con 
hacer la segunda de Tánger una dependencia inglesa. 
O'Donnell pudo creer que aún era tiempo de recon- 
quistar parte siquiera del terreno perdido, y por esto, 
cuando le dieron pretexto para ello las agresiones de 
las kábilas de Anghera, no se contentó con pequeña*^ 
satisfacciones, que el Gobierno marroquí está siempre 



4tttf HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



inadmisibles y la negociación quedó rota el 23. La es- 
cuadra española bombardeó entonces á Larache y Ar- 
•cilla, como antes había hecho con el ftierte Martín; y 
•después de la batalla de Yad-Bas (23 de Marzo) confe- 
renciaron Muley-el-Abbas y O'Donnell, firmándose el 
25 los preliminares de la paz. 

5. En las bases para el tratado definitivo se esti- 
puló que Marruecos cedía á España, á perpetuidad y 
en pleno dominio y soberanía, todo el territorio com- 
prendido desde el mar, siguiendo las alturas de Sierra 
Bxdlones hasta el barranco de Anghera (art. 1.^); que 
el Sultán se obligaba á conceder á perpetuidad en la 
costa del Océano, en Santa Cruz la Pequeña, el terri- 
torio suficiente para la formación de un establecimien- 
to como el que España tuvo allí anteriormente (ar- 
tículo 2.**); que se ratificaría á la mayor brevedad po- 
sible el convenio relativo á las plazas de Melilla, el 
Peñón y Alhucemas, firmado en Tetuán por los pleni- 
potenciarios el 24 de Agosto de 1869 (art. 3.**); que 
Marruecos pagaría á España como indemnización la 
suma de 20 millones de duros (art. 4.°); que hasta el 
completo pago quedaría en poder de las tropas españo- 
las la ciudad de Tetuán (art. 5.^); que se celebraría un 
tratado de comercio otorgando á España el trato de la 
nación más favorecida (art. 6.^); que el representante 
español podría residir en Fez ó en el punto más con- 
veniente (art. 7.^); y que se autorizaba el estableci- 
miento en Fez de una casa de misioneros españoles 
(artículo 8.*"). 

X7n mes después, el 26 de Abril, se firmó el tratado 
definitivo de paz, en el cual, además de confirmarse las 
anteriores basecr, se convino en que en el limite de los 



468 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

ña y á su ejército, no merecía tales censuras. Acaso el 
mayor mérito del General O'Donnell en la cuestión ma- 
rroquí consistió en detenerse donde se detuvo, porque 
si bien habíamos triunfado, nuestra misma victoria de- 
bió ensefiarnos, y se lo enseñó indudablemente al Gene- 
ral en jefe, que no debíamos ni podíamos prolongar la 
campaña. Además, si para llevar nuestras armas á Ma- 
rruecos á fin de obtener satisfacción de un agravio, tu- 
vimos que luchar con tantos inconvenientes, ¿qué ha- 
bría sucedido de pretender dar á la guerra el carácter 
de conquista? ¿Cuál habría sido entonces la actitud de 
Francia y de Inglaterra? 

No fué tan censurado cuando se pactó, pero ha me- 
recido después más duras críticas el tratado de comer- 
cio de 20 de Noviembre de 1861; tratado que un escri- 
tor contemporáneo califica de antipolítico, antidiplorai- 
tico é inconveniente, porque fué onerosísimo para Ma- 
rruecos y España y sólo ventajoso para todas las demá$ 
naciones (1). Sin embargo, hsLy que reconocer que asi 
el tratado de paz como el de comercio contenían los gér- 
menes de una política que, hábilmente desarrollada, 
podía aumentar de modo considerable la influencia es- 
pañola en el continente negro. El mal estuvo en que 
entregados nuestros partidos á sus discordias intestina* 
olvidaron por completo los intereses del país, y dejaron 
que las demás naciones aprovechasen exclusivamente 
las ventajas por nosotros alcanzadas. 

6. Los términos del problema han variado esencial- 
mente, porque no somos ya los únicos interesados en la 



(1) Don Juan Valera en su continuación de la nistoriagt- 
■^leral de E^fHíña por Lafuente. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOmAtICA 409 

<3uestión marroquí, ni siquiera tenemos que compartir 
la influencia con Inglaterra y Francia como en 1860, 
^ino que además Alemania é Italia intervienen acti- 
vamente. La presencia moral y material de esas cuatro 
potencias en Marruecos ha modificado por completo 
nuestra posición en el vecino continente. Cabe, aún que 
pensemos en la conquista del África, pero no como de- 
bieron pensar los monarcas visigodos; no como sin duda 
proyectaba Isabel la Católica; no por medio de las ar- 
mas, y entre el estruendo del combate. Cabe conquistar 
el África y debemos conquistarla; pero por la civiliza- 
ción; cumpliendo el ministerio educador que nos im- 
pone la gratitud; devolviendo á los árabes los servicios 
que nos prestaron; persuadiendo al Sultán de Marrue- 
cos de que España es la salvaguardia de sii Imperio, y 
de que jamás consentiremos la desmembración de su 
territorio. Cabe conquistar el África; pero por el co- 
mercio y por la enseñanza, reivindicando al propio 
tiempo nuestros derechos en la costa occidental, encau- 
sando hacia ésta la emigración española, explotando la 
posesión del Golfo de Guineaj haciendo de nuestras pla- 
cas del Norte, sin perjuicio de su carácter militar, 
agrandes centros mercantiles. 

España está interesada, ante todo y sobre todo, por 
empeño moral que pesa y obliga más á los pueblos que 
los mismos intereses materiales, si no quieren renun- 
^ciar á toda representación en la vida, España está in- 
teresada, en que se conserve el statu quo territorial en 
Marruecos; y no sólo en que éste se conserve, sino en 
«que el Imperio se afirme y se robustezca, y vuelva á 
-ser una nación verdadera y realmente independiente, 
nna nación como lo era allá en el siglo XYI, bajo el 



OO HISTORIA POLÍTICA T DIPLOMÁTICA 



gobierno de aquel insigne Muley Ahmed, d Dorado y 
que llevó sus armas y sus leyes civilizadoras al corazón 
de África; ó siquiera, como aquella que á fines del siglo 
pasado regía Sidi Mohamet, digno émulo por sus gran- 
des dotes y por su ilustración, de los políticos europeos, 
más insignes de su tiempo, é iniciador de una sabia 
política en mal hora desdeñada, por no comprendida, 
por sus sucesores. 

Cumplimos de tal suerte lo que nos exige nuestra 
rejpresentación en la historia y en la vida, lo que nos 
demandan nuestras tradiciones, lo que nos impone el 
instinto de la propia conservación. Porque no son ilu- 
siones de sabios ni sueños de poetas los asertos de que 
el Estrecho no separa un sistema geológico de otro sis- 
tema, geológico, una flora de otra flora, un clima de 
otro clima; porque no son ilusiones ni sueños que las. 
mutuas invasiones de hombres procedentes del Norte 
que, después de posesionarse de la Península, pasaron 
á África, y de los berberiscos que en sentido inverso- 
vinieron á ocupar nuestro suelo, mezclándose con sus 
antiguos pobladores, dieron origen á una raza que, aun 
-á través de largos siglos de separación, mantiene mul- 
titud de caracteres comunes. Porque no son ilusiones^ 
ni sueños, la afirmación de que es -tal el paralelismo de 
las historias de uno y otro pueblo, que á un suceso im- 
portante en la del uno, corresponde un acontecimiento 
semejante en la del otro; que si allá, casi en los alborea 
de nuestra vida como nación, un Conde español, don 
Julián, abrió á Tárec las puertas de España, un Conde 
romano, Bonifacio, abrió á Genserico las puertas de 
África, y que casi en nuestros días, durante la guerra 
de 1860, si un pretendiente al trono de España, el Con-- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 471 



de de Montemolín, se alzó impíamente eu San Carlos 
de la Biápita contra su patria, un pretendiente al trono 
de Marruecos, el famoso Kogni, se alzó también contra 
su soberano en los campos de El Jat Cores; en fin, por- 
que ixo es una quimera que si Marruecos llegase á ser 
una nueva Argelia ó un nuevo Egipto, no sólo peligra- 
rían nuestras plazas del Norte de África, sino que el 
Mediterráneo se convertiría en un lago francés ó inglés; 
y Sspafia, colocada entre dos Francias ó dos Inglate- 
rras, quedaría en bloqueo permanente, condenada á vi- 
vir recluida en la Península, sin más vida que la arti- 
ficial producida por el galvanismo de sus recuerdos. 



CAPITULO XXVI. 



1. Situación de Méjico en 1860.— 2 Reclamaciones de las potencias: con- 
venios con España.— 3. Origen de la interTeución: conveaio de Lon- 
dres de 31 de Octubre de 1861.— 4. Actitud de los Estados unidos.— 5 

• La intervención: convención de la Soledad: conferencia de Orisaba: 
rnptnra de la alianza.— <>. Campaña de los franceses.— 7. fct imperíd 
mejicano: convención de Miramar, actitud de los Estados Unidos.— 2^. 
Fin del Imperio.— 9. España y Santo Domingo.— 10. Guerra de Espa- 
ña con Perú y Chile. 



1. La historia de Méjico, como la de todos los pue- 
blos hispano-americanos, no es otra cosa, desde el mo- 
mento en que lograron su independencia, que el relato 
de una serie inacabable de revoluciones y contrareTO- 
luciones; la enumeración monótona de motines, asona- 
das, pronunciamientos, hechos de fuerza, en fin, que, 
aun cuando realizados en nombre de la libertad, cons- 
tituyen en la práctica su completa negación. 

Declarada la independencia, Méjico aclamó como 
Emperador al general Itúrbide, que tomó el nombre de 
Agustín I, y cuya conducta despótica dio lugar á que 
fuese destronado á los pocos meses y fusilado después 
al fracasar su tentativa de restauración. Entonces se 
constituyó el país en República federal, pero continuó 
la lucha entre monárquicos y republicanos, ensangren- 



« • 



4^^^ HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

cienes por parte de Francia, Inglaterra y España, re- 
clamaciones que no eran ni podían ser satisfeclias, pues 
no había manera de entenderse con Gobiernos de tan 
efímera vida y qne, además, deshacían altematiyamec^ 
te lo hecho por sus antecesores. Así surgió la guerra 
entre Francia y Méjico en 1836, y así se originó la in- 
tervención de 1862. 

España era la que mayores motivos de queja abri- 
gaba, y aunque en distintas ocasiones se adoptaron 
fórmulas de acuerdo, no fué posible llegar á un arreglo 
definitivo. 

Al sancionarse la independencia de Méjico por el 
tratado de 28 de Diciembre de 1836, se reconoció (artí- 
culo 7.°) como deuda mejicana toda la que pesaba so- 
bre las Cajas de Nueva España al tiempo de verificarse 
la separación, y para hacer esto efectivo, y en vista de 
la nota de la Legación de España, fecha 5 de Mayo de 
1847, se firmó en Méjico la Convención de 17 de Julio 
de 1847, disponiendo que todas las reclamaciones es- 
pañolas pendientes y futuras habrían de pagarse de un 
fondo que se llamaría Fondo de reclamaciones españ(h 
laSj formado por un 3 por 100 de los derechos de adua- 
nas de las importaciones extranjeras; fondo que sería 
administrado por una junta de cinco personas designa- 
das por el Ministro de España. Pero como quiera qne 
en la ejecución de este convenio se suscitaron dificulta- 
des, para vencerlas se firmó en Méjico otra nueva Con- 
vención, la de 14 de Noviembre de 1851, en la que se 
concedió el plazo de un año para presentar las recla- 
maciones y dos meses para el examen, reconocimiento 
y liquidación de éstas; sin que por tal medio se logra- 
se poner término á tan enojoso asunto, por lo que en 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 477 

grande influencia en Londres; y. como además era perso- 
na grata á la Santa Sede, cabía que, por este camino 
Francia, sin distanciarse de Inglaterra, se aproximase á. 
la corte de Viena y al Pontificado. La única dificultad 
podía surgir por la oposición de los Estados Unidos ^ 
pero empeñados éstos en la guerra de secesión, nada 
eficaz les era dado hacer. 

Esta era la forma, la máscara con la cual los emi- 
grados mejicanos encubrían un gran negocio. 

Jecker, banquero suizo domiciliado en Méjico, ha- 
bía prestado á los Presidentes Miramón y Zuloaga uno» 
750.000 pesos, por los cuales había recibido bonos del 
Tesoro por valor de 15 millones de pesos; pero comO' 
Juárez se negó á reconocer tan escandaloso contrato, 
Jecker marchó á París, y entendiéndose con Momy 
(hermano natural de Napoleón), mediante el ofrecimien- 
to del 30 por 100 de los beneficios del negocio, trató 
(le conseguir que Francia exigiera la estricta validez y- 
cumplimiento del contrato. 

Como Napoleón no podía^ desde luego declarar su 
pensamiento, comenzó por apoyar á Jecker, y cuando 
Juárez se negó á sancionar lo hecho por Miramón , ex- 
citó á España y á Inglaterra á una inteligencia para 
realizar- una acción común. España, cansada de la lu- 
cha diplomática que sostenía con Méjico, se prestó des- 
de luego, é Inglaterra, no ya por obtener seguridades? 
para sus nacionales, sino por impedir que aquéllas ad- 
quiriesen preponderancia en América, accedió también. 
Como resultado de esto se concertó el Convenio de Lon- 
dres de 31 de Octubre de 1861, en cuyo preámbulo de- 
cían las tres Potencias que «colocadas por la arbitraria 
y vejatoria conducta de las autoridades de la Repúbli- 



4*78 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



ca de Méjico en la necesidad de exigir de las mismas 
una protección más eficaz para las personas y propieda- 
des de sus subditos, así como el cumplimiento de las 
obligaciones que con ellas ha contraído dicha Repúbli- 
ca, se han puesto de acuerdo para concluir entre sí un 
convenio, con el objeto de combinar su acción manco- 
munada» y se comprometían á acordar, inmediatamen- 
te después de firmado el convenio, las disposiciones ne- 
cesarias para enviar á las costas: de Méjico fuerzas de 
mar y tierra combinadas suficientes para poder tomar 
y ocupar las diferentes fortalezas y posesiones inilita* 
res del litoral de Méjico. Además se obligaban á no 
buscar para ellas mismas, en el empleo de las medidas 
coercitivas previstas en el convenio, ninguna adquisi- 
ción de territorio ni ninguna ventaja particular, y á no 
ejercer en los negocios interiores de Méjico influencia 
alguna capaz de menoscabar el derecho de la nación 
-para escoger y constituir libremente la forma de su 
gobierno. 

4. En el artículo 4.*^ del convenio de Londres se 
prescribía que, sabiendo que los Estados unidos tenían 
reclamaciones pendientes con Méjico, se les comunica- 
ran los acuerdos de las tres Potencias, proponiéndoles 
su accesión. 

ün mes después las Potencias aliadas invitaron al 
Oobierno de Washington á adherirse, pero Mr. Seward, 
Secretario de Estado, contestó á la comunicación de 
los Gabinetes de París y Londres, declinando toda idea 
de alianza por vía de accesión, porque á sus ojos, la 
cuestión podía arreglarse amistosamente, y al efecto 
ofreció la mediación del Ministro de los Estados uni- 
dos en Méjico, para obtener un. ao.i|.erdo: qnei dando 




"■;7 '7.'" T""' ~''*,^~ '■^*lTVT5rf^''T(^^f2F1S?*5*' 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 419 

plena satisfacción á los derechos legítimos, hiciese 
inútil la intervención proyectada. Claro es que las Po- 
tencias habían de contestar, como contestaron, decla- 
rando que no se satisfacían con el pago, sino que desea- 
ban garantías para el porvenir de una protección seria, 
eñcaz y permanente de las personas y bienes de sus 
nacionales. 

Ya se ha dicho que Francia contaba con que los 
Estados unidos, empeñados en la sangrienta guerra 
separatista, no podrían adoptar una actitud extrema, y 
en efecto, Mr. Seward se limitó en realidad, á dejar 
para el porvenir, libre de todo compromiso, al Gobier- 
no de la Unión. Sus comunicaciones posteriores, enér- 
gicas y hábiles, lo demuestran así. 

5. Según los acuerdos de las Potencias, el cuerpo 
expedicionario debía componerse de 6.000 españoles y 
3.000 franceses; enviando Inglaterra dos navios, cuatro 
fragatas, algunos buques menores y 700 hombres de 
desembarco. Las fuerzas españolas fueron mandadas 
por el General Prim. 

El 8 de Diciembre de 1861, ocuparon á Vera Cruz 
los españoles, y en Enero del siguiente año llegaron 
franceses é ingleses, no sin que la precipitación de 
aquéllos, que Prim explicó como efecto de una mala 
inteligencia, diera lugar á disgustos y protestas. La in- 
tervención comenzaba mal, y como desde luego faltó 
la unidad de acción necesaria, pudo preverse que el 
resultado sería un gran fracaso. En un manifiesto (Fe- 
brero de 1862) de tonos moderados, se dirigieron al 
país los tres jefes expedicionarios, exponiendo su obje- 
tivo; pero desde luego, tanto Prim como el General in- 
glés, entraron en tratos con Juárez y firmaron con éste 



4^2 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

cortadas sus comunicaciones. En realidad no domina- 
"ban más que el terreno que ocupaban. 

7. Así y todo, en cuanto los franceses entraron en 
la capital, una junta compuesta de 35 de los hombres 
más importantes del elemento conservador, constituye- 
ron un Gobierno provisional, para el que designaron 
¿ los Generales. Almonte y Salas y al Arzobispo de Mé- 
jico, Labastida, y convocaron una Asamblea de noU- 
bles (24 de Junio), la cual resolvió establecer una mo- 
narquía hereditaria moderada, con un Príncipe católi- 
co que tomaría el título de Emperador de Méjico, y 
ofrecer la corona al Archiduque Fernando Maximiliano 
de Austria. Una embajada solemne vino á Europa, y 
«n el magnífico castillo de Miramar, situado en las pla- 
yas del Adriático, cumplió su misión (3 de Octubre de 
1863), contestándole Maximiliano que estaba dispuesto 
á aceptar la corona que se le ofrecía tan pronto como 
la nación por medio de la expresión libre de su voluntad, 
ratifícase el deseo de la capital» . 

Hombre de excelente educación, de mucha cultura, 
de gran experiencia en los negocios y de viva imagina- 
ción, aunque de espíritu aventurero y un tanto ambi- 
cioso, Maximiliano demostró que no desconocía las di- 
ficultades de la empresa. Pero como en este tiemp 
Juárez había ido perdiendo terreno, y Bazaine, qiif 
había sustituido á Forey en el mando, le obligó á sa- 
lir de Méjico, pudo creerse en la victoria completa d*' 
Francia, y cuando dos mil municipios votaron por fl 
imperio, Maximiliano no dudó más y aceptó definitiva- 
mente la corona. Entonces se firmó la Convención de 
Miramar (10 de Abril de 1864), por el Archiduque y el 
representante de Napoleón, estipulándose que pernia- 



llanta 1868, ó hasta que el nuevo Emperador hubiese or- 
^^anizsdo un ejército que pudiera reemplazarle; que la 
legión extranjera, compuesta de 8.000 hombres, y bajo 
[«1 mando de Francia, debía permanecer en Méjico 
keif) a3os después de la partida de laa tropas; que 
los Gfeneralea franceses no intervendrían en ningún ra- 
mo de la administración mejicana; que el Gobierno me- 
jicano se comprometía á pagar al Gobierno francés 
tinos 1.100 millones de reales por gastos de la expedi- 
i:iün basta 1." de Julio de 1864, y mil pesetas más por 
. hombre cada alio de los que allí permaneciesen en ade- 
lante; y por último, que Méjico abonaría inmediatamen^ 
fe á Francia 264 millones, y además 100 cada alio á 
'jtienta de lo estipulado. 

■ Después de una entrevista en París con Napoleón, 
¡mil ieroii para su nueva patria Maximiliano y su espo- 
^A Carlota, desembarcando en Yeracruz el 28 de 
Mayo. 

La situación de Méjico no podía ser más crítica. 
Exhausto el Tesoro, agotados los recursos déla Hacien- 
•)a, más enconados que nunca los partidos, en plena 
convulsión el país, ora por las inútiles tentativas de 
los republicanos, ora por las exageraciones de los con- 
servadores que creían había de ser el establecimiento 
del Imperio la seQal de un triunfo del que gozarían de 
un modo desenfrenado y brutal, era muy difícil que Ma- 
ximiliano lograse restablecer la normalidad y mante- 
nerse en el trono. No eran eu pequeño número los con- 
servadores, pero indudablemente la masa general del 
país resaltaba opuesta á las nuevas instituciones. 
Por otra parte, la actitud de los Estados Unidos era 



484 HiSTOBlA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

-en realidad amenazadora. En 4 de Abril la Cámara de- 
representantes de Washington había declarado «qne el 
pueblo de los Estados Unidos no podía, con arreglo á 
sus principios, reconocer un Grobierno monárquico, 
fundado en América bajo los auspicios de una potencia 
europea y sobre las ruinas de un Gobierno republica- 
no», y aunque el Senado no aprobó esta resolución y el 
Presidente procuró atenuar el efecto que debía produ- 
cir en Francia, no cabía dudar de que una vez termi- 
nada la guerra civil que impedía toda acción enérgica 
en el exterior, la República norte-americana seria uno 
de los obstáculos más grandes conque había de luchar el 
nuevo Imperio. Y en efecto, el 9 de Febrero de 1865 el 
Gabinete de Washington, apoyándose en ladotrinade 
Monroe, exigió á Napoleón que retirase sus tropas para 
que el pueblo mejicano declarase libremente la forma 
de Gobierno que deseaba adoptar para el porvenir, y la 
manera como quería organizarse; y al propio tiempo 
ayudaba á los republicanos proveyéndolos de hombres, 
víveres y municiones, y recibiendo sus heridos en el 
hospital de Brownsville. 

En vano trabajó el representante francés en "Was- 
hington para que la República norte-americana recono- 
ciese siquiera como un hecho la Monarquía de Méjico, 
pues el Gobierno de la Unión manifestó claramente que 
no toleraría en Méjico una Monarquía que, en su sen- 
tir, no se apoyaba en la voluntad popular, sino en laí^ 
bayonetas extranjeras que la habían fundado, y decla- 
ró que las relaciones amistosas existentes entre Fran- 
cia y la Unión se hallaban muy comprometidas . si el 
Emperador de los franceses no veía compatible con su 
honor y con sus intereses la renuncia á toda interven- 



HI8T0BIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 485 

«ion armada en Méjico». Sin embargo, los Estados- 
Unidos procuraban, como el G-eneral Schofleld, envia- 
do extraordinario del Presidente Lincoln, escribía el 10 
de Enero de 1866, al Ministro de Negocios extranjeros 
-de Juárez, «facilitar a Napoleón III los medios de sa- 
lir de Méjico lo más decentemente posible y ayudarle 
á sostener la impostura de que su ejército no entrará 
«n Francia, sino cuando el Imperio de Méjico nada 
tenga que temer* . 

Napoleón vacilaba, pero deseaba hallar un pretex> 
to para una honrosa retirada y preservar á los capita- 
listas franceses comprometidos en la empresa de la 
ruina de sus intereses. La expedición de Méjico era ca- 
da día más combatida en Francia, y al fin comunicó 
órdenes que claramente revelaban que estaba resuelto 
á dejar abandonado á Maximiliano. 

8. Al conocerse en Méjico las disposiciones de Na- 
poleón, como quiera que la misión de Almonte enEuro- 
pa había fracasado, que el Papa se negaba á aprobar el 
concordato propuesto que sancionaba la venta de los 
bienes eclesiásticos, y que se había impedido que salie- 
ran de Austria nuevas partidas de voluntarios, Maxi- 
miliano quiso abdicar (7 de Julio de 1866), pero le di- 
suadió de ello la Emperatriz Carlota, resolviendo su 
viaje á París y Boma, con el que nada oonsignió, te- 
niendo que retirarse á Miramar muerta de dolor. 

Las consecuencias se tocaron bien pronto en Méjico: 
comenzaron las deserciones en las filas imperiales y 
«obraron nuevos alientos los republicanos. Bazaine, 
■que se había casado con una mejicana riquísima y co- 
nocía la situación, aconsejó al Emperador que se reti- 
rase á Europa al amparo de las tropas francesas, y Ma- 



486 HISTORIA POLÍTICA Y DIPí:X)MATICA 

xixniliano, en efecto, se dirigió á Veracruz el 20 «Je 
Octubre; pero alcanzado en el camino por el jesuíta 
Fischer, que le ofreció, en nombre de los conservadi»- 
res, un ejército y 20 millones de duros, cambió de prr^ 
pósito, despertándose en su espíritu los sentimientos 
caballerescos y aventureros, y resolvió resistir. ¡Vaiic^ 
empeño! 

En los primeros días de 1867 se embarcaron en Ve- 
racruz las tropas francesas, ó inmediatamente se exteii- 
diejon por el país el ejército republicano y numerosas 
guerrillas, dominándolo todo y obligando al Empera- 
dor á abandonar la capital y retirarse á la fortaleza de 
Querótaro. Los conservadores le habían engañado, pero 
ya era tarde para retroceder. En Querétaro resistió he- 
roicamente, buscando la muerte 'del soldado; pero trai- 
cionado y vendido, cayó en poder de los republicanos 
(15 de Mayo), que le sometieron á un Consejo de gue- 
rra y le sentenciaron á muerte. La intercesión de las 
Potencias europeas resultó inútil, y la del Q-obiemo de 
Washington, que acaso habría sido más eficaz, no se 
ejerció. Maximiliano fué fusilado el 19 de Junio pu 
unión de los Generales Miramón y Mejía. 

Juárez fué confirmado por una nueva elección |h>- 
pular en su cargo presidencial. 

9. En 1861, la República de Santo Domingo, si- 
tuada en las costas orientales de la isla de Haiti, á k 
entrada del golfo mejicano, después de haber sufrido 
grandes convulsiones políticas y experimentado distin- 
tas formas de gobierno, declaró su voluntad de some- 
terse á la soberanía de España. En acta fechada el 18 
de Marzo de dicho año en la ciudad de Santo Domin- 
go, firmada por los Generales Santanay Alfán, los ex- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 487 

ministros Dávila y . Castro y otras muchas personas 
importantes, se reconocía como Reina á doña Isabel II 
y se declaraba era la voluntad del pueblo que el terri- 
torio de la República fuese anejado ala corona de Cas- 
tilla. Santana, que en virtud de esto ejercía el poder en, 
nombre de la Beina, sin que hubiese surgido protesta 
alguna, mandó dicha acta á dofia Isabel II con una 
carta en la que, al participarle el acuerdo anterior, la 
rogaba aceptase la adhesión que se le ofrecía. 

En vista de esto, el Gobierno, no sin serias medita- 
ciontss hijas del reflexivo carácter del General O'Don- 
nell, se decidió á publicar, precedido de una larga ex- 
posición suscrita por el Consejo de Ministros, el Real 
decreto de 19 de Mayo de 1861 disponiendo que el te- 
rritorio que constituía la República dominicana queda- 
se reincorporado á la monarquía española, y que él Ca- 
pitán General de la isla de Cuba, conforme á las ilis- 
trucciones del Gobierno, dictase las disposiciones opor- 
tunas para la ejecución de este decreto, del que se daría 
cuenta á las Cortes. 

No agradó á los Estados de la América del Sur esta 
reincorporación, que juzgaron con su habitual torpeza 
cual una amenaza á su propia existencia como nacio- 
nes independientes, y el Perú dirigió una circular á los 
Gobiernos americanos (26 Agosto 1861), proponiéndo- 
les unir sus esfuerzos para oponerse á lo que calificaba 
de espíritu invasor de la antigua metrópoli y para re- 
chazar toda inmixtión extranjera en los asuntos del 
nuevo mundo. 

Poco tiempo gozó España de su nueva adquisición ^ 
pues insurreccionadas varias poblaciones contra el Ge- 
neral Santana, el Gobierno español no quiso lanzarse 



488 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

* ¿ una nueva guerra, y por la ley de 1.° de Mayo de 
1866 derogó el Real decreto de 19 de Mayo de 1861 (1 1. 
10. Al comenzar el afto 1864 hallábase agitado el 
Peni por la propaganda de la «Sociedad de los defen- 
sores de la independencia,» fundada por el exjwresíden- 
te Castilla, que quería hacer adoptar en la América del 
Sur la doctrina de Monroe. Así es que un incidente pe- 
queño, agravado por una torpeza del Gobierno espa- 
ñol, dio lugar & una guerra tan costosa como inútil. 

Una Colonia de emigrantes vascos fué atacada y 
maltratada en Talambo. El castigo impuesto á los cul- 
pables no pareció suficiente al Grobiemo español, y 
mandó, en Marzo de 1864, al señor Salazary Maza- 
rredo como «Comisario especial extraordinario de la 
Reina,» con objeto de obtener una reparación; pero 
el G-obierno peruano viendo en el título dado al enviado 
español, título en realidad extraño, la resurrección de 
antiguas pretensiones, sólo accedió á recibirle como 
«agente confidencial.» No se satisfizo con esto Salazar, 
y embarcándose en la escuadra española, que cruzaba 
las aguas chilenas, decidió al Almirante Pinzón á to- 



(l) Conviene recordar que la isla de Santo Domin^ perte- 
neció á España hasta \C&1, en cuya fecha el tratado de Ryswick 
recoaoció una parte de aquélla como perteneciente á Francia, 
siendo ésta puesta en posesión de toda la isla por el tratado de 
Basiiea de 1795. Los tratados de 1814 y 1815 devolvieron á K^- 
paña la parte que había perdido, al propio tiempo que la por- 
ción francesa se constituyó en Estado independiente con el tí- 
tulo de República de Haiti. En 1821 se insurreccionó la pobla- 
ción española, uniéndose al año siguiente á la República de 
Haití, de la que se separó en 1844 para constituir la República 
de Satito Domingo. Esta nueva República conservó su indepea- 
dencia ha ta que el General Santana decidió unirla á Espafift- 






HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 489 

mar posesión de las islas Chinchas ^ tlin ricas en guano, 
como prenda de la indemnización que por daños y per- 
juicios se reclamaba del Perú. 

Provocaron estos hechos una gran agitación en el 
país, colocándose á la cabeza de los intransigentes el 
expresidente Castilla, y adoptando el Congreso enér- 
gicas resoluciones; pero el . Presidente Peset, lejos de 
seguir la corriente general, entró en inteligencias con 
España para llegar á un acuerdo. La escuadra españo- 
lase presentó delante del Callao, amenazando con bom- 
bardear la ciudad si no se aceptaba el ultimátum, y en- 
tonces cedió el Presidente, recibió en Lima al «Comisa- 
rio especial» y concertó un convenio, dando completas 
satisfacciones; mas Peset fué derribado por una insu- 
rrección militar que proclamó la dictadura del Coronel 
Prado; se declaró la guerra á España (6 de Diciembre 
de 1866) y se concertó un tratado de alianza ofensiva 
y defensiva con Chile. 

La guerra, como se ha dicho, fué tan costosa como 
inútil. Méndez Núñez, jefe de la escuadra española, 
atacó á la chileno-peruana en la bahía de Amud, bom- 
bardeó á Valparaíso y el Callao (31 de Marzo y 2 de 
Mayo de486B), y aunque se cubrió de gloria, tuvo que 
retirarse. Las hostilidades cesaron de hecho, pero la 
paz no se restableció oficialmente hasta algunos años 
después. 



CAPITULO xxvn. 



1 . Liga latino-americana.— 2. Guerra de secesión en los Estados Unidos: 
antecedentes y origen de la lucha: formación de la Confederación del 
Sur.~3. La guerra cítíI: su desarrollo, sus incidentes y su fio. — i. 
Actitud de las potencias.— 5. El arbitraje de Ginebra: jsus consecuen- 
cias.—^. Abolición de los peajes del Sund, los Belts y el Stade. 



1. La idea que había inspirado el Congreso de Pa- 
namá en 1826 y el de Lima en 1847, resucitó en 1856. 

El 15 de Septiembre los plenipotenciarios de Chile, 
Perú y el Ecuador firmaron en Santiago el tratado co- 
n>[>cido con el nombre de TrcUado continental, que fué 
sometido á la aprobación de las demás Kepúblieas lati- 
no-americanas, las cuales, sin suscribir todas las estipu- 
laciones de aquel pacto, se adhirieron á la idea, esen- 
cial que le servía de base, declarándose dispuestas á 
concertar una liga permanente. Pero en esta ocasión, 
como en tantas otras anteriores, nada práctico se hizo. 

Ocho años después, el 28 de Octubre de 1864 (ani- 
versario del nacimiento de Bolívar) y á consecuencia 
de una circular del Gobierno del Perú (11 de Enero», 
se reunió en Lima un nuevo Congreso al que concurrie- 
ron los plenipotenciarios de la Argentina, Bolivia, 
Chile, Ecuador, Estados Unidos de Colombia, Guate- 
mala, Perú y Venezuela, no estando representados 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 491 

Méjico, Paraguay y Uruguay por hallarse en guerra. 
El resultado del Congreso fué firmar en Lima (10 Ju- 
nio 186B) un tratado de alianza, por virtud del cual di- 
chas Repúblicas se unían para garantizarse mutuamen- 
te su independencia, su soberanía, su integridad y su 
forma de gobierno, comprometiéndose á rechazar cual- 
quier agresión contra sus derechos, á no ceder porción 
alguna de su territorio, á no hacer la paz con el enemi- 
go ni á suspender las hostilidades sino de común acuerdo 
y á proceder como si se tratase de una potencia extran- 
jera contra cualquiera de las partes contratantes que 
faltase á lo estipulado. Este tratado no llegó á tener 
realidad, y más que como una liga efectiva debe ser 
considerado como la proclamación de un principio que 
desde la independencia perseguían los Estados hispano- 
americanos sin encontrar la manera de realizarlo. 

2. De 1861 á 1865 sufrieron los Estados Unidos 
una crisis gravísima que puso en peligro su existencia, 
amenazando con la división de aquéllos en dos distintas 
nacionalidades que habrían sido forzosamente enemi- 
gas, manteniendo así en perpetua agitación la América 
del Norte. 

Oausas muy diversas produjeron esa situación. La 
preponderancia política ejercida por el Sur, cuyos hom- 
bres habían formado durante más de medio siglo el 
partido dominante en el Gobierno de lá Unión, hasta 
el extremo de Uamarse á la Virginia «la patria de los 
presidentes;» las distintas tendencias económicas de los 
diferentes Estados, pues en tanto que los del Sur de- 
fendían el libre cambio, los del Norte tendían á la pro- 
tección, y sobre todo la cuestión de la esclavitud, dieron 
lugar á una sorda rivalidad primero, á una competen- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 493 

del mismo mes y año, la Florida el 12, Georgia el 19, 
Louisiana el 28 y Tejas el 1.^ de Febrero. En 4 de este 
último mes se reunieron en Montgomery (Alabama), 
varios representantes de los Estados separados, á fin 
de organizar un gobierno, y en 18 de Febrero, un Con~ 
greso reunido en Eichmond, punto elegido como capi- 
tal de la nueva Confederación, nombraba Presidente 
al General Jefferson Davis, antiguo ministro de la 
Guerra. 

Los hombres de "Washington, comprendiendo, sin 
duda, las funestas consecuencias de la lucha que se 
iniciaba, trataron de hallar fórmulas de conciliación, 
pero era ya demasiado tarde. El Sur se armaba rápi- 
damente, organizando sus fuerzas, y Lincoln, obligado 
por las circunstancias á realizar una política que no 
era la suya, se vio precisado á dar una proclama (13 
Abril), declarando bloqueada toda la costa del Sur; 
declaración que equivalía al reconocimiento de la beli- 
gerancia, porque siendo el bloqueo una limitación pues- 
ta al comercio de los neutrales con un Estado por aquel 
que se halla en guerra con éste, limitación encamina- 
da á debilitar al enemigo, significa, cuando se trata de 
una guerra civil, que el Gobierno que lo decreta, con- 
fiesa y reconoce que no domina ni ejerce acción directa 
en el territorio bloqueado. 

3. Sin embargo de esto, la guerra no comenzó 
formalmente hasta el 14 de Abril, en cuyo día el gene- 
ral del Sur, Mr. Beauregard, se apoderó del fuerte 
Sumnter. 

Los del Norte, menos preparados que los del Sur, 
hicieron grandes esfuerzos para organizar sus ejércitos, 
pero la campaña, en sus '^comienzos, les fué poco favo- 



494 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

rabie, sufriendo una gran derrota en Bulls-Rum (17 de 
Julio), si bien á esta victoria de Beauregard y á la de 
Jackon en Manasas, correspondieron las de los unio- 
nistas Mr. Clellan en la Virginia occidental y Mr. Si- 
gel en el Misuri, terminando el año 1861 sin qne se 
hubiese obtenido resultado alguno decisivo. El país 
sufrió mucho, porque la guerra se llevó á sangre y 
fuego por una y otra parte, haciéndose imposible todo 
comercio por virtud de las órdenes de Lincoln y Jef- 
ferson. 

Tampoco el año 1862 produjo resultados decisivos. 
En los primeros meses las tropas de la unión, á costa 
de gigantescos esfuerzos, lograron algunas ventajas, 
llegando en el mes de Abril á apoderarse de Nueva- 
Orleans, la metrópoli del comercio del Sur, y dominan- 
do con su escuadra el Mississípí hasta Wiksburgo; ma.^ 
después de la terrible batalla de siete días librada en 
las inmediaciones de Bichmond (26 de Junio á 3 Julio 
1862), Mr. Clellan tuvo que desistir.de su propósito de 
apoderarse de dicha capital, y los confederados iJiTa- 
dieron el Norte, amenazando á Washington y llegando 
hasta Maryland, si bien, derrotados en la batalla de 
Antientan (16 Septiembre), hubieron de batirse en re- 
tirada. A Mr. Clellan sustituyó el general Burside, el 
cual perdió la sangrienta batalla de Frederiksburgo (13 
Diciembre), y en otro combate en el mismo punto (2 
al 6 de Mayo de 1863) murió el general ^udista Jak- 
son. Los confederados, á las órdenes de Lee, avanzaron 
de nuevo, amenazando por segunda vez a Washington; 
pero á consecuencia de la batalla de Settisburgo (1 á 
3 de Julio) se vieron precisados á retirarse. 

Al terminar el año 1863 no había esperanza algun^^ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 495 

de paz. El Congreso de la Unión no sólo había recha- 
zado la proposición de un representante demócrata pi- 
diendo que se invitase al Presidente á entrar en nego- 
ciaciones con las autoridades de Richmond «para poner 
término á esta guerra sangrienta, bárbara y destructo- 
ra», sino que pidió la continuación más enérgica y más 
eñcaz de la guerra hasta el incondicional restableci- 
miento de la autoridad federal. Al año siguiente fué 
reelegido Lincoln (8 de Noviembre de 1864), y poco 
después la Cámara de representantes %de Washington 
decretó la abolición de la esclavitud (31 de Enero de 
1865), principio que se inscribió en la Constitución. 

Hiciéronse entonces algunas tentativas para llegar 
a un acuerdo entre los beligerantes, y el Presidente 
tuvo una conferencia con los delegados del Sur, pero 
sin obtener resultado alguno. Continuó la guerra, aun- 
que con desgraciado éxito para los confederados, pues 
no obstante la desesperada resistencia que hizo el he- 
roico general Lee, la ciudad de Richmond fué tomada 
^3 de Abril de 1866), y aquél firmó pocos días después 
una capitulación con el general Grrant. La causa del 
Sur estaba vencida, mas entonces el Norte experimen- 
tó una gran pérdida, la del Presidente Lincoln, que 
fué Sisesinado en el teatro (14 de Abril). El 20 de Mayo 
depusieron las armas los últimos cuerpos de ejército 
del Sur. 

La guerra había terminado. 
4. Claro es que suceso de tal importancia como la 
sangrienta contienda que durante cuatro años sostuvie- 
ron los Estados del Norte con los del Sur, no podía de- 
jar de influir en las relaciones de las potencias con el 
Gobiemo de Washington, y en efecto surgieron inci- 



J 



dentes, que en algunos momentos ofrecipmn gravedail 
bastante para hacer temer nuevas complk-aciones. 

Inglaterra y Francia vieron desde el primer momen- 
to con simpatía la causa del Sur, no ciertamente pi^r 
los principios que el Gobierno de Richmond proclama- 
ba, sino porque creían en el rompimiento definitivo ¡k 
la Unión, y en la formación de dos Estados, que aun vi- 
viendo oficialmente en paz y amistad, habían de ser 
rivales y habían de neutralizar mutuamente sus esfuer- 
zos é impedir su prosperidad. Sin embargo de estO; na- 
da hicieron oficialmente en beneficio de los sudistas. 
Cuando Lincoln declaró el bloqueo, Inglaterra se negó 
á reconocerlo, alegando que el Gobierno de "Wásbing- 
ton no podía cumplir la condición indispensable pan 
que aquél fuese obligatorio, que es la de ser realizadny 
mantenido por una fuerza armada suficiente para hacer 
temible su infracción; pero ante el aserto de los federa- 
les de que poseían más de 400 buques para hacerlo efec- 
tivo, Inglaterra se declaró neutral, es decir, reconoci'> 
la beligerancia del Sur (15 Mayo 61). A esta declars- 
ción siguieron la de Francia (10 de Junio), y la de los 
Países Bajos (16 del mismo mea). España hizo idéntica 
declaración, aunque en términos muy favorables al 
Norte, en 17 de Junio, estoes, cuando la beligerancia 
d© loa confederados estaba reconocida por tres po- 
tencias. 

La actitud de Inglaterra y Francia causó gran dis- 
gusto al Gobierno de la Casa Blanca, y Mr. Seward. 
Secretario de Estado, ©n despacho de 17 de Junio de 
1861 al Ministro en París, afirmaba categóricamente 
la doctrina opuesta á ese reconocimiento. *No es ciei- 
>to, decía, como piensan las naciones extranjeras, qu^ 



4» 



misionados y de sua compañeros y los condujeron i. 
New-York. Semejante violencia produjo gran iiHÜgna- 
ción en Londres, y el Gobierno de la Reina Victoria 
exigió al americano pusiese en libertad á los detenidos, 
comenzando & hacer aprestos militares por si sn reda- 
mación no era atendida. Poco faltó para que oaí suce- 
diese, pues en el Congreso de la Unión se abogaba re- 
sueltamente por que se aprobase el hecho y se liicioSf 
frente á Inglaterra, mas Lincoln, con mejor acuerda, 
se resistió á semejante temeridad, y á la nota inglesa. 
apoyada por las grandes Potencias, se contestó (26 <]e 
Diciembre de 1861} por Mr. Seward mostrándose dis- 
puesto el Gabinete i, devolver los prisioneros, 

Francia é Inglaterra auxiliaron indirecta pero efi- 
cazmente á los Budistas, <no por méritos de la jostifií 
de la cansa de los confederados, sino porque hacía falta 
á su industria el algodón de los mismos,* como dk* 
Block. En Francia pudieron contratar empréstitos, y 
en los puertos ingleses se construyeron, armaron y 
equiparon los mejores buques de que dispusieron hi 
sudistas, como el Georgia, el Florida, el ShenandiA y<A 
Álábama. 

La actitud de España fué más correcta, mucho más 
amistosa para el Gobierno federal, pues no contenis 
con publicar una declaración de neutralidad que faw^ 
recia francamente al Norte, el señor Calderón Collar.- 
tes primero, y luego el Marqués de Miraflores, afir- 
maron que no se reconocería á los Estados confeiie- 
rados ni se recibiría agente alguno suyo; y en van" 
fué que los del Sur trabajaran por modificar es* acti- 
tud, que mereció de Mr. Perry, representante de '* 
Unión en Madrid, expresivos elogios, puea el decreí" 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 490 

lie neutralidad se aplicó dé tal suerte qae, en el terreno 
de lo3 hechos, excluía el reconocimiento de la belige- 
lancia de los confederados. Bnena prueba de ello que 
el Gobierno español no qniso recibir agente alguno del 
Sur, y que, habiendo llegado á Cádiz el buque corsario 
Siimpter, loa 42 prisioneros que traía fueron entregados 
al Cónsul de la Unión y el barco obligado ¿ partir en 
cuanto estuvo en condiciones de navegar (1). 

La actitud, de Inglaterra durante la rebelión dic 
lugar á que, una vez restablecida la paz, formulasen 
los Estados Unidos reclamaciones de daños y perjui- 
cios. La discusión volvió á recaer sobre el reconoci- 
miento de la beligerencia, quedando reducida al final 
á ventilar la mayor ó menor oportunidad con que lo 
efectuó la Gran Breta&a. Ambas potencias concerta- 
ron, por ultimo, el tratado de Washington de 8 d( 
Mayo de 1871 , qne tenía por principal objeto fijar las 
bases para la reunión de un tribunal de arbitraje, qu* 
entendiera y fallara en el litigio de las reclamaciones, 
comunmente llamado y conocido aún hoy, por la cueS' 
iión del Alí^ama. El tribunal, según el art. 1.", debían 
constituirlo cinco arbitros designados respectivamentf 
por la Reina de Inglaterra, el Presidente de los Esta^ 
doa Unidos, el Rey de Italia, el Presidente de la CoU' 
federación ,suiza y el Emperador del Brasil. En el ar^ 
tículo 4." se fijaron, como reglas á que debe sujetarse 
la conducta de los neutrales, las siguientes: 

• 1." Todo Gobierno neutral está obligado á adop' 

(1) Las autoridudcs holandesas, no obstante las reclamacio- 
nes de ■Washington, observaron mnv distinta conducta con di- 
cho barco en Curaeao. 



en 3U3 aguas para impeair que cualquiera vioie eii»u 
término juriadiccioual las obligaciones y deberea indi- 
cados.* 

Eeunido el Tribunal arbitral en G-inebra, función' 
desde el 15 de Diciembre de 1871 al 14 de Septiembre 
de 1872, dando al fin una decisión favorable á los Si- 
tados Unidos y condenando á Inglaterra á pagara 
aquellos 16.500.000 doDars en oro en concepto de in- 
demnización. 

6. Importante fué ese fallo, que estabíeció la juris- 
prudencia internacional acerca de los deberes de I" 
neutrales, pero no lo fueron menos los tratados que li- 
bertaron de toda traba á la navegación, aboliendo 1'- 
peajes del Sund, los Belts, el Stade y el Escalda. 



502 HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 

V » 

^ntre Bélgica y loe Países Bajos, por el cual éstos re- 

m 

nunciaban para siempre al peaje establecido sobre la 
navegación del Escalda, y aquélla se comprometía á 
pagar el capital . del rescate de este peaje, fijado en 
17.141.640 florines. Levantaban también acta de la 
declaración hecha en nombre del Bey de los Países 
Bajos el IB de Julio de 1863 á los Plenipotenciarios de 
las Potencias contratantes, manifestando que la supre- 
sión del peaje del Escalda, consentida por S. M., se 
aplicaría á todos los pabellones, sin que pudiese ser 
restablecido bajo- forma alguna, y se comprometían á 
abonar el rescate, correspondiendo á España pagar 
431.620 francos. 

De esta suerte quedaron libres la navegación del 
Báltico, el Elba y el Escalda. 



F^t?^ ^y-*' • 



CAPITULO xxvni. 



1. Cansas de la guerra de 1866 entre Prusia é Kalía contra Austria.— 2. 
Preparativos y alianzas.— 3. La guerra en la Alemania del Norte: pai 
de Praga,— 4. La guerra en Italia: paz de Viena.— 5. La Gonfederu- 
ción de la Alemania del Norte.— 6. La cuestión del Luxemburgo: 
conferencia de Londres.— 7. Reorganización del Zollverein. 



1. Las causas de la gueftra de 1866 entre Pnisia y 
Austria, en el fondo, se reducen á una sola: la lucha 
que de antiguo sostenían por la preponderancia en la 
Confederación germánica; pero en la apariencia, como 
causas accidentales y de momento, pueden citarse la 
aproximación de Francia, Prusia ¿ Italia y la cuestión 
del Schleswig-Holstein. 

Prusia hacía tiempo que aspiraba á ejercer en Ale- 
mania papel semejante al que en la Península italiana 
representaba el nuevo reino de Italia. Por esto acogió 
con simpatía la idea de las nacionalidades acariciada 
por Napoleón y no vio sin complacencia la acción de 
Francia en favor de Cerdeña; y por esto cuando Víc- 
tor Manuel encomendó el 23 de Septiembre de 1864 la 
dirección de los asuntos públicos al General La Mar- 
mora, bien conocido por sus tendencias prusianas, y 
cuando el 7 de Octubre se elevó a embajada la legación 
francesa en Berlín y se nombró Embajador al Conde 






504 HISTORIA PÍ)LÍT1CA Y DIPLOMÁTICA 

Benedetti, Mr. Bismarck, que era ya el alma de la po- 
lítica exterior de Prusia, fué á Biarritz, conferenció 
cou el Emperador de Francia, y sacando la convicción 
de que podía, sin riesgo, dirigir sus baterías contra el 
Austria, realizó á su regreso á Berlín una importante 
evolución. 

Francisco José no podía ver esto sin profunda des- 
confianza, y aun llegó á temer la existencia de nn 
acuerdo secreto entre Francia é Italia para atacar en 
breve plazo á Venecia, por lo cual creyó deber exigir 
á Prusia el cumplimiento de su compromiso de garan- 
tir al Austria sus posesiones no alemanas, obteniendo 
de Mr. Bismarck una respuesta que lá llenó de indig- 
nación: la de que el compromiso carecía de valor, por- 
que Prusia sólo había entemdido quedar obligada du- 
rante la guerra danesa. 

Importa consignar, como antecedente necesario 
para comprender bien la conducta de Mr. Bismarck, 
que la guerra que en 1864 estalló entre Alemania y 
Dinamarca por la cuestión del Schleswig-Holstein, ha- 
bía terminado, una vez vencida Dinamarca, por el tra- 
tado de Viena de 30 de Octubre, pero dejando entre 
Prusia y Austria un nuevo motivo de discordia: la ce- 
sión á ambas potencias de los Ducados de Schleswig- 
Holstein y de Lawemburgo. Austria no tenía gran 
interés en poseer esos territorios, mas queriendo impe- 
dir el engrandecimiento de Prusia, propuso que los 
Ducados fuesen cedidos al Príncipe Federico de Au- 
gustemburgo. Pero el Gabinete de Berlín procuró di- 
latar toda solución, hasta que en la entrevista de Gas- 
tein el Rey de Prusia y el Emperador de Austria con- 
vinieron en reservarse para sí la soberanía de los te- 



506 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

en nota circular de 16 de Marzo encargó Austria á sos 
embajadores hicieran saber á los gobiernos federales 
que iba á proponer á Berlín categóricamente la cues- 
tión de si tenía el propósito de romper el convenio de 
Gastein; que si la respuesta no era satisfactoria, pedi- 
ría interviniese la Confederación para impedir la gue- 
rra, y que el Gobierno imperial deseaba conocer confi- 
dencialmente las intenciones de dichos Estados. 

Bismarck, en nota circular de 24 del mismo mes, 
después de exponer el origen y desarrollo del conflic- 
to, manifestaba que la Confederación alemana, tal 
como estaba constituida, no ofrecía garantía alguna á 
Prusia, pues si ésta era atacada, no podía contar con 
un concurso federal, sino que estaba reducida á la bue- 
na voluntad de los gobiernos aislados que quisieraií 
prestarle su apoyo; pedía, como había hecho Austria. 
que cada Gobierno comunicase sus propósitos, y con- 
cluía diciendo que, de cualquier modo, Prusia se veía 
obligada á insistir en la reforma federal. 

A principios de Abril, y casi al mismo tiempo que 
se firmaba el tratado de alianza entre Prusia é Italia, 
Austria propuso el desarme, contestando el Gabinete 
de Berlín que toda vez que el de Viena había sido el 
primero en armarse, debía ser también el primero en 
anular sus preparativos. Llegóse aun acuerdo, y hasta 
se fijó el día 26 de Abril para iniciar el desarme, pero 
antes se supo en Viena que Víctor Manuel amenazaba 
á Venecia, y un Consejo de generales resolvió no llevar á 
cabo el desarme sino por la parte de Prusia. Esta no 
podía conformarse, y como Austria la invitase á some- 
ter las diferencias surgidas á la Confederación, Bis- 
marck contestó (7 de Mayo) que no reconocía la coni- 



HlSTOJttlA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 507 

petencia de- ésta en un asunto internacional, ni estaba 
Prusia dispuesta á someter la parte de una posesión 
adquirida en común con Austria, á otra decisión que ¿ 
la de su propia y libre voluntad; pero que sí lo estaba 
siempre á entrar en negociaciones directas con el Im- 
perio sobre las condiciones de una renuncia de la parte 
que le correspondía, y á marchar de acuerdo con él en 
la idea de una reforma federal. 

Francia, Itusia é Inglaterra mediaron entonces á 
favor de la paz, invitando á Prusia, Austria, Italia y lá 
Confederación, á celebrar una conferencia con objeto 
de resolver pacíficamente estas tres cuestiones: la del 
Schleswig-Holstein, la del Véneto y la de la reforma 
federal. Prusia ó Italia aceptaron la proposición, pero 
como' Austria exigió que no se tratase en la conferencia 
de adquisiciones territoriales, desistieron de su propó- 
sito las Potencias. 

La corte de Viena sometió entonces la cuestión de 
los Ducados á la Dieta de Francfort; Prusia protestó, 
y aquélla propuso á la Dieta la movilización de todo el 
ejército de la Confederación, excepto los tres cuerpos 
prusianos, y así se acordó por nueve votos contra seis. 
Derrotada Prusia, declaró la guerra (16 de Juaio) á 
Sajonia, Hannover y el Electorado de Hesse, y anun- 
ció por medio de parlamentarios á las avanzadas aus- 
tríacas, que consideraba la conducta de la corte de 
Viena como una declaración de guerra. 

Al mismo tiempo Italia declaraba también la gue- 
rra al Austria (20 de Junio). 

3. La campaña en Alemania fué tan rápida como 
decisiva. 

Catorce días bastaron á los ejércitos prusianos para 



sos HISTORIA POLÍTICA T DIPLOMÁTICA 



hacerse dueños de todos los Estados alemanes del Nor- 
te, sin que en realidad encontraran resistencia más que 
en los hannoverianos, que al fin y aun habiendo sido 
relativamente favorable para ellos la batalla de Lan- 
genzalza, hubieron de capitular y fueron licenciados. 
El ejército sajón había evacuado el territorio, reunién- 
dose á los austríacos en Bohemia. 

La posesión de la Sajonia permitió á los ejércitos 
prusianos realizar una rápida marcha concéntrica por 
los desfiladeros de la frontera ó invadir el territorio 
bohemio por el Norte. El plan del General Benedet 
había fracasado, y éste, en vez de libertar la Sajonia y 
dar un gran golpe en el corazón de Prusia para dictar 
la paz en Berlín, como habían anunciado los periódicos 
de Viena, se vio forzado ala defensiva, después de ha- 
ber cometido el irreparable error de dejar libre al ene- 
migo el paso de las montañas. Cuando quisieron los 
austríacos enmendar este error, era demasiado tarde: 
únicamente el General Gablenz, atacando al primer 
cuerpo de ejército prusiano, mandado por el General 
Bonín, consiguió alguna ventaja, obligándole á repa- 
sar la frontera de Silesia, pero vio luego divididas en dos 
sus fuerzas y batidas en detalle. Hubo combates encar- 
nizados, especialmente los de Skalita y Nachod, en los 
cuales los austríacos hicieron grandes alardes de valor. 
pero viéndose al fin forzados á emprender la retirada. 

Benedek, por un rasgo de audacia, resolvió jugar 
el todo por el todo antes de que se verificase la uniÓL 
inevitable de los ejércitos prusianos, y al efecto atacar 
al ejército del Príncipe Federico Carlos, vencerle en 
pocas horas, alejarlo así más y más del cuerpo del Prín- 
cipe heredero, situarse entre los dos y fortificarse pa- 



510 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



Inmediatamente Benedek pidió uua suspensión de 
hostilidades por cuatro días, pero como el Rey Guiller- 
mo se negase á aceptar la proposición, el Emperador 
Francisco José se dirigió á Napoleón ofreciéndole el 
Véneto, siendo aceptada la propuesta ó interponiendo 
Francia sus buenos oficiof cerca de Pruaia é Italia para 
obtener un armisticio. El 20 de Julio se acordó una 
suspensión de hostilidades por cinco días, terminados 
los cuales debía empezar el armisticio, y el 26 quedaron 
firmados éste y los preliminares de la paz, la cual se 
firmó el 23 de Agosto en Praga"", El 13 había sido fir- 
mada con Wurtemberg, el 17 con Badén, el 22 con 
Ba viera y luego con Hesse, debiendo pagar todos estos 
indemnizaciones que en junto ascendían á 61 millones 
de florines. 

El tratado de Praga, hecho después de haber obte- 
nido Prusia la conformidad de Italia, reconocía la ce- 
sión del Véneto á Francia y la renuncia por Austria á 
favor de Prusia de los derechos al Holstein y al Schles- 
wig, con la condición de que los distritos del Norte de 
«se último Ducado fuesen devueltos á Dinamarca, ca- 
so de que los habitantes de los distritos citados decidie- 
sen por medio de una votación su voluntad de perma- 
necer bajo el dominio dinamarqués. Austria se obliga- 
ba á pagar 20 millones de thalers á Prusia; consentía 
en la disolución de la antigua confederación germánica 
y en que se estableciese de nuevo sin tomar el Imperio 
parte en ésta; ofrecía reconocer la Confederación del 
Norte, lo mismo que otra análoga que podría formarse 
en el Sur, abandonando enteramente á ambas la facul- 
tad de establecer sus recíprocas relaciones. Prusia con- 
sentía en garantizar á Sajonia la integridad de su te- 



512 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

austriaco (16 de Junio), el general La Mármora, desde 
el cuartel general de Oremona, envió á Mantua (20 de 
Junio) la declaración de guerra, fundada en que Austria 
era el único Estado importante del mundo civilizado 
que no había reconocido el reino de Italia. «Teniendo, 
decia^ esclava una de nueatras más nobles provincias, 
la transforma en un vasto campo atrincherado, desde 
donde amenaza nuestra existencia y hace imposible 
nuestro desarrollo político, tanto en el interior como en 
el exterior.» 

El mismo dia 20 era nombrado presidente del Con- 
sejo el barón de Bicassoli, y entre grandes aplausos 
anunciaba éste á las Cámaras la declaración de guerra, 
la próxima salida del Rey para tomar el mando del ejér- 
cito, y la formación del Gabinete, en el cual entraba 
Visconti-Venosta en calidad de ministro de Negocios 
Extranjeros, quedando La Mármoracomo ministro síl 
cartera. El Rey, después de entregar las riendas del Es- 
tado al príncipe Eugenio de Saboya, su primo, comí' 
regente, y de dirigir una proclama á los italianos, sali»» 
de la capital el día 21 para ponerse á la cabeza de las 
tropas. 

Austria, como se ha dicho, había realizado grandes 
preparativos militares en el Véneto, reemplazando á 
Benedek, que había tomado el mando del. ejército del 
Norte, con el Archiduque Alberto. La posición de K> 
austríacos era muy sólida, pues el cuadrilátero irregu- 
lar formado por las plazas fuertes de Verona, Mantn¿ 
Peschiera y Legnano, teniendo al Norte las montaña? 
del Tyrol y al Sur el río Póo, podía considerarse com- 
ía llave de Italia. Sin embargo, la superioridad nnnit^- 
rica de las fuerzas italianas habría asegurado á ésta> 



como todo el Gobierno italiano, deseaba levantar wi. 
una victoria marítima el espíritu nacional, deoiiiii' 
después de la derrota de Custozza, abandonó el pneno 
de Ancona con objeto de apoderarse de la isla de Lisa 
en la costa de Dalmacia, que era considerada como ia 
llave del Adriático. Cuando estaba á punto de efectuar 
xm desembarco, después de combates en los cuales le* 
italianos lacharon con beroismocontrá un enemigo bier^ 
srmado, resuelto y bien dirigido, apareció la escuadra 
el 20 de Julio y se trabó una sangrienta lucha que dnrc 
cuatro horas. La victoria se la atribuyeron ambos com- 
batientes, pero lo cierto es que los italianos sufriera 
grandes pérdidas y que Persano tuvo que retirarse á 
Ancona. - 

Pocos días después del combate de Lissa, se concer- 
tó un armisticio (25 de Julio), pues Víctor Manuel H" 
tuvo más remedio que ceder á las indicaciones de Fran- 
cia y Pruaia, sobre todo ante la actitud d© ésta, q"'- 
anunció intervendría para la cesión de Venecia, per 
uo para la del Sur del Tyrol y la del Friul, que tambi^ 
pretendían los italianos, no obstante su derrota. 

Inmediatamente comenzaron en Viena las negocia- 
ciones para la paz, la cual quedó ñrmada el 3 de Oni- 
bre, por el Conde Félix Wimpffen en nombie de Ah- 
tria, y por el Conde de Menebrea en el de Italia. En " 
tratado se consignaba que, habiendo cedido el Emp'^' 
rador de Austria el reino Lombardo- Vénet>o al Eni¡'^' 
rador de los franceses, y mostrándose éste dispuesto :■ 
reconocer la reunión de dicho reino á loa Estados (i- 
Bey de Italia, bajo reserva del consentimiento de In- 
poblaciones debidamente consultadas, Austria consei.- 






HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 515 

tía en dicha úicorpoiación. El tratado implicaba, ade- 
más, el reconocimiento del reino de Italia por el Impe- 
rio austríaco. 

El 19 de Octubre se firmó el acta de cesión áel Vé- 
neto, y después que por un plebiscito se evidenció la 
voluntad de la población (pues sólo hubo 68 votos en 
•contra de la anexión), se publicó un Real decreto (4 de 
Noviembre) ordenando que las provincias del Véneto 
y de Mantua formasen parte integrante del reino de 
Italia. 

5. De la misma manera, y con igual rapidez que 
había triunfado del Austria, triunfó Prusia de las tro- 
pas federales, sin que la bravura de badeneses, wur- 
temburgueses y bávaros, sirviera á éstos mas que para 
sa^ar á salvo el honor de sus armas. El ejército federal 
tuvo que retirarse á la otra orilla del Meinj y ocupada 
la ciudad de Wurzburgo por los prusiajios, se pactó 
lina suspensión de hostilidades (28 de Julio), durante 
la cual se concluyeron en Berlín los tratados de paz 
con Wurtenberg, Badén y Baviera (13, 17 y 22 de 
Agosto), aprobando éstos el establecimiento de la Con- 
federación del Norte, y algunas modificaciones territo- 
riales proyectadas por Prusia, declarando subsistente 

• 

el ZoUverein, aboliendo el impuesto de navegación por 
el Rhin y el Mein; debiendo pagar como indemnización 
de guerra, Wurtenberg ocho millones de florines, Ba- 
ilen seis y Baviera treinta, y consintiendo ésta última 
en la cesión de los pequeños distritos para la rectifica- 
ción de las fronteras. Con Sajonia y el Hesse-Darmstadt 
hubo mayores dificultades en las negociaciones, pero 
al fin se ajustó la paz. 

El 4 de Agosto volvió á Berlín el Rey Q-uillermo^ 



616 HISTORIA POLÍIICA Y DIPLOMÁTICA 

y en el discurso de apertura de las Cámaras indicó sus 
ptjopósitos, presentaado poco después un proyecto de 
ley, reuniendo á Prüsia el reino de Hannover, el Elec- 
torado de Hesse, el ducado de Nassau y la cindadlibre 
de Francfort. El proyecto fué aprobado por una gran 
mayoría, y el establecimiento de la Confederación na 
debía hacerse esperar. 

En efecto, con la misma fecha (4 de Agosto) dirigió 
el Gobierno de Berlín una nota á sus representantes 
norte-alemanes, manifestando que en 16 de Junio se 
había dirigido una nota á los respectivos Gobiernos 
invitándoles á contraer con aquél una alianza sobre las 
bases que habían de acordarse con un Parlamento, á 
poner además en breve plazo sus tropas en piiede gue- 
rra, y tenerlas á disposición de Prusia para la defensa 
de su independencia y sus derechos, y finalmente, á to- 
mar parte en la convocación del Parlamento. Recorda- 
ba que el Gobierno prusiano prometió que, en el cas»> 

» 

de aceptarse esta invitación, el Rey de Prusia garan- 
tizaría á dichos Estados la independencia ó integri- 
dad de sus territorios, y añadía que habiendo aceptado 
la invitación todos los Estados, excepto dos (Sajonia- 
Meiningen y Reitss, primera rama), el Rey de Pnisia 
presentaba el proyecto de alianza que se acompañaba. 

Por virtud de dicho tratado los Gobiernos debíai) 
ajustar, y ajustaron, una alianza ofensiva y defensiva, 
asegurando el objeto de ésta una Constitución federal 
sobre la base de los principios prusianos de 10 de Junio 
de 1867 , quedando las tropas de los aliados bajo p1 
mando especial del Rey de Prusia. 

Los tratados de alianza ofensiva y defensiva con 
Baviera, Wurtenberg, Badén y el Gran Ducado de 



»¡S-vv 



HlSTORIJl POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 517 

Hesse, que permanecLerDn secretos hasta Marz3de 1837, 
«stipulabaa entre dichos Estados y Prusia la mutua 
garantía de la integridad de sus territorios, y el com- 
promiso eu caso de guerra, de poner á su reciproca dis- 
posicióu toias sus fuerzas militares, que habnan de ser 
mandadas por el Rjy Guillermo. 

Habiendo someuido el Gobierno prusiano á la apro- 
hación de los Estados del Norte y de las Cámaras de 
Berlín el projecto de ley electoral para el Parlamento 
federal, basado en el del año 1849, y verificadas con 
-arreglo á ól las elecciones, el 2? de Febrero de 1867 
Abrió el Bey de Prusia el Parlamento de la Alemania 
«del Norte, cuyas sesiones duraron hasta mediados de 
Abril, dejando aprobada la Constitución federal, que 
fué sancionada por todos los Estados Norte-germáni- 
cos, y por virtud de la cual no hay más que un ejérci- 
to, una marina, una representación diplomática, nom- 
brando el Bey de Prusia los jefes superiores de los con- 
4;ingentes, los gobernadores de las fortalezas y los di- 
plomáticos. En una palabra, Prusia lo absorbió todo, 
4^uedando los demás soberanos convertidos, según la 
oportuna frase de un distinguido escritor, en unos go- 
' J)ernadoTes civiles hereditarios. 

El artículo 6.** de la Constitución decía que el Con- 
.sejo federal se componía de los representantes de los 
miembros de la Confederación, constando de 43 votos, 
<ie los cuales Prusia poseía 17; y el art. 11 añadía que 
«la presidencia de la Confederación correspondía á la 
■corona de Prusia, la cual, en esta cualidad, poseía el 
•derecho de representar á la Confederación en las rela- 
<jiones internacionales, de declarar la guerra, y de fir- 
mar la paz en nombre de la Confederación, de concluir 



•r^^nz ■ •\'. 



HISTORIA POLÍTICA. Y DIPLOMÁTICA 519. 

landa, Francia, Austria, Inglaterra, Bélgica,. Prusia, 
Eusia ó Italia, concertaron el convenio de 11 de Maya 
de 1867, por el cual se concertó que el gran Ducado, en 
]os límites determinados en el acta aneja al tratado de 
19 de Abril de 1839, formaría en adelante un Estado 
perpetuamente neutral bajo la garantía de las Cortes 
de Austria, Francia, Gran Bretaña, Prusia y Rusia, y 
estaría obligado á observar la misma neutralidad con 
respecto á todos los demás Estados; obligándose las al- 
tas partes contratantes á respetar el principio de neu- 
tralidad estipulado en este artículo (el 2/') Añadíase 
que la fortaleza de Luxemburgo sería evacuada por las 
tropas prusianas, convirtiéndose la referida plaza fuer- 
te en ciudad abierta. 

Este convenio alejó la tormenta, pero no desvaneció 
el peligro. Bien pronto surgieron de nuevo los recelos 
y las desconfianzas, y el horizonte de Europa cubrióse 
de negras nubes que no tardaron en revolverse en ho- 
rrorosa tempestad. 

7. Con una constancia y con una habilidad supe- 
riores á todo encomio, prosiguió el Conde de Bismarck 
la gran obra de unificación que iba realizando poco d 
poco. En este sentido constituyeron pasos importantes 
los tratados que llevó á cabo para reorganizar el ZoU- 
verein. 

A primeros de Junio de 1867 y con asistencia de los 
Ministros de la Alemania del Sur, el Príncipe de Ho- 
henlohe por Baviera, Mr. Freidorf por Badén, Mister 
de Bambuler por Wurtemberg y Mr. Dalwigh por 
Hesse-Darmstadt, se reunió en Berlín una conferencia 
con objeto de discutir el convenio preliminar para la 
reorganización del ZoUverein. 




'-•'■y^^f. 



520 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



El proyecto de Mr. Bísmarck, que al fin prevaleció, 
prescribía que el ZoUverein se CDnstituíría entre los Gb* 
biernos del Sur y la Confederación de la Alemania del 
Norte; que el tratado que con este objeto había de ce- 
lebrarse, no podría ser denunciado; que la nueva unión 
tendría por, Presidente perpetuo al Rey de Prusia; que 
existiría un cuerpo legislativo, compuesto de un Con- 
sejo de plenipotenciarios {el ZoUbundesrath) y un Par- 
lamento aduanero (el Zollparlament), elegido por su- 
fragio^ universal; y que la competencia del Presidente 
y de las Asambleas se extendería no solamente á las 
cuestiones de aduanas y de hacienda, sino también a 
las medidas que debían tomarse fuera de la zona fiscal, 
para la seguridad de las fronteras aduaneras comunes. 
Es decir que, no sólo se unía á todos los Estados ale- 
manes con el estrecho lazo de una comunidad comer- 
cial, sino que se establecían vínculos de carácter poli- 
tico que eran un gran paso dado hacia la total unifica- 
ción de Alemania. 

El ZoUverein, una vez reconstituido sobre las l)asei 
dichas, celebró tratados de comercio con casi todas las 
naciones. 



'^rr^-': 



CAPITULO XXIX. 



í. Rusia y v\ panslavi^mo.— ?. La iosnrrección de Creta.— 3 Si*iia«*!óit 
de liij^laterra: la loforma electoral: el fenianismo.'-A, 1.1 c'oiii|ironii- 
so austro*húogaru.~5. Francia y Austria.— 6. La cuestióu romana en 
1867.-7. El Syltabus: el Concilio ecuménico.— 8. Italia en i.oma. 



1. La política de las nacionalidades iniciada por 
Napoleón III en el primer período der segundo Impe- 
rio y tan hábilmente desarrollada, en servicio de las as- 
piraciones de Prusia y el Piamonte, por Mr. de Bismarck 
y el Conde de Cavour, encontró un entusiasta defensor 
en el Príncipe Gortchakoft, el cual, rodeado en el mi- 
nisterio de hombres aún más resueltos y menos rutina- 
rios que él, como el Conde Milutine, Tolstoí, Maura- 
wieff, etc., y valiéndose del ascendiente, cada día ma- 
yor, que ejercía sobre Alejandro II, trató de realizar 
el ideal moscovita, de conseguir la homogeneidad de 
Rusia, haciendo que en el Imperio no hubiese más que 
una sola nación. 

Rusia entonces, no sólo se extendió por el Asia, si- 
guiendo su silenciosa pero incesante campaña al otro 
lado de los Urales y del mar Carpió, avanzando por el 
Turkestan, conquistando á Khodjend y Samarkand en 
1866, y sometiendo el Khanato de Boukhara (que reco- 



í^i«» 



522 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

noció su vasallaje por el tratado de 5 de Junio de 1868)^ 
prólogo de la adquisición de Zarafchan, Falgar y Ma- 
gian en 1870 y de otras posteriores que la acercan ca- 
da día más á la India, sino que estrechó sus relaciones 
con los Estados Unidos á los que cedió la América rusa 
por el tratado de "Washington de 30 de Marzo de 1866, 
y procuró realizar el programa del panslavismo, propa- 
gado por periódicos importantes y comités infatigables» 
cuyos agentes y recursos pecuniarios, trabajando á la 
vez en Austria y en Turquía, agitaron poderosamente 
á los dos imperios en beneficio de los ideales rusos. 

En Austria armó á los ruthenos de la Galitzia, ex- 
citó á los tcheques á reivindicar su autonomía en Bo- 
hemia, ayudó á los slovaques del Norte de Hungría á 
intentar la reconquista de sus derechos, lanzó á los ser- 
vios, croatas y esclavones contra los magyares, ó hizo 
surgir en la Iliria la idea de constituir un Estado: y en 
Rusia prometió engrandecimientos territoriales á los 
servios, á los griegos y á losmontenegrinos, alentó las 
rebeliones de los bosniacos y los búlgaros, fomentó las 
reclamaciones de los cristianos por el incumplimiento 
de las promesas de reformas hechas por la Puerta, y 
como á consecuencia de la revolución de Bucharest, se 
consolidó la unión de la Valaquia y la Moldavia, se 
apresuró á reconocer, frente á las protestas de Turquía, 
al nuevo Eey Carlos de HohenzoUern. 

Cuando las expansiones del panslavismo daban lu- 
gar á que se invocasen los preceptos del tratado de Pa- 
rís de 1856, Gortchakoff se apresuraba á hacer constar 
que dicho tratado había sido violado y que como los 
arreglos en aquél consignados no tenían otro valor 
que el que les daba el acuerdo de las grandes Pot^n- 



ICA Y DIPLOUÁ'^ICA 523 

cías, la falta de éste, cien veces evidenciada, loa había 
invalidado (circular de 20 de Agosto de 1066). 

2. Bien pronto, aprovechando la situación de la 
mayor parte de las grandes Potencias, se ofreció á Ku- 
sia pretexto para poner en práctica sus ideales. 

La isla de Creta que, después de haber tomado par- 
te en la guerra de la independencia helénica, había 
sido entregada de nuevo, por la conferencia de Londres 
(1830), álos caprichos del Sultán, que luego estuvo 
sometida á Mehemet Alí hasta 1841, y que desde esta fe- 
cha volvió á sufrir la dominación directa de Turquía, 
contra la que se sublevó tres veces (1841, 1852 y 1863), 
intentó por esta época realizar su unión al reino helé- 
nico, alzándose en armas contra los turcos (1." de Agos- 
to). Rusia auxilió francamente á los cretenses, pensan- 
do que la isla sirviera de dote á la Gran-duquesa Olga, 
nieta de Alejandro II, que debía casarse con el Eey 
Jorge I de íí^recia. 

La ocasión, como queda indicado, no podía ser más 
propicia. Prusia, ocupada en organizar la confedera- 
(:ión y en vigilar á Francia, no había de contrariar á 
Rusia, á la que debía no poco y de la que podía espe- 
rar bastante. Italia era un mero satélite del Gabinete 
de Berlín. Ninguna de las dos podía combatir la apli- 
cación á Creta del principio de las nacionalidades, y 
menos podía combatirlo el Gobierno francés, el cual, 
en circular de 16 de Septiembre, había afirmado que 
las grandes aglomeraciones de cada raza eran no sola- . 
mente legítimas, sino ventajosas para Europa. Ingla- 
terra no estaba en condiciones de constituirse en pro- 
tectora de Turquía, pues se hallaba trabajada por 
honda crisis interior, y Austria se consagraba, bajo la 



52-1 HISTORIA POLÍTrCA Y DIPLOMÁTICA 



dirección del antiguo Ministro sajón, Conde de Beust, 
á reponerse del desastre de Sadowa. Sin embargo, 
Austria ejerció en este asunto decisiva influencia, j.ues 
Beust, en una circular de 1.° de Enero de 18G7, afirmó 
terminantemente, contra lo que hasta entonces había 
constituido la política austriaca, que era un deber para 
Euroj a hacer suya la causa de las poblaciones cristia- 
nas del imperio otomano, y que, al efecto, las grandes 
potencias debían deliberar é imponer colectivaraente 
sus acuerdos á Turquía, impidiendo también que los 
cristianos se hicieran justicia por su mano, y borrando 
del tratado de París la . cláusula que excluía á la flota 
rusa del Mar Negro. 

Era evidente que el Conde de Beust había querido 
impedir que Rusia continuase por más tiempo presen- 
tándose como la única potencia protectora de los cris- 
tianos de Oriente y ejerciendo sobre éstos, con aquél 
título, una preponderancia exclusiva; pero la circular 
no agradó á nadie. Rusia no aceptó la Ventaja que se 
la ofrecía y que contaba adquirir sin la cooperación 
de Austria; Francia rechazaba la modificación del tra- 
tado de París; Inglaterra no estaba dispuesta á, perder 
los beneficios que la había reportado la guerra de Cri- 
mea; y Rusia, de acuerdo con los Gabinetes de París, 
Berlín y Florencia, desentendiéndose de las proposi- 
ciones austríacas, anunció su propósito de invitar á h 
Puerta á consultar al pueblo cretense sobre su futu- 
ra suerte. Beust, con notoria habilidad, no se opuso a 
esto; al contrario, acababa de obtener de Turquía h 
renuncia de su derecho á tener guarnición en Belgrad" 
y otras tres fortalezas servias (18 de Abril), y creyó 
poder asociarse á aquella idea de Rusia. 



HISTÜHIA POLÍTICA y DIPLOMÍriCA 



RechazaHa por Turquía semejante invitación, Rn- 
sia no puHo obtener de Francia otro concurso que el de 
su alh^sión á nna nota (aceptada por Prusia é Italia, 
pero combatMa por In^laterray Austria), proponiendo 
á la Puarta cmsintiese que las grandes potencias 
abriesen en Creta una información. El Gabinete de 
Coustantinopla no se opuso por completo, si bien al 
aceptar lo hizo en condiciones que hacían ilusoria la 
idea do Rusia (20 de Junio). Pocos días después el Sul- 
tán era recibido con extraordinarios honores eu París 
y agasajado en Londres; y acaso por con.'^ejo de ambos 
Gobiernos, Abd-uI-Aziz dio á Creta una nueva admi- 
nistración (20 de Septiembre) y encargó al Gran visir 
realizase en Creta una información exclusivamente tur- 
ca (4 de Octubre). 

El desenlace de este enojoso incidente fué que Ru- 
sia, Francia, Prusia é Italia dirigiesen á Turquía una 
nota (29 de Octubre), no tal como la había propues- 
to Alejandro II, esto es, declarando poco menos qu© 
fuera de la ley al Imperio otomano, sino en términos 
que equivalían á afírmar que abandonaban á la Puerta 
á sus propias fuerzas, como á un enfermo desahu- 
ciado. 

3. Inglaterra, se ha dicho antes, hallábase traba- 
jada por grave crisis interior. 

El ministerio Russel-Gladstone había presentado 
I Marzo 1866) un proyecto de reforma electoral, am- 
pliando el derecho de sufragio; pero rechazado por la 
Cámara hubo de dimitir aquél, sustituyéndole el mi- 
nisterio Derby-Disraeli, elcual se encontró planteados, 
además de dicho problema, el de la secesión del Cana- 
dá y el áfí\ fenianismo. Los tres agitaban grandemente 



336 UISTOKIA POLfnCA y diplouática 

A la opinión pública, y sólo merced á la exquisita edn- 
cación política del pueblo inglés y á la hábil conducta 
de los gobernantes, pudieron salvarse todas las dificul- 
tades y resolverse, en parte siquiera, tan graves cuk- 
tiones. ■ 

Los tories aceptaron el principio de la reforma 
electoral, y no sólo lo aceptaron, sino que lo desenvol- 
vieron en un proyecto más amplio y más radical qae 
el de Lord Kussel, preparando así la reforma llevada 
á cabo en 1887, por la cual se duplicó el número d* 
electores y se hizo un reparto más proporcionado entr? 
la población de 'cada colegio electoral y el número de 
diputados. La resistencia de la Cámara de los Lore^ 
apasionó mucho los ánimos, llegando á pensarse por 
algunos en la transformación de aquélla. Pero sin le- 
currir á este extremo, el elemento democrático haiiJ" 
penetrando poco á poco en el Gobierno inglés, y mi- 
nistros de la Reina Victoria han sido radicales como 
Bright y demócratas como Chamberlain. 

Más pronta y más radical solución tuvo la cuestión 
del Canadá. 

Reunidos en Londres loa delegados del Alto y del 
Bajo Canadá, de Nueva-Escocia y de Nueva Brnn>- 
wick, las conferencias duraron desde fines de 1860 
hasta Marzo de 1867, consiguiéndose al fin llegar, en- 
tre aquéllos y el Gobierno de la Metrópoli, á un acner- 
do en virtud del cual se adoptó una nueva Coustitncif'" 
que, reformando la de 1834, reunió dichas provincias 
bajo el título de Dominion of Canadá, consagrando la 
autonomía del nuevo Estado federal y la intención <-í- 
Inglaterra de renunciar á intervenir en los negocios in- 
teriores del país. £1 Gobernador general, de nombr;i- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 527 

miento de la Corona, quedó reducido á una especie de 
Rey constitucional, con un Consejo de Ministros res- 
ponsables, que administra. Hay además un Consejo 
legislativo y un Parlamento, habiéndose posterior- 
mente reformado la ley electoral, entregando á los 
tribunales ordinarios la facultad de juzgar las elec- 
ciones. Por su índole especial- el problema de Irlanda 
no tuvo entonces ni ha podido tener todavía completa 
vsolución. 

Desde 1848 la emigración de irlandeses á los Esta- 
dos Unidos había aumentado de un modo considerable, 
constituyendo un partido poderoso que ha mantenido 
en constante agitación á Irlanda y causado graves 
preocupaciones al Gobierno inglés. El fenianismo re- 
clamaba y reclama la supresión de los privilegios. que 
restan á la Iglesia anglicana y que pugnan con los 
sentimientos de una población esencialmente católica; 
nuevas leyes agrarias, que den mayores seguridades á 
los arrendatarios y les faciliten su conversión en colo- 
nos, y el restablecimiento de la autonomía de Irlanda. 
No obtuvieron, por entonces, satisfacción estas preten- 
siones, ó Irlanda siguió presa de tremendas convulsio- 
nes, cometiéndose sensibles atentados. 

Gladstone ha querido después resolver tan arduo 
problema. En 1869 realizó en gran parte las aspira- 
ciones de los católicos irlandeses, y un año más tarde 
hizo algo en el sentido de mejorar la condición de los 
colonos; pero al intentar, en 1886, poner en práctica el 
home mle^ creando en Dublín un Parlamento y un Mi- 
nisterio especiales, fracasó ante la resistencia de sus 
mismos amigos, y el partido liberal se dividió por esta 
causa. 



528 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

4. Encargado el Barón de Beust, en Octubre de 
1835, del Ministerio de Negocios Extranjeros de Aus- 
tria, estimó que una de ]as necesidades ciij'a satisfac- 
ción más urgía al Imperio era la de impedir que con- 
tinuasen los agentes rusos excitando á los eslavos. 
Para conseguirlo expuso al Emperador Francisco José 
la conveniencia de transigir con Hungría, entniTi'loeii 
arreglos sobre la base del programa trazado poi Disi. 

Pretendía éste que se reconociesen á Hungría sus 
derechos y que Hungría se reconciliase con el Empe- 
rador, para lo cual había de establecerse una especie 
de federación entre aquel reino y el Austria propia- 
mente dicha, dotando á cada una de ambas partes de! 
Imperio de un Gobierno constitucional independiente, 
compuesto de un Parlamento y un Ministerio que fun- 
cionarían con completa separación, excepto en lo rela- 
tivo á las relaciones exteriores, Guerra v Hacienda, 
cuyos asuntos debían ser confiados á Ministros comu- 
nes á Hungría y Austria y discutidos por delegados, 
iguales en número, de ambos Parlamentos. Convencid" 
el Emperador, marchó el Barón de Beust á Pesth, y 
durante los meses de Diciembre de 1866 y Enero de 
1867 siguió con Deak negociaciones muy activas, I - 
grando al fin ultimar con los jefes del partido magyar 
el famoso compromiso austro-húngaro. Francisco Josc 
fué coronado en Pesth, con gran solemnidad, com 
Rey de Hungría, el día 8 de Junio. 

No han terminado con esto las oposiciones y 1^^^ 
antagonismos entre Austria y Hungría, y bien recien- 
te está el conflicto provocado en 1893 por el proyec' 
de ley del ministerio Wekerle .sobre los matrimoni»^ 
mixtos, declarando obligatorio el matrimonio civil pa- 



530 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

' " I ■ ... 

mismos días Bísmarek completaba su obra. Las circuns- 
tancias no le permitieron otra cosa, porque del lado dí» 
Italia habían surgido complicaciones que llamaban 
poderosamente la atención del Emperador. 

6. En virtud del tratado de París de IB de Sej)- 
tiembre de 1864, Italia se había comprometido» no sólo 
á no atacar los Estados potitiíicios, sino á impedir por 
la fuerza, si era preciso, todo ataque del exterior; ám» 
•oponerse á la organización de un ejército pontificio 
<íompuesto de voluntarios católicos extranjeros; á to- 
mar á su cargo una parte proporcional de la deuda de 
los antiguos Estados de la Iglesia, y á fijar en Floren- 
cia la capitalidad del nuevo reino. Francia, por su par- 
te, se obligó á retirar sus tropas del territorio pontifi- 
cio gradualmente y á medida que se organizase el 
•ejército del Santo Padre, debiendo realizarse la evaciia- 
-ción en el término de dos años. 

La presencia de Rattazzi al frente del gobierno ita- 
liano fué, durante algún tiempo una garantía de que 
«se tratado se respetaría por Italia; pero después de la 
guerra de 1866 y de la anexión de Venecia, las mira- 
das de todos los italianos se fijaron en los Estados 
pontificios, no ocultando sus esperanzas de completar 
en breve plazo la unidad de la patria. Acaso el mismc» 
Gabinete participaba de estos propósitos. 

La evacuación de Roma por las tropas francesas se 
había ultimado en Diciembre de 1866, y los ocho pri- 
meros meses del siguiente año pasaron en relati^'a 
tranquilidad; mas en el estío, el movimiento garibaldi- 
no tomó caracteres alarmantes. Rattazzi, en virtud de 
aquel tratado, debía reprimir la tentativa de Garibal- 
di, pero encontrándose con que Bismarck le amenazaba 



532 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



El jamás de Mr. Bouber costó bien pronto sobrado 
jcaro al Imperio francés. 

7. Antes de esto^ babía realizado Pío IX un acto 
importantísimo. Con motivo de las fiestas del cente- 
nario de San Pedro, reunió en S.oma gran número de 
Obispos (Junio de 1867) y dio el Syllabus, documento 
que señalaba una tendencia que la índole de esta obra 
no permite juzgar, anunciando al propio tiempo el 
propósito de reunir un Concilio ecuménico destinado á 
definir la autoridad del Pontificado; idea que no obtu- 
vo igual acogida por parte de los prelados de todos los 
países. 

El Concilio, al que asistieron unos 700 miembros, 
inauguró solemnemente sus tareas el 8 de Diciembre 
de 1869, prolongándose las sesiones durante ocho me- 
ses, y siendo muy vivos los debates entre los partida- 
rios de la infalibilidad pontificia y los que defendían 
las prerrogativas del episcopado, pero al fin se votó el 
nuevo dogma y se dio la Constitución Pastor .¿Eternm, 

Un suceso, que no por previsto causó menos sen- 
sación en el mundo, interrumpió las tareas del Con- 
cilio. 

8. Había estallado la guerra entre Francia y Ale- 
mania y las tropas francesas hubieron de abandonar á 
Boma para correr en auxilio de su patria. Tan pronto 
como esto tuvo lugar (Septiembre de 1870) el Gabinete 
de Florencia, violando el tratado de 1864, mandó un 
cuerpo de ejército a la frontera romana, no -para con- 
tener á los partidarios que habían invadido el territo- 
rio pontificio, sino para decidir al Papa, con la ame- 
naza del empleo de la fuerza, a aceptar un arreglo 
amistoso. Pío IX no cedió, y las tropas italianas llega- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 533 

ron hasta el pie de las murallas de Boma^ capitulando 
ésta después de un cañoneo de tres horas. 

Establecióse en Boma un Gobierno provisional, que 
presidió un plebiscito por virtud del cual se decretó la 
anexión á Italia de los antiguos Estados de la Iglesia 
(9 de Octubre). 

Los católicos de todo el mundo lanzaron un grito 
de indignación que obligó al Gobierno italiano á de- 
clarar que el Papa podría en adelante ejercer todos los 
derechos y usar de todas las prerrogativas de Jefe de 
la Iglesia con la más amplia libertad y con la digni- 
dad de un soberano. Poco después se dio la ley de ga- 
rantías, declarando sagrada é inviolable la persona del 
Pontífice, dando á éste el rango y el título de sobera- 
no y asignándole una renta anual de 3.225.000 pe- 
setas. 

El sueño de Cavour se había realizado, y sin em- 
bargo, la ocupación de Roma .planteó para Italia un 
problema sin solución. 



CAPITULO XXX. 



1. Antecedentes do la Revolución española de 18G8: su triunfo.— 2. Pe- 
ríodo revolucionario: la Constitución de 1869: la Regencia.— 3. Rei- 
nado de Don Amadeo I.— 4. La República: actitud de las Potencias.— 
5. La guerra de Cuba: relaciones con los Kslados Unidos: el Protocolo 
de 1871.— C. La cuestión del Vií^tjinws.— l, Tratados ajus ados duran- 
te Oble perioilo. 



1. Cuando en Julio de 1866 cayó el Ministerio 
O'Donnell y fué sustituido por el Gabinete Narváez- 
Gonzélez Bravo, se dio el paso más grande en el cami- 
no de la revolución: aquel cambio ministerial, cuya 
responsabilidad es injusto atribuir por entero á la Co- 
rona, fué el suicidio dé la monarquía. 

El nuevo Gobierno inauguró un períocJo de violenta 
ó injustificada reacción: una dictadura incalificable 
que lo trastornó todo, el régimen municipal y provin- 
cial^ la enseñanza que se confió al clero, la policía ele- 
vada á institución en vez de limitarla á ser un instru- 
mento, provocaron tales protestas, (¿ue las mismas Cor- 
tes, elegidas bajo la presión del sable de Narváez y 
merced á las artes de González Bravo, no pudieron 
sustraerse á la corriente general, y 121 Diputados fir- 
maron una exposición á la Reina acusando al Gabinete 
de haber violado la Constitución y protestando contra 
el régimen de la arbitrariedad á que se quería someter 



HISTERIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 535 

■W -t - - ir^ - a m i_ jiwinai , i«-i _ l !■ m ^^^^ 

al país. Una voz elocuentísima, la del señor Cánovas 
<lel Castillo, se levantó en el seno del Congreso para 
predecir, en medio de la mayor amargura, que por el 
camino emprendido se iba á la revolución; pero el Go- 
bierno, sordo á tan patrióticas excitaciones y á tan 
prudentes advertencias, lejos de escucharlas, cuando no 
obstante las medidas adoptadas para impedirlo, se cir- 
culó la exposición de los 121, recurrió á un verdadero 
golpe de Estado (30 de Diciembre de 1866) arrestando 
y dester;;ando á Canarias y otros puntos al Presidente 
del Congreso, Ríos Kosas, á varios Diputados y al 
Presidente del Senado, General Serrano, que había ad- 
vertido á la Reina los peligros de la política de violen- 
cia que imperaba. O^Donnell y otros políticos impor- 
tantes, todos sinceramente monárquicos, tuvieron que 
refugiarse en el €¡xtranjero para librarse de la persecu- 
ción de la policía. 

Así las cosas, y sometida la prensa al capricho mi- 
nisterial, se verificó una parodia de elecciones. El Go- 
bierno, juguete de desatentadas camarillas, reprimió 
con crueldad varias insurrecciones y sometió el país á 
la omnímoda influencia clerical, después de declarar 
poco menos que permanente el estado de sitio. Enton- 
ces, en tan críticas circunstancias, fué cuando el Santo 
Padre, mal informado sin duda por los que tenían el 
deber de decirle la verdad, mandó á Doña Isabel II la 
Rosa de Oro, «símbolo de todas las virtudes femeninas» 
<6 de Febrero de 1868). 

Muerto el Jefe del Gobierno, General Narváez (2S 
de Abril), se encargó de la Presidencia el señor Gon- 
zález Bravo, acentuando aún más la política de capri- 
chosa reacción, desterrando á los Generales Serrano, 



Zavala, Dulce, Córdova y otros, y mandando salir de! 
reino al Duque de Montpenaier. Estos últimos atenta- 
<lo3 determinaron el rápido estallido de la revolución. 
Unionistas, progresistas y demócratas, se pusieron de 
■acuerdo, y el 19 de Septiembre el Brigadier Topete, al 
frente de la escuadra, dio el grito de libertad en la ba- 
hía de Cádiz, al propio tiempo que se publicó el mani- 
fíesto que redactó Ayala y suscribieron los Generales 
Serrano (Duque de la Torre), Prim, Duloe, Serrano 
Bedoya, Nouvilas, Primo de Rivera {don Rafael), Ca- 
ballero de Rodas y Topete, manifiesto que era más que 
«n programa, una elocuentísima protesta, un grito í\p, 
guerra. 

Propagada rápidamente la insurrección, compren- 
dió la Reina, que se encontraba en San Sebastián, el 
peligro que corría el trono, y habiendo dimitido Gon- 
zález Bravo, nombró Ministro universal al (Jeneral 
Concha, Marqués de la Habana; pero pocos días des- 
pués, dada la batalla de Alcolea (28 de Septiembre) y 
herido gravemente el General Novaliches, que manda- 
ba el ejército isabelino, se unió éste á las fuerzas su- 
blevadas, que se habían batido á las órdenes del Duque 
de la Torre, y quedó consumado el triunfo de la revo- 
lución, teniendo Isabel II que refugiarse en Francia y 
firmando en Pau una protesta contra la revolución i30 
de Septiembre). 

2. Constituido un Gobierno provisional, bajo la 
presidencia del Duque de la Torre, entrando el Gene- 
ral Prim en Guerra, Lorenzana en Estado, Romero 
Ortiz en Gracia y Justicia, Topete en Marina, Figne- 
rola en Hacienda, Sagasta en Gobernación, Ruiz Zo- 
rrilla en Fomento y Ayala en Ultramar, realizáronse 



HISTIIRIA POLÍTICA Y r>[PLOMj 

importantísimas reformas que trans 
política de España en vm sentido libe 

El Gobierno provisional, aunque 
iiifiestos, programas y circulares afir 
cióii escogería libremente las instituci 
de regirla, tenía un marcado sentido i 
do notorio que algunos, cuando meno 
que lo formaban, no transigirían nur 
republicanas; c()mo que la revolución, 
fué más qne un movimiento para sust 
bel II con su hermana la Infanta 1>( 
Fernanda. P^ro los republicanos, qo 
pequeñísima parte en los trabajos 
aprovecharon la amplísima, exagera 
situación provisional, para intentar 
fuerza sus ideales, y se insurreccionar 
laga y otros puntos, teniendo el Grobi 
en sangre la rebelión. Al mismo tiem 
lanzaron al campo en el Norte, procls 
ei nombre de Carlos VII, al nieto de 1 
Isidro de Borbóu. 

Abiertas las Cortes Constituyenteí 
tVagio universal, el 11 de Febrero de 
da la comisión que había de redactar 
titucional, comenzó á discutirse éste ( 
debates fueron tan empeñados como 1 
que la minoría republicana hizo verdi 
oposición al tratarse de algunos artíc 
iativo á la forma de Gobierno, el pro; 
bado definitivamente el 1." de Junio 
con gran solemnidad el día 6. 

La nueva Constitución producto d' 



53-* HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTU A 

entre demócratas, progresistas y conservadores, tran- 
sacción en la cual estos últimos impusieron la supre- 
macía de la religión católica y la monarquía hereditaria 
C9n algunos otros de los atributos esenciales de ésta, 
distinguíase especialmente por su carácter democrático, 
más bien que democrático, individualista, porque los 
demócratas que figuraron en las Constituyentes. má« 
que demócratas eran economistas enamorados de las 
teorías individualistas. Así la Constitución de 1869 re- 
sultó impracticable, aun para sus mismos autores, por- 
que suponía la existencia de una cultura social y polí- 
tica que estaba muy lejos de tener el pueblo español, } 
más que el pueblo, los partidos, aferrados á los viejo* 
procedimientos de la escuela progresista, que hicieron 
suyos por entero, y aún no han abandonado ni losiuá:^ 
radicales republicanos. 

Promulgada la nueva Constitución, quedaba la na- 
ción convertida en una monarquía sin Monarca, y como 
la elección de éste amenazaba dividir á la mavoria. 
optóse por constituir una Regencia, al frente de la cual 
se puso, con el tratamiento de Alteza, el Duque de la 
Torre, encargándose de la presidencia del Gobierno el 
General Prim. 

Entre los elementos directores de la revolución ha- 
bía algunos que defendían la candidatura del Duque de 
Montpensier, pero á éste se le inutilizó sirviéndose comí» 
instrumento del Infante don Enrique, que le insultó y 
obligó á batirse con éxito bien desgraciado para el pro- 
vocador, puesto que murió en el lance (Marzo de 1870/. 
Otros sostenían la del General Espartero, y aun algu- 
nos abogaban por la del Duque de la Torre. El Gobier- 
no pensó en el Rey de Portugal y en su padre don Fer- 



liando de Coburgo, en el Duque de 
Príncipe de Hohenzotler» , sirviendo li 
este último de pretexto para la guerra 
Alemania. Al fin se consiguió que Víc 
rizaae á su hijo don Amadeo, Duque 
aceptar la col'ona; siendo éste elegido 
de 1870) y desembarcando en España 
f^ue moría el General Prim (30 de Di( 
del criminal atentado de que fué objet 
3, Don Amadeo I comenzó su rein 
tristes auspicios, y demostró desde lúe 
[wnetrado de la verdadera situación di 
rácter del pueblo español. Fué con to 
esencialmente constitucional, y si los e 
i]UÍcos de la revolución hubiesen estad 
habría podido lograr prevalecer; pero i 
mismos que habían elegido al Rey se t 
grupos irreconciliables, capitaneado ui 
rriHa y Rivero y otro por el Duque de 
gasta. Ambos bandos hicíéronse cruda 
ciones fueron constantemente una fan 
cionalismo del Rey sólo sirvió para q 
del país se consumieran en cruenta lu' 
ríos se sucedían cada tres ó cuatro me 
elecciones generales, y don Amadeo, ( 
no conocía y en el que las clases coi 
veían al hijo de Víctor Manuel, el can 
no logró ganar la voluntad del país. 

El dínastismo de sagastinos y zoi 
si vale la frase, prendido con alfileres, 
de su estancia en el poder. Carlistas y 
horrible contubernio, procuraban la ru 



540 HIST )R1 V P )LÍT¡CA Y hlPLOMÁTlCA 

dinastía. Unos y otros apelaron á las armas del ridí- 
culo primero, y luego los absolutistas encendieron la 
guerra civil. La insurrección carlista, que estalló en 
Abril de 1^^% y que revistió verdadera gravedad, íw 
limitada por el Duque de la Torre, temporalmente a! 
menos, merced al convenio de Amorevieta; pero la acti- 
tud irreflexiva é imprudente del ministerio Zorrilla- 
Córdova, provocando la cuestión de los artilleros y lle- 
gando á la disolución del Cuerpo de artillería, la dí< 
gran incremento. 

Cansado al fin don Amadeo de una lucha incesante, 
comprendiendo que el trono vacilaba, viéndose víctima 
de inmerecidos desaires ó injustificadas groserías, s^ 
decidió á renunciar la corona, como lo hizo el 11 dr 
Febrero de 1873, desdeñando las tardías protestas y lo? 
vanos ofrecimientos del G-obierno. 

4. Las Cámaras, reunidas en Asamblea única, coi.- 
tra el precepto terminante de la Constitución, procla- 
maron la República (11 de Febrero), naciendo asi "j 
nueva forma de gobierno como producto de un verda- 
dero pronunciamiento parlamentario. 

Constituyóse un ministerio presidido por el sen- 
Figueras, y del que formaban parte, con los republics- 
nos Castelar, Pí y Margall y Salmerón, hombres coir. 
los señores Echegaray, general Córdova, Beránger / 
Becerra, que habían sido ministros hasta aquel misni' 
día, del rey don Amadeo. Este Gobierno sólo pu- 
existir trece días, siendo reemplazado por otro repi> 
blicano homogéneo que presidió también el señor Fi- 
guertis, y el cual convocó Cortes Constituyentes,!:; 
sin que estallaran formidables insurrecciones por ne- 
garse aquél á proclamar la federación como forma y 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 541 

4 , 

la República. El señor Figueras, caosado de luchar y 
acaso desengañado ante el espectáculo que ofrecían su.s. 
correligionarios, abandonó el poder, siendo sustituido- 
por el señor Pí y Margall, cuyo Ministerio sólo dura 
un mes y siete días, y un mes y veinte días el siguien- 
te, que presidió el señor Salmerón. 

Indisciplinado el ejército en Cataluña y en el Nor- 
te, pujante el cantonalismo en Levante y en Andalu- 
cía, impotente el Gobierno para reprimir escenas tan 
tristes como las de Alcoy, Sevilla, etc., aumentando de 
día eu día la insurrección carlista, sin fuerza y sin 
prestigio las Cortes federales, que no llegaron á apro- 
bar el proyecto de Constitución federal, España, en 
fin, en plena anarquía, parecía próximo el triunfo del 
carlismo, ó acaso la intervención extranjera. En talea 
circunstancias se encargó del poder el Sr. Castelar (7 
de Septiembre), y con gran energía se propuso salvar 
á la patria, reprimiendo tantos excesos y tantas violen- 
cias. La opinión vio en él una esperanza y le ayudó; 
pero su firme y prudentísima política, que dio por re- 
sultado la reorganización del Cuerpo de Artillería, el 
limitar el cantonalismo á Cartagena, y el restablecer 
la disciplina del ejército, encontró gran oposición en^ 
las Cortes y fué derrotado. Surgió el temor de que vol- 
vieran á reproducirse los pasados excesos, y el Capitán 
general de Madrid, don Manuel Pavía, dio el golpe de 
Estado del 3 de Enero de 1874. 

Una junta de notables, convocada por el General 
Pavía, formó un Ministerio, encargando la presidencia 
del Poder Ejecutivo de la República al Duque de la 
Torre. Estallaron varias insurrecciones en Valencia, 
Zaragoza y otros puntos, que fueron severamente re- 



542 HIST )R1A POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

primicias; logróse la liberación de Bilbao, sitiado por 
los carlistas, y después de la muerte del G-eneral Mar- 
qués del Duero en Montejurra, el mismo General Se 
rrano se puso al frente del ejército del Norte. 

Aquella interinidad, agravada por la ruptura de la 
conciliación entre radicales y constitucionales, no sa- 
tisfacía los deseos de la opinión, y el 29 de Diciembre 
los Generales Martínez Campos y Jovellar proclamaron 
en Sagunto Rey de España á don Alfonso XII, con lo 
cual terminó felizmente el período revolucionario. 

Casi todas las potencias reconocieron el Gobierno 
republicano de Madrid; pero como en realidad España 
estaba dividida en tres gobiernos que se disputaban la 
supremacía de hecho, y como especialmente los actos de 
uno de ellos, el cantonal, afectaban á los intereses dt* 
aquéllas, los Gabinetes europeos no pudieron sustra^r- 
«e á la necesidad de adoptar una línea de conducta 
para evitar mayores conflictos y proteger á sus nacio- 
nales. Al efecto, en la nota del Secretario de Negocio> 
Extranjeros de Inglaterra al Lord del Almirantazg" 
(24 de Julio de 1873); en la del Conde de Mimster, 
Embajador de Alemania en Londres, á Lord Granvill*' 
(9 de Agosto); en las instrucciones de éste al agenta* 
británico en Berlín (11 de Agosto), y en las circulare- 
del Duque de Broglie al Embajador y Cónsules fran- 
-ceses en España (4 de x^gosto y 10 de Septiembre), st^ 
afirmó que los buques que estaban en poder de los can- 
tonales se consideraban como desprovistos de toda re- 
presentación nacional, y que las potencias no interven- 
drían en los actos que realizaban aquéllos en los puer- 
tos españoles ó en alta mar, si no atacaban ¿ los intere- 
ses de los extranjeros, pues en caso contrario, serian 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 5l3 

apresados y entregados al Gobierno de Madrid, como 
lo fueron las fragatas Mctona y Almansaj tomadas á 
los cantonales por fuerzas inglesas y alemanas. 

5. El día 10 de Octubre de 186§ se comunicó á la 
Isla de Cuba la constitución del Gobierno provisional, 
y el 18 se recibió en Madrid el telegrama del Capitán 
General Lersundi, anunciando haberse alzado Céspedes 
en su ingenio de la Demajagua, cerca de Yara, con 
Aguilera, Santa Lucía y 100 hombres más^, al grito de 
«Independencia y Cuba libre.» Un mes después la in- 
surrección había adquirido extraordinarias proporcio- 
nes, y Lersundi fué reemplazado, á su instancia, por el 
General Dulce. El ejército de la Isla, compuesto en rea- 
lidad de 7.000 soldados, fué reforzado con B.OOO más; 
pero los hombres de la revolución española se equivo- 
caron, acaso con la única excepción del Ministro de 
Ultramar, Ayala, acerca del alcance y verdadero obje- 
tivo de la rebelión, y en Diciembre del 68 se anunció 
la elección de Diputados, casi al propio tiempo que se 
dictó una Circular afirmando la libertad de imprenta y 
el derecho de reunión, se preparó amplia reforma ad- 
ministrativa, se declaró el vientre libre, se estableció 
la unidad de fueros, se trabajó en la redacción del Có- 
digo penal y se iniciaron las reformas judiciales. Pero 
lo que se ventilaba en Cuba con las armas en la mano 
no eran los derechos políticos, sino cuál había de seguir 
siendo la nacionalidad de los cubanos. 

Tal vez las circunstancias por que atravesaba la 
Península impidieron que se enviaran á Cuba de una 
vez los refuerzos necesarios para concluir con la in- 
surrección: acaso el mismo Capitán General se equivo- 
có; el resultado fué que la rebeldía siguió creciendo y 



544 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

llegó á hacerse' amenazadora. Diez años duró la lucha, 
que no terminó hasta 1878, cómo luego se dirá. 

Lo cierto es que los insurrectos, creciendo en nú- 
mero, recursos ó importancia, trabajaron constante- 
mente por que los pueblos americanos reconocieran 
su beligerancia, pero sólo lograron que el Perú publi- 
case un decreto que más bien que de neutralidad era de 
alianza con los rebeldes (13 de Mayo de 1869), lo cual 
no es de extrañar, dado que aquella República hallába- 
se, en el orden internacional, aunque suspendidas las 
hostilidades, en guerra con España. Méjico acordó tam- 
bién recibir en sus puertos la bandera cubana, pero 
como los insurrectos no tenían marina, fué ésa una 
concesión sin valor y sin eficacia, arrancada siu duda al 
Presidente Juárez por el recuerdo de la intervención 
de 1861. 

En cuanto á los Estados Unidos, una parte de la 
opinión norteamericana se mostró resueltamente fa- 
vorable á la insurrección, influyendo de tal suerte en 
el Congreso, que consiguió se votase (5 de Abril de 
1869) la moción de Henry Clay, concebida en estos 
términos: «El pueblo de los Estados Unidos simpatiza 
con el pueblo cubano en los patrióticos esfuerzos que 
hace para asegurar su independencia y establecer la 
forma de gobierno republicana que garantice la liber- 
tad individual y la igualdad política de todos los ciu- 
dadanos, y el Congreso concederá su concurso constitu- 
cional al Presidente de los Estados Unidos cuando éste 
juzgue oportuno reconocer la independencia y la sobe- 
ranía de dicho Gobierno republicano.» No era esto pre- 
ceptivo, sino la mera expresión de un deseo que no se 
realizó, pues el general Grant, en sus Mensajes de 6 de 



546 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

arabas partes, asistiría un delegado de los Estados Uni- 
dos, pero sin poder alguno y sin asumir éstos ninguna 
obligación. 

El Q-eneral Sickles comunicó esta proposición al 
Jefe del Gobierno y al Ministro de Estado; pero tanto 
el General Prim como don Manuel Silvela, declararon 
que España no podí$k tomarla en consideración mien- 
tras los cubanos no depusieran las armas, y que Cuba 
sólo podía ser oída por medio de sus diputados en las 
Cortes. El asunto, aunque motivó varias entrevistas 
entre el Ministro norte-americano y los citados indi- 
viduos del Gabinete de Madrid, no tuvo resultado al- 
guno. 

A partir de este momento se iniciaron las reclama- 
ciones de los Estados Unidos acerca de la interpreta- 
ción y aplicación del tratado de 1795, especialmente de 
su art. 7,*^, y en nota de 9 de Junio de 1870, Mr. Fish 
sostuvo la doctrina de que «el mencionado artículo 
prohibía el embargo y confiscación de los bienes de los 
subditos americanos, salvo el caso de ser decretados 
por los Tribunales ordinarios con intervención de abo- 
gado, notario y procurador, y que no consentía la in- 
comunicación de los referidos subditos, ni su sujeción 
á los Tribunales militares ni á los consejos de guerra.» 
Después de largas negociaciones se convino en un ar- 
bitraje, cuyo compromiso, con las condiciones de €kquél, 
se consignaron en el protocolo de 12 de Febrero de 
1871 (1), por virtud del cual todos los procesos contra 
subditos americanos, excepto aquellos en que los inte- 

(1) Las negociaciones las siguió el señor Sagasta como Mi- 
nistro de Estado; pero reemplazado aquél el 4 de Enero de 1871 
por el señor Martos, éste fué el que firmó el protocolo. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 547 

Tesados no hubieran alegado su nacionalidad, serían 
sometidos á arbitros para examinar si se habían guar- 
dado las garantías y forma prescritas en el tratado de 
1795. 

6. No terminaron con esto las reclamaciones de los 
Estados Unidos, pero las relaciones entre éstos y Es- 
paña no ofrecieron gravedad alguna hasta el otoño de 
1873j en que tuvo lugar la captura del barco filibus- 
tero Virginius (31 de Octubre) y el fusilamiento de 63 
de sus tripulantes y pasajeros, entre los cuales había 
americanos ó ingleses. 

La legitimidad de la captura está fuera de toda 
duda, pero es indudable que las autoridades de Santia- 
go de Cuba procedieron con evidente precipitación al 
llevar á cabo los fusilamientos. Inglaterra y los Esta- 
dos Unidos reclamaron enérgicamente, sobre todo los 
últimos, y aunque el Ministro de Estado español pro- 
curó defender la justicia de lo hecho, no pudo menos de 
acceder á la devolución de los demás presos y de adqui- 
rir el compromiso de otorgar indemnizaciones á las fa- 
milias de los fusilados, no aceptando por completo la 
responsabilidad de la conducta del General BurrieL 

Deriváronse de aquí otras pretensiones por parte 
del Gobierno americano, que dieron origen, como lue- 
go se dirá, al protocolo de 1877. 

7. Durante este período se pactaron múltiples tra- 
tados y convenios, de los cuales merecen especial men- 
ción los siguientes: 

Tratado de paz y amistad con el Uruguay (19 de 
Julio de 1870). 

Tratado de reconocimiento, paz y amistad con la 
República Dominicana (X4 dé Octubre de 1874). 



548 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

•■■'■ ■ - ■■■"■ T ■ ... ■ ■ ■ . 

Tratado de amistad y comercio con las Islas Ha- 
waiianas (29 de Octubre de 1863, canjeadas las ratifi- 
caciones el 11 de Mayo de 1870), con el Japón (12 de 
Noviembre de 1868), con Persia (9 de Febrero de 1870» 
y con Siam (23 de Febrero de 1870). 

Tratado de límites con Francia (26 de Mayo de 1866 1. 

Declaración otorgándose recíprocamente el trato de 
nación más favorecida España y Suiza (27 de~Agosto 
de 1869). 

Convenio con Marruecos sobre el establecimiento 
de una aduana en Melilla (31 de Julio de 1866). 

Tratado convirtiendo en armisticio indefinido la 
suspensión de hostilidades de 1866, con Solivia, Cliile, 
Ecuador y Perú (11 de Abril de 1871). 

Convenios de extradición con Sajonia (8 Enero de 
1866), Portugal (25 de Junio de 1867 y 7 de Febrero 
de 1873), Italia (3 de Junio de 1868), Bélgica (17 de 
Junio de 1870) y Brasil (16 de Marzo de 1872). 

Convenio sobre admisión de cónsules con los Países 
Bajos (3 de Febrero de 1866.) 

Convenios sobre comunicaciones, con Portugal (27 
de Abril de 1866, 25 de Marzo de 1867, 7 de Febrero 
de 1872 y 6 de Febrero de 1873), Italia (4 de Abrü de 
1867), Brasil (21 de Enero de 1870), Países Bajos (18 
de Noviembre de 1871), y Alemania (19 de Abril de 
1872.) 

Convenios consulares con Alemania (22 de Febrero 
de 1870 y 12]de Enero de 1872), Bélgica (19 de Marzo 
de 1870) y Países Bajos (18 de Noviembre de 1871). 

Convenios fijando los derechos civiles de los respec- 
tivos subditos, con Italia (21 de Julio de 1867) y Por- 
tugal (21 de Febrero de 1870). 



'i 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOJMTICA 549 

Tratados de comercio con Alemania (80 de Marso 
de 1868), Bélgica (12 de Febrero de 1870), Italia (22 
de Febrero de 1870), Austria (21 de Marzo de 1870), 
Suecia y Noruega (28 de Febrero de 1871) y Países 
Bajos (18 de Noviembre de 1871;. 

Y en fin, el Tratado de ünióu general de correos 
ürnaado el 9 de Octubre de 1874. 



CAPITULO XXXI. 



1. El Imperio francés.— 2.. Orígea de ]a guerra franco-alemaua. — 3. La 
guerra: el ai-misticio.— 4. £1 imperio alemán: la paz.— 5. Tratado de 
Francfort y convenios complemontarios.— 6. La tercera república en 
Francia. 



1. El edificio construido por Napoleón en 1862, 
amenazaba inminente ruina en 1868. El Emperador se 
había equivocado, y si su política internacional le fué 
restando apoyos y amistades en el exterior, su conduc- 
ta en el interior, enajenándole constantemente simpa- 
tías, dio aliento á las oposiciones. 

Italia y Prusia, que tan eficaz ayuda habían obte- 
nido de Francia en sus luchas con Austria, habían 
prescindido del Lnperio, la primera porque éste, dada 
su actitud con la Santa Sede, era una remora para la 
ocupación de Roma, y la segunda porque despertaba 
en ella vivas desconfianzas la tentativa sobre el Lu- 
xemburgo y la secreta enemiga á la fusión de las Con- 
federaciones del Norte y del Sur. Con Inglaterra no 
había podido contar nunca de un modo decisivo ni po- 
día contar entonces, y de Kusia estaba distanciada po;: 
la conducta que observó Napoleón en la cuestión de 
Creta. Con Austria estuvo á punto de concertar una 
alianza, pero el objetivo de los Gabinetes de París y 



HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 551 

de Viena era muy diverso, y la inteligencia se hacía 
muy difícil; Austria quería la alianza para obrar en 
Oriente y oponerse á la propaganda panslavista que 
procuraba agrandar el dualismo austro-hiingaro, y 
Francia quería la alianza para exigir de Prusia qtie 
respetase el tratado de Praga, exigencia á que no quiso 
asociarse Francisco José, comprendiendo que era pro- 
vocar la guerra. 

Francia se encontraba aislada, y sin embargo, la 
situación interior precisaba al Emperador, para inten- 
tar la salvación del trono, á obrar resueltamente en el 
exterior. En efecto, aunque invocando la teoría del 
asentimiento del pueblo, que obligaba á consultar la 
voluntad nacional á cada cambio de poder, y aunque 
procurando atraerse el apoyo de las clases populares, 
mediante su atención á las cuestiones sociales, no pudo 
impedir que creciese de día en día la oposición, y que 
legitimistas, orleanistas y republicanos combatiesen el 
Imperio, dando esto lugar á que Napoleón fuese poco 
á poco acentuando su política de resistencia é imitando 
ú su tío, creando un Gobierno y una situación esencial- 
mente militares. 

Si la campaña de Crimea no proporcionó á Francia 
ningún aumento territorial, la permitió aparecer en el 
Congreso de París como directora de la política euro- 
pea. La entrevista de Napoleón con Alejandro II (27 
de Septiembre de 1867) pareció asegurar su suprema- 
cía, y la campaña de Italia hizo que aquélla arrebatase 
al Austria el papel de protectora de la península, si 
bien al propio tiempo agobió á Francia, á pretexto del 
atentado de Orsini, con medidas de excepcional rigor. 
En vano quiso persuadir á Europa de que el Imperio 



552 H18T0RU POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

era la paz; ante Europa apareció siempre como una 
amenaza, y la expedición á Méjico, tan atrevidamente 
concebida como infelizmente realizada, hizo crecer la 
oposición en el interior y dio alientos fuera para hacer 
frente á toda tentativa de expansión por parte del 
Imperio. 

Cuando en 1867 se vio á Francia reorganizar su 
ejército y dotarlo de un nuevo fusil, se creyó que, co- 
mo el romano, llevaba en los pliegues de su toga la 
paz ó la guerra; mas las reformas liberales de 1868 die- 
ron alguna esperanza de que no se turbase la tranqui- 
lidad de Europa. Tal impresión duró poco; nuevamen- 
te las cuestiones exteriores solicitaron la atención pú- 
blica, aunque %1 desenlace de estas permitió q1 Empe- 
rador reanudar la ejecución de su programa, admitien- 
do la dimisión á Rohuer, el ardiente defensor del abso- 
lutismo, y nombrando para suceder le á Olivier, antiguo 
diputado liberal (7 de Enero de 1870). Pocos meses des- 
pués (8 de Mayo) un plebiscito sancionó las reformas 
liberales, pero los votos contrarios, sobre todo los ema- 
nados del ejército y de la marina, demostraron la exis- 
tencia de un peligro que no cabía desconocer. Sin em- 
bargo, cuando Olivier dijo qne «jamás había estado la 
paz tan asegurada,» todo el mundo respiró, no obstan- 
te hallarse más próxima que nunca la catástrofe que 
hacía tiempo se presentía. 

2. El aumento de la oposición, la existencia del 
descontento en el ejército revelada por el resultado del 
plebiscito, la agitación producida en el pueblo por el 
proceso y absolución del Príncipe Pedro Bonaparte, 
matador, ya que no asesinp, del periodista Víctor Noir, 
todo en ñn obligaba al Imperio á una enérgica acción 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA ^3 

en el exterior como medio de distraer la atención pú- 
blica. 

Hacía tiempo que el gobierno francés había ofreci- 
do á Mr. Bismarck una alianza ^ comprometiéndose á fa- 
vorecer la entrada de los Estados del Sur de Alemania 
en la Confederación del Norte, si se le permitía en 
cambio apoderarse de Bélgica y del Luxemburgo; pero 
fracasado este plan, y aún no habiendo logrado ultimar 
la alianza con Austria, pensó Napoleón en reconquis- 
tar las fronteras del Rhin, creyendo que sólo la gloria 
militar podía asegurar el porvenir de su dinastía y unir 
indisolublemente los destinos de Francia al de los Bo- 
uapartes. La situación del ejército juzgábase inmejo- 
rable: el fusil Chassepot y las ametralladoras debían 
darle una gran superioridad; todo se creía dispuesto, 
faltando tan sólo un pretexto, y el pretexto se presentó 
cuando Prim entabló negociaciones con el Príncipe 
Leopoldo de Hohenzollem para que aceptase la corona 
de España, porque inmediatamente se atribuyó esto á 
intrigas de la corte de Berlín, haciéndose pasar en Pa- 
rís dicha candidatura como una prueba de la ambición 
prusiana. 

Pretendió el Gabinete de las TuUerías que el Rey 
de Prusia prohibiese al Príncipe de Hohenzollern que 
aceptase el trono español, pero como manifestase aquél 
que no siendo el jefe de la familia y tratándose de un 
Príncipe independiente nada podía hacer, el Duque de 
Grammont, Ministro de Negocios Extranjeros de Fran- 
cia, al contestar á una interpelación en el Cuerpo le- 
gislativo, pronunció estas palabras que sonaron en toda 
Europa como una amenaza de guerra: «No creemos que 
el respeto á los derechos de un pueblo vecino nos im- 



554 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

ponga la obligación de tolerar que una potencia ex- 
tranjera coloque á uno de sus príncipes sobre el troni» 
de Carlos V, y trastorne el actual equilibrio europeo 
con detrimento nuestro y comprometiendo el honor de 
Francia. » Leopoldo de Hohenzollern no quiso aceptar 
la responsabilidad de ser causa, siquiera indirecta, de 
una guerra europea, y renunció á mantener su candi- 
datura. Creyóse que con esto se daría Francia por sa- 
tisfecha, pero no fué así; el Gobierno francés se empe- 
ñó en obtener del Rey Guillermo que se excusase por 
escrito de no haber impedido desde un principio al prín- 
cipe Hohenzollern aceptar el ofrecimiento de la corona 
de España y que prometiese, al mismo tiempo, que ú 
se reproducía igual situación* negaría su permiso. El 
Rey de Prusia contestó al Embajador francés, conde 
de Benedetti, que aprobaba la renuncia, pero que esti- 
maba como una humillación la exigencia de aquélla 
promesa. Quiso insistir el Embajador, pero no fué re- 
cibido de nuevo por el Rey, y esto se consideró en Pa- 
rís como un ultraje á Francia, y el día 19 de Juli- 
de 1870 se declaró la guerra á Prusia. 

Napoleón se lanzó á semejante aventura completa- 
mente solo, porque nada significaban los votos de lo> 
pequeños Estados vecinos, como Suiza, Bélgica y Ho- 
landa, por el triunfo de las armas francesas. Austria. 
con la cual acaso habría creído aquél que podría con- 
tar, no se decidió; pues la entrevista del Rey de Pru- 
sia con el Czar, le hizo temer que su alianza con Fran- 
cia diese lugar á otra entre aquellos dos. Italia se limi- 
tó á expresar simpatías por Francia: en Inglaterra la 
opinión apareció favorable á la causa alemana, y síi 
Oobíemo declaró consideraría casus belli la violación 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 555 

de la neutralidad y de la autonomía de Bélgica. Euro- 
pa permaneció en una neutralidad armada. 
3. Tanto en Francia como en Alemania la declara- 

« 

ción de la guerra fué recibida con gran entusiasmo: en 
Francia se soñaba con las fronteras del Rhin j en Ale- 
mania se ansiaba recuperar la Alsacia y la Lorena; en 
las orillas del Sena se gritaba: «¡¿Berlín, á Berlín!» 
mientras que en toda la confederación alemana sólo ee 
pensaba en la entrada en París. Sin embargo, los he- 
chos demostraron bien pronto, no sólo que el Grobiemo 
prusiano estaba mucho mejor preparado que el francés 
para la guerra, sino que la resolución del pueblo ale- 
mán era más firme, más reflexiva, mucho más seria 
que el delirante entusiasmo y el atronador vocerío de 
los parisienses. 

Las hostilidades comenzaron el 2 de Agosto en Sa- 
arbruck, cuya guarnición prusiana, después de rudo 
combate, tuvo que ceder ante fuerzas muy superiores. 
Este hecho insignificante se anunció en París como 
una brillante victoria: fué la única que consiguieron 
los franceses. Dos días después fueron batidos en Wi- 
semburgo, y el día 6 completamente derrotados en 
Woerth, teniendo el mariscal Mac-Mahon que empren- 
der la retirada en no muy buen orden, y en Spicheren, 
de donde pudo retirarse el cuerpo Frossard merced á 
la noche. Después de estas sangrientas victorias, los 
alemanes sitiaron á Strasburgo, ocuparon los desfilade- 
ros de los Vosgos y avanzaron hasta el Mosela. París 
se consideró en peligro: el Ministerio Olivier-Gram- 
mont dimitió, y la Emperatriz-regente (pues el Em- 
perador con el Príncipe imperial se hallaba en el ejér- 
cito) encargó el Gobierno al Conde de Palikao, se 



556 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

relevó á Leboeuf y se dio el mando en jefe á Bazaine. 

Entretanto, los alemanes habían seguido avanzan- 
do, apoderándose de Nancy, y logrando impedir la 
unión de los ejércitos de Mac-Mahon y de Bazaine. 
obligando á éste último á batirse, sosteniendo rudos 
combates. Los franceses hicieron prodigios de valor, 
pero la superior dirección de los alemanes dio á éstos 
siempre la victoria. En Mars-la-Tour y en Gravelotte 
se luchó con tenacidad y con heroismo por ambas par- 
tes; mas Bazaine tuvo que refugiarse tras los murc« 
de Metz, que fué sitiada por el enemigó. Mac-Mahon 
marchó en socorro de esta plaza, siendo herido al co- 
menzar la batalla de Sedán; y habiéndose encargadi* 
del mando el General Wimpffen, el ejército francés se 
vio completamente cercado por los alemanes y tuvo 
que rendirse á discreción, entregando las armas el 
mismo Emperador, el General Mac-Mahon y otros 
cuatro, 230 oficiales superiores^ 2.600 oficiales inferio- 
res y 125.000 soldados. Los alemanes se apoderaron 
de 360 piezas de campaña, 160 de grueso calibre, 70 
ametralladoras y 10.000 caballos. 

Inmensa sensación produjo en todas partes la noti 
oia de la catástrofe de Sedán. Los periódicos, ocultando 
la realidad de las cosas, habían hecho creer al pueblo 
en victorias fantásticas y anunciaban á diario que ios 
alemanes serían arrojados del suelo francés; asi es que 
al saberse que el ejército de Mac-Mahon había desapa- 
recido y que Napoleón estaba prisionero, im inmenso 
grito de indignación resonó en París. Las turbas reco- 
rrieron las calles gritando: «¡viva la República!» y el 
Cuerpo legislativo decretó el 4 de Septiembre la destitu- 
ción del Emperador. Proclamada la Bepública, se coii>:- 



* HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 557 

tituyóun Gobierno provisional, á cuya cabeza se colocó 
el General Trochú, Comandante en Jefe que era de las 
fuerzas de París. La Emperatriz logró escapar y se di- 
rigió á Bélgica. 

El nuevo Gobierno, llamado de «defensa naciojial», 
y del que formaban parte Julio Favre, Gambetta, Ju- 
lio Simón, etc., dominado por los recuerdos de 1792 y 
persuadido de que la República era invencible, si bien 
hizo constar en la circular que dirigió & sus agentes di- 
plomáticos, las intenciones pacificas del pueblo fran- 
cés, lanzó como programa de la tercera República la 
famosa frase: «Ni una pulgada de nuestro territo- 
rio, ni una piedra de nuestras fortalezas.» Pronta 
la realidad obligó á dar al olvido tan arrogante frase,, 
porque el canciller Bismarck,sin mezclarse en los asun- 
tos interiores de Francia ni pronunciarse por una de- 
terminada forma de Gobierno, fijó en dos circulares á 
los representantes prusianos su criterio acerca del pro- 
grama de Favre, declarando que consideraba una ce- 
sión territorial como condición fundamental de la paz. 
Thiers marchó entonces á Londres, Viena, San Peters- 
burgo y Florencia para obtener de estas Cortes una in- 
tervención conciliadora y el reconocimiento de la Re- 
pública (1), pero no consiguió nada eficaz, porque la 
diplomacia alemana hizo comprender á las Potencias, 
neutrales que Prusia no consentiría en la intervención, 
y que ésta, material ó meramente diplomática, no ha- 
ría más que retrasar la paz. 

Como Thiers en su intento de mediación europea,. 

(1) Aunque los Embajadores no se hubiesen retirado y con- 
tinuasen las relaciones diplomáticas, sólo habían reconocido 
oficialmente la República los Estados Unidos, España y Suiza.. 




558 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

fracasó Julio Favre en sus negociaciones directas con 
Bismarck para acordar un armisticio de tres semanaf? 
durante el cual se convocase una x^samblea nacional 
que decidiese acerca de la paz. Bismarck exigió la en- 
trega de Strasburgo, Falsburgo y Toul, que estaban 
sitiadas; que quedase prisionera de guerra la guarni- 
ción de la primera; que si la Asamblea se constituía 
en París, se ocupase por los alemanes el monte Vale- 
riano como equivalente de la concesión del aprovisio- 
namiento para el tiempo que durasen los debates, y que 
si la Asamblea se celebraba en Tours (donde se halla- 
ba una delegación del Gobierno de la defensa) se man- 
tendría el statu quo delante de París. Favre rechazó 
estas condiciones, y ambos ministros, en notas á los 
Gabinetes extranjeros, explicaron su conducta. La de- 
legación de Tours declaró en una proclama «que la 
guerra debía continuar, porque Prusia quería reducir 
Á Francia á potencia de segundo orden» (24 de Sep- 
tiembre). 

La guerra debía continuar, y sin embargo, la gue- 
rra era imposible. Sólo un movimiento semejante al 
producido en España en 1808 podía salvar á Francia. 
pero ese movimiento, no obstante los esfuerzos de Gam- 
betta, no se produjo en las proporciones necesarias, y 
el mismo día en que se lanzaba aquella proclama, se 
rindió Toul, y tres días más tarde Strasburgo, la «cin- 
dad maravillosa», después de un sitio de seis semanas, 
se entregó al Imperio alemán. En vano intentó mediar 
el Gobierno de Washington y en vano quiso hacer algo 
parecido Lord Granville: todoslos esfuerzos se estrella- 
ron ante la actitud de los individuos del Gobierno de la 
defensa, que procuraron improvisar nuevos ejércitos y 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 559 



poner en armas toda la nación. Pero Metz, «la virgen», 
se rindió, quedando prisioneros de guerra tres Marisca- 
les (Bazaine, Canroberty Leboeuf), más de 6.000 Ofi- 
ciales y 150.000 soldados; completóse el bloqueo de Pa- 
rís; desvanecióse la esperanza de que la capital fuese 
salvada por los ejércitos de provincias; entregáronse 
sucesivamente todas las fortalezas del Norte (Soissons, 
Verdum, etc); las salidas de la guarnición de París no 
dieron resultado; poco á poco fueron apoderándose los 
alemanes de todo el país; la delegación tuvo que tras- 
ladarse á Burdeos; inicióse el bombardeo de París el, 27 
de Diciembre, y el 19 de Enero, 100.000 hombres se 
precipitaron sobre los sitiadores, pero fueron rechaza- 
dos con pérdidas enormes: la resistencia sólo podía con- 
ducir á provocar el hambre en la capital. 

Julio Favre celebró con Bismarck dos entrevistas 
en Versalles; y al fin, el 28 de Enero de 1871, se firmó 
la convención para la suspensión de hostilidades, inme- 
diatamente en París y tres días después en toda Fran- 
cia, debiendo durar hasta el 19 de Febrero, y conser- 
vando los beligerantes sus respectivas posiciones. El 
armisticio tenía por objeto permitir al Gobierno de la 
defensa nacional convocar en Burdeos una Asamblea, 
libremente elegida, para que decidiese la continuación 
de la guerra ó aceptase las condiciones de la paz. Los 
fuertes exteriores de París serían entregados á los ale- 
manes, desartilladas las murallas de la ciudad, conside- 
rada la guarnición de ésta como prisionera de guerra, 
si bien una vez entregadas las armas, permanecería en 
el interior de la capital, quedando también en ésta con 
armas 12.000 soldados, la guardia nacional y los gen- 
darmes para conservar el orden. París debía pagar, en 



560 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMItICA 



el plazo de quince días, una contribución municipaUie 
200 millones de francos, y los alemanes se comprome- 
tían á facilitar el aprovisionamiento de aquélla. £1 ar- 
misticio no debía aplicarse á Belfort, que estaba sitia- 
da, ni al ejercito del Este, que mandaba Bourbaki, el 
cual fué completamente derrotado al siguiente día, te- 
niendo que refugiarse en Suiza, previa la entrega de ks 
armas, 86.000 hombres. Con esto puede decirse que ter- 
minó la guerra, pues Belfort se entregó pocos días 
después. 

4. Al propio tiempo que los ejércitos alemanes con- 
seguían tan rápidas y señaladas victorias, no olvidaban 
los hombres de Estado prusianos la necesidad de apro- 
vechar el entusiasmo producido por el triunfo para 
completar la unidad alemana. La artificial linea de] 
Mein había desaparecido en realidad; el abismo que se- 
paraba al Sur del Norte había sido cegado por los ca- 
dáveres de los que de una y otra parte, juntos lucharon 
y juntos sucumbieron por una patria común. ^ 

Los mismos Gobiernos del Sur, tomaron la inicia- 
tiva. La cancillería federal redactó un proyecto exten- 
diendo á los cuatro Estados del Sur la Constitución del 
Norte, y en Versalles se siguieron las negociaciones y 
se firmaron los tratados con los plenipotenciarios de 
Badén, Hesse-Darmstadt y Ba viera (16 y 23 de No- 
viembre de 1870), á los cuales siguió el tratado de Ber- 
lín de 25 de Noviembre entre la Alemania del Norte. 
Badén, Hesse-Darmstadt y Wurtemberg. La ratifica- 
ción se obtuvo sin gran trabajo, pues todas las Cáma- 
ras de los Estados prestaron su aprobación, y sólo sur- 
gieron dificultades en Baviera, en la cual los ultramon- 
tanos y los demócratas hicieron gran resistencia. 



HISTORIA POLÍTICA T DIPLOUÍTICA 5*1 

Sin embargo de esto, el mismo Rey de Baviera f 
*■! qne, en carta dirigida á Versalles, annnció al Bey 
Prusia qne se había puesto de acuerdo con loa dem 
Príncipes de Alemania «para que el cargo de Preside 
te de los Estados alemanes fuese revestido con el tit 
lo de Emperador de Alemania'. Aprobada por el B< 
i'hstag de Berlín la nueva organización, uuaComisi 
(le dicha Cámara fué á Versalles á ofrecer al Rey Gi 
tlermo la dignidad imperial, teniendo lugar la acepl 
ción solemne el 18 de Enero. Veintitrés años hacía q 
bajo el Parlamento de San Pablo había resonado la v 
de Kousauth, preguntando dónde estaba la patria c 
alemán, y á los veintitrés afios toda Alemania, porb 
<a del gran Duque de Ba<len, contestaba con el grito 
j viva el Emperador Guillermo!» La patria estaba hecl 
y la patria alemana, en aqnel las circunstancias, era 
paz, porque el espectáculo ijue había ofrecido Versalj 
no podía menos de ejercer au influenciaen toda Franci 

Además, el país estaba cansado: la leva en maE 
decretada por Gambetta, había fracasado, y el aut 
qnismo, que ya antea produjo motines y desórdenes 
París, Lyón y otros puntos, amenazaba en todas 1 
grandes poblaciones, y sobre todo en la capital. 

5. Verificadas las elecciones, para las cuales d 
Bismarck todo género de facilidades, pues hasta oo 
KÍntió que la Alsacia y la Lorena eligieran sus diput 
dos, se reunió la Asamblea nacional en Burdeos el 
de Febrero, nombrando Presidente á Mr, Grevy, e 
giendo un Gobierno provisional y colocando á la cal 
za del poder ejecutivo de la República á Mr, Tbiers. 

Como el armisticio tocaba á au fin, era necesai 
gestionar una prórroga, pero sólo se obtuvo en 15 



562 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Febrero, á condición de que se rindiese la plaza de Bel- 
fort, y por tan corto plazo que fué preciso prorrogarlo 
de nuevo el 26 de Febrero hasta el 16 de Marzo. Pen- 
al mismo tiempo que esta última prórroga, se firmaron 
en Versalles los preliminares de la paz. Aunque Gam- 
bettá y los partidarios de la guerra procuraron por 
todos los medios que continuase la lucha, el nuevo 
Gobierno, apoyado por la mayoría del país, logró que 
prevaleciesen en la Asamblea los temperamentos pací- 
ficos, y que se nombrase una comisión de 16 diputados 
que acompañase á Mr. Thiers y á los Ministros Favrey 
Picard en la triste misión de negociar con el vencedor, 
que se mostró inflexible en sus exigencias. 

En vano la opinión europea aconsejó á Alemania 
se mostrase generosa. Hallábase aquélla, más aún que 
embriagada por el triunfo, profundamente irritada pc»r 
las enormes pérdidas que había sufrido (1), y era na- 
tural quisiese cobrar á alto precio la sangre alemana 
derramada. Así es que Bismarck no cedió, y sólo tra^ 
largas y conmovedoras discusiones pudieron obtener 
de él que renunciase á conservar á Belfort, cuya he- 
roica guarnición había obtenido al capitular, salir de 
la plaza con todos los honores de guerra. Francia hnb 
de renunciar á la posesión de la Alsacia y de la Lore- 
na; comprometerse á pagar una indemnización de cin- 
co mil millones de francos, el primer plazo (1.000 mi- 



(1) Según los datos publicados posteriormente por el Mídí< 
terio de la Guerra, las pérdidas del ejército alemán fueron: Cru- 
ciales, 1.165 muertos, 3.795 heridos y 90 desaparecidos; soldn- 
dos, 18.131 muertos, 87.742 heridos y 6.165 dispersos; los pri- 
sioneros no llegaron á 10.000. Estas pérdidas resultan, sin em- 
bargo insignificantes al lado de las que experimentó Francia. 



504 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

ce días siguientes á la ratificación, los departamentos 
del Aisne, Aube, Cote D'or, Haute Saóne, Doubs v 
Jura, y á reducir el cuerpo de ocupación á 50.000 hom- 
bres. Por su parte, Francia se obligaba, en la forma en 
que expresa, á adelantar el pago de la indemnización. 

En 11 de Diciembre de 1871, otra Convención, fir- 
mada en Francfort, resolvió algunas dificultades surgi- 
das sobre la nacionalidad de determinados individuos 
de los territorios cedidos, la administración de éstos, et<?. 

Francia anticipó en Marzo de 1872, la suma de 330 
millones de francos, y esto fué objeto de la Convención 
de París, de 28 de Febrero; y como el prodigioso des- 
arrollo que logró dar á su industria y a su comercio la 
permitían hacer un nuevo esfuerzo, se concertó la Con- 
vención de Versalles de 29 de Junio de 1872, por vir- 
tud de la cual los 3.000 millones que tenía aún que en- 
tregar á Alemania habría de pagarlos en la forma si- 
guiente: 500 millones dos meses después del canje de las 
ratificaciones; 500 millones en I.*' de Febrei^o de 1873, 
1.000 millones en 1.° de Marzo de 1874, y otros l.OOi^ 
millones en 1.° de Marzo de 1875. Francia se reserva- 
ba la facultad de adelantar estos pagos por entregas 
de 100 millones cuando menos. Alemania habría de 
evacuar los departamentos franceses á medida que se 
realizase el pago, y para el de los últimos 1.000 millo- 
nes podía sustituirse la garantía territorial por otra 
financiera. 

6. La torcera República no pudo comenzar de una 
manera más triste y lamentable. 

El día 23 de Marzo decía Julio Favre ante la Asam- 
blea de Versalles: «En París se desarrolla un completo 
•programa de crímenes. El Gobierno no .puede tolerar 



HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 565 

-■■■■■ . ■ ■ ■ ■ ♦ I I ■ ■ ■ 

I 

* semejantes atentados. Permitidme que desahogue mi 
^corazón. Al discutir en Versalles los artículos del ar- 
»inisticio, he negociado, durante tres días, con el ven 
»cedor para que la guardia nacional conservase sus ar- 
omas. Confieso que hice mal, y pido por ello perdón á 
» Dios y á los hombres.» En efecto, la falta cometida 
por el gobierno de la defensa, consintiendo el desarme 
<ie las tropas y abogando hasta conseguirlo por que la 
guardia nacional conservase las armas, produjo en Pa- 
rís las más sangrientas y criminales escenas. Insurrec- 
cionado el proletariado, se proclamó la Commune, for- 
jnando parte del nuevo Gobierno los Deleschuze, los 
Pigat, los Assi, los Courbiet y otros revolucionarios fu- 
riosos que fusilaron á los ciudadanos pacíficos, saquea- 
ron, robaron, incendiaron y cometieron toda clase de 
crímenes. 

Las escenas de aquellos días de triste recordación 
•están en la memoria de todos: únicamente hay que de- 
cir que después de haberlo destruido todo, incendiando 
los más hermosos palacios, fusilando al arzobispo de 
París y á otros venerables sacerdotes, y cometiendo 
toda clase de actos de irreligión, pillaje y crueldad, fué 
íil fin vencida la rebelión comunista, y tras ocho días 
<ie sangrienta lucha, las tropas del Gobierno de Versa- 
lles lograron dominar en la capital. Las jornadas del 18 
<le Marzo al 28 de Mayo debieron avergonzar á toda 
Prancia. - 

Vencida la Commune pudo consagrarse el Gobierno 
ú restañar las heridas de la patria. Era preciso reorga- 
i3.izarlo todo, la administración como el ejército; y se 
dictaron las leyes constitucionales, y se dio notable im- 
pulso á los intereses materiales, y se constituyó definí- 



56(J HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



tivamente la República con una Cámara, producto del 
sufragio universal, que no podía ser disuelta sino por 
acuerdo del Senado y del Presidente. 

Tan rápidos fueron los progresos que hizo Francia, 
que, poco más de un año después de haberse firmado 
la paz, el 28 de Julio de 1872, se abrió un empréstito 
para completar el pago de la indemnización de guerra 
y se cubrió catorce veces, elevándose el total de lo 
subscripto á cerca de 42.000 millones de francos. 

La historia de estos últimos años no es preciso re- 
señarla. Sólo hay que decir que Mr. Thiers fué elegido 
Presidente de la Repiiblica en 31 de Agosto de 1871, 
cuyo alto cargo desempeñó hasta que, después de sus 
declaraciones favorables á la forma republicana como 
gobierno definitivo de' Francia, declaraciones que cho- 
caban abiertamente con las tendencias monárquicas de 
la mayoría de la Asamblea de Versalles, se vio obliga- 
do á dimitir, siendo entonces elegido Presidente el Ma- 
riscal Mac-Mahon (25 de Mayo de 1873), al cual, en el 
año siguiente, se prorrogaron los poderes por siete más. 
Pero la opinión de la Cámara había ido cambiando 
poco á poco; los republicanos estaban ya en mayoría, 
y pretendiendo aquél gobernar contra la opinión de 
ésta, la disolvió, siendo derrotado en las elecciones y 
teniendo que dimitir. Eligióse entonces (30 de Enero 
de 1879) á Mr. Jules Grevy, que fué reelegido el 28 de 
Diciembre de 1885 y se vio precisado á renunciar, ¿ 
consecuencia de la participación de su yerno, Mr. Wil- 
son, en escandalosos negocios, el 2 de Diciembre 
de 1887, sucediéndole Mr. Carnet, asesinadp enLyon el 
24 de Junio de 1894. Llevado á la Presidencia Mr. Ca- 
simiro Perier, sólo pudo sostenerse medio año, pues no 



CAPITULO xxxir 



Itcínado de don Alfonso XII en España: la (.onstitución de !87C.'-2. 
Kclaciones exteriores: Protocolo entre España y los Estados Unidos, 
íto 1877.— 3. Protocolos relativos á Joló.— 4. Conferencia de Madriü 
acerca de la protección en Marruecos.— 5. La cneslión de las Caro* 
linas.—O. El incidente de Melilla en I89!J: tratado de MarraRkesh y de 
Madrid. 



*3 V 



- 1. Verificada la restauración de la monarquía es- 

\ } ^ panela en la persona de don Alfonso XII, encargóse 
V- de la presidencia del Consejo el señor Cánovas del 

Castillo, formando un primer Ministerio con hombres 
procedentes del antiguo partido moderado, unos, de la 
unión liberal otros, y algunos de la misma revolución 
de Septiembre, significando así que, como luego dijo 
ante el Parlamento, se proponía continuar la historia 
de España; es decir, que estaba muy lejos de imitar á 
los absolutistas de 1823, que quisieron borrar hasta el 
segundo período constitucional. 

No siendo aún tiempo de escribir la historia de este 
reinado, cuyos principales actores viven, por fortuna, 
y no exigiéndolo tampoco de un modo indispensable 
la índole de este libro, nos limitaremos á consignar 
<iue, elegidas por sufragio universal, se reunieron las 
Cortes el 16 de Febrero de 1876, elaborando la Consti- 
tución, en la cual, sin perjuicio de dotar de la necesa- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 569 



ría estabilidad á los principios fundamentales sobre 
cjue descansa la sociedad española, se hizo posible el 
progreso pacífico del país y la vida regular y ordenada 
de todas sus instituciones. 

Mientras se discutía la Constitución tuvo feliz tér- 
mino la guerra carlista, y año y medio más tarde la 
de Cuba. El General Martínez Campos, que al presti- 
gio de haber iniciado el movimiento restaurador en 
Sagunto, unía el de haber puesto fin á las dos guerras, 
se encangó de la Presidencia del Consejo poco después 
de regresar de la Gran Antilla (Marzo 1879), pero 
siendo las mayorías de ambas Cámaras esencialmente 
canovistas, hubo de volver al Gobierno el señor Cáno- 
vas, que siguió gobernando hasta Febrero de 1881. 

En esta fecha el Rey entregó el poder á los libera- 
les lüonárquicos, formándose el Ministerio Sagas ta, que 
duró hasta que en Octubre de 1883, tras las tentativas 
republicanas de Badajoz, Santo Domingo y La Seo de 
Urgel y el desgraciado viaje de don Alfonso XII por Ale- 
mania y Francia, habiéndose dividido el partido liberal 
y formado un grupo importante con elementos de 
aquél y con antiguos demócratas, separados de las 
huestes que acaudillaba el señor Ituiz Zorrilla, se 
formó un Ministerio presidido por el señor Posada He- 
rrera. No pudo éste atraerse á la mayoría, que rechazó 
su programa, y una vez derrotado hubo de dimitir, vol- 
viendo al poder los conservadores en Enero de 1884, 
y gobernando éstos hasta fines de Noviembre de 1886. 

Fué este período conservador muy agitado, sur- 
giendo múltiples complicaciones interiores y la graví- 
sima cuestión sobre las Carolinas, que estuvo apunto de 
provocar una guerra con Alemania, guerra que, como 



5*70 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

luego diremos, se evitó gracias á la actitud personal 
del Rey don Alfonso y á la prudencia y tacto del señor 
Cánovas. Cuando este asunto estaba á punto de ulti- 
marse falleció el Monarca (25 de Noviembre de 1885', 
y proclamada la Regencia de doña María Cristina, 
confió ésta la dirección de los negocios al partido li- 
beral. 

9, Por consideraciones fáciles de comprender he- 
mos de ser muy parcos al tratar de la política exterior 
de España durante este período, no haciendo otra cosa 
que reseñar á grandes rasgos los sucesos, sin añadir 
más que los comentarios indispensables para su cono- 
cimiento. 

Ante todo diremos que en los diez años del reinado 
de don Alfonso XII se concertaron convenios de co- 
mercio con Bélgica (6 de Junio de 1875 y 4 de Mayo 
de 1878), Grecia (21 de Agosto de 1875), Francia (8 de 
Diciembre de 1877, prorrogado en 28 de Enero de 1880, 
y 6 de Febrero de 1882), Annam (27 de Enero de 1880), 
Austria (3 de Junio de 1880), Venezuela (20 de Mayo 
de 1882), Suiza (14 de Marzo de 1883), Suecia y No- 
ruega (15 de Marzo de 1883), Alemania (12 de Jimio 
de 1883, modificado el 10 de Mayo de 1885), Portugal 
(12 de Diciembre de 1883), Italia (2 de Junio de 1884. 
y Rusia (3 de Junio de 1886); convenios determinando 
las facultades de los cónsules en España y Rusia, de 
23 de Febrero y 26 de Junio de 1876; tratados de paz 
y amistad con Peni (14 de Agosto de 1879), Solivia 
(21 de Agosto de 1879), Paraguay (10 de Septiembre 
de 1880), Colombia (30 de Enero de 1881), Chile (12 
de Junio de 1883) y el Ecuador (28 de Enero de 1885;. 

Es decir, que en este período se restableció la ñor- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



571 



malidad da nuestras relaciones con las antiguas Colo- 
nias españolas en América, y se dieron grandes facili- 
dades al comercio, siendo de notar que el convenio co- 
mercial con Francia de 1877 fué el origen del extraor- 
dinario desarrollo que alcanzó la exportación de nues- 
tros vinos. 

Aparte de esto, siguiéronse algunas negociaciones de 
verdadera importancia, que merecen ser reseñadas por 
los compromisos internacionales á que dieron origen. 

La primera, ya que no por su importancia, por orden 
de fechas, es la seguida con los Estados Unidos y que 
se tradujo en el Protocolo de 12 de Enero de 1877. 

La historia de este documento no se ha escrito aún 
\[)j y como, aunque lo consintiera la índole de este li- 
bro, no parece el actual momento oportuno de trazar- 
la, nos limitaremos á decir que á fines de 1876, estiman- 
do sin duda, los Estados Unidos propicia la ocasión pa- 
ra obtener en Europa una acción común contra Espa- 
ña, insistió en términos muy apremiantes en elinmedia- 



(l) Hec i en teme lite se ha publicado con .el título, sobrado 
largo, de El articulo 7.° del tríttado de 1795 y el Protocolo de 
12 de Enero de 1877 ^ un folleto, suscrito por Ortilvaf seudóni- 
mo que las insistentes alusiones á determinada obra aclaran 
por extremo. El folleto; que revela mucha más erudición que 
buen criterio, y que está plagado de contradicciones, tiende á 
demostrar que el señor Cánovas no fué el autor dei Protocolo. 
El acierto no respoude al propósito; y así el folleto en cuestión 
conatituve en el fondo una severa censura de dicho documento, 
pudiendo aplicarse al autor aquellos famobos versos de Serra: 
Camprodón, me has dado un palo, etc. 

Guando se conozca por entero la historia del Protocolo, se 
verá que eu aquella ocasión el señor Cánovas no hizo lo que 
quiso, ni pudo hacer sino lo que hizo. 



J 



572 HlSTf)RIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

to cumplimiento de las repetidas promesas hechas pr>r 
los anteriores Ministros de Estado respecto á la inter- 
pretación que había de darse al tratado de 1796 y espe- 
cialmente á su artículo 7.° Lo ocurrido con los tripu- 
lantes y pasajeros del Virginius era un gran argumeD- 
to para los norte-americanos, y aunque el Grobierno e>- 
pañol sometió á un proceso al General Burriel, no por 
esto se dieron aquéllos por satisfechos, é insistiendo en 
forma amenazadora en la necesidad de fijar la manera 
de enjuiciar cuando se tratase de subditos de la Unión. 
pusieron al Gabinete de Madrid en la cruel alternati\u 
de hacer concesiones que evidentemente repugnaba, • 
aceptar las consecuencias de un rompimiento con 1<> 
Estados Unidos. 

No cedió por completo el señor Cánovas, antes por 
el contrario, resistió cuanto pudo y disputó palmo á 
palmo el terreno, obteniendo á su vez algunas concesi' - 
nes; pero al fin se firmó el Protocolo de 12 de Enero (it 
1877, por virtud del cual ningún ciudadano de los Es- 
tados Unidos residente en España, sus Islas adyacente» 
ó sus posesiones de Ultramar, acusado de algún cri- 
men, podrá ser sometido á ningún tribunal excepcio- 
nal, sino exclusivamente ala jurisdicción ordinaria, fue- 
ra del caso en que sea cogida con las armas en la ma- 
no. Los que sin estar comprendidos en esta excepción 
sean arrestados ó presos, se considerará que lo han si- 
do de orden de la autoridad civil para los efectos de la 
ley de 17 de Abril de 1821, aun cuando el arresto ó U 
prisión se haya ejecutado por fuerza armada. Los qo'' 
sean cogidos con las armas en la mano, serán juzga<io> 
en Consejo de guerra ordinario con arreglo al art. 2 
de la citada ley; pero aun en este caso, disfnitarán }vi- 



^ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 5*73 

SU defensor los acusados de las garantías consignadas 
ti la citada ley de 17 de Abril de 1821. 
Al propio tiempo se declaró que las disposiciones vi- 
kentes en los Estados Unidos y las garantías de que 
gozan sus ciudadanos alcanzan y comprenden á todos 

t)s españoles residentes ó estantes dentro del territorio 
e aquéllos. 

Otras negociaciones de importancia seguidas en el 
período que nos ocupa, fueron las relativas á la libertad 
|EÍe comercio y navegación en el Archipiélago de Joló. 
' Allá, en 1873, sosteníamos una guerra contra el 
Sultán de Joló, que se había rebelfido. Declarado el 
bloqueo de las costas del Archipiélago, no se notificó 
aquél, ni fué efectivo, condiciones indispensables den- 
tro del derecho internacional, para que fuese respetado 
y produjera sus efectos legales. En esta situación, y co- 
mo quiera que buques alemanes é ingleses se dedicasen 
á introducir en Joló armas, municiones y mercancías, 
ocurrió el apresamiento del Marte Louise, y del Gazelle; 
pero no obstante haber sido declarados buena presa, se 
mandó devolverlos, y como se encontrasen deteriorados, 
por haberlos dedicado á depósitos de carbón, hubo que 
indemnizar. A pesar de esto, y habiendo ocurrido otro 
nuevo caso semejante con el buque alemán iJ/iwna, que 
fué devuelto dos veces en 1875 y 1876, Alemania é In- 
glaterra, á las cuales perjudicaba toda restricción en el 
comercio joloano, reclamaron contra el sistema vigen- 
te de obligar á los buques mercantes que se dirigían al 
archipiélago de Joló, á tocar antes en Zamboanga, 
pagar derechos en este puerto y obtener en él una au- 
torización para navegar. 

Por notas de 15 de Abril de 1876, dirigidas á los 






*'■» 



-5*74 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

representantes inglés y alemán, notas que hicieron pú 
blicas ambos Gobiernos, el Ministro de Estado espaij. 
reconoció la libertad de comercio en los mares joloan'- 
y en 11 de Marzo de 1877 se firmó entre España, Ii; 
glaterra y Alemania, un protocolo en el que se cons: 
naron las siguientes declaraciones: 

«1.* El comercio y el tráfico directo de los buqu 
y subditos de la Gran Bretaña, de Alemania y de lá^ 
demás Potencias, se declaran y serán absolutameLt» 
libres con el archipiélago de Joló y en todas sus partp>. 
así como el derecho de pesca, sin perjuicio de los dere- 
chos reconocidos á España en el Protocolo, en confor- 
midad con las declaraciones siguientes: 

«2.* Las autoridades españolas no podrán exigir er. 
lo sucesivo á los buques y subditos de la Gran Brefaña. 
de Alemania y de las demás Potencias que vayan li- 
bremente al archipiélago de Joló, de un punto á otro 
de sus aguas ó de uno de ellos á cualquiera otro d»! 
mundo, que toquen antes ó después en un punto deter- 
minado del Archipiélago, ó en otra parte, que pagnni. 
cualquiera clase de derechos ó se provean de un penLÍ- 
80 de aquellas autoridades, las que por su parte se abs- 
tendrán de poner impedimento y de toda intervenci"'!: 
¿n el referido tráfico. 

• Queda entendido que las autoridades españolas n<' 
impedirán de manera alguna, ni bajo ningún pretexto, 
la libre importación y exportación de toda clase df 
mercancías, sin excepción alguna, salvo en los puntos 
ocupados y de conformidad con la declaración HI. y 
que asimismo en los no ocupados efectivamente por Es- 
paña, ni los buques, ni los subditos referidos, ni 8ii> 
mercancías, se someterán á impuesto alguno, derecho ó 



^■''^'» 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 575 

pago cualquiera, ni á ningún reglamento de sanidad ó 
de otra clase. 

»3.* En los puntos ocupados por España en el ar- 
chipiélago de Joló, el Gobierno español podrá estable- 
cer impuestos, reglamentos sanitarios y de cualquiera 
otra clase, durante la ocupación efectiva de dichos pun- 
tos. Pero España se compromete por su parte á soste- 
ner en ellos las dependencias y empleados necesarios 
para las necesidades del comercio y cumplimiento de 
los referidos reglamentos. 

» Queda, sin embargo, expresamente entendido que 
el Gobierno español, resuelto por su parte á no impo- 
ner reglamentos restrictivos en los puntos ocupados, 
contrae espontáneamente el compromiso de no introdu- 
cir >en los indicados puntos mayores impuestos ó dere- 
chos que los establecidos en los aranceles españoles ó 
en los tratados ó convenios entre España y cualquiera 
otra Potencia. Tampoco pondrá en vigor en aquellos 
puntos reglamentos excepcionales que hubieren de apli- 
carse al comercio y subditos de la Gran Bretaña, de 
Alemania y de otras Potencias. 

»En el caso de que España ocupase efectivamente 
otros puntos en el archipiélago de Joló, en los quesos- 
tuviera las dependencias y empleados necesarios para 
atender á las necesidades del comercio, los Gobiernos 
de la Gran Bretaña y de Alemania no harán objeción 
alguna sobre la aplicación de las mismas reglas estipu- 
ladas para los puntos actualmente ocupados.» El Go- 
bierno español debía notificar todo caso de nueva ocu- 
jjación á los de Inglaterra y Alemania y anunciarlo al 
comercio, no comenzando á aplicarse las tarifas hasta 
seis meses después del anuncio oficial; y á los buques 



516 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMItiCA 

\ 

no se les obligaría á tocar en ningún punto ocupado. 

Terminada la campaña de Joló, se £rmaron en Li- 
cup, á 22 de Julio de 1878, las capitulaciones del Sul- 
tán y Dattos del Archipiélago de paz y sumisión ¿ Es- 
paña, y en 7 de Marzo de 1885, como consecuencia de 
las negociaciones seguidas en Londres y Berlín duran- 
te los años 1881 y 1882 por los representantes españo- 
les para obtener de los Gobiernos de la Gran Bretaña y 
Alemania el reconocimiento solemne de la soberanía 
española en dicho Archipiélago, se firmó un ProtocolM 
en virtud del cual se efectuó ese reconocimiento^ aun- 
que con sensibles limitaciones. 

En efecto: Alemania y la Gran Bretaña reconocit»- 
ron la soberanía de España en los puntos ocupados 
efectivamente, así como en los que no lo estaban aiín 
del archipiélago de Joló (art. 1.*^), declarando que eme 
comprendía todas las islas que se encontraban entre el 
extremo occidental de la isla de Mindanao por una par- 
te y el continente de Borneo y la isla de Paragua por 
la otra, comprendiendo en estos limites las islas de Ba- 
labac y de Cagayán Joló (art. 2.^); pero el Gobierno 
español renunció respecto al Gobierno británico, i 
cualquiera pretensión de soberanía en los territor¡<i-í 
del continente de Borneo que pertenecían ó habían per- 
tenecido al Sultán de Joló, comprendiéndose en ellos 
las islas vecinas de Balambaugan, Banguey y Mala- 
guali, así como todas las comprendidas en una zona de 
tres leguas marítimas á lo largo de las costas, y que 
formaban parte de los territorios administrados por la 
Compañía denominada «Compañía Británica del Norte 
de Borneo. (British Xorfh Borneo Company) (art. 3/- 

Como además se reprodujo (art. 4.°) lo estipulado 



"T^s^»' 






HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 577 

en el Protocolo de 1 1 de Marzo de 1877, recientemen- 
te, con motivo de la insurrección de los tagalos en la^ 
Isla de Luzón, se hizo notar que se venía realizanda 
un importante comercio de armas y municiones, que á 
la vez que fomentaba las luchas intestinas de los jo- 
lóanos, proporcionaba medios de combatir nuestra so- 
beranía á los insurrectos filipinos; y queriendo po- 
ner fin á esto y evitar al mismo tiempo la importación 
de alcoholes, cuyo abuso tanto perjudica á los indíge- 
nas, el Ministro de Estado (señor Duque de Tetuan) y 
los Representantes de la Gran Bretaña y de Alemania- 
firmaron en Madrid, á 30 de Marzo del corriente año^ 
un nuevo Protocolo en el cual se declaró que la fórmu- 
la genérica empleada en la redacción del artículo 4.^ 
del Protocolo de 7 de Marzo de 1885, no es aplicable 
al caso en que las autoridodes españolas prohiban con 
carácter de generalidad y sin excepción alguna la im- 
portación al Archipiélago de Joló de armas de fuego, 
municiones de guerra y alcoholes; añadiéndose que tal 
prohibición, si fuese decretada por el Gobierno de Es- 
paña (1), se anunciaría en las Oacetas oficiales de Ma- 
drid y Manila, y se comunicaría en notas oficiales á los 
Gobierno inglés y alemán, no pudiendo regir la prohi- 
bición para aquellas expediciones que se encontrasen 
en camino al publicarse el decreto correspondiente. 

4. Desde hace unos veinte años, por los persisten- 
tes esñierzos de algunos cuantos hombres de buena 
voluntad y clara inteligencia, se ha presta/do en Es- 
paña mayor atención de la que antes se otorgaba á 
las cuestiones africanas. Merced al movimiento de esta 



(1) Lo fué por Real Decreto de 3 de Abril siguiente. 

31 



i 




578 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

modo imciado, y preocupando al Gobierno español, 
como preocupaba á algunos otros, la extensión que se 
iba dando en Marruecos al derecho de protección, qne 
amenazaba seriamente, la autoridad del Sultán, se ce- 
lebró en Madrid una conferencia, á la que asistieron 
los representantes de España, Alemania, Austria, Bél- 
gica, Dinamarca, Estados Unidos, Francia, Gran Bre- 
taña, Italia, Marruecos, Países Bajos, Portugal, y Sue- 
-cia y Noruega, los cuales concertaron el Convenio de 
3 de Julio de 1880. 

Establecióse en dicho convenio, que las condiciones 
requeridas para conceder la protección eran las estipu- 
ladas en los tratados celebrados por Marruecos con In- 
glaterra (9 Diciembre 1856) y con España (20 Noviem- 
bre 1861) y en el convenio ajustado entre aquel Gobier- 
no y los de Francia y otras Potencias en 1863, salvo 
las modificaciones que se indicaban y con sujeción á las 
reglas siguientes: 

Los representantes extranjeros. Jefes de Misión. 
podrán escoger siis intérpretes y empleados entre los 
subditos marroquíes ú otros que no lo sean. Los Cón- 
sules, Vicecónsules, ó Agentes consulares, Jefes depues- 
to residentes en los Estados del Sultán de Marruecos, 
no podrán escoger más que un intérprete, un soldado 
y dos criados que sean subditos del Sultán, y en cas<' 
de necesidad, un secretario indígena. Estos protegidcs 
estarán exentos de todo derecho, impuesto ó cuota, ex- 
cepto el agrícola y el de puertas, los cuales se recauda- 
rán con arreglo á un reglamento especial entre los B<*- 
presentantes extranjeros y el Ministró del Sultán, no 
pudiendo aumentarse sino de acuerdo con dichos Be- 
presentantes el impuesto de puertas. Podrán ademi^ 



580 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

No obstante esto, que constituía un aviso de futu- 
ras y acaso no lejanas pretensiones^ nada se hizo para 
evitar el peligro que amenazaba, ni se advirtió la acti- 
vidad con que los alemanes se consagraban á crear y 
desarrollar intereses en la Occeania. Así las cosas, el 
Gobierno y con éste la Nación entera, se vieron sor- 
prendidos, en el mes de Agosto de 1885, por la noticia 
de haber realizado los alemanes actos de soberanía eu 
la isla de Yap, una de las Carolinas. Excitado el senti- 
miento patriótico de los españoles, organizáronse eu 
todas partes ruidosas manifestaciones de protesta con- 
tra Alemania, siendo arrancado y roto el escudo ale- 
mán de la legación de Madrid y los de los consulados 
en algunas capitales. Por estos hechos dio el Gobierno 
español las necesarias explicaciones, pero al propi<» 
tiempo reclamó con gran energía contra la ocupación 
por los alemanes de la citada isla. 

Claro es que, dado el antecedente de haber ne^a<io 
en 1875 tanto Alemania como Inglaterra la soberanía 
de España en las Carolinas y Palaos, fué preciso reco- 
nocer, y se reconoció, que el Gobierno de Berlín había 
procedido con completa buena fe. Pero, con buena íe 
ó sin ella, no podía el Gabinete de Madrid dejar de rei- 
vindicar aquella parte del territorio español. La inte- 
ligencia directa entre las dos naciones parecía imposi- 
ble, siendo de temer una violenta ruptura, por lo cual 
se recurrió á Su Santidad, el cual aceptó el papel d^ 
mediador. 

En 22 de Octubre del mismo año, 1885, fonnul*' 
León XIII su proposición, en la cual, después de con- 
signar que no podía desconocerse la acxjión benéficii 
de España en los archipiélagos de las Caroli|ias y Pa- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA. 581 

- ' -■* 

laos, y que ningún otro Gobierno había ejercido sobre 
■ellos una acción semejante, propuso se adoptasen los 
puntos siguientes: 

«1.° Se reconoce la soberanía de España en las 
islas Carolinas y Palaos. 

»2.** El Gobierno español, para hacer efectiva esta 
soberanía, se obliga á establecer lo más pronto posible 
en aquel Archipiélago una Administración regular, 
con una fuerza suficiente para garantizar el orden y 
los derechos adquiridos. 

»S.^ España ofrece á Alemania plena y entera li- 
bertad de comercio, de navegación y de pesca en aque* 
Has islas, como asimismo el derecho de establecer en 
ellas una estación naval y un depósito de carbón. 

»4.° Se asegura igualmente á Alemania la libertad 
úe hacer plantaciones en las islas, y de fundar en ellas 
establecimientos agrícolas del* mismo modo que los 
subditos españoles.» 

Aceptadas estas proposiciones, los representantes 
<1e España y Alemania cerca de Su Santidad, firmaron 
en Roma el 17 de Diciembre del mismo año, un Proto- 
colo consignando las siguientes conclusiones: 

«Art. 1.^ El Gobierno alemáü reconoce la priori- 
<lad de la ocupación española de las islas denominadas 
Carolinas y Palaos y la soberanía de Su Majestad Ca- 
tólica que de ella resulta, y cuyoís límites están indi- 
<:ado8 en el art. 2.** 

* Art. 2.^ Estos límites están formados por el Ecua- 
dor y por el grado 11 de latitud Norte, y por los gra- 
dos 133 al 164 de longitud Este (Greenwich). 

»Art. 3.*^ El Gobierno español, para garantir á los 
?5Úbditos alemanes la plena y entera libertad de comer- 



^S¡¿ HISTORIA POLÍTICA y DIPLOMÁTICA 

\ • " ' 



cío, de navegación y de pesca en los archipiélagos de 
las Carolinas 3' de las Palaos, se obliga á ejecutar en 
aquellos Archipiélagos estipulaciones análogas á las 
contenidas en los artículos 1,**, 2.^ y 3.** del Protocolo 
relativo al archipiélago de Joló, firmado en Madrid el 
11 de Marzo de 1877, y reproducidas en el Protocoliv 
del 7 de Marzo de 1885, á saber: (Siguen los artículos.. 
»Art, 4." Los subditos alemanes tendrán plena li- 
bertad para adquirir inmuebles y para hacer planta- 
ciones en los archipiélagos de las Carolinas y Palaos; 
Piara fundar en ellos establecimientos agrícolas; para 
ejercer toda especie de comercio y efectuar contratos 
con los indígenas, y para explotar el suelo en las mis- 
mas condiciones que los subditos españoles. Sus dere- 
chos adquiridos serán respetados. 

• Las Compañías alemanas que gozan en su país de 
los derechos de las personas civiles, y especialmente las 
Compañías anónimas, serán tratadas bajo el mismo 
pió que dichos subditos. 

»Los subditos alemanes gozarán, respecto á la pro- 
tección de sus personas y de sus bienes, adquisición y 
trasmisión de sus propiedades, así como en el ejercici<> 
de sus profesiones, del mismo trato y de los mismos 
derechos que los subditos españoles. 

Art. 6.** El Gobierno alemán tendrá el derecho de 
establecer en una de las islas Carolinas ó de las Palaos^ 
una estación naval y un depósito de carbón para la Ma- 
rina imperial. 

Los dos Gobiernos determinarán de común acuenio 
el sitio y condiciones de este establecimiento.» 

Como Inglaterra había negado también nuestra so- 
beranía, se entablaron negociaciones con el Gabinete 



HIS1X)RIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 5S3 

• 

de Londres para obtener su reconocimiento, firmándose 
en Madrid el 8 de Enero de 1886 un Protocolo, en el cual 
se declaró: «1.° que el Gobierno de S. M. B. reconocerá 
la soberanía de España sobre las islas Carolinas y Pa- 
laos hasta el punto que esta soberanía haya sido ó pue- 
da ser en adelante reconocida por el Gobierno alemán; 
y 2.° que todos los privilegios, ventajas, favores ó inmu- 
niaades que se hayan concedido ó en' adelante se conce- 
dan en las antedichas islas por el Gobierno español al 
Gobierno ó subditos del Gobierno alemán, serán inme* 
diata é incondicionalmente concedidos al Gobierno ó á 
los subditos de la Gran Bretaña.» 

Como el Gobierno español gestionaba ya cerca det 
alemán para alcanzar de éste la renuncia al derecho de 
establecer una estación naval, procuró desde luego que 
Inglaterra no insistiese en obtener tal concesión, y en 
efecto, el representante inglés declaró, en nota de 4 
de Enero, que su Gobierno no insistía en ese punto. 
En cuanto al alemán, el art. 5.** del Protocolo quedó 
anulado en virtud de un acuerdo firmado en Berlín en 
20 de Enero de 1886 por el Ministro plenipotenciario 
de España y el ministro de Negocios Extranjeros, acuer- 
do ratificado en nota oficial dirigida al Ministro de Es- 
tado, en 28 del mismo mes, por el encargado de Nego- 
cios de Alemania on Madrid. 

6. En el otoño de 1893, precisamente en los mo- 
mentos en que se llevaba á cabo un cambio fundamen- 
tal en la organización militar de España, viéronse sor- 
prendidos la opinión y el Gobierno por las noticias de 
un atentado cometido por los moros fronterizos de Me- 
lilla. Telegramas del comandante general de la plaza 
anunciaban que en la noche del 29 de Septiembre los 



\ 584 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

• 

moros habían desbaratado las obras del camino y fder- 
te de Sidi Aguariach, hostilizando á la guarnición y 
causando algunas bajas. Los dos días siguientes pasa- 
ron con relativa tranquilidad, pero en la mañana del 2 
de Octubre la fuerza del fuerte se vio atacada por todos 
los moros del campo fronterizo. Socorrida la guarnición 
por fuerzas de la plaza, trabóse un verdadero combate 
en el cual las kábñas fueron rechazadas, no sin que las 
tropas sufrieran sensibles bajas, pues tuvieron doce 
muertos, cuyos cadáveres fueron encontrados carboni- 
zados algunos y mutilados otros. 

Tales noticias produjeron viva sensación, reclaman- 
do el país en masa el castigo inmediato de los agre- 
sores. 

Comprendió el Gobierno que del fondo de los suce- 
sos de Melilla surgía una cuestión internacional, y que 
del giro que se diese á la gestión diplomática dependía 
el que estallase una guerra semejiinte á la de 1860 y una 
complicación europea latente siempre en las cuestiones 
marroquíes; y como el Bajá del campo fronterizo se de- 
claró impotente para evitar la repetición de los atenta- 
dos de las kábilas, resolvió atenerse estrictamense á lo 
dispuesto en el art. 7.*^ del tratado de Wad-Bas, á fin 
de colopar al Sultán en la alternativa de sostener con 
sus propias fuerzas los derechos de España, castigar á 
los insurrectos é indemnizarnos de los daños causados ó 
hacerse responsable de las consecuencias, como Go- 
bierno que no podía cumplir sus compromisos ó eludía 
hacerlo. En virtud de este acuerdo se comunicaron ins- 
trucciones al Ministro de España en Tánger á fin de 
que entablase la oportuna reclamación, la cual había 
de comprender los siguientes extremos: 



■ «!»»*■'■ 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 585 

1." Pedir con apremio y exigir hasta donde fuer& po- 
sible del Sultán, y entretanto de sus Ministros, su eñcaz 
intervención en el Biff para reducir á la obediencia las 
kábilas rebeldes qne habían atacado á nuestros soldados, 
invadido nuestro territorio y destruido el fuerte, qne 
t(in pleno derecho y con estricta sujeción á los trata- 
dos, estábamos construyendo. 

2." Castigo ejemplar de los culpables por las violen- 
cias y brutales agresiones de los ríffeKos; y 

3." Formular nuestro derecho á las indemnizaciones 
|j<ir los dafios y perjuicios que se nos ocasionasen, in- 
demnizaciones extensivas á las familios de los muertos 
y á los perjuicios materiales por España experimen- 
tados. 

La diplomacia marroquí, habilísima en ganar tiem- 
[lo, recnrrió una vez más á su sistema favorito, alegan- 
do unas veces su impotencia para dominar las kábilas 
ilel Riff y amparándose otras en la ausencia del Sultán. 
Ton esto se dio lugar á que los riffeños renovasen sus 
ataques, librándose los días 27 y 28 de Octubre san- 
i^rientos combates, en los cuales murió el comandante 
general de Melilla General Margallo. Estos sucesos au- 
mentaron de tal suerte la gravedad de la cuestión que 
llegó á creerse inminente la guerra con Marruecos. Por 
fortuna, los representantes de Inglaterra é Italia pri- 
mero, y luego los de Alemania, Francia y Portugal, 
apoyaron las reclamaciones españolas, haciendo presen- 
te al Sultán el riesgo que habría en no darlas pronta y 
completa satisfacción. 

El 8 de Octubre recibióse al fin la respuesta del Sul- 
tíiu, el cual condenaba la conducta de los riffeños, pro- 
testaba de sn buena amistad á España, prometía el cas- 



586 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

tigo de los culpables, y anunciaba el envío de órdenes 
para suspender las hostilidades. Un hermano del Sul- 
tán, Muley Araafa fué al campo fronterizo, pero sin 
fuerzas suficientes para imponerse y sin poderes bastan- 
tes para negociar; por lo cual el general Martínez Cam- 
pos, que había sido nombrado General en jefe de las 
fuerzas reunidas en Melillay hecho reconstruir el faertí» 
encontróse en situación dificilísima, y sin poder conse- 
guir nada realmente efectivo ni estar autorizado, por 
impedirlo las circunstancias, á emplear la fuerza. Ue 
dicha situación, consecuencia de no haber emprendido 
la acción militar en los primeros momentos, se sali<^ 
nombrando al General Embajador en misión extraordi- 
naria cerca del Sultán. Sin embargo, antes de embar- 
carse el general Martínez Campos consiguió que le fue- 
sen entregados, para enviados á Tánger, dos de loi 
principales causantes de los sucesos de Octubre, que los 
moros destruyesen sus trincheras, y que los jefes de las 
kábilas hiciesen ante él, en acto público y solemne, 
homenaje de respetuosa sumisión y protestas de uo 
volver á turbar la paz. 

El 18 de Enero se embarcó en Melilla el General 
embajador, llegando el 29 á la ciudad de Marruecos, 
donde, después de haber sido festejado en el camin* 
por las kábilas, se le hizo un recibimiento notabib- 
simo. 

Las negociaciones no dejaron de ofrecer dificultade>s 
y hasta pudo temerse un rompimiento, pues el Sult^ü: 
consultó á las legaciones extranjeras; pero la resuelta 
actitud de Alemania, secundada luego por Austria, 
Francia, Inglaterra é Italia, quitó al Gobierno Marro- 
quí toda esperanza, y el 5 de Marzo de 1894 se firmó eu 



HISTORIA POLÍTICA Y ÜIPLOMÁTICA 587 

Marrakesh el convenio que ponía fin á la cuestión pro- 
vocada por los sucesos de Melilla. 

El Sultán se obligó á castigar á los riffeños inme- 
diatamente y de no ser esto posible, en el próximo ve- 
rano, pudiendo el Gobierno español exigir la imposi- 
ción de pena mayor con arreglo á las leyes y procedi- 
mientos marroquíes (art. 1.®). Se acordó proceder al 
nombramiento de una Comisión compuesta de Delega- 
dos españoles y marroquíes, á fin de llevar á efecto la 
demarcación de la línea poligonal que delimite por el 
campo marroquí la zona neutral (art. 2.**). Se estable- 
cerían y mantendrían constantemente en las inmedia- 
ciones del campo de Melilla un Caid con un destaca- 
mentó de 400 moros de Bey, y otras fuerzas marroquíes 
en la proximidad de las plazas españolas de Ceuta, 
Ohafarinas, Peñón de los Vólez y Alhucemas (art. 4.°), 
debiendo ser el Caid, jefe de todas estas fuerzas, un 
dignatario del Imperio (art. 5.^). Se fijaba la indemni- 
zación en 30 millones de pesetas, pagaderos, cinco 
millones dentro del plazo de tres meses, y el resto en 
plazos semestrales de un millón de pesetas, debien- 
do hacerse la entrega en los puertos de Tánger y Ma- 
zagán, en moneda de curso legal en España, abonando 
el 6 por 100 como interés en caso de demora, y si ésta 
excedía de una anualidad, quedando facultado el Go- 
bierno español para intervenir las aduanas de Tánger, 
Casablanca, Mazagán y Mogador (art. 6.°). 

Pocos meses después murió el Sultán, Muley-el-Has- 
san (7 de Junio de 1894), sucediéndole su hijo Abd-el- 
Azis, contra el cual se sublevaron algunas tribus del 
Imperio. El estado de Marruecos llegó á inspirar vivas 
inquietudes en Europa, temiéndose no pudiera conso- 



588 HISTORIA. POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

lidarse la autoridad del nuevo soberano y que, al pre- 
valecer la anarquía, se diese pretexto á intervenciones 
que provocasen un conflicto entre las potencias eu- 
ropeas. 

España se encontró entonces colocada en una situa- 
ción difícil. Marruecos no podía cumplir el tratado de 
Marrakesh, y el Gabinete de Madrid no se decidía á 
exigir su cumplimiento por temor de contribuir á lato- 
tai ruina del Imperio. Asilas cosas, Abd-el- Azis envió á 
España una Embajada (1) con la cual se negoció un 
nuevo tratado (24 de Febrero de 1896). reduciendo la 
indemnización á 1.801.979 duros, délos cuales 401. 97íí 
debían ser pagados á los 80 días y el resto en un plazo 
de seis meses, prorrogándose además por un año el pla- 
zo para llevar á cabo la delimitación de la zona neutral 
y aplazando el castigo de los culpables de ios sucesos 
de Melilla hasta que el Sultán pudiese disponer de fuer- 
zas suficientes para ello. 

De esta suerte renunció España á las escasísima.^ 
ventajas que á tanta costa había conseguido por el tra- 
tado de Marrakesh. 



(1) La embajada estuvo á punto de ocasionar un conflicto, 
pues el Embajador, Sidi-Brissa, fué abofeteado por un general 
de brigada retirado, cuyas facultades mentales hallábanse per- 
turbadas. Kl Gobierno español dio toda clase de explicaciones, 
la Reina Regente y las Cámaras hicieron público su sentimien 
to, la Nación entera protestó de semejante atentado, y el Sul- 
tán se dio por satisfecho: su propio interés le aconsejaba hacer- 
lo así. 



CAPITULO XXXIII. 



1. Política rnsa: la circular de Gortchakoff.— 2. Conferencia de Londres 
en 1871, sóbrela neutralidad del Mar Negro-'-S. Neutralidad del Es- 
trecho de Magallanes.— 4. El Canal de "Suez.— 5. Situación de Europa 
en 1871: la cuestión de las alianzas.— 6. Turquía en 1875: insurrec- 
ción de los Principados: la nota de Andrassy: el meviorandum de 
los tres cancilleres: Rusia é Inglaterra.— 7. Conferencias de Constan- 
tinopla y de Londres.— 8. Guerra turco-rusa,— 9. El tratado de San 
Stéfano y el Congreso de Berlín en 1878. 



1. El terrible drama en que fueron actores Francia 
y Alemania parecía haber colocado á la orden del día 
en Europa el derecho del más fuerte. En medio de aque- 
lla gran conflagración, el respeto á los tratados había 
desaparecido, y así como Víctor Manuel ño vaciló en 
romper la convención de Septiembre que el Gobierno 
francés no podía defender, Rusia se aprestó á sacudir 
las trabas que la impuso el Congreso de París de 1856. 
La ocasión no podía estar mejor elegida. Italia, le- 
ciente el ejemplo que había dado, no podía protestar. 
Francia harto haría con poner fin á la guerra con Ale- 
mania. Esta, aunque victoriosa, no estaba en situación 
de lanzarse á nuevas aventuras, é Inglaterra, aislada, 
8© limitaría á lanzar quejas más ó menos vivas. Gort- 
chakof publicó su circular de 29 de Octubre de 1870, 



500 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

anunciando que el Emperador no se creía obligado á 
respetar los compromisos del tratado de 1856, por el 
cual se había declarado la neutralidad del Mar Negro, 
se prescribió que Busia sólo podía mantener seis navios 
de guerra ligeros, y se consignó que las aguas y puer- 
tos de aquél serían libres para la marina mercante. 

Grande fué la impresión que produjo la circular. 
Inglaterra protestó vivamente (10 de Noviembre), y en- 
vió á Versalles un emisario para hacer presente á Bis- 
marck que no retrocedería ni ante la guerra; Austria, 
aunque sin llegar á la amenaza, contestó rechazando 
la doctrina del canciller ruso; y como Italia nó quiso 
separarse abiertamente del criterio del Q-abinete inglés, 
y Francia se colocó en actitud reservada, todo quedó 
pendiente de la respuesta de Prusia. La cuestión era 
difícil, pero Bismarck salió de la dificultad propí»- 
niendo la reunión de una conferencia, con lo que, siu 
secundar á Rusia, no irritaba á ésta y dejaba abierta 
la puerta de la esperanza á Inglaterra. 

2. Aceptada la idea de celebrar la conferencia, se 
circularon las invitaciones (27-28 de Noviembre), pero 
Francia contestó declarando que subordinaba la acep- 
tación á la condición de que Europa garantizase en 
principio la integridad del territorio francés é impu- 
siese á Alemania un armisticio. Claro es que tales 
pretensiones no fueron tomadas en cuenta, y aunque á 
Inglaterra interesaba grandemente la asistencia de 
Francia, como no fué posible vencer la resistencia de 
Favre, se abrió al fin la Conferencia en Londres el 17 
de Enero de 1871 con asistencia de los plenipotencia- 
rios de Alemania, Austria, Gran Bretaña, Italia, Eu- 
sia y Turquía, prolongándose los trabajos hasta el 13 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 591 

de Marzo, pues el Gabinete inglés pidió aplazamiento 
para dar lugar á que, constituido en Francia un Gobier- 
no regular, enviase éste su representante, como así Su- 
cedió, firmando la convención el Duque de Broglie. 

Formuló ante todo la Conferencia la declaración 
formal de que era un principio esencial de derecho de 
gentes que ninguna Potencia puede desligarse de las 
obligaciones impuestas por un tratado ni modificar sus 
términos, sin el consentimiento de las demás Potencias 
contratantes, obtenido por medio de un arreglo amisto- 
so. De este modo se sancionó la buena doctrina, soste- 
nida por Inglaterra frente á Rusia, pero al propio tiem- 
po ésta alcanzó en el Protocolo final, si no todo cuanto 
pretendía, al menos una gran parte. 

En efecto, por la Convención firmada en Londres 
el 13 de Marzo de 1871, se mantuvo el principio de la 
clausura de los Estrechos de los Dardanelos y del Bos- 
foro, con la facultad, por parte del Sultán, de abrir di- 
chos Estrechos en tiempo de paz, si lo juzgaba necesa- 
rio, á los buques de guerra de las Potencias amigas y 
aliadas (art. 2.**); se declaró que el Mar Negro seguiría 
abierto, como, antes lo estaba, á la marina mercante 
de todas las naciones (art. 3.°); se estableció que la 
Comisión internacional encargada de los trabajos para 
facilitar la navegación en la embocadura del Danubio 
y en el Mar Negro, duraría doce años, esto es, hasta 24 
de Abril de 1883, término en que había de amortizarse 
el empréstito contratado por la Comisión bajo la garan- 
tía de la Gran Bretaña, Alemania, Austria, Hungría, 
Italia y Turquía (art. 4."), y se consignaron otros pre- 
ceptos acerca de dicha Comisión, 

Quedó, pues, confirmado el tratado de París de 



: %T 



5a2 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

1856, si bien no se mantuvo la neutralidad dfel Mar Xe^ 
gro, y aunque Inglaterra logró sacar á salvo, gran par- 
te de aquél, Husia pudo envanecerse de su triunfo. El 
amor propio de los diplomáticos quedó á salvo, pero 

m 

en el fondo prevaleció la doctrina de GortchakoÉf. 

3. Aunque altere algún tanto el orden cronológico, 
importa decir que pocos afios después, en 1881, otro 
Estrecho importantísimo, el de Magallanes, ftió eleva- 
do á la condición de neutral. En efecto, por el tratail»» 
de 23 de Julio de dicho afio, tratado que puso fin á las 
cuestiones sobre delimitación de fronteras entre Oii- 
le y la Argentina, se consagró (art. 6.^) la perpetua 
neutralidad de dicho Estrecho y se aseguró la libre na- 
vegación á todos los pabellones. 

4. El Canal de Suez, enclavado en territorio egij»- 
cio, parecía amenazado en 1877, al estallar la guerra 
entre Rusia y Turquía. Inglaterra temic) que fuerzan 
rusas, invadiendo el Egipto, pudiesen perturbar el trán- 
sito por aquel Canal, y pidió explicaciones á Rusia, h 
cual, al dar completas seguridades de que no se propo- 
nía operar en los dominios del virrey, añadió que con- 
sideraba el Canal de Suez como neutro y, por tanto. 
que permanecería totalmente abierto al comercio ami 
en medio de la guerra. 

Congresos y asociaciones particulares han preten- 
dido en diversas ocasiones obtener una declaración for- 
mal y terminante, por parte de las Potencias, de neu- 
tralidad de dicho Canal, logrando al fin consignarse en 
el acta firmada en Londres el 17 de Marzo de ISST). 
Posteriormente, en 29 Octubre de 1888, los represen- 
tantes de Francia, Alemania, Austria, España, Ingla- 
terra, Italia, Países Bajos, Rusia y Turquía, firmaron 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 59? 

en Constantinopla un tratado declarando el Canal siem- 
pre abierto y libre, así en tiempo de guerra como en el 
de paz, á todos los buques mercantes ó de guerra, sin 
distinción de pabellón, y añadiendo que no podría ejer- 
cerse en aquél el derecho de bloqueo. 

5. Durante el año de 1870 había sufrido Europa 
importantes modificaciones, y así es que al mediar el de- 
1871 la situación de las Potencias europeas era muy 
distinta que antes de la guerra. Italia se había apo- 
derado de Roma. Francia vencida, no podía pensar en 
mucho tiempo en tomar la ofensiva, y las dificultadea 
políticas con que luchaba en el interior, eran una ga- 
rantía para la paz. Rusia había realizado parte de suTs- 
propósitos consiguiendo la modificación del tratado de 
París de 1856. Austria-Hungría, bajo la dirección del 
Conde de Beust, había iniciado en Diciembre de 1870 
su evolución en sentido favorable al Imperio germáni- 
co, y aceptando el programa trazado por el Canciller 
prusiano, preocupábase, bajo la dirección del magyar 
Conde de Andrassy, de cumplir su alta misión de ser 
la vanguardia de la civilización germánica en Oriente. 
Inglaterra sólo pensaba en conservar la paz, y en fin, 
Alemania únicamente anhelaba aislar á Francia. 

Pocos meses después de pactada la paz el Canciller 
unía á la preocupación que le causaba la posibilidad, 
más ó menos remota, de que la República francesa in- 
tentase vengar su derrota, la perspectiva de la lucha 
que había de sostener en el interior contra el clerica- 
lismo, porque los grupos diseminados que constituían 
los católicos en la Confederación del Norte, habían re- 
cibido importante refuerzo con la creación del Imperio. 
Emprendió entonces aquella campaña conocida en la 

88 



594 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

I ■ 

historia con el nombre de Kulturkampf (lucha por la 
civilización), cuyo objeto era.arrebatar á la Iglesia ca- 
tólica sus privilegios y hacerla entrar en la niveladora 
esfera de la ley común ; pero no dejó de comprender 
que, dadas las tendencias casi ultramontanas de la 
Asamblea de Versalles y la hostilidad de Pío IX, el 
clero francés ayudaría al alemán y la restauración mí>- 
nárquica en Francia podía llegar á ser un peligro para 
Alemania. De aquí sus trabajos para concertar una 
alianza que diese al Imperio germánico garantías con- 
tra el clericalismo y pudiese servir de dique á las fuerza> 
francesas y rusas, si por acaso llegaba á realizarse» 
tal alianza. 

¿Qué nación podía secundar los planes de BismarckV 
No era Rusia, la cual, no obstante las simpatías perso- 
nales de los dos Emperadores, creía que su mt^ar ami- 
ga^ Prusia, no había pagado bien sus buenos oficios. 
No era Italia, que aun no viendo sin recelo los alartles 
ultramontanos de lA Asamblea de Versalles, no se lan- 
zaría, seguramente, por un camino de aventuras, da<la 
su mala situación interior. No podía serlo Inglaterra. 
])orque ésta, sobre no mezclarse directamente en lo> 
asuntos peculiíj-res del continente ni temer nada de la 
])ropaganda ultramontana, hallábase muy preocupatiá 
ton las reformas iniciadas por Gladstone. 

Quedaba el Austria. Esta podía hacer no poco dan" 
al nuevo Imperio alentando el particularismo de lo< 
E.stados, pero Alemania, á su vez, podía crear graví*^ 
dificultades á aquélla, favoreciendo el pangermanism* 
de las provincias alemanas, como Rusia daba vida } 
y aliento al panslavismo. Alemania y Austria se nece 
sitaban mutuamente, y debían entenderse. En Agosta 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOmItICA 595 

de 1871, Guillerm?) I pasó varios días en Ischl con 
Francisco José, que le devolvió poco después la visita 
fiiSalzburgo. Bismarcky Beust conferenciaron en Gas- 
to.in; pero Bismarck tenía un enemigo irreconciliable 
en el Ministro austríaco y no pudo conseguir que 
Mceptara un tratado de alianza, llegándose únicamente 
<í un acuerdo verbal para unir sus esfuerzos en pro del 
mantenimiento de la paz, no hacer nada en favor del 
poder temporal ni contra Italia y contrarrestar el pro- 
fiérese de las ideas revolucionarias. Pocos meses después,- 
f*l Conde de Beust era reemplazado por Andrassy (14 
Noviembre), el cual era más favorable al Canciller ale- 
mán, tanto, que aceptando la invitación de éste fué á 
Berlín acompañando á Francisco José (Septiembre de 
1872). En la capital alemana se reunieron los tres Em- 
j)eradores, pues también concurrió el Zar con Gort- 
chakoff, toda vez que el desarrollo de las ideas nihilis- 
tas les obligaba á aceptar el apoyo que les ofrecía Bis- 
marck. En las conferencias no se llegó á celebrar tra- 
tado alguno, pero por notas cambiadas, los Gabinetes 
de Berlín, Viena y San Petersburgo, se comprometie- 
ron: 1.° á mantener en Europa el estado territorial re- 
sultante de las últimas transacciones diplomáticas; 2.° 
ú resolver las dificultades que ofrecía la cuestión de 
Oriente, y 3.** á refrenar la revolución que amenazaba 
H los tronos. Era esto, según advierte un escritor con- 
temporáneo (1), como un retroceso á los principios de 
la Santa Alianza. Las tres Cortes del Norte parecían 
«Micontrarse unidas como en los buenos días de Metter- 
iiich, de Hardenberg y de Nesselrode. 



(1) Debidour.-— Obra citadn. 



h" 



596 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



¿Constituía tal acuerdo una alianza? Así lo creyí 
Europa, sobre todo después de haber devuelto sus visi- 
tas Guillermo I y el Canciller á Francisco José y á Ale- 
jandro II en la primavera de 1873. Pero Bismarck no 
estaba muy seguro de la fidelidad de Rusia ^ é inquie- 
tado además por las tendencias monárquicas de Fran- 
cia, volvió los ojos á Italia y aconsejó á Víctor Manuel 
el viaje á Viena y Berlín. 

Biusia ó Inglaterra, por un momento aproximada> 
merced al matrimonio de la gran duquesa María, hija 
de Alejandro II, con el Duque de Edimburgo, hijo s«> 
gundo de la reina Victoria (23 de Enero de 1874\ n- 
tardaron en distanciarse; pero más se distanciaron Iti- 
Gobiernos ruso y alemán, no sólo porque Bismarok vi 
con disgusto la visita que hizo en Londres Alejandro II 
al nieto de Luis Felipe, sino porque tampoco estuvie- 
ron de acuerdo en los asuntos de España. 

Después del golpe de Estado del 3 de Enero de 1874 
quiso el Canciller alemán que todas la^ Potencias re- 
conocieran la situación presidida por el General Serra- 
no, pero Rusia se negó en absoluto, y Francia, aunqn 
no hizo lo mismo, la combatió eficazmente, avudani' 
á los carlistas. En cambio, una vez proclamado Rr.j 
D. Alfonso XII, Prusia y Francia se apresuraron : 
reconocerle, siendo imitada su conducta por todas la 
Potencias, no obstante el recelo de Alemania de que I 
nueva Monarquía favoreciese al ultramontanismo. E. 
desacuerdo entre Berlín y San Petersburgo era col 
pleto, y como Bismarck, que acababa de romper tc«lt 
las relaciones con la Santa Sede (Diciembre de 1874 
temiese que la aproximación de los Gabinetes rus^- 
francés se trocase en alianza, emprendió, por medio i 



HISTORIA POLÍTICA Y üÍpLOMÁTIOA* 597 



\a* prensa, una violenta campaña contra Francia, dan- 
do lugar a que los embajadores de Inglaterra y Kusia, 
LiOT-d Odo Russell y Conde Schouwaloff, manifestasen 
«,1 Emperador (ruillermo la sorpresa y el sentimiento 
de sus Gobiernos ante la actitud provocativa de Ale- 
mania, y declarasen que en caso de guerra con Francia, 
.quedarían en libertad de acción (Abril de 1876). 
Bismarck, mal de su grado, hubo de ceder. 
G. La cuestión de Oriente se presentaba, en tanto,. 
<^arda dia más amenazadora. 

Turquía se encontraba en la mas deplorable situa- 
ción, liabióndoáe desvanecido las esperanzas que á su 
elevación al trono hizo concebir Abd-ul-Aziz, en cuyas 
manos parecía que iba á deshacerse el Imperio, pues 
■entregado á los placeres del harem, dejaba que en el 
interior reinasen el desorden y la violencia, y daba por 
dinero dos firmanes (1867 y 1872) que aseguraban al 
Khedive de Egipto una independencia casi absoluta. 
jBsta situación se agravaba por la conducta de Rusia y 
Austria, cuyas Potencias, aprovechando el disgusto 
producido por la falta de cumplimiento de las repeti- 
das promesas de reformas hechas por el Sultán, man- 
tenían constantemente agitadas las poblaciones cristia- 
nas de la Península de los Balkanes. 

Consecuencia de esto fué que la Bosnia y la Herze- 
govina tomasen las armas, protestando en un manifies- 
to (29 de Julio de 1879) contra la arbitrariedad y la 
violencia á que estaban sometidos por la Puerta. Pues- 
tos de acuerdo rápidamente los Gobiernos de SanPe- 
tersburgo, Viena y Berlín, y contando con la aquies- 
cencia del Sultán, los Cónsules de aquéllos recogieron 
las peticiones de reforma formuladas por los jefes re- 



598 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 






beldes y las sometieron á un comisario especial desig- 
nado por Abd-ul-Aziz. Aconsejado éste por Disraeli. 
anunció el 2 de Octubre un plan de reformas, en virtuíí 
del cual todas las poblaciones cristianas del Imperiw 
obtendrían una importante reducción en los impuesta ñ. 
nombrarían los agentes recaudadores, verían aum.eiita" 
das sus libertades comunales y elegirían delegados <-ii- 
cargados de sostener sus derechos en Constan tinopl a. 

Nadie creyó en la sinceridad de tales promesas; sí': 
embargo, cuando E.usia, Alemania y Austria, por ini- 
ciativa de Andrassy, se aprestaban á formular el pr 
grama Cuya ejecución recomendaban al Sultán, alcanz 
Inglaterra se dejase tiempo á éste para realizar su> 
promesas, y ese tiempo lo aprovechó hábilmente el G»- 
bierno inglés para comprar en 100 millones las 177 .()<?•) 
acciones del Canal de Suez que poséíí^ el virrey íí«- 
Egipto, haciéndose así la Gran Bretaña casi dueña á^ 
tan importante vía (26 de Noviembre). El engaño d^ 
que Europa fué víctima se completó anunciando el Sul- 
tán (12 de Diciembrej nuevas reformas, entre las cualts 
figuraban la libertad religiosa y la completa igualda í 
de los cultos. 

Como los insurrectos no depusieron las armas y 
como las Potencias no tenían confianza en Abd-ul-Aziz, 
se remitió á éste una nota, fecha 30 de Enero de 1870- 
firmada por Austria, Rusia, Alemania, Francia, Italia 
é Inglaterra, pidiendo el establecimiento de una plena 
libertad religiosa y de la igualdad de los cultos, la al«»- 
lición del arriendo de los impuestos, la inversión eu 
beneficio de la Bosnia y de la Herzegovina del produ*.- 
to de las contribuciones directas en ambas provincias, 
la institución de una asamblea local, compuesta pii 



HISTORIA POLÍnCA Y DIPLOMÁTICA 5&i) 

mitad de musulmanes y cristianos, elegidos por los ha- 
bitantes de aquéllas, con la misión de vigilar el cum- 
plimiento de estas medidas y de los iradés de 2 de 
Octubre y 12 de Diciembre, y en fin, mejora de la clase 
agrícola, de suerte que los agriíuiltores pudiesen con- 
vertirse en propietarios. Aceptó el Sultán, y por un 
nuevo iradé consagró el programa de Andrassy (13 de 
Febrero). 

Los jefes insurrectos decidieron, sin embargo, con- 
tinuar la lucha; Servia se armó y pactó con el Monte- 
negro una alianza contra Turquía; ésta concentró sus 
tropas en la frontera de los dos Principados; estalló la 
insurrección en Bulgaria, y los cónsules francés y ale- 
mán fueron asesinados en Salónica. En presencia de 
tal situación no tuvo más remedio Austria que aceptar 
las indicaciones, antes rechazadas, de Gortchakoff, y 
los tres cancilleres, reunidos en Berlín, redactaron un 
memorándum (11 Mayo) mucho más conminatorio y 
<Miérgico en la forma y en el fondo que la nota de 30 
de Enero, puesto que exigía la concesión inmediata de 
un armisticio á los rebeldes, y anunciaba que si en el 
plazo de dos meses no lograban las potencias su objeto, 
adoptarían medidas más eficaces. Francia ó Italia acep- 
taron el memorándum^ pero habiendo sido rechazado 
por Inglaterra, no se llegó á enviar. 

Descontento el partido musulmán intransigente y 
tachando de débil á Abd-ul-Aziz, se insurreccionó en 
la noche del 29 al 30 de Mayo, depusieron los rebeldes 
al Sultán, que cuatro días después murió asesinado, y 
eligieron á Mourad V, el cual pidió terminantes expli- 
«aciones á Servia (9 de Junio), contestando ésta con la 
exigencia de que los turcos evacuasen la Bosnia y la 



600 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Herzegovina. La terminante negativa de la ^nerta 
dio* origen á la declaración de gnerra por parte de 
Servia y de Montenegro (30 de Junio y 2 de Julio). 

La campaña fué tan rápida como desastrosa para 
los pueblos cristianos, pues si bien los montenegrinos 
lograron pequeños éxitos, Servia sólo sufrió desastres, 
la Bosnia y Herzegovina fueron tratados á sangre y 
fuego, y Bulgaria, agitada también por pequeños mo-. 
vimientos insurreccionales, fué victima de actos de 
vandalismo que produjeron general indignación. Ser- 
via pidió la mediación de las Potencias (28 de Agosto • 
y éstas, juzgando inaceptables las condiciones de paz 
que formuló la Puerta á su instancia, encargaron á 
Inglaterra que propusiera otras, como lo efectuó Dis- 
raeli (nombrado poco dei»pués Conde de Beaconsfíeld i 
pidiendo el statu quo ante bellum para Servia y refor- 
mas administrativas para las otras provincias; pero 
como los servios no se conformaron con ésto siguió la 
guerra. 

Una nueva revolución estalló en Constantinopla. 
Mourad fué depuesto y sustituido por su hermano 
Abd-ul-Hamid (31 de Agosto), y el nuevo Diván dio 
un programa ridículo (I.** de Octubre), ofreciendo do- 
tar á Turquía de una Constitución basada en los prin- 
cipios de 1789, con dos Cámaras, Ministerio responsa- 
ble, etc. Nadie tomó en serio estas ofertas, y Rusia 
propuso á la Puerta (6 de Octubre) la concesión de un 
armisticio de* seis semanas y la reunión de una confe- 
rencia de las potencias signatarias de los tratados de 
París y liOndres. Como Turquía respondió exigiendo 
que el armisticio durase seis meses y qué durante est« 
tiempo las provincias rebeldes no pudiesen recibir so- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 601 

corro alguno de fuera, Busia envió á Constantinopla 
al General Ignatieff con un tdtimatum para que en el 
término de 48 horas y sin reservas de ninguna especie 
aceptase el Sultán un armisticio de seis semanas, la 
autonomía de Bosnia, Herzegovina y Bulgaria, y la 
garantía de los derechos de éstas por Europa. El Diván 
no se atrevió á resistir y el armisticio quedó acordado 
el 2 de Noviembre, produciendo esto tanta impresión 
en las Potencias, que la escuadra inglesa fué enviada á 
la entrada de los Dardanelos. 

7. Aunque era de presumir que no diese resultado 
alguno, en virtud de la iniciativa de Busia, acudieron 
á Constantinopla, por Inglaterra, Lord Salisbury y 
Lord Elliot; por Alemania, el Barón de Werther; por 
Austria, el Conde Zichy y el Barón de Cálice; por 
Francia, el Barón de Bourgoing y el Conde de Chau- 
dordy, y por Italia, el Conde Corti (Diciembre de 
1876). Kusia estuvo representada por el General Igna* 
tieff. 

Las Potencias redactaron una especie de programa, 
pero habiendo sido éste rechazado por la Puerta, las 
negociaciones terminaron sin resultado, el 20 de Ene- 
ro de 1877. Entonces se pactó secretamente en Viena 
un acuerdo entre Busia y Austria, por el cual ésta úl- 
ma prometía, con ciertas condiciones, su neutralidad 
en caso de estallar la guerra turco-rusa; Gortchakoff 
dirigió una circular á las Potencias (31 de Enero) 
invitándolas á hacer conocer las medidas que pensaban 
adoptar ante la actitud de Turquía; é Inglaterra hizo 
que el Sultán firmase la paz con Servia (1.*^ de Marzo), 
pero la lucha siguió con el Montenegro. 

Después del viaje que el General Ignatieff , de orden 



602 HISTORIA POLÍIICA Y DIPLOMÁTICA 

de SU Gobierno, realizó á Berlín, Viena,. Roma y París, 
se convino en la reunión de una nueva conferencia en 
Londres. En ésta se firmó el protocolo de 31 de Marzo, 
invitando á la Puerta á realizar el programa tantas 
veces ofrecido, á hacer la paz con Montenegro y á co- 
locar su ejercito en pié de paz. Pero este protocolo na- 
ció muerto, sin valor y sin eficacia, pues el mismo día 
una nota firmada por Lord Derby (jefe del Foreign- 
Offioe) y otra suscrita por el Conde Schouvaloff, repre- 
sentante ruso en la conferencia., demostraron que n«> 
existía acuerdo y que la guerra era inminente. 

8. En efecto, rehusado el protocolo por Turquía. 
y celebrado por Rusia un tratado con Rumania que 
aseguraba el paso de las tropas moscovitas, el Empe- 
rador declaró la guerra á Turquía (24 de Abril). 

Aún creyó la Puerta que, apoyada por Inglaterra, 
podría seguir burlándose de Europa, é invocó la cláu- 
sula del tratado de 1856, que preceptuaba, para el eas«> 
de ocurrir un conflicto entre dos de las Potencias sig- 
natarias, que las demáá debían ejercer el papel de me- 
diadoras; pero nadie hizo caso. Únicamente el Gabine- 
te inglés protestó, exigiendo a Rusia y obteniendo de 
ésta seguridades respecto al Egipto, al canal de Suez, 
á Constantinopla y á los Estrechos. 

Pocos días después de la declaración de guerra 
rompieron las hostilidades los rusos. Sus principales 
bases de operaciones eran el Cáucaso y el Danubio. 
En Asia, el ejército mandado por Melikoff, se dirigió 
hacia la Armenia turca, tomó la plaza fuerte de Arda- 
han y se encaminó á Erzeroum. En Europa, los rusos 
pasaron el Danubio á fines de Junio, avanzaron rápi- 
damente atravesando la Bulgaria septentrional, forza- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA (K© 



ron los pasos de los Balkanes y llegaron á amenazar 
las edmunicáciones entre Andrinópolis y Constantino- 
pla. La victoria parecía acompañar inseparablemente 
á las armas moscovitas, pero de pronto cambió la suer- 
te de la guerra de tat modo, que á fines de Julio 
los ru^os habían sido batidos en Asia, teniendo que 
levantar el sitio de Kars y retroceder, y en Europa 
sufrieron sangrientos reveses delante de Plewna (Agos- 
to-Septiembre), heroicamente defendida por Osméu- 
pachá. Rusia hizo entonces un vigoroso esfuerzo: Lo- 
ris Melikoff volvió á sitiar á Kars v tras tremendos 
combates, logró- apoderarse de la plaza (^Noviembre) y 
marchó de nuevo sobre Erzeoum sin que nada pudiera 
detenerlo; Tottleben, el héroe de Sebastopol, á la ca- 
beza del ejército de Europa, triunfó al fin de Plewna 
UO Diciembre). 

Servia rompió entonces la paz y entró resueltamen- 
te en campaña. Los Balkanes fueron de nuevo forza- 
dos; el camino de Andrinópolis quedó abierto á los 
vencedores y ningún obstáculo serio parecía poder im- 
pedirles llegar hasta el Bosforo. 

Turquía estaba perdida; sólo la intervención inme- 
diata de Europa podía impedir su total ruina, pero 
como la mediación la hizo difícil la actitud de Bis- 
marck, que juzgó conveniente dejar á Rusia sacar todo 
el partido posible de su victoria, la Puerta se vio pre- 
<^iaada á declarar que estaba dispuesta á tratar direc- 
tamente con aquélla (3 de Enero de 1878). 

9. Sin embargo, la diplomacia inglesa no tardó en 
acudir, invocando los tratados de 1856 y 1871, en 
ayuda de Turquía, sosteniendo que todas las Potencias 
que firmaron aquéllos debían ser llamadas á arreglar 



601 HISTORIA POLÍTICA T DIPLOUÁTICA 

los asuntos de Oriente (13-26 Enero); pero BrUsia; con- 
testando á Inglaterra en términos equívocos y alar- 
gando las negociacionnes con Turquía, logró ganar 
tiempo para que, siguiendo el avance de sus tropas^ 
se encontrasen éstas, á fines de Enero, á las puertas de 
Constantinopla. 

Rusia no quiso pactar un armisticio sin concluir al 
propio tiempo los preliminares de la paz, y Turquía 
hubo de sucumbir firmando ambas cosas en Andrino- 
polis el 30 de Enero. En los preliminares de paz se fi- 
jaban estas condiciones: independencia y acrecenta- 
miento de Servia y Rumania; acrecentamiento del 
Montenegro; erección de la Bulgaria en Principado au- 
tónomo; administración autónoma garantida á Bosnia, 
Herzegovina y demás provincias cristianas; indemni- 
zación de guerra, etc. La noticia de estas condiciones 
irritó al Austria, que se apresuró á movilizar su ejér- 
cito, y alarmó á Inglaterra, que mandó á su escuadra 
pasar los Dardanelos y situarse á la vista de Constan- 
tinopla. Alemania ofreció sus buenos oficios para lograr 
un acuerdo entre Austria y Rusia, y propuso la reu- 
nión de un Congreso en Berlín; pero el Gobierno ruso, 
que no había perdido el tiempo, firmaba entonces (3 
de Marzo) la paz de San Stéfano, que consagraba su 
total victoria sobre la Puerta. 

Por virtud de ese tratado, Turquía reconocía la in- 
dependencia del Principado de Montenegro, de Servia 
y de la Rumania, con aumento territorial de los dos 
primeros y otorgando á la última derecho i una indem- 
nización (arts. 2.^, 3.*^ y 6.^). Se constituía la Bulgaria 
en Principado autónomo, tributario, con un Gobierno 
cristiano y una milicia nacional, debiei^do fijar laa 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 605 

fronteras definitivas del nuevo Principado una comi- 
sión especial ruso-turca que tendría en cuenta en sus 
trabajos la nacionalidad de la mayoría de los ha- 
bitantes de los confines (art. 6.^). El Príncipe de la 
Bulgaria debía ser libremente elegido por la población 
y confirmado por la Sublime Puerta, con el asenti- 
miento de las Potencias, no pudiendo ser elegido nin- 
gún miembro de las dinastías reinantes en las gran« 
des Potencias. Una Asamblea de notables organizaría 
la administración (art. 7.*'). Bulgaria pagaría á la 
Puerta un tributo anual cuyo importe fijarían de co- 
mún acuerdo Kusia, Turquía y los demás Gobiernos 
(art. 9.^). Todas las fortalezas del Danubio serían des- 
truidas (art. 12). Se introducirían inmediatameate en 
la Bosnia y en la Herzegovina las proposiciones euro- 
peas comunicadas á los plenipotenciarios otomanos en 
la primera sesión de la conferencia de Constant inopia, 
con las modificaciones que acordasen Rusia, Turquía y 
Austria (art. 14). Se aplicaría escrupulosamente en la 
isla de Creta el reglamento orgánico de 1868, y otros 
análogos en el Epiro, la Tesalia y demás partes de la 
Turquía europea (art. 16). La Puerta pagaría mil cua- 
trocientos diez millones de rublos como indemnización 
á Kusia, pero ésta consentía en recibir, en equivalen- 
cia de la suma de mil cien millones, los territorios de 
la Turquía asiática que se enumeraban, de modo que 
Turquía tenía que pagar trescientos diez millones (ar- 
tículo 19). En fin, el Bosforo y los Dardanelos perma- 
necerían abiertos, tanto en tiempo de guerra como en 
tiempo de paz, á los navios mercantes de las naciones 
neutrales procedentes de los puertos rusos 6 dirigidos 
á éstos (art. 24). 



006 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

El tratado de San Stéfano era el fin de Turquía: 
pero como ni Inglaterra ni Austria estaban dispuestas 
á consentir que adquiriese Rusia tan extraordinaria 
preponderancia,, se opusieron desde luegoá su aplica- 
ción. Inglaterra creía poder contar con Francia, y Ana- 
tria con Italia , y como Alemania permanecía neutral, 
aspirando al papel de arbitro supremo, acaso para 
,aprovecharse de las circunstancias, si llegaba á esta- 
llar un conflicto general, Rusia se encontró aislada 
y hubo de ceder, pidiendo á Londres (7 de Abril- 
puntualizase las modificaciones que debían intro- 
ducirse en el tratado. Puestos de acuerdo ambos Go- 
biernos, el 30 de Mayo se firmó un memorándum se- 
creto (aprobado antes por Alemania) enumerando las 
alteraciones pedidas por Inglaterra y aceptadas por 
Rusia. 

La gran Bretaña concertó con Turquía una conven- 
ción de alianza definitiva (4 de Junio de 1878) por la 
cual la Puerta confiaba á aquélla la defensa por las ar- 
mas, en caso de necesidad, de sus posiciones de Asia 
menor, prometiendo reformar la administración y con- 
sintiendo en que ocupase la isla de Chipre. 

Convocado el 3 de Junio por Bismarck, el Congre- 
so se reunió el 13 en Berlín, presidiendo el -Canciller y 
asistiendo el barón de Werther y el príncipe Hohenlo- 
he por Alemania; el conde Andrassy, el conde deKarol- 
yi y el barón de Haymerle, por Austria; Mr. Wadding- 
ton, el conde de Saint- Vallier y Mr. Desprez por Fran- 
cia; el conde de Beaconsfield, el marqués de Salisbur}' 
y lord Oto Russell, por Inglaterra; L. Corti y Launas, 
por Italia; el príncipe Gortchakoff, el conde Schouva- 
loíf y el barón de Aulid, por Rusia; y Caratheodory- 



HISTORIA POLÍTICA Y DÍPLOmXtICA 607 

■■' ' jp ■■. iiip ^— ^ 

I 

pacha, Sadoullah-bery y Mahomed-Alí-pachá, por Tur- 
quía. El Congreso duró hasta el 13 de Julio, firmándo- 
se el tratado el mismo día. 

Según lo acordado por las Potencias, la Bulgaria de- 
bía constituir un Principado autónomo, organizado en 
la misma forma que por el tratado de San Stéfano (arts. 
I.** á 12). Se formaba al Sur de los Balkanes, con el 
nombre de «Eumelia oriental,» una provincia que esta- 
ría colocada bajo la autoridad política y militar directa 
del Sultán, pero en condiciones de autonomía adminis- 
trativa y gobernada por un general cristiano nombrado 
por la Puerta con el asentimiento de las Potencias. 
Una comisión europea fijaría, de acuerdo con Turquía, 
la organización de la provincia (arts. 13 á 22). Se en- 
cargaba á la Sublime Puerta el aplicar á la isla de Cre- 
ta y demás partes de la Turquía europea, á las cuales 
no se daba una organización especial, el reglamento de 
1868 con las modificaciones necesarias (art. 23); para 
el caso de que Turquía y Grecia no pudiesen llegar á 
un acuerdo respecto á la rectificación de sus fronteras. 
Alemania, Austria, Francia, Inglaterra, Italia y Rusia 
se reservaban el ofrecer su meSiación (art. 24). Las pro- 
vincias de Bosnia y Herzegovina serían ocupadas y ad- 
ministradas por Austria (art. 25). Se reconocía la inde- 
pendencia del Montenegro, pero éste no podría tener 
buques ni pabellón de guerra, y su pabellón mercante 
quedaba bajo la protección consular austríaca (arts. 26 
á 33). Se reconocía la independencia de Servia, fijándose 
sus fronteras (arts. 34 á 42), así como la de Kumania 
(arts. 43 y 44). El Principado de Rumania retrocedía á 
Rusia la porción del territorio de la Bessarabia, sepa- 
rada del Imperio ruso por el tratado de París de 1856 



608 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

■^-^—— ' •• - I 

(art. 45). Las islas que forman el Delta del Danubio, la 
isla de las Serpientes, el Sandjak de Toultcha y una ex- 
tensión de terreno al Sur de la Dobroutcha, se agrega- 
ban á la Rumania (art. 46). La puerta cedía á Ensia. 
entre otros territorios, asiáticos, Ardahañ, Kars y Ba- 
toum, con este último puerto, el cual debía ser decla- 
rado puerto franco, esencialmente comercial {arts. 5s 
y 59). El valle de Alaschkerd y la ciudad de Bayazil. 
cedidos á Rusia por el art. 29 del tratado de San Stéfa- 
no, volvían á poder de Turquía, la cual cedía á Persia 
la ciudad y territorio de Khotour (art. 60). La Puerta 
se obligaba á realizar, sin tardanza, las mejoras y re- 
formas que exigiesen las necesidades locales en la> 
provincias armenias y a garantizarlas su segunda') 
(art. 61). Por último, las partes contratantes levanta- 
ban acta de la espontánea declaración de la Puerta ^\^ 
mantener el principio de libertad religiosa en su más 
amplio sentido (art. 62). 

Tal fué la obra del Congreso de Berlín, el cual sa- 
crificó á Turquía sin satisfacer por completo á las naci<»- 
nalidades cristianas de los Balkanes, y sin impedir (}iu 
Rusia quedase irritada contra Inglaterra, Austria y 
Alemania; Inglaterra descontenta y Alemania aislada 



CAPITULO XXXIV. 



1. La alianza austro-alemana. — '2. Protectorado de Francia en Túnez: tra- 
tado de Bardo y de Marsa: ingreso de Italia en la alianza.— 3. Ln cues- 
tión de Egipto: desacuerdo entre Inglaterra y Francia: política colo- 
nial de Alemania y de Francia.— 4. Portugal y el Congo.— 5. Tratado 
anglo-portugnés de 1884: conferencia de Berlín de 1884-85.— 6. Inno- 
vaciones introducidas en|el derecho internacional por la conferencia 
do Beriin.— 7. Guerra de Bolivia y Perú con Chile (1879-1883,\ 



1. Después del tratado de Berlín las relaciones en- 
tre Rnsia y Alemania, no obstante la afección personal 
del Zar por el emperador Guillermo, llegaron á ser muy 
tirantes, atacando con rudeza la prensa rusa al Gabine- 
te de Berlín. Esto, y el deseo de impedir á Francia que 
concertase alianzas, obligaron á Bismarck á aprovechar- 
se de la situación en que se encontraba el Austria, ame- 
nazada de un lado por los manejos rusos y de otro por 
el irredentismo italiano, y á proponer á Andrassy, en 
la entrevista- de Gastein (Agosto 1879), la unión estre- 
cha de ambos Imperios. 

Sin gran esfuerzo logró realizar su propósito el 
Canciller alemán, y el 15 de Octubre se ratificó un tra- 
tado por el cual Alemania y Austria se concertaban 
para hacer respetar los pactos existentes, y se obliga- 
ban, para el caso de que una de dichas Potencias, en si?s 

89 



610 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

disensiones con otra vecina, fuese amenazada por nua 
tercera, á contener á ésta con su actitud. Semejante 
acuerdo debía permanecer secreto, pero conocido bien 
pronto, se advirtió una aproximación entre Inglaterra, 
T'rancia y Rusia. Esta última había acentuado nota- 
blemente su actitud anti-alemana, sobre todo desde el 
momento en que, asesinado por los nihilistas Alejan- 
dro n (13 Marzo 1881), le sucedió su hijo Alejandro III. 

Comprendiendo Bismarct el peligro de que se rea- 
lizase semejante alianza, trató de prepararse para ha- 
cerlo frente, y aprovechó con habilidad las circunstan- 
cias, procurando atraerse al centro católico para ro- 
bustecer su posición en el interior. La amplísima y 
conciliadora política del nuevo Pontífice (Pío IX había 
muerto el 7 de Febrero de 1878, siendo reemplazado 
por León XIII), le permitieron entrar en negociacio- 
nes con él, restableciendo en sus sillas á la mayoría de 
los obispos y derogando de hecho las leyes de Mayo. 
Era este proceder tanto más oportuno cuanto que Fran- 
cia se alejaba cada día más de la Santa Sede, promul- 
gando las leyes contra las congregaciones religiosas no 
autorizadas, y escribiendo en sti programa la gratuida 1 
y laicidad de la primera enseñanza. 

Al propio tiempo procuró Bismarck atraerse á Ita- 
lia. Las corrientes dominantes en ésta habían cambia* 
do mucho, pues muerto Víctor Manuel (9 de Enero de 
1878), que siempre había conservado cierto afecto a 
Francia por el recuerdo de Magenta, le sucedió su hijo 
Humberto I, al cual se atribuían tendencias germáni- 
cas, tendencias que acaso no existían, pero que Francia 
se encargó de fomentar con su conducta en la ouestiói. 
de Túnez. 



HISTORIA. POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 611 

%. En efecto. Italia había concluí do en 1870 con la 
Regencia tunecina un tratado de comercio que le aser 
guraba grandes ventajas, y tenía en la Comisión ins- 
pectora de la Hacienda una representación igual á la 
de Inglaterra y Francia; pero ésta última, prosiguien- 
do la política que no abai^donó ni en los tristes días de 
1871, hizo que en el otoño de 1878 su embajador en el 
'Quirinal manifestase al Gobierno italiano se debía pe- 
netrar de que no le era dado acariciar propósitos de 
conquista en Túnez sin chocar con la voluntad de Fran- 
•cia y buscar ipi conflicto con ésta. 

Italia, no obstante esto, siguió trabajando para 
«.crecer su influencia, logrando tender un cable entre 
Sicilia y la Regencia, abriendo una oficina telegráfica, 
italiana (lo cual era opuesto al monopolio concedido á 
Francia en 1861), y obteniendo la concesión de un fe- 
rrocarril de Túnez á la Goleta, hecha á favor de Mon- 
sienr Rubattino, garantizando Italia un interés de 6 
por 100 al capital. Francia formuló vivas reclamacio- 
nes, y se hizo conceder por el Bey la construcción del 
puerto de Túnez y de los ferrocarriles de Túnez á Bi- 
^erte y Sousse; pero no contenta con esto, y habiendo 
votado el Parlamento francés (7 y 8 de Abril de 1881) 
•créditos para afirmar de una manera eficaz y durable 
ia seguridad de Argelia, el Presidente del Consejo 
Mr. Ferry, declaró (11 de Abril) que Francia entraba 
•en Túnez á la vez que para castigar á sus agresores 
(aludía á las incursiones de los Kroumirs), para poner 
término á una situación intolerable durante diez años. 
Cairoli, jefe del Gobierno italiano, procuró conocer 
i a disposición de ánimo de los Gabinetes europeos, pe- 
ro no debió encontrar apoyo ni calor, porque no se de- 



612 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



cidió á oponerse francamente á la acción de Francia. 
El Bey sí lo intentó, consiguiendo tan sólo que lo^ 
franceses extendieran sus operaciones militares y ocu- 
pasen á Bizerte; y como no podía contar con el auxilio 
de Turquía, contenida por la amenaza de una declara- 
ción de guerra, se vio obligado á firmar el 12 de Mayo 
de 1881 el tratado de Bardo^ en el cual se confirmarDii 
y renovaron los de paz, amistad y comercio existentes 
entre la República francesa y el Bey (art. 1.°). El Bey 
consintió que la autoridad militar francesa ocupara los 
puntos que juzgase necesario para asegurar el resta- 
blecimiento del orden y la seguridad de la frontera y 
del litoral (art. 2.°); el Gobierno francés prometió apo- 
yar al Bey contra todo daño que amenazase á su per- 
sona ó dinastía ó comprometiese la tranquilidad de sus 
Estados (art. 3.°); se hizo garante déla ejecución de 
los tratados enlre el Bey y las Potencias (art. 4.**), de- 
biendo ser representado cerca del Bey por un Ministro 
residente (art. o.^); se encargaba á los agentes diplo- 
máticos y consulares de Francia en el extranjero d^ 
prestar protección á los intereses de Túnez y á los tu- 
necinos, y el Bey se comprometió á no realizar acto al- 
guno de carácter internacional sin previo acuerdo con 
el Gobierno francés (art. 6.°). 

Dos años después se firmó en Marsa, el 8 de Junio 
de 1883, un nuevo tratado entre Francia y el Bey, en 
cuyo art. 1.** se decía que, ¿fin de facilitar al Gobierno 
francés el cumplimiento de su protectorado, el 3ey *=♦* 
encargaba de proceder á las reformas administrativa^, 
judiciales y financieras que dicho Gobierno juzgase úti- 
les; de suerte que, en realidad, el Bey abdicó toda >ií 
autoridad en el Residente. 



HISTORÍA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 61^ 

Cuando se conoció el tratado de Bardo, que cons- 
tituía un fracaso para Italia, ésta protestó indignada; 
Humberto fué á Viena y á Berlín a fines de 1882, y al 
año siguiente se adhirió á la inteligencia austro-ale- 
mana, quedando así constituida la triple alianza. 

La conducta de Trancia no sólo echó á Italia en 
brazos de Alemania, sino que faltó poco para que hi- 
ciese lo mismo con España, pues las demostraciones 
hostiles, en cierto modo autorizadas por el Ministro de 
la Guerra, con que el populacho recibió en París al 
Rey don Alfonso XII, por haber éste aceptado la co- 
ronelía honoraria del regimiento de huíanos, de guar- 
nición en Strasburgo (Septiembre de 1883), bien pu- 
<iieron producir ese resultado á no impedirlo el firme 
propósito del Gabinete de Madrid de permanecer com- 
pletamente neutral en las cuestiones que dividían á las 
potencias europeas. 

3. Francia parecía empeñada en aislarse por com- 
pleto. 

La inteligencia anglo-francesa, debilitada por la 
actitud del Q-obierno de París en las negociaciones re- 
lativas á Grecia, sufrió un nuevo golpe con la declara- 
ción del protectorado sobre Túnez y concluyó de exis- 
tir con la falta que cometió al plantearse la cuestión 
egipcia. Inglaterra y Francia ejercían, desde 1878, á 
título de controle ó inspección financiera, una especie 
■de condominium en Egipto, al cual había intentado sus- 
traerse en 1879 el khedive Ismail, siendo depuesto y 
«ustituído por Tewfik-pachá contra el que se sublevó, 
por mostrarse dócil á la influencia extranjera, el par- 
tido intransigente, á las órdenes de Arabi-pachá, hacia 
fines de 1881. 



P14 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Reducido Tewfik á la impotencia, quiso Gambetta, 
que á la sazón presidía el Gabinete francés, que las 
dos potencias protectoras interviniesen para restable- 
cer la autoridad del Virrey; pero cayó aquél del poder, 
derrotado por el Parlamento (26 de Enero de 1882., 
nada se hizo oportunamente por parte de Francia, y 
en tanto Inglaterra envió su escuadra á Alejandría, la 
bombardeó, con escándalo de la» potencias cuyos di- 
plomáticos se entretenían discutiendo en Constantino- 
pía, y habiendo vencido sin gran esfuerzo á Arabi-pa- 
chá en Tell-el-Kebir (Septiembre de 1882), ocupó mili- 
tarmente el Egipto. Entonces. Francia quiso reclamar 
el restablecimiento del condominiumy pero Inglaterra- 
contestó con una terminante negativa, asi como des- 
pués ha elndido hábilmente la evacuación de Egipto* 
en las distintas ocasiones en que ha sido invitada á 
ello por las Potencias. 

La política colonial iniciada por el Ministerio Julio- 
Ferry aumentó esa falta de inteligencia, pues Francia 
reivindicó por las armas sus antiguos derechos sobre^ 
Madagascar, y no obstante la oposición de China, em- 
prendió la conquista del Tonkin (1883-84). 

Alemania veía con satisfacción empleadas las fuer- 
zas francesas en tan lejanas aventuras, pero al propio 
tiempo no descuidaba el crearse también Colonias^ 
anexionándose diversas partes del territorio africano y 
tomando posesión de varios importantes puntos de Oc- 
ceanía. Sus tentativas en las Carolinas hubieron do 
proporcionarla serios disgustos con España, según se 
ha dicho en otro lugar. 

4. En medio de los antagonismos que separaban á 
Alemania y á Francia, aparecieron éstas de perfecto 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 615 

acuerdo en una cuestión que por entonces preocupó ¿ 
Europa: la del tratado anglo-portuguós sobre el Congo^ 
objeto de vivas protestas por parte de las naciones que 
tenían intereses en África. 

Los derechos de Portugal sobre el Congo fundában- 
se en títulos de los que sirven de base al ejercicio de la 
soberanía de las naciones civilizadas en los territorios 
inhabitados, ó poblados por salvajes, ó colonizados 
por aquéllas, esto es, en la prioridad del descubrimien- 
to, la posesión prolongada y el reconocimiento por lo- 
tratados. En efecto; en 1470 atrevidos navegantes por- 
tugueses, entre los que puede citarse á Soeiro da Cos- 
ta, Diego Cam, Manoel Pacheco, Balthasar de Castro 
y Balthasar Rebello de Aragáo, llevaron á cabo expío- 
raciones en el Congo, penetrando en el interior, reco- 
rriendo el reino de Angola y los territorios compren- 
didos hasta el Cabo de Buena Esperanza y permitiendo 
así al Rey de Portugal agregar á sus títulos el de Se^ 
ñor de Guinea (1485). El Rey del Congo (bautizado 
<*on el nombre de Alfonso I) escribió en 1612 al Mo- 
narca portugués reconociendo formalmente su condi- 
ción de vasallo; y por entonces los portugueses esta- 
blecieron autoridades regulares en la capital, hoy San 
Salvador. Además, en las Constituciones de 1826 y 
1838 se enumeran, entre los territorios portugueses, 
los del África occidentaL 

Los tratados han sancionado los derechos de sobe- 
ranía de Portugal, que hasta 1846 no han sido puestos 
en duda por ninguna Potencia. Que el Congo era una 
conquista y sus dominios portugueses lo aflimaron el 
tratado de Tordesillas (15 de Julio de 1494) y diversas 
bulas pontificias, entre ellas la de 15 de Octubre de 



618 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

1677; y la misma Inglaterra, por las Convenciones de 
19 de Febrero de 1810, 22 de Enero de 1815 y 28 de 
Julio de 1817 y de 1838, reconoció que Portugal con- 
servaba sus derechos soberanos sobre los territorios 
situados entre los paralelos 6^ 12^ y 8° de latitud Sur. 
. 5. No obstante esto, en 1846 comenzó Inglaterra á 
<lesconocer los derechos de Portugal, siguiéndose de 
aquí negociaciones que terminaron por el tratado an- 
glo-portuguós de 12 de Febrero de 1884, en el cual 
S.. M. Británica reconocía la soberanía de S. M. Fi- 
delísima en la parte de la costa occidental de África 
situada entre los 8^ y 5*^ 12* latitud Sur y en las 
tierras del interior, siendo Nokki el límite sobre el río 
Congo. 

Francia, á la cual las exploraciones de Mr. Savorg- 
iian de Brazza habían creado recientemente una posi- 
ción excepcional en dichos parajes aiiicanos, fué la 
primera en consignar ciertas reservas respecto al arre- 
glo entre Inglaterra y Portugal; poco después se asocio 
Alemania á esas resistencias, y más tarde España, los 
£stados Unidos y los Países Bajos siguieron igual con- 
ducta. Ante esto, propuso Portugal la reunión de una 
conferencia; idea que fué aceptada por las Potencias 
que consideraban lesivo el tratado anglo^portugués. 

La conferencia inauguró sus tareas en Berlín el 15 
de Noviembre de 1884 y terminó sus trabajos el 24 de 
Febrero de 1885, reinando durante las sesiones com- 
pleto acuerdo entre los plenipotenciarios 3e Francia y 
Alemania. Bismarck, en su discurso de clausura, hizo 
elogios del embajador francés, barón de Courcel, y del 
Ministro de Estado y representante belga, barón Lam- 
bermont, por la parte activa ó influyente que habían 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 617 

tenido en los trabajos y por las ideas verdaderamente 
liberales que habían inspirado á la conferencia. Tam- 
bién se distinguieron por su sagacidad y moderación, 
al par que por su firmeza y patriotismo, lo» plenipo- 
tenciarios portugueses Marqués de Peñafíel y Serpa 
Pimentel. 

Estuvieron representados en la conferencia Espa* 
ña, Alemania, Austria, Bélgica, Dinamarca, Estados 
Unidos, Francia, Inglaterra, Italia, Países Bajos, Por- 
tugal, Busia, Suecia y Noruega y Turquía, cuyos ple- 
nipotenciarios discutieron y adoptaron sucesivamente: 
1.^ Una declaración relativa á la libertad de comercio 
en el Congo; 2.^ Otra declaración concerniente á la 
trata de esclavos; 3."^ Otra relativa a la neutralidad de 
los territorios comprendidos en la cuenca del río Con- 
go; 4.® El acta de navegación del Congo; B.** El acta 
de navegación del Níger; y 6.** Una declaración dictan- 
do reglas uniformes respecto á las ocupaciones en las 
costas africanas. 

En el primero de dichos documentos, que forma el 
capítulo I del Acta general de la conferencia firmada 
en Berlín el 26 de Febrero de 1886, se prescribe que el 
comercio de todas las naciones gozará de una libertad 
completa en todos los territorios que constituyen la 
cuenca del Congo y de sus afluentes; en la zona maríti- 
ma que se extiende sobre el Océano Atlántico desde la 
paralela situada á 2^30' de latitud Sur hasta la embo- 
cadura deV Logé;.en la zona que se extiende al Este de 
la cuenca del Congo hasta el Océano Indico, desde el 
5.^ de latitud Norte hasta la embocadura del Zambeze 
al Sur, desde este hasta cinco millas por cima del con- 
fluente del Shiré, y continuando por la línea de la cor. 



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618 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

" - — 

díllera que separa las aguas que corren hacia el lago 
Nyassa de las aguas tributarias del Zambeze, para al- 
canzar por último la linea de división de las aguas de 
Zambeze y del Congo; y se añade que todos los pabe- 
llones, sin distinción de nacionalidad, tendrán libr*^ 
acceso al litoral, ríos, afluentes, puertos y canales del 
territorio, sin pagar otros derechos que los de compen- 
sación equitativa de gastos útiles para el comercio. 

Respecto á la trata de esclavos, se declara que los 
territorios que forman la cuenca convencional del Con- 
go no podrán servir de mercado ni de vía de tránsito 
para dicho comercio. Además las altas partes con- 
tratantes se obligan á respetar la neutralidad de los 
territorios ó parte de servitorias dependientes de dichas 
comarcas, inclusas las aguas territoriales, en tanto que 
las Potencias que ejercen ó ejercieren los derechos de 
soberanía ó de protectorado sobre aquellos territorios, 
usando de la facultad de proclamarse neutrales cum- 
plan los deberes que la neutralidad lleva consigo. 

La navegación del Congo, sin exceptuar ninguno 
de los brazos ni desembocaduras de este rio, se declara 
completamente libre para los buques mercantes de to- 
das las naciones, sin que pueda sujetarse á ninguna 
traba ni censo, ni ser objeto de otros impuesto» ó dere- 
chos que los fijados en el Acta, quedando sometidos á 
igual régimen los afluentes del Congo, ríos, canales, 
lagos, ferrocarriles y demás medios de comunicación. 
La navegación del Níger queda sometida á análogos 
preceptos. 

En cuanto á las condiciones que han de reunir las 
nuevas ocupaciones en las costas africanas para que se 
consideren efectivas, se determina que la Potencia que 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 619 

en adelante tome posesión de tin territorio en las cos^ 
tas del continente africano situado faera de sus pose- 
siones actuales, ó que, no habiéndolas tenido hasta en- 
tonces, llegase á adquirirlas, y del mismo modo la Po- 
tencia que asuma un protectorado, acompañará el ac- 
ta respectiva con una notificación dirigida á las demás 
Potencias firmante^ del acta de la conferencia. Se reco- 
noce además la obligación de asegurar en los territo- 
rios ocupados en las costas del continente africano, 1& 
existencia de una autoridad suficiente para hacer res- 
petar los derechos adquiridos, y en todo caso, la liber- 
tad del comercio y del tránsito en las condiciones en 
que se hubiere estipulado. 

Finalmente se crea una Comisión internacional en- 
cargada de asegurar el cumplimiento de las disposicio- 
nes relativas á la navegación del Congo. 

Habiendo sido reconocido los derechos de soberanía 
y de propiedad de Portugal, una vez firmada el Acta ge- 
neral de la conferencia, la tarea del Gobierno portu- 
' gués se redujo á llevar á cabo la delimitación de las 
fronteras entre sus posesiones y las de Francia y la 
Asociación internacional del Congo. Con Francia esto 
no ofreció dificultad alguna, pues repetidas veces ha- 
bía declarado Mr. Duclere, jefe del Gobierno francés , 
á Mr. Azevedo, encargado de Negocios de Portugal en 
París, «que el territorio cedido á Francia estaba situa- 
do en la orilla derecha del Congo, y por consecuencia^ 
fuera de los límites de las pretensiones portuguesas, cu- 
ya legitimidad reconocía el Gobierno francés.» 

Con la Asociación internacional africana del Congo ^ 
fundada bajo los auspicios del Key de Bélgica para ex^ 
plotar y colonizar mercantilmente los territorios expío- 



620 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

Tados por Stanley, que constituyeron un nuevo Estado 
ouya existencia fué reconocida por la Conferencia, Por- 
tugal, á ejemplo de otras Potencias, consintió en firmar 
una Convención que le hizo participe de las ventajas 
otorgadas por aquélla á otras naciones (14 de Febrero 
de 1885). Renunció el Gobierno portugué?, á favor de 
la Asociación, una pequeña parte de territorio en la em- 
bocadura del Congo, sobre su orilla derecha; piero en 
-compensación de esto, que permitía al nuevo Estado 
tener acceso directo desde el Océano, adquirió en la ori- 
lla izquierda una porción de terreno mayor de la que le 
.había reconocido Inglaterra por el tratado de 26 de Fe- 
brero de 1884. 

6. Con razón sobrada dice Calvo que la Conferencia 
<le Berlín relativa al Congo ocupará un gran lugar en la 
historia diplomática de la segunda mitad de este siglo. 
Por las importantes innovaciones que introdujo en el 
«derecho internacional y por el carácter eminentemente 
civilizador que aqiiéllas revisten, bien merece ser cita- 
da con encomio. 

Ante todo, precisa, fijar la atención en las garantías 
<}ue consigna á favor de los indígenas, tanto para evi- 
tar toda violencia injusta, como para mejorar sus con- 
diciones morales y materiales de existencia, suprimien- 
do la esclavitud y sobre todo la trata de negros y ha- 
ciéndoles comprender y apreciar las ventajas de la ci- 
vilización (art. 6.®). 

La adopción de reglas para prevenir el abuso de lab 
anexiones ficticias, exigiendo algo más que la toma A*" 
posesión, actos que indiquen continuidad y permanencia 
<en la ocupación (arts. 34 y 35), es otro de los más im- 
portantes resultados definitivos de la Conferencia. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA «i21 

Según el acta del Congreso de Víena, los afluente» 
de un río internacional no estaban sometidos á las le- 
yes que rigen la navegación de éste; pero según las ac- 
tas relativas al Congo y al Níger, no sólo los afluentes^ 
sino hasta los lagos y canales se abren al tráfico gene^ 
ral, en las mismas condiciones que las vías principales 
(arts. 16 y 28). Es más: por primera vez se declara que 
los caminos, ferrocarriles ó canales laterales que pue- 
dan establecerse con el objeto especial de suplir las im- 
perfecciones de la vía fluvial ó la imposibilidad de na- 
vegai por ello en ciertas partes del curso de un río prin- 
cipal, de sus afluentes, brazos y desembocaduras se con-^ 
siderarán, en sn calidad de medios de comunicación, 
como dependencias de estos ríos y se abrirán igualmen- 
te al tráfico de todas las naciones (arts. 16 y 29). 

El principio del tráfico fluvial en caso de guerra,, 
que el Congreso de Viena había olvidado y que no esta- 
ba previsto más que en algunas de sus aplicaciones por 
los reglamentos á que dio origen el acta de 1815, ese 
principio' fué aceptado en su más amplia acepción por 
las Convenciones relativas al Congo y al Niger, consig- 
nando que las disposiciones de éstas quedaban en vigor 
en tiempo de guerra, y que por consiguiente, la navega- 
ción de todas las naciones neutrales ó beligerantes será 
libre en cualquier tiempo para los usos del comercio en 
ambos ríos, sus brazos, afluentes y embocaduras, así co- 
mo en el mar territorial que está frente á las embocadu- 
ras de estos ríos; quedando igualmente libre el tráfico- 
á pesar del estado de guerra en los caminos, ferrocarri- 
les, lagos y canales que suplan las deficiencias de la vía 
fluvial, y no admitiéndose otra excepción que la rela- 
tiva al transporte de los objetos destinados á un belige-^ 



622 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

rante,. y considerados por el derecho de gente como 
contrabando de guerra. Además quedaban bajo el régi- 
men de la neutralidad el personal, las obras y estable- 
cimientos dependientes del servicio de navegación (arts. 
25 y 33. 

Estas ligeras indicaciones bastan para dar idea de 
la importánciia. de la Conferencia. 

7. La explotación del salitre y la cuestión de las 
fronteras entre Bolivia y Chile dieron lugar á la ocupa- 
ción de Antofogasta por las fuerzas chilenas, y poco 
después á que Bolivia declarase la guerra á Chile (I."' 
de Marzo de 1879). 

Como el Perú se encontrara ligado á Bolivia por un 
tratado de alianza ofensiva y defensiva, Chile declaró 
la guerra á aquel país el 5 de Abril. La suerte sonrió á 
las armas chilenas, que impusieron á Bolivia una tregua 
y al Perú el tratado de paz ñrmado el 20 de Octubre de 
1883, por el cual adquirió Chile los departamentos de 
Tarapaca y de Arica. Pero este tratado contenía dispo- 
siciones que afectaban á los derechos de los neutrales, por 
lo cual Francia, Inglaterra, Italia, Bélgica y Holanda 
hubieron de formular ante el Grobiemo chileno una 
protesta colectiva. 



CAPÍTULO XXXV. 



l. Situación de Alemania en 1885.— 2 Temores de guerra en Europa.— 
3. Política inglesa.— 4. La revolución búlgara.— 5. La alianza franco- 
rusa.— 6. Guerra chino-japonesa: tratado de Shimonosalci — 7. La 
cuestión de la Trinidad.— 8. Conflicto anglo-amerícano.— 9. El asun- 
to de Madagascar.— 10. Conclusión. . 



1. Al comenzar el año 1886 podía considerarse 
Alemania, en el apogeo de su poder y de su grandeza, 
como dueña de los destinos de Europa. 

Bismarck, explotando hábilmente las circunstan- 
cias^ utilizó el desarrollo de la propaganda nihilista en 
Éusia, que preocupaba de tal suerte á Alejandro III 
que le obligó á acercarse á Alemania, desautorizando 
la actitud anti-germánica de Skobeleff, celebrando una 
conferencia con el Canciller alemán en Dantzick (Sep- 
tiembre de 1881) y enviando á Mr. Giers á cerciorarse 
de las intenciones de los Gabinetes de Berlín y de Vie- 
na. Algún tiempo después los tres Emperadores, Ale- 
jandro, Guillermo y Francisco José, celebraron una 
entrevista en Skierniewise (Polonia), y la Santa Alian- 
za pareció revivir como en los días de su mayor esplen- 
dor, siendo el alma de ella Alemania, cuya absorbente 
política resultaba favorecida y auxiliada por la situa- 
ción especial de Inglaterra y por las eternas discor- 
dias intestinas de Francia. 



624 Historia política y diplomática 

2» Fueron por entonces éstas^ últimas motivo ele 
graves preocupaciones, llegando á constituir una seria 
amenaza para la paz. 

Jja política colonial iniciada, después de 1881 y des- 
arrollada con verdadera fiebre de expansión á partir 
de 1883, determinó la ca^da de Mr. Ferry, originándose 
una viva reacción contra la serie de aventuras eu que 
empleaba Francia sus fuerzas y sus recursos. Al pro- 
pio tiempo, la propagai^a exagerada hasta rayar en 
la provocación, de la Liga de los patriotas, y la actitud 
del Ministro de la Guerra, general Boulanger, que lle- 
gó á ser el ídolo sin gloria de los que á todas horas so- 
ñaban con el desquite^ dieron lugar á reclamaciones 
por parte de Alemania, revistiendo tan acentuada vi- 
veza el lenguaje empleado por ambos Gobiernos, que 
cuando Guillermo I propuso al Parlamento el aumento 
del ejército (Noví^embre de 1886), llegó á considerai^se 
muy posible un rompimiento, y aún crecieron los te- 
mores ante los incidentes ocurridos en la frontera fran- 
co-alemana (Abril y Septiembre de 1887). 

Hubo poco después una tregua. En Pranoia, el es- 
candaloso proceso del boulangerismo, tras la ruidosa 
caída del General, apaitó algún tanto la atención pú- 
blica del problema exterior, y en Alemania, muerto 
Guillermo I (Marzo de 1888), sU sucesor, Federico III. 
imprimió á la política una marcada tendencia pacífica^ 
de escasa duración porque la muerte cortó bien pronto 
la existencia del bondadoso Monarca (Junio de 1888;. 
El nuevo Emperador, Guillermo II, espíritu esencial- 
mente militar, ^reanudando la política de su abuelo, 
dio nueva vida á los temores de guerra; pero después 
de haber abandonado Bismarck la dirección de los ne- 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 025 

gocios piíblicos y de haber renovado la alianza con 
Austria é Italia, se*ha mostrado en estos últimos año* 
menos belicoso, aunque sin dejar de consagrarse con 
exquisito celo al fomento de la potencia militar de 
Alemania. 

3. La política inglesa, hondamente conmovida por 
el gravísimo problema irlandés, ha producido frecuen- 
tes cambios, gastando de tal suerte á los partidos que 
ambos, en realidad, han concluido por sufrir hondas 
transformaciones . 

Gllasdtone, sustituido por Salisbury en Julio de 
1886, volvió al poder en Enero de 1886, á consecuen- 
cia del resultado de las elecciones, desfavorables para 
los conservadores. Quiso entonces el jefe liberal resol- 
ver con radicalísimo criterio la cuestión irlandesa, pero 
su proyecto de ley concediendo amplia y completa au- 
tonomía á Irlanda, no sólo encontró viva resistencia en 
la opinión pública, sino que ocasionó la división de los 
liberales. 

Cayó Gladstone en Julio de 1886, y el nuevo Gabi- 
nete, presidido por Salisbury, fiel á la política antirusa 
de Beaconsfíeld, desarrollada en Birmania y en el Af- 
ghanistan, procuró entorpecer y dificultar la acción de 
Búsia en los Balkanes, favoreciendo al Austria en sus 
esfuerzos para infeudar indirectamente la Servia y la 
Rumania, y trabajando para librar á Bulgaria de la 
influencia moscovita. 

4. El pueblo búlgaro hallábase entonces conmovi- 
do por la revolución. 

Alejandro de Battenberg, que desde 1879 ocupaba 
el trono de Bulgaria, sometido por completo á la vo- 
luntad de su pariente y protector el Zar, concluyó de- 

40 



C26 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

jándose arrastrar por el sentimiento público, que esti- 
mando no haber hecho más que cambiar de dueflo, as- 
piraba á una total independencia. A fines de 1886 era 
casi completa la ruptura entre los dos Alejandros, y al 
mismo tiempo estallaba (18 de Septiembre) la revolu- 
ción para llevar á cabo la unión de la Bulgaria y la 
IRumelia. Servia y Grecia tomaron también las armas 
demandando compensaciones, pero fueron batidas, y 
•después de una demostración naval realizada por las 
escuadras de Austria, Rusia, Inglaterra, Alemania é 
Italia, Grecia cedió, siguiendo los consejos de Francia 
(Junio de 1886); Alejandro de Battenberg se vio obli- 
gado á renunciar el trono (Septiembre de 1686), en el 
que le sucedió Fernando de Saxe Coburgo (Agosto de 
1887), y Milán de Servia tuvo que abdicar en su hijo 
(Mayo de 1889), al que se dio una regencia durante su 
menor edad. 

5. La alianza de Alemania, Austria é Italia había 
constituido en Europa una fuerza que por su propio peso 
y acaso aun contra la voluntad de sus mismos elementos 
directores, podía ser en un momento dado un gravísi- 
mo peligro para la paz. Hacía falta contrabalancear 
esa poderosa influencia; precisaba restablecer el equi- 
librio, é importaba además evitar que Francia, suges- 
tionada por la idea del desquite^ diese á Alemania, ca- 
beza de la triple alianza^ motivo ó pretexto para una 
nueva guerra. 

Rusia no podía permanecer aislada, y como su 
acuerdo con Inglaterra era imposible, surgió lógica y 
necesariamente su aproximación á Francia. Esta, por 
su parte, sintió la conveniencia de robustecer sus fuer- 
zas ante la amenaza que para ella implicaba la triple 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 627 

alianza, y como no podía contar con España, encerra- 
da en su neutralidad, y menos eon Italia, no sólo por 
el ingreso de ésta en la alianza Uus tro-alemana, sino 
por las grandes diferencias que entre ellas existían, 
hubo de recibir con regocijo las demostraciones de 
simpatía del Gabinete ruso. 

Rusia, según afirma Charles Dilke, propuso la alian- 
za á fines de 1886 al Gabinete Freycinet, esto es, cuando 
el Emperador Guillermo I obtenía del Parlamento el 
aumento del ejército; después insistió varias veces, y al 
fin, tras las expresivas manifestaciones de rusos y fran- 
ceses en Cronstand y Tolón, puede considerarse como 
un hecho consumado la existencia de un perfecto acuer- 
do entre París y San Petersburgo, aunque ' no quepa 
fijar con exactitud el alcance del compromiso adqui- 
rido. 

6. El conflicto chino japonés, surgido en la prima- 
vera de 1894, es uno de los acontecimientos capitales 
He nuestros días, porque su desarrollo, su desenlacé y 
sus consecuencias han determinado la presencia, reco- 
nocida por todas las grandes potencias, de un nuevo 
factor internacional, el Imperio del Japón, con el cual 
forzosamente ha de contarse en adelante para resolver 
todas las cuestiones relativas al Extremo Oriente. 

China y Japón ocupan en Asia posición análoga á 
la que tienen Inglaterra y los Estados Unidos en la 
jjarte occidental del Atlántico, disputándose la influen- 
cia en la península de Corea, por la que lucharon por 
primera vez en la segunda mitad del siglo XVI. China 
eon sus inmensas riquezas, su crédito ilimitado y la 
fuerza indiscutible que mandan la tradición y la histo- 
ria, consideraba muy inferior al Japón; pero éste, pe- 



^^ HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



i 

1 



netrando resueltamente por el camino de la civiliza- 
ción, adoptando todos los progresos modernos, facili- 
tando la entrada de loa europeos en su vasto y encan- 
tador territorio, reorganizando su ejército, fomentan- 
do su marina, creando arsenales, etc., llegó á no temer 
á su poderoso vecino, y sin cuidarse de la oposición de 
éste intentó imponer en la revuelta Corea las refonnas 
que las mismas Potencias de Europa habían aconseja- 
do. China se opuso desde luego, sobre todo porque rea- 
lizada la obra reformista bajo la dirección del Japón,, 
aseguraba á éste la preponderancia en la península 
coreana. 

Entablada la ludia material, sin que precediera de- 
clarAción formal de guerra, el Japón triunfó fácilmen- 
te, tanto más cuanto que á las ventajas que daban á 
éste su organización militar y la conciencia de su ma- 
yor cultura, unióse la escasa resistencia que opusieron 
los chinos que, no estando preparados para la guerra, 
apenas si se batieron seriamente en la desembocadura 
del río Ya-lon, en Corea y en Puerto Arturo. 

Los triunfos del Japón preocuparon' á la opinión 
pública europea, llegando á pensarse en una mediación* 
sin que ninguna potencia del mundo antiguo se deci- 
diera á tomar la iniciativa, por lo cual el presidente áe 
los Estados Unidos, Mr. Cleveland^ dirigió un- mensaje 
á los dos beligerantes ofreciéndoles sus buenos oficios 
(Noviembre de 1894), pero como el Japón rechazó toda 
ingerencia extraña, China hubo de decidirse á tratar 
directamente con su afortunado rival, enviando, prime- 
ro, á Mr. Detring, subdirector de Aduanas, que no fué 
recibido por el Mikado por creer que no estaba aquél de- 
bidamente autorizado, y luego (en los últimos días ác 



HISTORIA POLÍTICA V DIPLOMÁTICA 629 



Diciembre) una comisión de ocho miembros á la que se 
•agregó, á título meramente privado y sin misión ni ca- 
rácter oficial, el ex-Ministro de los Estados Unidos en 
X^ina, Mr. Foster. 

El Japón designó para tratar (1.** de Febrero de 
1896) al Marqués Ito, presidente del Consejo, y al Viz- 
conde Mutsu, Ministro de Negocios Extranjeros, los 
cuales encontraron insuficientes los poderes de los co- 
misionados, y temiendo un engaño decidieron prose- 
guir la campaña, por lo cual China se decidió á enviar 
á Li-Hung-Chang, Virrey de IPetcheli, al que acompa- 
ñó también Mr. Foster. El representante chino fué ob- 
jeto de un atentado en el Japón, pero el Gobierno de 
Tokio dio las debidas satisfacciones, y al fin pudo fir- 
marse el armisticio el 29 de Marzo, lUtimándose el 17 
^e Abril el tratado de paz de Shimonosaki. 

Por virtud de éste. China reconocía la plena y en- 
tera independencia de Corea (art. 1.°); cedía al Japón 
la porción meridional de la provincia de Feng-Tien, la 
isla de Formosa con las que de ésta dependían, y el 
^upo de las islas de los Pescadores (art. 2."); se obli- 
gaba á pagar al Imperio japonés- una indemnización 
4Íe 200 millones de taéls kouping en ocho plazos (ar- 
•tÍGulo 4.**), y se comprometía á celebrar un nuevo tratado 
•de comercio, gozando desde luego el Japón del trato 
de la nación más favorecida y del derecho de estable- 
<3er8e en los lugares abiertos de China, instalar en ellos 
industrias, comerciar, etc. (art. 6.*^). Como garantía 
úel pago de la indemnización, el Japón ocuparía tem-' 
poralmente á Weí-Hai-Wei, en la provincia de Chan- 
Toung, debiendo evacuarlo después del pago de la pri- 
jnera anualidad, en cuyo caso se sustituiría dicha ga- 



fl30 HISTOBIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 

rantía por un arreglo sobre la recaudación de aduaiia:^ 
(arfe. 8.^). 

Anfees de firmarse el tratado, las potencias europeas^ 
vivamente preocupadas por las consecuencias de la 
guerra y temiendo las exigencias del Japón, hicieriu 
lo posible por impedir un exagerado engrandecimieTiT*> 
de éste. Pero no estuvieron unidas: Inglaterra mostr«>- 
se favorable al Japón y se llegó á hablar de una pr'>- 
posición hecha desde Londres á Washington para con- 
certar una alianza comercial con el Imperio japon«'^. 
Alemania, Francia y Rusia aparecieron de acuerila 
para que no se efectuara la cesión de la península He 
Liao-Tung, la mejor y más poderosa posición de todo 
el Imperio chino, que aseguraría á los japoneses el do- 
minio de la Corea, del llano de Pekín y de la Mancbn- 
ria, así como de todos los caminos de esas regiones; 
para proteger los intereses comerciales alemanes y para 
garantizar las posesiones francesas de la Indo-Chísa. 

Conocido el tratado, los Ministros de Francia, Bu- 
sia y Alemania en Tokio formularon el 23 de Abril la& 
reclamaciones de las tres potencias contra el artículo 
que estipulaba la anexión al Imperio japonés de una 
parte del continente, y aunque el &obiemo del Japt'n 
contestó en un principio con una especie de non posu- 
mu8, alegando temores de insurrección por parte del 
pueblo si cedía á modificar el tratado de Shimonosalíi, 
concluyó por prestarse á su revisión, satisfacciendo las 
reivindicaciones europeas, si bien obteniendo, en cam- 
bio, una compensación pecuniaria. Posteriormente re- 
nunció á toda pretensión de dominio en el Canal de 
Formosa, y se comprometió á no ceder á ninguna po- 
Cencía esta Isla ni la de Pescadores. 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPÍ.OMÁTICA -631 

España no podía permanecer indiferente ante los 
triunfos^ del Japón, dada la proximidad de éste al Ar- 
chipiélago filipino, y aunque acaso su intervención en 
los acuerdos de las tres potencias no fuera todo lo opor- 
tuna que hubiera sido de desear (1), logró concertar 
con el Gobierno japonés un convenio de límites, trazan- 
do una línea por el centro del Canal de Baschí, y ha- 
ciendo así difícil para el porvenir todo litigio entre 
ambos países. 

7: ' En Enero de 1896 un navio inglés tomó posesión 
de la isla Trinidad, pero el Gobierno brasileño protes- 
tó, declarando que dicha Isla, antigua Colonia portu- 
guesa, había pasado al dominio del Brasil al hacerse 
éste independiente y alegando que desde 1782 se había 
establecido en ella una Colonia militar portuguesa. 

Inglaterra hizo valer que si bien había sido descu- 
bierta por los portugueses en 1601, el 16 de Abril de 
1700 desembarcó y tomó posesión de ella un capitán 
inglés, y posteriormente, en 1781, durante la guerra 
anglo-española, ocuparon la Isla fuerzas de la Gran 
Bretaña. 

A fines de 1896 el Gabinete de Londres propuso al 
de Brío Janeiro la fórmula del arbitraje, pero rechazada 
por el Brasil, no se ha llegado á un acuerdo y sigue la 
discusión. 

8. Un incidente surgido entre Inglaterra y Vene- 



(I) Como carecemos de una orieutacióu fija er^ cuestiones 
interiucionales, el hecho de que eu el periodo de las negocia- 
ciones cou el Japón h^ya habido tres Ministros de Estado, el 
señor Moret,.el señor Groizard y el señor Duque de Tetuau, ex- 
plica suficientemente no hayamos obtenido todas lus ventajas 
á qae podíamos aspirar. 



632 HiSTí ría política y diplomática 

zuela 3' agravado por la ingerencia de los Estados Uní- 
ílos, estuvo á punto de provocar una guerra entre el po- 
deroso Imperio inglés y la República Norte-Ameri- 
cana. 

Hace muchos años que Inglaterra y Venezuela se 
disputan algunos territorios de la Q-uayana, porque los 
ingleses^ interpretando caprichosamente las cláusula;» 
del tratado de paz de 1814, por el cual Holanda cedi»'» 
á la Gran Bretaña, entre otros territorios, las Colonias 
deEsequibo, Berbice y Demerary, se habían corrido 
por la costa Norte, estableciéndose en el Moroco, lie- 
gando hasta el rio Amacuro, cerca de la boca grande 
del Orinoco, subiendo luego por los valles del Barama, 
apoderándose de las minas que existen en la especie de 
península que forman los ríos Cuyuni y Mazaruni, y 
extendiéndose por el Sud-oeste hasta la sierra Acaray. 
Gl litigio entre ambos Gobiernos no ofrecía gravedad 
alguna, contentándose los contendientes con realizar, 
de cuando en cuando, algún acto que interrumpiera la 
prescripción, á fin de conservar íntegros sus derechos. 

En Enero de 1895 los venezolanoá penetraron en la 
Guayana, fuera del terreno en litigio, atacaron uu 
puesto de policía inglesa, apresaron la fuerza y arria- 
ron la bandera británica. El Gabinete de Londres re- 
clamó con gran energía, y el de Caracas, secretamente 
alentado por el de Washington, no accedió á cuanto 
-aquél creía tener derecho. La discusión se agrió ó In- 
glaterra formuló un ultimátum amenazador, mediando 
los Estados Unidos, cuyo Gobierno ^ invocando la doc- 
trina de Monroe, quiso erigirse en arbitro, pretensión 
-que fué rechazada en Londres, por lo cual Mr. Cleve- 
land dirigió al Congreso americano un mensaje (17 de 



HISTOItlA política Y DIPLOMÁTICA 638 

Diciembre) expresando la opinión de que la doctrina 
de Monroe era aplicable en todas sus partes y había d« 
influir directamente en el conflicto ánglo- venezolano. 
Proponía el Presidente el nombramiento de una comi- 
sión encargada de emitir dictamen sobre el asunto*, y 
declaraba que una vez terminado por aquélla su encar- 
go, sería llegada la ocasión de que los Estados Unidos 
resistieran por todos los medios, y considerando como 
un acto premeditado de agresión por parte de Ingla- 
terra, la ocupación de tierras americanas por la Gran 
Bretaña. 

Inmensa sensación produjo en todas partes el len- 
guaje de Mr. Cleveland: Inglaterra guardó una actitud 
digna, mesurada y prudente, pero los hombres de ne- 
gocios de los Estados Unidos, se asustaron ante la pro- 
ximidad de un conflicto, y en la Bolsa de Nueva York 
los valores bajaron más de doce enteros, quebraron va- 
rias casas de banca y se aseguró que las pérdidas su- 
fridas por la Unión, á consecuencia del pánico bursátil, 
pasaron de 500 millones de doUars, Era pagar dema- 
siado caro el-empefto de sostener la doctrina de Mon- 
roe, y así es que, pocos días después, antes de terminar 
el año 1896, dominaba la impresión de que el conflicto 
tendría un desenlace más ó menos satisfactorio, pero 
pacífico. Así sucedió al fin. 

9. La fiebre de expansión colonial desarrollada en 
Francia, como se ha dicho, durante la administración 
de Mr. Ferry, ha lanzado á la República á no peque- 
ñas aventuras, siendo una de las últimas la expedición 
Madagascar que, á las órdenes del General Duchesne, 
logró apoderarse (30 de Septiembre de 1896) de la ca- 
pital de los hova« é impuso al siguiente día, á la Reina 



SmI»))» 



634 HISTORIA POLÍTICA. Y DIPLOMÁTICA 

Baña V alo III un tratado colocando á Madagascar baj(> 
el protectorado francés. 

Este tratado, objeto de vivas discusiones en Fran- 
cia, no se puso en vigor, siendo sustituido por una de- 
claración de la Reina, sobre cuyo alcance y eficacia se 
han emitido diversos juicios. 

De todas suertes, Francia domina de hecho en U 
isla, cuya extensión territorial es casi tan grande como 
la superficie europea- de aquélla, y unida Madagascar 
á la Argelia, Túnez, la Guayana francesa, Nueya Ca- 
ledonia, Obok, la Reunión, Cochinchina, Cambodja, 
Anán, Tonkín y las Antillas francesas, constituyen un 
inmenso imperio colonial, que hace de la República 
francesa uno de los pueblos más poderosos del mundo. 
Y sin embargo, la República no parece satisfecha, y 
sigue buscando nuevas expansiones, disputando a Es- 
pafia grandes territorios en la costa occidental de Áfri- 
ca y amenazando con sus incesantes avances sobre Ma- 
rruecos, constituyendo así un serio peligro para los in- 
tereses españoles, y un motivo dé recelo pal^ Ingla- 
terra. ' ' 

10. Al terminar el afio 1895, el horizonte poh'tico 
aparece cubierto de nubes, preñadas de peligros. La 
triple alianza ha sufrido un nido golpe, porque Italia, 
vencida en Abisinia, queda muy quebrantada, y porque 
el imperio austro-húngaro amenaza disolverse, soste- 
niendo únicamente los débiles lazoa que aún sujetan ¿ 
los dos reinos rivales el prestigio personal de un ancia- 
no y venerable monarca, Francisco José II. En cam- 
bio, la inteligencia franco-rusa se afirma y robustece. 
Las matanzas de los cristianos en la Armenia plantean 
de nuevo el eterno problema oriental, y la conducta de 



HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 635 

los Estados Unidos, con motivo de la insurrección cu- 
bana, hace temer surja un serio conflicto entre aque- 
llos y España, no obstante la habilidad con que costea 
ese peligro el Gobierno de Mr. Clevelai^d y la prudencia 
con que procede el Gabinete de Madrid. 

¿Terminará el siglo XIX sin que de nuevo se en- 
oienda la guerra? 



Índice. 



• 

Al lector , & 

Capítulo I.— 1. lodepcndcDcia de los Estados Unidos de América: 
sus cansas: la guerra con la Motrópoli — 2. Alianza de Fran- 
cia con los Estados Umdos.— 3. Mediación de España.— 4. Gue- 
rra de Francia y España contra Inglaterra —5. Tratados de 
paz de Inglaterra con los Estados unidos. Francia y España. . 7 

Capítulo 11^— 1. Neutralidad armada de 1780: ¿^edtíracid/i de Ca- 
talina II de Rnsia.— 2. Repartimientos de Polonia veríflcados 
en 177Í, 1793 y 1794.— 3. Definitiva constitución de los Esta- 
dos Unidos.— 4. Conflicto anglo-español: convención de 1790. 
—5. Tratados de España con Marruecos y Turquía 30 

Capítulo III.— 1. Bevolución francesa de 1789: sus causas.— 

2. Actitud de las naciones europeas.— 3. Alianza de España 
con Inglaterra y Portugal en 1793: guerra entre España y 
Francia.— 4. Tratado de paz de Basilea en 1795 50 

Capítulo IV.— I. Relaciones exteriores de los Estados Unidos con 
Inglaterra.— 2. Dificultades con Francia.— 3. Negociaciones 
con España.— 4. Tratado de 27 de Octubre de 1795: sn examen. 70 

Capítulo V.— 1. Guerra entre España 6 Inglaterra.— 2 Manejos de 
la Gran Bretaña en Francia y Rusia.- 3. Francia y los Estados 
Unidos. — 4. Cambio en la situación interior de Francia.— 
5. Campaña de Italia: tratado de Léoben: paz de Campo For- 
mio.— 6. Congreso de Rastadt.— 7. Francia y el Pontificado.— 

8. Conquista de Egipto: la segunda coalición: ei ISbrumarlo.- 

9. Napoleón, primer cónsul: su política exterior: relaciones 
con España: tratado de San Ildefonso.— 10. La campaña de 
1800: paz de LuneYille: tratados de Florencia y de París.— 

11. Tratados franco-españoles: tratados bispano-roarroquíes. 85 
Capítulo VI.— 1. Tratado de paz de París entre Francia y Rusia: 
contención secreta.— 2. Tratado entre Francia y Turquía,— 

3. El concordato.— 4. la paz de Amiens.— 5. Napoleón, cónsul 



688 HISTORIA POLÍTICA Y I>IPLOMÁTICA 



perpetno.---6. Disensiones entre España y Francia, y entre 
Francia é Inglaterra.— 7. Campaña anglo-francesa.-r8. Conve- 
nio de París de 19 de Oetubre de 1803 entre Francia y España. 
—9. La cuestión de la Luisiana.— 10. Conspiraciones realistas. 
—11. Napoleón, Emperador 113 

Capítulo VII.— 1. Política internacional del Imperio —2. Tercera 
coalición.—3. Convenio de París de 4 de Enero de 1805 entre 
España y Francia.— 4. Campaña de Napoleón contra los coali- 
gados.— 5. Paz de Presburgo.— 6. Cuarta coaüción— 7. Paz de 
Tilsit.— 8. El bloqueo marítimo y el sistema cmitínental: su 
examen y su influencia 130 

Capítulo VIH.— 1. Relaciones entre España y Francia.— 2. Tratado 
de Fontaineblean.— 3. Propósitos de Napoleón.— 4, Tratados 
de Bayona.— 5. Constitución de 1808.-6. Situación política de 
España al estallar la guerra de la Independencia.— 7. Levan* 
tamiento de España contra los franceses.- 8. Tratado de alian- 
za con Inglaterra.— 9. Constitución de 1812 153 

Capítulo IX.— 1. Convención de Erfurtb.— 2. Guerra entre Fran- 
cia y Austria.— 3- Paz de Viena.— 4. Consecuencias que produ- 
jo en el continente.— 5. Alianzas y preparativos de guerra.— 
6. Expedición á Rusia: la retirada.— 7. Sexta coalición contra 
Francia.— 8. Campaña de 1813.— 9. Congreso de Praga.— 10. Se- 
gunda campaña de 1813: derrota de Napoleón en Leipzig. 175 

Capítulo X.— 1. Tíegociaciones entre Fernando VH y Napoleón.— 
2. Tratado de Yalencey.— 3. Situación Interior de Francia.— 
4. Propósitos de los aliados.— 5. Congreso de Chatillón.— 6. Tra- 
tados de cuádruple alianza ó de Chaumont.— 7. Caída de Napo- 
león y advenimiento de Luis XVlll.— 8. Primera paz de París, 
de 1814, y tratados complementarios.r-9. El reinado de los 
cien días.- 10. Segunda paz de París, de 1815 19^ 

Capítulo XI.— 1. Diferencias entre España y los Estados Unidos. 
—2. La cuestión de la Florida: tratado de 1819.-3. Anteceden- 
tes de la guerra de 1812 entre los Estados Unidos y la Gran Bre- 
taña: la lucha: vencimiento de la Unión.— 4. Tratado de paz de 
Gand 214 

Capítulo Xlí.— i. Congresode Viena en 1815.— 2. Política de la le- 
gitimidad— 3. Disposiciones de dicho Congreso respecto á mo- 
diflcaciones territoriales de los Estados.— 4. Formación de las 
Confederaciones germánica y suiza y del Reino de los Países 
Bajos.— 5. Principios establecidos por el citado Congreso con 
relación á la libertad de navegación de los ríos, la trata de 
negros y las categorías diplomáticas.— 6. Juicio de la obra del 
Congreso: su significación 6 importancia en el dereclio inter- 
nacional 225 

Capítulo XI II —1. La Santa Alianza: tratado de París, de 26 de 



ÍNDICE 639 

Septiembre de 1815 —2. Congresos de Aix-la-Chípelle y de 
Aqiiisgran. en 1818.— 3 Conferencias de Carlsbad y de Viena, 
en 1819: sus efectos en la Confederación germánica.— 4, Con- 
gresos de Troppan y de Laybach. en 18iO: política de Inter- 
vención en Ñápeles y el Piamonte.— 5. Situación de España.— 
6. Congreso ile Vcrona, en I82í.— 7. Intervención en España, 
en 1823.— 8. Intervención en Portugal, en 1826 243 

Capítulo XIV.— 1. Independencia de las Colanias hispano-ameri- 
canas.-2. Actitnd de las potencias enropeas.— 3. Doctrina de 
Monroe.— 4. Reconocimiento de la independencia de las Colo- 
nias españolas por los Estados Unidos é Inglaterra.— 5. Con- 
greso de Panamá.— 6. Negociaciones sobre Cuba.— 7. Indr- 
pendencia del Brasil 260 

Capítulo XV.— 1. Situación de Grecia bajo la dominación turca.— 

2. Actitud de las Potencias acerca de la cuestión griega en el 
Congreso de Viena.— 3. Insurrección de Grecia contra Turquía 
en 1821.— 4. Convención de Londres de 1827.— 5. Guerra turco- 
rasa en 1828.— 6. Paz de Andrinópolrs.— 7. Constitución del 
reino de Grecia.— 8. Independencia de Egipto bajo Mehemet 
Alí: convención de Kutayah de 1833. Tratado de Ünkiar-Iske- 
lessi. ytratadodel5de'Juliode 1840 . 277 

Capítulo XVI —I La Revolución de 1830: la Restauración fran- 
cesa hasta la muerte de Luis XVIII: Carlos X: las ordenanzas 
de Julio: cambio de dinastía.— 2. La revolución en Bélgica: 
guerra con Holanda: conferencia de Londres: los tratados.— 

3. La revolución en Polonia: la cuestión de Cracovia.— 4. El 
movimiento revolucionario en Italia.— 5. Movimientos y cam- 
bios en Alemania.— 6. Luchas en Suiza.— 7. Inglaterra: agita- 
ciones en Irlanda: emancipación de los católicos: reinado de 
Guillermo IV: reforma electoral de 1836: reinado de Victoria 1; 

la libertad de comercio 295 

Capítulo XYH.— I. Sucesos de España desde la intervención de 
1823 hasta la muerte de Fernando Vil.— 2. Reinado de doña 
Isabel 11: la guerra civil.— 3. Sucesos de Portugal: lucha entre 
carlistas y miguelistas. — 4 Actitud de las Potencias: el tratado 
de la Cuádruple alianza.— 5 Negociaciones relativas á Portu- 
gal.— 6. Los matrimonios españoles.— 7. Negociaciones con 
Roma: proyecto de Concordato —8. Otros tratados.- 9. La 

cuestión cubana 313 

Capítulo XVlll— l. Intervenciones francesa y rnglo -francesa en 
Río de la Plata.— 2. Congreso de Lima: liga latiuo-americana. 
—3. La cuestión de Tejas: guerra r nlre los Estados Vnidos y 
Méjico: tratado de Guadalupe- Hidalgo.— 4. Restablecimiento 
de relaciones entre España y sus antiguas colonias: tratados 
en que se efectuó 334 



640 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



P4r 



CapítitloXIX.— t. Reinado de Luis Felipe en Francia.~2. Política 
exterior de la monarquia de Julio: Guizot y Metternich.— 
3. Situación de Europa en 1848.— 4. La revolución de Febrero 
en Francia— 5. Presidencia de Luis Napoleón: el segundo Im- 
perio.— 6. Consecuencias de la Revolución de Febrero en Euro- 
pa: movimientos en Austria: guerra de Hungría.— 7. Los dios 
(le Marzo en Berlín.— 8. Movimiento unitario de Aiemania: 
Asamblea de Francfort: constitución política del Imperio: anta- 
gonismo entre Austria y Prusia: consecuencias. —9. La cues- 
tión danesa 3*. 

Capítulo XX.— 1. La revolución en Italia: consecuencias polfíi- 
cas de las reformas de Pío IX.— 2. Movimiento general en fa- 
vor de la independencia: guerra con Austria: Garlos Alberto. 
—3. Establecimiento de la República en Roma.— 4 Derrota del 
Piamonte: alklicación de Carlos Alberto: paz con el Anstria.— 
5. Intervención en Roma: restablecimiento del poder temporaL 
—6. La revolución en España —7 R(?laciones de España con 
Inglaterra: incidente con )lr. Lytton Bulver.— 8. Proposicio- 
nes de los Estados Unidos para la compra de Cuba.— 9. Expedi- 
ciones filibusteras: actitud del Gobierno de Washington.— fo. 
Proyecto del Gobierno español.— 1 1. diversos tratados • . . . .»< . 

Capítulo XXI.— I. Origen del Zollverein alemán: crisis que sufrió 
éste en 1852— 2. El segundo Imperio en Francia: la cuestión 
del reconocimiento: política interior.— 3. Situación de Inglate- 
rra.— 4. Conflictos eu Oriente: actitud de las potencias intens 
sadas.— 5. Guerra de Crimea.— G. Tratado ác París de 1856: 
sus principales disposiciones.— 7. Declaraciones anejas al tra- 
tado.— 8. Otras cuestiones tratadas en el Congreso de París.— 
9. Importancia de las resoluciones adoptadas en el derccbo 
internacional ;í^' 

Capítulo XXIL— L Turquía y los Principados danubianos: la in- 
teligencia franco-rusa.— '2. Formación de la Rumania y< varia- 
ción en 1866 de la dinastía reinante.— 3. Situación de Servia: 
agitaciones; destronamientos en 1843 y 1858.-4. £1 Montene- 
gro.— 5. Grecia: aspiración á resucitar el imperio bizantino: 
destronamiento del Rey Othón: reinado de Jorge 1: anexión 
de las Islas Jónicas: rebelión de Candía.— 6. Situación de Tur- 
quía.— 7. Profundos cambios operados en Rusia: política de Ni- 
colás I: reformas introducidas por Alejandro II.— 8. Rusia y 
Polonia , kK 

Capíiulo XXIII.— 1. La cuestión italiana: Ñapóles, Roma y Tarín 
en 1856 y 1857: el incidente de Neucbatel.— 2. El atentado Or- 
sini: Francia é Inglaterra: la entrevista de Plombieres: negó 
elaciones: la ruptura.— 3. La guerra de Italia.— 4. Armisticio de 
Villafranca y paz de Zurich: sus consecuencias.— 5. Movimieo- 



ÍNDICB 641 

to unitario en Italia: el non possmnvs.—6. Convenio de Ginebra 

de 1864 m 

Capítitlo XXIV.— 1. Lucha de los partidos políticos en España.— 
2. Pronnnciamtento de 1854.— 3. Cortes constituyentes: pro- 
yecto constUacional de 1856 —4. La contra-re volnciOn: el Acta 
adicional de 1856 y la ley de 17 de Jnlio de 1857.— 5. Los cinco 
años de la Unión liberal: retroceso: ñltimo ministerio O'Don- 
nelL— 6. Política exterior: relaciones con la Santa Sede -7. Es- 
paña y lo cuestión de Oriente.— 8. Expedición franco-españo- 
la á Gochinchina 437 

Capítulo XXV.— 1. Antecedentes de la cuestión africana: política 
de España en Afríea hasta el advenimiento de la Gasa de Bor- 
bón —2. Cambio de política realizado por ésta.— 3. Relaciones 
diplomáticas entre España y Marruecos durante la primera mi- 
tad de este siglo. —4. La guerra de África en 1859.-5. Pactos 
internacionales á que dio lugar.— 6. Intereses españoles en el 
vecino Cont i neuto ; 455 

Capítulo XXVI — t Situar ióu de Méjico en 1800.— 2 Reclamacio- 
nes de las potencias: convenios con España.— 3. Origen de la 
intervención: convenio de Londres de 31 de Octubre de 1861.— 
4. Actitud de los Estados tlnidu:^.— 5 La intervención: con\'en- 
ción de la Soledad: conferencia de Orizaba; ruptura de la alian- 
za. — 6. Campaña de los franceses —7. El imperio mejicano: 
convención de .Miramar. actitud de los Estados Unidos.— 8. Frn 
del Imperio.— 9. España y Santo Domingo.— 10. Guerra de Es- 
paña con Feni y Chile....* ■* 472 

Capítulo XXVIl.— I. Liga latino-americana.- 2. Guerra de stce- 
sión en los Estadías Unidos: antecedentes y origen de la lu- 
cha: formación de la Confederación del Sur.— 3. La guerra ci- 
vil: su desarrollo, sus incidentes y su íln.— 4. Actitud de las 
Potencias. —5. El arbitraje de Ginebra: sus consecuencias.— 
6. Abolición de los peajes del Sund. los Belts, el Stade y el 
Escalda 490 

Capitulo XXYIII.— I. Causas de la guerra de 18(iü entre lYusia é 
Italia contra Austria.— 2. Preparativos y alianzas.— 3. La gue- 
rra en la Alemania del Norte: paz de Praga,— 4 . La guerra en 
Italia: paz de Vicna.— 5. La Confederación de la Alemania del 
Norte.— 6. La cuestión del Luxemburgo: conferencia de Lon- 
dres.— 7. Reorganización del Zollverein 503 

Capítulo XXIX.— I . Rusia y el panslavismo.— 2. La insurrección 
de Greta.— 3 Situación de Inglaterra: la reforma electoral: el 
fenianisnio, — 4. El compromiso austro-húngaro.— 5 Francia 
y Austria.— 6. La cuestión romana en 1867.-7. USyUabvs: el 
Concilio ecuménico.— 8. Italia en Roma 52t 

Capítulo XXX.- 1. Antecedentes de la Revolución española de 

41 



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642 HISTORIA POLÍTICA Y DIPLOMÁTICA 



Pá^ 



1868: SU triunfo.— 2. Periodo reyoIucioDario: la ConstUucióa 
de 1869: la Regencia.— 3. Reinado de Don Amadeo I.— 4. Ui 
República: actitud de las Potencias.— 5. La guerra de Cuba: 
relaciones con los Estados Unidos: el Protocolo de 187t.— G. La 
cuestión del Virginius,—!, Tratados ajustados durante este 
periodo 534 

Capítulo XXXI.— 1. El imperio francés.— 2. Origen de la guerra 
franco-alemana.— 3. La guerra; el armisticio.— 4. El imperio 
alemán: la paz.— 5. Tratado de Francfort y convenios comple- 
mentarios.— 6. La tercera república en Francia 53<) 

Capítulo XXXII.— t. Reinado de don Alfonso X II en España: la 
Constitución de 1876.— *2. Relaciones exteriores: Protocolo en- 
tre España y los Estados Unidos, de 1877.-3. Protocolos rela- 
tivos á Joló.— 4. Conferencia de Madrid acerca de la protec-^^ 
ción en Marruecos.-- 5. La cuestión de laJs Carolinas.— 6. £1 
incidente de Melilla en 1893: tratado de Marrakesh y de Ma- 
drid jíjí" 

Capítulo XXXllI.— 1. Política rusu: la circular de Gortchakoff.— 
2. Conferencia de Londres en 1871, sobre la neutralidad del 
Mar Negro.- 3. Neutralidad del Estrecho de Magallanes.— 4. El 
Canal de Suez.— 5. Situación de Europa en 1871: la cuestión 
de las aliauzas.— ü. Turquía en 1875: insurrección de los Prin- 
cipados: la nota de Andrassy: el memorándum de los tres can- 
cilleres: Rusia é Inglaterra.— 7. Conferenoias de Constantino- 
pla y de Londres. -8. Guerra turco-rusa.— 9. El tratado de San 
Stéfano y el Congreso de Berlín en 1878 ¿b^ 

Capítulo XXXIW— 1. La alianza austro- alemana.— 2. Protectora- 
do de Francia en Túnez: tratados de Bardo y du Marsa: ingre- 
so de Italia en la alianza.— 3. La cuestión de Egipto: desacuer- 
do entre Inglaterra y Francia: política colonial de Francia y 
de Ah mania.— 4. Portugal y el Congo.— 5* Tratado anglopor- 
tugués de 1884: Conferencia de Berlín de 1884-86.— 6. Innova- 
ciones introducidad en el derecho iutcrnacioDal por la Confe- 
rencia de Berlín.— 7. Guerra de Bolivia y Perú en Chile. (1879- 
1883.) ah- 

Capítulo XXXV.— I. Situación do Alemania de 1885.-2. Temores 
de guerra en Europa.— 3. Política inglesa.— 4. La revoluciOa 
búlgara.— 5. La alianza franco-rusa.— 6. Guerra chino japone- 
sa: tratado de Shimonosaki.— 7. La cuestión de la Trinidad.— 
8 Conflicto anglo-americano.— 0. El asunto de Madagascar y la 
política colonial francesa.— 10. Conclusión ,. . . . u- 



OBRAS EN VENTA 

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librería de antonino romero 

Galle de Preciados, núm» 17« — Hadrid, 



Abreu y Bertodano. — Colección de tratados de paz, alianza, 
etcétera, desde el establecimiento de la monarquía gótica, has- 
ta el reinado de Felipe V, y continuación hasta el año de 1800. 
Doce tomos en folio, 85 pesetas. 

Alfonso el Sabio.-— Las siete partidas del muy noble rey D. Al- 
fonso el Sabio, glosadas por el Lie. Gregorio López. Madrid 
1843, cuatro tomos, folio, rústica, 20 ptas. En pasta españo- 
la, 30 pesetas. 

Asser (T. M. C.)— Derecho internacional privado; obra comple- 
tada por Alfonso Rivier, traducida, prologada y anotada por 
J. F. Prida, profesor de esta asignatura en la universidad de 
Valladolid. Madrid 1893. ^° tomo en 4.*, 6 pesetas. 

Becker (Jerónimo ) ~ La tradición política española. Apuntes 
para una biblioteca española de políticos y tratadistas de fílo- 
Sofía política. Madrid 1896. ün tomo en 8.* mayor, 3 pesetas. 

ídem. — De los derechos de las naciones y del principio de inter- 
vención.— La neutralidad y la beligerancia. — España y los 
Elstados Unidos. Un folleto, una peseta. 

Bravo (Emilio).— Derecho internacional privado vigente en Es- 
paña. Tres tomos en 8.* mayor, 9 pesetas. 

Cantillo (Alejandro.)— Tratados, convenios y declaraciones de 
paz y de comercio que han hecho con las Potencias extran- 
)eras las monarquías españolas desde el año de 1700 hasta el 
día, puestos en orden é ilustrados muchos de ellos con la his- 
toria de sus respectivas negociaciones. Madrid 1843. Un tomo 
en 4.* mavor en pasta, 27 pesetas. 

Gai>efig^e (M.) — España y Francia en sus relaciones diplomáti- 
cas desde el advenimiento de los Borbones hasta el día (1698- 
1846). Traducido de D. Baltasar Anduaga y Espinosa. Madrid 
1847. ^^ tomo en 8.* mayor, pasta, 6 pesetas. 

Fiore (Pascual.) — Derecho internacional privado, ó principios 
para resolver losconñictos entre las leyes civiles, comerciales, 
)udiciale$ y penales de los diversos Estados. Versión espa- 
ñola, anotada por D. Alejo García Moreno, con un prólogo del 
Excmo. Sr. D. Vicente Romero Girón. Segunda edición. Ma- 
drid 1889. Tres tomos en 4.', 19 pesetas. 

— Tratado de Derecho internacional público, vertida al castella- 
no (de la tercera edición italiana) y aumentada con notas y un 
apéndice con los tratados entre Españ;i y las demás naciones, 
por D. Alejo García Moreno. Madrid 1894-95. Cuatro tomos 
en 4.*, 26 pyesetas. 

Janer (Florencio.)— Tratados de España. Documentos interna- 
cionales del reinado de Doña Isabel II desde 1842 á 1868. Co- 



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J' 



lección publicada de orden del Excino. Sr. Ministro de Esta- 
do, con un discurso preliminar. Madrid 1S69. ün iomoeii4* 
mayor. 12*50 pesetas. 

Leyes de Indias.— Recopilación de las leyes de \o< reinos de In> 
dias, mandadas imprimir y publicar por la M. C. del Rey Car- 
los 11. Madrid 1841. Cuatro tomos en folio, 50 pesetas. 

Kartens (F. de.) — Tratado de Derecho internacional. Prolopti :> 
y anotado por F, Prida, profesor de esta asignatura en la uni- 
versidad de Valladolid. Madrid 1894. Tres tomos en 4.^, jí pe- 
setas. 

Hartines Alcubilla (Marcelo.) — Diccionario de la Administra- 
ción española. Compilación de la Novfsiina legislación de Es- 
paña peninsular y ultramarina en todos los ramos de la Admi- 
nistración pública. Quinta edición. Nueve tomos en ^.* mayor. 
>35 p<2setas. 

— Apéndices. — Alcanzando solamente la materia de esta obm 
hasta 1891; se publica cada año un tomo de Apéndice. Corres- 
ponden á esta quinta edición: los de 1892, 1^3, ^^94, 1895 y 
1896. El precio del 1 .* es de 10 pesetas y á la fos restantes. 

MnfioB y Bivero (Jesús )— Manual de paleografía diplomática es- 
pañola de los siglos XII al XVII. Método teórico-práctico par<x 
aprender á leer los documentos de los sif^los X[I al XVII; se- 
gunda edición corregida y aumentada. Un tomo en 4.*, 13 pe- 
setas. 

Neamann (Barón Leopoldo de).- Derecho internacional público 
moderno, obra traducida del alemán, prologada y anotada por 
A. Sela, profesor de esta asignatura en la Universidad de Ovie- 
do. Madrid 1893/ Un tomo en 4.**, 6 pesetas. 

Olivart (Marqués de.) — Colección de los tratados, convenios y 
documentos internacionales celebrados por nuestros gobiernos 
con los Estados extranjeros desde el reinado de D.* Isabel II 
hasta nuestros días (1834 á i835).Ocho tomos en 4.* mayor. 
115 pesetas. 

^Órtilva. — El artículo séptimo del tratado de 1795 y el protocolo 
de 12 de Enero de 1877: Cartas al Senador D, Augusto Comas. 
Madrid i 07. Un tomo en 4.*' mayor, 6 pesetas. 

Pando (José M.* de.)— Elementos de derecno internacional. .Ma- 
drid 1843. Un tomo en 4.* mayor, 10 pesetas. ^ 

Rico y Amat (Juan). — El libro de los diputados y senadores 
Juicios críticos de los oradores más notables de las Cortes de 
Cádiz hasta nuestros días, con la inserción íntegra del mejor 
discurso que cada uno de ellos ha pronunciado. Madrid 1S63 
Cuatro tomos en 4.", 10 pesetas. 

— Historia política y parlamentaria de España desde los tiempos 
primitivos hasta nuestros días. Madrid 1860. Tres tomos en 
4.*, 1 5 pesetas. 

Toda y Oüel (Eduardo). — Derecho consular de España. Publíca- 
se po- orden del Excmo, Sr. Ministro de Estado D. A. de 
Afzuilar y Ccrrea, Marqués de la Vega de Armijo y de Mos 
Madrid 1890. Un tomo en 4', 10 pesetas. 

Torres Campos (Manuel). — Elementos de derecho internacio- 
nal privado. Madrid 1887. Un tomo en 8.*, 3 pesetas. 



V . 



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